
Está bien, era un hombre negro que primero se transformó en Diana Ross, después quiso ser blanco y terminó convertido en
fricki. Era el estandarte de una sexualidad indefinida que probablemente confundió a muchos. Era un niño que no logró crecer y, en algún momento, el mundo estuvo en vilo esperando que un jurado norteamericano lo designara pederasta de oficio. Era seguramente un hombre enfermo, encerrado dentro de una fama imposible de manejar, que se había convertido en sinónimo de decadencia. Pero era el genio absoluto de la música pop.
Era él y después los demás. Era Wacko, es cierto; pero era
Michael Jackson y para cualquiera que hoy tenga un poco más de 40 años, es el
soundtrack de su vida, sus primeros pases, sus primeros tabacos y sus primeros amores. Allá con lo que cada quien haya hecho con su vida, que tampoco es para sentir orgullo ni vergüenza, si se pudo salir y seguir viviendo con normalidad. Era la vida, y la estábamos viviendo, con su música de fondo, en Mérida, en Osaka o en Dusseldorf. El tipo era un monstruo. Un verdadero e irrepetible monstruo con un talento descomunal que hoy tiene al mismo mundo que lo acusó, estupefacto ante el infarto fulminante.
Últimamente daba un poco de pena mirarlo, es cierto. De tanto maquillaje, tanto mito, tanta cámara hiperbárica y tanta mascarilla y velos tupidos, lo que quedaba del muchacho grácil y guapo de nuestros buenos tiempos era nada. Sobre el estado actual de su talento siempre habrá dudas; se fue intentando demostrar que era el mismo que revolucionó el mundo de los vídeos musicales; el mismo cuyos discos lograron ventas que no han logrado superarse, el mismo que se robó el consciente colectivo del planeta.
Muchos, como yo, nos quedaremos con el chamo negro de diecisiete años, otros con la imagen decadente de un Rey entregado a la locura de la fama. Todos, con sus canciones inolvidables.
Ya lo decía yo, junio no pintaba como mes para buenas noticias.
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