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jueves, 27 de julio de 2017

Del otro lado, todo es posible



Cuando Jimena nació, el pasado 12 de abril,  a Isis y Diego, sus padres, lo primero que les vino a la mente, como a cualquier pareja de padres primerizos,  fue comprobar su estado de salud. La niña, bonita como no hay dos, llegó a este mundo – sin ninguna dificultad - en un parto programado hasta el último detalle pues provenía de un vientre al que le habían pronosticado, a pesar de su juventud, bastantes dificultades para lograr la proeza de la maternidad. Quizás fue el amor; pero, Jimena  nació perfecta, gracias a Dios, a los bonitos genes de la madre y de la abuela y a la buenamozura del padre.
A los pocos días de nacida los primeros exámenes pediátricos no hicieron sino confirmar la alegría del nacimiento. Jimena crece, gana peso y come;  un niño bien criado no hace otra cosa; come, duerme, llora cuando tiene hambre y, sus padres, la única preocupación que tienen es sortear con buen ánimo la dificultad diaria de conseguir pañales y algunas chucherías para consentirla.
Isis y Diego han sido obsesivamente puntuales en el seguimiento de los primeros días de su hija. Fieles además a tradiciones ancestrales, Isis ha guardado en reposo la cuarentena de las paridas de antes, y su  madre se ha dedicado a alimentarla con buen tino para que le leche con que alimente a la niña sea de la mejor calidad. Diego, por su parte, ha cumplido con creces: es un padre inmejorable a quien se le caen las babas por su niña. Dedica sus mejores horas a atenderla y, por supuesto, lleva el teléfono repleto de sus fotografías para exhibirlas con orgullo, aunque con la cautela propia de estos días.
Hace un par de semanas, Jimena cumplió 3 meses de edad y enfrentó la primera polémica de su vida: todo niño que supera los tres primeros meses de vida debe ser sometido a un proceso de inmunizaciones compuesto por un protocolo de vacunas que lo pone a salvo de enfermedades que pueden resultar fatales.  Aun cuando existe el temor de que,  inocular un bebe con bacterias y virus a tan corta edad, resulte más perjudicial que beneficioso; Isis, profesional de la salud y Diego, ingeniero civil, no apuestan al riesgo; sencillamente creen totalmente en el poder preventivo de unos pinchazos con los que seguramente llorarán ellos junto a su hija.  El asunto es que, salvo la vacuna contra la poliomielitis, en Venezuela no es posible conseguir otras vacunas, ni  en los sistemas de salud pública ni en las clínicas privadas. Peor aún, existen documentadas denuncias acerca de campañas de vacunación a precios exorbitantes con productos cuya procedencia es, por decir lo menos, dudosa. La Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría ha explicado que “en algunos años, nos daremos cuenta de que esas vacunas aplicadas de forma inescrupulosa a precios elevadísimos, pueden ser culpables de un grave problema de salud pública”
Preocupados, los dos muchachos, urgidos por poner su niña a salvo de cualquier problema, intentaron conseguir las vacunas a cualquier costo;  entonces,  comprendieron con disgusto que aun teniendo la posibilidad de pagarlas, conseguir las vacunas para su hija en alguna ciudad de Venezuela, no era posible. Fue ahí cuando les hablaron de Cúcuta.
La primera ciudad importante que se encuentra al cruzar la línea divisoria que separa Venezuela de Colombia se ha convertido para las ciudades andinas, cercanas a la frontera, en una  suerte de patio trasero en el que resolver los apremiantes problemas de abastecimiento de todo tipo con que se enfrentan a diario; a menos de 4 horas de distancia  por carretera, ir de compras a Cúcuta para conseguir, desde medicinas hasta alimentos básicos y artículos de higiene personal es el único “canal humanitario” abierto para los venezolanos, aun cuando el gobierno de Nicolás Maduro no solo lo niega, sino que lo prohíbe expresamente, haciendo que los habitantes de esa zona del país consideren  la ley, que los aleja de la solución de sus problemas,  letra muerta y enterrada. Si bien al tipo de cambio de moneda los precios encarecen sustancialmente,  por lo menos existe la seguridad de que gracias a la subrepticia apertura comercial de la frontera, “del otro lado” todo es posible. Incluso vacunar tus hijos.
-          Yo había hecho todas las averiguaciones, sabía que no era complicado en absoluto y que en cualquier ambulatorio de Cúcuta, El Puerto de Santander o La Parada era posible vacunar a la niña. Me habían dicho además que era gratis, un dato que no es importante, porque nosotros estábamos dispuestos a pagar;  pero igual, llevábamos cierta aprehensión porque no sabíamos si ocurriría algún cambio y perdíamos el viaje -  dice Isis mientras recuerda,  luchando contra sus emociones,  el día que le tocó recorrer un poco mas de 300 kilómetros para poder vacunar a su hija.
No es secreto, el tema de las vacunas ha llegado a oídos de todos los padres que van de pediatra en pediatra buscando una solución. No se trata solo de que las vacunas no existen, es que se puede tener la mala suerte de caer en manos de algún delincuente inescrupuloso que fastidie la vida de tu hijo y acabe con tus menguados ahorros.  Isis y Diego, prevenidos, planificaron hacer el viaje, darle los pinchazos a la niña y regresarse tan pronto como fuera posible.
“Los niños venezolanos solo serán atendidos Lunes, Miércoles y Viernes en el ambulatorio de La Parada” reza el gigantesco cartel con el que se encontraron a su llegada a La Villa Del Rosario, el primero de los pueblos colombianos del camino. Una más de las estaciones de un vía crucis que obliga, por esta nueva disposición, trasladarse a La Parada, el pueblo también colombiano que empieza donde termina el puente Simón Bolívar, considerado la capital del “bachaqueo” colombo –venezolano.  Es cierto que los padres venezolanos podrían ir a una clínica privada colombiana si quisieran;  pero, para ello requerirían una visa colombiana que depende del capricho del guarda fronterizo,  una cita previa, no tan fácil de conseguir en corto tiempo y estar  dispuestos a desembolsar varios sobornos en efectivo y por lo menos, el importe multiplicado por cuatro del ya elevado costo de una cita médica privada en Venezuela.
Siguiendo las instrucciones del cartel pusieron rumbo a La Parada, con deseos de desayunar y resolver lo antes posible su diligencia; a las 7:30 de la mañana lo que encontraron allí los llenó de estupor: una cantidad aproximada de 200 niños y sus familiares, tenían convertido el ambulatorio en un pandemónium. Isis, acostumbrada a llevar un consultorio impecable en cuya sala de espera solo caben las sillas justas para las personas que han confirmado consulta, se sintió superada por el desorden de sus paisanos. Entonces, le asaltó el temor de haber perdido el viaje: las enfermeras, incapaces de controlar lo que ocurría,  amenazaron cuatro veces en 20 minutos con “cerrar el ambulatorio y dejar de atender niños venezolanos” y enérgicamente anunciaron que “nosotras ganamos muy bien, no necesitamos que nos ofrezcan plata para que los adelantemos en sus turnos, aquí eso no vale nada”
Fue Diego, acostumbrado a lidiar con equipos de fútbol y vestidores de gimnasios, el que puso orden.  Bastó un fuerte y enérgico silbido y un rasgo imborrable de su buen talante: - me pareció absurdo, pero tuve que sacar todas mis fuerzas para convencer a los venezolanos allí apelotonados que tenían que tener un poco de orden -  Lo aceptaron, cuenta el joven padre de Jimena, no sin protestas y en pocos minutos, fue él quien se ocupó de asumir la tarea de controlar el proceso de vacunación de más de 200 niños venezolanos en un ambulatorio colombiano.
-          Era como si los venezolanos no entendieran que la vacunación no es responsabilidad del gobierno colombiano, sino del nuestro y es el nuestro el que no cumple –
Su desempeño fue tan hábil, que termino siendo el que controlaba incluso el uso de los baños, organizando hasta la forma y el sitio en que debían desechar  los pañales usados.
-          La espera fue larga, eso me dio tiempo para muchas cosas, pero sobre todo para conversar con una señora colombiana que vive al frente del ambulatorio. Me avergoncé,  ella llegó a decirme que habían enviado una carta a la dirección del ambulatorio pidiendo que suspendieran el servicio a los venezolanos debido a su extremo desorden, la señora me dijo que  los pañales sucios se quedaban por todas partes  y que los venezolanos producían una cantidad de basura increíble; sentí una vergüenza horrible al escucharlo, no pude evitar pensar en lo rayados que estamos en todas partes – relata sonrojada la madre de Jimena –
A mediodía, un sacerdote vecino que suele repartir alimentos a los necesitados, repartió sopas entre los venezolanos que esperaban su turno para la vacuna  de sus hijos. Eso los sorprendió a ambos enormemente; pero, allí tuvieron que tomar cartas en el asunto nuevamente y apoyar al sacerdote en la repartición del almuerzo.
Jimena fue vacunada entre las últimas, a las 4 de la tarde y por suerte no tuvo reacción adversa alguna.  Poco después, extenuados por el duro día de trabajo inesperado, emprendieron camino de regreso a casa.  Isis, con los nervios destrozados por el cansancio hizo acopio de fuerzas para distraer a su marido al volante y asegurarse un viaje de regreso que fuera por lo menos, entretenido. Las imágenes del fuerte día empezaron a convertirse en palabras y ambos, que han convertido sus dos años de convivencia en excusa para estar bien y ser felices por encima de cualquier circunstancia, decidieron no interrumpir el trayecto sino para el café indispensable.
A las 9:30 de la noche llegaron a El Vigía, el punto desde el cual cualquiera que venga por ese camino empieza a sentir que llego a Mérida y se encontraron con el tráfico detenido. Averiguar las causas desató el llanto incontrolable que Isis traía apelotonado en la garganta: un árbol había caído en la carretera, partiendo en dos el vehículo en que viajaban, de regreso de Cúcuta, una joven pareja con su hijita de cuatro años de edad. Ambos padres estaban muertos dentro del auto y la niña gritaba desconsolada el alcance de la mala hora.
-          Pudo ser cualquiera de nosotros; esa pareja, seguramente, había ido a Cúcuta a resolver algún asunto parecido al nuestro. Pudo ser cualquiera de nosotros - es lo último que se le ocurre decir a esta jovencísima madre venezolana, mientras se seca las lágrimas que vuelven a brotar irremediables ante el recuerdo de un accidente y de una vida que ya no se parece en nada a lo que ella suele escarbar de su memoria.
A su lado, con un lazo hermoso tejido por su abuela, Jimena sonríe distraída por el descubrimiento de un sonajero. Ajena, como corresponde. Su madre sabe que apenas empieza el camino y siente que su patria es ella. Que por ella, agarrará su palito de escoba, como El Chavo, y se pondrán a salvo, un día de estos.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Hablemos de humillaciones...

Su salud, deteriorada por la insidia de la enfermedad que se ceba en la vejez, había empezado a presagiar el final. Sabíamos, porque todos cargamos con la desafortunada experiencia de la despedida, que al último suspiro no le faltaba demasiado tiempo para materializarse. Aun así, la familia, con sus hijos a la cabeza, echaba por tierra el mito de la preparación. Es mentira, nadie se prepara para dejar de ver a su madre para siempre. Por eso, la lucha contra la enfermedad no conoce cansancios. Somos así y probablemente estemos equivocados, está inscrito en nuestro ADN: No nos dejamos arrebatar los nuestros, sin plantarle cara al infortunio con intención de doblarle la mano, cuando el infortunio nos lo permite.
Antes de la enfermedad, Tía Josefa era una mujer de muchos quilates. Divertida, ocurrente, empeñada. Adeca, como muy pocas; católica inquebrantable, buenamoza y entrañable amiga. De las de antes. Tía Josefa, por encima del estrecho vinculo consanguíneo que la unía a mi madre, fue su amiga incondicional. Su compañera de muchas penas y su pana de miles de alegrías. La casa de Tía Josefa era la casa de nuestras Nocheviejas y era, también, la casa de muchas tardes de domingo conversado, de muchas celebraciones improvisadas y de muchas Paraduras de Niño. Tía Josefa tenía manos prodigiosas, ojos expresivos, buen gusto y una risa grande que resonaba sus pasos. Tenía, asimismo, el genio atravesado de las mujeres de mi familia; pero, lo exhibía poco. Prefería reír nuestros cuentos y escuchar alborozada los chistes de mi madre.
Después, fue vejez y desazones y, aunque poco vivimos sus pesares, los de afuera sabíamos de ellos pues encontrábamos mecanismos para no forzarnos a romper el pudor con que las mujeres andinas protegen las miserias de la mala hora. También, y como no, porque para muchos de nosotros, se trataba de revivir un dolor de los que no se repiten. Sin estarlo, estuvimos cerca en una periferia amorosa, hasta que llegó el momento de su destino en esta Venezuela que golpea y fustiga a su gente de bien. En este país desalmado de humillaciones.
La Tía se puso mala, muy mala, en algún momento de la noche del miércoles pasado. Incapaz de identificar por sí misma la índole de sus dolencias, mi tía recibió una primera evaluación médica cuyos resultados fueron muy preocupantes. Sus hijos, entonces, decidieron lo que cualquier persona normal decide ante ese trance: llevarla a una clínica. Nadie pensó en lo mucho que eso tiene de viacrucis. Contratada la ambulancia y preparado el auxilio médico, Josefa fue trasladada a la clínica de siempre, la que escogemos los merideños por simple descarte. Allí se dictaminó que, sin más demora, la enferma requería terapia intensiva, una facilidad que, aunque existente, se encontraba impedida de recibirla. Fue entonces transferida a otra clínica y de esa a otra, y de esa, también, a otra. No era un problema de dinero. Era un problema de carencias, de camas llenas, de medicinas que no nos despacharon, de insumos que se terminaron hace semanas. Era un problema de esto-que-nos-está-pasando.
Pasadas las horas - y sin solución en el horizonte - a una de mis primas le recomendaron acudir al hospital público, debido básicamente a que allí se cuenta con una unidad de cuidados intensivos que ha sido reinaugurada varias veces, con gran fanfarria. Allá llegaron, con su madre moribunda, mis primos. Allá fueron recibidos por el país en emergencia y una funcionaria en plan de proteger el legado.
A mi tía no pasaron de darle engañifas de vida y un peloteo hospitalario que reconocía la urgencia de cuidados intensivos; pero, no terminaba de proceder en consecuencia. Es probable que esos minutos perdidos en burocracia (¿o fueron horas?) hayan sido determinantes. No lo sé. Lo cierto es que en algún momento de la madrugada la funcionaria de bata blanca, seguramente egresada de alguna universidad venezolana, informó a los hijos de mi tía - aquí entre nos - que el ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos sería mucho más expedito si mediaba "una palanca chavista". Si, así, tal cual.
Nadie de la familia podía parir en ese momento (y quizás tampoco más tarde) una palanca del color que la funcionaria de bata blanca exigía. Mi tía, en un pasillo adyacente a la UCI, languidecía mientras se intentaban diligencias vanas.
Casi al amanecer y sin que un poquito de pudor acompañara su tránsito, en ese pasillo en el que habían ido a parar sus huesos, Tía Josefa murió.
Puedo jurar, entonces, que el llanto inconsolable que acompañó a mis primos en las horas siguientes, sin duda, tuvo tanto que ver con el dolor de la perdida como con verificar, con hechos, cuanto nos odian aquellos que están puestos allí para cuidarnos.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Secreto a voces

Tres molestas emergencias médicas se han ocupado, en los últimos meses, de ponerme a dar carreras echándome a perder planes más entretenidos. Un par de intoxicaciones alimentarias y una “metida de pata” que me obligó a celebrar navidad enyesado, se cuentan entre mis trofeos médicos del 2013. No está mal, a mi edad, algunos amigos ya cuentan, por ejemplo, con un infarto. No voy a dedicarme  al cuento detallado de mis padeceres (aunque me muera de ganas) porque mi mamá decía que hay cosas que le suceden a uno de las que no está bien hablar en sociedad; así que los dejo en titulares. Permítanme, mejor, el gusto de hablar sobre las horas padecidas con una botella de suero enchufada a mi antebrazo y lo que he descubierto en su transcurso:
¿A qué se debe que este humilde servidor haya tenido que enterarse, con todo lujo de detalles, de los padecimientos de mis compañeros de emergencia? (mucho más estropeados que yo, de paso sea dicho) ¿no cabe suponer qué eso es privado?  La primera vez, mientras un par de bien intencionadas doctoras de guardia intentaban descubrir si la urticaria que cubría cada milímetro de mi cuerpo enrojecido, se debía a los camarones del almuerzo o a un antibiótico auto medicado que es otra historia (ganaron los camarones, para mi desgracia) dos médicos internistas entraron  al cubículo en que me encontraba y, sin tomarse la molestia de saludarme por lo menos, empezaron a discutir el penoso estado de salud de un joven recién ingresado al que identificaron por nombre y apellido quien, para su infortunio, presentaba una fea complicación de su recién adquirido Virus de Inmunodeficiencia Humana. Los doctores se debatían entre hospitalizarlo en esa clínica – una de las prestigiosas – o mandarlo al Hospital Universitario para que, con toda celeridad, ingresara al programa de antirretrovirales en una conversación, al pie de mi camilla, que no omitió detalles.
La segunda vez, atontado por la voraz deshidratación que me produjo una sopa de cebolla en mal estado, viví la historia de Fulanito de Tal contada por dos cardiólogos desparpajados, seguros de que el pobre hombre, ingresado un poco después que yo y en otra sala, no pasaba la noche.  Desde mi cama vi las radiografías, entendí perfectamente lo que es un derrame pleural – la más suave de las dolencias que mantenían al pobre señor entre la vida y la muerte – y conocí de primera mano el historial de dolencias cardio pulmonares que lo habían arrastrado hasta una emergencia que amenazaba con convertirse en extremaunción.
La tercera vez, mientras mi querido traumatólogo de toda la vida llegaba para ponerme yeso en mi tobillo (cosa que tomo un buen par de horas largas) me enteré, sin moverme de mi camilla de emergencias, que la señora Mengana de cual posiblemente pasó navidad desolada ante el diagnostico de un cáncer de riñón y que el señor Perencejo  suele tener esas crisis de no-se-que cosa-que-a-mi-me-sonó-muy-feo porque le encanta excederse con los gin tonic (eso último lo dijeron los doctores entre risas, asegurándose unos a otros que sólo toma gin tonic como si fuera agua). Las tres veces en la misma clínica, en el mismo cubículo y ante la mirada más bien rutinaria de Yelitza, una enfermera que ya casi es mi mejor amiga.
Pensaba que se trataba de una característica de esta clínica en particular, cuando me tocó acompañar a un amigo al Hospital Universitario para resolver algunos asuntos de eso que llaman “Salud Pública”. Pues bien, entré con él a una oficina del hospital que dobla funciones como consultorio y, mientras una enfermera de uñas navideñas intentaba resolver con enorme esfuerzo la tontería que mi amigo necesitaba, dos doctoras (a una la conozco, es médico graduada) discutían divertidísimas el embarazo ectópico de alguien cuyo nombre y apellido salió a relucir dos veces ante mis oídos.
Por pura cosa de decencia, ¿no habrá un cuartico privado en que los médicos puedan reunirse a ver radiografías, revisar resultados de exámenes, comparar opiniones y hasta formular diagnósticos, sin que se entere nadie más que ellos mismos?  Pregunto yo, por no dejar, ¿y si alguno de esos enfermos es mi prima y  no le da su real gana que yo me entere que contrajo VIH, por ejemplo, o tuvo un embarazo ectópico?  Quizás me preocupo en vano y lo que sucede realmente es que me cuesta mucho entender, desde mi cerebro desadaptado que, en realidad, como somos un pueblo de gente tan amigable le estamos haciendo un favor a Doña Mengana cuando publicamos a los cuatro vientos que acaban de diagnosticarle un cáncer de riñón; de modo que, no hay problema, mi amplio prontuario de hipocondriaco con argumentos, porque no está a salvo de médicos deslenguados, será, a la postre, la tarjeta de presentación de alguna gesta que logre convencerme de haber perdido el tiempo guardando con celo excesivo los vaivenes de mi salud: el día que me dé el infarto, primero se va a enterar mi antipática vecina del piso 5, pues ese mismo día la señora descubrirá que ya no está en edad de comer camarones.
Cuanto trabajo pudo haberse ahorrado Hipócrates, digo yo.

miércoles, 22 de junio de 2011

Obviamente, su ausencia...

Twitter está convertido en territorio obligado. Además de confesar que ya se me convirtió en adicción pura y dura, como los carbohidratos y el cigarrillo, admito que como termómetro, algunas veces arde de ansias. No encuentro otra explicación a lo que sucede en el cielo del pajarito azul, desde que el presidente de un poco menos que la mitad de los venezolanos, decidió enconcharse en su tierra feliz para someter a este país, que votó por él – varias veces – al más twitteado desasosiego.
Por leer, he leído todo tipo de rumores. La cuenta de la periodista Berenice Gómez (a) La Bicha, a quien sigo a pesar de gustarme poco, es una de las más prolíficas: por allí ha pasado todo tipo de calamidades y aunque ninguna se confirma nunca, sirven de algo. Si hiciéramos una encuesta, descubriríamos, por ejemplo, que una importante cantidad de venezolanos creen que el sabanetero está en cabecera de pista. El cáncer, enfermedad a la que tememos inmensamente, es certeza redundante: desde ayer, gana adeptos el colon y en fase terminal. Otros juran que el cáncer es linfático y, muy pocos, piensan que la bacteria se convirtió en septicemia; es decir, creen el cuento chino del absceso pélvico, pero lo aumentan. Algunos otros, (profetas del desastre los llamaría el paciente) se inclinan a pensar que en realidad, no pasa nada y que de Cuba vendrá un barco cargado de desgracias.
La verdad, como costumbre, posiblemente no la sabremos nunca. O la contará la historia, si es que se cumple alguna de las profecías que, disfrazadas de “a mi me lo contaron”, han circulado en el espacio virtual. Lo importante y por supuesto menos discutido, es el irrespeto que toda esa historia entraña.
Gobernar un país, en el que junto a las cadenas, han desaparecido también las ganas de vivir en orden, es una tarea que requiere algo más que mensajes a Jaua y ordenes que nadie sabe de donde han salido. Pero, gobernar, en el estilo omnipresente al que nos hemos acostumbrado por los últimos 12 años, exige coherencia. Si es cierto que tenemos un presidente que se preocupa por los suyos, lo menos que podemos exigir es que tenga la fineza de estarse en casa, hacerse su café y lavar la taza. Todo lo demás es un irrespeto monstruoso al que nunca podremos ponerle freno pues, entre otras cosas, también nos hemos acostumbrado al reposo medico y al ausentismo laboral.
Mucho me temo, entonces, que esta crisis tendrá su fade-out. Se convertirá en escenas histéricas de un recibimiento, para el que espero hayan convocado a Joaquín Riviera, y traerá horas insoportables de chachara televisada. Twitter reventará nuevamente a punta de escrutinios en los que, avezados conocedores de la verdad humana, nos contaran en detalle las señales de la cruel enfermedad y las estrategias electorales obtendrán provecho del sufrimiento que nosotros hemos decretado.
Después, nada habrá sucedido. Nada, como no sea la entrega indecente de nuestra soberanía a un país que perdió la suya hace 53 años y el reconocimiento, grosero, de que para la jerarquía patria, en las emergencias de patio no tiene sentido ni atenderse un catarro. Esa es la Venezuela del siglo XXI. Valdría la pena que alguien respondiera, en twitter, ¿Por qué?

martes, 19 de abril de 2011

El cuento de Mariela o las cosas que SI valen la pena

Hace algunos años, Mariela vino de Apure a estudiar en la Universidad de Los Andes. No le fue mal, vivió en un apartamento relativamente bueno, compartido con tres compañeras e hizo trabajitos en una cosa y otra, hasta que un buen día le sonrió la suerte: una familia la contrató para que los ayudara a cuidar al padre enfermo, ella lo hizo admirablemente, la voz se corrió y durante los cinco años y pico que tardó en graduarse, no le faltó un enfermo que atender. Mariela, como quien cumple un destino trazado, estudió enfermería. Salvo ocasionales encontronazos con Fisiología, estudiar tuvo la facilidad de las cosas que se hacen porque se quieren hacer. Al graduarse, exhibe orgullosa excelentes credenciales académicas y el afecto de familias a las que permitió enfrentar con ánimo, el duro trance de un enfermo grave en casa. Mariela si algo puede acumular, son recomendaciones. En el último año de la carrera y para foguearse un poco, empezó a trabajar en el Hospital Universitario de Los Andes como enfermera contratada; su sueldo sobrepasa ligeramente los 2 mil bolívares, si incluye el bono alimentario, y su jornada diaria se extiende por horas interminables, entre la sala de emergencias y el quirófano de un hospital siempre al borde mismo del colapso.
Para poderse mantener con cierta dignidad, Mariela necesita, más que antes, el auxilio de sus enfermos privados; el pago del hospital, que debería ser fijo, normalmente se acumula por dos o tres meses cada vez, llenándola de deudas que se resuelven medianamente, con el pago simbólico de familias a quienes ella cobra lo que ellos realmente puedan pagar. Sus días de trabajo, que incluyen casi todos los domingos, se alargan por 16 o 18 horas, durante las cuales ella se expone a epidemias, maltrato, enfermedades, irrespeto y violencia. Todos los días, ella es la que cierra los ojos de alguien y miles de veces, ha tenido que hacer maromas para ponerse a salvo de la furia de un malandro mal herido, en busca de salvación.
Si ella supiera hacerlo, me ha dicho varias veces, podría escribir un libro de historias de terror y sacrificios. Pero, ella no está para contar cuentos. Ella está para demostrarle al mundo que, su historia, en contra de las cosas obvias, es UN ASUNTO DEL QUE SI VALE LA PENA HABLAR.

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