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jueves, 27 de julio de 2017

Del otro lado, todo es posible



Cuando Jimena nació, el pasado 12 de abril,  a Isis y Diego, sus padres, lo primero que les vino a la mente, como a cualquier pareja de padres primerizos,  fue comprobar su estado de salud. La niña, bonita como no hay dos, llegó a este mundo – sin ninguna dificultad - en un parto programado hasta el último detalle pues provenía de un vientre al que le habían pronosticado, a pesar de su juventud, bastantes dificultades para lograr la proeza de la maternidad. Quizás fue el amor; pero, Jimena  nació perfecta, gracias a Dios, a los bonitos genes de la madre y de la abuela y a la buenamozura del padre.
A los pocos días de nacida los primeros exámenes pediátricos no hicieron sino confirmar la alegría del nacimiento. Jimena crece, gana peso y come;  un niño bien criado no hace otra cosa; come, duerme, llora cuando tiene hambre y, sus padres, la única preocupación que tienen es sortear con buen ánimo la dificultad diaria de conseguir pañales y algunas chucherías para consentirla.
Isis y Diego han sido obsesivamente puntuales en el seguimiento de los primeros días de su hija. Fieles además a tradiciones ancestrales, Isis ha guardado en reposo la cuarentena de las paridas de antes, y su  madre se ha dedicado a alimentarla con buen tino para que le leche con que alimente a la niña sea de la mejor calidad. Diego, por su parte, ha cumplido con creces: es un padre inmejorable a quien se le caen las babas por su niña. Dedica sus mejores horas a atenderla y, por supuesto, lleva el teléfono repleto de sus fotografías para exhibirlas con orgullo, aunque con la cautela propia de estos días.
Hace un par de semanas, Jimena cumplió 3 meses de edad y enfrentó la primera polémica de su vida: todo niño que supera los tres primeros meses de vida debe ser sometido a un proceso de inmunizaciones compuesto por un protocolo de vacunas que lo pone a salvo de enfermedades que pueden resultar fatales.  Aun cuando existe el temor de que,  inocular un bebe con bacterias y virus a tan corta edad, resulte más perjudicial que beneficioso; Isis, profesional de la salud y Diego, ingeniero civil, no apuestan al riesgo; sencillamente creen totalmente en el poder preventivo de unos pinchazos con los que seguramente llorarán ellos junto a su hija.  El asunto es que, salvo la vacuna contra la poliomielitis, en Venezuela no es posible conseguir otras vacunas, ni  en los sistemas de salud pública ni en las clínicas privadas. Peor aún, existen documentadas denuncias acerca de campañas de vacunación a precios exorbitantes con productos cuya procedencia es, por decir lo menos, dudosa. La Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría ha explicado que “en algunos años, nos daremos cuenta de que esas vacunas aplicadas de forma inescrupulosa a precios elevadísimos, pueden ser culpables de un grave problema de salud pública”
Preocupados, los dos muchachos, urgidos por poner su niña a salvo de cualquier problema, intentaron conseguir las vacunas a cualquier costo;  entonces,  comprendieron con disgusto que aun teniendo la posibilidad de pagarlas, conseguir las vacunas para su hija en alguna ciudad de Venezuela, no era posible. Fue ahí cuando les hablaron de Cúcuta.
La primera ciudad importante que se encuentra al cruzar la línea divisoria que separa Venezuela de Colombia se ha convertido para las ciudades andinas, cercanas a la frontera, en una  suerte de patio trasero en el que resolver los apremiantes problemas de abastecimiento de todo tipo con que se enfrentan a diario; a menos de 4 horas de distancia  por carretera, ir de compras a Cúcuta para conseguir, desde medicinas hasta alimentos básicos y artículos de higiene personal es el único “canal humanitario” abierto para los venezolanos, aun cuando el gobierno de Nicolás Maduro no solo lo niega, sino que lo prohíbe expresamente, haciendo que los habitantes de esa zona del país consideren  la ley, que los aleja de la solución de sus problemas,  letra muerta y enterrada. Si bien al tipo de cambio de moneda los precios encarecen sustancialmente,  por lo menos existe la seguridad de que gracias a la subrepticia apertura comercial de la frontera, “del otro lado” todo es posible. Incluso vacunar tus hijos.
-          Yo había hecho todas las averiguaciones, sabía que no era complicado en absoluto y que en cualquier ambulatorio de Cúcuta, El Puerto de Santander o La Parada era posible vacunar a la niña. Me habían dicho además que era gratis, un dato que no es importante, porque nosotros estábamos dispuestos a pagar;  pero igual, llevábamos cierta aprehensión porque no sabíamos si ocurriría algún cambio y perdíamos el viaje -  dice Isis mientras recuerda,  luchando contra sus emociones,  el día que le tocó recorrer un poco mas de 300 kilómetros para poder vacunar a su hija.
No es secreto, el tema de las vacunas ha llegado a oídos de todos los padres que van de pediatra en pediatra buscando una solución. No se trata solo de que las vacunas no existen, es que se puede tener la mala suerte de caer en manos de algún delincuente inescrupuloso que fastidie la vida de tu hijo y acabe con tus menguados ahorros.  Isis y Diego, prevenidos, planificaron hacer el viaje, darle los pinchazos a la niña y regresarse tan pronto como fuera posible.
“Los niños venezolanos solo serán atendidos Lunes, Miércoles y Viernes en el ambulatorio de La Parada” reza el gigantesco cartel con el que se encontraron a su llegada a La Villa Del Rosario, el primero de los pueblos colombianos del camino. Una más de las estaciones de un vía crucis que obliga, por esta nueva disposición, trasladarse a La Parada, el pueblo también colombiano que empieza donde termina el puente Simón Bolívar, considerado la capital del “bachaqueo” colombo –venezolano.  Es cierto que los padres venezolanos podrían ir a una clínica privada colombiana si quisieran;  pero, para ello requerirían una visa colombiana que depende del capricho del guarda fronterizo,  una cita previa, no tan fácil de conseguir en corto tiempo y estar  dispuestos a desembolsar varios sobornos en efectivo y por lo menos, el importe multiplicado por cuatro del ya elevado costo de una cita médica privada en Venezuela.
Siguiendo las instrucciones del cartel pusieron rumbo a La Parada, con deseos de desayunar y resolver lo antes posible su diligencia; a las 7:30 de la mañana lo que encontraron allí los llenó de estupor: una cantidad aproximada de 200 niños y sus familiares, tenían convertido el ambulatorio en un pandemónium. Isis, acostumbrada a llevar un consultorio impecable en cuya sala de espera solo caben las sillas justas para las personas que han confirmado consulta, se sintió superada por el desorden de sus paisanos. Entonces, le asaltó el temor de haber perdido el viaje: las enfermeras, incapaces de controlar lo que ocurría,  amenazaron cuatro veces en 20 minutos con “cerrar el ambulatorio y dejar de atender niños venezolanos” y enérgicamente anunciaron que “nosotras ganamos muy bien, no necesitamos que nos ofrezcan plata para que los adelantemos en sus turnos, aquí eso no vale nada”
Fue Diego, acostumbrado a lidiar con equipos de fútbol y vestidores de gimnasios, el que puso orden.  Bastó un fuerte y enérgico silbido y un rasgo imborrable de su buen talante: - me pareció absurdo, pero tuve que sacar todas mis fuerzas para convencer a los venezolanos allí apelotonados que tenían que tener un poco de orden -  Lo aceptaron, cuenta el joven padre de Jimena, no sin protestas y en pocos minutos, fue él quien se ocupó de asumir la tarea de controlar el proceso de vacunación de más de 200 niños venezolanos en un ambulatorio colombiano.
-          Era como si los venezolanos no entendieran que la vacunación no es responsabilidad del gobierno colombiano, sino del nuestro y es el nuestro el que no cumple –
Su desempeño fue tan hábil, que termino siendo el que controlaba incluso el uso de los baños, organizando hasta la forma y el sitio en que debían desechar  los pañales usados.
-          La espera fue larga, eso me dio tiempo para muchas cosas, pero sobre todo para conversar con una señora colombiana que vive al frente del ambulatorio. Me avergoncé,  ella llegó a decirme que habían enviado una carta a la dirección del ambulatorio pidiendo que suspendieran el servicio a los venezolanos debido a su extremo desorden, la señora me dijo que  los pañales sucios se quedaban por todas partes  y que los venezolanos producían una cantidad de basura increíble; sentí una vergüenza horrible al escucharlo, no pude evitar pensar en lo rayados que estamos en todas partes – relata sonrojada la madre de Jimena –
A mediodía, un sacerdote vecino que suele repartir alimentos a los necesitados, repartió sopas entre los venezolanos que esperaban su turno para la vacuna  de sus hijos. Eso los sorprendió a ambos enormemente; pero, allí tuvieron que tomar cartas en el asunto nuevamente y apoyar al sacerdote en la repartición del almuerzo.
Jimena fue vacunada entre las últimas, a las 4 de la tarde y por suerte no tuvo reacción adversa alguna.  Poco después, extenuados por el duro día de trabajo inesperado, emprendieron camino de regreso a casa.  Isis, con los nervios destrozados por el cansancio hizo acopio de fuerzas para distraer a su marido al volante y asegurarse un viaje de regreso que fuera por lo menos, entretenido. Las imágenes del fuerte día empezaron a convertirse en palabras y ambos, que han convertido sus dos años de convivencia en excusa para estar bien y ser felices por encima de cualquier circunstancia, decidieron no interrumpir el trayecto sino para el café indispensable.
A las 9:30 de la noche llegaron a El Vigía, el punto desde el cual cualquiera que venga por ese camino empieza a sentir que llego a Mérida y se encontraron con el tráfico detenido. Averiguar las causas desató el llanto incontrolable que Isis traía apelotonado en la garganta: un árbol había caído en la carretera, partiendo en dos el vehículo en que viajaban, de regreso de Cúcuta, una joven pareja con su hijita de cuatro años de edad. Ambos padres estaban muertos dentro del auto y la niña gritaba desconsolada el alcance de la mala hora.
-          Pudo ser cualquiera de nosotros; esa pareja, seguramente, había ido a Cúcuta a resolver algún asunto parecido al nuestro. Pudo ser cualquiera de nosotros - es lo último que se le ocurre decir a esta jovencísima madre venezolana, mientras se seca las lágrimas que vuelven a brotar irremediables ante el recuerdo de un accidente y de una vida que ya no se parece en nada a lo que ella suele escarbar de su memoria.
A su lado, con un lazo hermoso tejido por su abuela, Jimena sonríe distraída por el descubrimiento de un sonajero. Ajena, como corresponde. Su madre sabe que apenas empieza el camino y siente que su patria es ella. Que por ella, agarrará su palito de escoba, como El Chavo, y se pondrán a salvo, un día de estos.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La Toma, en primera persona...


Quienes más me conocen saben que el mejor regalo que puedo recibir una mañana cualquiera, es un ratico más en la cama. No me gusta levantarme temprano; aunque el peso de los años me impide dormir hasta más allá de las seis de la mañana, ese pedacito de tiempo en que el ronroneo de sabanas y cobijas me arrulla, solo lo sacrifico a dos cosas: la inminencia de un aeropuerto o la de un gran momento. La segunda se correspondía con ayer, 1 de setiembre. Vine a Caracas a estar en la marcha, sabiendo desde el principio que esta vez, en lugar de escuchar la historia, iba a vivirla. Solo esa convicción me sacó de la cama antes del primer timbre del despertador, con el tiempo justo para "acicalarme con calma" como dice, en tono de burla, mi amiga Albor.
Amaneció temprano, una de esas mañanas frescas caraqueñas que seguramente son la causa del remoquete de  "ciudad de la eterna primavera" con que se le llama. Amaneció, además, bonito; amaneció luminoso, probablemente por eso, a las 6 y media de la mañana calzaba mis zapatos "de marcha" y salía de casa a conseguirme con mi "escuadra de seguridad" (causa asombro los nombres con que la logística bautiza a los amigos) Tenia que atravesar Caracas y no tenía idea de cómo hacerlo, acostumbrado a utilizar un servicio de transporte público (Metro) que no estaba disponible. Después de un buen rato de espera logré un autobús en el que conseguí la primera sorpresa, bajando de Baruta y sus barrios aledaños, por lo menos 50 de las 70 personas que Iban a bordo, llevaban camiseta blanca, gorra (muchas tricolor) y botella de agua en la mano. Uniforme indiscutible de marcha.
Después de un buen desayuno en casa de mis amigos, a donde llegue cruzando una ciudad alborozada inusualmente para esa hora, caminamos las tres cuadras que nos separaban de nuestro punto de concentración, el edificio Parque Cristal de Los Palos Grandes. Eran las 9 y 30 de la mañana; la cantidad de gente no cabía en los ojos. Hacia Chacaíto y hacia El Marques, los dos extremos de la Avenida Francisco de Miranda, las personas se amontonaban, en la mejor actitud.  Se amontonaban, también,  las voces, las pancartas y el hartazgo.  Se amontonaba también la indignación, la multiplicidad, lo que somos y nos hace grandes. Se amontonaba la inmensa diversidad que llamamos gentilicio.
Entonces tuve una epifanía, tímida y quizás poco importante, más allá de cualquier resultado, estaba por comenzar el más importante, serio, grave y mayor acto de repudio que la dictadura revolucionaria bolivariana ha tenido que enfrentar desde que existe; eso logró que me diera por bien servido.
No voy a describir la marcha, básicamente porque no es buen ejercicio de objetividad describir emociones; también porque, literalmente, una imagen vale mas que mil palabras, e imágenes han habido millones; pero, además, porque ese acto espontaneo de civismo ciudadano solo pude entenderlo una vez que regresé a casa y tal vez continúe dejando secuelas de comprensión. Mientras caminaba, saludando viejos conocidos, abrazando amigos, buscando agua y chucherías con que mantener el buen ánimo y escudriñando lo que sucedía en esas cuadras bordeadas por la extraña mezcla de estilos arquitectónicos que es Caracas, empecé a darme cuenta que escuchar conversaciones es una de las cosas que mejor sirve a quien siempre va a querer contar el cuento; eso fue lo que hice. Y eso, lo que me dio la seguridad de apreciar lo que estaba viviendo.
-          - No vale, ya ellos tuvieron su oportunidad de hacer las cosas bien hechas - dijo a mi lado una señora de unos 70 años, mientras grababa en video lo que iba pasando a su lado - lo que tienen que hacer ahora es irse…-
-          - ¿Tú crees que habrá revocatorio? respondió una de sus compañeras
-         -  Tiene que haberlo, porque si no, los vamos a sacar de cualquier modo
Ese simple intercambio de frases que sonaban a lugar común, validó mi epifanía. Esa gran concentración, esa gran marcha que a esa hora, pasado el mediodía, copaba por cientos de miles las avenidas emblemáticas de Caracas y de toda Venezuela (fotografías de todos los rincones del país lo demuestran) había superado la exigencia de un proceso formal de revocatorio,  para convertirse en un acto revocatorio en sí misma, que ante la ineficiencia de un poder electoral entrampado en la complacencia infame, necesitaba expresar su repudio a la dictadura, sin darle otra oportunidad.  Ya, a esa hora, ni siquiera un milagro en forma de abastecimiento, una nueva dádiva, un cambio efectivo de rumbo hubiese salvado al régimen. Millones de venezolanos en todo el país, estaban pidiendo, no por acción de un liderazgo - cuya función admirable fue convocar la fuerza preservando la vida – el fin de una era llena de dolor y penurias, el restablecimiento de una ciudadanía perdida. No hacía falta nada más. Aunque no hubiese habido discursos, (que los hubo y fueron buenos) ni momentos de reflexión (que también estuvieron, acompañados de un Gloria al Bravo Pueblo que sonó a canción bonita) esa concentración mayoritaria de venezolanos procedentes de todos los estados del país, logró con creces el propósito que estuvo claro desde el día mismo en que fue convocada: ponernos en evidencia como fuerza mayoritaria. Contarnos, aunque sea solo por encima, como gente dispuesta a echarle un pulso a quienes pretenden ignorarnos. Eso logro se evidenció desde el minuto cero, lo demás, me perdonan el inciso personal, salió sobrando.
Salimos de la Francisco de Miranda cerca de la una y media de la tarde, adoloridos los pies, rebosante de alegría el corazón y nos fuimos a almorzar; entonces empezamos a escudriñar las redes y enfrentar, con estupor,  nuestra infinita capacidad de auto sabotaje: una tendencia creciente de “opositores” maldecían los líderes que los habían convocado a desafiar todo tipo de obstáculos para estar en Caracas el 1 de septiembre. Maldecían la agenda de acciones - claramente explicada - que empezaba a plantearse en ese momento. Maldecía su presencia en el acto más importante contra la dictadura que se ha realizado en Venezuela. Tanta maldición encontró eco en una mitad aproximada de personas que ofrecían la contraparte. Polarizados, perdíamos la oportunidad de celebrar un éxito que nos pertenece a todos y que tuvo un final esplendido en el inmenso cacerolazo que resonó, tal como se había pedido, bajo el aguacero enorme de las 8 de la noche.
Fue allí cuando comprendí que no basta con tener la certeza de estar cerca del fin y sentirse satisfecho de un gentilicio dispuesto a hacer historia (la marcha fue considerada por observadores internacionales la segunda más grande del mundo) que poner deber cumplido donde casi siempre se ponen muertos, no es suficiente. Luché contra el sabor amargo en la boca de mis sobrinos, atropellados en su esperanza por la impaciente juventud, “pues aquí no se logró nada” (espero con fe que hayan comprendido su error pues son mis interlocutores favoritos) y me enfrenté a voces agoreras, irrespetuosas de un discurso de libertad democrática en el que creo firmemente.
Fue así como comprendí, que lo mejor que podemos hacer es empezar a enseñar que ser parte de la solución significa no agrandar el problema, aunque por ahora, y bajo la sombra de un régimen de oprobios, tal simple asentimiento no parece tener cabida en la mente de muchos venezolanos. Me fui a dormir tranquilo, no obstante, porque no estoy dispuesto a permitir que me dañen la alegría de saberme conectado con la íntima certeza de un final cantado por millones de pasos.
Se muy bien que amanecerá y veremos…

martes, 30 de agosto de 2016

Gente de todos los caminos



En el grupo de Whatsap de los ex alumnos del Colegio, Pedro escribió un mensaje informando que salía para Caracas, con la intención de participar en la Marcha del 1ero de Septiembre. Que se iba el sábado anterior para evitar inconvenientes en el camino, como que lo detuvieran en alguna alcabala cercana (algo que seguramente sucederá a muchos) Que iba solo, que podía llevar tres personas más, “hasta cuatro si se aprietan” y que en casa de su prima en La Castellana, podían dormir todos  - “hacemos una vaca para comprar comida porque la cosa está fea allá también, pero mi prima dice que nos acomoda” -  y que esperaba respuesta. Después escribió un lacónico  - “anímense” - Media hora más tarde, cuatro compañeros de los buenos viejos tiempos habían reservado un cupo en el auto de Pedro. Dos horas más tarde, German, Andreina, Maritza y Susana estaban ofreciendo sus carros y preguntando por alojamiento para los que iban. A esa iniciativa se sumaron un par de primos de Susana, los dos hijos de German, los tres hermanos de Andreina y sus esposas. Al día siguiente, el Whatsapp del grupo de ex alumnos del Colegio reventaba de mensajes. El sábado pasado, a las 8 de la mañana, sin pintas en los autos, sin gorras, sin banderas en las ventanas, 16 automóviles de ex compañeros de bachillerato, salieron para Caracas. No iban en Caravana, pero fueron monitoreándose unos a otros en el camino. El viaje fue divertido, sobre todo, porque sin proponérselo, improvisaron un reencuentro en el famoso restaurante de Carne en Vara que está por San Carlos, donde comieron y recordaron los viajes de muchachos. Llegaron a Caracas en el tiempo previsto y se alojaron, gracias a la camaradería de muchos en casas de “amigos de los amigos de mis primos” solidariamente dispuestas para recibirlos. Desde entonces se han dedicado a prepararse para la marcha.
La familia Rivas Dávila, (apellidos de prócer de independencia con el que se dan lustre muy en broma) es larga, ancha y unida. Esta regada por toda Venezuela. Pocos de los chamos de última generación estudian fuera del país; los más, son alumnos regulares de cualquiera de nuestras universidades públicas, mientras sus padres hacen maromas para mantener la casa a flote. El domingo hace una semana, que el mayor de los hermanos hizo el último arreglo para lo que ha sido su tarea en las últimas dos semanas, procurarles un puesto en la Toma de Caracas a todos los miembros de su familia. Este domingo, sin excepción, sin escándalo, sin ni siquiera un tweet que los delate, los Rivas Dávila más cercanos a Caracas, emprendieron viaje a la capital para preparar los alojamientos de sus hermanos, sobrinos, primos y tíos, en viaje desde primerísimas horas de un domingo luminoso. Todos (son más de 60) se repartieron en los autos disponibles (menos de los que hubiesen querido por aquello de los repuestos que no se consiguen y del precio de los cauchos) Los de Mérida alquilaron un ENCAVA en el que se apretujaron sin protesta y los de oriente, decidieron hacer en autobús publico las siete horas que los separan de Caracas. El lunes a primera hora, la alegría del reencuentro familiar acabo con los temores de quienes serían sus anfitriones. De las maletas, milagrosamente, salieron harinas y salsas brasileras, pasta colombiana, jabón ecuatoriano y menudencias varias (seis panes tovareños que uno de los chamos consiguió en la carretera y protegió con su vida, hicieron de lujo el primer desayuno). Todos duermen donde y como pueden, convencidos de que la causa lo vale. Desde el lunes se han dedicado a preparase para la marcha.
En Mérida, la Doctora Suesgull, imposibilitada de viajar por razones estrictamente “de fuerza mayor” ha avisado a sus pacientes que ni siquiera en emergencia pueden llamarla. Que su única emergencia es el país que la acogió a ella y su familia, expatriados croatas, hace un montón de años. Que ella está en planes de paro cívico y pancarta. Que el jueves, no estará para nadie, ni para el parto más preparado que haya pasado por sus prodigiosas manos.
Magda y Carlos, ella en Margarita y él en Trujillo, tienen mucho rato hablando por Skype del video de su vida. Un proyecto en el que han puesto empeño tan grande que si no se ganan un Oscar es porque “videoclip” no figura en los renglones que premia la academia Norteamericana. Se han mostrado millones de fotos de locaciones, han cotejado mil versiones de un guion que no parece estar listo nunca, han hecho y deshecho presupuestos y han extendido la fecha de rodaje muchas veces. Nunca se han reunido personalmente, más que una vez en Margarita en que él fue a visitarla y ella le contó su plan secreto, el video LGBT más LGBT jamás grabado.  El viernes Carlos la llamó para decirle que se vieran en Caracas, trabajaran unos días en los toques finales del video, decidieran las fechas de grabación y “de una vez aprovechamos de ir a la marcha”. Esta mañana, con una hora de diferencia, los aviones en que ambos viajaban, aterrizaron en Maiquetía; primero Carlos, que había tenido que venir a Mérida por cosas de familia y después Magda que siempre tiene el bronceado a punto de los que viven en la Isla. El papá de Carlos, pensando equivocado en otras cosas, le dio la plata para un hotel, sin estrellas, en la Plaza Venezuela y los dos amigos están encerrados en una habitación preparando los detalles finales de su video y su participación en la marcha.
Todos ellos se sumarán al 71% de caraqueños que, se espera, salgan a las calles este jueves 1 de septiembre a la Toma de Caracas, ciudad en la que se respira ambiente de reto. Ya el gobierno anunció el cierre de 14 estaciones de metro y cerró el espacio aéreo de la capital. Ayer, un ex líder estudiantil de la más alta prosapia fue detenido, sin mayor explicación, la gente empieza a preguntarse si el miedo tiene sentido. Sospechan que no habrá resultados inmediatos y esperan que “algo pase” pero, por cualquier lugar que uno camine, hay mucha gente preparando su participación en la marcha, hablando de valentía y desechando temores inútiles. Hoy una señora me dijo que ir a la marcha era, como votar, una “vaina obligatoria”
Eso debe ser lo que tiene, a los que no van a la marcha, aterrorizados de muerte.

viernes, 19 de agosto de 2016

El pan nuestro de cada día

Es el responsable de abrir cada una de sus cuatro panaderías; lo hace en un recorrido escalonado que comienza a las seis en punto de la mañana, todas las mañanas. Una por una, las panaderías de Pau reciben su personal bendición al amanecer de cada día, con  media hora de diferencia;  a las 8, la última de las “tiendas” como él prefiere llamarlas, empieza a despachar los desayunos de una clientela  perfectamente estudiada, integrada en su mayoría por jubilados, abuelos solitarios que se levantan tarde y caminan lento hasta el pequeño centro comercial, como para enderezar un poco los huesos entumecidos por la noche de escaso sueño que les dejó esperar  hasta las tantas la conexión con Skype para saludar el nieto desperdigado en el mundo.
-                       -   Allí la mayoría son viejitos, bueno…no tanto como ancianos, aunque de esos también hay, pero tú sabes, señoras mayores, simpáticas, que siempre tienen cuentos divertidos de sus descubrimientos tecnológicos y nunca están apuradas. Por eso, la de ahí es la ultima que abre, así además no  me meto en problemas con el condominio del centro - cuenta en un español  impecable al que traiciona el acento catalán de la conversación casera.
Es a esa hora,  y en ese lugar,  donde verdaderamente comienza la jornada de este empresario del pan, como le gusta llamarse, que dice no haber amasado nunca una canilla.
-                -  No, de verdad que no, nunca me ha tocado amasar, ni preparar el producto. Tengo buenos maestros panaderos que se dedican a eso y aunque me ves todo lleno de harina todo el día, la verdad es que eso me pasa porque la cocina de la panadería es muy escandalosa y yo allí si tengo que meterme muchas veces, pero…amasar, lo que se dice amasar, nunca
Quienes lo conocen más, dicen que lo único que ha amasado en su vida es un montón grosero de dinero, que lo ha hecho con pocos escrúpulos y que le da igual su procedencia; aunque nadie ha podido jamás demostrar que esté en malos pasos,  su imagen se perjudicó muchísimo durante el lejano paro petrolero, días en que se dedicó a seguir trabajando diariamente,  a pesar de las voces y los hechos que le pedían detenerse. Dice no ser simpatizante del régimen, tampoco de la oposición. Nunca ha votado, aunque podría hacerlo ya que  tiene cédula y pasaporte venezolano y esquiva graciosamente el tema político cada vez que alguien intenta ponerlo en su mesa. Parte de su trabajo diario es tomar café con los vecinos que acuden a su negocio, hay días en que poco más puede hacer;  a él, el más exitoso empresario panadero de la ciudad, la crisis lo tiene loco. Los bachaqueros también.
Otto, gastó los ahorros de su vida en sus dos únicas pertenencias: un pedazo de tierra en Estanques en el que cultiva lo que puede cultivar, sobre todo maíz y café y una pequeña panadería de barrio para asegurar el sustento de sus dos hijos adolescentes. Trabaja de sol a sol. Es el rey de su urbanización, vende fiado a los vecinos, hace favores, brinda avances de efectivo e intenta surtir sus vacios mostradores con “lo que se consiga en el camino”. Un día tiene pan tovareño a precios de Rolex, otro, paledonias en unos formatos más bien raros,  todos los días, unas pocas – milagrosas - palmeritas tostadas  y algunas canillas encaletadas, para sus mejores clientes;  es decir, para sus mejores vecinos. Lo demás es lo que Dios provea. Pocas veces una sonrisa ha sido tan amable, ha estado tan dispuesta a servir. Otto trae café de su finca para vender a buen precio y, si algún día la señora Magdalena no viene a la panadería a buscar sus dos canillas, él le toca la puerta con más interés en  su bienestar que en los pocos bolívares que Doña Magdalena puede pagar por su pan de cada día.
Hace poco me invitó un refresco. Había mantenido la panadería abierta hasta las seis de la tarde, en un gesto inusual y yo entré a comprar paledonias para el desayuno del fin de semana.
-            -       Pues sí, la harina está apareciendo graneadita, por lo menos puedo hacer canillas para ustedes y a veces hasta alcanza para otras cosas, pero el problema es que lo demás está muy difícil. Ahorita desapareció el azúcar, eso no se consigue y está muy escasa la mantequilla….no, lo que provoca es cerrar, chamo.
-         -      ¿Y si la cosa está tan mal con el pan,  por qué hay tanta gente vendiendo pan en la calle, entonces?
-         -           Porque ese es el negocio de ahora. El último que inventaron
-          -      ¿Bachaqueo de pan?
-      -    Si, pana…Bachaqueo de pan exactamente. No sé quien anda distribuyendo canillas para que las bachaqueen en la calle. Claro, no ves que nosotros en la panadería no podemos venderlo en lo que cuesta, entonces habrán panaderos que buscan ganancias de otra forma…
Lo que cuesta, según la Gaceta Oficial 40.234 de agosto 2015 es siete bolívares. Ese es el precio al que la panadería tendría que vender cada canilla, un precio al que - por cierto - nadie le hace caso, siempre que no exceda demasiado el parámetro, dentro de la panadería. En la calle, una canilla- de muy buena calidad -  puede llegar a costar hasta 260 bs y hay gente que lo paga. La regulación solo cuenta para la canilla y el pan francés (que en la mayoría de las panaderías son pequeños bollitos de harina, dorados y abombados con aire, literalmente) todo lo que no es tal, puede venderse a precio  libre; pero, no hay con que hacerlo. Para nosotros, adictos al pan dulce de toda la vida, la nueva tragedia es que un pancito azucarado recién salido del horno no se consigue, ni por la muerte de un grande.
El negocio del momento, recalca Otto - casi con pruebas en la mano  - es sacar pan, el mismo pan que debería venderse en las panaderías y ponerlo en venta en incontables puestos de venta de pan callejeros,  que empiezan a fundirse con el paisaje de la ciudad, engrosando una buhonería (de productos legales o no) que anuló la necesidad de supermercados o tiendas, a la vista de todos, sin excepción. El pan que en la panadería no pueden despachar dentro de una bolsa, porque “las bolsas no se consiguen” en la calle lo sirven - envuelto en perfectas bolsas de plástico transparente a las que lo único que les falta es una etiqueta con tu nombre -  remata Otto mascullando la rabia que le produce el cuento.
Pau asegura que de su panadería no sale una sola canilla para la calle, que apenas si logra darse abasto con la producción escasa de sus bien pertrechadas tiendas, últimamente transmutadas en suerte de bodegones de exquisiteces caras, que la gente compra porque no le queda más nada que comprar. Ambos, de todos modos, coinciden en afirmar que es verdad. Cuentan los precios insólitos de un saco de harina y los aun peores de un saco de azúcar y justifican el elevado precio del pan (un pan de sándwich mediano cuesta en promedio 2.000 bs) No obstante, se sienten incapaces de ponerle nombre a los responsables de proveerle pan a  quienes lo bachaquean en la calle. Es Pau, el que aventura una hipótesis,
-          -             De donde va a salir pues, de donde sale todo, de la sinvergüencería.
Y uno se queda pensando que hace rato, mucho rato,  fue Dios quien  dejó de darnos el pan nuestro de cada día.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Dos horas de un día...


Salgo de la panadería mal humorado: Un litro de jugo, un paquete pequeño de pan integral, un refresco y una palmera suman la escandalosa cifra de 2.400 bolívares. Los pago pensando que tendré que empezar a suprimir algunos placeres (la palmera tostadita de Panadería Mallorca, por ejemplo) y pongo la bolsita en el asiento "del copiloto". Allí también he puesto, hace un ratico, una bolsa de lona que contiene toallas y sabanas, limpias gracias a esa especie de cooperativa de servicios con la que mis hermanos y yo enfrentamos la crisis. Voy a mi casa; en el camino hago la ya tradicional exploración de farmacias, buscando algunas medicinas: un antihipertensivo para mi hermano, un oxigenante cerebral para mi tía, otro para la madre de un amigo indispensable, la crema que mantiene a raya mi eczema y analgésicos que no contengan cierta sustancia a la que soy alérgico. Una, dos, tres, cuatro farmacias (de las que sé que son buenas) y poco éxito. El eczema seguirá respondiendo a la sábila y mi hermano, mejor será que cuide su dieta. No hay Diovan. Mi tía y la madre de mi amigo corren con mejor suerte. Un nuevo tarjetazo, un nuevo suspiro contenido, una bolsita más que toma sitio junto a mí en el auto. El reproductor hace mucho que se dañó y repararlo cuesta varios sueldos, no hay música en mi auto, no escucho imposiciones de DJ de radio. Liszt tendrá que esperar. Cerca de mi casa, un motorizado en sus prisas golpea el espejo lateral de mi viejo Tempra y reacciono con susto; no, no quiere robarme, solo desea comerse la calle. Como todos. El semáforo cambia a rojo, me detengo; tras de mí un desagradable rugir de mil cornetas me anuncian que varios choferes ansiosos están en ese momento - de bombillo rojo -  recordando sin cariño a la santa mujer que fue mi madre. A mi lado, una mujer desconocida baja el vidrio para anunciarme, a gritos, que siete médicos han decidido declararse en huelga de hambre "ahora si nos fregamos, profe" (ya me acostumbré, así me llaman) Por un segundo pienso en la inutilidad de una huelga de hambre ante la jauría que nos lleva al precipicio. El semáforo cambia a verde y el segundo más corto de la venezolanidad se materializa: el tiempo, imposible de contar, en que retomo la marcha es asediado por gritos y nuevas cornetas. Decenas (¿o son cientos?) de motorizados inundan de monóxido el escape. Una buseta se detiene, en medio de la vía, para que baje contoneándose la Yudeixys de turno. Yolkar y Robinson intercambian cascos, un extraño paquetico y carcajadas. El sol hiere mi calva dentro del auto sin aire acondicionado. El teléfono repica una y otra vez, lo dejo hacer aunque sé que quizás estoy perdiendo una venta; sería suicida atenderlo. En un momento de atrevimiento "me como" un cruce para abreviar el camino a casa y descubro que se ha ido la luz en la cuadra. El embotellamiento dantesco en la encrucijada de cuatro esquinas que debo sortear para llegar a destino, me obliga a una vuelta que implica un par de kilómetros adicionales. Media hora más tarde llego a la puerta de mi apartamento. Son casi las tres de la tarde. Bajo solo por un minutico para desahogar urgencias y continuar el camino, mis actores me esperan hace algunos minutos para montar una nueva escena. Regreso al auto, emprendo camino al ensayo. Algo extraño atrapa mi ojo, al principio no logro descubrir de que se trata; pero, parece una ausencia. Vuelvo a detenerme en un semáforo y aprovecho para mirar nuevamente: Me han robado. Han abierto mi auto y se han llevado mis logros de la mañana, la bolsa de la panadería, las medicinas, el bolso de la lavandería (Carajo...con lo caras que están las sabanas) una libreta de notas dejada en el asiento al descuido. Todo ha desaparecido, en la puerta de mi casa, durante el breve instante de alivio de esfínteres en que subí al apartamento ¿dejé el auto sin seguro? Es probable. Las puertas cierran de forma automática, yo tuve que utilizar la llave para entrar de nuevo. ¿Fue un acto reflejo? No sé. Incrédulo, de todos modos, me siento horriblemente culpable de haber dado "papaya". Me han robado. Por mi santísima culpa.
Dos minutos después, apago el motor en el estacionamiento del colegio cuyo salón me han prestado para mis ensayos. Bajo con calma. Estoy súbitamente cansado. Súbitamente golpeado por una gran tortícolis, instalada como escudo de lucha desde que un día dejé de entender mí alrededor.
En el salón, uno de mis actores está explicándole a otro sus planes de viaje. Se va tan pronto cumpla un par de compromisos, le ofrecieron "algo" en Santo Domingo, República Dominicana. Lo escucho con atención, no tiene 30 años. Se va en unos meses este tipo talentoso y avispado.
Me siento, unos minutos más tarde estoy listo para empezar a ensayar. Hace mucho calor, muchísimo calor. Mi actor, el emigrante, repasa su escena una y otra y otra y otra vez. Finalmente la hace con perfecta emoción.
En mi silla, solo soy un llanto incontenible.
Es bueno saber que mis actores saben que yo se que ellos saben.

sábado, 19 de marzo de 2016

Cheo, o el dolor


Ay Juanca, que cosa tan linda has escrito sobre la Chocri…

cuando yo me muera vas a tener que escribir sobre mí

Cheo Vaisman
Hace muchísimo tiempo, mi hermano Jorge Luis me invitó a ver una función de un espectáculo bastante underground que estaba causando estragos en la Caracas culta de la época; se trataba de un grupo de músicos que se travestían para parodiar a las grandes divas de la ópera del momento, en un espectáculo fabuloso llamado “The Florence Foster Jenkins”. No voy a ahondar en los detalles de esas producciones de súper lujo, pues creo que todos los que vivimos esa ciudad de entonces, alguna vez vimos a Foster Jenkins; voy a limitarme a decir que, esa noche fue la primera vez que caí rendido ante el talento indescriptible de Marisa Dulcamara Schichi, sin imaginar siquiera que, años más tarde, Elaiza Irizarry al contratarme como asistente de Producción de la Compañía Nacional de Teatro, estaría regalándome uno de los amigos más incondicionales y divertidos que heredé de los viejos buenos tiempos del Teresa Carreño: el grandioso Cheo Vaisman, a quien ella me presentó (desprovisto de los ropajes de la Dulcamara, a quien ya había enterrado sin honores)  mi primer día de trabajo en la recién fundada CNT. Cumplidos los saludos de rigor en el inicio de lo que significó realmente mi salida de Mérida, para hacerme gente grande en Caracas, Cheo le dijo a Elaiza, justo en el momento en que me volteaba para regresar a mi oficina “Chica, pero si él es una vara de Nardos….” creando para siempre un lazo indestructible cimentado en el inusualmente inteligente buen humor de Vaisman, el único de mis amigos para quien, entre otras cosas, no existía el género masculino como no fuera para hablar de un chongo.
No puedo, no tengo fuerzas en este momento para repetir lo que se ha dicho de él hasta el cansancio. Contar las anécdotas de nuestras conversaciones interminables, llevaría tomos y además, me pondría en situación de tener que imaginarlo diciéndome “Chica, tú no eres Yoko Ono, deja ya de lamentarte…” y seguir por ahí, quizás repitiendo una lista de divertidos despropósitos; pues Cheo era, además de todo lo brillante que sabemos que era, el hombre más divertido del mundo. Un comediante innato, capaz de sacarle risas a las piedras, si eso se proponía, que no se tomaba la molestia de tomarse en serio, tal vez para no tener que cumplir con el rito social de ser simpático, algo que por cierto le gustaba muy poco. Cheo era divertido, porque era así. No mediaba ninguna explicación, a menos que su inmensa cultura haya servido para otra cosa que para hacerlo la estrella que era. Del mismo modo como repetía de memoria todos y cada uno de los títulos de la Duquesa de Alba, (de los que era capaz de explicar su importancia histórica sin omitir detalle) se explayaba en largas disertaciones sobre “su gente de pueblo de Venezuela” (a la que consideraba, fuera de cualquier connotación política, sencillamente prodigiosa) o me ayudaba con paciencia de santo a escoger piezas  musicales para armar proyectos en los que trabajo actualmente, muchos de los cuales llevan la impronta de llamadas telefónicas extendidas hasta más allá de la medianoche. Si, Cheo era erudito, brillante, inteligente, ocurrente, malcriado, libre, osado, atrevido, peleón y extraordinariamente talentoso. Si, lo era; pero, era sobre todo un amigo invalorable en un mundo donde esa particularidad escasea de forma casi asquerosa. Hablar con Vaisman, significaba saber que uno tenía el privilegio de tener cerca una mente maravillosa dedicada a la sencilla comprensión de la vida, a través del mejor de los humores y la risa fresca de sus chistes, cosa que me acompañó por mas de 30 años en un espiral ascendente de cercanía intima, que empezó a terminar el 07 de diciembre del 2015. Ese día Cheo empezó a morir, asesinado.
Un par de meses antes, o algo así, saliendo del supermercado San Lorenzo, una señora de esas encopetadas maravillosamente mantuanas que lo derretían, lo confundió con un taxista y le ofreció 700 bolívares si lo llevaba a una prestigiosa dirección de La Castellana, ayudándola con las bolsas de su compra. Él aceptó encantado, ella le pagó el dinero ofrecido y él regresó a su casa, levanto el teléfono y me llamó para contármelo en medio de grandes risotadas. Luego fueron unos chinos y luego una pareja de amantes venezolanos, a los que llevó a un hotel de urgencias amatorias. Entonces Cheo se convirtió en taxista pirata. No necesitaba hacerlo, (discutible, porque en este país, en este momento,  todos necesitamos un ingreso extra) pero lo hacía porque le entretenía un mundo. Parte de nuestro diario ritual telefónico era contarme las “carreritas” que le tocaban en suerte; además, cada vez que yo viajaba a Caracas, me recogía puntualmente en la estación del autobús que sube de Maiquetía a Parque Central y me llevaba a donde yo fuera, cobrándome la carrera a un precio un poco más bajo que lo normal. Eso por supuesto, no incluía las salidas a almorzar o las visitas que se cumplían religiosamente en cada viaje mío a la capital. (Alguna vez, incluso, tampoco el alojamiento que me brindó en su casa biblioteca de La Florida) Haberse convertido en taxista pirata le había dado un propósito feliz a su vida, ya no tan activa por diversas razones, más de salud que de edad.
El 07 de diciembre de 2015, me contó luego, salió a buscar sus clientes de siempre, cuando en la Plaza Altamira, un joven que no llegaba a tener 18 años, lo detuvo para pedirle que lo llevara a El Llanito a buscar unos apuntes en casa de un compañero de colegio. Cheo accedió, sin sospechar, porque el jovencito tenía aspecto de querubín inofensivo. Estoy seguro, antes de que lo piensen, que no medió ningún otro interés personal, distinto al alma cándida de profesor en práctica desde hacía un tiempo. Lo llevó al Llanito, el jovencito entró a una casa y cinco minutos más tarde salió,  habiéndose cambiado el uniforme escolar por una franela de rayas y el morral de liceísta por un “koala”. Regresó al auto de Cheo y le dio instrucciones para salir de un barrio que él no conocía. Lo enredó llevándolo hasta un paraje solitario y allí en un segundo, sacó un arma del koala y lo encañonó. Hubo un fuerte forcejeo, Cheo intentó defenderse y el jovencito, en franca ventaja física, lo golpeo hasta lanzarlo fuera del automóvil hiriéndolo en el trance. El chamo huyó con su carro. Cheo se levantó como pudo, buscando ayuda y en minutos estaba montado en una buseta, auxiliado por vecinos para salir del barrio. Al recorrer algunas cuadras, su carro, robado unos minutos antes, estaba estrellado contra un poste, volteado ruedas arriba en el fondo de una cuneta. Allí empezó la segunda parte de una desgracia inenarrable: apareció la policía, rescataron el carro (enderezado con ayuda de vecinos) y él, herido y sin poder entender lo que ocurría, fue detenido junto al auto en una estación de policía. Voy a ahorrar detalles: Cheo terminó pagando algo así como 20 mil bolívares para que le devolvieran su auto y pusieran fin a la pesadilla. Finalmente lo consiguió regresando a la Florida en una grúa negociada por los mismos policías que, un poco antes, le habían chantajeado para devolverle su propiedad robada. Vaisman se dedicó a poner orden en su vida ultrajada y me llamó dos días después para contarme su tragedia. El auto, llevado a un taller de confianza requería una reparación cuyo coste rozaba un millón de bolívares.  Su cuerpo magullado y golpeado se puso en guardia. Su mente, estrangulada por  la acción del malandro, nunca volvió a ser la misma. Algunos de sus amigos contribuimos con dinero para resolver las urgencias económicas del robo, lo antes posible y estuvimos pendientes de ayudarlo a remontar la cuesta. No fue posible. El humor maravilloso de Cheo, empezó a ser cada vez más agrio. Un día, por ejemplo, montaba en cólera por que la empleada no había ido a trabajar y el otro podía dedicarle horas de su conversación a lamentarse de lo ocurrido. Dejó de ir a las terapias que había empezado con un prestigioso siquiatra amigo suyo y muy frecuentemente, montaba escenas de rabia contra quienes, como yo, estábamos pendientes de cómo iban las cosas. Enseguida aparecieron  las enfermedades: un día era un brote alérgico, otro una erupción en la piel, otro una terrible jaqueca y así, hasta que a finales  de enero, su carro estuvo reparado. Poco a poco empezó de nuevo a vivir, retomo sus clases en el Colegio Humboldt y aunque ya no recibía alumnos en su casa, intentó darle cierta normalidad a su vida. Lo visité en dos oportunidades entre enero y febrero y siempre quedé con la preocupación de que algo se había torcido para siempre. Un día me dijo: “Juan Carlos, ese niño no me robo el carro, me robó la felicidad”: ese día me asusté realmente.
Cheo volvió a intentar sus “carreritas piratas” hasta que hace unas tres semanas, me llamó para decirme que había salido del Humboldt en una ambulancia de RESCARVEN. Tenía un terrible dolor intercostal. Un par de hospitalizaciones después, fue diagnosticado con una Neuritis Intercostal y un problema importante en la piel. Era difícil hablarle pues estaba todo el tiempo atravesado por el horrible dolor, agravado por la ya famosa carencia de medicinas que todos padecemos. Pude encontrarle algunos medicamentos en Mérida, se los envié y noté casi enseguida, una leve mejoría. Hasta el sábado pasado.  El día anterior había vivido una serie larga de contrariedades y el dolor había regresado. Lo llamé para permitir que drenara su rabia a través de un insólito cuento con un pollo (del que, según supe, se enteraron también otros amigos comunes) y prometí buscarle otros analgésicos. El sábado respondió el teléfono con voz entrecortada, quejándose de un brote insoportable de dolor. Nunca más hablamos. No respondió ninguna otra de mis llamadas ni volvió a dar señales de vida.
El jueves, muy preocupado, comencé a contactar amigos comunes y encender las alarmas. Descubrí entonces que muchos opinaban, como yo, que Cheo estaba viviendo un difícil trance.

El viernes a las seis de la tarde, me conecte a mi teléfono y encontré el mensaje de mi querida Lucy Ferrero dándome la mala noticia. Desde ese momento, no puedo dejar de pensar que era un desenlace cantado. Cheo no soportó la iniquidad de este país al que amaba. Cheo murió de un dolor mucho más profundo que el físico. A Cheo nos lo quitó la misma Venezuela al que su alma Nicaragüense le había regalado glorias.
Y eso, carajo, es horriblemente difícil de entender.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Y ahora, la hora...

Cuando, en Diciembre de 2013, Carlos García, candidato de la plataforma unitaria opositora, ganó la alcaldía del Municipio Libertador del Estado Mérida y comenzó su andadura por la regencia municipal,  el gobierno regional - en manos de un desconocido oficialista - utilizó el caos ambiental como herramienta de saboteo a la gestión del recién electo, jovencísimo alcalde: En los primeros meses de gobierno de García, parecía que los merideños íbamos a perecer ahogados en la basura. Proliferaron las enfermedades gastrointestinales, era común tropezar con ratas cuando caminábamos por nuestras aceras y la ciudad, en una época, ordenada y "bonitica" que fue Mérida, se convirtió en un hervidero de porquerías. La basura (entonces  rebautizada bajo el eufemismo "desechos sólidos”) se convirtió en nuestro principal tema de conversación. Entre muchas teorías, los habitantes de Mérida favorecíamos dos: el problema de la basura se había comido al nuevo alcalde o el problema de la basura nunca había sido enfrentado con la eficiencia que merece. La verdad, si es que alguna vez la hubo, estaba más cerca del saboteo puro y duro que de la eficiencia o falta de ella.
La bolsita de plástico que contenía los desechos de las residencias citadinas, en manos de inescrupulosos defensores "del legado" se convirtió en un proyectil más dañino que bala de cañón y, realmente, estuvo a punto de hundir la gestión de García. Era muy sencillo: a primerísima hora del amanecer, camiones pagados por la alcaldía, reclutados de cualquier forma y a cualquier precio (no los compactadores adornados de propaganda oficialista) recogían las cantidades inverosímiles de bolsas de desechos, tiradas de cualquier modo en las islas de las avenidas o en algún rincón del casco urbano. Lo hacían sin preparación ni conocimiento; pero, lo hacían. Pocos minutos después, los habitantes de ciertos sectores, famosos por su apego al credo del  "intergaláctico" salían de sus casas con la bolsita de basura en la mano para volver a cubrir con ellas los espacios que habían sido limpiados. Ante el ejemplo, todos, sin distingo, imitaban el incivilizado proceder originado, según pudimos saber de muy buena fuente, en una orden "de arriba".
Si existe un mal recuerdo en la memoria de esta ciudad, sin duda, el horror de la crisis de la basura durante los primeros meses de la gestión de Carlitos, ha de ocupar sitial de honor; no obstante, Carlos García, continua desempeñándose como alcalde (contra todo pronóstico) y la ciudad, aunque mucho ha que perdió su cara más limpia y apacible, parece enrumbada a conquistar su derecho más básico: el de gozar de un ambiente libre de la peligrosa contaminación de nuestras migajas; gracias fundamentalmente a dos factores: la espontánea organización ciudadana y la resistencia terca y empecinada de un gobierno municipal comprometido con no dejarse doblegar.
Para bien (sobre todo para mal) ese "incidente" que acabo de contar, se convierte en ejemplo, pequeño tal vez, de aquello a lo que nos enfrentamos los venezolanos por habernos atrevido masivamente a decirle al gobierno central que estamos hartos de sus desmanes. Es una simple (muy dolorosa) ecuación: si logramos llegar a estas fechas del año 2016, sin haber vivido un día de hambre, podremos,  entonces sí, cantar a viva voz la victoria que obtuvimos el histórico 6D; fecha sobre la cual parecen haber dos grandes opiniones de consenso – según se desprende de la  miríada de artículos escritos y publicados desde entonces -  fue la respuesta de un pueblo cansado del engaño, deseoso de pasar factura y acelerar el cambio de un sistema fallido y/o es el inicio de un tiempo de grandes dificultades.  Dicho de otra forma: ya hemos visto que no se quedaran tranquilos cobrándonos voto a voto el NO rotundo que le dimos a su torpe, corrupta gestión. No es cosa de juego, las amenazas (no sé si construirles casas) que han ido soltándonos desde que no les quedó otra alternativa que reconocer el triunfo de la oposición, las increíbles jugarretas ilegales para disminuir el poder obtenido por la voz “del soberano” y las bajezas pergeñadas para desprestigiar a cada uno de los que velarán por nuestros intereses en el poder legislativo a partir del 5 de enero de 2016, no son sino un presagio. Lo peor, todos los sabemos, está por comenzar; se materializará en anaqueles vacios, medicinas inexistentes, servicios de salud colapsados, mezquindad y mucha, pero mucha corrupción. En solo 14 días transcurridos desde el momento en que se anunció el resultado del 6D, lo único que ha arreciado es la propaganda del régimen y los escándalos producidos por acciones tan fuera de la ley que lo que dan es miedo. En Venezuela ya a nadie le sorprende descomposición social alguna; ayer, sin ir más lejos, fue noticia en redes sociales la salida de los bienes del asesinado Robert Serra de su oficina en el Palacio Federal, de la misma manera en que lo había sido el día anterior la detención de allegados al otrora poderoso hombre fuerte de las finanzas coloradas y señor de PDVSA,  acusados en USA de blanqueo de capitales y otros delitos, así como la muerte de un bebe enfermo de leucemia al que no se pudo someter a tratamiento debido a no encontrarse los medicamentos requeridos para ello. Ese es el país que estrenaremos en breve y, de todo, tendrá culpa una Asamblea Nacional adversa al Poder Ejecutivo,  que no puede ser impugnada, eliminada, ni desconocida, pues se valdrá, para mantenerse en sus funciones, de leyes creadas por ese mismo ejecutivo, aplaudidas por ese mismo poder legislativo y refrendadas por el mismo poder judicial, inventado para satisfacer las mesiánicas aspiraciones todopoderosas de un gobernante que nos llenó de oprobio  y hoy  se encuentra no solo a varios metros bajo tierra, sino rodeado de herederos que han montado carpa en la acera del frente, solos, perdidos, abandonados y de espaldas al pueblo que dicen defender.
Lo que viene no es bueno. Ya lo sabemos; pero, quienes lo recibirán saben de primera mano que hay antídotos: que comunidades organizadas logran superar incluso las más adversas tragedias. Que solo basta el querer concentrado en un grupo dispuesto a sobrevivir para evitar ser vencido y que hemos trazado (eso quizás sea lo más importante) un camino directo a rescatar lo mejor de nosotros mismos.  Con ese capital, no valen de nada las amenazas. Mérida hoy, dista mucho de ser la ciudad impecable que vivimos hasta hace pocos años. Venezuela tampoco es el país divertido y promisorio de nuestra juventud. Empero, esas realidades pueden voltearse en contra de quienes las han propiciado, y lo harán, no por milagro; por tesón, por atrevimiento, por hartazgo. Será una lucha dura, desigual y agotadora para la que,  por suerte,  tenemos con qué.
No se trata de “vamos a ver quién gana”. Eso ya lo vimos. Los perdedores dan patadas de ahogado todos los días. Tenemos una Asamblea Nacional que legislará para exigirle al Poder Ejecutivo que gobierne en función del pueblo a quien le prometió el cielo. Si ese ejecutivo no cumple – que no cumplirá – a ellos les ira peor que a los 112. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

"Ganaron los malos" y otras cositas...

No podemos, quizás porque sea difícil hacerlo, bajarnos del tío vivo de la victoria. Estamos contentos, estamos esperanzados, estamos expectantes. Sabemos – bueno, mejor será decir que estamos aprendiendo a entenderlo – que será difícil, complicado y hasta peligroso. Pero, no nos atrevemos a renunciar a la alegría producida por el extraordinario resultado del 6D, aunque lo esperábamos. Fue una maravillosa sorpresa. Una sorpresa que aun resuena en los oídos y encharca el ojo; finalmente, por amplio margen, sin duda alguna, ganamos un proceso electoral en este duro periodo de conmoción política que ya suma 17 años y 20 elecciones, no del todo claras.
No es que esta lo haya sido. Es inevitable pensar que ante el CNE que tenemos, ninguna de esa veintena de elecciones ha tenido la transparencia que merece. Aun así, la avalancha de votos en contra de los desmanes del régimen, obligó a las “autoridades electorales” a reconocer y anunciar un resultado que deja muy mal parado al equipo de gobierno. Fue un triunfo de los venezolanos, que desafiando todo tipo de presiones y soborno social, decidió enviar un claro mensaje de reprobación a la gestión de quienes dicen llevar las riendas del país. Desde entonces, una verdadera revolución (me perdonan la palabreja) ha acompañado nuestras horas. Toda clase de rumores, toda clase de campañas, toda clase de noticias de última hora, han aderezado los días que transcurren, para algunos en jornadas de observación, para otros en jornadas de celebración y para todos, en periodo de expectación. Ha sucedido de todo. De todo, con claro sabor a historia; de modo que, quizás para evitar la tentación de olvidarlo, echo mano de mis listas en un registro muy personal de lo que nos ha pasado mientras, voto a voto, conseguimos la más importante victoria de nuestra historia reciente, la que nos pone al lado de la libertad. Estas, pues,  son algunas de las “cositas” que dieron o quitaron lustre al proceso magnífico por el cual obtuvimos la mayoría calificada de la Asamblea Nacional de Venezuela. Empecemos, pues:
-          La mesa 6 o la trampa sale: quiso ser ejemplo de fraude y de mala leche, pero se convirtió en ejemplo de voluntad heroica. En un centro de votación merideño (famoso por reunir un numeroso batallón de electores desafectos al régimen) en el que hay 8 mesas de votación; una de ellas, la que aglutina mayor número de electores, se dañó misteriosamente y no fue reparada hasta las 6 y media de la tarde, casi al momento de cerrar el proceso. Los electores asignados a esa mesa, ejercieron su derecho,  de manera manual, después de una batalla campal que se extendió por más de 8 horas. En esa mesa, lógicamente, la MUD obtuvo una mayoría abrumadora de votos.
-          Yo no sabía que ese señor era candidato: A un centro de votación merideño llegó Kiko Bautista a saludar los electores. Se armó el revuelo del artista que visita. Fotos con el periodista, autógrafos de buenas noches, muchos abrazos y amapuches. Una señora en la fila se preguntó en voz alta que estaría haciendo ese señor allí. Le respondí que ella estaba a punto de votar por él. Kiko Bautista era candidato en lista por el estado Mérida. No solo ella, la mayoría de los electores en la fila se quedaron boquiabiertos al saberlo. No les causó nada distinto a una gran sorpresa. Ellos iban a votar por la MUD, y les daba lo mismo, como bien dijo alguien cerca de mí, que el candidato fuera un chimpancé. Tremendo mensaje para la Mesa de la Unidad, ¿no?
-          Bravo por TOVAR: merece capítulo aparte y lo tendrá; pero, yo no hago sino pensar que el pueblo de TOVAR, ese pueblo gocho que tanto queremos,  dio la medida de lo que puede pasar si siguen con el fastidio. Mientras el país celebraba el triunfo, los tovareños se dejaron de miedos y armaron la grande: descubrieron un grupete de jerarcas  locales, falsificando cédulas de identidad y manejando un centro de votación tan ilegal como fraudulento. A fuego y piedra lo resolvieron, sin temerle a las represalias (que lamentablemente no las hubo ni habrá para los delincuentes) ni dejar que una sola de las cédulas allí preparadas se convirtiera en voto espurio a favor de la indecencia.
-          Y nos dieron las dos y las tres: Se llenan la boca diciendo que ellos han desarrollado el sistema electoral más perfecto, sofisticado y moderno del mundo mundial; sin embargo, una vez más, nos pusieron a ver la odiosa baranda hasta casi las dos de la madrugada, aunque toda Venezuela conocía el resultado merced a las redes sociales (No, Laureano, la baranda no tiene 113 palitos, aunque pudimos haberlos contado) Es siempre lo mismo. Nosotros aquí seguimos sin saber de qué va el juego. Ellos allá, tampoco.
-          San Vladimir Padrino: No, el Ministro de la Defensa no fue el héroe de la noche. El Ministro de la Defensa – aparentemente - cumplió con su deber. Hizo aquello para lo que lo tienen puesto allí. Todo lo demás es cuento de camino. Si le puso una pistola en la cabeza a un jerarca alzado o paró un par de tanquetas delante del Palacio de Gobierno; ese es su trabajo. Más nada. Vladimir Padrino no es ningún santo, Vladimir Padrino no es ningún héroe. Vladimir Padrino  estaba en su trabajo, no merece ovaciones de pie, ni campañas beatificadoras. Merece su sueldo de quince y ultimo y las gracias por el deber cumplido. Nada más.
-          “Ganaron los malos”: no es necesario explicar lo que semejante afirmación significa. No es necesario recordar la nimiedad infantil de juego de metras, en que el gordito vapuleado decide un día pulir sus estrategias y ruchar sus contrincantes. No es necesario siquiera mencionarlo; pero,  ¿había que decir semejante bolsería? ¿tenia, él, que  llenarse la bocota con una expresión tan puerilmente delatora de si mismo? Desde luego que no. Los líderes del mundo han dicho babosadas, lo sabemos; pero, ninguno ha comparado su paso por la historia con un juego de chapitas entre Meteoro y Fantasmagórico. Que poca y mala manera de intentar un liderazgo histórico. A ver, señor mío, ya sabemos que usted no se ha enterado, se lo aclaro: no, no ganamos los malos, perdieron los piratas.
-          El artículo 236, numeral 21: casi inmediatamente, salió el coco: alguien empezó con el cuento de que un artículo de la Constitución Nacional da poderes al presidente para eliminar la Asamblea Nacional y, aunque desconocemos el resto de la letra de la “Carta Magna” ese artículo en particular, nos lo sabemos al caletre en un bando y en el otro; en uno – minoritario – es alegría de tísico, en otro, sirve para cualquier demostración innecesaria de radical heroísmo. Lo cierto es que no, el presidente no puede eliminar la AN sin dar un golpe de estado. ¿Se atreverá? Capaz que sí, pero se va a encontrar con gente que no se lo va a aplaudir.
-          La 112: Karim Salanova, en Aragua, obtuvo su curul sabaneando actas y defendiendo voto por voto, hasta asegurarse de ser la voz número 112 de la bancada opositora. Ganó por 83 votos y no se supo sino hasta el martes a mediodía; pero, fue la mejor noticia de la jornada. De haberse dormido, le roban el puesto sin el menor remordimiento. Sin duda, dará que hablar.
-          Los meritos de una diputada electa: Aclarémoslo de una vez: Tamara Adrián seguramente está en el top ten de las personas mejor preparadas para ocupar un escaño en la Asamblea Nacional. Tamara Adrián es una guerrera, es una luchadora, es una mujer con un nivel de preparación que pocos igualan; además, es transgénero. Es decir, vivió un proceso de reasignación de género. Lamentablemente, ese es el único detalle de su vida que es señalado en los titulares que hablan de su triunfo personal. Nadie ha dicho, por ejemplo, “Tamara Adrian, destacada activista de los Derechos Humanos gana un puesto en la Asamblea Nacional”.  Señores, un poquito de por favor, el mérito de esta gran diputada no se aloja en sus genitales; desborda su cerebro.
-          Un exacerbado dirigente: Tal vez se ha excedido y tenga razones para ello; pero creo que llegó el momento de mandarlo a que le baje dos. El que, muy probablemente, se convierta en presidente de la Asamblea Nacional el 6 de enero de 2016, está teniendo un tour de force declarativo que empieza a parecer excesivo; su mesura es, o debería ser, parte de lo que algunos llaman “administrar la victoria”
Son solo 10, más bien anecdóticos instantes, que dibujan tanto el país como la sociedad que enfrenta uno de los procesos más difíciles, dolorosos quizás, de su historia republicana. Ese dibujo no es completamente feliz. Sus aristas permiten la revisión de sus costuras, esa quizás sea la mejor parte. Afinaremos, recortaremos, haremos lo que haya que hacer pues, si algo ha demostrado el 6D, es que hay una mayoría de venezolanos dispuestos a vivir mejor; quizás, dispuestos a pelear por eso. No lo tenemos fácil, pero, amanecerá…amanecerá y veremos.

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