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sábado, 17 de septiembre de 2016

Ellos se llevan a Johnny...

Está convencido que la primera decisión más afortunada que tomó en su vida fue reunir cada centavo que llegaba a sus manos para comprar un teléfono inteligente; la segunda, inscribirse en aquel curso de computación que dictaba, gratis, los sábados en la mañana, un sacristán de pueblo en el salón de una iglesia y la tercera, haberse propuesto obtener, entre varios postulantes, un puesto para el programa de intercambio de voluntarios que la Alianza Francesa patrocina cada año para la Casa Hogar Tachirense en que vivió casi toda su infancia y adolescencia. Fueron decisiones de su voluntad en las que intervino su buen juicio y su tozudez. Son las decisiones que hoy lo tienen con un pie en el aeropuerto de Fiumicino, aunque ese no haya sido un propósito firme desde el principio. Recién cumplidos 24 años, Johnny se va del país, seguro de que muy probablemente nunca más regrese a vivir acá, aunque eso signifique dejar en el campo a su mamá, acompañada de una prima que es, más o menos, su hermana; toda la familia que conoce.
-          Apenas estoy terminando de tramitar el permiso de residencia, que es una cosa muy complicada, tan pronto como salga (me avisan en quince días) entonces preparo todo para irme. Ya tengo el boleto y todo lo demás arreglado. Me lo arreglaron ellos.
Ellos. El pronombre personal se le escapa muchas veces en la conversación;  ellos, son los autores de su plan, los destinatarios de su aventura y los protagonistas de su decisión. Ellos son sus amigos. Los amigos que hizo en Europa cuando, después de grandes esfuerzos, obtuvo un cupo en el programa de la Alianza Francesa, para pasar seis meses viviendo y trabajando como voluntario en Niza, la hermosa ciudad costera de lo que en el gran mundo se conoce como Costa Azul, un rinconcito de mediterráneo que es como la guinda del postre que es Francia. Johnny destacó en su desempeño; pero, sobre todo, Johnny destacó en sus relaciones públicas. Por eso fue tan importante tener un teléfono inteligente, para cultivar unos amigos que, dos años más tarde, le resolvieron la vida el día que contó parte de las iniquidades que vive un campesino negro y sin estudios superiores, en un país barrido por la barbarie. Ellos, intrigados por lo que publica la prensa extranjera, empezaron el interrogatorio y él, con el machucado francés que pudo aprender en esos seis meses, fue respondiendo. Una muchacha portuguesa, entonces,  hizo la gran pregunta:
-          ¿Tú que sabes hacer?
-          ¿Cómo? ¿de trabajo?
-          Si, de trabajo, claro… ¿en que trabajas tú?
-          Yo trabajo en el campo, atendiendo unas tierritas que tiene mi mamá cerca de Peribeca
-          Ok…pero, ¿solo eso?
-        Bueno, a mi me gusta mucho el fútbol y eso, cada vez que puedo, juego y enseño a los muchachos a jugar
-        ¿Eres bueno en eso?
-         Pues, malo no soy, y como siempre he vivido con niños, se me da bien enseñar
-         OK
Una semana más tarde, el chat habilitó una sesión de emergencia para enseñarlo a llenar una solicitud de trabajo en una escuela Italiana bilingüe de futbol que necesitaba gente con el exacto perfil de Johnny. La amiga portuguesa había hecho la investigación por él, sin decirle nada.  Johnny se sentó en una computadora, manejada diestramente por pura curiosidad y con la ayuda de ellos, hizo una solicitud que celebraron con alegría todos los que, casi a diario, se turnan en sus extraños horarios para saludarse en un grupo Whatsapp inventado un día aburrido de Niza.
Es verdad.  Johnny es buen jugador de futbol. No es una estrella como para engrosar la nomina de la Vino Tinto, pero “malo no es”, además, también es verdad que se le da bien enseñarle a  niños los trucos de la cancha y la pelota, por pura intuición. Johnny fue uno de esos niños a quienes planes gubernamentales llaman “en situación de riesgo”, pero tuvo la suerte de haber tropezado en su vida, con unas monjas generosas que se ocupan precisamente de hacer menos patente el riesgo.  Con ellas vivió, se alimentó, se educó y aprendió algunas cositas importantes sobre la vida; con ellas permaneció cuando,  superado en la edad reglamentaria - y sin tener mucho de donde escoger - tendría que haberse ido a patear mundo. Él optó por ayudar en todo lo que pudiera, destacándose en eso como uno de los mejores y su premio fue un viaje a Francia para el que parecía predestinado, seguro de regresar a ocuparse del campo donde Eloina, la madre insigne, batalla el diario para ella y sus dos muchachos. Es inevitable el lugar común: si se lo hubieran contado…
La amiga portuguesa fue la que advirtió las dificultades de la oferta futbolera;  en caso de ser seleccionado, el escasísimo sueldo que ofrecen a quien se atreva a postularse no alcanza ni para comenzar; pero, ese es el precio que hay que pagar por los papeles. Se ocupó de urdir un plan complementario de sobrevivencia: encargada de un restaurante en el centro de Nápoles con buenas propinas y sueldo mucho más decente que el de la escuela de futbol, un día le preguntó si estaría dispuesto a comenzar desde abajo, a él, que lo único que ha hecho en su vida ha sido comenzar desde abajo. Respondió que si, por supuesto, y ella se ocupó de lo demás. Cuando aterrice en Nápoles, Johnny tiene asegurado un puesto como busboy en el restaurante de la muchacha portuguesa. Ellos, otra vez aparecen, se ocuparon además de solventar trámites burocráticos (asunto peliagudo en la calamitosa Europa de refugiados y balseros) y de pensar, entre todos,  como resolver el tema de la vivienda. Otra de las amigas ofreció casa gratis por tres meses, durante los que dormirá en el sofá que está puesto (él vio las fotos con alegría) debajo de una escalera, creando un espacio abuhardillado que para él, conocedor de todas las carencias, es una suite que enseña con orgullo. Pasados los tres meses (él cree que sucederá antes) tendrá que empezar a pagar una parte de la renta (en el apartamentico de las afueras de Nápoles viven 3 personas) o buscarse la vida. El está perfectamente de acuerdo. Sabe que podrá hacerlo, o por lo menos, lo intuye. Ellos compraron el boleto, - fue una ganga, tan solo costó 600 euros – ellos pagaron la multa por tener que cambiar la fecha de salida debido a inexperiencia en el cálculo de tiempos oficiales y ellos decidieron, entre todos, que ese boleto es un regalo. Él quiere pagárselo al que lo compró (a quien reconoce como uno de sus mejores amigos) pero, de eso ni se habla. Ellos lo que quieren es que se reúna con ellos en Europa pronto y se olvide de sus calamidades.
El 14 de diciembre es su fecha de salida. Entre sus pocos amigos de aquí, la venta de las hortalizas que cultiva – que le tienen las manos destrozadas – y la ayuda de gente que también quiere verlo fuera de la miseria, ha reunido mil euros y un único equipo de ropa de invierno.  Johnny tiene el carácter cerrero de los andinos y la poca expresividad del campesino; por más que alguien lo intente, no logra sacarle una palabra sobre lo que significa dejar a su mamá o dejar su campo; solo habla de ellos y de su proyecto, entrena duramente todos los días en una rutina autoimpuesta, revisa cuanto puede la internet para aprender cosas de su nuevo país y estudia italiano los sábados con el mismo interés que un día le puso a la computación; pero, si por algún designio del destino “la cosa se cae” sabe que cuenta con ellos para intentarlo de nuevo, empezando de cero. Su piel oscura, su rostro buenmozo, su cuerpo curtido y macizo, su acento campesino y cerrero saben que llegó el momento. Lo que piensen los demás no importa. Ellos están a un whatsapp de distancia. 

sábado, 21 de diciembre de 2013

¿Irse... y hacerse?

Hace unos tres días alguien montó en Facebook un video patrocinado por Campofrio -  una marca española de alimentos - una cuña de esas apropiadísimas para la navidad, en la que Chu Lampreave, con el auxilio de un buen lote de famosos actores y actrices españoles hacen toda una apología sobre las dificultades “emocionales” (si es que se pueden llamar así) de  mudarse de país. El video, de excelente factura, dice, palabras más palabras menos (apelando a recursos dramáticos muy efectivos) que aunque usted se vaya a vivir al desierto de Atacama, usted lleva consigo sus arepas, su gaita y su guachafita, sea lo que sea que usted vaya a hacer allí. Hasta ahí, todo muy bonito.
Resulta que el video estaba originalmente publicado en La Patilla (véalo en este link) y a mí se me ocurrió la genial idea de comentarlo y por supuesto, me cayeron encima. Sin piedad.
Mi comentario respondía a un buen numero de otros comentarios en los que abundaban expresiones tales como “yo amo a mi país”, “orgulloso de haber nacido aquí” “yo llevo el tricolor en el alma” y cosas de esas - por docenas - que usualmente sacan lo peor de mi: mis sentimientos de expatriado eterno. Vamos a hablar con claridad y pido mil perdones. Yo no puedo entender, ni siquiera en Navidad, el peso gigantesco de eso que llaman Patria y que posiblemente sea la palabra que más daño ha hecho a lo poco que nos quedaba de decencia y que, prostituida y agotada como muy pocas, pesa en todos nuestros actos manteniéndonos atados a una cosa imposible de comprender, resumible en una lamentable sucesión de errores con resultados desafortunadamente tenidos y reconocidos.  Dije en La Patilla, y quiero repetirlo aquí que tengo más espacio, que toda esa sensiblería patriotera me parece una tontería y que posiblemente nada pesaba más en la vida de las personas que mantenerse amarrado a una “forma de ser” porque uno nació con esa “forma de ser”. Como si el desorden y la viveza criolla fuera algo de lo que tenemos que enorgullecernos pues es una seña de identidad grabada en nuestro ADN “venezolanista”. Peor aún, como si irrespetar a los demás (un deporte nacional muy arraigado) fuera un recurso venezolano de exportación y una razón de orgullo criollo. Lo lamento mucho, pero esa no me parece una razón para quedarse padeciendo un país que ni es patria ni es nada, porque nos ha hecho el daño irreparable de convertirnos en ovejas de un rebaño que disfruta su descarrío.
Alguien, entre las muchas respuestas (buenas y malas) que recibió mi comentario, quiso rápidamente comparar (para mal) mi sensación de patria con lo que sienten “sus amigos Palestinos” (materia en la que no pienso engancharme) y otros, varios, decidieron por milésima vez pedirme, en mayúsculas, que me vaya de SU país, valiéndose de nostalgias más que de argumentos. Pues bien, no soy nostálgico. A mí, el Alma Llanera no me conmueve ni en Guasdalito, ni en Helsinki y la única vez en mi vida que he hecho una fotografía de la bandera venezolana ondeando en un edificio extranjero, lo hice en New York para que no se me olvidara la millonaria ubicación de nuestro consulado.  He vivido afuera y adentro y en ambas oportunidades he vivido bien.  He aprendido a respetar las leyes de los países que han acogido mi “extranjeramiento” y siempre me he sentido protegido por ellas, cosa que desafortunadamente no puedo decir de las leyes patrias, pues creo que no existen o mejor dicho, son lo que son.  He tenido la suerte de vivir en lugares donde el tiempo y el espacio de los demás vale oro y en las ocasiones en que no he comprendido por qué, por ejemplo, uno no puede conducir su automóvil a más de 35 millas por hora, he terminado por pensar que hay cosas que son así y punto. Jamás he sentido nostalgia de nada. Yo quiero a mis amigos y ellos están regados por el mundo, quiero a mi familia y ellos están donde quieren estar y pocas cosas más me conmueven, esas, han ido conmigo cada vez que he decidido montar rancho allende los mares.  No me eriza el vello un juego de la vino tinto porque no me gusta el futbol y hoy día, en todas partes del mundo se puede comprar Cocosette.
Sin embargo, voto en cada elección a la que me convocan aunque sepa que eso no tiene sentido.  Defiendo el poco espacio que le queda a la democracia porque creo en eso, voy a las reuniones del condominio de mi edificio, aunque sé que nunca convenceré a ciertos vecinos insoportables de que uno puede vivir mejor, respeto las señales de tráfico, aunque sé que mi vida corre peligro cada vez que me detengo en una luz roja después de las siete de la noche y algunas veces, veo la Sierra Nevada desde mi ventana y me parece una visión de gloria.
¿Puede uno hacerse extranjero? Claro que sí, yo defiendo esa tesis.  A nadie que se plantee hacerlo le diré jamás que lo piense dos veces; no defiendo la tesis de la estampida total aunque sé que para muchos, mas tarde o más temprano, no habrá otra alternativa. Respeto profundamente al que quiere permanecer aquí para ayudarnos a arrimar el hombro a los que lo estamos arrimando para construir una vida mejor, pero también respeto profundamente al que cuelga la toalla y compra un boleto de avión. Total, cada vez que a uno le provoca comerse una arepa en cualquier lugar del mundo, va a un supermercado, compra HARINA PAN sin hacer cola y la cocina. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

A La Habana llega un barco cargado de...

Tuve que atravesar, en taxi pagado a precio de limousine, toda la ciudad de La Habana. Tuve que soportar el calor de un mediodía habanero con todo su sol decembrino y algunas otras cosas que, desde hacía una semana, estaban removiéndome la vida. Pero, no tenía razón alguna para decirle que no a la invitación a almorzar de Elisa, una cubana de tronío que vino en algún momento a hacer un trabajo en la Venezuela de aquellos tiempos y desde entonces, mantiene conmigo, gracias a la insuperable simpatía que nadie ha logrado robarle a los cubanos, una relación parecidísima a amistad de toda la vida.
Cuando finalmente llegué a su casa - construida de cualquier modo en el pedazo de porche que pudo robarle a la casa de sus padres - donde vive con sus dos hijos, el yerno y el primer nieto que le alegra la vida; la precariedad de recursos (prefiero ahorrarme la descripción de la “cocina” de una hornilla donde preparó el almuerzo tan sabroso) contrastaba enormemente con el despropósito de una reluciente nevera blanca que atrapaba todas las miradas de quien estuviera allí, aunque hablara de la lluvia y el mal tiempo. Elisa me conoce lo suficiente como para no sorprenderse - ni irritarse - cuando pasados los primeros 20 minutos de la visita, le caí a preguntas sobre la nevera imposible. Entonces, muy a pesar suyo y de los que escuchaban mi desconcierto, quien casi se atraganta con la sorpresa fue este curioso de oficio: la “neverota” había llegado recientemente de Venezuela. Resulta que el yerno de mi anfitriona había optado por anotarse en una misión internacional. Dicho del único modo que entendemos los venezolanos: el yerno de mi anfitriona es parte de los cubanos que tienen la patria acoquinada; lo es y en gran escala: su misión pertenece al área comunicacional del gobierno del que en ese entonces estaba vivo. Como premio, Rómulo tiene la posibilidad de llevar, en cada vuelta al hogar, cualquier cosa que le de la gana, para repletar una casa minúscula en la que ni los teteros o los juguetes del niño tienen un espacio que compartir con los tesoros que en cada viaje arriban de Venezuela, muchos de los cuales son compromisos, colocados a plazos, entre los necesitados vecinos de cuadra.
Entonces, ese día me enteré (han pasado tres años) que entre los beneficios ofrecidos por el gobierno del hoy difunto, para llenar Venezuela de cubanos a los que, todavía, estamos buscando algo para agradecerles, (liberando a los padres del difunto de la pesada carga que significa mal mantenerlos desocupados en el malecón) un cupo casi ilimitado de electrodomésticos, con licencia de entrada libre y poquísimas restricciones para convertirse en objeto de lucha, ocupa el lugar del cesta ticket criollo.
El recuerdo de ese día se hizo agradecida experiencia el momento en que empecé a recibir, vía redes sociales, las fotografías de cubanos saliendo por el aeropuerto de Maiquetía cargados de aparatos que, probablemente, son parte del botín repartido por el heredero pues, sencillamente, a ellos no les hace falta saqueo alguno ni para obtenerlo, ni para llevarlo a la isla. Si a alguien le queda alguna duda, permítanme echar mano de mi experiencia para contar una de las pocas cosas que funciona con exactitud en las acciones del desgobierno: Entre Maiquetía y La Habana, no es que exista un puente aéreo, lo que existe es un autobús de San Ruperto que va por los aires. Los cubanos que regresan a su isla después de algunos meses de servicios en la “nación hermana” son rigurosamente alojados en una barraca que nadie conoce (esas cosas de las que no se hablan) ubicada muy cerca (un cubano me dijo una vez que dentro) del aeropuerto de Maiquetía. De allí no pueden salir, sino a abordar el avión que los llevará de vuelta a casa y a ella no llevan sino el equipaje mínimo indispensable, que en su caso, consiste casi siempre en un bolso de vinilo en el que han echado un par de prendas de vestir. Todo lo demás, es decir, las incontables chucherías que han adquirido en tiendas de baratillo (ergo TRAKI) y los electrodomésticos a los que tienen opción prioritaria, se despachan en el mejor estilo de equipaje pre chequeado y abarrota cualquier vuelo comercial de Cubana de Aviación, en esa ruta. Ese avión de misioneros, al llegar a la Habana, descarga el cuantioso equipaje (toda Venezuela es puerto libre para los “servidores de la revolución bolivariana”) y lo distribuye entre sus propietarios en una sala especial del Aeropuerto José Martí, a la que no accede la aduana, a menos que tenga intereses pre concertados.
Más o menos sucede lo mismo “de allá para acá”: los pasajeros de los vuelos que salen de la Habana con destino a Maiquetía, lo hacen desde un aeropuerto especial, distinto al muy amplio, cómodo  y antiguo terminal José Martí, en el que las guayaberas de hilo (compradas a precio de oro) se enredan con cajas de Cohíba y botellas de Havana Club, que de todos modos pueden comprarse en Caracas, a mejor precio. Nadie revisa maletas, nadie le pone pegas al abordaje a menos que usted cometa la indiscreción de querer salir de allá con CUC`s sobrantes, sin darle lo que le toca al agente de aduanas.
Por eso, la alarma que han producido las fotos de marras, me parece atrasadísima. No se trata de descubrir que finalmente “nuestros hermanos cubanos” han decidido saquear el país que los mantiene. No, ni mucho menos. Se trata, más bien, del ejercicio equivocado de una prebenda a la que creen tener derecho, por tener 15 años defendiendo una revolución que en su propio patio no ha servido sino para llenarlos de hambre y malas mañas. En realidad, una nevera más, una nevera menos, de Maiquetía a las calles de La Habana, es lo que menos importa. Se los aseguro.

sábado, 14 de abril de 2012

¿Jubilación o maletas?

Nos conocemos de toda la vida. A ratos nos distanciamos y alguna cosa nos reúne de nuevo. Nos queremos. En alguna oportunidad, realmente nos quisimos mucho, tanto que pude haber terminado siendo el padre de sus hijos. Los años, muchos transcurridos entre su vida y la mía, nos han envejecido y probablemente nos han amargado un poco. Los años, y ese montón de cosas que día a día nos ponen a pensar, a todos, si tanta incertidumbre vale la pena.
Tiene dos hijos: una niña, brillante, de casi 20 años de edad y un pequeño de 10. La niña, desde la primera vez que hablé con ella en su adolescencia, sabe que su futuro no está en el calor insoportable de Barquisimeto. Sabe que lo suyo es cualquier país en el que, por lo menos, pueda quedarse en la calle hasta las tantas, como cualquiera de su edad, sin que a nadie se le tranque el credo en la boca. Por la misma razón su madre empezó a pensar en lo mismo. Un día por pura curiosidad y porque otros se adelantaron en la familia, intentaron el proceso de regularizar su residencia en Canadá. Lo demás es historia, cada vez más frecuente entre nosotros. Aprobada y sin rollos, empieza el plan de la mudanza. Mudanza en la que se adelantó la hija como quien ve el cielo abierto.
Hace poco hablamos. La mudanza de los demás no ha sucedido y la razón es muy simple: a mi amiga le faltan pocos años para obtener su jubilación universitaria. 20 años como profesora en la Facultad de Ingeniería, según ella, no se pierden así nada más. ¿O si?
Una jubilación, todos lo sabemos, es una especie de premio gordo. No es gratuita, pero para muchos es un premio. Un premio que se entrega después de por lo menos 25 años entregados a un trabajo formal. De todas, las mejores son las universitarias. La mayoría de los profesores universitarios salen jubilados a los 25 años de ejercicio, disfrutando los mismos beneficios laborales con que han mantenido su vida activa como docente. Beneficios que no se pierden mientras se pueda comprobar que estás vivo. Es la garantía de la vejez. Muchas veces, la razón por la que una persona cualquiera anhela rabiosamente entrar a trabajar a la Universidad. Empezar a caminar el camino a la jubilación.
El caso de Coromoto no es único. Cuando su generación alcance su ansiado beneficio, se sumará a la gran estampida. Algunos, como ella, podrían hacerlo antes. Por lo pronto, esta sumando reposos médicos a vacaciones legales y años sabáticos. Esos tiempos robados a sus semestres de enseñanza, transcurren en Canadá en proceso de adiestramiento para la nueva vida. Pero, una nueva incertidumbre se suma a las que ya tenemos: ¿Existe alguna garantía para el disfrute de una jubilación en el socialismo del siglo XXI? ¿Existen prestaciones sociales que bien administradas y convertidas en divisas negras, permitan de manera modesta, algún comienzo? A lo ultimo ya casi le tenemos respuesta: No, si eres empleado público. Las universidades y la educación media, son el zarpazo bajo la manga.
Es fácil adivinar lo que ellos piensan: Un grupo de profesores en edad activa, “cobrando sin trabajar” por más merecido que sea el beneficio, no se corresponde con la realidad socialista. Y eso, lamentablemente no escapa a quienes, como Coromoto, podrían estar dispuestos a cualquier sacrificio a cambio de la seguridad de sus hijos. O la suya propia. Por eso cada vez más, las maletas abundan no sólo en la mente, sino en la realidad de muchos. A cualquier precio.
Es una de las muchas caras de los que se van. Algunos puede que sigan pensando en los beneficios de una jubilación que cada vez más, “está en veremos”, si se piensa que servirá de algo en la vida allende los mares. Es una más de las libertades que están en riesgo. Es una más de las realidades nefastas del siglo XXI. O lo perdemos todo, y empezamos de nuevo cuando habíamos ganado el derecho a descansar sin preocuparnos por los reales, o lo que podríamos perder es la vida de los hijos o la nuestra.
Eso y nada más es lo que piensa Coromoto, que está casi dispuesta a renunciar a la jubilación. Después de todo tiene un hijo de 10 años, quiere verlo envejecer y ser abuela. ¿Habrá alguien que diga que está mal hecho?

miércoles, 10 de agosto de 2011

Me voy por un rato….

Supongo que sí han venido por aquí últimamente, se habrán dado cuenta de lo mal que he manejado mi blog en estas dos semanas y estarán pensando que merezco todo tipo de regaños y alguna que otra critica relativa a lo que algunos llaman decepción. Claro, lo digo poniendo por cierto el hipotético y muy remoto caso que algunos de mis lectores hayan extrañado las cosas que escribo, la mayoría de las veces, para sacarme la rabia de encima.
Pues bien, aunque así parece, no he abandonado mi blog. Los de Entonces es un compromiso conmigo y, a esta edad, la única cosa que más o menos intento respetar (sin tanto éxito, a decir verdad) son los compromisos que hago conmigo, sobre todo cuando esos compromisos tienen la suerte de ser compartidos y aceptados con gusto, cosa que por cierto, jamás he agradecido apropiadamente y aprovecho para hacerlo.
Aclarado ese asuntico, les cuento: mi cabeza ha estado girando a millones de revoluciones porque, en los últimos días, toda mi energía ha estado centrada en los preparativos de mis vacaciones; es decir, en los preparativos de un viaje que, dicho en el más puro estilo pitiyankee, “is a dream come true”. Me voy a patear Europa, voy a dedicarme algunas pocas semanas a consentirme y voy a ver si termino de encontrar la mejor forma de entender este montón de cosas que hacen del mundo un lugar ancho y ajeno (que dijera Prieto); así que hasta mediados de septiembre, Los de Entonces estará cerrado por vacaciones. Esas vacaciones serán contadas, en detalle, en mi bitácora de viajes y la normalidad para mi vida de blogger que busca la fama, regresará con la calma emocionada que siempre producen los viajes; pero regresará en Septiembre.
Cuídense, disfruten sus vacaciones y pásenla tan bien como puedan. Abrazos
P.S.: Aprovechen, mientras tanto, de leer algunas de las cosas en archivo y/o conocer Las Libretas de Taki. Gracias!!!

domingo, 23 de enero de 2011

Vueltas que da la vida

Pasando un día por una avenida cerca del mar, Felicia nos contó el horror que vivió cuando, abiertas las compuertas, se autorizó la salida de cientos de cubanos en lo que se conoció como el Éxodo de Mariel. Entonces, los obligaban a pararse frente al lugar en que estacionaban los autobuses que conducían a los viajeros y a gritar toda clase de improperios en su contra en lo que se conoce como actos de repudio. Ella tuvo que acudir a uno de esos y salió escandalizada para siempre. Nunca más volvió. Han pasado años desde entonces. Hoy, los marielitos de ayer, son hombres y mujeres que en su mayoría se afincaron en Estados Unidos o Europa y lograron un buen nivel de vida, ajeno a la escasez y pobreza de sus paisanos. Entre todos los grupos de exilados, hay estudios que aseguran que son el grupo de cubanos más exitosos del exilio y, al mismo tiempo, el grupo con raíces más profundas en su tierra natal: la mayoría dejaron familia allá, que aun no ha logrado o no ha querido salir. A los marielitos, los ata a su tierra la sangre y por ella trabajan. Victimizado por un lado y execrado por otro, el grupo de los que se fueron, tanto en ese episodio censurable como por sus propios medios, pareciera estar jugando una suerte de revancha que debería ser motivo de profunda reflexión. Allí donde todo ha fallado para construir estabilidades indispensables, ha estado el dinero de los que se fueron para palear y cubrir necesidades fundamentales que no por individuales, son prescindibles. Instaurada la normalización del envío de dinero, una buena parte de las familias cubanas de aquí, viven de lo que reciben de sus familiares cubanos de allá. Atrás quedaron los actos de repudio y los insultos. Tal vez sólo sea un amargo recuerdo en el corazón de los que lo vivieron; un recuerdo que empieza a matizarse con los años y con la certeza de que, para la mayoría de los que se arriesgaron a recibirlo, valió la pena el dolor.

lunes, 17 de enero de 2011

La nueva vida de Felicia

Después de un matrimonio feliz que duró más de 20 años, Felicia, al igual que muchas mujeres de su edad, se quedó sola a punto de celebrar la cincuentena. Afortunada por tener un marido que de alguna forma pertenecía a la elite de la inteligencia, había trabajado poco en su vida, había sacrificado su propia carrera y había dedicado lo mejor de sus energías a ser madre y esposa. No es que tuviera muchas opciones, de todos modos, pero en su caso particular, trabajar en la calle, no era asunto indispensable. El día que se dio cuenta de su soledad, completamente desbaratada por dentro, hizo acopio de talentos y logró que una buena amiga le diera un discreto trabajito de asistente en un laboratorio farmacéutico. Su labor allí consiste en “hacer diligencias”. Se ocupa de las meriendas, se ocupa de llevar y traer cheques, resolver temas burocráticos y correr de una esquina a otra de La Habana, para contribuir con el buen funcionamiento del negocio. No posee oficina propia, pero ocupa un pequeñísimo escritorio y tiene una computadora lista cada vez que la necesita. Además, gracias a eso, dispone de algunas horas de conexión a Internet en su propia casa y del uso del viejo automóvil de la empresa para moverse con menos dificultad. Recibe también un salario de casi 400 pesos cubanos (un poco menos de 20 CUCS) y más nada. Felicia, a diferencia de muchísimos cubanos, no tiene familia en el exterior ni forma alguna de redondearse la quincena. Sin el apoyo de su marido, hoy un desconocido pariente, Felicia, a pesar de sus estudios y su fuerza para trabajar, sobrevive de milagro. El salario de hambre que recibe sólo alcanza para los víveres de la libreta, (que bien administrados duran sólo 13 días) y el pago de los servicios básicos. Vive en el apartamento que le asignaron a la familia cuando todos eran felices y echa pa’lante porque no le queda otra salida. Ayudada por los amigos de toda la vida y el mejor ánimo que tenerse pueda, Felicia enfrenta día a día los bemoles de una vida que podría ser mejor, y a eso apuesta. Nunca ha pensado en irse, al menos no seriamente, aunque reconoce que le gustaría poder viajar un poco. La nueva vida de Felicia, en circunstancias mejores, sería la misma de cualquier mujer del siglo XXI. Lo que pasa es que a ella, le tocó vivirla al amparo de promesas de un cambio que no llegó nunca. Está segura que en alguna parte se equivocaron, pero no logra explicarse abiertamente donde o cómo se podrá rectificar. O si, pero todavía habla bajito cuando le toca quejarse de su suerte. Aun así vive. Y muchas veces, a carcajada limpia y corazón abierto…compañera!.

Clarita y la nieve

Si algo tiene Clarita para triunfar en la vida, es su autenticidad. A sus 20 años, tiene un estilo y una claridad que ya quisieran para si muchas mujeres que le doblan en edad; segura del camino que le ha marcado la vida, va a por todas, armada de un innegable talento que ella expresa a cada minuto. Sabe que, algún día no tan lejano, nos sorprenderá a todos con alguna película inolvidable o empezaremos a darnos cuenta que sus fotografías circulan por Internet como objeto de culto. Con ella he logrado una comunicación que traspasa su verbo atropellado y cubanisimo, logrando darme una buena idea de lo que a los jóvenes, “de allá” les quita el sueño. Sin haber salido de su tierra, más que una fugaz visita de estudios a Argentina, habla un ingles casi perfecto, adora un par de zapatos Converse (que compra bajo cuerda, a precio de ganga, en la tienda donde trabaja una amiga) y empieza a padecer de mal de amores. En nada, Clarita se diferencia de sus iguales. Salvo en el hecho simple de que nació, vive y probablemente vivirá toda su vida en La Habana. ¿Por qué? Pues porque allá está su casa y su gente y no se ha planteado cambiar nada de eso. En una de nuestras interminables conversaciones, un día Clarita me preguntó como era la nieve. No me preguntó si yo conocía la nieve. Simplemente asumió que la conozco y quiere satisfacer su curiosidad con una descripción detallada y precisa. Su pregunta me sorprende y como no me gusta la nieve, ni las calles nevadas, ni el sucio que deja una nevada, me limité a decirle que era menos linda de lo que la gente imagina. Entonces ese día me reveló el motivo de su pregunta. Si todo sale como previsto y “los compañeros” deciden darle permiso, irá a Praga por algunos meses a disfrutar de una beca obtenida a fuerza de ser buena en lo que hace. El proyecto está en trámites y aun no tiene nada de seguro, pero ella está embullada y eso basta. No es tan simple. Ella necesita vencer obstáculos increíbles que dependen de la buena nota de algún funcionario que seguramente no ha tenido su suerte. Al igual que casi todos sus paisanos, ella no tiene, ni puede disponer libremente de un pasaporte. Por lo tanto, ella no puede viajar a ningún lugar del mundo si no es autorizada previamente por una autoridad que no conoce. Por lo pronto está haciendo méritos académicos para que no le nieguen el permiso y espera el momento en que pueda entrarle directamente a la planificación del viaje. En su futuro inmediato aparecen oficinas, documentos y papeles de todo tipo que le permitirán seguramente, ver por primera vez la nieve. Clarita quiere ver mundo, como todos; pero, ahora su sueño más importante es la nieve. Praga empezará a ser verdad cuando esté en frente. La nieve, podría seguir siendo una fotografía ajena. Dios quiera que no.

Divide y vencerás

Hipnotizados por arengas multitudinarias, discursos grandiosos, promesas de cambio y construcción del hombre nuevo, los cubanos han ido resignándose lentamente a las más perversas formas de discriminación que pueda exhibir una sociedad. No puedo decirlo de ninguna forma poética, porque me siento personalmente ofendido, al constatarlo diariamente en mi semana de descubrimientos de vida. Superados los días en que no podían entrar a ningún sitio público; hoy pueden entrar donde quieran, pero deben tener CUCS si quieren consumir o comprar algo. Una obra de teatro, por ejemplo, cuesta en promedio 15 CUCs (para muchos el salario de un mes). Un mercado decente puede sobrepasar los 100 CUCS (varios salarios de una familia completa) y la ropa, por ejemplo, aunque sea de mala calidad, no bajará de 60 o 70 CUCs por atuendo, por persona, y de allí al infinito. En su tierra, el sistema ha logrado convertirlos en ciudadanos de segunda aupando, como pocos, la sobrevivencia del mas apto (es decir, el mejor preparado para La Lucha). Una de las cosas que mejor describe esta manía discriminatoria, son las placas de los automóviles. Ya no hace falta hablar de los modelos imposibles que se pueden ver circulando por las calles como detenidos en el tiempo. Es necesario mirar un poco más allá y notar que las placas de esos autos tienen colores diferentes. Por ejemplo, un auto con placa roja, (casi siempre modelos de última moda) es un vehiculo reservado exclusivamente para el uso del turista. Una placa amarilla (para todos los viejísimos autos de los cubanos) indica uso personal sin mayores restricciones que las permitidas por la suerte. La placa marrón indica que el automóvil pertenece al sitio de trabajo y tiene algunas limitaciones de uso, siendo la más notable su prohibición de entrar al Terminal del aeropuerto por donde se van los que no volverán. Una placa negra indica que se trata de Cuerpo Diplomático y no tiene restricciones, el azul, por el contrario, la portan carros oficiales que tienen áreas restringidas, deben disponer diariamente de una hoja de ruta debidamente autorizada y no pueden por ninguna razón circular fuera del área asignada. El blanco es el color del gobierno y lógicamente puede ir hasta el cielo si le da la gana. Seguramente olvido alguna, no importa, lo que cuenta es que esos mismos carros con diversidad de funciones, son manejados por cubanos a quienes les han sido asignados autos, para que vean languidecer sus esperanzas. Probablemente es un sitio más donde buscar la razón para tanto desafuero.

viernes, 14 de enero de 2011

Plata para la nochevieja

A excepción de Mérida, en casi todos los lugares del mundo, si usted programa una cena para sus amigos, usted seguramente sabe que visitando el supermercado de siempre conseguirá con facilidad lo que necesita para que todo le salga bien. Pues bien, está usted en La Habana y en pleno siglo XXI, vencidas muchas de las más oprobiosas prácticas de discriminación y miseria; todavía el cubano que como usted y como yo quiere celebrar Año nuevo, encuentra obstáculos increíbles para que el día sea lo que debe ser. Veamos si puedo entenderlo: El primer asunto importante aquí es el tema de la plata. De nuevo la odiosa comparación es importante: En todos los países del mundo existe una moneda de circulación nacional cuyo precio, respecto al dólar o Euro, digamos, lo fijan una serie de complicada reglas de economía, vetadas al entendimiento de nuestro mortal cerebro de viajeros. Uno llega a La Habana y en segundos empieza a vivir una bizarra realidad que prácticamente es imposible de comprender, básicamente porque nadie está buscando que alguien la entienda. En Cuba circulan dos tipos de moneda, distintas, discriminatorias y excluyentes: El peso cubano, cuyo valor es tan bajo que incluso en los billetes que la representan se nota su baja calidad. Esa moneda, que cubre los salarios de trabajadores del estado (es decir, prácticamente todo el mundo) circula casi con vergüenza, pues es útil para pagar muy pocas cosas: Servicios básicos y algunas cosas para comer, esencialmente los productos del agro (verduras y legumbres). Para todo lo demás, (es decir, para vivir dignamente) existe un engendro rarísimo llamado CUC o peso convertible, que hasta ahora, a mi me parece simplemente una forma horrible de discriminación contra el cubano de a pie. Casi todo lo que puede comprarse, empezando por comida de verdad, sólo puede pagarse en CUC, una moneda hecha a medida del turista europeo pues tiene la misma paridad del Euro. Para conseguir CUC’s, entonces, el cubano se ve obligado a muchas maromas, casi todas francamente indignas. Sin embargo intuyo que el asunto es mucho más complejo y como en todo, habrán aristas que no me han sido reveladas. Trataré de no amargarme la semana pensado en eso y navegaré, con cara de experto, entre la escasez que aquí, ya se ha convertido en forma de vida. Decido hacer un periplo por todos los supermercados de la Isla, abastos, tiendas de exquisiteces (existen, son carísimas y se paga TODO en CUCS) licorerías y puestos de verduras para conseguir lo que necesitamos para cocinar esta noche; para mi es nochevieja y vale la pena el esfuerzo, para quienes están conmigo y desean regalarnos una fiesta, es cosa de cada día. Aun así, hago gala de egoismo y pienso que nada va arruinar nuestros planes de nochevieja.

La Habana para unos ojos curiosos

Sin duda necesitaba algo que me estremeciera. Las últimas semanas del 2010 estuvieron tan llenas de sin sentido que opte por el silencio, una opción peligrosa porque nos revela nuestra propia fragilidad y nos convierte en seres estériles e incapaces. Creo que llegué a asustarme de mí. Sencillamente, nada en este mundo era suficiente aliciente para escribir. Parálisis creativa, que llaman algunos; ánimos por el piso, que llamo yo. Tenía que sucederme en algún momento. No podía salir ileso de los ataques diarios de nuestros locos de allá arriba. Por suerte, mi Rayi acudió en mi ayuda el día que, después de ver la película Habana Eva, tuvo un arranque de nostalgia y soltó, como quien no quiere: - ¿Y por qué no nos vamos para La Habana en Diciembre? Tomó un segundo decirme que sí a mí; necesité dos días para imaginármelo todo y decirle que sí a ella; cuando lo hice, no hubo sorpresas para nadie. Tenía una buena parte de mi vida capoteando la curiosidad de Cuba. Esta vez no había excusas. A partir de ese momento, todo se convirtió en preparativos para un viaje que no se parecía en nada a ningún viaje anterior, básicamente porque nunca lo sentí como una escapada turística, digamos que intenté un viaje para enterrar mitos y descubrir razones. El 29 de Diciembre, a pesar de los millones de advertencias recibidas de quienes sólo se imaginan el horror, y no piensan en la belleza, partimos llenos de paciencia y de entusiasmo. Si no fue fácil desde el principio, tampoco fue lo terrible que nos habían contado. Incomodidades se sufren en todos los viajes, felicidades se viven. El cuento, largo y con mucha tela, iré haciéndolo poco a poco, más para entenderlo cabalmente que para otra cosa; aun estoy estremecido, aun me maravilla recordar esos días estupendos, aun me resuenan en la mente los hallazgos. Poco a poco se me aclaran, no obstante, dos verdades absolutas: Que es una tontería mayor no ir a La Habana por las razones que solemos esgrimir para estar en contra, y que al negarnos, estamos perdiendo el chance de vivir una experiencia extraordinaria, rodeados de gente muy valiosa. Los bemoles existen, como no, y habré de compartirlos. Pero no son tantos, aunque son muy fuertes; La Habana es otra vida y es menester conocerla. Aunque cueste horrores entender que hay gente que puede vivir en el pasado y sin libertades básicas.

sábado, 6 de marzo de 2010

Exodus

Esta mañana, después de mucho tiempo sin verla, me conseguí a Tatiana, una amiga querida de los tiempos en que vivir era mucho más que preocuparse por contar las horas en que tenemos energía eléctrica. Está bonita Tati, le queda bien la maternidad y los avatares de la vida de profesional clase media que, como todos, intenta vivir. Bajo el sol inclemente de una esquina merideña, nos plantamos a conversar; de pronto me explicó, sin que yo lo preguntara, el brillo nuevo de sus ojos: está empacando. En menos de un mes, Tatiana, su hijo de 3 años y un par de amigas suyas, estarán viviendo en Canadá; a pesar del frió infernal y todo lo demás. Me costó asimilar la noticia. No porque Tati vaya a hacerme mayor falta; la veo ocasionalmente y siempre es grato, pero más nada. Realmente me importa poco donde viva, siempre que viva a gusto, y eso es justamente lo que casi me amargó el encuentro. Tati se va porque no puede más con esto. Porque quiere una vida mejor para Sebastián, porque no cree en las elecciones, porque sencillamente, NO SE LA CALA MAS. Como ella, en los últimos días, el cuento de gente que se va, que lo está pensando, que está averiguando como hacerlo y que desea fervientemente poner tierra de por medio, es cada vez más cercano. Amigos cuya cercanía me resulta necesaria y afectos cuya ausencia dolería enormemente, están armando el plan B. Gente que le hace falta al país, por cierto. Gente que dejó de creer en esperanzas de cambio. No soy capaz de criticarlo. Calladamente, para mi asombro, en algún recóndito lugar de mi alma un plan B asoma de vez en cuando. No, sinceramente no lo critico. Es más, lo entiendo, pero me da una rabia enorme. Me hace sentir que en alguna parte de nuestras conciencias perdimos la posibilidad de luchar esta batalla porque es una batalla sin garantías. Es una cosa más que tenemos que agradecerle al Sabanetero. Él apagó la luz, pero se niega a ser el último en salir.

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