
Se sabe que son famosas porque al apellido, los demás, anteponen un peyorativo “la”. También porque de ellas, todo se sabe: Si hacen la compra, si comen, si entran, si salen, si aman o si desaman; de todo nos enteramos, porque todo lo cuentan. Son las reinas del papel cuché, las estrellas de una especie de periodismo que todavía no logro adjetivar y que a falta de otros nombres, los españoles han bautizado como “prensa del corazón”. Son las Obregones, las Pantojas, las Esteban, las Reyes, las Ordóñez, o las cualquiera que irrumpan con un escándalo, falso o verdadero, en la aburrida vida de los televidentes del mundo.
Me di banquete esta semana. Viendo pasar mis sueros, conocí los detalles más íntimos de la vida de señoras cuyo único oficio parece ser levantarse de la cama y exponerse a un público, que mata por saberlo todo de ellas. A excepción de dos de las favoritas: la Pantoja y la Obregón, las otras jamás han hecho nada de nada. Nacieron en cuna de oro, adornaron fugazmente programas de televisión de muy mala factura, o se enredaron con toreros u hombres guapos e iguales de inútiles. Lo demás viene sólo. Un grupo de periodistas, que defienden a muerte sus dineros y sus oficios, se dedican al resto: convierten cada palabra, cada gesto, cada movimiento de sus vidas en una noticia de importancia capital que, con trato de privilegio, llega hasta uno en forma de largos programas de TV, aderezados por intervenciones, más o menos impúdicas, de locas alborotadas, putas irredentas y doctos profesionales que intentan darle barniz de seriedad a la exposición descarnada de la vida de las que bailan, las que cantan, las que actúan, las que respiran y las que roban.
Por plata serán capaces de contarnos - entre lágrimas imposibles - el mal momento, el mal negocio, la estafa, la caída, o el infaltable mal polvo. Anzuelos que muestran la peor cara de lo que ahora defendemos como comunicación global.
Es lo que somos. No hace falta recordar que en esto y en mucho otro, la culpa no es del ciego, es de quien le da el garrote…