miércoles, 4 de abril de 2012

De San Pablo, El Nazareno...

El Nazareno de San Pablo tuvo una casa y la perdió y tuvo un patio y una tapia y un limonero y un portón. ¡Malhaya el golpe que cortara el limonero del Señor...!
(Andrés Eloy Blanco)
Guzman Blanco, ese señor medio anticlerical que está en la historia como uno de los presidentes a quienes podemos endilgarle parte de la locura de hoy, mandó derribar el templo de San Pablo, El Ermitaño, para construir en su lugar el Teatro Municipal. La Ermita, que albergaba la imagen que hoy se venera del Nazareno (apedillado “de San Pablo” por pertenencia eclesial) había sido construida, por decisión de los habitantes de la ciudad en 1580, para poner fin a una epidemia de viruela que diezmaba los hogares caraqueños de la época. Sobreviviente sin sobresaltos de terremotos, calamidades y azotes de la naturaleza; en 1876 se tropezó con la obra afrancesadora del Ilustre Americano y nada pudo salvarla de su suerte. Soportados todos los desastres naturales, no pudo de ningún modo, sobrevivir a un gobierno venezolano.
La noche de la inauguración del Teatro Municipal, Antonio Leocadio y su mujer Ana Teresa, presidian el estreno de Il Trovatore a cargo de la Compañía de Opera Italiana de Fortunato Corveia y en uno de los intermedios, El Nazareno se apareció al presidente. Sin miedos, como es costumbre en los santos, le increpó preguntándole
- ¿Qué has hecho con mi templo?
No era la primera vez que el santo hablaba. Años antes, había aparecido frente al artesano que terminaba de tallar su imagen, diciéndole con lágrimas de emoción “Donde me has visto que tan perfecto me has hecho”. Guzmán Blanco, entonces, dicen que por congraciarse tanto con el santo como con su esposa, mando construir el templo de Santa Ana y Santa Teresa (la esposa se llamaba Ana Teresa, agradezcamos pues al altísimo que no existían las Yusbelis ni las Yesenias) y allí en sitial de honor, fue ubicada la imagen más venerada de cualquier caraqueño que se precie.
Habían transcurrido tres siglos casi, del hecho más importante atribuido a la imagen: la célebre peste de escorbuto que diezmó Caracas en 1597, curada milagrosamente por los limones que cayeron al enredarse su corona de espinas, al pasar en procesión y estremecer una mata de limón que sobresalía frondosa de la tapia de una casa ubicada en la esquina de Miracielos.
Seguramente el Nazareno de San Pablo habrá tenido mucho que decir en sus muchos siglos de existencia. Seguramente también, pocos oídos “doctos” se han ubicado en sus cercanías para temerle un poco o hacerle algo de caso. No lo sabemos y no lo creo posible. Cada Martes Santo, las únicas aglomeraciones de gente que no tienen otro color que el morado de su túnica, abarrotan los alrededores de la Basílica de Santa Teresa en una vigilia que se extiende hasta el amanecer de su día sagrado: la más extraordinaria muestra de fervor religioso que conocemos y se extiende a cada rincón del país. Es lo más nuestro de una Semana Santa que se diluye indetenible en fervores de otro tipo. Es la gran esperanza de todos. Es la fe, ese opio de los pueblos que está empezando a ser posible, como única alternativa a dolores que no consiguen calma.
Hoy es su día de procesión, un manto de cinco mil orquídeas lo acompañará por las calles del centro de una Caracas deshecha por las balas que la cruzan de lado a lado. Ojala y en alguna esquina de la modernidad haya limones. O lo que sea, que sepa a reconciliacion y a poquito de PAZ.

domingo, 1 de abril de 2012

Zaira de muchas zairas

Desde esta mañana su teléfono suena ocupado. Me levanté tarde a pesar de mis planes, por lo tanto tengo la culpa de haber llegado a las dos de la tarde sin hablarle. Sé que lo conseguiré, pero requerirá un esfuerzo. Se me han adelantado los allegados, los amigos de toda la vida, los muchachos de alguna escuela esotérica que la persiguen, los alumnos de una profesora amiga suya, que la llevo a una clase para que se deslumbraran, los que han compartido alegrías, los que han vivido sus penas, los que se sientan junto a ella para hablarle a sus muertos y la miríada que se sienten tan suyos como los paridos por su vientre bendito.
Hoy son los 92 de mi nona Zaira. Esa nona que me tropecé en la vida a principios del amor convulsionado con el que he tenido más alegrías que con cualquier otro de los vividos. Hoy son los 92 años de una señora, que ha vivido todo lo suyo a contramano: nada con delfines, duerme con la cabeza en los pies, no le gusta que le den lo que no ha pedido, administra su tiempo y sus amores, se sienta a tomar cerveza en el patio, reza si le da la gana y, si no, dice oraciones a su modo y de todos modos Dios la escucha, porque es dueña de su albedrío. Una señora que da mil vueltas a otras cuantas y que en el mundo que yo habito (ya se lo dije una vez) es, según se mire, una abuela hippie o una abuela díscola.
Lo que no es, es vieja. Por eso suelo estar en desacuerdo con el mundo que yo habito. No es vieja porque según sus propias palabras no ha tenido tiempo de serlo, porque se ríe, porque se opone; porque en lugar de escarpines ella teje palabras que poco a poco van formando cadenetas de sueños, porque vuela papagayos de sabidurías, porque nada la horroriza, porque le duele lo que le tiene que doler; porque sueña, igualito a mí pero a colores, con un futuro mejor y sabe que vendrá. Porque tiene ganas y esas ganas las convierte en hechos. Porque cuando quiere es una dulce abuelita de cuento de hadas, el lobo feroz de la casita del bosque, la bruja buena de todas las historias o la más terrenal meretriz de medias caladas que seduce sin apuros lo que ama y sabe suyo.
Por lo que es y no conocemos la amamos. Por lo que esconde, por lo que deja de ser y por lo que juega a ser. Por habernos dado permisos y conocimientos y seguramente, también, por cada amanecer de abril y cada fiesta.
Dios te bendiga, Zaira de todas las Zairas. Que sean 120 y vengan mejorados.

lunes, 26 de marzo de 2012

Odiémonos los unos a los otros

Jacqueline Vera es una mujer joven, los inmensos lentes negros le cubren una buena parte del rostro, como si queriendo ocultar los rastros del dolor inconmensurable, quisiera también evitar que se le reconozca como protagonista de esta historia de horror. En sus manos, apretadas a su pecho, lleva una bandera del arco iris. No la ha dejado ni un momento desde hace varios días. Puede ser que le haya servido para enjugar lágrimas. No hay duda que le ha servido para demostrar su buena relación con el hijo que está a punto de despedir para siempre.
Daniel Zamudio era casi un niño; un lindo niño con cara de bueno. Usaba anteojos, posiblemente por la moda de usarlos, y en estos días andaba con la manía de los vellos en la cara. Trabajaba en una oficina del centro de Santiago y hacía la vida social que se hace cuando se tienen 24 años. Un rasgo lo definía: Daniel Zamudio prefería la compañía de varones. Daniel era gay y según parece, de los que viven con toda libertad su opción. De los felices.
En la madrugada del sábado 3 de marzo, Daniel fue encontrado en el Parque San Borja de la capital chilena. Estaba moribundo: le habían arrancado un pedazo de oreja, le habían quebrado las piernas apalancándolas hasta estallarlas, le habían dado varios golpes en cabeza y estomago con una pesada piedra, le habían quemado con cigarrillos una buena parte de su cuerpo y, en la espalda y pecho habían grabado, con un pedazo de vidrio, tres cruces gamadas. Svásticas nazis, mejor será decir. ¿Que había sucedido? Cuatro muchachos de la misma edad que Daniel, decidieron esa noche darle un escarmiento a un puto. Acabar con una loca. Enseñar a un mariquito a portarse como macho. Cuatro muchachos de la misma edad que Daniel, decidieron esa noche darle oportunidad al odio. Daniel y su homosexualidad se cruzaron en el camino. No hizo falta nada más.
Raúl López, Patricio Ahumada, Alejandro Angulo y Fabián Mora fueron detenidos cuatro días mas tarde y puestos en prisión preventiva. Entonces la historia empezó a ser cada vez más cruenta.
Asiduos visitantes de Eurocentro, el mall de los tatuadores, los luchadores, los fanáticos del animé y otras especies; tres, de los cuatro asesinos de Daniel, no son ajenos a la justicia, aunque sólo uno por delitos de agresión. Los otros son drogadictos, se portan mal y roban para procurarse sus vicios. Contrariamente a lo que se ha dicho en todas partes, no son realmente Neo Nazis. Pertenecen, o han querido pertenecer, a cualquier tribu urbana que los reciba; pero, ni se les puede relacionar oficialmente con grupos Neo Nazis, ni se les identifica abiertamente como homofóbicos “de oficio”. Más bien se podría decir que odian, y practican su odio en minorías de todo tipo. Igual les da, pero se empeñan en minorías tenidas por débiles: Inmigrantes peruanos y gays. Los mas fáciles de violentar.
Uno de los agresores admira profundamente a Michael Jackson, al punto de imitarlo en programas de TV y algunas apariciones públicas. Otro, el único que no tiene antecedentes, comenzó siendo Emo, pero derivó hacia lo Tuki, luego fue Otaku y estaba intentando identificarse con lo estrictamente gótico; alguien lo define como extremadamente influenciable e inseguro. Un tercero, victima permanente de bullying escolar, intentaba sin éxito, trabajar en lo que fuera y vivía con su abuela después de perder a sus padres en hechos trágicos. El que parece ser el líder de la agresión (no es una banda organizada, es mas, esa noche se juntaron porque los acercó la soledad, la droga y la mala fortuna de Daniel) tiene grandes tatuajes en ambos brazos y es el único que lleva la cabeza rapada, viste al estilo de los hiphoperos y profesa odio declarado a la humanidad, en general, y a las minorías en particular. En algún momento confesó a través de Facebook que “todos deberían morir”.
Es información que a Jacqueline no le importa. Desde hace 23 días ha pasado de la esperanza al desconsuelo, todos los segundos de todos los días. Al principio parecía que el hijo evolucionaría favorablemente, hoy se habla de muerte cerebral y fallecimiento inminente. Ella, que no ha abandonado la cama de su hijo sino en precisas y muy contadas ocasiones, ha dicho que “prefiere entregar su hijo a Dios, pues el hará lo que estime conveniente”. Por lo demás se atreve a aventurar que siente rabia. Rabia de pensar que esos “desgraciados” están llenos de vida y protegidos bajo techo, mientras ella ve apagarse la vida del hijo de sus entrañas.
Los cuatro agresores, entre tanto, se enfrentan a cadenas perpetuas por lo que ya se menciona como el más horrible crimen sucedido en Chile en los últimos 20 años.
Todo lo demás es un mundo infinito de preguntas. La vida de Daniel, ese bello muchacho de 24 años que decidió vivir del otro lado de la “normalidad” puede haber terminado mientras escribo esto. Será un descanso, sin duda alguna. Pero, será también una página más de la tarea que en esta América, latina y amada, no acepta plazos, tiempos de espera, diagnósticos o estrategias redentoras.
Santiago de Chile, Caracas, Lima o Buenos Aires, ¿Qué más da? Estas sociedades perversas que construimos nos traicionan en nuestra cara y devuelven en odio lo que pensábamos estar dándoles en buena ley. La gran tribu humana se despedaza a mordiscos y no sabemos si podremos (o queremos) detener la dentellada. Ciertamente, el hombre ha optado por matar al hombre. De verdad, de frente, delante de nuestras bocas cerradas.

domingo, 25 de marzo de 2012

Memorias que se cruzan

En abril de 2005 yo estaba trabajando en la producción de una telenovela en Dallas como parte de un equipo en que había, entre otros, un grupo de técnicos que venían de Kansas y de quienes nosotros creíamos que, como buenos campesinos gringos, habían nacido sin corazón en el pecho; mostraban la simpatía necesaria para convivir en paz, pero poco más.
El 02 de abril, el llamado madrugador, era para un hotel del centro donde haríamos las escenas correspondientes a una de esas bodas indispensables en la culebroneria latina. Muy temprano empezamos a prepararlo todo. Cruzábamos el lobby del hotel cada pocos minutos regando cables por aquí y escenografías por allá. En un rincón, la pantalla de un gigantesco televisor encendido, “amenizaba” de algún modo el trabajo, aunque nadie le prestaba suficiente atención. Trabajábamos concentrados en no tener contratiempos; finalmente, la grabación empezó y a la hora prevista, cortamos para almorzar. Almorzamos y retomamos el trabajo: una pequeña escena entre la protagonista y su madre, que se haría en un pasillo muy cerca del gigantesco televisor del lobby. A las 2 y media de la tarde o un poco más, un reportero de CNN anunció la muerte de Su Santidad Juan Pablo II. Yo estaba entrando en ese momento y aun no conocía la noticia, por eso me sorprendió ver a los camarógrafos apagar y bajar las cámaras al piso y al electricista apagar las lámparas. Me sorprendió el silencio triste en que se convirtió la algarabía de minutos anteriores; al preguntar qué pasaba, uno de los camarógrafos me dijo: The Pope is dead. Y se arrancó la gorra de la cabeza.
Miré a mi alrededor. Esos mismos hombres que parecían incapaces de emoción alguna, se habían reunido emocionados en el centro del salón, para, descubiertas las cabezas, entender la mala nueva. Me acerqué a uno de ellos justo cuando decía: He was a good man. Entonces recordé vívidamente el día lejano en que, a pesar de lo improbable, mis ojos se habían cruzado con los suyos en la esquina de la calle 24 de Mérida. Él desde su papamóvil, yo desde el país, había sentido exactamente lo mismo. Que había visto los ojos azules de un hombre bueno.
No abundan, para nada. A veces nos muestran otros ojos que deberian ser buenos también; es una suerte tener este recuerdo para conjurar realidades.

jueves, 22 de marzo de 2012

Diversidad funcional

Hace mil años, en aquellos tiempos divertidos de la Escuela Infantil Mérida, compartí aula y recesos con un personaje inolvidable. Se llama Sarita Maldonado, es pelirroja, muy pecosa e impredecible. Tiene, además, otra seña de identidad importante: Sarita tiene un retardo mental bien notorio. No es Síndrome de Down, creo yo. Por lo menos no recuerdo que haya tenido las características físicas inocultables del Síndrome de Down; pero, a mi escaso entender, Sarita tiene severas discapacidades mentales. Lo que no deja de ser una lástima, por cierto.
Recuerdo muchas cosas de ese año escolar transcurrido junto a Sarita. Recuerdo, sobre todo, nuestra crueldad. Recuerdo también las vergüenzas que sus hermanos “normales” intentaban ocultar a toda costa y que hoy deben ser parte de sus recuerdos más tristes. Sarita era inmanejable. Bien porque decidiera que no era día de clases y se dedicara a sabotear olímpicamente cualquier intento, por pequeño que fuera, de eso que hoy llaman educación formal, o bien por que resolvía hacer gala de su fuerza alborotada: Sarita brincaba, Sarita reía, Sarita cantaba, Sarita peleaba, volvía a pelear y peleaba de nuevo. Sarita lloraba. Sarita gritaba sin control y sus compañeros – nosotros - éramos, tanto el coro de sus impulsos, como su severos críticos y agresores. En nuestro mundo de niños “que funcionaban” Sarita era, por mucho, la muñeca rota. Me apena decirlo, pero Sarita fue el blanco de todas las maldades, todas las burlas y todos los hartazgos de un grupo de niños a quienes, algunas veces, la fuerza incontrolable de Sarita ponía fuera de quicio.
Tal vez tengamos la disculpa de la ignorancia. Aunque a algunos nos lo explicaron en casa, ningún maestro hizo nunca nada para que durante todo el año escolar, Sarita dejara de ser el bicho raro; quizás por eso, cuando regresamos al año siguiente, Sarita no estaba. Su familia, después de una lucha indescriptible había logrado una escuela especial para niños excepcionales y su alumna estrella era Sarita. Nunca más supe de ella.
Hace poco conseguí a uno de sus hermanos. Hablamos de Sarita por largo rato. Está bien. Es una adulta con necesidades especiales que ha sobrevivido a todos los pronósticos. Recibe atención familiar y tiene el mismo carácter indómito que conocí en su infancia. Por suerte para ella, su familia entendió hace rato que su “diversidad funcional” la hace poco probable candidata a compartir el mundo hostil y cruel de los normales. Que protegerla no significa necesariamente execrarla, sino exponerla suavemente a ambientes donde sea amada y respetada por gente que esté dispuesta a aceptarla. Es decir, por gente que esté preparada para entender ese otro mundo, no por cualquiera que crea que el tema se resuelve con nombres políticamente correctos y un corral donde quepan todos “porque la integración es necesaria”. Sarita, por suerte, está a salvo.

martes, 20 de marzo de 2012

Preámbulos virtuales

Ayer en la tarde estuve un par de horas intentando comprar, vía Internet, entradas para algunos espectáculos del Festival Internacional de Teatro. Según escuché hace poco en un programa de TV, las facilidades para obtener tickets a larga distancia, está garantizada por los organizadores de un evento que, según palabras de su presidenta “es el preámbulo del país que queremos construir”. No voy a entrar en consideraciones respecto a eso, todo preámbulo necesita pagar el noviciado del ensayo y el error; asumiré que el Festival, como su nombre lo indica, es el Festival “de Caracas” y por tanto es, para “los caraqueños” (se lo merecen, nadie sufre tanto como ellos) y muy probablemente me quede encerrado en mi casa de Mérida evitándome los disgustos (y los sustos) de una estadía en la capital. Sencillamente, las complicaciones por las que hay que pasar para finalizar la compra de las entradas, son superiores a todo lo que yo soy capaz de soportar con mi escaso margen de tolerancia.
Ya sé, las comparaciones son horribles; pero como soy un desadaptado, a veces me las permito: En el verano del año pasado, me fui a patear Europa del este. Ese viaje lo organicé personalmente, valiéndome de páginas que ofrecen servicios de reservación de hoteles, boletos de tren y/o autobuses, entradas a museos y todo lo que un turista necesita para pasarla bien. Todo, absolutamente todo, sin excepción, lo adquirí con una tarjeta de debito gringa, en pocos minutos y sin errores. Mi viaje, gracias a que soy suficientemente organizado como para llevar conmigo cuanto papelito confirmaba las compras realizadas, no tuvo ningún tropiezo. ¿Por qué? Muy sencillo: yo hice negociaciones con empresas proveedoras de servicios que ponen por delante la confianza en sus clientes, no matter what. Empresas virtuales que desafían diariamente uno de los crímenes más feos de la era moderna, el robo de identidad, y lo superan con éxito, brindando un servicio muchas veces impecable que, además, protege la identidad del cliente “de bien”.
No es el caso de las páginas web que venden servicios en nuestra patria convulsionada. El proceso es tan engorroso y tan incomodo que mejor es no intentarlo. Allí donde la complicación abunda, una simple tarjeta debería ser suficiente y, lo es; pero, sólo en aquellos países donde, contrario a nosotros, nadie empieza un negocio desconfiando del cliente o diseñando sistemas para hacerle difícil la vida. Comprar y vender por Internet TIENE que ser algo que se pueda completar en pocos pasos: Escoja lo que quiere, escriba sus datos, los de su tarjeta y retire el producto. Nada de taquillas posteriores, ni depósitos bancarios, ni comprobaciones molestas. Usted confía en el proveedor que aparece en su pantalla. Ellos tendrían que confiar en usted, también.
Es difícil. Basar la convivencia ciudadana en la desconfianza del otro, es muy difícil. Sobre todo, porque lo aceptamos con la naturalidad de las cosas que “aquí son así” y quejarnos parece cosa de locos. Sencillamente, no creemos que nadie hará las cosas de manera correcta y eso se magnifica en todo lo que tiene que ver con dinero. Mientras tanto, el desarrollo que tanto ansiamos, sigue borroneado en la puerta de atrás.
Claro que hay mil motivos adicionales, pero si queremos empezar a ver preámbulos, bien podríamos comenzar a entender, realmente, el valor de las comunicaciones globales. Es así de sencillo.

jueves, 15 de marzo de 2012

Lo hicimos de nuevo...

El martes pasado, mientras asistía a una conferencia, aproveché un descuido para mirar mi teléfono y chequear mis twitter. Es una nueva manía: Me entero de lo que pasa en el mundo, leyendo compulsivamente titulares escritos apresuradamente en 140 caracteres. Pocas veces indago un poco más allá - debo admitir mi pecado – y la verdad de las noticias suele revelarse al día siguiente o con el paso de las horas. La mayoría de las veces, muy para mi vergüenza, las cosas no son, o no parecen ser, como las contaron los tuiteros. Pues bien, el martes pasado fue posiblemente uno de los días en que twitter ha debido ser objeto de estudio. Intentaré un acercamiento breve.
Tres grandes noticias sacudieron el espectro de la red entre las 8 y las 10 de la noche de nuestro martes 13: la detención del ex - ministro Juan Carlos Loyo, el allanamiento y detención de los dirigentes más buscados de la organización terrorista conocida como La Piedrita y la muerte de la estudiante de la UCV Alexandra De Armas. Las tres noticias, con todo lujo de precisiones, circulaban a mansalva gracias a enfebrecidos tuiteros que repetían lo que leían a otros o creaban sus propias versiones aduciendo buenas fuentes.
Pues bien, en los tres casos estábamos equivocados en mucho. El ex ministro Loyo nunca fue detenido, ni muchísimo menos trasladado a un oscuro calabozo del SEBIN conocido como “El Hoyo” (cuya existencia debe ser lo único cierto de esa historia) Valentín Santana y su lugarteniente, siguen libres e inalcanzables (pero cayeron otros dos “soldados revolucionarios” cuya detención ni siquiera asusta a La Piedrita) y aunque la noticia de su muerte es una terrible verdad, Alexandra De Armas no falleció a consecuencia de las bombas lacrimógenas con que fue atacada la escuela de Comunicación Social de la UCV hace pocas semanas, sino por un problema de salud crónico y grave que puede haberse visto afectado por el tema de las bombas, (así lo ha aclarado su familia en más de una oportunidad).
Fui uno de los que replicó varios mensajes relativos a la muerte de la señorita De Armas, sin duda, una noticia de esas que nadie quiere oír jamás. También comenté las otras dos noticias con quienes estaban cerca de mí, dándolas por ciertas. Como muchos otros, doy por buenas las historias que otro construye en su cabeza y repite hasta convertirlas en verdad. Sólo que, a veces, una realidad casi siempre muy dura, me pone de cara a lo peor que tenemos; por ejemplo, lo que hemos sido capaces de hacer con la muerte de Alexandra De Armas y los posteriores comunicados de su familia.
Los muertos pertenecen, en primer lugar, a sus deudos. Son ellos los que pueden – si quieren – convertir su muerto en asunto público. Son los deudos los que tienen el derecho de investigar, buscar respuestas y exigir justicia, si es el caso. Son ellos los que dan explicaciones, si desean, y los que sufren y lloran la pérdida, en completa libertad y con nuestro respeto incondicional. Eso es lo que debería ser; lamentablemente, en la comunidad tuitera (medio que utilizó una hermana de la estudiante, para exigir que “dejáramos de inventar cosas”) ese deber ser, empezó a sonar en algún momento, como si fuera una contrariedad que la joven muriera por causas naturales. Como si el hecho de que la joven hubiese estado en los disturbios de la Escuela de Comunicación Social de la UCV y hubiese muerto posteriormente, la convertía en un símbolo más de la violencia y, posiblemente, en nuestra mártir instantánea. Hubo alguien que expresó que “al desmentir (la teoría de la muerte violenta) la familia De Armas corrobora que el miedo es libre” y alguien más se atrevió a afirmar que a la familia De Armas, le habían “comprado” el silencio.
No se si el miedo es libre en este país de locos. Lo que si está siendo cada vez más libre es la anarquía y el irrespeto, expresada ahora mediante una herramienta como Twitter, que es muy valiosa, pero que, en nuestras manos, se está robando hasta la digna posibilidad de llorar a nuestros muertos con café cerrero y almojábanas.
Es aterrador. Es la esencia de lo que somos, que se exacerba cuando nos da por creer que nuestra única arma es un intelecto que nos conduce a hacer juicios abyectos y a creer que, desde la tranquilidad climatizada de nuestras habitaciones, y en 140 caracteres, se puede enderezar una historia que está mal escrita desde el comienzo. Lo siento, pero me parece que hace falta mucho más: Ecuanimidad y decencia, por ejemplo.

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