Un día lo hice. Fue en un domingo estupendo de mis recién cumplidos 10 años. En el cine de Cristóbal, el padre, daban una película que tenía como protagonista un famoso perro, cuyo título perdí en el desorden de los años y yo moría por ver. Era nuestro ritual de familia: algunos domingos, después del privilegiado encanto de visitar la casa imponente, almorzar en el aristocrático comedor y evitar las rudezas de Cristóbal, el hijo; Cristóbal, el padre, nos lavaba la cara con una toalla áspera y muy fría, nos metía en su auto y nos escondía en la cabina de proyección de su cine, siempre a punto de estar abarrotado de gente. Ese domingo, finalizado el postre, me levanté de la silla, dije un educado “permiso” y, antes que Doña Vestalia, desde la cabecera de mesa respondiera “servido” yo estaba corriendo hacia el orquidiario. Había visto, a mi llegada, un par de hermosas Catleyas moradas. Las buscaba. Entré al jardín de Doña Vestalia, caminé entre cientos de orquídeas florecidas o a punto de, y me encanté con la cantidad inverosímil de Catleyas reunidas en un solo sitio. Decidido, caminé hasta las que estaban a mi alcance. Las miré, embobado, y sin pensar en nada, arranqué dos de ellas del tallo al que estaban pegadas. Las arreglé en un ramo que se me antojó precioso y caminé circunspecto y orgulloso hasta el salón, (palaciego, por supuesto) en que mi madre y Doña Vestalia hacían visita con algunas otras “principales” del pueblo.
Aún puedo ver la cara de horror de mi madre, transfigurada por la sonrisa asesina de Doña Vestalia. Aun puedo sentir el efecto aniquilador de sus palabras y la silla bajo la escalera:
- Pedro, hoy usted no va al cine, ni se levanta de esa silla hasta la hora de irnos.
Ayer, pasé caminando por la calle 25. La casa todavía está allí. Desvencijada, envejecida, robados todos los que fueron encantos de palacio; fui hasta el jardín cubierto de malezas. Las orquídeas de doña Vestalia se me dibujaron en los escombros del pasado.
Entonces me enteré, por vivir escuchando conversaciones ajenas, que mañana comenzarán a demolerla. Se la ha tragado la ambición de Cristóbal, el hijo. Como a las orquídeas de Doña Vestalia, el cine de Cristóbal, el padre, y el futuro, que esperábamos brillante.
Como a todo.
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