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sábado, 25 de octubre de 2014

Del colectivo, librame Dios...

Hoy estuve saludando a Chela, teníamos años sin vernos porque yo tenía años sin volver a mi antiguo barrio. Hoy tuve la necesidad de ir a llevarle un par de libros a un amigo que recién se ha mudado para allá y echa de menos, como yo, los viejos buenos tiempos de Bryce Echenique. Para que paliara sus nostalgias decidí ocuparme de "Tantas veces Pedro"  y presentarle a Chela. De lo demás (es decir de Julius) que se ocupe él mismo, que ya está grandecito.
Chela no ha cambiado nada, o bueno, un poquito: ahora se tiñe el cabello de negro negrísimo porque, según ella, es la mejor elección para evitar quedarse con las raíces blancas antes de tiempo, debido a que no consiga el castaño-borgoña-caramelo-de-siena que se compraba cuando el país se parecía a algo decente; además de eso, no hay ningún otro signo alarmante de cambio, continua siendo el oráculo del barrio y su lengua desatada no cesa en su empeño conspirativo. Sigue llamándome doctor - a pesar de mis advertencias - detrás de su mostrador, llenecita de rabia porque a ella le ocurre de todo.
Fue nada más saludarla cuando se arrancó a mascullar maldiciones (no hay nadie en este mundo que suelte tantas palabrotas por minuto, con tanta gracia) en contra de cierto famoso colectivo armado que, al igual que ella, pero desde la otra orilla, no cesa en su empeño revolucionario duro. Antes del segundo pastelito de pollo, comprendí que esta vez tenía la obligación de prestar solidarios oídos a Chela. Era eso o la pobre mujer reventaría de chisme atragantado.
Resulta que la buena tendera tiene una hija que ronda los 19 años. Es una niña poco agraciada, pero muy buenecita, que ella recogió a los pocos meses de nacida (por si acaso, aclaro que en estas latitudes recoger un niño significa, más o menos, una manera muy Caribe de adoptar, cuya explicación cabal sería muy complicada) habiéndola criado como suya en los meandros de una viudez temprana e inexplicable. La niña - de sus ojos - la llenaba de alegrías, hasta el malhadado día en que decidió atender los requiebros de un líder estudiantil del bando equivocado, dejando muy mal paradas las suplicas maternas. Enamorada, la chica esgrimió (habrase visto) hasta su origen incierto de limbo legal, para hacer de su vida un sayo. Nada, que se fue con el ñangara a un cuarto chiquito con muy pocos muebles y allí viven contentos y llenos de felicidad...en un apartamento de las muy infamous residencias Domingo Salazar; el centro de operaciones de nuestro merideño colectivo. El lugar más rojo de este mundo, el altar de la patria en las nieves eternas. Y eso, aunque lo justifique el amor, Chela no lo entiende ni bajo catecismo. Sobre todo a la luz de las angustias recientes que ha vivido la niña.
Hace unas semanas, en la vigilia del otro mártir revolucionario del año 14, la hija de Chela llegó a su hábitat para conseguirse con dos sorpresas indeseadas: la mala noticia de La Pastora fue una, la desproporcionada medición de fuerzas locales fue la segunda. Ella no sabe bien los cómos, ni los por ques; pero, las Domingo, esa noche estaban en pie de odio. A ella, que vivió hasta ese día la tranquilidad del hombre que ha jurado estar siempre allí para protegerla, la amenazaron - en medio del conflicto -  hasta con el medio de la calle.
Lo primero que perdió fue el celular que Chela le había regalado en su último cumpleaños. Lo segundo fue la inocencia (y el hombrecito a ella adosada): cuenta la madre atribulada que, ante sus ojos la niña vio, en desfile interminable, un verdadero arsenal de guerra, siendo distribuido alegremente entre los escogidos para portarlas por una especie de líder supremo. Todos los demás, ella por supuesto de primera, sufrieron los malos tratos a que se exponen aquellos de quien se teme escasa pureza revolucionaria. La niña de Chela, terminó encerrada en una especie de celda colectiva (nunca más acertado el mote) en espera de que terminara la asonada (Chela la llama secuestro y la secundo)  desatada por el lejano evento de La Pastora. En el ínterin escuchó tiros, ronroneos de motos, variados insultos y muchísimos gritos, como banda sonora de una pequeña batalla territorial librada en el silencio inquebrantado de media manzana en Santa Ana. Al amanecer se restituyó la paz propia de los colectivos, herida para siempre por el suceso que la había roto en Caracas.
Chela me lo contó aterrada, afrentada en su maternidad. No puede dar descanso a la rabia que le produce comprobar que, es decisión del jefe de un colectivo o de quien haga sus veces, el techo, la vida y la muerte de quienes optan por la opción de tender cama dentro de un apartamento ubicado en un conjunto de edificios que nacieron como residencia universitaria. ¿En qué país vivimos? me increpó Chela enfurecida.
-          En uno en el que un colega de ese jefe, decide la suerte de los miembros del gabinete ministerial del Presidente de la Republica. Ni más ni menos, mí querida Chela, ni más ni menos.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Por todos los medios...

De verdad, verdad, a mi no me encanta Luis Chataing; es decir, yo no soy “fan” de Chataing. No veía su programa de televisión (no veo televisión nacional nunca) no escucho su programa de radio (yo nunca escucho radio, tampoco) y la verdad es que sus ires y venires me tienen sin cuidado.  Pienso, eso sí, que es un tipo simpático y entretenido, pero no he tenido mucha ocasión de constatarlo.  Creo que una vez, hace siglos, estuve sentado en una mesa en la que él estaba y me reí muchísimo de la fascinación que ejercía sobre algunas  (y algunos, hay que decirlo) de mis compañeros de cena; pero,  no logró seducirme. Luis Chataing y yo ni somos amigos, ni somos nada más porque, para empezar, estoy seguro que a él le interesa poquísimo saber quién soy yo. 
Como he dicho siempre,  la decisión de comprobar los encantos de Chataing o los desencantos de cualquier otro comunicador  “internacionalmente conocido en el exterior fuera de aquí” es una decisión que le pertenece a mi intimidad más profunda,   del mismo modo en que me pertenece a mí y nadie más que a mí, irme a la cama con quien se me ponga a tiro, escuchar o dejar de escuchar un programa radial, ir o no ir a ver un espectáculo teatral o comer berenjenas al desayuno.  Ni opiniones ajenas, ni decisiones ajenas deberían interponerse porque, entre otras cosas, lo considero un ejercicio de conciencia y dignidad.  Es mi vida. Punto.  Por eso, y no por motivos más rebuscados, es que me parece una atrocidad que cualquier huele frito, se abrogue el derecho de apagar un canal de televisión, cuya programación del domingo en la madrugada podía resultarle atractiva a mis insomnios eventuales, o eliminar de “las ondas hertzianas”  la voz de un locutor cualquiera, porque se puso a decir lo que a ese huele frito le parecen sandeces. Aborrezco las prohibiciones, creo tener derecho a que me gusten las corridas de toros y me horrorizo de saber que hay gente que se cree capaz de expresar con violencia su repudio a algo y tener razón.
Pues bien, existe esa gente y exhibe mi gentilicio; veamos: este sábado pasado debía presentarse en el Colegio de Abogados de Mérida, el espectáculo de Chataing “Por todos los medios” La venta de entradas había ido tan bien, que debió ser habilitado para la presentación, un espacio abierto reservado a eventos deportivos. El auditórium del Colegio de Abogados se le había quedado pequeño a los productores.  Eso significa que unas 700 personas, pagaron el precio de una entrada para disfrutar del monólogo de Chataing, porque a ellos les gusta Chataing. A la hora acordada, Luis Chataing llegó al sitio, ubicado en una zona residencial clase media suburbana de Mérida, y se encontró con que un grupete de unas 15 o 20 personas, tan borrachas como intoxicadas por el discurso de odio en que se ha convertido la revolución bolivariana, desde la azotea de una casa vecina la emprendieran contra él hasta lograr que,  el espectáculo, por el que un grupo numeroso de personas había pagado, tuviera que ser cancelado. En la afrenta personal al comediante, hubo insultos, amenazas, música a volúmenes impensables, motocicletas y algún que otro muchachón alzado.  Contra eso no pudo, ni la cordura de los organizadores, ni la intervención de la policía, ni el enfrentamiento de gente suficientemente molesta como para atreverse.  A los 700 espectadores convocados, solo les quedó el recurso de irse a sus casas. A los 20 y pico de malandros de barrio, el de celebrar su hazaña. A los vecinos numerosos del colegio de Abogados, el silencio por respuesta. A la ciudad de Mérida, las redes sociales para contarlo y la pena con ese señor para vivirlo. No hubo noticia en la prensa, no hubo explicación alguna por parte de las autoridades, no hubo mayores lamentos. Pero sobre todo, no hubo castigo para quienes, contraviniendo cualquier norma de convivencia ciudadana, sabotearon la actuación de uno de los más renombrados comunicadores  criollos.  El espectáculo se canceló, a la gente le devolvieron el dinero pagado por sus entradas y calabazas, calabazas…se quedaron sin Chataing los merideños.
Por supuesto que tengo todo el derecho de este mundo a pensar que esos malandros no estaban puestos ahí por casualidad. Que esos malandros no actuaron por decisión propia, Que alguien les montó esa fiesta para acallar su cobardía y abrirles la machera; sobre todo, tengo el mayor derecho del mundo a creer que esa fiestita -  armada desde mediodía en la azotea de una casa vecina al Colegio de Abogados - tiene nombre y apellido en la impunidad rampante de este pueblo.  Pasó lo que pasó, muy poca gente lo supo y solo mereció unos minutos de resignados comentarios del agraviado en su programa del lunes, usados además, como una puerta a la esperanza del cambio que vendrá y esas monsergas. Extrañamente, el Colegio de Abogados del Estado Mérida, cuyas instalaciones de algún modo fueron violentadas por los zagaletones, ha mantenido el silencio ese desagradable de quien alquila su casa y lava sus manos ante la tubería que sus inquilinos rompen. 
Entonces, si la esperanza de salvarnos pasa obligatoriamente por convivir y no por levantar voces histéricas en contra de una máquina capta huellas que se va a dañar en una semana. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos si, por ahora, (y tal vez por muchos años) la razón la sigue teniendo el zagaletón de barrio y el miche callejonero? ¿Cómo haremos para que todo lo demás, a los demás, les importe? ¿Gritamos, nos matamos o aceptamos resignados que perdimos el juego?

viernes, 21 de febrero de 2014

Cuestión de identidad

En lo más íntimo de su ropa, probablemente en el bolsillo trasero de su pantalón verde olivo, el hombre que humilló a la periodista Patricia Janiot, en Maiquetía, lleva un pequeño pedazo de papel impreso y forrado en plástico duro, que en el encabezado lleva una banda tricolor en la que se lee República Bolivariana de Venezuela.  Ese pequeño papel, convertido en documento por obra y gracia de la necesidad obligante de identidad, reposa  en el bolsillo trasero del pantalón de la bestia que disparó a mansalva contra la humanidad de Génesis Carmona, en el bolsillo trasero del pantalón del Tupamaro que escribe un tuit en el que ordena a sus pares romper todos los vidrios de los automóviles que lleven algún mensaje en contra del gobierno, en el bolsillo trasero del pantalón de Roque Valero y en el bolsillo trasero de mi pantalón.  Yo tengo la vergüenza de compartir gentilicio y nacionalidad con personas que, cumpliendo su trabajo,  defienden un régimen aberrante que cada día enseña más las inmensas garras de su malignidad. Lo defienden y por ello, reciben un sueldo y no pocas prebendas negadas al que, sin postrarse de rodillas ante los delirios de un gobernante errado, intentan construir otra manera de lucir ese pedazo de papel plastificado cuyo encabezado luce una banda amarilla, azul y roja.
Probablemente Adolf Eichmann también tenía un documento de identidad compartido con Frau Herga Vaismann el día que la transportó a ella a Auschwitz.  Es muy probable que incluso se haya detenido un instante a compararlos ambos, quien sabe si porque en ese documento se leía un año de nacimiento compartido por ambos.  Eso no evitó la suerte de Frau Herga Vaismann, porque Adolf Eichman estaba cumpliendo con su deber. Estaba realizando, de la manera más eficiente posible, el trabajo que se le había encomendado y para ello podía, además, echar mano de una ideología nauseabunda.
Dicen que la gran diferencia existente entre las bestias y los humanos es la habilidad para discernir;  para captar,  en segundos,  que el cumplimiento de ciertas órdenes sencillamente altera el orden natural de las cosas.  Como la orden de matar, por ejemplo, o incluso la orden de disparar a mansalva sin revisar antes de hacerlo. Sin embargo, el hombre que, haciendo su trabajo humilla a la Sra. Janiot en el aeropuerto de Maiquetía o el Tupamaro que envuelve su cabeza en un trapo rojo y dispara desde su motocicleta, parecen despreciar esa cualidad que los acerca a cierta forma humana capaz de trascender el simple documento de identidad y  más bien se acercan a los límites, porque piensan que  la red que evitará su caída se sostiene en la banal excusa de cumplir con el deseo de un jefe con las faltriqueras llenas; un jefe que probablemente empuñe su arma en contra suya y cierre el grifo, cuando sea necesario dejar claro que el otro ha cumplido su deber.
Se reduce todo, entonces, a dos terribles verdades: estamos enfrentados a la banal  inconsciencia bien pagada de seres sin capacidad de discernimiento y yo tengo la desgracia de compartir con ellos un documento de identidad que no me protege de nada, porque no me arrodilla.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Mensaje a García

Ha circulado por correo electrónico el siguiente mensaje: Reunidos en virtud de cumplirse un año de los sucesos en los que perdiera la vida nuestro camara Calcibon, Los Colectivos Socialistas que hacemos vida en las Residencias Socialista Domingo Salazar de Merida, declaramos la constitución del Tribunal de Juicio Popular para la defensa de la Revolución y en este mismo acto declaramos que a partir de este momento seran sometidos a la justicia unica del pueblo, sujetos a la pena que el pueblo imponga, los siguientes criminales enemigos del Enemigos del Pueblo, del Socialismo y de la Revolución
Notifíquese que se declara el inicio de el Juicio Popular por Traición a la Patria a : (sic) Sigue una lista de personajes merideños que tienen en común dos cosas: pueden demostrar una decente trayectoria pública, bien como empresarios, profesores universitarios o intelectuales valiosos y representan, con inteligencia, una férrea y pacifica oposición al régimen. Sin duda que el mensajito de marras ha creado un cierto nivel de preocupación entre los nombrados y entre los que todavía no aparecemos en lista alguna; pero, al mismo tiempo, ha despertado suspicacias. Sin otra confirmación que la explicada en el texto mismo, bien podría tratarse de un chiste de mal gusto que intenta perjudicar a los dos bandos. ¿Casualmente?, al tiempo que este mensaje corre libremente por la Web, la ciudad se enfrenta a una serie de actos violentos cuya justificación y autores no le quedan claros a nadie: todas las facultades tomadas a la fuerza, nuevas suspensiones de clases, encapuchados protagonizando batallas campales; en fin, la ciudad otra vez removida en sus cimientos, horas después de celebrarse un acto gubernamental, en la Plaza Bolívar de Mérida, para conmemorar el Día de la Juventud reconociendo oficialmente al Grupo Tupamaro, como parte de las altas autoridades estatales. ¿De qué se trata todo esto? ¿Quién puede explicar tanta rareza coincidente? Posiblemente ni encontremos respuestas, ni suceda nada. Hace mucho tiempo que vivimos así; un buen día la ciudad se enciende y como se encendió se apaga. Pero, es notorio que cada vez hay más gente que opta por encerrarse en sus casas a proteger los suyos y esparcir historias en las redes sociales y cada vez, hay que decirlo, tenemos más miedo. El mensaje está claro. Los opositores somos los Garcías del siglo XXI y, peligrosamente, no acusamos recibo. ¿Será que todavía estamos a tiempo de hacer algo para detener el palo de agua? ¿Será que efectivamente, lo haremos?

miércoles, 27 de octubre de 2010

Fuenteovejuna, señor

En mis tiempos del Colegio La Salle, cuando aun me abrigaba la cálida protección de mis viejos, Mérida era una ciudad en la que convivíamos en relativa paz, los revoltosos, inconformes, malvivientes y sifrinos. De vez en cuando reventaban algunas bombas lacrimógenas (de ahí que sepamos lo del vinagre y el pañuelito mejor que nadie) y todos salíamos corriendo a refugiarnos donde mejor podíamos. Algunas veces, hay que decirlo, se iba la mano a los esbirros de entonces, detestables como los de ahora, y desgraciadamente, la cosa pasaba a mayores; entonces, la ciudad estallaba en duelo colectivo y hacia un alto. Eran los avatares propios de la vida universitaria idéntica a una ciudad que, desde siempre, estuvo gobernada por hombres y mujeres con sangre decente en las venas. Todo cambia; lo se. La ciudad de entonces no se parece ni remotamente a la de ahora. Ninguna de las dos es mejor. Han cambiado las realidades y las necesidades del merideño; ha desaparecido la tranquilidad de sabernos habitantes de una tierra protegida. Mérida, es hoy una ciudad sitiada por cuidadores del poder devenidos en terroristas peligrosos, autorizados a hipotecar nuestra seguridad para garantizar la sobrevivencia de un gobernador en desgracia, al que muchos de los merideños no reconoceríamos si lo viéramos en la calle. El poder, en esta ciudad de postigos cerrados y secretos públicos; pertenece por entero a un mal llamado movimiento revolucionario, que ensucia nuestro ánimo para convivir y convierte la ciudad en trinchera de todo lo ilegal, bajo la complaciente mirada del régimen. No lo estoy inventando. La ciudad sabe lo que son capaces de hacer, es su victima. La ciudad sabe donde están, quienes son y que hacen; pero, la voz de la ciudad, todavía, no se escucha en las alturas. Una irrisoria libertad partidista, autoriza a cada reyezuelo provincial a seguir los ejemplos de quien hace lo que sea por permanecer en el poder; por eso, la prudencia exige cuidados: Podría suceder que los súbditos hoy callados, alcancen un impensable hastío. ¿Recuerda usted Fuenteovejuna, señor?

martes, 26 de enero de 2010

EL Campito, hoy

Parece el mismo cuento de todos los días, cuesta un poco decirlo de algún modo que suene a novedoso y serio. En medio de los rumores más disparatados que pueda uno escuchar, la ciudad esta otra vez en pie de guerra. Hay, no tan sutiles, diferencias respecto a lo sucedido anoche. Hoy le toca a otro complejo residencial habitado mayormente por estudiantes y algunas familias, ubicado en las inmediaciones de sitios neurálgicos de la ciudad, tradicionalmente punto de mira de los desordenes estudiantiles. Desde las 7 de la tarde la confrontación está servida y, según parece, no amaina ni da señales de suavizarse. En este momento, la policía es la que está llevando la delantera sobre encapuchados y presuntos Tupamaros. Han entrado a la fuerza a los edificios, disparando perdigones que ya han causado, al menos, dos personas con heridas que han necesitado traslado al hospital. En el 5to piso de las residencias San Eduardo se encuentra atrapada una familia en medio de una nube irrespirable de gases lacrimógenos; que por cierto, han sido disparados con exceso hacia los HABITANTES de los edificios. Han traído dos veces “la ballena” sin mayores resultados, pues la turba nuevamente liderizada por terroristas afectos al régimen, insiste en la violencia. Las escenas de pánico se suceden interminablemente; pero por suerte, no ha habido mayores daños al patrimonio personal de los residentes de los numerosos edificios que conforman esta populosa área de la ciudad. Incendiaron y derribaron las casetas de vigilancia de los edificios San Eduardo y Cardenal Quintero; el tráfico está interrumpido por la zona, el rector de la Universidad reiteró la paralización total de actividades en la ULA, hasta nuevo aviso, y la zona educativa hizo otro tanto. Mañana miércoles se esperan, lamentablemente, nuevos disturbios; el problema más grave es que ya nadie sabe cual es la causa de tanto desorden, ya no hay motivos claros ni responsables definidos. Hoy, la policía del estado es la que comete mayores abusos en contra de la comunidad. Mañana no sabemos con que saldrán ni quienes lo harán. Pero empezamos a sentirnos satisfechos de poder contar con 24 horas para intentar vivir.

Perlas de un día de horror

- Santiago estaba, con algunos amigos, en los alrededores de su casa al sur de la ciudad sonando cacerolas, más bien en plan de diversión. De pronto, un auto se detuvo frente a ellos y los conminó a retirarse del lugar. Con la fuerza y el desparpajo de la juventud, los caceroleantes ignoraron la “invitación”. Segundos después, el auto se detuvo, el chofer se bajó y les repitió la orden. Esta vez, el tipo estaba acompañado de un arma larga, montada y lista para disparar. Un par de insultos y el cañón en la cara de cada uno de los muchachos, advirtió la seriedad de las intenciones del visitante. El cacerolazo terminó en estampida. - Eduardo y su esposa recibían la visita de unos primos a quienes no veían desde hacia algún tiempo. En su apartamento, en la población cercana de Zumba, todo estaba a punto para una noche distendida de afectos familiares. Poco antes de cenar, una horda de delincuentes irrumpió en el edificio gritando consignas contra la “oligarquía”. De inmediato, dañaron los tableros eléctricos del edificio dejándolos a oscuras e incendiaron el depósito de basura. El daño no pasó a mayores. Tanto los anfitriones como los invitados, salieron del edificio a toda velocidad y se arruinaron su noche. - En mi edificio, viven tres familias profundamente simpatizantes del régimen. Sus autos, casualmente, no estaban en el estacionamiento del edificio al momento del asalto y ellos fueron los únicos vecinos a quienes nadie pudo ver en el barullo de la noche. Uno de ellos, esta mañana, intentó explicarme lo de anoche, desde su punto de vista; realmente es una pena que no haya tenido ánimos para escucharlo. - En las residencias San Eduardo, mi amiga Mónica cuida de su anciana abuela enferma de Alzheimer. En el medio de la horrorosa batalla que se libraba allá también, intentó poner a buen resguardo a la abuela. No lo consiguió: Hoy, la abuela de Monica ha sido trasladada a una clinica privada para recibir el auxilio de tanques de oxigeno que le ayuden a recuperar su dañada capacidad respiratoria debido a lo que nuestro presidente llama “gas del bueno”

¿Por qué sucedió lo de anoche?

A pesar de los terribles sucesos de anoche, logré descansar un buen rato. Desperté deprimido, para decir verdad. La imagen de mi hermana, presa de un ataque de nervios mientras asaltaban nuestra casa, me acompañó, muy a mi pesar, durante todo el día. Entonces, como suelo hacer en estos casos, me dediqué al análisis de eventos que nunca debieron suceder. La clave para entenderlos vino de un taxista con quien conversé mientras iba a mi trabajo. Reconstruir la cadena de pequeños sucesos que desencadenaron la noche espantosa que vivimos, hizo el resto. Sobre todo la comprensión absoluta que, una vez más, el tiempo jugo en contra nuestra: la violencia estalló pasadas las siete de la tarde; es decir, el gobierno había tenido tiempo de sobra para sofocar los distintos focos violentos que amenazaban la paz de los merideños; entonces, fue la demora en detener la acción de Los Tupamaros lo que precipitó todo, incluso la muy lamentable muerte del joven Yoniris Carrillo. En este punto quiero hacer un alto, indispensable para mi salud mental: Yo estaba en Las Marías acompañado de vecinos y de mis hermanos; todos nosotros vimos como en un momento determinado, una persona herida fue trasladada rápidamente al hospital Sor Juana Inés de la Cruz, situado al frente del complejo residencial. Era Yoniris, según pudimos comprender luego. Él estaba dentro de la banda armada que atacó injustificadamente el conjunto residencial y nunca fue víctima de emboscada alguna. Cuando eso sucedió, solo habían dos bandos disparando a mansalva: Los Tupamaros que intentaban entrar a Las Marías de cualquier manera, y la policía que intentaba replegarlos. Puedo asegurar que desde los balcones de Las Marías solo salía el ruido de cacerolas. Es muy simple: Si en los apartamentos de Las Marías hubieran habido armas, las habríamos usado para defender nuestra propiedad. Suena horrible, pero a eso nos han llevado. Lo que sucedió después, no es otra cosa que una muestra imperdonable de irresponsabilidad: En segundos se había corrido un rumor, según el cual, el estudiante fallecido había sido víctima de una emboscada dentro del Conjunto Residencial Las Marías. Ese rumor, no sólo es falso; ese rumor puso en riesgo la vida de 240 familias que habitan ese conjunto residencial; pero fue acogido por todos. Tanto el gobernador, como todas las autoridades merideñas, saben de sobra que a los Tupamaros solo los mueve la venganza y que para practicarla, son capaces de todo (lo demostraron). Haber arrojado esa acusación sobre nuestra residencia lo único que logró fue la estampida de horror que vivimos más tarde. Es fácil deducir que la muerte del joven estudiante, ha debido manejarse con la mesura y la prudencia que exigía la situación que vivíamos desde las 10 de la mañana; de haberse hecho así, posiblemente el resultado final habría sido muy distinto. Lo demás pasa por el delicado filtro de los rumores y no me haré eco de ellos. No quiero creer que es verdad que los delincuentes que atacaron nuestro hogar eran transportados por bomberos, ni que eran apoyados por las fuerzas del estado. Yo vi como la policía se replegaba al momento del ataque, pero no vi otra cosa. Hoy, cada quien amaneció tratando de recomponer su vida. Nadie se atreve a hacer planes para mañana, pero todos seguimos soñando con un amanecer sin humos.

lunes, 25 de enero de 2010

Estado de sitio

Aunque la calma se había perdido completamente desde las primeras horas de la mañana, en protesta por la absurda medida de cierre de RCTV Internacional y los continuos apagones, no fue sino hasta las 7 de la noche cuando, quienes habitamos en una zona muy poblada de la ciudad de Mérida, cercana a instalaciones de la ULA, comprendimos cabalmente el sin sentido de la violencia. Después de dejar ardiendo algunos de los sectores más importantes de la vida ciudadana; arremetieron, sin justificación alguna, contra el edificio donde tenemos un modesto apartamento mis hermanos y yo: Residencias Las Marías, un emblemático conjunto residencial de la ciudad, habitado mayormente por estudiantes universitarios y familias clase media. Llegaron en bandadas, a bordo de un autobús secuestrado poco antes, y abrieron fuego indiscriminado hacia el interior de los edificios, luego quemaron la caseta de vigilancia y derribaron el portón de acceso. Nosotros no respondimos más que con gritos y un fuerte cacerolazo. Ellos se fueron. Un rato más tarde, la radio dio los primeros informes acerca de la muerte de un joven estudiante de bachillerato de 15 años de edad en el ataque previo a Las Marías. Mientras, se escuchaban disparos aislados y veíamos, con preocupación, como los efectivos policiales se retiraban del lugar. Poco después los sentimos llegar de nuevo, dispuestos a todo. En segundos, su violencia nos regaló horas de profunda angustia: estacionaron el autobús, en que se mueven por toda la ciudad a sus anchas, e intentaron derribar una puerta lateral que da a la avenida Las Américas; como no lo consiguieron, procedieron a derribar la pared perimetral del complejo, y entraron a dos de los seis edificios. En poco menos de media hora, destruyeron 46 automóviles, quemaron tres, prendieron fuego al estacionamiento del edificio María Virginia, dañando considerablemente el apartamento de nuestra conserje, incendiaron el depósito de basura y el tablero eléctrico del edificio María Alejandra y lanzaron varias bombas molotov que, al estallar, aumentaban la destrucción y avivaban las llamas. Mientras lo hacían, gritaban consignas en contra “de los ricos” y robaban equipos de sonido de los autos, más todo lo que encontraban a su paso. 45 minutos más tarde, los bomberos llegaron y pudieron controlar las llamas. Abajo, en los rostros de 80 familias, solo se dibujaba incredulidad. En medio del caos, nos enteramos que el joven asesinado era militante del PSUV y ficha de la revolución. También, que su muerte se le había endilgado a un misterioso y desconocido habitante de un complejo residencial en el que nadie respondió con disparos. Preferimos irnos. Tememos las represalias de un gobierno acorralado en su violencia, pero, sobre todo, tememos un nuevo ataque. Lo tememos porque sabemos de quien proviene: Se llaman LOS TUPAMAROS y hoy, 26 de enero de 2010, son la única autoridad y la única cabeza visible de la revolución socialista en Mérida, su patrocinante. Marcos Díaz Orellana, el gobernador “socialista” del estado ya tiene explicaciones para todo lo que sucedió hoy, tanto en Las Marías como en el resto de la ciudad. Mañana los nuevos enemigos de Mérida serán la Universidad, la Alcaldía y el Conjunto Residencial Las Marías. Nada se ha dicho de quienes desataron la violencia. Mérida, hoy, está sitiada por LOS TUPAMAROS. Ni modo; de la patria y el socialismo, sólo nos va quedando la muerte.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La ciudad y el miedo

Tengo en mi cuerpo las señales inequívocas del miedo. Siento el corazón sobresaltado y me ha costado encontrar excusas para almorzar en paz. La ciudad también; el caos habitual, esta mañana, ha dado paso a una tranquilidad de 1ero de enero. No hay autos en la calle, las tiendas están vacías y la gente evita conversaciones delicadas. A cada rato un mensaje de texto se cruza con otro para tratar de averiguar si todo está en calma. Y si, parece que si, la ciudad está en calma, pero la tensión nos está volviendo locos. Nos despertamos amenazados: El transporte público podría ser objeto de atropellos sangrientos; el fuego podría devastar las oficinas de una línea de taxis y quizás en cualquier momento, la ciudad podría comenzar a arder. O no. Eso lo deciden Los Tupamaros. Hoy el destino de Mérida parece estar en manos de ellos. Un taxista, enloquecido repentinamente, violó y asesinó a una muchacha, hija de un Tupamaro y ellos están listos para cobrar la afrenta, respondiendo a la violencia con mayor violencia. Mientras tanto los habitantes de la ciudad, que una vez fuera una de las más apacibles del país, tienen el alma en un hilo, esperando que pase lo que tenga que pasar y rogando que cuando suceda no nos afecte demasiado. Por lo pronto, monitoreamos noticias valiéndonos de los celulares. A medida que se acerca la tarde, el silencio se hace más espeso y una familia (ampliada por la solidaridad automática de quienes creen en la lucha armada) llora, destrozada por un acto sin sentido, sabiendo perfectamente que vive en un país sin justicia. En algún momento arremeterán contra todo y la abominable naturaleza del suceso les dará la razón. Así vivimos.

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