Pasados los primeros momentos del duelo lloroso, plagado de mentiras y escondites, entendí, con pesar, que nos tocará enfrentar una realidad que es demasiado dura: Nos odiamos. Punto.
Nosotros los odiamos a ellos, aunque hayamos sido capaces de respetar su dolor, aunque hayamos sido capaces de permanecer gallardamente a la sombra. Aunque hayamos sido capaces de conmovernos ante las imágenes de una muerte que, a decir verdad, ni buscábamos ni creíamos posible. Aunque hayamos sido capaces de convivir con cierta hidalguía.
Ellos nos odian a nosotros. Nos odian desde lo profundo, desde la mentira que nos convierte en depredadores, en ambiciosos representantes de una derecha retorcida capaces hasta de fabricar un rabdomiosarcoma en algún laboratorio imperialista. Desde la certeza de que no tenemos vida para hablar, de que no hemos llorado a su comandante. Desde la falsedad infame que nos convierte en atracadores de sueños, de logros, de prebendas y de vidas sudadas en la entrega al líder, hoy convertido en Dios, en el cielo.
Nuestras ganas de país son una trampa para volver y matarlos. Nuestros deseos de formar parte, son una emboscada diabólica para demoler sus ambiciones. Nuestra preocupación por el futuro - que nos debería importar a todos -una matriz de opinión desestabilizadora.
Ellos nos odian, nosotros hemos respondido con odio. Estamos como al principio. Es increíble que una muerte haya vuelto a parir la peor de nuestras dolencias: Venezuela partida en dos mitades inexactas, crueles, resentidas.
Escuché a muchos. A cientos, tal vez. Escuché sobre todo, a los más jóvenes. Hoy amanecí más preocupado que nunca. Un futuro no se construye ni sobre el cadáver de un hombre, ni sobre el odio que ese hombre ha dejado como herencia.
Que en paz descanse, la paz.
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