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martes, 27 de agosto de 2013

Vuelve la burra al trigo...

Una vez más los venezolanos hemos sido levantados (los que todavía tienen tiempo para eso) al grito enardecido de ¡MAGNICIDIO! un grito – bastante destemplado ya, todo hay que decirlo – que nos alerta sobre la posibilidad, inminente, de que el presidente de la república, sea asesinado en el momento menos pensado, (que un asesinato se piensa al detalle, pero no se cuenta ni se avisa) Un señor, con cara de honda preocupación y muy pocos amigos, ha contado con suficiente detalle como para que uno se angustie, el plan macabro llamado, según leí en algunos periódicos, de la “carpeta amarilla” supongo que porque dentro de una carpeta de las que conocemos como manila, se guardaban los planes con mucho cuidado; hasta que vino alguien con más maña que los magnicidas y les descubrió el pastel, completico. Claro, inmediatamente lo revelaron al país entero, buscando adeptos para su causa. La del magnicidio. Que para la otra ya no buscan, porque ya son todos los que están.
Es una herencia perversa, de las muchas, que les dejó el difunto. Durante los años aquellos en que el señor que hoy reposa bajo una lápida de mármol, se esmeraba en pasarse horas y horas hablando de sus enemigos y de los cañones que, listos para dispararle, le perseguían en todos sus delirios, instiló ese virus a todos los que estaban siendo ungidos para heredarlo; ellos, como buenos piratas que son, no han tardado en  seguir sus pasos.  En el poco tiempo que el heredero ha desgobernado el país, por lo menos hemos sabido de unos tres intentos “serios” para acabar con su vida. Ninguno ha podido ser comprobado fehacientemente, ninguno ha dejado a nadie en prisión hasta el fin de su vida, ni ha servido para nada que no sea perder un poco de tiempo en cadena nacional, algo que por lo demás, en estas latitudes se usa para, más o menos, cualquier cosa.
Ya no hay sorpresas. Cuando el informante dice que el “asesino” - atrapado casi con las manos en la masa -  es colombiano, todos pensamos inmediatamente que en realidad de quien andan detrás es de Uribe, a quien se la juran de cuando en cuando. Si el informante dice que las llamadas se hacían desde un teléfono – incautado, por supuesto – que tenía un código español, prepárate Aznar que salió tu número. Pero, si el potencial magnicida es un pobre cineasta norteamericano que se pone de tonto a perseguir imágenes de “esto” en una cámara Sony, la cosa es con la CIA y eso, en palabras de ellos, son palabras mayores.
Es lo que tiene vivir con el susto pegado al cuerpo y no permitirse aceptar las verdaderas ironías de la vida: el verdadero magnicida, el único que han conocido los ojos revolucionarios, murió en una cruz hace dos mil y pico de años, si hacemos caso a la Biblia y  no al destemplado anunciante de ahí viene un lobo, que no ha venido...y no llegará de afuera.

miércoles, 26 de junio de 2013

¡En Carabobo!

La única vez que estuve en el Campo de Carabobo en toda mi vida sucedió hace 42 años. Yo tenía 10 y mi papá,  en su nunca reeditado empeño por mostrarme alguno de los “altares de la patria” inventó, muy para mi desgracia, un paseo para el Campo el mismo día que se celebraba – en el más puro estilo  bananero  – el sesquicentenario de la batalla que selló la Independencia patria. Fue una ocasión familiar de las que uno guarda en su inconsciente más profundo, no olvida nunca y evita contrastar hasta con los involucrados, que fueron muchos:  un buen número de primos, mi hermano mayor (que, en silencio, empezó a deslastrarse del apellido ese mismo dia) algunos de mis tíos y mi abuela Ofelia, en cuyo auto, un enorme Ford Fairlane azul turquesa nos embutimos los niños más cercanos al afecto de mi padre.
Me cuesta decirlo; pero, de todas las oportunidades que mi familia tuvo para patentar un neo concepto de disfuncionalidad rampante, esa no tuvo desperdicio; así que, por puro pudor,  no voy a entrar en detalles. Baste con decir que salimos de Carabobo en un estado mucho más ruinoso que las tropas que 192 años atrás corrieron tras los españoles infamantes aniquilándolos,  no se sabe cómo, y que mi abuela tuvo que apelar a todo su histrionismo neo espartano, para evitar lo que bien pudo haber sido una condena a cadena perpetua para mi padre, venezolanamente borracho. El calor inhumano, el plástico de los asientos del auto de mi abuela, la falta de comida, la monumental cola de automóviles que cerró por completo cualquier posibilidad de regresar a la casa de El Trigal y al abuelo principesco, son algunas de las razones que esgrimo para voltear los ojos y secarme el sudor frio cada vez que  en camino a la playa, por ejemplo, paso por un lado del glorioso monumento. Fue horrible. Lo juro por este puñado de cruces.
Algunas de las poquísimas oportunidades en que he tenido la leve curiosidad de visitar esos mismos altares de la patria que  mi papá quiso mostrarme alguna vez, (esperen que un día les cuente lo de la Cueva del Guácharo….¡Jesús Sacramentado!) el Campo de Carabobo es  una ráfaga de recuerdos tan feos, que rápidamente sale del itinerario. Nunca más quise ver, ni por televisión,  ninguna de las epopeyas que, en nuestra vida republicana, han escenificado en el sagrado recinto in memorian ; pero, basta que uno haga planes definitivos en la vida para que Dios estalle en carcajadas. El pasado 24 de Junio, (es decir, anteayer casi) en pleno disfrute del día de no hacer nada, que aquí se conoce como día de asueto,  se me ocurrió averiguar en que andaban los señores aquellos que no nos gobiernan pero se autoproclaman gobernantes y…muéranse…estaban en el Campo de Carabobo reescribiendo la historia hacia su lado más chimbo.  Entonces empecé a pedirle a Dios que ningún muchachito de 10 años haya tenido la mala suerte de verse en lo que me había visto yo 42 años atrás. Twitter (inefable transmisor de lo bueno,  lo malo y lo feo) se ocupó de ponerme al día y, poco antes de que terminaran las celebraciones de mi santo, ya estaba enterado en detalle de las tropelías bolivarianas que se escenificaron allí, donde aparentemente un puñado de venezolanos mal pertrechados, dieron su vida por la libertad de la patria y el ideal megalómano de un mantuano llamado Simón Bolívar, ahora puesto en duda, a juzgar por la iconografía obsesiva  de quienes siguen, con el mismo fervor, a Sai Baba y  al difunto comandante supremo. Hubo de todo,  como en botica,  más alguna sorpresita insuperable, como  las tetas erguidas de nuestra mujer bolivariana, apenas cubiertas por una manito de témpera que no ocultaba los pezones del deshonor. Y ojo, no tengo absolutamente nada en contra de un buen par de tetas, es que me parece que deben mostrarse en donde deben mostrarse, a menos que usted se llame Janet Jackson y listo.
Es posiblemente un asunto de mala suerte. Carabobo siempre estará ligado a lo que no se hace y quizás, al pésimo gusto heredado de ancestros ceremoniales caribes. Siempre será un calorón y un chorro de sudor abierto desde el amanecer. Servirá, siempre, para que gobernantes gordos y mal encarados  exhiban sus impudicias bajo la lana fría de trajes que uno no se pone en el trópico, desde descapotables muestras de un poder que no llega a nadie. Servirá, siempre, para que el imaginario se confunda de muertos y cambie de rostros. Servirá para todo.
Incluso para que peinar canas sea un acto cargado de traumas contra el abuso perpetrado por el uniforme y para que dos presidentes en pugna, ninguno de los cuales ha sido legítimamente favorecido por sus electores, echen un pulso, laven sus trapos sucios en nuestras amplias ventanas y exhiban, sin vergüenza alguna, las tetas operadas de sus mujeres sin conseguir disimular que, en la intimidad de las milicias patrias, ni manda el que parece, ni el que manda ha conseguido la forma de conjurar la herencia que le dejó el maluco de su padre.

jueves, 7 de marzo de 2013

Cadena de duelo

Seguidores-continuan Ayer estuve, casi todo el día, viendo televisión y leyendo lo que analistas con conocimientos mayores, o escritores con mejor pluma, han dicho. Después, me dediqué a escucharlos, a ellos. A ver sus miradas perdidas, sus dolores, su orfandad resuelta en una línea lanzada al bullicio. Ayer estuve revisando, sin querer, la herencia irrenunciable que ha dejado 14 años de gobierno. Ayer vi el llanto de las hijas, sus ojos hinchados, su desconcierto y su gratitud. Ayer vi el llanto de la madre conmocionada. Era imposible sustraerse al ruido inmenso que ha producido su muerte. Era imposible sentirse confortado por algo que no existe.
Pasados los primeros momentos del duelo lloroso, plagado de mentiras y escondites, entendí, con pesar, que nos tocará enfrentar una realidad que es demasiado dura: Nos odiamos. Punto.
Nosotros los odiamos a ellos, aunque hayamos sido capaces de respetar su dolor, aunque hayamos sido capaces de permanecer gallardamente a la sombra. Aunque hayamos sido capaces de conmovernos ante las imágenes de una muerte que, a decir verdad, ni buscábamos ni creíamos posible. Aunque hayamos sido capaces de convivir con cierta hidalguía.
Ellos nos odian a nosotros. Nos odian desde lo profundo, desde la mentira que nos convierte en depredadores, en ambiciosos representantes de una derecha retorcida capaces hasta de fabricar un rabdomiosarcoma en algún laboratorio imperialista. Desde la certeza de que no tenemos vida para hablar, de que no hemos llorado a su comandante. Desde la falsedad infame que nos convierte en atracadores de sueños, de logros, de prebendas y de vidas sudadas en la entrega al líder, hoy convertido en Dios, en el cielo.
Nuestras ganas de país son una trampa para volver y matarlos. Nuestros deseos de formar parte, son una emboscada diabólica para demoler sus ambiciones. Nuestra preocupación por el futuro - que nos debería importar a todos -una matriz de opinión desestabilizadora.
Ellos nos odian, nosotros hemos respondido con odio. Estamos como al principio. Es increíble que una muerte haya vuelto a parir la peor de nuestras dolencias: Venezuela partida en dos mitades inexactas, crueles, resentidas.
Escuché a muchos. A cientos, tal vez. Escuché sobre todo, a los más jóvenes. Hoy amanecí más preocupado que nunca. Un futuro no se construye ni sobre el cadáver de un hombre, ni sobre el odio que ese hombre ha dejado como herencia.
Que en paz descanse, la paz. 

miércoles, 6 de marzo de 2013

Q.E.P.D

luto qepd Espero que no se me olvide recordar que estaba en la escuela, que eran casi las 5 de la tarde cuando escuché el llamado de la directora avisándome que había cadena nacional. Espero recordar, siempre, que me enteré de su muerte de esa forma, y que me dio un susto tremendo, una preocupación tenaz; que mandé a los muchachos para sus casas y regañe a varios que empezaron con los chistes y las inconveniencias. Espero que no se me olvide que fue imposible llamar a mis hermanos o a alguien más, que no había Twitter, ni Internet, ni telefonía celular o de la otra. Que no tenía televisor y ansiaba llegar rápido a mi casa.
Espero también que no se me pase la preocupación ni se me acabe el susto. Pero, sobre todo, espero no convertirme en un hereje. Espero no tener que bailar sobre su tumba, ni alegrarme por su muerte o su sufrimiento; espero, como dijo mi amiga Carolina, tener fe de que estará rindiendo cuentas ante el único tribunal que no pudo comprar. Espero comprender a los que lo lloran, a los que se sienten huérfanos y a los que lo adversan. Sin embargo, no quiero comprender a los que desde el exilio, dan muestra de una venezolanidad que no me pertenece.
Construir un futuro sobre el cadáver de un hombre, seguramente es pavoso. Sentirse feliz por la muerte de un hombre no es nuestro. Los venezolanos de bien no reaccionamos así. No bailamos los funerales de nadie, no irrespetamos. Prefiero creer que no hemos cambiado tanto. Sencillamente, no me parece necesario guardarle rencor a un muerto, no me parece apropiado. Es una energía dañina, es agua sucia que se empoza en alguno de los desagües del alma y nos corroe sin remedio.
Sí, yo sí creo que haya que pedir por el descanso de su alma. Yo sí creo que debemos pedir que descanse en paz, yo sí creo que debemos, cómo me enseño mi madre, esperar que Dios lo saque de penas y lo lleve a descansar. Sé que muchos venezolanos no han tenido ni tienen paz en sus almas y en sus cuerpos, por su culpa. Sé que nos dividió, nos partió en dos una historia que ahora nadie conoce; sé que nos hizo daño a cuenta de su fría crueldad inconmensurable. Todo eso lo sé y lo siento muy dentro de mí. Pero, ya no podré cobrárselo, ya nadie podrá cobrárselo.
Ni modo, se nos adelantó Dios. Fue su destino inexorable. Que se ocupe Dios de ajustar cuentas; yo no puedo, lo siento; mi religión no me lo permite. Yo creo en el perdón, yo trataré de aprender a extender la mano, cosa a la que tampoco me atrevo hoy – todo hay que decirlo - y aprenderé a vivir con las malas noticias que vienen y a cuidarme, de mí y de mis demonios.
Los que celebran su muerte, los que bailan sobre su féretro, nos llenan de vergüenza y oprobio. Están equivocados y no tienen derecho a estarlo. Nosotros, aun desde el odio, se supone que no somos así, que no somos eso, que no fuimos criados de ese modo.
Soy de los que creo que ha llegado la hora del recogimiento y la reflexión. Posiblemente, ha llegado el futuro. Vamos a salir a saludarlo con humildad y decencia.

martes, 1 de enero de 2013

Silencio

Hace dos días comencé a creer seriamente en la enfermedad del Presidente de La República. Negándomela desde sus inicios, como una de esas cosas que en la vida real no le sucede a un hombre con tanto poder, llegué a compararla con la conocida estrategia de enfermar al protagonista, que inventaron los cubanos cuando una telenovela perdía rating. Siempre que pude, desmentí rotundamente los rumores que circulaban por las redes sociales y los ventorrillos del país y recuerdo haber subido el tono para asegurar que todo era una patraña.
Hace un par de días cambié de parecer. Fue un detalle casi imperceptible sucedido en un programa de Globovision, (al que me acerqué con recelo buscando información) lo que ayudó a convencerme: los periodistas que conducían el programa, tenían el mismo requiebro y el mismo “guabineo informativo” de cuando hemos perdido elecciones. Esa cosa de aparentar que sabes algo crucial pero no puedes – o no te da la gana – de contarlo y entonces, te dedicas a darle vueltas en un juego perverso de adivinanzas y suposiciones.
Es más o menos lo que está haciendo todo el país, de la mano de dos insignes informantes que buhonerizan la historia oficial, para que cada quien la interprete a su modo. Lo hacen, con sus más y con sus menos, sobre todo en ocasiones en que la sensibilidad del “pueblo” está exacerbada - como esta Nochevieja - o cuando se acerca un evento político de gran tra la la. A partir de lo que cualquiera de los dos dice, se arma una red de análisis y comentarios tan rebuscada y exagerada en sus detalles que termina siendo sospechosa. Por eso el descredito, el sorprendente y morboso descredito de un colectivo que, bien porque lo admira y prefiere la negación o lo adversa hasta el punto de creerlo capaz de cualquier horror, de todos modos lee y sigue con acuciosidad todo lo que se escribe o se dice sobre la salud del Presidente, pero no lo cree.
Son aportes al ruidoso silencio que rodea el problema político más serio que Venezuela ha enfrentado desde el inicio de su vida republicana. Son también, estrategias de mitificación del líder, con cuya intimidad no se permiten cercanías y es en último caso, una demostración de poder que puede rendirle beneficios a quien la ejerce.
Es en realidad un error garrafal. Nuestra tendencia a las habladurías no ha debido jamás enfrentar semejante prueba. Puestos a escoger, creo que nadie olvidará nunca los días en que el Presidente estuvo enfermo (de verdad o de mentiras) en La Habana. Y eso no ha debido permitirse nunca. Unos bien intencionados partes médicos cada dos o tres días, leídos por algún buen “doctor” de bata blanca y estetoscopio al pecho, habrían devuelto la calma y mantenido las aguas a su nivel.
Hoy, cuando se supone que el señor agoniza en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital cubano, de lo único que tenemos certeza oficial es del silencio que rodea sus estertores. Aun así, yo he decidido pasarme al bando (minoritario) de los que creen en su gravedad y sienten pena por él. Sólo me gustaría no estar perdiendo mi tiempo.



miércoles, 27 de octubre de 2010

Del Sur y sus lecciones

Anoche mi televisor se quedó en Televisión Argentina, no se por qué, y allí se encendió esta mañana, cuando recién levantado, buscaba las noticias del día. Una narradora comentaba algo que no entendí, sobre el traslado en grave estado del ex presidente argentino a un hospital público. En sólo un segundo, su cara y la de las otras dos mujeres que la acompañaban, transmutó en expresión de gigantesco asombro; una imperceptible pausa dio paso a la noticia trágica: Ha muerto, dijo. Retomando una compostura difícil de mantener, leyó el titular; tan sorprendida como todos: “Podemos confirmar que el ex presidente Nestor Kirchner ha fallecido a consecuencia de un paro cardio-respiratorio, mientras se encontraba en su residencia del Calafate”. Lo que siguió fue un maremagnun de noticias que me mantuvo en vilo por un buen tiempo. Era cierto: El hombre fuerte de Argentina fallecía a los 60 años de edad, dejando una viuda en el poder y un legado, hasta ahora, dificilísimo de calibrar. Amanecíamos, otra vez, con una mala noticia que viene del sur y que, lejos de todas las consideraciones que otros puedan hacer sobre su alcance y contenido político, nos abruma en el paso de las horas con una nueva lección de decencia. No me gustan los Kirchner, para nada. Los encuentro populistas, tramposos y obsesionados por el poder. No les perdono que hayan trabado esa perversa amistad con el sabanetero y me encantaría saber si algún día harán algo para esclarecer, aunque sea, el tema del maletín; para mi, son dos peones más en la corte de chulos bolivarianos. Pero, ante la tragedia y tal vez por pocas horas, algo de simpatía han logrado despertar. Tal vez porque hoy se ensayan formulas de convivencia a las que 12 años de desafuero, nos han desacostumbrado por completo. Las expresiones autenticas de los lideres opositores más férreos, postergando el debate político; la presencia del rabino mayor en la misa que ofició el Cardenal Primado y la cautela con que tirios y troyanos han manejado las primeras horas del legitimo dolor del pueblo argentino de a pie, me han dejado anonadado; pues la costumbre me hacia suponer un atajaperros en acento de tango, que descalificaría la majestad del duelo y la verdad de la muerte. Pero no; otra vez, un país del sur nos enseña a estar unidos frente a la adversidad y a no reírnos de designios imponderables. Probablemente al concluir las solemnidades funerarias, saldrá la jauría a atacar. Cristina cambiará crespones de viuda por espacios de poder y muchas verdades querrán ser ventiladas. Sin embargo, hoy nada ni nadie podrá decir que no supieron hacerlo. Es por eso que, un poco de vergüenza, me hace inexplicable lo que percibo en muchos venezolanos. Es por eso que me alarmo, que no entiendo. ¿Cuando se convirtió en normal, mofarse de la muerte? ¿Cuando descubrimos que somos indoblegables? ¿A donde se fue la humanidad y el decoro? ¿Que nos pasó? ¿Por qué nos convertimos en esto?

viernes, 15 de octubre de 2010

Al final del túnel

Han transcurrido un par de días desde que, en emocionada vecindad con cada rincón de este ancho y convulsionado planeta, vimos salir de la Mina San José a los 33 mineros atrapados por casi 70 días. Sin duda, un momento histórico de esos que uno recuerda con nitidez Kodak por el resto de la vida y que, a diferencia de otras emociones colectivas en los tiempos modernos, implicó una buena noticia. No faltó detalle alguno. El mundo lo vio, lo comentó y lo disfrutó en tiempo real, hasta en sus detalles más íntimos. El tiempo, que todo lo pone en su justo lugar; está empezando a darle perspectiva de realidad a lo acontecido y desde todas partes la proeza ofrece caminos: Reality Shows, películas, libros, series de televisión e infinidad de productos alusivos, están en proceso y seguramente algunos de nuestros gurús siglo XXI ya habrán conseguido significados iluminados, en perfecta consonancia con comentarios tan cursis como lo de la pachamama pariendo, o la tierra cuyo corazón se parte en dos para parir nuevos seres de luz. Nadie quiere perderse lo que siente que le toca de un pastel, al que legítimamente todos tenemos derecho. Por eso percibo totalmente natural, que el gran ganador de esta historia sea el presidente de Chile, Sebastian Piñera. Un tipo que estuvo al pie del cañón, literalmente, durante todo el proceso de planificación, rescate y salvamento, otorgando resultados que superaron toda expectativa. El país cuyas intimidades son poco conocidas, se puso en el mapa sin revelar demasiado y algunos latinoamericanos tuvimos, por primera vez en años, la ocasión feliz de escuchar a un mandatario decir cosas como “me siento orgulloso y agradecido del trabajo realizado por los parlamentarios de la región de Atacama” (parlamentarios que pertenecen al súper opositor partido comunista) y algunas otras maravillas reales sobre la unión y fraternidad de un pueblo alrededor de una causa. Eso ha sido lo mejor que, para mí, tuvo el rescate. No estoy acostumbrado a que el presidente de un país de la región tenga y use un tono conciliador y feliz; mucho menos lo estoy a que ese tono sea auténtico. Tampoco estoy acostumbrado a la eficiencia y el orden, o a un plan que se establece y no se cambia, o a la búsqueda de recursos donde deben buscarse porque allí existen. No se cuando fue la última vez que pusimos todo en el asador a favor de otros y, no tengo la menor idea de cuando nos sentamos al lado del que lo necesita, para escucharlo realmente y, tomando en cuenta lo que dijo, construir un proyecto concertado, en el que todas las consultas den paso a tres opciones líderes que trabajen juntas y sin estorbarse, hasta que una de ellas alcance el objetivo esperado por los demás. Mucho menos recuerdo cuando, (si es que sucedió alguna vez) las dos opciones que no completaron a tiempo su trabajo, permanecieron trabajando al lado de quien si lo hizo, por si llegaba a necesitar alguna ayuda. Creo que lo que no recuerdo, básicamente, es a que horas y por qué, nos encerramos en nuestro propio túnel y quien fue el que botó la llave. Por suerte, después de Chile, estoy empezando a ver una lucecita, casi un cocuyo, y estoy empezando a verlo en el otro extremo del túnel. Tal vez crece. Dependerá de lo que hayamos aprendido.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Hablemos de ética

Obra: Tribunal Supremo
Autor: Victoriano Salas
Vestida de rojo y exhibiendo los símbolos del poder, la presidente del Tribunal Supremo de Justicia, apareció hace un par de días en un noticiero de televisión pontificando sobre la ética – o mejor dicho, la falta de ella - . Se refería, Luisa Estela, al voto salvado de la magistrada Blanca Rosa Mármol de León, en el caso de los comisarios presos, por obra y gracia del sabanetero. Decía, Luisa Estela, que la Dra. Mármol de León, al salvar su voto y documentar debidamente las razones que tuvo para ello cometió, no sólo un acto de irrespeto al “máximo tribunal”, sino y sobre todo, un acto de reverente falta a la ética de un servidor público. La escuché con asombro. Con el asombro interminable de quien ha escuchado muchas cosas dignas de risa y muchas otras dignas de horror. La escuche también con incredulidad: ¿cómo se atreve a dar lecciones de ética, la misma persona que ha puesto su firma en incontables casos donde los derechos más básicos de un ser humano han sido expoliados de manera burda y tramposa? ¿Cómo puede hablar de ética? Ella llegó allí gracias al apoyo de las huestes revolucionarias, para ejercer un mandato (cuya íntima concepción de servicio luce secuestrada) muy diferente a aquel con el que permitió que nuestra máxima esperanza de justicia ciudadana, fuera convertido en un burdel donde se compran y se venden dignidades para mantener un error en permanencia. Ella tiene que saberlo mejor que nadie, ella no puede darse el lujo de descalificar la valentía de una magistrada, usando una palabra que, en su boca, suena a blasfemia pagada. Los demás pueden, aunque no deban, pero ella no. Ser presidente del Tribunal Supremo de Justicia exige posiciones equilibradas, aunque para perderlas te cubran de oro. Exige también comprender cabalmente el significado ético de su cargo y ejercerlo a despecho de cualquier circunstancia; pero, eso es demasiado pedir en estos días.

martes, 20 de abril de 2010

Che..a que viniste?

No hay sacrificio que detenga la ambición de la presidenta. Eso lo notamos, entre otras cosas, ayer; cuando, con la decencia que se impone ante visitantes impuestos, tuvimos que recibirla en casa. Cristina vino; se quejó del calor, desplegó un gran abanico blanco, se mojó los pies en la alfombra del aeropuerto; exhibió modas tropicales - discretamente coloridas - y las marcas irremediables del estropicio del poder y el paso de los años. También fue la oradora de orden en un acto solemne en el que ella no tocaba ningún pito (se conmemoraba la Independencia de Venezuela, por si no terminó de entenderlo) y recibió buena paga por ello: Veinte y tantos acuerdos de “Cooperación Bilateral” en los que el gobierno del sabanetero se compromete a seguir gastando dinero en la patria de Perón, mientras las calamidades propias se amontonan en nuestro patio, como el colágeno en los labios deformes de su excelencia. Tuvo, eso si, espectadores de excepción: Los conserjes de la cueva de Ali Baba, estaban todos embobados por los rupestres encantos de una mujer que sabe guiñar el ojo, mover sus manos manicureadas y hacer pucheros, pero no es capaz de detener bacanales ni sacar cuentas claras. Sin embargo, allí la tuvimos; dando consejos de integración latinoamericana; recitando, de paporreta, tópicos vacios y coqueteando con quienes aplaudían, más que un discurso, el argentino deseo de exportar un destino plástico y paralizante, como el botox. No tengo dudas que ese país ha producido mujeres más valiosas y con mejor aspecto, pero; ya que tenemos que pagarle tan caro a una de las que está de moda, me permito recomendar que para el 5 de Julio se traigan a Susana Giménez, al menos, su estilista es mucho más avezado que el de Cristina.

sábado, 26 de diciembre de 2009

El Doctor Caldera

Me instalé, con la calma propia del que está de vacaciones, a ver por televisión los detalles del fallecimiento del Presidente Caldera. Me pareció que tenia fuerza de urgencia histórica, que necesitaba enterarme de cada detalle para ver si recordaba, con claridad, que en algún momento, en este país, se hizo política con un poquito de decencia y hasta majestad. No he debido hacerlo. No me ha dolido tanto la muerte del anciano ex presidente, como la del país que se entierra día a día junto a sus memorias. Nunca fui Copeyano, mucho menos Calderista. Admiré su inteligencia y decoro; pero jamás le di un voto, ni me rasgué las vestiduras por él. Esta mañana cuando veía un nuevo reportaje sobre su época, casi lo lamenté. Por lo menos, entendí que estábamos despidiendo a uno de los protagonistas más relevantes de la historia venezolana del siglo XX. Y créanme; ante la escasez, se me erizó el pellejo. Entonces pensé que el Doctor Caldera fue un señor que entendió, sin esfuerzo, que un país cualquiera se saca adelante respetando las instituciones, acatando las leyes y demostrando, con el ejemplo, el valor de la honestidad. Y ese es un legado muy valioso. No se nada de su probidad personal; tal vez prefiera acogerme a la creencia venezolana que TODOS han robado, más o menos. Pero, puedo decir porque lo viví, que en sus gobiernos, la decencia administrativa parecía ser una prioridad posible. Todo lo demás me importa muy poco. Tanto los gobiernos de Caldera, como de cualquier otro, estuvieron plagados de errores; pero a diferencia de otros, Caldera gobernó el mismo país que ellos, tratando de ser honesto. En este salvaje enclave de ladrones, vale la pena por lo menos, recordar esa insignificante virtud para ver si alguien admite que hace falta.

viernes, 2 de octubre de 2009

¿Por qué no buscarán oficio?

¡BRAVO! Ahora resulta que para la patria y su crecimiento, es imperativo que la justicia caiga “con todo su peso” sobre el cuerpo gastado y enfermo de Carlos Andrés Pérez. Debe ser que alguien tuvo un mal sueño en Miraflores, se vio con el manto de la justicia sobre los hombros y en el delirio de la madrugada silenciosa de la casa de gobierno, profirió los gritos de rigor… - Que me traigan a Pérez... ¡YA! Que me extraditen a Pérez - Que metan a Pérez en Yare… Y claro, como era quincena, Luisa, la fiscal, salió rauda y veloz a escribir el documento y a llamar a sus panas de INTERPOL: - Vamos a buscar a Pérez, vamos a traerlo humillado a la patria que desfalcó. Orden dada, orden cumplida. Ahja. ¿Y ahora? A ver, Luisita, ¿a quien demonios le importa Pérez? ¿A ti no se te ocurre que mejor será ocuparse de otras cosas? ¿A ti no se te ocurre pensar que Pérez está viviendo la ñapa?, que, ¡que fastidio con Pérez…chica! Hazme tú el favor de decirme por qué te afanas en perder tu tiempo extraditando a un tipo que, se merece la cárcel, como no, pero en este momento, ¿para que? Tu no sabes que la ley venezolana lo máximo que puede hacer con un anciano enfermo como CAP, es meterlo en su casa a esperar la muerte. ¿Por qué quieres castigar a un señor que perdió la memoria y jamás se dará cuenta de su castigo? No vale Luisa, revisa la ley, deja de meter la pata. ¿A ti no te da pena tanto desfase? Claro que CAP es un ladronzuelo y un pillo de los más connotados, pero ya está bueno ya. Ponte a trabajar, mijita. ¡Búscate un oficio!

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