miércoles, 25 de febrero de 2015

Llego la hora, ¿de qué?

Recientemente escuché a un analista político decir que era muy difícil gobernar un país habitado por 30 y pico de millones de politólogos. Esa afirmación me gustó, aunque me gustaría mucho más si cambiáramos el verbo gobernar (una acción que desconocemos en los años actuales) por vivir; una acción más parecida a lo que hacemos los venezolanos del siglo XXI aunque no a plenitud, ni mucho menos. Vivimos más bien a trancas y barrancas y con el credo en la boca, ensartados en una tarea incomprensible a la que llamo politificar. Todo tiene que ver con esto-que-nos-está-pasando. Fieles cultores de esa especie de destino atávico que nos pone a salvo de cualquier responsabilidad, solemos repetir consejas y frases hechas, para justificar la espera colectiva por el "líder" que ponga freno a la rodada; incluso, quienes con su voto contribuyeron la vez primera a instalar al difunto en las alturas, hoy, evidenciado un error que ya era obvio en 1999, esgrimen excusas baladíes para escurrir un bulto que pesa toneladas de culpa.
Esto-que-nos-está-pasando, sin embargo, ya está claro: la luz de los acontecimientos de los últimos días - y lo que nos falta por ver - parece que comienza a arrojar las primeras muestras de acuerdo, si no en el fondo, al menos, sin duda alguna, en las formas. Conceptualmente, digamos, hay una voz colectiva que se oye cada vez con más frecuencia: Dictadura, decimos al unísono los que vivimos diariamente el desasosiego de un miedo que nos impide ahondar en la comprensión de esa palabra malsonante tras la cual se esconden todos los horrores de este mundo. Trujillo, en la remota República Dominicana de los años 40 y 50 se fue a la tumba (de una manera muy sangrienta por cierto) después de haber diseñado numerosos accidentes de tráfico a la medida de sus opositores. Stroessner, en el rural Paraguay de mediados del siglo XX, calló la voz y la vida de los pocos que se atrevieron a hablarle duro, hasta terminar - en el exilio -  con sus propios huesos carcomidos por un cáncer tan aplaudido, como muchas veces negado. Videla, ese general que se hizo con Argentina un sayo, logró hacer desaparecer sin rastro a tanta gente incómoda, que no pasa un día del siglo XXI sin que alguna madre o abuela sureña salga a buscar una pista que la lleve a sus entrañas. Pinochet, aquel mal nacido hijo de un Chile desvastado por el comunismo inútil, dejó para la historia un legado tan oscuro que recordarlo, aun tangencialmente, es tarea que espeluzna y degrada la condición humana. En común tienen un título incomodo, desgraciado, irritante, no para quien lo lleva, sino para quien lo admite: dictadores. Hombres que creyendose predestinados se encubrieron en el poder para onanizar su egolatria. Tienen en comun también su escaso nivel de tolerancia, está usted con ellos o es usted un enemigo que no merece ni el aire que respira. Ponen a disposición de tal intolerancia prácticas oprobiosas como carceles en donde se maltratan cuerpos para ver si se pueden quebrar conciencias o, directamente, muertes accidentales cuyo claro mensaje casi siempre exhibe acuso de recibo y, al lado de tales horrores, el imperio del miedo, eso que algunos de nuestros analistas de peluqueria también llaman sicoterror tal vez porque la palabra se parece mucho a una mazmorra.
Definitivamente no es fácil vivir en medio de tales "circunstancias" pero, mucho menos lo es si, para hacerlo, tenemos que sortear todo tipo de diagnósticos. Vivimos, y eso ya es mucho decir, analizando nuestras desgracias, cuantiosas a no dudarlo, esperando posiblemente que la repetición perversa de todo lo que nos aqueja sirva de conjuro para salir de esto. Sabemos lo que nos sucede. Lo vivimos a diario. Repetimos soluciones que otro tendrá que poner en práctica y tenemos la certeza absoluta de que el otro chapalea en sus equivocaciones.
Pero, ¿qué hacemos nosotros para poner el estropicio a nuestras espaldas? Hace algunos años, en una visita a amigos en Bogotá comenté a uno de mis anfitriones lo mucho que la ciudad había cambiado. Victima por muchos años de las más terribles atrocidades, Santa Fe de Bogotá representó uno de los periodos más atroces de la historia reciente latinoamericana, vivir en esa hermosa capital significaba exponerse diariamente a volar por los aires despedazado por los efectos de un atentado terrorista o pasar algunos meses a la sombra en manos de profesionales del secuestro. Visitar Bogotá no era una opción y el mundo lo comprendió al conocer una de las mayores diásporas del siglo XX. Parecía que un día cualquiera la capital de Colombia se convertiría en pueblo fantasma. Poco a poco la ciudad (y con ella otras, emblemáticas del mal vivir y el desasosiego, como Medellín por ejemplo) comenzaron a limpiar su faz. Por supuesto que fue difícil, es más, por supuesto que la ciudad necesitó enfrentar terribles dolores en ese proceso de cambio; pero, hoy, a pesar de los pesares, la cara que exhibe es fascinante. Aun cuando sigamos pensando que sus políticos y sus dirigentes son "más de lo mismo" (mal endémico del continente) tenemos que admitir que Santa Fe de Bogotá es una ciudad repleta de bondades. Haciendo esa reflexión con mi amigo Juan Camilo, un escritor más bogotano que el ajiaco, él se aventuró una teoría que diariamente resuena en mis oídos
-          "Yo creo, me dijo mientras caminábamos por La Candelaria, que los bogotanos nos hartamos de tanta desgracia y cada uno, desde su trinchera, decidió vivir bien; a los golpes recibidos, poco a poco comenzamos a responder haciendo de esta ciudad el lugar en el que queríamos vivir"
No sé si Juan Camilo tiene razón o no pues dicho de ese modo suena demasiado sencillo, cualidad que no suelen tener situaciones tan tremendas como el infortunio que afrontamos nosotros; pero, darle por lo menos el beneficio de la duda, a mí personalmente me parece posible. ¿Qué estás haciendo tú para responder a los golpes haciendo de tu ciudad el lugar en el que quieres vivir? ¿Has pensado que realmente, el país, ese lugar más o menos idílico que significa patria entre otras cosas, empieza en el portal de tu edificio? ¿Qué has hecho, además de quejarte amargamente, para construir el futuro?
Estemos claros en algo: podemos lograr un cambio en las estructuras políticas que nos han sumido en este caos, eso no es imposible; pero, eso no es otra cosa que un intento, posiblemente cuesta arriba de comenzar a pensar el futuro. La cotidianidad no va a mejorar, por arte de magia, el día que logremos reinstaurar la democracia; es más, cuidado y empeora.
De modo que aquí estoy, apesadumbrado, lleno de miedos, imposibilitado de ver más allá de mi postigo, proponiendo formalmente que comencemos a alternar espacios. Es muy bueno tener la valentía de alzarle la voz al régimen, convertirse en arte y parte de un proceso electoral o dejar la vanidad en casa para ponerte unas horas bajo el sol a sostener una pancarta; pero, si después de hacerlo orinamos en la avenida porque nos estamos cayendo a palos en la puerta de un edificio cualquiera, no estamos haciendo nada por esa cosa inasible que todos llaman "mi patria".
Yo estoy seguro que se puede. Es solo cuestión de intentarlo: el día que comprendamos que una ciudad limpia, bonita, con habitantes que son amables y se respetan entre sí y con espacios donde lo que vale es la gratificación de los sentidos y la buena conversación, comprenderemos también que no somos una recua de ganado y habremos comenzado a recuperar, verdaderamente, la dignidad perdida. Créanmelo, a un pueblo que se sostenga sobre las piernas de su propia dignidad, no hay dictador ni reyezuelo que lo doblegue.

domingo, 15 de febrero de 2015

Mi otra primera vez

Tengo que confesar que a pesar de mis cabellos blancos, me encanta (y me llevo bien con) la tecnología. Me gustan los aparaticos que hacen la vida fácil, sobre todo los que sirven para mantenernos tanto informados como comunicados. Soy fanático de Internet al punto de no entender como habíamos vivido "felices" antes de la aparición de lo que considero el mejor invento de mi tiempo.
Tal vez por esa razón es que me atreví a debutar en el universo de las colas. Alguien me informó que en una nueva tienda estaban vendiendo tablets a excelente precio. En realidad no necesito una; pero, la idea de actualizar mis gadgets es tan atractiva, que sucumbí a la opción de pasar la mañana del asueto de viernes de feria, haciendo la cola para adquirir una. En este momento, perfecto mediodía merideño, estoy cumpliendo con el modus vivendi del venezolano del siglo XXI: la compra controlada.
En clara contradicción con toda la lógica de mercado que impera desde que el hombre es hombre, comprar, en esta tierra de gracia, se ha convertido en una perfecta odisea: no se  va de compras por el placer de buscar alguna cosa que quieres tener,  por el mero gusto de tener, sino que aprovechas, a trochas y mochas, la oportunidad que a modo dádiva te ofrece el omnipotente estado, dueño de casi todo lo que el ciudadano de a pie anhela poseer.
Cierto que dicho de esa forma estoy haciendo una antipática apología del consumo, cosa que muy probablemente está lo más reñido con mi crecimiento espiritual y el ascenso a los cielos; pero, yo no puedo fácilmente desprenderme del hábito pitiyanqui de comprar lo que quiera, cuando quiera, en los vericuetos divertidos de la oferta y la demanda. Seguro estoy, además, que tan mala costumbre la comparte un inmenso número de compatriotas. Quizás por ellos hablo.
Empezó, hace relativamente poco tiempo, como un rumor inofensivo comentado en familia, "está haciéndose difícil conseguir tal o cual cosa" comenzamos pues, a sustituir primero los ingredientes de nuestra comida para, poco a poco, cambiar también el menú diario. La repentina escasez de azúcar, por ejemplo, se suple con papelón (que además es más sano, nos consolamos) y la inexplicable ausencia de otras cosas, nos dio excusas para una creatividad insospechada. Hasta que la oscuridad se adueño de los anaqueles. No es solo la inexistencia de insumos tan básicos como el papel higiénico, es que el cerco del no hay, se instaló en nuestra cotidianidad de consumidores penantes. Un dolor de cabeza se resuelve con técnicas chamánicas pues no se pueden comprar analgésicos y algunos muy lamentables casos de enfermedades graves (cuya suerte habría sido muy otra) se han resuelto en la funeraria, debido a la imposibilidad de obtener el tratamiento adecuado. Situaciones menos extremas se convierten en temas de vida o muerte y tras cada producto que no llega a las tiendas, un inmenso mercado negro acaba nuestras menguadas economías.
La respuesta, entonces, ha sido apretar la tuerca de los controles, con la vana esperanza, supongo, de convencernos a abandonar la compra. El nuevo comerciante venezolano ya no tiene como meta vender sus mercancías. Pretende mantenerlas en algún depósito oculto hasta que la cuerda de sus controladores reviente por el delgado lado de los precios, o se "esfuerza" en lograr una distribución “equitativa” de su escasa mercadería para no meterse en líos con el gigante que parece vigilarlo en todas las esquinas de su tienda. Al hacerlo, traslada al cliente las normas absurdas que se le imponen junto a precios ridículos y márgenes de ganancia que no permiten ni el pago del alquiler del local. Por ejemplo: durante la hora larga que he permanecido en esta cola, cuatro empleados de la tienda, en cuatro oportunidades distintas, han salido a recordarnos las dificultades que probablemente encontremos para comprar la tablet (regulada a un precio estúpidamente barato). De tales dificultades - muchas y muy variadas - una en particular me llama poderosamente la atención: no está permitido pagar el importe del aparato en efectivo. Una norma que en realidad es una medida en contra de los empleados de la tienda y que ellos aceptan sin darse cuenta de lo que realmente significa: El dueño, (o quien quiera que cumpla sus funciones, pues ya sabemos que en esta nueva Venezuela, los dueños verdaderos de una tienda que se permita vender electrodomésticos  a precios de risa, no son nunca los que aparentan, sino los que son) simplemente piensa que sus empleados lo van a robar, los empleados aceptan ser tratados como ladrones y todos felices. Hace mucho rato que la honestidad dejo de ser una virtud que se defiende; en el fondo, todos sabemos que puestos en el trance de hacerlo, seguramente dispondremos de lo ajeno para completar nuestras arcas. Fuera de esa vistosa nimiedad, la antipatía, el mal trato, la seguridad odiosa de que el poder más pequeño de todos reside en las manos del vendedor y, lo peor, la incertidumbre de no saber si, en el último minuto, alguna disposición surgida de la nada te impedirá comprar lo que en otras circunstancias solo sería un trámite de menos de 10 minutos, redondea mi odisea mañanera.
Permanezco estoicamente en una fila llena de muchachos clase media alta que visten zapatos Clark y hablan de lo mucho que a sus padres les ha costado comprar una camioneta de alta gama (tres de ellos comparan las comisiones pagadas al distribuidor del vehículo por excelencia del venezolano siglo XXI y, la verdad, es que me parecen cantidades tan inverosímiles que agradezco a Dios por mi desvencijado Tempra del siglo pasado) Sin embargo, la aparente frivolidad del momento puede compararse a las colas de amas de casa despeinadas y sudorosas en procura de pañales para sus hijos o un par de kilos de detergente. El único interés es conseguir el producto que el estado omnipotente pone en sus manos a precios de ganga. Hoy es una tablet, mañana  una lavadora, quizás después un automóvil.  La urgencia de comprar mantiene un país entero ocupado en sus penurias, calculando las ganancias que se derivan de su mendicidad.
La Harina PAN y la margarina que hace meses se convirtió en artículo de lujo o moneda de trueque mendicante, aparecerá mañana en otra cola y será bendita. Entre tanto, terminaremos de olvidar los tiempos en que las cosas estaban allí, en el anaquel de la tienda, para que fueran compradas por quien pudiera pagarlas, resabios malditos de un capitalismo imperial que hoy se conoce como guerra económica y no tiene mayor asidero que la ignorancia resignada de un gentilicio que vive con la mano extendida y se conoce, en las altas esferas, como el hombre nuevo del siglo XXI. Salud, pues.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Ellos, los tremendistas...

Por más que uno haga serios intentos por evitar ser consumido, en su tiempo y energías, por esta vorágine peligrosa que conocemos como gobierno bolivariano (sea lo que sea lo que implique tal concepto) en Venezuela, es totalmente imposible darle la espalda al viacrucis e intentar normalidades parecidas a lo que conocíamos por vida hace apenas 16 años (complicada, está bien, pero con temas de conversación mucho más amenos, no me dirá usted que no)
Desde que Dios echa la luz del día - agradezco no refutarme esa afirmación dado que, tal como vamos, aquí la luz de cada amanecer tiene obligatoriamente que ser obra de algún Dios - cualquier venezolano de los de aquí,  tiene como tarea primordial prepararse para vivir lo que las siguientes horas pueda depararle. Aclaro que con lo anterior no estoy refiriéndome a la posibilidad (certera) de pasar el susto de su vida a manos de un malandro, o abrir la alacena para descubrir que "el mejor desayuno del mundo" (arepas con queso frito y mantequilla)  se ha convertido en galletas con café cerrero, gracias al milagro económico del desabastecimiento socialista; no, eso ya se convirtió en parte del así somos, viene adosado al gentilicio. Estoy haciendo alusión cuando digo prepararse, a descubrir, redes sociales mediante, la nueva declaración efectista de alguno de nuestros jerarcas. Es increíble. Cierto que decir babosadas es una obligación de todo político que se precie, sea de nuestro bando o no; pero, el tremendismo que los rojos de nuestro patio insisten en cultivar, tendría que ser objeto de estudio.
Frases abiertamente erradas, equivocaciones de juicio, pifias conceptuales, tropezones geográficos, redundancias, insultos y expresiones descalificadoras, han sido - y son - el léxico instituido por el difunto para convencernos de lo poco que valemos como sociedad y lo mucho que necesitamos la mano redentora de sus ungidos. Peligrosamente, a todas esas expresiones nos hemos ido acostumbrando y, de todas, hemos hecho infinidad de chistes que, inconscientemente, nos han persuadido de que somos majunches, escuálidos, hijos de papá y mamá (bueno, eso literalmente sí que lo somos) padecemos alguna tara genética y/o peor aún, necesitamos odiarnos entre nosotros para resurgir desde el odio o algo así. Ya ese daño está hecho. Algún día (ojalá pase algo que los borre de pronto) restituiremos la perdida convivencia. Lo que no se si podremos superar son las explicaciones que insisten en darle a esta crisis que se agiganta con las horas, o las ideas brillantes expresadas por los voceros del régimen para sacarnos de abajo.
Si para nuestra desgracia ya son históricas expresiones tales como "las colas en los supermercados se deben a que el venezolano tiene mayor poder adquisitivo" (o las variadas versiones que nos convierten en muertos de hambre recuperados por las bondades del comunismo)  la tranquilidad que produce saber que tales expresiones no son otra cosa que pataletas de ahogado, empieza a desvanecerse ante cada nueva arremetida.
Ha sucedido en un sinfín de ocasiones. Es como si "gobernar" en el transcurrir del siglo XXI en estas latitudes fuera, única y exclusivamente, un desafortunado ejercicio dialéctico. Nos han amenazado, nos han regañado, nos han modificado nuestra manera de conocer las cosas, nos han prometido una inmensa cantidad de felicidades inútiles y, lo más grave, nos han inventado las soluciones más disparatadas para los gravísimos problemas de nuestra cotidianidad. Un día cualquiera aseguran, a los cuatro vientos, sin mover un musculo de la cara, que si no hay pasajes aéreos es porque las líneas aéreas han desviado intencionalmente los vuelos regulares para atender la demanda generada, por ejemplo, por el último mundial de futbol y, con el mismo gesto, aseguran vociferantes que no son verdad las largas colas que se forman delante de cualquier expendio de alimentos del país, para, más tarde, anunciar que nuestros problemas se resuelven dejando a los niños sin escuela, para convertirlos en pequeños campesinos a cargo de la producción de lo que comemos. Lo sueltan, mas a siniestra que a diestra, y siguen tan lisos, excavando en la mina particular en que han convertido esta tierra, sin que gesto alguno delate remordimiento de conciencia.
Ellos sueltan su sarta de disparates, de los que pocas veces llegan a realizar uno en concreto, y nosotros escuchamos dándoles, mal que nos pese, el completo derecho a hacerlo; después de todo, si usted no está en una cola o en algún sitio público, (la televisión no cuenta, es de ellos) se supone que cada venezolano puede expresar su opinión. Es decir, cada venezolano, ellos incluidos, puede decir misa, si tiene quien se la oiga; pues bien, con ese dicho castizo tan propio de mis tías merideñas, nosotros nos instalamos en el centro del problema; resulta, para nuestro pesar, que ellos tienen quien se las oiga: ni más ni menos que TODOS los venezolanos, quienes los adversan y los poquitos que los apoyan. Con semejante auditorio, tener un verbo efectista (materia en la que son aventajados) es no solo fácil, también muy conveniente. Sería bueno hacer, por pocos instantes, el ejercicio de no escucharlos o por lo menos, de darles la espalda y no repetir con tanta intensidad cada palabra desafortunada que sale de sus bocas; como la famosa frase aquella, de contenido religioso que no pienso repetir aquí, porque nos convirtió a todos en majaderos reproductores de un mensaje sin ningún sentido, posiblemente dicho con la marcada intención de disfrazar la vacuidad de un momento en el que el país nacional, exigía cuentas claras y chocolate espeso.
Yo estoy seguro que se puede hablar de otra cosa. Que nuestras cenas y encuentros con amigos no tienen, obligatoriamente, que ser ocasiones para repetir una vez y otra las anécdotas no siempre ciertas que ilustran los desaguisados de los camaradas. No solo estoy seguro, creo que es menester hacerlo para empezar a acostumbrarnos. De no hacerlo, corremos el riesgo de no saber que hablaremos el día (no muy lejano, esperamos) en que por fin se acabe esto-que-nos-está-pasando.

lunes, 26 de enero de 2015

Noche de Reinas....

Anoche, para beneplácito de los colombianos, una nueva jovencita veinteañera coronó, al poner sobre su cabeza la corona de Miss Universo 2015 a pesar de su deficiente desempeño ante el micrófono y su precedente fama de mujer antipática y conflictiva. ¿De qué se sirvió Paulina Vega, Miss Colombia 2015, para terminar la noche como protagonista de una historia de oropeles tan rentables, que es el mismísimo Donald Trump quién la paga? De una figura absolutamente escultural y una forma de lucirla reservada a ciertas predestinadas. Más nada. Más allá de estériles elucubraciones acerca de su inteligencia, Paulina Vega es, quien se atrevería a dudarlo, un hembrón de mujer. Una creatura casi perfecta. Punto. A los jueces de Miss Universo les interesa poquísimo el resto.
Mi anterior afirmación debería ser suficiente para dar por zanjado el asunto y pasar página; pero, soy venezolano (ayyyy Connie Méndez) y llevo en mis genes la insoslayable necesidad de convertir cada desfile de una Miss en el planeta, en un asunto de trascendental vida o muerte. No se puede hacer mas nada. Mi gentilicio me obliga a sostener, entre otras tonterías, que un año más “nos robaron la corona” y que Venezuela este año "no pudo cumplir el sueño" Además, soy opositor; ósea-me-da-cosita-que-no-haya-ganado-pero-por-lo-menos-le-sirve-para-que-los-chavistas-vean-que-ellos-no-ganan-nada-y-esa-tierrua-se-de-cuenta-de-que-no-puede-seguir-apoyando-esta-cosa-que-es-igualita-a-Cuba-tu-no-ves-que-nunca-hay-una-MissCuba-en-esos-concursos-por-algo-será- (o algo así…marico…)
Anoche, después de que la reina venezolana (que si, parece que apoya el régimen, but,  so what?) entrara al cuadro de las diez semifinalistas (momento que se sintió igualito a cuando una tarjeta de crédito venezolana "pasa" en una tienda de Miami) y terminara su carrera hacia el trono en ese mismo lugar, era mucho más revelador seguir las incidencias del certamen por Twitter que engomarse a TNT (escuálido que se respeta lo ve por TNT, ni más faltaba) Sencillamente, el país se paralizó de derrota y todos los demonios, tan pregoneros como ejecutores de una libertad que no sabemos respetar, se coronaron campeones.
La pobre maracuchita que defendía el tricolor nacional fue satanizada en minutos, el motivo principal: el color ROJO de su traje de gala; al extremo que la comentarista de la transmisión televisiva hizo alusión al descontento de sus paisanos por la elección del atuendo. Atuendo que, dicho sea de paso, era horrible y le quedaba muy mal por muchas otras razones, no por su color, que le va muy bien a su piel mestiza, puesto que además es más color carrubio que rojo - del que no nos ponemos -
Migbelis Castellanos no logró convertirse en la octava niña venezolana que se corona Miss Universo y, mi sensación personal, es que junto a las suyas, las alegrías de un país al garete se hundieron un poco más. ¿Alguien puede explicarme por qué? Lo dudo mucho. Proclives como somos a poner las razones del orgullo patrio en los sitios más equivocados, la corona de Miss Universo se ha convertido desde hace décadas en un bien colectivo de incalculable valor, cuya suerte reposa en las ancianas manos de un cubano misógino al que hemos bautizado como “el zar de la belleza” y a pesar de su rocambolesco mal gusto personal, le reconocemos como bíblica cada palabra dicha en la materia. ¿Se puede entender? No. Por supuesto que no; pero, es que de la venezolanidad muy pocas cosas son entendibles. ¿De que le ha servido a Venezuela, al colectivo social que es esta equivocación geográfica, haber tenido siete ex Miss Universo (fabricadas a hojilla y cincel) en los últimos 30 años? ¿Es la mujer venezolana de 2015 más culta, más honesta, más estudiosa, más cultivada e incluso más bonita, gracias al ejemplo dado por su colmena de misses internacionales? ¿Nos salvaron nuestras reinas de la precariedad indigna en que vive la familia venezolana del siglo XXI? Es más: ¿dónde están, en este momento de oscuros devenires, las reinas que tanta emoción nos causaron la noche de su entronización?
Migbelis Castellanos no regresará al país ungida de gloria. Como usted y como yo, descenderá del vuelo comercial que la traiga de Miami en el más completo anonimato (lo cual en cierto modo es un alivio, nos libraremos de las astracanadas que implican el recibimiento de una corona de Swaroskys) Hará declaraciones a algún diario, se sentirá muy orgullosa "del papel desempeñado" y será tan olvidada como Verushka Ramírez o Inés María Calero. Venezuela seguirá su rumbo atropellado e incierto; pero, el próximo año por estas fechas, volveremos a poner nuestras vanas ilusiones de país, en la suerte de otra jovencita linda que puede llegar a brindarnos la emoción de un triunfo del que solo obtienen beneficio ella, sus más ínfimos amigos, Osmel y Venevision. ¿Tan chiquitos se nos han vuelto los 912.050 kilómetros cuadrados?

lunes, 19 de enero de 2015

Cadena de carencias

Pertenezco a la generación Prestobarba. Esa generación que aprendió a usar y disfrutar las primeras soluciones que la “vida moderna” presentó a los problemas de la cotidianidad en forma de objetos fabricados en plástico y envueltos de modo tal, que desafiaba el uso exitoso de cualquier buena tijera de casa. Nunca utilicé afeitadoras de hierro ni, muchísimo menos, hojillas Gillette para dejar mi rostro limpio del abundante vello que lo puebla desde que soy muy joven. Cierto que durante muchos años llevé una poblada barba que me hacía ver tanto un judío ortodoxo del Fashion District Neoyorquino, como un terrorista árabe suicida (eso lo pude comprobar en el aftermath del 11 de septiembre mientras almorzaba en una cafetería de Houston) pero, básicamente, soy un tipo cuya tranquilidad depende de la existencia de afeitadoras desechables. No exagero. Nunca he dejado de tener una buena provisión de ellas en el gabinete de mi baño pues, a la abundancia de vello corporal, mi buen Dios le sumó la tortura de una piel excesivamente sensible que lleva años padeciendo el horror de la afeitada diaria y sus consecuencias poco amables con la estética. Durante años conocí dos tipos de afeitadoras desechables: la Prestobarba tradicional y unas, marca BIC, que compraba o mandaba comprar en Estados Unidos, especiales para pieles sensibles que cumplían bastante bien su promesa de no desfigurarme en el proceso de adecentamiento matutino. Mientras fui envejeciendo, descubrí verdaderos prodigios de sofisticación en materia de afeitados  habiendo llegado a usar maquinillas de cinco hojillas, absolutamente inútiles y peligrosas, con las que conseguí más de una pequeña marca de guerra; hasta decantarme, feliz, por el magnífico invento de las afeitadoras desechables de tres hojillas con una barrita de una cosa verde en el extremo superior, que los dos primeros días sirve para permitir que se deslice mejor sobre tu rostro y después para afearla, recordándote que, no más allá de cuatro o cinco afeitadas, ha llegado  su hora del descarte. Yo no conozco a nadie que cumpla a cabalidad el concepto de afeitadora desechable: ningún hombre de este mundo la usa una vez y la elimina (bueno, David Beckham tal vez, pero él no es amigo mío). Gracias a las afeitadoras de tres hojillas y a ciertos otros artilugios privados, había logrado mantener mi buena facha en su lugar, durante un buen montón de años.
Hasta que aparecieron los herederos del intergaláctico y nos echaron a perder el mejor momento del día: el baño al amanecer. No, no solo nos dejaron sin afeitadoras desechables; es que nos dejaron sin ninguna otra de las cosas que suelen formar parte del gabinete “cosmético” de cualquier hombre al que le interese, como a mí, no levantar sospechas de autodestrucción física, manteniendo las pocas gracias que natura le dio, lo mejor administradas posible. Bañarse en esta Venezuela de gente (hombres y mujeres por igual) absolutamente vanidosa, se ha convertido en un vía crucis que comienza con una oración al Santísimo Sacramento pidiéndole su intersección para que, al abrir la ducha, salga agua, lo más limpia que se pueda y de ser posible caliente, si es que el usuario tiene la dicha de tener un calentador en buen estado (porque no hay repuestos para arreglarlos, ni técnicos que quieran hacerlo, ni dinero para pagar lo que pretenden cobrar cuando aparecen dos días después de la neumonía de uno)  Si superamos ese primer escollo, la probabilidad de enfrentarse al jabón azul es lo más seguro que estamos empezando a tener los venezolanos igualados hacia abajo y llegado el momento de “lavarse el pelo” habrán los que prefieran echarse a llorar: Un buen champú (o el que sea) brilla por su ausencia. En días pasados logré comprar unos cuantos frascos de una marca anti caspa muy famosa que, bueno, no debería usarlo quien nunca ha tenido caspa; pero, ni modo, ¿Qué se le va a hacer?
Esa larga cadena de carencias se hace dolor al llegar al momento del afeitado. Vamos a ver si nos entendemos: hay quienes necesitamos afeitarnos todos los días. Punto. Es una decisión personal, propia, indoblegable a la que algunos hombres nos sometemos gustosos, aunque odiemos hacerlo. Digamos que es un asunto de testosterona. Afeitarse es cosa de hombres. Lo que las mujeres hacen con su vello corporal (con mayor dificultad de artefacto que nosotros) es tan distinto que se conoce como depilado. Nosotros nos afeitamos (y aquí, acépteseme el inciso: se ha convertido en habito de señores el “depilado” completo de sus cuerpos; pero, eso es moda, será seguramente pasajera y obedece a otras razones, yo estoy hablando de la barba) Para hacerlo necesitamos una Prestobarba o una Gillette Match Three o algo por el estilo, la mayoría nos acostumbramos a renegar de la hojilla Gillette puesta entre dos laminas de hierro atornilladas; peor, no aprendimos a usarla y nos asusta que el desgobierno esté pensando crear una misión que distribuya las de peor calidad que fabriquen los chinos.
Cuesta mucho creerlo, es cierto. Hace poco le rogué a un amigo cuya familia tiene un abasto en un pueblo cercano a Mérida que se trajera todas las afeitadoras que encontrara y me las vendiera al precio que quisiera; tal y como a la mayoría de los venezolanos de hoy les ha ido tocando hacer para encontrar tanto comida que poner en sus mesas, como productos básicos de higiene personal.  Hay quienes están sinceramente mortificados por no conseguir aceite;  yo no puedo evitar estarlo por no conseguir afeitadoras  y sentir que me castigan por no comprender que ese es el camino que hay que recorrer junto a los que pretenden crear al hombre nuevo, pero no saben cómo harán para alimentarlo ni para mantenerlo aseado y contento.
Quién sabe si a lo mejor, lo que debemos hacer es terminar de aceptar que, como sigamos así, “en este país, va a pasar algo”.

martes, 13 de enero de 2015

Incorrectamente religioso

Hace algunos años, mientras esperaba un vuelo que me llevaría de Paris a Estonia, tuve que pasar largas horas de espera en el aeropuerto de Orly sorteando dificultades propias de quien no puede permitirse un vuelo regular en una aerolínea regular a full cost. Si mal no recuerdo, creo que pasé una noche entera caminando por los pasillos de uno de los aeropuertos más incómodos del mundo hasta que, vencido por el cansancio, me senté en una hilera de sillas tratando de cabecear un poco. Al frente de mí, un colombiano que intentaba, como yo, cumplir el mismo itinerario estaba tirado en el piso, concentrado en la lectura de una revista que, a primera vista, se me antojó un suplemento - de esos que en mi infancia llamaba “de comiquitas“ - de algún periódico francés. Lógicamente era imposible dormir, de modo que saqué un libro (en esa época todavía andaba persiguiendo a Bryce Echenique) y me dispuse a leer, cuando escuché la voz de mi vecino preguntando si yo era “latino” listo para una de esas cosas “latinas” que no me gustan ni un poquito: hacer conversación con desconocidos. Pudo haber sido el infortunio compartido, pero, en pocos minutos, el colombiano (se llama Nicolás, oh-la-la) y este servidor teníamos montada una cháchara divertidísima que se convirtió luego en amistad de Facebook, previo par de cenas compartidas en Tallin.
Ese día conocí a Charlie Hedbo, también. Una revista de la que mi recién adquirido amigo era, más o menos, tan fanático como del futbol colombiano. Nicolás llevaba su revista a cualquier sitio e incluso me aseguró haber aterrizado con ella en la mano, en el aeropuerto de Marrakech (no será tan grave, imagino) Yo no hablo francés, de modo que asimilar los giros graciosos de la revista me costó  muchísimo y apreciar lo que significa, en su justa dimensión, no habría sido posible sin la intervención de mi pana. No obstante, hubo algo en Charlie Hebdo que me gustó, quizás porque de algún modo me recordó a The New Yorker (esa revista de culto para cualquiera que aprecie la ciudad de New York). Me tropecé con la revista en algunos viajes posteriores e incluso alguna vez llegue a comprarla; me gusta, pero, sigo sin entenderla del todo por razones estrictamente idiomáticas.
El día del atentado tardé un poco en darme cuenta que se trataba de la misma publicación que Nicolás (profesor en un colegio Parisino hace 20 años) coleccionaba con esmero.  Cuando lo comprendí, le escribí un mensaje vía FB que él respondió desolado. Entonces, coincidimos en el chat para hablar de lo ocurrido, y de los musulmanes, por supuesto.
Días más tarde, intoxicado de lecturas alusivas al tema fundamentalista, mahometano, islamista, yihadista y etcétera,  tuve una interesante conversación familiar acerca del suceso. Poco antes, un par de tías que viven en Paris, nos habían relatado con mucho dolor detalles de las manifestaciones y eventos que desencadenaron el asesinato de las doce personas relacionadas con Charlie Hebdo el pasado 7 de enero. Una y otra y otra vez, el tema musulmán ha sido puesto en bandeja. Un tema que, sin que medie el horrible crimen contra un grupo de periodistas en pleno ejercicio de su derecho más fundamental, siempre me deja la sensación de ser una asignatura pendiente que se revive, cada vez que en nombre de Allah, deciden dejar al mundo occidental como capilla sin santo.
Viví el 11 de septiembre, una fecha fatídica de la historia de la humanidad. He seguido de cerca las atrocidades de Boko Haram en Nigeria, he llorado varias veces leyendo los detalles de la historia de Malala Yousafzai, me horroricé con los videos de las decapitaciones de los periodistas ingleses y norteamericanos. En fin, creo estar relativamente enterado de las barbaridades que se cometen en nombre de un Dios, que no es el mío, por supuesto, ni tampoco el de otros millones de creyentes que conviven con nosotros en el planeta, negándonos toda posibilidad de aceptar que en el mundo musulmán, como en la viña del señor, hay de todo. Sin embargo, no deja de darme vueltas en la cabeza una pregunta: ¿Por qué nos resulta fácil, asumir, como muchos lo hacen erradamente, que la Yihad es una tarea de TODOS los musulmanes? cuando en realidad se trata de una cruzada política disfrazada de religión, que no difiere en nada de las cruzadas cristianas de la edad media de las que descendemos todos los cristianos. ¿Por qué nos resulta tan sencillo poner el dedo en la llaga ignominiosa de una mujer tapada con burka?, cuando la verdad es que solo quien viste según el mandato del Hiyab, es quien debe renunciar a hacerlo.  La verdad, no lo sé. Probablemente, al igual que millones de personas de este lado del mundo, entender una religión cuyos preceptos culturales se basan en la discriminación y el maltrato al otro, es un asunto demasiado cuesta arriba. Probablemente, no posea suficiente información. Nada más.
En todo caso, una vez más, puesto ante el horror de lo sucedido en Paris, y pendiente de donde será el próximo golpe, resuelvo  poner a prueba mi tolerancia. Yo no puedo rechazar a TODOS los musulmanes, como algunas personas predican debe hacerse. No puedo culparlos a TODOS. No puedo hacerlo por las mismas razones por las que no puedo culpar a TODOS los curas católicos de pedofilia. Ni a TODOS los pastores evangélicos de estafadores. Ni a TODOS los santeros de brujos. Sin embargo, creo que una sociedad construida en función de, por ejemplo, el maltrato sistemático a sus mujeres, no puede ser sana; lo que sucede es que eso lo creo desde mi óptica de hombre occidental formado en una sociedad matriarcal, que defiende con su vida el respeto a la mujer y no obstante admite pertenecer a una sociedad que tampoco es sana.  Por eso, fundamentalmente, siento que el esfuerzo de comprensión debe hacerse desde el conocimiento. No de comprensión de los asesinos que en nombre de Allah están dispuestos a acabar con la humanidad si esta decide continuar descalificando a Mahoma (que visto lo visto, tiene el rating bajísimo) no, a esos no, ellos merecen el castigo más abyecto; ellos merecen algo peor que la muerte pues como base y principio, a ellos su propia vida les importa un bledo, si no del resto ¿Qué hacemos con el resto? ¿Cómo hacer para comprender – y aceptar – que en gran medida el asunto religioso de los musulmanes es cultural? ¿Cómo hacer para comprender que, en estos tiempos globales, el Corán ha penetrado todos los estratos de nuestro mundo occidental, preocupado por lo que percibe como amenaza?
No es tarea fácil y es el gran logro de la guerra que en nombre de un Dios desconocido y sanguinario -  y en contra de ellos mismos - se libra día tras día. Sus alcances políticos y su carácter medieval son quizás lo que necesitamos tener claramente objetivizado. A partir de ahí, tal vez Mahoma, Allah y el mismo Dios al que veneramos todos los cristianos, dejen de tener el velo de misterio que ha impedido su correcta cercanía desde hace miles de años.  Tal vez a partir de algo parecido al entendimiento, empecemos a conocer las diferencias que nos alejan de una religión que no se nos parece, pero debe tener un punto por donde se pueda empezar a practicar de alguna forma el respeto a lo que predica para desde allí comenzar a armar el gran, indispensable, rompecabezas de la PAZ. Si es que eso es posible, al lado de lo que dice Mahoma.

jueves, 8 de enero de 2015

Del gusto de primear y sus finezas...


Al regresar de su trabajo, apenas si saludaba. Sentíamos su presencia porque era reverencial, pero por poco más.  Su habitación, perfectamente climatizada en el calor insoportable de Valencia, era un lugar sagrado al que solo nos aventurábamos en ocasiones de verdadera necesidad.  Allí, en ese sancta sanctorum, empiyamado desde muy temprano, descansando en su inmensa cama matrimonial, torcía un brazo por encima de su cabeza hasta rodearla completamente y pasaba horas atizando un bigote negro que ya hubiera querido para sí, Clark Gable. En el momento oportuno entraba a la cocina para cenar y - si la ocasión lo ameritaba – caerse a palos (y a boleros) con mi papá. Entre los dos,  y los que fueran uniéndoseles,  unas cuantas botellas de ron daban cuenta de algo que él me confirmó hace poco tiempo: aun sin la consanguinidad de los otros, fue más hermano de mi padre que los seis Liendo que si lo eran.  Debe ser por eso que si alguna cosa logra arrancarme en esta madurez llena de ausencias, mi tío Leopoldo me produce, sobre todo,  la emoción que producen los afectos viejos, indelebles, fraguados en la Quinta Mis Nietos de los años de El Trigal, insuperables.
Esta memoria, que es más que vida porque se vive varias veces,  ha sido el telón de fondo de mis días de fin de año. Un telón que además tiene por soundtrack aquellos mosaicos de Billo´s que ya nadie baila ni escucha y que suenan a Valencia en Noche Vieja, aunque ya no quede nada de la ciudad de mi infancia. Suenan también a Chichiriviche; pero, sobre todo suenan a la casa de los Romero y al placer de primear, un arte que en mi familia, numerosísima, se perfecciona en el tiempo. Hace poco leí por ahí una de esas cosas que circulan por las redes, haciendo referencia al gusto de crecer con primos (es decir, lo que yo llamo “primear”)  y aunque no me gusta utilizar memes de whatsapp como referencia para lo que escribo, hago la excepción del caso porque, en mi caso, mis primos fueron mis primeros y más solidarios amigos. Si por el lado materno crecí descubriendo las alegrías de una casa que tenía su propio espacio para construir casas en los arboles; por el lado paterno viví la libertad de corretear la vida misma, en compañía de una banda de primos que siguen teniendo buen talante, ojos saltones y buena pinta y son rápidos para el abrazo, la risa o la nostalgia feliz de unos tiempos que no se han ido porque aparecen cada vez que nos vemos; ahora, para enseñar a sus hijos a mantener viva la buena costumbre de encompincharse a la hora de comer, a la hora de beber y a la hora de dormir. Cosa que visto lo que vi en estos días de playa, van aprendiendo con meritos sobresalientes para enseñarme un universo al que poco a poco me acostumbro, sorteando las improvisaciones de no haberlo hecho nunca y no saber si lo hago bien: mis primos me han convertido en tío multitudinario que agota sus despertares repartiendo Dios los bendiga y se va a la cama pensando si todos habrán regresado, estarán durmiendo y habrán de tener una buena noche.  Alguna cosa más, como la seria conversación en la que uno de ellos me abrió su corazón, honrándome, para dejar escapar cuitas de muchacho a la orilla de Cayo Varadero, será el tesoro que vino conmigo para estrenar un 2015 que no pinta nada bueno, pero debe venir leve gracias al buen augurio que significa haberlo recibido entre amores tan auténticos.
Todo lo demás pertenece a nuestra historia, como el brazo que me machucó el rodillo de una lavadora en el patio de la casa de mi abuela o el recuerdo perfecto del día que Leo nos obligó a quedarnos despiertos, para descubrir con nuestros propios ojos la identidad del Niño Jesús de nuestros regalos navideños o los primeros cigarrillos fumados a hurtadillas en algún cayo de Morrocoy, o los presagios de una Ouija interrumpida por las bravuras de Ofelia. Las mesas rebosantes de comida, los tenderetes interminables de arepas para el desayuno y la dulce rudeza de una abuela a la que todos nos referimos en presente fue mi fiesta de noche vieja, la fiesta que significa siempre encontrarse con los primos.

Desde su silla, encanecido el bigote y disminuida  su altivez por la insidiosa enfermedad, mi tio Leopoldo sigue siendo el hombre al que esta familia reverencia aunque haya pasado de protector a protegido. A su lado, como si el tiempo se hubiera empeñado en no dejarse notar, mi tía Gladys, la uña aporreada de mi papá, sigue en su empeño admirable de no juzgar, ni entrometerse en la vida de nadie (no conozco a nadie más que lo haga con la misma maestría) y alrededor de todos, un enjambre de sobrinas y sobrinos, listos para que uno los quiera hasta lo imposible porque son dueños de todo lo bueno y lo malo que tienen los Liendo y están ahí para que sepamos que la estirpe es perdurable en el tiempo y va por muy buen camino. Vendran tiempos difíciles, como no, pero este baño de cariño que significó diciembre servirá para mitigarlos. Para eso se hizo la familia.

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