
He cometido un acto impropio de quien, como yo, anhela vivir en un mundo en el que todos entendamos en su justa medida el significado exacto de la palabra respeto. Les cuento: Aunque tengo un excelente archivo de material gráfico autorizado y algunas veces, además, las fotografías que publico las tomo yo mismo, a veces necesito acudir a los bancos de imagen que abundan en Internet (y que parecen no pertenecer a nadie) para apoyar mis publicaciones. Dándomelas de “no se que”, asumí erróneamente
y no por desconocimiento, que en Internet todo se vale y me comporté como un abusador cualquiera, robándome una bellísima imagen que publiqué en mi entrada ¿Que nos pasó?, la semana pasada. Bien, resulta que esa imagen fue realizada por
Agustina Cosulich, una artista gráfica argentina cuyos trabajos están expuestos en la red, protegidos, como cualquier cosa que uno hace con su talento, por derechos de autor. Saltando por encima de ese importante asunto, subí su imagen a mi blog y me limité a mencionar el nombre de su autora a pie de foto. Hace un par de días, con justo y sobrado derecho, la señora Cosulich me ha reclamado, en este mismo blog y de manera muy amable, mi osadía; que según ella, consistió básicamente en apropiarme de su creación sin consulta previa. Yo creo que va un poco más allá: a pesar de mi buena intención, yo lo hice porque me pareció perfecto y no se lo pregunté a nadie.
¿Habráse visto mayor altanería? Pues no, lo hice y ahora ando avergonzado, buscando una manera de ofrecerle a Agustina Cosulich, las más sinceras disculpas que haya tenido que escribir en mil años. Créame, Sra Cosulich, lo siento inmensamente; pero le agradezco el aprendizaje forzoso en una edad en la que uno no debería ser tan patán. Acepte por favor mis disculpas y tenga usted la certeza de que no sucederá otra vez, ni contra usted ni contra nadie más. Debo reconocer que, de la forma más dura, he aprendido una verdadera lección de respeto. A todos mis lectores, perdón por la torpeza. Yo puedo ser mejor gente que eso.