Jamás dijo lo que los colectivos organizados más de moda querían escuchar: Se opuso tenazmente al reconocimiento de la homosexualidad y su derecho a un matrimonio igualitario. Sin importarle consecuencias dijo, una y cien veces, que el uso del condón, a pesar del SIDA, era pecado - tal vez pensando que la actividad sexual solo se legitimiza en la procreación - Defendió con uñas y dientes, su tesis de que el aborto es poco menos que un crimen de lesa humanidad y nos instó a convertirnos en beatos chupa cirios, como único recurso para redimirnos de nuestros pecados y salvarnos de las llamas del infierno.
Hoy, ese mismo Papa, criticado, ridiculizado y abiertamente cuestionado en su pensamiento anti siglo XXI, es alabado en el mundo por un sencillo gesto de humildad y profunda distinción: Reconociendo haber llegado al límite de sus propias fuerzas y, probablemente, muy agobiado por la sucesión de escándalos que le ha tocado capear, Benedicto XVI, presentó la renuncia irrevocable a su ministerio, aun cuando la tradición dice que el compromiso de un Papa con su iglesia se sella hasta la muerte. Es el primero en hacerlo después de 598 años y el primero en esgrimir razones distintas a intrigas palaciegas difíciles de superar.
Ha reinado sobre la cabeza de los católicos del mundo por escasos ocho años y apenas tiene 86 años de edad; no obstante, se le ve frágil, mucho más delgado y muy, muy cansado. Tal vez sin fuerzas para un calvario que desdice todo lo que nosotros, simples mortales creyentes seguidores de Jesús, pensábamos era la vida regalada del jefe del Vaticano. Es, quizás, una pena; en un mundo cada vez más dispuesto a escudriñar en las entrañas de sus líderes, el Papa de los católicos no pudo librarse del fiero escrutinio a que se sometían sus más simples andanzas, o las de su traidor mayordomo, que dejó al descubierto la maldad soterrada que campea en los pasillos de San Pedro.
Su renuncia no es sino un acto de lógica madurez. Un “basta ya” que deberían tomar en cuenta otros mandatarios, a quienes indignados súbditos les exigen rectificar el rumbo o tirar la toalla. Pero, es también, un acto de gigantesca decencia: el final de un anciano sacerdote, que no quiere entregar su vida en un concierto de errores propios y ajenos, es también la decisión más coherente de un hombre que se redime a sí mismo, magnificándose en el último hecho público de su vida.
A lo mejor necesitamos entenderlo como algo esperanzador. Como un acto de fe. Si hay algo detrás, que busque llenarlo de bochornos, nunca lo sabremos de verdad. De los muros de la Iglesia Católica no se desprende nada que enturbie sus secretos. Por increíble que parezca, mi generación tendrá el privilegio de volver a ver una “fumata bianca” en su vida. La cuarta.
Habrá que cruzar los dedos y desearle mejor suerte…
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