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jueves, 16 de noviembre de 2017

En efectivo, por favor

Como en la letra de un bolero, la puerta se abrió en mi cara para sorprenderme dejándome paralizado en el medio del pasillo de un edificio en el que no vive casi nadie.  Era el pasillo que comunica el tercero con el segundo piso y yo bajaba las escaleras, en compañía de una joven pareja, después que ellos me convencieron que el ascensor estaba a punto de  pararse para siempre.  Entre los tres llevábamos en nuestras carteras la cantidad de 300 mil bolívares en efectivo. Los tres lo sabíamos. Era viernes a mediodía  y a mí me urgía,  por lo menos,  el salario semanal de la señora que me ayuda en las labores de casa y tener algo más que dos inútiles billetes de cien bolívares como único capital en mi monedero. A esa hora habría hecho cualquier cosa por tener efectivo.
La carencia de efectivo hace que, en los últimos  meses, los merideños hagamos cosas muy extrañas por reunir alguna cantidad de billetes de cualquier denominación; como por ejemplo, completar el efectivo que necesitamos,  sumándole, entre un 10 y un 15% adicional,  que se lo queda el que nos hace el favor de resolvernos el problema. Es el pago de la necesidad en una ciudad en la que los puntos de venta pueden tardar hasta  media hora en procesar cada operación y los cajeros automáticos prácticamente son cosa del pasado o,  cuando funcionan,  solo dispensan un mínimo inútil de 10 mil bolívares.  Acudir al efectivo bachaqueado es una práctica rutinaria de nuestra cotidianidad a la que accedemos resignados, por lo menos, una vez a la semana.
Tengo dos o tres personas de confianza que me consiguen efectivo: los tres manejan negocios que solo reciben billetes, cuyo camino hasta el banco es una congestionada diligencia que se resuelve mediante su venta. Suelen tener una  clientela fija que les pagan el favor mediante una transferencia electrónica y no regatean la comisión que, después de todo, es ganancia. Es lo que se conoce como “avance de efectivo”
Conocí a una de esas personas hace unos seis o siete meses. Su nombre es Miguel Sauz. O al menos eso me ha dicho. Así aparece registrado en mi teléfono y a ese nombre responde cuando le llamo o le hago pagos electrónicos. Suele llevarme el dinero a mi casa y hasta ahora, se comporta con bastante rectitud. Jamás se ha equivocado en el conteo del dinero y jamás me ha presionado para recibir sus depósitos. Hacer negocios con él resultaba, hasta el viernes, una experiencia grata, un acto de confianza.  Recuerdo que en una oportunidad le pedí que me consiguiera 500 mil bolívares y llegó a mi casa a las 8 de la noche de un jueves, empapado por un torrencial aguacero con 500 billetes de mil en una bolsa plástica. Ese día me cobró el 8% en lugar del usual 10 que cobra por cantidades más pequeñas y se quedó en  mi apartamento un rato mientras la lluvia amainaba. Hablamos de las dificultades que entraña vivir en la Venezuela de hoy y nos tomamos un jugo sentados en la sala de mi casa. Ese día, yo pensé que Miguel era mi pana.
Cuando le escribí un WS para pedirle 150 mil bolívares el viernes pasado, Miguel respondió diciéndome que estaba demasiado ocupado como para llevármelos a mi casa. Me explicó que mantenían una oficinita en un edificio del centro de la ciudad y que era mejor que fuera hasta allá a buscarlos. Le dije que no había problema alguno y que pasaría por allá al mediodía.
El edificio está prácticamente deshabitado. Siempre me ha llamado la atención que siendo un edificio relativamente bonito y nuevo, los apartamentos están incluso clausurados por fuera con láminas de MDF.  Pero, más que eso, nada me pareció peligroso. Yo iba a la oficina de un amigo a hacer una diligencia que tomaría 10 o 15 minutos. ¿Qué podría tener eso de particular?
Llegué a la oficina del 4to piso, entré, saludé a Miguel y casi de inmediato me entregó varios paquetes de billetes que sumaban 150 mil bolívares. Decidí no contarlos en homenaje a la confianza ganada durante meses y le pedí su computadora para hacer desde allí la transferencia. Mientras estaba en eso, llegó al sitio una pareja de muchachos  muy jóvenes, de muy buena pinta,  a quienes Miguel entregó la cantidad de 75 mil bolívares a cada uno. Hablamos banalidades, nos despedimos al mismo tiempo y salimos juntos hasta el ascensor.
Mientras esperábamos que el ascensor llegara,  la chica nos sugirió bajar los cuatro pisos a pie.
Lo hicimos porque temíamos que el ascensor nunca terminaría de llegar en buen estado a recogernos. Bajamos al tercer piso,  animados,  conversando tonterías y luego al segundo. La escalera termina en un corto pasillo poco iluminado que enlaza los pisos. Desde mi esquina pude ver la puerta del cuartico de la basura. Fue en ese momento cuando la puerta de ese cuarto se abrió con gran estruendo.
-          Estos vienen cargados de billete -  se oyó la voz que salió a  nuestro encuentro
-          No vale, no estábamos en eso - contestó la muchacha
-          ¿A que te encuentro un poco ´e  plata si te meto mano? replicó el malandro
-          No chamo, en serio, estábamos visitando a un pana -  insistió la muchacha
-          No te pongas comiquita, negra, porque vas a dejar de existir ahora mismo -  levantó la voz el malandro, mientras materializaba una reluciente pistola de color negro que fue a dar exactamente al rostro de la joven.
Detrás de él, otro muchacho, un poco más alto y más robusto hizo lo mismo frente a mi cara.
Estábamos siendo asaltados.
Solo transcurrió un instante hasta que nos metieron a los tres en el cuarto de basura y comenzó el cacheo. Lo primero que hicieron fue quitarme mi reloj y pedirme que entregara el efectivo. Lo llevaba en un pequeño bolso bandolero de cuero negro, que entregué sin decir palabra. A la muchacha le quitaron su cartera y, al otro chico, el teléfono, un par de pulseras de cuero y una cadena de esas que parecen regalo de tu abuelita y seguramente era de oro muy antiguo. A mí me pidieron mi teléfono, que había dejado en casa porque estaba descargado y a ella le quitaron también el suyo: un viejo SAMSUNG descascarado. Luego vinieron a donde estaba yo y me “raquetearon” a gusto: no me creían el cuento del teléfono cargándose en mi escritorio. Después que se convencieron de que decía la verdad, nos obligaron a sentarnos en el piso – sin mirarles las caras – mientras ellos contaban el dinero.  El más robusto se encargó de la tarea. El otro se instaló en el medio de los tres apuntándonos a la cabeza en un espacio en el que escasamente caben tres personas en circunstancias normales. Éramos cinco.  Un solo tiro habría sido suficiente para malograrnos a todos.
Lo que sucedió a continuación escapa de toda comprensión: los asaltantes decidieron que 300 mil bolívares y un poquito más,  que el otro chico llevaba consigo, no era suficiente y fue entonces cuando decidieron complicar las cosas cobrándonos rescate. Necesitaban completar, al menos, 500 mil bolívares en efectivo y la decisión que tomaron fue enviar a uno de los tres a buscarlo a la oficina de Miguel. Me ofrecí a la diligencia sabiendo que podía, por lo menos, salir del encierro por unos minutos; no tenía la menor intención de cometer un desatino.
No hay mejor argumento para convencerte de cualquier cosa, que una pistola cuya potencia desconoces. Por eso – juro que no encuentro ninguna otra explicación – acepté la propuesta que ellos me hicieron: entregar mi tarjeta de débito, mis claves de acceso y  mi cédula al tercero de los secuestrados  para que él fuera,  en compañía de uno de los asaltantes,  a pedir dinero en mi nombre en la oficina de Miguel. Ese absurdo recibió mi aprobación gracias a tener una pistola apuntándome a la cabeza. El muchacho salió del cuartico y,  entonces,  las imágenes de mi reciente musical THE AUDITION y cada una de sus canciones, se convirtieron en la famosa película que todo el mundo asegura ver minutos antes de la muerte. Vi a mis actores ensayando sus pasos de baile, cambiándose para salir a escena, viví el drama de vestir a Lisara en el último minuto porque una costurera incumplida no entregó parte de sus trajes,  el encierro feliz de los camerinos del Cesar, vi a Jhosabanela ponerse pestañas postizas y,  la cara de José Alejandro tratando de que el micrófono le quedará en su sitio,  se me repitió una y mil veces hasta nublarme la conciencia de lo que estaba ocurriendo. Zaira y Temix cantando You Are The Top, borraron la pistola apuntando al medio de mi cerebro.
No sé cuánto tiempo estuve allí. No sé qué estaba pasando con la chica que me acompañaba. No podía ver nada. Un rato después (2 o 30 minutos, ¿qué  más da?) regresó el emisario. Llevaba una paca de billetes de cien. Me entregó la tarjeta y la cédula.
-          Chamo, saqué todo lo que quedaba en tu cuenta, que pena - me dijo devolviéndome mis documentos.
Los malandros agarraron todo el efectivo, lo metieron en la cartera de la muchacha y salieron, cerrando por fuera la puerta del cuarto de basura. Nosotros, encerrados, tardamos algunos  buenos minutos en romper la cerradura y salir a un pasillo solitario y silente desde el que corrimos despavoridos a la calle. Ellos dos en dirección opuesta a la mía y casi sin dirigirme mas palabras.
Solo fue cuando,  dos días después,  trataba de explicarle a una amiga mía lo sucedido,  que comprendí que había sido víctima de una estafa perfectamente planificada y puesta en escena para la cual probablemente había sido perseguido y estudiado desde unos meses atrás. Quizás desde la primera vez que Miguel Sauz me llevó dinero efectivo a mi casa.
Pero ese susto horroroso, esa sensación horrible de burla y ultraje que tomó cuerpo en mi cuerpo después del abatimiento inicial, es otra historia: la de una vileza incomprensible a la que nos estamos acostumbrando a vivir, tanto como nos acostumbramos a pagar por tener en la cartera billetes que no sirven para nada.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Por interés baila el perro

Cuando, a principios de mes, el fiscal Nieves revolucionó las redes sociales, escapando de Venezuela para vivir sus 15 minutos de fama en el programa que Fernando del Rincón conduce para CNN en español, me aventuré a explicar su acción esgrimiendo la teoría de que Nieves hacia eso para vengarse de sus jefes,  por un pago no ingresado en el tiempo previsto en sus cuentas norteamericanas. Nunca me creí el cuento del peso de la conciencia, ni de arrepentimiento alguno, pues para que a alguien le pese la conciencia, primero tiene que tener una, cosa que no creo haberle visto al abogadito, ex empleado  de confianza, de la Fiscal General Bolivariana. Las personas que tienen conciencia se niegan a embarrarla tanto y tan seguido. Eso no hay que explicarlo mucho. Yo estoy seguro, aunque nunca pueda demostrarlo, que a ese tipo le ofrecieron una plata, le dieron solo una parte, él se cansó de cobrar el resto y cuando se dio cuenta de que no iban a pagarle, les echó un pulso. Pulso, que por cierto, duró exactamente menos de una semana y no produjo ni remotamente el resultado que a punta de bombazos se anunció a diestra y siniestra (por las redes sociales, of course): Leopoldo López sigue tan injustamente preso como estaba el día antes de la salida al aire de la nauseabunda entrevista que CNN transmitió con gran fanfarria. (Por cierto, ¿qué será de la vida de Nieves?)
Días más tarde, los rumores acerca de las fugas, ni confirmadas ni desmentidas, de otros funcionarios de la misma dependencia, inundaron iguales páginas con resultados a la par de efímeros y con menos suerte: si es cierto que otro (u otra) fiscal picó los cabos, parece que Del Rincón o CNN aprendieron la lección. No ha habido, por ahora, asomo alguno de comparecencia en pantalla, a Dios gracias; probablemente, porque el escándalo que siguió (del que por cierto, estoy empezando a notar cierto lamentable desvanecer) tiene excesiva importancia en nuestro rosario de vergüenzas. La caída de los dos chamos dilectos del entorno presidencial, con kilos y kilos de droga y sus implicaciones, no del todo claras, con la persecución que el gobierno de Estados Unidos ha desatado en contra del narcotráfico proveniente de por estos lares es,  sin duda, un asunto de mayor cuantía. Sobre todo por su carácter estrictamente económico: dos muchachos guapos y apoyados, a quienes seguramente alguien les hizo creer que se trataba de un negocio seguro - dada su cercanía a un poder cada vez más en (literal) tela de juicio - que les proporcionaría una cantidad astronómica de dinero ganado con toda la facilidad del mundo. No se les dio. Cayeron con los kilos y, aunque es muy factible que ni cadena perpetua ni nada de esas cosas que desde entonces los opinadores de patio les han vaticinado, este par de niños han de regresar a casa sin el pan y sin el queso, con la correa corta, a montar un carrito de hamburguesas.
En el medio de tanto lio, Mérida fue escenario de una prometedora protesta, la de los taxistas, que como bien dijera Rómulo Betancourt, es uno de los colectivos proclives a tumbar gobierno. La protesta se acalló sin dejar rastro doloroso, gracias al ofrecimiento de regalarle taxis a quienes habían sido víctimas de robo. Han pasado tres semanas, la delincuencia no ha mermado, el precio de los repuestos no ha bajado, las baterías siguen desaparecidas; pero, los taxis regalados, tal como lo vaticinó el conductor que me llevó a casa al final de ese día, están siendo distribuidos entre panas del señor que hizo el ofrecimiento; cosa que ha convertido en taxista a más de un conspicuo revolucionario,  para echar por tierra – supongo - las muchas y muy sentidas lagrimas que arrancó el articulo de Cesar Miguel Rondón sobre el Profesor Quintana (quien seguramente, en su propio carro, comprado con el sudor de su frente, sigue practicando el rebusque del momento y forma parte del recuerdo lejano de las iniquidades de los tiempos que corren) al tiempo que abre las puertas al descubrimiento de una nueva característica del hombre nuevo: sacar dinero de la dádiva que recibe, bien sea en forma de paquete maldito, de cartón de huevos o de automóvil chino.
Todos los días, una nueva noticia “estremece” (me encanta esa palabra, debe ser que, por andino, me atrae lo sísmico) las redes sociales (me perdonan la insistencia, pero sin periódicos que consultar, aquí no queda más que leer cada recuadrito “estremecedor” que un amigo sube a FACEBOOK). La última empezó ayer o anteayer  y amenaza con poner a su protagonista en el sillón de invitados de Ismael Cala, el ventrílocuo-gurú-siglo-XXI de los desvalidos exitosos que venden desodorantes en su ratico de fama. Hablo del periodista de ANTV que renunció a su empleo públicamente porque estaba harto de su sueldo.  Así, ni más ni menos, anuncian el video los titulares que lo acompañan en el maravilloso trasegar ubicuo de cuanta cosa permite ver (o difundir aunque no se vea) una noticia “estremecedora”: resulta que el jovencito periodista, después de trabajar por un rato en el canal de televisión de la Asamblea Nacional, se despertó un día con ganas de notoriedad y aprovechó su minuto en una pantalla que NADIE EN ESTE MUNDO sintoniza nunca, para decir que se iba “porque estaba harto de ganar 5.600 bolívares quincenales”. Por supuesto, no lo culpo. 5.600 bolívares quincenales no alcanzan ni para pagar la buseta. Es cierto. Pero, me pregunto desde que empecé a escuchar su prédica: ¿y si a ese chamo – con cara de recién graduado – le hubiesen pagado 100 mil bolívares mensuales, el habría repetido feliz las mentiras que día a día se cuentan desde el canal de televisión de la Asamblea Nacional? Es más, ¿sí a ese periodista recién graduado le hubiesen pagado 100 mil bolívares mensuales, el habría sido el feliz anunciador de los desmanes con los que,  desde la Asamblea Nacional de Venezuela, se pretende enceguecer el diario vivir de los venezolanos, dejándolos sin otra información que la que se improvisa e inventa en las redes sociales, debido a que no hay prensa libre? Me he respondido con estupor que Si. Que el problema, estúpido, es el dinero. Punto.
No en balde corre desde hace décadas el mito urbano, atribuido a Jacinto Benavente, según el cual, el célebre intelectual español, encontrándose en una reunión con lo más granado y florido de la inteligencia de su tiempo, empezó a preguntar, hombre por hombre, si mediante el pago de una cantidad cada vez mas atractiva de pesetas de entonces, alguno de ellos estaría dispuesto a acostarse con otro hombre. Uno de los interrogados, en tiempos en los que la homosexualidad era un crimen de estado, recibió la pregunta acompañada de una- hipotética - cifra escandalosa de dinero y respondió que sí, que por esa cantidad lo haría. Benavente, entonces, se dirigió a los presentes y anunció a voz en cuello, la que puede que sea su más famosa ocurrencia:
-          Os fijáis señores, ya aquí tenemos la marica, solo hace falta el capital

viernes, 14 de enero de 2011

Plata para la nochevieja

A excepción de Mérida, en casi todos los lugares del mundo, si usted programa una cena para sus amigos, usted seguramente sabe que visitando el supermercado de siempre conseguirá con facilidad lo que necesita para que todo le salga bien. Pues bien, está usted en La Habana y en pleno siglo XXI, vencidas muchas de las más oprobiosas prácticas de discriminación y miseria; todavía el cubano que como usted y como yo quiere celebrar Año nuevo, encuentra obstáculos increíbles para que el día sea lo que debe ser. Veamos si puedo entenderlo: El primer asunto importante aquí es el tema de la plata. De nuevo la odiosa comparación es importante: En todos los países del mundo existe una moneda de circulación nacional cuyo precio, respecto al dólar o Euro, digamos, lo fijan una serie de complicada reglas de economía, vetadas al entendimiento de nuestro mortal cerebro de viajeros. Uno llega a La Habana y en segundos empieza a vivir una bizarra realidad que prácticamente es imposible de comprender, básicamente porque nadie está buscando que alguien la entienda. En Cuba circulan dos tipos de moneda, distintas, discriminatorias y excluyentes: El peso cubano, cuyo valor es tan bajo que incluso en los billetes que la representan se nota su baja calidad. Esa moneda, que cubre los salarios de trabajadores del estado (es decir, prácticamente todo el mundo) circula casi con vergüenza, pues es útil para pagar muy pocas cosas: Servicios básicos y algunas cosas para comer, esencialmente los productos del agro (verduras y legumbres). Para todo lo demás, (es decir, para vivir dignamente) existe un engendro rarísimo llamado CUC o peso convertible, que hasta ahora, a mi me parece simplemente una forma horrible de discriminación contra el cubano de a pie. Casi todo lo que puede comprarse, empezando por comida de verdad, sólo puede pagarse en CUC, una moneda hecha a medida del turista europeo pues tiene la misma paridad del Euro. Para conseguir CUC’s, entonces, el cubano se ve obligado a muchas maromas, casi todas francamente indignas. Sin embargo intuyo que el asunto es mucho más complejo y como en todo, habrán aristas que no me han sido reveladas. Trataré de no amargarme la semana pensado en eso y navegaré, con cara de experto, entre la escasez que aquí, ya se ha convertido en forma de vida. Decido hacer un periplo por todos los supermercados de la Isla, abastos, tiendas de exquisiteces (existen, son carísimas y se paga TODO en CUCS) licorerías y puestos de verduras para conseguir lo que necesitamos para cocinar esta noche; para mi es nochevieja y vale la pena el esfuerzo, para quienes están conmigo y desean regalarnos una fiesta, es cosa de cada día. Aun así, hago gala de egoismo y pienso que nada va arruinar nuestros planes de nochevieja.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Guardiana del reino

Pasó tres días sentada en una mesa a la que hacia llevarse, cada par de horas, un guayoyo clarito. De la fama inmensa de las caribeñas de su color, sólo exhibe un poco de piel y la cara fea, intensamente oscura, de quien no está dispuesta a hacer amigos. Mal viste ropas en desorden, compradas a precio de baratillo a algún buhonero. A su lado, protegida de toda curiosidad entre sus muslos delgados, una gran bolsa de material sintético hace las veces de cartera, y esconde las razones de su empecinada permanencia en la misma mesa, sola y sin conversa, durante las horas en que funcionan las taquillas del Banco Industrial e Iván, en su panadería, recibe a los panas de toda la vida en torno a ricos pasteles de guayaba. Son nuestros predios, también. El viernes, a la hora de las onces, cumplía su tercer día de guardia. Imprudentes, nos dedicamos a observarla: entre sorbos de café, abría la bolsa, sacaba un paquete de pasaportes y entregaba uno a cada visitante que se le acercaba. Ellos entraban al banco sin hacer fila y en escasos quince minutos salían contando billetes, venían a la mesa de la mulata fea, devolvían el documento y se desperdigaban por el centro comercial. Nadie hablaba; pero, del otro lado, sin que se supiera, los ánimos no estaban para solidaridades. A una voz, asalariados patrios que no necesitan pasaporte, salieron de la fila y rodearon la mesa de la guardiana. El silencio hostil de los puños apretados de quien tiene el pecho rojo y erguido por sobrevivencia, llenó el lugar por varios minutos, hasta que, sin aflojar el gesto, decidieron regresar a la fila. Un poco después, cuando nuevos cubanos fueron a retirar sus pasaportes, ella les dio claras instrucciones de “permanecer en la fila hasta que les toque su turno”. Estaba claro que ese viernes, también, los clientes del Banco Industrial amanecieron hartos de los cubanos, de sus guardianes y de su ubicuidad. El siguiente café requirió más azúcar; las horas de vigilancia no sólo pintaban largas, pintaban alarmas rojas. También.

martes, 1 de diciembre de 2009

La máquina del tiempo

Esta mañana tuve la nítida sensación de que estamos embarcados en un viaje sin remedio hacia el pasado más oscuro y la verdad es, que un escalofrío de miedo me recorrió el cuerpo. No es que yo crea que nos espera un futuro brillante; eso en este expais es impensable. Pero jamás pensé que se podían vivir dos momentos tan indignamente iguales, pues albergaba la esperanza de que hubiéramos aprendido algo la primera vez. El 16 de enero de 1994, me bajé del metro en la estación Chacaito, para cobrar un cheque en el Banco Latino, antes de llegar a la oficina. En los bajos del centro comercial Capuy, había una pequeña sucursal que siempre estaba desocupada. Eran casi las nueve de la mañana, la oficina estaba cerrada y afuera, dos clientes tan sorprendidos como yo, buscaban una explicación. Nada, ni un simple papel, escrito a mano, pegado en la puerta. Pensando que el cierre de la oficina se debía a cualquier imponderable propio de la vida en Caracas, regresé al Metro para seguir viaje a mi oficina del Teresa. En ese vagón de metro, lleno de gente que iba tarde a sus quehaceres, me enteré de lo ocurrido: El gobierno interino del Dr. Ramón J Velásquez había ordenado el cierre del banco, después de un proceso de intervención que nadie era capaz de comprender cabalmente, a menos que estudiara un post grado en el IESA. Las razones eran una muestra más del pan nuestro de cada día: Los directivos del banco más grande e importante del país, se habían cogido los reales. Los tuyos, los míos, los del gobierno de Pérez y los de los 12 apóstoles. Lo que quedaba del banco eran sillas desvencijadas y escritorios vacíos. Y muchos empleados pensando como llevar comida a casa. 15 años más tarde; esta mañana, volví a encontrarme frente a las puertas de una pequeña agencia de un banco cerrado, con otro cheque inútil en la mano y la misma sensación de despiste y causas imponderables. Sólo que ahora, la verdad la habían contado, con su cara muy lavada, los jerarcas del régimen. Verdad que se parece demasiado a aquella de la primera vez, pero está magnificada por los apagones, la matazón, la desconfianza y el dolor de reconocer que vamos hacia atrás, tanto en el engaño como en la estrategia. Y que llevamos 11 años en eso.

sábado, 7 de noviembre de 2009

El negocio de este siglo

Tenía varios días con cara de preocupación y angustia. Es profesora en una escuela de pobres y la verdad, no quiebra un plato. Cumple sus labores, se gana el cariño de quienes la rodean y regresa a casa. Nadie sabía nada de ella. Hasta ayer, cuando lo contó todo. Llegó - a buscar futuro - desde un pueblo del Táchira, hace años. Allá dejó padres divorciados y once medio hermanos con quienes mantiene excelente relación. También, la modesta fábrica familiar de textiles. Aquí se graduó de maestra y vive; con la austeridad del pobre que cree en el futuro. Hace una semana, mientras almorzaba en un restaurante de carretera, su padre fue secuestrado. Sin un tiro, sin forcejeos, utilizando la fuerza de la amenaza bien dicha. Una llamada alertó a los hermanos: La liberación del padre cuesta 400 millones de bolívares fuertes, una cifra que ellos pensaban no poseer, hasta que los secuestradores les sacaron las cuentas. Resulta que lo saben todo. Conocen al detalle el patrimonio de todos, saben exactamente como va el negocio, los movimientos bancarios del secuestrado y las direcciones de correo, números de teléfono, lugares de residencia y todo lo que se pueda saber de cada uno de los miembros de la familia. Según ella, los secuestradores son educados, hablan con acento bogotano, no son violentos y brindan a su padre ciertas comodidades básicas. Llaman por teléfono todos los días para dar claras instrucciones. Por ejemplo: El jueves les indicaron dirigirse a la oficina local de un banco nacional que trabaja con familiares de secuestrados para facilitar las cosas. Además, les permiten hablar frecuentemente con su papá. La policía del Táchira, después de escuchar una conversación telefónica con los secuestradores, se ha lavado las manos. Sucede que la policía venezolana no interviene en secuestros colombianos. Eso es un asunto de familia. La fábrica está en venta, el señor sigue secuestrado y la vida familiar en ascuas. La luna de miel con los delincuentes puede terminar en cualquier momento. A ella sólo le queda el poder de su fe, a la familia la certeza de que con la liberación de su padre lo habrán perdido todo. Es el nuevo orden. Es la seguridad de que trabajar o dejar de hacerlo no garantiza futuro alguno. Es el negocio del siglo XXI. Se llama secuestro y estamos a su merced.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Del pueblo mismo

En mi urbanización hoy amaneció el ánimo revuelto. Chela, nuestro oráculo, anda totalmente enfurecida y ha logrado contagiar a muchos. Me enteré a media tarde, pero da igual, porque a ella el nivel de mal humor le aumenta a medida que pasan las horas del día. El motivo: después de un apagón, una de sus dos neveras dejó de trabajar. Por supuesto que se trata de un percance grave; sin esa nevera nosotros dejamos de comprar refrescos fríos y Chela deja de ganar dinero. Además, la nevera que se dañó es la más grande y ella como que no es muy buena en eso de achicarse para abastecernos. Total, que el caos de la bodega de la cuadra es serio. Pero mucho más seria es la rabia de la bodeguera. Cuando la vi, repetía por enésima vez su andanada en contra de “los hombres de la luz” a quienes, según me dijo, acababa de poner verdes en su propia oficina – sin duda una escena digna de preservar para la posteridad, pero no habían camarógrafos cercanos - Según parece, lo único que faltó fue que le diera una bofetada a alguien, no lo hizo porque nadie se le puso a tiro; pero estaba dispuesta, cosa que no dudo pues legendaria es ya la madrugada en que, armada de machete y gritos, sacó a unos ladrones de su negocio. En medio del furor, Chela ha tenido una idea genial: o viene alguien “de allá” a reparar la nevera o la va a ir a botar a las puertas de CADELA, para que ellos vean que hacer con eso. Espero ese momento con ansias, sueño desde hace tiempo con ver las oficinas de CADELA llenas de neveras, televisores, microondas y demás enseres dañados por causa de su ineficiencia. Chela jamás va a dejar de maravillarme. Ojalá y lo cumpla.

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