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lunes, 30 de junio de 2014

Despedidas y certezas...

Cuando nació yo comprendí que es verdad que uno es capaz de dar su vida por alguien, literalmente. No es una exageración (y espero no encontrarme nunca en el trance de comprobármelo) es una verdad, robusta y grande, de esas verdades que nuestros mayores comparaban con un templo, tal vez para que, de paso tuvieran la irrefutabilidad de lo sagrado. Si Andrea, mi sobrina mayor, necesitara mi vida para vivir la suya, yo no lo dudaría.
Tiene 20 años y todo lo que eso significa cuando se tienen 20 años y se ha heredado sin fallas el carácter impetuoso e impaciente de una familia  que acostumbra tropezar muchas veces con la misma piedra y quitarse las angustias de la vida con un gesto altanero y una carcajada. Andrea no nos perdió pisada; por eso, es la niña de nuestros ojos.
 A estas horas, mientras escribo estas tonterías, Andrea está en Maiquetía esperando un avión que la pondrá, por un largo periodo de tiempo -  tal vez para siempre - ya no tan al alcance de nuestros abrazos. Una más de los que ha decidido buscarse en otra parte una vida que, aquí, por más que lo hayamos intentado, no se parece  a nada.
 Dos años bregando un cupo en una universidad decente, un novio al que nosotros queríamos tanto como ella y resultó ni más menos el patán criollo, algunos teléfonos robados a punta de descuido o de navajas (que para el caso es  lo mismo) un par de sustos en la playa y un secuestro exprés en toda regla "con-unas-armas-enormes-tío" en el regreso de una fiesta en Tucacas, convirtieron la paz de esta familia en un sin vivir viviendo. Saberla en la calle, de rumba, empezó a ser una sucesión de noches tan preocupadas como preocupantes, en las que el teléfono era mejor aliado que la más dulce de las almohadas.
Fui yo el que comenzó entonces  con la propuesta del irse demasiado. Al principio, la niña no quería ni oír hablar de eso. Asustada al pensar en el despecho de la ausencia, Andrea temblaba de temor cada vez que yo le proponía alejarse de su padre, seguramente la roca sobre la que ella ha cimentado su vida. Hasta que la evidencia derribó sus temores: una corta - y en apariencia anodina - entrevista en una Universidad de prestigio, en la que nadie le preguntó si tenía plata para pagarla, la convirtió, en menos de tres horas, en estudiante internacional de Odontología. Una proeza que en este pueblo universitario no había sido posible lograr ni con ayuda del infalible  San Cayetano.
Ayer celebramos su fiesta de despedida. Hoy, después de ajustar en su dedo índice la última joya de nuestra estirpe,  los viejos de esta casa nos encontramos con el corazón como capilla sin santo.  Dentro de un rato, alguien avisará que la niña ha llegado feliz a enfrentarse a su destino. Para todos la vida sigue. Para ella la vida empieza. Por fin.
Atrás habrá quedado la insoportable frivolidad de la adolescencia complicada, las distancias de los días en que su tío padrino era demasiado mayor para entender su lenguaje, los seis grados de separación que la  acercan a cosas mías de esta vida y otras nimiedades que ahora se antojan un chiste del camino.  Ya no habrá Basílica de la Inmaculada que la reciba blanca y radiante, ni Aula Magna de la muy ilustre para imponerle medallas de familia. Los domingos almorzaremos a tiempo porque no habrá que esperar que esté lista, ni me aturdirá su tono de voz en algún "pórtate bien y respeta  carajita..." Las vacaciones empezarán a tener desvíos que hasta hace poco eran innecesarios o habrá encuentros de aeropuerto para darle una vuelta a la chama.
 No estaré al alcance de su mano por si una necesidad de su impaciencia requiriera nuestra ayuda y quizás no tenga argumentos para tenerle ojeriza al próximo novio cachaco. Una convicción, no obstante, arropa la tristeza: no habrá arraigo, ni nostalgia, ni ganas de abrazarla fuerte que nos haga traerla de vuelta. Todo se vale, cuando el futuro está en juego; así como yo dejé a Celinita enjugando lagrimas en un aeropuerto hace más de 20 años, Andrea, aun cuando me ha dejado desgajado en llantos, me ha enseñado en su despedida una valiosa certeza: no importa cuánto amor tengas para dar a los que vienen, si no encontraste la forma de darles un país que los retenga a tu lado.
Andrea será feliz, los Liendo Mogollón siempre conseguimos serlo, a pesar de todo. Está en sus genes.  Pero la felicidad de Andrea será un cuento que me han contado y no una vida que vi. Supongo que eso tendré que agradecérselo a los golpes que corren, en los tiempos que corren.
Que Dios te lleve con bien, mi niña...

martes, 20 de mayo de 2014

Un cuento más del temido exilio

Cuando Guillermo estudiaba Ingeniería Electrónica en la Universidad Simón Bolívar de Caracas, a principios de los 90´s , entendió que su futuro profesional, si le era reservado alguno, no estaba necesariamente, en esa ciudad que para entonces era – todavía – la sucursal del cielo. Caraqueño,  hijo de padre Barquisimetano (de los que no dan un paso sin el cuatro y el casabe) y madre "isleña" (De Santa Cruz de Tenerife, para ser exactos) Guillermo creció aprendiendo por igual a disfrutar de las arepas que hacia su papá, como nadie, y de las rosquillas que su mamá cocinaba valiéndose de una receta que pedía la harina que lleve. Como quien dice, literalmente, entre el puchero Canario y el Hervido Cruzado, Guillermo es el mestizo típico de clase media, a quien sus padres inculcaron como valor principal, el cariño más profundo por esta tierra que había acogido a la familia materna en su huida de las dificultades españolas que todos conocemos. También una gran habilidad para entenderse con los fogones y una destreza para el cuajao de cazón que hasta ahora yo no le he conocido a nadie, aprendida en aquellos años de El Tigre, en los que, además, aprendió a vivir lo mejor y lo peor del "calor venezolano".
 Graduado con honores después de unos años de estudio en los que padeció como pocos las estrecheces de una familia obligada a compartir sus churupos entre 5 hermanos igual de necesitados, Guillermo, junto al título flamante de Ingeniero, guardó con el mismo celo sus dos pasaportes. Por si acaso; y se puso como loco a prepararse para obtener la mejor calificación posible en el indispensable TOEFFL. Quienes estuvimos cerca de él en esos tiempos supimos, sin dudarlo ni un instante, que las maletas de Guillermo dormían con él bajo su cama.
 Guillermo es uno de mis amigos más cercanos, uno de esos hermanos que uno tiene porque decide escogerlos. Creo que lo conozco muy bien y me siento muy orgulloso de que esa amistad haya durado por tantos años a pesar de nuestros permanentes desacuerdos y esa distancia enorme que me impide verlo con la frecuencia deseada. Por decisión suya, sin que mediara ninguna consideración de otro tipo salvo su deseo de no estar aquí, Guillermo vive en Estados Unidos hace rato, tan feliz como la buena vida que lleva se lo permite. Es el premio a una constancia de santo que no ha conocido ni una vacilación de minutos en su camino a meta. Guillermo no se sentó en una silla a esperar la llamada de la suerte, no condicionó su "escape" a ninguna cosa que no pudiera manejar con sus propias manos y ni siquiera intentó "tirar la parada". Desde el minuto cero, es decir, cuando se vio de toga y birrete en el paraninfo de la USB, todos los esfuerzos de Guillermo apuntaron a un cambio definitivo de aires, cosa que consiguió, sin detenerse a sentir nostalgias trampeadoras. Como un presagio, Guillermo puso a favor de su objetivo final la seguridad que da entender cabalmente que, mudarse a otro país significa, siempre, aprender a vivir como se vive en ese país. Que no hay, ni habrá, otra manera de enfrentar un destino que usualmente está plagado más de incertidumbres que de sinsabores.
 Guillermo llegó a Estados Unidos con dominio del idioma en el que hablan la mayoría de las personas que viven allá, se esforzó por unirse a una empresa suficientemente sólida, ahorró para tiempos lluviosos; pero, sabía desde el primer día que si tal cosa salía mal (cosa que en un alto porcentaje de veces acontece) tenía un plan B al que echar mano, para sobrevivir. Él tuvo siempre la certeza de que le esperaba un trabajo duro así como la mejor disposición a partirse el lomo.
 De esa forma y sin permitirle a nada ni nadie que se convirtiera en obstáculo para la vida escogida, Guillermo acaba de celebrar 20 años de residencia en Estados Unidos, mantiene viva la costumbre de invitar amigos a comer arepas los domingos y cada Diciembre esos mismos amigos le ayudan a preparar sus deliciosas hallacas. Pero, hasta ahí. No se permite nostalgias dolorosas, ni está esperando ningún "cambio de circunstancias" para regresar a compartir con alguien los cuentos del exilio. No opina sobre lo-que-nos-está-pasando porque no lo vive y jamás ha mandado a nadie a "dar su vida por la patria" (que dejó atrás)
 Vive, ama, es amado, progresa y disfruta el destino que se labró a fuerza de una constancia indoblegable. Casi nunca recuerda que es un migrante y no posee ni una sola historia, por pequeña que sea,  en la que haya sido víctima de discriminación o xenofobia.
 Guillermo no ha renunciado a su pasado ni abjurado su nacionalidad de origen. Guillermo escogió una manera de vivir fuera de estas convulsionadas fronteras, porque siempre supo que tenía derecho a escoger la buena vida que quería vivir, cosa sobre la cual no acepta juicios.
 Todo lo demás le importa realmente poquísimo.

sábado, 21 de diciembre de 2013

¿Irse... y hacerse?

Hace unos tres días alguien montó en Facebook un video patrocinado por Campofrio -  una marca española de alimentos - una cuña de esas apropiadísimas para la navidad, en la que Chu Lampreave, con el auxilio de un buen lote de famosos actores y actrices españoles hacen toda una apología sobre las dificultades “emocionales” (si es que se pueden llamar así) de  mudarse de país. El video, de excelente factura, dice, palabras más palabras menos (apelando a recursos dramáticos muy efectivos) que aunque usted se vaya a vivir al desierto de Atacama, usted lleva consigo sus arepas, su gaita y su guachafita, sea lo que sea que usted vaya a hacer allí. Hasta ahí, todo muy bonito.
Resulta que el video estaba originalmente publicado en La Patilla (véalo en este link) y a mí se me ocurrió la genial idea de comentarlo y por supuesto, me cayeron encima. Sin piedad.
Mi comentario respondía a un buen numero de otros comentarios en los que abundaban expresiones tales como “yo amo a mi país”, “orgulloso de haber nacido aquí” “yo llevo el tricolor en el alma” y cosas de esas - por docenas - que usualmente sacan lo peor de mi: mis sentimientos de expatriado eterno. Vamos a hablar con claridad y pido mil perdones. Yo no puedo entender, ni siquiera en Navidad, el peso gigantesco de eso que llaman Patria y que posiblemente sea la palabra que más daño ha hecho a lo poco que nos quedaba de decencia y que, prostituida y agotada como muy pocas, pesa en todos nuestros actos manteniéndonos atados a una cosa imposible de comprender, resumible en una lamentable sucesión de errores con resultados desafortunadamente tenidos y reconocidos.  Dije en La Patilla, y quiero repetirlo aquí que tengo más espacio, que toda esa sensiblería patriotera me parece una tontería y que posiblemente nada pesaba más en la vida de las personas que mantenerse amarrado a una “forma de ser” porque uno nació con esa “forma de ser”. Como si el desorden y la viveza criolla fuera algo de lo que tenemos que enorgullecernos pues es una seña de identidad grabada en nuestro ADN “venezolanista”. Peor aún, como si irrespetar a los demás (un deporte nacional muy arraigado) fuera un recurso venezolano de exportación y una razón de orgullo criollo. Lo lamento mucho, pero esa no me parece una razón para quedarse padeciendo un país que ni es patria ni es nada, porque nos ha hecho el daño irreparable de convertirnos en ovejas de un rebaño que disfruta su descarrío.
Alguien, entre las muchas respuestas (buenas y malas) que recibió mi comentario, quiso rápidamente comparar (para mal) mi sensación de patria con lo que sienten “sus amigos Palestinos” (materia en la que no pienso engancharme) y otros, varios, decidieron por milésima vez pedirme, en mayúsculas, que me vaya de SU país, valiéndose de nostalgias más que de argumentos. Pues bien, no soy nostálgico. A mí, el Alma Llanera no me conmueve ni en Guasdalito, ni en Helsinki y la única vez en mi vida que he hecho una fotografía de la bandera venezolana ondeando en un edificio extranjero, lo hice en New York para que no se me olvidara la millonaria ubicación de nuestro consulado.  He vivido afuera y adentro y en ambas oportunidades he vivido bien.  He aprendido a respetar las leyes de los países que han acogido mi “extranjeramiento” y siempre me he sentido protegido por ellas, cosa que desafortunadamente no puedo decir de las leyes patrias, pues creo que no existen o mejor dicho, son lo que son.  He tenido la suerte de vivir en lugares donde el tiempo y el espacio de los demás vale oro y en las ocasiones en que no he comprendido por qué, por ejemplo, uno no puede conducir su automóvil a más de 35 millas por hora, he terminado por pensar que hay cosas que son así y punto. Jamás he sentido nostalgia de nada. Yo quiero a mis amigos y ellos están regados por el mundo, quiero a mi familia y ellos están donde quieren estar y pocas cosas más me conmueven, esas, han ido conmigo cada vez que he decidido montar rancho allende los mares.  No me eriza el vello un juego de la vino tinto porque no me gusta el futbol y hoy día, en todas partes del mundo se puede comprar Cocosette.
Sin embargo, voto en cada elección a la que me convocan aunque sepa que eso no tiene sentido.  Defiendo el poco espacio que le queda a la democracia porque creo en eso, voy a las reuniones del condominio de mi edificio, aunque sé que nunca convenceré a ciertos vecinos insoportables de que uno puede vivir mejor, respeto las señales de tráfico, aunque sé que mi vida corre peligro cada vez que me detengo en una luz roja después de las siete de la noche y algunas veces, veo la Sierra Nevada desde mi ventana y me parece una visión de gloria.
¿Puede uno hacerse extranjero? Claro que sí, yo defiendo esa tesis.  A nadie que se plantee hacerlo le diré jamás que lo piense dos veces; no defiendo la tesis de la estampida total aunque sé que para muchos, mas tarde o más temprano, no habrá otra alternativa. Respeto profundamente al que quiere permanecer aquí para ayudarnos a arrimar el hombro a los que lo estamos arrimando para construir una vida mejor, pero también respeto profundamente al que cuelga la toalla y compra un boleto de avión. Total, cada vez que a uno le provoca comerse una arepa en cualquier lugar del mundo, va a un supermercado, compra HARINA PAN sin hacer cola y la cocina. 

martes, 3 de diciembre de 2013

Entre inspectores te veas...

Hace algunos meses, Francisco se graduó de Lic. en Administración de Empresas en un acto académico de la Universidad de los Andes al que un anecdotario bastante extenso se ocupó de grabar para siempre en su memoria. No solo fue el primer  - y probablemente único - día en que vistió toga y birrete, sino que fue el día en que vio a su abuela salir de la finca paramera, vestirse de domingo y llorar de emoción, mientras en la antesala del Aula Magna un grupo numeroso de compañeros – algunos conocidos suyos – ponían en riesgo su vida exigiendo presupuesto justo para la Universidad. Francisco supo, en el momento de la segunda foto al lado de la abuela tan contenta que, el título, de servirle para algo, le serviría para tomar con firmeza las riendas del negocio. Que nunca, o por lo menos no ahora en este país de huelgas de hambre, iba a significarle empleo fijo bien remunerado ni beneficios de otro tipo.
Un par de años antes, en las prisas de estudiante desprovisto, juntó sus pocos ahorros a los de dos compañeros de rumba para emprender una venta de artículos deportivos. Lo hicieron como recurso de ayuda y por fanatismo, los tres practican cuanta actividad física anda suelta por el mundo y conocen hasta la más remota fibra con la que, en cada rincón del planeta, se fabrican las chucherías propias del que no puede vivir sin recorrer varios kilómetros demoliendo sus piernas en bicicletas de montaña.  Se pusieron en ello con la energía que solo la juventud ostenta: en menos de tres meses habían abierto una tienda tan bien surtida como bonita, en el local comercial que uno de ellos pudo conseguir, a buen precio, en uno de los centros comerciales más “in” de la ciudad. Según todo lo que le habían enseñado en la facultad, si las cosas seguían como habían comenzado, en cosa de dos o tres años podría empezar a disfrutar el producto del esfuerzo. Francisco, un obsesivo amigo de las cosas que se hacen como “se deben hacer” se dedicó al lado menos atractivo del negocio: el de poner orden. Asumió la contratación del escaso personal, el conteo exhaustivo de los churupos, la actualización de inventarios y la búsqueda incansable de proveedores con quienes discutir un buen trato. Descubrió, por ejemplo, que por razones de distribución, los productos PUMA pueden venderse a buen precio (una gran suerte, gracias a la demanda que el buen posicionamiento de marca le asegura al minorista) que no vale la pena competir con el buhonero que llena el mercado de “memorabilia” vino tinto, que algunos productos importados no pueden conseguirse (merced a todos los obstáculos creados desde el gobierno) a otro precio que no sea el que fije el fluctuante mercado paralelo de divisas y que, sumado, el “cupo CADIVI” de los tres socios, apenas alcanza para mercancía puntual y perentoria, objeto de descuentos especiales y una que otra rebatiña. Aun así, a Francisco y sus amigos la suerte no hacía más que sonreírles.
Hace un par de semanas, más o menos, Francisco abrió la tienda como acostumbraba desde que, título en mano, decidió dedicarle al negocio todas las horas de su tiempo útil; se ocupó de arreglar un poco la vidriera en la que algo desconocido le estorbaba el ojo desde varios días antes, revisó y puso a punto el sistema de máquinas de video instalado para descubrir, sin éxito, el autor de los pequeños hurtos de los últimos días y, música mediante, se dispuso a seleccionar mercancía para las ofertas del fin de semana (un recurso de mercadeo que estaba dándoles excelentes resultados) entonces, un poco antes de las 3 de la tarde, el centro comercial se convirtió en un pandemónium: la muy temida inspección, al mando de soldados y funcionarios trajeados de rojo, estaba tocándole los talones.
Francisco corrió a los archivos, en minutos se aseguró de tener toda la documentación en regla y esperó su turno con la calma de quien sabe ha hecho todo en el orden más estricto. Apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza del mostrador, cuando una funcionaria le exigió,  antes de responderle las buenas tardes de su educación andina, colocar en la vidriera un panfleto anunciando un descuento “en toda la mercancía, del 70%” Francisco se atrevió a preguntar por qué, la funcionaria se atrevió a responder que por orden del presidente o es que el no leía la prensa. Francisco se atrevió a ripostar que en su caso, un 70% de descuento era la ruina; la funcionaria respondió, arqueando las cejas, que ella estaba ahí para cumplir órdenes y que su orden era impedir ganancias superiores al 30%.  Francisco apeló a la calculadora y trató de explicarle el error matemático de creer que, 70% de descuento, es igual a ganancias del 30%. La funcionaria montó en cólera y llamó a los uniformados. Ellos entraron, amenazaron a Francisco con la cárcel y abrieron, de par en par, las puertas de la tienda, anunciando un descuento del 70% en toda la mercancía.
Francisco y sus socios, llegados de otras ocupaciones en cuestión de minutos, apenas tuvieron tiempo de ponerse de acuerdo antes que la turba entrara: uno de los tres, Rómulo, fue el designado para hacer el anuncio
-          No es un descuento especial, es un regalo, llévense todo lo que quieran, no lo paguen
Se lo dijo a la cámara de video. En minutos, la turba que acompañaba a los inspectores, los inspectores mismos y su guardia pretoriana, estaban registrando su codicia en las cintas de video. No quedo ni un par de zapatos completo. Ni una simple camiseta. Ni un bolso, ni una gorra de muestra en los anaqueles. El video, que Francisco logró rescatar, muestra como la gente está llenando grandes bolsas con la mercancía apetecible; como soldados e inspectores sostienen el saco en que otros soldados e inspectores arrojan, sin mirar, productos PUMA y de otras marcas.
Francisco y sus socios lograron salir ilesos de la turba. Las carpetas que con tanto celo llevaba desde el principio no tuvieron la misma suerte; en la salida, le pareció ver que se confundían con la mercancía y las bolsas.
Los tres socios y algún buen acompañante, apenas tuvieron ánimos para recoger la poca ropa que le cupo en una maleta a cada uno. Francisco, antes de llamar a la abuela para inventarle una excusa, tuvo el buen reflejo de abonar el importe de tres meses de alquiler del local comercial. Unas horas más tarde, atravesaban la frontera de Colombia.
Desde entonces, Francisco se niega a ser él quien se sienta derrotado. Sabe lo que tiene y eso le basta. Entre tanto, ha decidido explorar mercados, consciente de que su suerte ha viajado con ellos desde esta tierra. Ayer hablamos, lo llamé para saludarlo y me contó emocionado que en un mes, si Dios quiere, estará abriendo su primera tienda, pequeñita, en Medellín, que extraña mucho a la abuela y la finca paramera; pero...
-          Es que aquí se vive mucho mejor que en cualquier parte, hermano…

martes, 15 de octubre de 2013

Exilio, esa palabra de moda

Hace pocos días me tocó, por pura casualidad, sentarme a conversar con una pareja de caraqueños que se conocieron en Londres, se casaron allá y tienen la extraña suerte de estar muy bien empleados, viviendo con toda tranquilidad en la que yo creo es  una de las ciudades más vibrantes del mundo. Él se fue hace cuatro años contratado por la empresa con la que trabajaba, que cerró operaciones en Venezuela, mudó a casi toda su plantilla para Panamá unos y Colombia otros y, meses más tarde, decidió llevarse para sus oficinas europeas a algunos de esos afortunados. En el camino, (el camino es el Canal de Panamá) la conoció a ella, que estaba en Panamá tratando de terminar un doctorado en Educación,  se enamoraron y ya van por un par de gemelos y toda la felicidad de este mundo.  En algún momento de la conversa les pregunté por sus planes de futuro (es decir, si se ven de nuevo cenando en Las Mercedes) y él me cerró la boca diciéndome que le gustaría que Venezuela volviera a ser una opción para vivir; pero, por ahora, ni se lo piensan. Sus padres – ella es hija única – los extrañan montones, pero duermen la noche completa detrás de las pesadas rejas de su apartamento Merideño.
Un poco antes de ese encuentro, conocí la historia de Adelaida: después de muchos años como odontólogo en su propia clínica de Maracay, un día lo vendió todo, agarró sus tres hijos y se instaló en Delaware (una ciudad cercana a New York) porque allá tenía una comadre dispuesta a echarle una mano  para sacarla de debajo de los escombros de un matrimonio que supera toda la infelicidad imaginable.  A Adelaida la cosa no le ha resultado fácil. Ha sido vendedora de seguros, ayudante de una vendedora de casas, lavadora de automóviles y, sin que nadie lo sepa en Maracay, alguna casa ha limpiado. Consiguió residencial legal en USA gracias a una figura cada vez más popular entre los venezolanos de allá: el asilo político – ni idea de con que argumentos – y ha recibido, por su condición de asilada, bastante ayuda del gobierno norteamericano, pero no ha podido – o no ha querido – hacer una reválida que la convierta en dentista gringa y para su desgracia, no se ha puesto las pilas con el lenguaje. No sabe si tendrá algún día el guáramo que necesita para un futuro mejor, sólo que cada vez que se le olvida echarle candado a la puerta de su casa e igual amanecen todos sin nada que contar, Maracay se le antoja un punto muy lejano en el desierto de sus afectos.
Martin y Eduardo se emocionaron con la bulla enorme que el matrimonio igualitario anda haciendo en toda Europa y se fueron a vivir a Ámsterdam, para poder darle “legalidad” a una relación que llevaba 6 años medio escondida en San Cristóbal.  Ambos rasguñaron con avaricia cuanto centavo pudieron conseguir por ahí, lograron un cupo en una universidad Holandesa, se casaron nomás llegar y se están buscando la vida, literalmente. Tanto que, según supe por Facebook, hace algunos días les dieron un niño en adopción. Desconozco los detalles de los que se han valido para obtener estatus legal, pero supongo que lo tienen, si ya consiguieron hasta hacerse padres. Martin trabaja en una panadería desde las 5 de la mañana y va a clases en la noche y los fines de semana; Eduardo ha sido cajero en unos grandes almacenes, cuidador de ancianos en una casa geriátrica y profesor de inglés (que habla mejor que el español) pero siempre tiene que dejar el trabajo a la mitad porque necesita terminar de obtener su titulo. Hace poco hablamos, a propósito de su nueva paternidad y se confiesa feliz, preparando su minúsculo apartamento para recibir a las dos madres, que irán a acompañarlos por unos meses y ni siquiera piensan en la posibilidad de volver, ni por vacaciones, a San Cristóbal. ¿Para qué, me ha dicho, a hacer cola para echar gasolina racionada?
Son tres de las muchísimas historias de la estampida. Tres que ponen cara a algo que empieza a ser conversación de moda y objeto de una condena cada vez más difícil de entender. La mejor muestra de que, hace mucho rato, mas que una opción para volver, Venezuela se convierte con las horas en una para sobrevivir y todos tenemos derecho a inventarnos un futuro. Ni modo, aquí, el que esté libre de pecado que arroje el primer pasaporte.

miércoles, 23 de enero de 2013

Asunto suyo…no es

rumores
 
Resulta que usted se fue del país, usted no vota, usted vive el sueño americano en Doral o en Weston y usted se siente con derecho a repetir en cada red social y sitio que le apetezca, el horror en que se ha convertido su expais. Usted esparce rumores, usted comenta con propiedad de Dr. Marquina, el estado de salud de “aquel”, usted tiene soluciones en su mano, pero le da pánico venir a este noveno mundo, porque al hijo de la amiga de la señora que le hace las uñas – en Miami – le hicieron un secuestro exprés el otro día y desde entonces no duerme.
Usted compra hallacas a 12 dólares cada una, jura que están exquisitas y además se las puede comer sin sobresaltos y sin buscar por toda Venezuela los ingredientes que no hay, ni mandándolos a traer. Usted llena maletas de tonterías inútiles para mandarle a su familia, súbitamente empobrecida por los horrores del comunismo. Usted no vino al matrimonio de Yurmelys porque le daba miedo que le cerraran la frontera en su cara, o estallara la tan anunciada guerra civil.
Usted es un “refugiado político”. Pues bien, permítame aclararle algunos asuntos: es cierto que hay escasez, pero todo lo que falta en un supermercado se consigue en otro. (Además hay mercado negro y eso es divertidísimo) por lo tanto: pare de sufrir, no estamos pasando hambre. La fotico del anaquel lleno de Harina Pan a 2 dólares y pico, con el comentario mala-lechoso de “quieren que les envíe una” es lo más balurdo que he visto en años. Los cuentos en Facebook, según los cuales, uno va al supermercado con las carteras llenas de dinero y no encuentra en que gastárselo, es MENTIRA. Aquí no hay manera de tener carteras llenas de dinero y en los supermercados, siempre habrá forma de dejar la quincena entera. Los que encargan chicharrón a Colombia, están mal de la cabeza. El cuento de los diez mil soldados cubanos que llegan diariamente a matar opositores, es una imbecilidad infame acuñada en twitter, por señoras desocupadas de Miami. La guerra civil que está por comenzar en cualquier momento, sucederá solamente si nos apendejeamos y nos dejamos convencer por los exiliados, que no vendrán a disparar ni una china.
Los que sabemos del tráfico insoportable, de la inseguridad pavorosa, de las carencias y de los beneficios, vivimos aquí; por ahora. Quizás nos vayamos más adelante, o no. Esa decisión es individual y respetable. Pero, somos los únicos que tenemos derecho a quejarnos. Si usted se fue porque le parece que este país es una mierda; perfecto, quédese callado y viva su nueva vida con felicidad. No salga de bipolar a ponerse un disfraz vino tinto cada vez que nuestro equipo de futbol mete un golcito, ni a ponerse loco de contento, bandera en mano cada vez que nuestras semitransformistas Misses ganan un premiecito. Si usted se fue, usted sigue siendo venezolano, pero “en el exilio”. Es decir, usted prefirió dejarnos solos con este muerto (nunca mejor dicho). De modo que lo que pasa aquí no es asunto suyo. Olvídese de las nostalgias estúpidas y déjenos a nosotros, los que quedamos aquí y sabemos cómo es que se bate el cobre, el derecho a hablar hasta por la tapa de la camisa. Usted, querido extranjero, disfrute su exilio. No se meta en nuestra escasez ni en nuestros rumores. Recuerde que el que se va de la villa pierde su silla. 

miércoles, 27 de abril de 2011

El que va a la villa...

Ayer, a consecuencia de un comentario que publiqué en el muro de Facebook de una bloguera española- venezolana a quien leo frecuentemente, me vi en medio de una polémica tan desagradable como necesaria. El tema, que yo puse en el tapete, es si los exiliados tienen los mismos derechos que tenemos los venezolanos “de aquí” a participar en la cosa política. Hubo un escaso cruce de comentarios y fue imposible un debate, que me habría encantado, pues la bloguera en cuestión enfureció y le dio por jugar a la muchachita ofendida, pero me quedó flotando el deseo de ahondar un poco en el asunto escabroso del exilio.
Se lo que digo. Fui exiliado. Jamás tuve nostalgias insuperables y cuando me provocó una arepa para reafirmarme la patria, la preparé y me comí varias; siempre llevé conmigo la poca música criolla que me gusta, y mi biblioteca, que es mi ancla a tierra, va conmigo a todas partes.
Sin embargo, nunca me metí en nada que no fuera votar cuando me lo permitían y opinar sin mucha profundidad sobre lo que significa ser venezolano, no sobre lo que significa vivir en Venezuela, por una razón muy simple: yo no vivía en Venezuela. Todo lo que sabía sobre la “situación” venezolana lo leía en Internet o lo escuchaba decir a alguien. No lo estaba viviendo. Por eso, salvo el 11 de abril que participé en un programa de TV local para hablar de la Venezolanidad a la luz de ese descalabro; mis pocos amigos venezolanos y yo, hicimos del exilio una ocasión para entender aquello de “el que va a la villa, pierde la silla” y en consecuencia actuábamos. Reconozco los motivos del exilio, e incluso sus derechos, pero poco más. Creo que el que se va del país en medio de esta profunda crisis que vivimos, hace lo que su conciencia le dicta y hace bien, pero pierde el derecho a participar en la contienda diaria y a ser parte del cambio. Es uno de los precios que se paga al poner tierra de por medio, por las razones y bajo las circunstancias que sean.
El papel del venezolano en el exilio debería limitarse a discretas opiniones y apoyos puntuales ante la comunidad internacional acordes a lo que se decide y pregona desde aquí. Es preocupante entonces que, cada vez más seguido, el exilio “opositor” insista en atacar a la MUD, repetir el chisme de las elecciones fraudulentas y proponer que no vayamos a elecciones en 2012, haciendo gala de una irresponsabilidad digna de toda reprobación. Supongo que, desde un piso climatizado en el Madrid de Zapatero, es fácil llamar a la rebelión estilo “países árabes” (sancta sanctorum del exilio) pues no saben cuantas armas circulan en este país porque no las han visto. Suena muy duro; pero con euros y mercados bien abastecidos, es muy sencillo oponerse al régimen de horror que está acabando “ese país de allá abajo” que, admítanlo o no, empieza a ser extraño después de cruzar el Mar Caribe. Puede parecer chauvinismo y me apena que así sea, pero en mi vida aprendí que EL QUE SE VA NO HACE FALTA Y EL QUE SE QUEDA NO ESTORBA. Si su decisión fue irse, sea feliz y cierre la boca.

jueves, 8 de julio de 2010

¿Libres?

Leo y releo las noticias que nos llegan de Cuba. Me dedico por unas horas, a entender el alcance de la medida de liberación de presos políticos que, gracias al gobierno español y la iglesia católica, fue anunciada por el capo. De tanto descreer, noto algo que no me cuadra. Armando el rompecabezas de una noticia, impensable hace tan sólo semanas, descubro que, una vez más, el gobierno cubano nos ha metido un derechazo y su alcance está tan desdibujado entre las líneas de un anuncio indispensable, que lo aplaudimos como si se tratara de un triunfo. Entonces, me decido a aguar la fiesta: los que creemos en la libertad como derecho innegociable nos enfrentamos a la insolente condición que, para tal liberación, se ha impuesto: Los 52 presos políticos cubanos, una vez libres, tienen que abandonar inmediatamente su patria en compañía de sus familiares. ¿Qué nueva burla es esta? ¿Por qué tenemos que celebrar que este grupo de valientes, sea una y otra vez, declarado indeseable? ¿Por qué debemos alegrarnos al constatar que, el ánimo de quienes tienen la obligación de recibirlos en su patria y devolverles, en hogar, lo que les han robado en vida, no está a favor de convivir con disidentes? No hay duda que la generosidad del gobierno español ha dado al gobierno cubano una ocasión excelente para decir al mundo que, si ellos no pueden mantener sus opositores perfectamente callados en sus celdas de castigo; tampoco están dispuestos a permitirles una patria natural que les sirva de cobijo y de mortaja. Es la habitual bondad de los Castro: Todo lo que amenace su fracasado proyecto, puede exportarse para siempre; afuera, será menos visible para los únicos que deben verlo. Ciertamente, de alguna manera, están salvando la vida a 52 condenados; pero, les están negando el derecho a vivirla en su tierra. Yo no se si, francamente, haya razón alguna para cantar victoria.

sábado, 6 de marzo de 2010

Exodus

Esta mañana, después de mucho tiempo sin verla, me conseguí a Tatiana, una amiga querida de los tiempos en que vivir era mucho más que preocuparse por contar las horas en que tenemos energía eléctrica. Está bonita Tati, le queda bien la maternidad y los avatares de la vida de profesional clase media que, como todos, intenta vivir. Bajo el sol inclemente de una esquina merideña, nos plantamos a conversar; de pronto me explicó, sin que yo lo preguntara, el brillo nuevo de sus ojos: está empacando. En menos de un mes, Tatiana, su hijo de 3 años y un par de amigas suyas, estarán viviendo en Canadá; a pesar del frió infernal y todo lo demás. Me costó asimilar la noticia. No porque Tati vaya a hacerme mayor falta; la veo ocasionalmente y siempre es grato, pero más nada. Realmente me importa poco donde viva, siempre que viva a gusto, y eso es justamente lo que casi me amargó el encuentro. Tati se va porque no puede más con esto. Porque quiere una vida mejor para Sebastián, porque no cree en las elecciones, porque sencillamente, NO SE LA CALA MAS. Como ella, en los últimos días, el cuento de gente que se va, que lo está pensando, que está averiguando como hacerlo y que desea fervientemente poner tierra de por medio, es cada vez más cercano. Amigos cuya cercanía me resulta necesaria y afectos cuya ausencia dolería enormemente, están armando el plan B. Gente que le hace falta al país, por cierto. Gente que dejó de creer en esperanzas de cambio. No soy capaz de criticarlo. Calladamente, para mi asombro, en algún recóndito lugar de mi alma un plan B asoma de vez en cuando. No, sinceramente no lo critico. Es más, lo entiendo, pero me da una rabia enorme. Me hace sentir que en alguna parte de nuestras conciencias perdimos la posibilidad de luchar esta batalla porque es una batalla sin garantías. Es una cosa más que tenemos que agradecerle al Sabanetero. Él apagó la luz, pero se niega a ser el último en salir.

sábado, 2 de enero de 2010

Y otro que se va...

Nada está más arraigado en mi memoria que las despedidas de año. Seguramente se debe a que se trata de una tradición, un poquito al límite, que conoció varios escenarios y estilos. Primero era la casa de los abuelos paternos en Valencia. Un caserón enorme, en la que siempre sonaba música de Billo´s y alguien estaba cocinando algo. Todos los hermanos de mi padre, habituados al juego de casarse y divorciarse, dejaban allí sus hijos y sus mujeres, y volvían el 31 en algún momento. Inevitablemente, al aumentar los tragos, aumentaban los rencores y la fiesta de año nuevo terminaba en pelotera inolvidable. Vino el divorcio (de mis padres) y la fiesta se mudó a la casa caraqueña de nuestra amada Morella, quien sorprendía a su familia extendida con cambios de humor tan notables, que era difícil hacer apuestas. O la pasábamos, literalmente, encerrados bajo llave, o la casa se abría para visitas y comilonas que parecían no terminar nunca. En cualquier caso, el año se recibía en la terraza, marcados los minutos finales por la voz melosa de Raúl Amundaray en Radio Continente, y el abrazo se intercambiaba al pie de la fotografía de la abuela Josefa. En los tiempos del exilio la nochevieja era fría y, a veces, blanca. Casi siempre transcurría en una plaza o en una atiborrada discoteca, en la que me resultaba imposible dejar de llorar mis ojos. Finalmente, con la madurez, la celebración regresó a Mérida. En la casa de una querida tía recordamos a los ausentes, quemamos el año viejo y comemos exquisitamente; aunque en realidad, la fiesta empieza a perder sentido. Si no tienes más familia que tus padres, y ellos no están esperando el abrazo de las 12, entonces, darlo o no darlo, tiene poca importancia. En esas ando por estos días, obligado a reflexiones y revisiones que seguramente arrojarán un resultado nefasto. Por lo pronto, todos parecen coincidir en que ando desencontrado y pesimista. Yo creo que es un poco más que eso, y que los propósitos para el 2010, requieren mayor dosis de tolerancia y paciencia. Vamos, que necesitamos que pase algo un poco más drástico, para ver si nos ponemos de mejor humor; pero eso parece que requiere que seamos varios los que hagamos propósitos y los cumplamos. Y yo por la cabeza de otros, no respondo en absoluto.

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