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sábado, 27 de febrero de 2016

Efemérides de un arrebato

Eran casi las 8 de la mañana cuando estaba entrando a la estación Altamira del Metro de Caracas, mi ruta habitual de todos los días, con la pequeña excepción de que, ese día, mi camino hacia el Teresa  se interrumpiría por una parada en la Estación Chacaíto para tomar un café con William Niño Araque y conversar sobre dos cosas que a ambos nos apasionaban: el teatro que hacíamos en la Compañía Nacional y, cómo el arte, en todas sus manifestaciones, podía formar parte de ese casi nuevo paisaje urbano que conocíamos como “EL METRO”,  al que William, arquitecto irrepetible, le estaba poniendo toda la gracia que salía de su bien amoblada cabeza. La cita era en una oficina ubicada en un pasillo de la Estación Chacaíto, donde nos saludamos con el cariño de viejos conocidos que no son amigos no se sabe por qué, para ir juntos a  recorrer espacios que bien podrían servir de escenario a mis actores de la CNT. Antes, una secretaria simpatiquísima sirvió sendas tazas de té e intervino un poco en la banal conversación de quien empieza el día. La estación, usualmente muy congestionada de pasajeros, lucia extrañamente vacía para ser lunes antes de las 9 de la mañana y ambos comentamos que esa sensación de “ausentismo” rondaba desde mucho más temprano en otras estaciones también. La joven secretaria intervino informándonos de una noticia que extrañamente era ajena a estos dos desangelados culturosos: en diferentes zonas de la ciudad capital había “disturbios”. Sonreí con sorna. Se me salió el andino:
-          Como se nota que nunca has vivido en Mérida, esos si son disturbios serios….aquí no pasará de ser unos bochinchitos sin importancia….
Ella me miro con cara de “estos gochos tan creídos” se sonrió y no se atrevió a replicármelo. William y yo montamos una sabrosísima conversa sobre planes futuros y cerca de las 10 am, él tuvo la gentileza de abrirme una de las compuertas por las que se pasa sin pagar y acompañarme hasta el andén para embarcarme en el próximo tren. Nos despedimos al abrirse las puertas de un vagón, desacostumbradamente desprovisto de pasajeros. Por la ventanilla vi como William se alejaba caminando por el andén y como era súbitamente escoltado por un militar uniformado. A bordo del vagón, los pasajeros insistían en decir que “la cosa está que arde”…
Salí del tren en la Estación Bellas Artes, de allí tenía que caminar un par de cuadras hasta alcanzar el Teresa Carreño; habitualmente, ese trayecto lo hacía saliendo por la boca que conducía hacia la Plaza Morelos para caminar bordeando el Caracas Hilton. Eso hice, como costumbre. No obstante, al salir a la Avenida México, me encontré con una ciudad sitiada. De La Candelaria, venían en veloz carrera hordas de personas cargando a sus espaldas todo tipo de cosas, estos eran repelidos por efectivos militares, quienes a su vez intentaban custodiar con sus cuerpos a las pocas personas que alcanzamos la acera en medio de la marabunta. Me pareció exagerado, aunque me resultaba imposible mantenerme en esa esquina, no solo porque, tras de mí,  los empleados del metro cerraban las puertas de acceso a la estación. Mi única alternativa era llegar al Teresa Carreño; eso fue lo que hice. Creo que protegido por los mismos soldados que estaban en el camino, logré llegar al Teatro. Era la primera vez que veía semejante desorden en Caracas. Peor, era la primera vez que al entrar al Teatro, me encontré con todos mis amigos en estado de franca preocupación por lo que estaba pasando. Los cuentos eran horribles. Alguien nos dijo que la Avenida Lecuna se había convertido en campo de guerra. Los pocos obreros que habían logrado salir de Guarenas traían el rostro desencajado del susto, los que habíamos logrado llegar a la oficina estábamos conversando reunidos en el cafetín, tratando de descubrir lo que acontecía fuera de aquel espacio de protección que era nuestro teatro. En todo caso, lo único que no lográbamos ni empezar a entender (como decía Elías) eran las motivaciones de esa revuelta.
Pasado el mediodía, el jefe de seguridad del Teatro se las arreglo para que saliéramos de allí rumbo a nuestras casas. Nadie sabía con que se iba a encontrar, pero habíamos escuchado que el Este estaba más o menos tranquilo. Eso servía para no temer el regreso. Puedo recordar con toda exactitud que llegué a la Plaza Altamira (dos cuadras de mi edificio) en un automóvil militar cuyo conductor desconocía. En los alrededores del Obelisco la “calma chicha” de un mediodía luminoso cargado de malas noticias, me estremeció de miedo. Caminé a toda velocidad hasta mi apartamento y entré con desesperadas ansias por hablar con mi padre en Mérida; al tercer intento, lo conseguí. Su alma comunista, exaltada por los acontecimientos, me recomendó inmediatamente pertrecharme de comida y no salir, él, más que nadie esperaba, de un momento a otro, un toque de queda. Me reí de sus advertencias.
-          Papá, por Dios, en este país ni ha habido ni habrá nunca más un toque de queda, esto es una revuelta como las de Mérida, a las seis de la tarde se acaba. Los revoltosos tienen que cenar….
A las seis de la tarde, más o menos, Italo del Valle Aliegro anunció al país su primer toque de queda de la era democrática, la consecuente suspensión de garantías y algo que nos sonó a todos como un estado de guerra. De pronto, habíamos alcanzado una madurez  sangrienta. Poco después, mi vecina del piso 7 tocó el timbre para avisarme que el portu de la panadería de abajo (sí, yo tenía una panadería de un portu en la planta baja del edificio, como corresponde) había decidido abrir el acceso del garaje para que los vecinos del conjunto residencial pudiéramos comprar alimentos, sin tener que entrar por el frente, lo que habría sido una violación peligrosa al toque de queda. Bajé, como hicieron la mayoría de los vecinos y compré lo que pude encontrar: algo de charcutería, quesos, cosas raras y seis bandejas de tequeños congelados que fueron mi salvación en la ansiedad de los días siguientes. El teléfono reventaba con las llamadas de amigos preguntando “como se vivía eso” (algunos se instalaron en mi casa al amanecer del día siguiente y no regresaron a sus hogares hasta transcurrido el susto) y la zozobra de un hecho inédito en nuestras vidas ciudadanas, se instaló para amargarnos la vida por varios días sucesivos. Esa noche, asomado al balcón, entendí lo que estábamos viviendo: el hijo de una de las vecinas, típico chamo de 18 o 19 años, medio rebelde y súper inconsciente, salió a la calle pasadas las diez de la noche a gritar solitarias consignas contra el gobierno (de Pérez, en ese entonces) y fue barrido por la ametralladora de uno de los soldados que custodiaban  nuestra calle. Gracias a nuestros gritos ese chico logró sobrevivir – maltrecho - a varias balas incrustadas en sus piernas (hubo que amputarle un pie) y una gravísima herida intercostal que lo mantuvo entre la vida y la muerte por espacio de tres semanas. El edificio casi al completo se volcó a prestarle ayuda, y mientras algunas de las mujeres suplicaban un poco de humanidad a soldados entrenados para no tenerla, los hombres logramos que el chamo fuera trasladado a la cercana Clínica Ávila. (Regresó un par de meses después, con la mirada perdida y la cara de adolescente tardío azotada por el rigor de la sobrevivencia. Poco después abandonó junto a sus padres el país convulsionado en que se fraguaba el horror futuro). 
Quienes no nos habíamos atrevido a desobedecer la normalidad militar impuesta, vivimos 24 horas de terrible angustia que se alargaron por diez días mas para grabarnos a sangre y fuego las huellas de un día por el que hubiésemos dado nuestra primogenitura para no vivirlo.
Ese día, el calendario marcaba  27 de febrero de 1989: el día en que este país, al que yo creía mío, dejó - para siempre - de pertenecerme.

domingo, 20 de julio de 2014

El vuelo MH17

 
Es tan grande el horror que sus detalles han ido escurriéndose poco a poco. Como con pudor. Como si el inmenso morbo que este tipo de noticias suele producir hubiese sido silenciado por el luto incomprensible.
Había despegado del Aeropuerto Schiphol (que sirve a la ciudad) de Ámsterdam a las 00:15 horas del día 17 de Julio de 2014 con destino a Kuala Lumpur, la capital de Malasia. Era un 777-200 de la línea Malasyan Airlines. Llevaba 298 personas a bordo. 298 vidas. En el minuto 120 de un vuelo apacible que presagiaba felices aterrizajes, el vuelo MH17 estalló en millones de pedazos. 298 personas murieron, sin tiempo de darse cuenta de nada ni despedirse de nadie. 298 familias, en varios lugares del mundo, hermanadas súbitamente en el  dolor de una orfandad provocada. Una orfandad con nombre y apellido: los pasajeros del vuelo MH17 tuvieron la indescriptible desgracia de tropezar en su camino con un absurdo sin sentido, la intransigente ansia de matar de los separatistas ucranianos pro-rusos. La insaciable necesidad de sangre del régimen ruso. O no; es posible que nunca se sepa con exactitud. En cualquier caso, las manos de los rusos, de un bando o de otro están metidas allí. Lo que menos importa es el bando al que representan.
¿Cuántos de esos 298 seres humanos tenían algo que ver con el atajaperros ucraniano? Es más ¿qué tienen que ver Holanda, Melbourne o Malasya con el hecho, simple en apariencia, de que Rusia no quiera reconocer la independencia de Ucrania? Nada. En la acepción más simple y pura, absolutamente nada (lo cual no deja de ser discutible en estos tiempos en los que el papel del vecino, es fisgonear en los asuntos del otro) sin embargo; un avión Malasio, cargado de ciudadanos Holandeses, que viajaba a Kuala Lumpur, cruzando el espacio aéreo de Rusia, es el último trofeo de una guerra disparatada que solo debería importarle a ellos. De verdad,  no hay una mala palabra, no hay maldición alguna que le quite a uno la inmensa rabia
La rabia inconmensurable de saber que entre esas 298 historias se acabó el futuro, no solo del que murió, que suele ser el que se toma en cuenta a la hora de recapitular tragedias, sino (y sobretodo) de quienes tenían que ver con él. Del África Subsahariana, por ejemplo. En el vuelo MH17 viajaba, entre muchos otros científicos e investigadores invitados a participar en la conferencia mundial sobre SIDA, el Dr.  Joep Lange, ex - presidente de la Sociedad internacional sobre SIDA (IAS) entre 2002 y 2004 y actual director del Departamento de Salud del Academic Medical Center de la Universidad de Ámsterdam. Lange, reconocido como un incansable defensor de una causa que ha golpeado de manera muy especial a los pueblos del África Subsahariana, en donde el índice de fallecimientos a causa de complicaciones derivadas del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida es el más alto del planeta, empeñado en una región de la tierra que pocos dolientes tiene, trabajaba en un proyecto francamente revolucionario (perdóneseme por mencionar la mala palabra, pero cabe) de tratamiento, ya no a base de antirretrovirales – que también sirven – sino de un producto probiótico (NR100157) que podía actuar directamente sobre la flora intestinal del paciente, contribuyendo a su estabilización y posterior mejoría. Junto a Lange, su asistente marchó al otro barrio con el proyecto inacabado. Hay más, un número - no establecido realmente - (pueden ser 109 o 6, que más da) de delegados a la conferencia mundial del SIDA (empieza hoy en Melbourne, Australia) murieron en ese avión derribado. La gran pregunta es inevitable ¿y si entre ellos iba la cura de una de las más terribles enfermedades de los siglos XX y XXI?  Resulta, voy a volverlo a decir aunque suene a repetición innecesaria, que por lo menos una tercera parte de los fallecidos, demostraban en su vida diaria un compromiso absoluto con la lucha contra el SIDA y a ello dedicaban todo su esfuerzo sin aceptar algo como imposible, salvo sobrevolar con éxito la frontera de una región en conflicto en la que, paradojas del destino, la homofobia se practica por decreto presidencial.
Podría extenderme por páginas. Si no lo hago, es porque no me lo permite el dolor. Yo sé -  lo viví de cerca- lo que significa esperar por una cura para el SIDA y cerrar los ojos de quien amas, porque ese remedio no llega. Se lo que significa pensar que ese remedio posiblemente tendrá un retraso de varios años, gracias a un misil lanzado desde una oscura población de Ucrania, un pedazo de tierra helada y en “conflicto” que para muchos insensatos, es ejemplo de lucha por la libertad. ¡Carajo!
Una monja, querida y respetada por ser una de esas educadoras que deja huella, un estudiante estadounidense de tan solo 19 años, 3 hermanos de 4, 7 y 10 años de edad, una estudiante australiana y su  novio, una pareja de prestigiosos médicos patólogos, un vocero de la Organización Mundial de la Salud, un diputado Holandés, un sobrecargo que decidió trabajar en ese vuelo a última hora para pagar un favor a un compañero de aerolínea y, desde allí, historias truncadas; historias de vida que se desgarran para dar lugar a la oscuridad de la guerra. Realmente, ¿hace falta más para entender el sucio reguero de estiércol en que hemos ido convirtiéndonos el planeta? ¿Hace falta más para entender lo enfermos que estamos?

sábado, 19 de abril de 2014

¿Todo vale?

Hace algunos años tuve la suerte de frecuentar la amistad de una mujer a quien el adjetivo que mejor le acomodaba era el de "distinguida". Elegante, culta, buena conversadora y con aires de diva italiana de todos los tiempos, Elsa, quien falleció hace unos 3 años, era de verdad una mujer de tantas virtudes que de no haber mediado una gran diferencia de edades y algunos otros inconvenientes, habría sido de seguro mi compañera ideal. Su mayor virtud, cultivada en años de haber vivido las consecuencias de gente que actúa al contrario, era una total incapacidad de levantar falsos testimonios (en realidad era incapaz de comentario alguno, bueno o malo, que implicara el nombre de un ausente). Sin importar lo que estuviera en juego, Elsa jamás pudo hacer gala del mito femenino de la chismoseria. Iba más allá; de no ser absolutamente cierto, ella era incapaz de transmitir una noticia cuya certeza no le constaba fehacientemente.
En una ocasión, mientras cenábamos juntos, alguien nos avisó que un sacerdote de ingrato recuerdo, pues había sido un adversario frontal y peligroso contra cierto proyecto teatral que quisimos emprender en nuestra universidad;  había tenido un accidente mortal en circunstancias poco propias de quien ostenta el ministerio divino. Yo levanté mi teléfono para llamar a otro amigo común a quien yo creía le interesaría muchísimo saber lo ocurrido. Elsa me detuvo en seco:
 
-          ¿Tú estabas en el sitio del accidente? me preguntó.
-          Obviamente no, le respondí.
-          Pues entonces no pongas a rodar la noticia, tú llamas a Ernesto, él llamará a alguien más y dentro de 15 minutos, el nombre de Father Mackenzie estará convertido en un lodazal y nadie se merece eso.
No lo llamé, por supuesto. Un rato después supimos que el accidente había ocurrido en verdad, pero que Father Mackenzie (a quien la casualidad y nada más que la casualidad había situado en el sitio de los hechos) había salido de eso ileso y tan sobrio e incólume como había entrado.
Hace varios días que he sentido la urgencia de conversar con Elsa. Es un poco más que la nostalgia de los amigos muy queridos que se han ido pronto, es la necesidad de alguien que me sirva de cable a tierra en estos tiempos revueltos en los que parece que todo vale, incluso (o sobre todo) el uso desproporcionado del nombre, privacidad y fama (cualquiera que sea) de tirios y troyanos, para hacer valer alguna terrible confidencia que dará al traste, esta vez sí, con la estabilidad de la dictadura, si es que tal cosa existe.
Busco razones para justificar esta cosa lenguaraz de los venezolanos y solo se me ocurre fabularlo pensando que hay alguien, en algún lugar secreto, recopilando todo lo que nosotros, chismosos irredentos, creemos que sucederá en las próximas horas, (o lo que es peor, queremos que suceda para salir a pegar algunos gritos en la esquina) o, lo que cualquiera, de cualquier bando, cree que es la versión oficial (muy dañina siempre, por cierto) de algún suceso "en pleno desarrollo". A partir de eso, ese alguien escribe mensajes y los pone a rodar para que nosotros, rebaño pastoreado por la inconsciencia emocional, llevemos al altar del sacrificio algún cordero cuyo castigo nadie está seguro de haber sentenciado. Es, por ejemplo, lo que hemos hecho ante la falta de explicaciones que acompañan el secuestro de Nairobi Pinto (quien paso de ser la amante de Gaby Arellano a la amante de Ramírez Torres en pocas horas y unas cuantas barbaridades mas) o lo que hacemos diariamente ante los, algunas veces difíciles de explicar, silencios de ciertos líderes de oposición, o ante  los incontables "sapos" que, sin haber abierto la boca, han recibido todo el daño que causa el odio de nuestras lenguas viperinas cuando se unen al incansable trinar del pajarito azul.
Probablemente sea cierto que en esta guerra  todo vale, que no se puede responder balas con flores, que, bueno… el venezolano es así; pero, mucho me temo que lo que sucede en realidad es que sin darnos cuenta hemos caído en un juego de proporciones macabras: el que nos pusieron a jugar los genios comunicacionales del G2 cubano. Gente que si sabe de chismes, desprestigios, daños y despropósitos.

miércoles, 2 de junio de 2010

La ira de los Dioses

Algunos medios informativos, han hecho verdaderos esfuerzos por intentar explicar, de algún modo, el vil e imperdonable ataque a la Flotilla de la libertad, perpetrado por tropas Israelitas. Esta tarde, por ejemplo, leía en MSN, que se podría comprobar que la tripulación turca de la flotilla, tenía ciertos lazos con organizaciones terroristas; entre tanto, el primer ministro Netanyahu, hace lo indecible por no lucir como el díscolo gobernante que ordena fuego cruzado contra quienes, aparentemente, intentaban paliar las espantosas condiciones de vida del pueblo Palestino asentado en la franja de Gaza. Nada, sin embargo, puede explicar lo sucedido, como no sea el convencimiento pleno de que la franja de Gaza es un territorio emblemático de la resistencia Israelí contra el estado Palestino y que su defensa, instilada en los Israelitas como un mantra religioso, no es tan sólo un asunto de territorialidad. Por Gaza, ellos harán uso de toda su soberbia y de toda su fuerza. En su nombre, se seguirán cometiendo terribles errores; este último, el más grave que se recuerde en muchas décadas. Ha caído pues, sobre el estado de Israel y sobre las cabezas de sus gobernantes, Netanyahu el primero, la ira de los Dioses. Dioses de todas nacionalidades que no paran de condenar al gobierno de Israel. El asunto, de tan complicado que suena, merecería un estudio profundo que, desde luego, no estoy en condiciones de hacer. Me atrevo a decir algo porque, a medida que leo las noticias relacionadas con el hecho, me asalta el temor de la guerra; justo en tiempos en los que por estas lejanas latitudes, tenemos un gallito de pelea buscando una buena excusa para meternos a todos en una confrontación real, que supere la que día a día vivimos como sustento de nuestra cotidianidad.
Es bueno saber que, mientras tanto, se cuentan por miles las personas que intentan, ante el horror, enfrentamientos armados de alta intelectualidad y profundo conocimiento. Tal vez, entonces, las maldiciones que alegremente nuestro sabanetero ha lanzado contra el estado de Israel, se conviertan por obra y gracia de los que creemos en la paz, en razones para seguir buscando dentro de cada uno de nosotros, un perdón indispensable y una manera legítima de alzar la voz, frente a las abominables acciones de los locos que gobiernan la tierra.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Destemplado y sin sorpresas

No sorprende el llamado a guerra del sabanetero. Se parece a otros, que en circunstancias distintas, tampoco justifican el sonar de los fusiles. Llama la atención, tal vez; pero no sorprende. Nos hace pensar si estamos preparados para otra guerra más, cuando en la nuestra, las bajas se empiezan a contar por miles. Pero no sorprende. Una guerra con Colombia parece poco probable, pero eventos de la historia reciente demuestran que un gobernante enceguecido, necesitado de un golpe de proporciones descomunales y rodeado de perros hambrientos de plata y poder, puede hacer estallar volcanes. Como Bush, por ejemplo, quien se valió de una tragedia espantosa para emprender una guerra que contó hasta con el auxilio de Dios y dejó al mundo tratando de remendar un capote demasiado roto. La guerra, como es costumbre, ha demostrado su inutilidad total. Y lo volverá a demostrar en el caso de una eventual guerra nuestra, que podría pasar a la historia como el hecho bélico más bochornoso de todos los tiempos; no sólo porque los venezolanos no estamos ni entrenados, ni dispuestos a morir por razón alguna; es básicamente porque una guerra cualquiera (en el caso improbable de que se asuma con seriedad) nos va a enfrentar con el dilema inédito de tener que defender una entelequia, a la que todos dejamos de llamar patria desde el centro de nuestras emociones. No sorprende ese grito de guerra. Mucho menos viniendo de quien no ha logrado parar la guerra que el mismo inició hace once insoportables años. No sorprende porque ese grito es el destemplado grito de un traidor. Ese grito está dirigido a quienes siguen su juego y cuentan monedas. Los demás son malandros que convirtieron el odio de clases en una razón para vivir, y perpetúan la saga de los grandes absolutistas de la historia. Todos han muerto solos y con la mayor cobardía.

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