sábado, 26 de marzo de 2016

Por la acera del frente, solo...

Frank vive en un edificio clase media – media. Lleva más de 30 años residenciado allí, todos sus vecinos lo conocen, saben de él, han visto crecer sus hijos y alguna vez han obtenido de él algún favor para resolver emergencias. Frank es un buen vecino. Se supone que el resto de las 21 familias que habitan el edificio también lo son; para ser un edificio merideño, Frank cuenta con la dicha de no tener en el vecindario apartamentos convertidos en “residencia estudiantil”, cosa que no es que sea mala, sino que ocasiona algún problemita, según puede atestiguar la ciudad entera. El edificio de Frank está habitado por familias, o lo que así puede llamarse en estos tiempos de diversidades y amplitud de conceptos.
Hace un par de días, Frank dedicó el día entero a recorrer pueblos merideños con el fin de abastecerse. En alguno consiguió azúcar, en otro consiguió arroz y poco a poco, fue llenando la despensa familiar gracias al vía crucis que todos conocemos y todos realizamos para mantener nuestras familias tan alimentadas como “la crisis” lo permite. Frank regresó a su edificio aproximadamente a las 5 de la tarde, estacionó su vieja camioneta en un lugar cercano a la zona de entrada del ascensor y comenzó a bajar las tres cajas de víveres que había podido conseguir. Hizo el desembarco en la puerta del ascensor sin recordar que, últimamente, el aparato ha estado medio embromado, actuando por la libre la mayoría de las veces. Frank, en un olvido propio de la confianza de estar en casa, metió dentro del ascensor sus compras y se alejó un segundo para cerrar la puerta del garaje. El ascensor  arrancó. Frank no pudo hacer nada  por detenerlo.  Pasaron unos minutos que a él se le antojaron muy largos, tras los cuales, el ascensor regresó a planta baja, vacio. Detenido en algún piso imposible de descubrir pues, entre otros, el problemita del ascensor incluye haber dañado el marcador de pisos, el mercado que tanto esfuerzo y dinero habían significado para Frank, se evaporó en un vecindario que ha sido peinado hasta donde la decencia lo permite. Los vecinos “ho-rro-ri-za-dos” han comentado lo sucedido al buen señor, pero nadie ha permitido que este le eche un vistazo a la nevera o a la despensa de nadie. La compra extraviada en el ascensor, se perdió para siempre en el ascensor. Fin del asunto,
Lina, una profesora universitaria de economía tan menguada como la de cualquier profesor universitario, se dedica entre otras tareas penosas, a cuidar de su madre aquejada de una grave enfermedad mental propia de la edad. Para palear los síntomas, la madre de Lina consume una buena cantidad de medicamentos, cuya presencia en las farmacias locales sería motivo de risa, si no fuera tan grave. Cada cierto tiempo, Lina y su único hermano se ven en verdaderos aprietos para agenciarse las dosis necesarias, lo han logrado hasta ahora, pero cada día se hace mas cuesta arriba y más complicado. Hace una semana llegó el momento – aciago – de realizar inventario y dictaminar que es hora de abastecerse nuevamente. Cuentas sacadas, Lina obtuvo un préstamo de su caja de ahorros (medida in extremis a la que solo ha acudido  una vez al principio de la enfermedad de la madre) y juntó  dineritos guardados con la alcancía del hermano, para comprar los medicamentos necesarios para cuatro meses de tranquilidad. Empezaron las averiguaciones, pues nunca habían tenido que hacerlo de manera tan especial y decidieron acudir a los servicios de una mujer, venezolana, sufrida victima de la crisis, que decidió poner los pies en polvorosa y se dedica, según sus propios anuncios a “ayudar a sus paisanos venezolanos” desde su exilio panameño. Lina la consiguió en una red social, hizo algunas llamadas para verificar su existencia, gustándole lo que encontró, hasta que finalmente la llamó personalmente. Cari, (así se hace llamar la paisana) resulto encantadora, comprensiva, buenísima gente. No hizo otra cosa que ponderar la obligación que “tenemos los que vivimos afuera de ayudar a los que padecen esta horrible dictadura”  Lina le contó de sus problemas con las medicinas de su madre, Cari le aseguró que ese mandado estaba hecho, pues ella contaba con una “red humanitaria” especialmente diseñada para Venezuela y le pidió una lista detallada de medicinas. Lina se la envió de inmediato. Cari respondió dos días después con las buenas nuevas “tengo todo en mis manos, cuatro meses y medio de medicamentos para tu mamíta, mi amor” Lina agradecida, preguntó el precio, Cari se lo dio. A Lina le dio un soponcio. Era bastante más de lo que ella pensaba que sería. Le pidió un par de horas para replantearse la compra, Cari respondió que sí, pero lo hizo de muy mal humor (No vayas a salirme con que no las vas a comprar porque yo ya las compré y te las tengo aquí listas para mandártelas) y en fin, la cosa se empasteló un poquito. Vencida por la necesidad, Lina pagó lo que Cari le dijo muchas veces en sucesivas llamadas perfectamente pensadas para presionar la realización del pago y cinco días más tarde recibió los medicamentos. Vencidos. Con más de un año de vencimiento. TODOS. Marcados como medicamentos regalados por una organización de caridad debido a su condición de poco aptos (la fecha de vencimiento de un medicamento es tema de muchas teorías encontradas, pero de que asusta, asusta) Entonces Lina decidió averiguar un poco más: el precio que ella había pagado por esos medicamentos “poco aptos” era -  en más del 600% - superior al precio de venta del mismo medicamento en una farmacia Internacional que se anuncia por Internet y en otra y en otra. Hace más de una semana, Lina trata infructuosamente de hablar con Cari. El número de la venezolana benefactora de sus pobres paisanos en problemas, ha sido misteriosamente desconectado. Fin del asunto.
Federico tiene 56 años. Por la razón que sea, a esa edad, no ha podido obtener vivienda propia. En realidad, su suerte no ha sido tan buena. Digamos que es muy difícil que un venezolano de bien obtenga lo que hace falta para comprarse una casa, dedicándose como él ha hecho a escribir, pintar y dar clases de literatura en un liceo secundario. Todo con mucho éxito, pero más nada. Hace como un año Federico recibió una herencia (algo que quienes lo han vivido lo celebran tanto como una lotería) que comprendía un pedazo de terreno en una zona muy bonita de Mérida  y algún dinero, suficiente como para construir, sin pretensiones, una modesta casita. Federico se puso a ello. Sabía perfectamente lo que quería hacer y por lo tanto empezó a permitirse el sueño, hasta que descubrió que, para poder hacerlo realidad, necesitaba el auxilio de un arquitecto que, entre otras cosas, pusiera en orden la burocracia con la que debe enfrentar la burocracia. Lo pensó mucho, después de cierto trabajo de “casting” Federico se decidió por un amigo de infancia. No digamos - como los “chamos” de hoy – su mejor amigo, ni mucho menos. Un arquitecto a quien él conoce “desde que estaban chiquitos” y a quien ve con frecuencia en las reuniones de los compañeros de colegio o en las casuales rumbas de la gente de toda la vida. Federico se reunió con él, él le puso por delante unos honorarios muy decentes, (solidarios, de pana, dirían algunos) con los que Federico estuvo muy de acuerdo. La reunión terminó con un cheque extendido a  nombre del arquitecto por aquello de que “entre usted y yo hay confianza”. Unos días después, el arquitecto le entregó a Federico unas hojas, a mano alzada, con bocetos informales de lo que él consideraba una propuesta. Ninguna de esa hojas pintaba ni remotamente lo que Federico había dicho y redicho mil veces en la reunión previa; pero, además, no servían para empezar a tramitar permisos, ni para echar a andar la construcción. Federico le hizo un reclamo de amigos. El arquitecto nunca más respondió sus llamadas, nunca más hizo el menor esfuerzo por cumplir con el trabajo encargado, ni el menor intento de dar una explicación coherente sobre lo que piensa hacer para retribuir el dinero recibido, del cual Federico se olvidó completamente, por cierto. Fin del asunto.
Hace pocos días, el grupo de amigos de ambos, que suele reunirse para celebraciones casuales, decidió no invitar a Federico a una de esas fiestitas, para evitarle tener que encontrarse con el arquitecto, al que, por supuesto, invitaron y celebraron ¿sin recordar? la estafa que había cometido.
Cuanta razón tenía un gran amigo mío, intelectual de verdad, quien solía decir que en este "país" la única forma de vivir, era caminando por la acera del frente...solo

sábado, 19 de marzo de 2016

Cheo, o el dolor


Ay Juanca, que cosa tan linda has escrito sobre la Chocri…

cuando yo me muera vas a tener que escribir sobre mí

Cheo Vaisman
Hace muchísimo tiempo, mi hermano Jorge Luis me invitó a ver una función de un espectáculo bastante underground que estaba causando estragos en la Caracas culta de la época; se trataba de un grupo de músicos que se travestían para parodiar a las grandes divas de la ópera del momento, en un espectáculo fabuloso llamado “The Florence Foster Jenkins”. No voy a ahondar en los detalles de esas producciones de súper lujo, pues creo que todos los que vivimos esa ciudad de entonces, alguna vez vimos a Foster Jenkins; voy a limitarme a decir que, esa noche fue la primera vez que caí rendido ante el talento indescriptible de Marisa Dulcamara Schichi, sin imaginar siquiera que, años más tarde, Elaiza Irizarry al contratarme como asistente de Producción de la Compañía Nacional de Teatro, estaría regalándome uno de los amigos más incondicionales y divertidos que heredé de los viejos buenos tiempos del Teresa Carreño: el grandioso Cheo Vaisman, a quien ella me presentó (desprovisto de los ropajes de la Dulcamara, a quien ya había enterrado sin honores)  mi primer día de trabajo en la recién fundada CNT. Cumplidos los saludos de rigor en el inicio de lo que significó realmente mi salida de Mérida, para hacerme gente grande en Caracas, Cheo le dijo a Elaiza, justo en el momento en que me volteaba para regresar a mi oficina “Chica, pero si él es una vara de Nardos….” creando para siempre un lazo indestructible cimentado en el inusualmente inteligente buen humor de Vaisman, el único de mis amigos para quien, entre otras cosas, no existía el género masculino como no fuera para hablar de un chongo.
No puedo, no tengo fuerzas en este momento para repetir lo que se ha dicho de él hasta el cansancio. Contar las anécdotas de nuestras conversaciones interminables, llevaría tomos y además, me pondría en situación de tener que imaginarlo diciéndome “Chica, tú no eres Yoko Ono, deja ya de lamentarte…” y seguir por ahí, quizás repitiendo una lista de divertidos despropósitos; pues Cheo era, además de todo lo brillante que sabemos que era, el hombre más divertido del mundo. Un comediante innato, capaz de sacarle risas a las piedras, si eso se proponía, que no se tomaba la molestia de tomarse en serio, tal vez para no tener que cumplir con el rito social de ser simpático, algo que por cierto le gustaba muy poco. Cheo era divertido, porque era así. No mediaba ninguna explicación, a menos que su inmensa cultura haya servido para otra cosa que para hacerlo la estrella que era. Del mismo modo como repetía de memoria todos y cada uno de los títulos de la Duquesa de Alba, (de los que era capaz de explicar su importancia histórica sin omitir detalle) se explayaba en largas disertaciones sobre “su gente de pueblo de Venezuela” (a la que consideraba, fuera de cualquier connotación política, sencillamente prodigiosa) o me ayudaba con paciencia de santo a escoger piezas  musicales para armar proyectos en los que trabajo actualmente, muchos de los cuales llevan la impronta de llamadas telefónicas extendidas hasta más allá de la medianoche. Si, Cheo era erudito, brillante, inteligente, ocurrente, malcriado, libre, osado, atrevido, peleón y extraordinariamente talentoso. Si, lo era; pero, era sobre todo un amigo invalorable en un mundo donde esa particularidad escasea de forma casi asquerosa. Hablar con Vaisman, significaba saber que uno tenía el privilegio de tener cerca una mente maravillosa dedicada a la sencilla comprensión de la vida, a través del mejor de los humores y la risa fresca de sus chistes, cosa que me acompañó por mas de 30 años en un espiral ascendente de cercanía intima, que empezó a terminar el 07 de diciembre del 2015. Ese día Cheo empezó a morir, asesinado.
Un par de meses antes, o algo así, saliendo del supermercado San Lorenzo, una señora de esas encopetadas maravillosamente mantuanas que lo derretían, lo confundió con un taxista y le ofreció 700 bolívares si lo llevaba a una prestigiosa dirección de La Castellana, ayudándola con las bolsas de su compra. Él aceptó encantado, ella le pagó el dinero ofrecido y él regresó a su casa, levanto el teléfono y me llamó para contármelo en medio de grandes risotadas. Luego fueron unos chinos y luego una pareja de amantes venezolanos, a los que llevó a un hotel de urgencias amatorias. Entonces Cheo se convirtió en taxista pirata. No necesitaba hacerlo, (discutible, porque en este país, en este momento,  todos necesitamos un ingreso extra) pero lo hacía porque le entretenía un mundo. Parte de nuestro diario ritual telefónico era contarme las “carreritas” que le tocaban en suerte; además, cada vez que yo viajaba a Caracas, me recogía puntualmente en la estación del autobús que sube de Maiquetía a Parque Central y me llevaba a donde yo fuera, cobrándome la carrera a un precio un poco más bajo que lo normal. Eso por supuesto, no incluía las salidas a almorzar o las visitas que se cumplían religiosamente en cada viaje mío a la capital. (Alguna vez, incluso, tampoco el alojamiento que me brindó en su casa biblioteca de La Florida) Haberse convertido en taxista pirata le había dado un propósito feliz a su vida, ya no tan activa por diversas razones, más de salud que de edad.
El 07 de diciembre de 2015, me contó luego, salió a buscar sus clientes de siempre, cuando en la Plaza Altamira, un joven que no llegaba a tener 18 años, lo detuvo para pedirle que lo llevara a El Llanito a buscar unos apuntes en casa de un compañero de colegio. Cheo accedió, sin sospechar, porque el jovencito tenía aspecto de querubín inofensivo. Estoy seguro, antes de que lo piensen, que no medió ningún otro interés personal, distinto al alma cándida de profesor en práctica desde hacía un tiempo. Lo llevó al Llanito, el jovencito entró a una casa y cinco minutos más tarde salió,  habiéndose cambiado el uniforme escolar por una franela de rayas y el morral de liceísta por un “koala”. Regresó al auto de Cheo y le dio instrucciones para salir de un barrio que él no conocía. Lo enredó llevándolo hasta un paraje solitario y allí en un segundo, sacó un arma del koala y lo encañonó. Hubo un fuerte forcejeo, Cheo intentó defenderse y el jovencito, en franca ventaja física, lo golpeo hasta lanzarlo fuera del automóvil hiriéndolo en el trance. El chamo huyó con su carro. Cheo se levantó como pudo, buscando ayuda y en minutos estaba montado en una buseta, auxiliado por vecinos para salir del barrio. Al recorrer algunas cuadras, su carro, robado unos minutos antes, estaba estrellado contra un poste, volteado ruedas arriba en el fondo de una cuneta. Allí empezó la segunda parte de una desgracia inenarrable: apareció la policía, rescataron el carro (enderezado con ayuda de vecinos) y él, herido y sin poder entender lo que ocurría, fue detenido junto al auto en una estación de policía. Voy a ahorrar detalles: Cheo terminó pagando algo así como 20 mil bolívares para que le devolvieran su auto y pusieran fin a la pesadilla. Finalmente lo consiguió regresando a la Florida en una grúa negociada por los mismos policías que, un poco antes, le habían chantajeado para devolverle su propiedad robada. Vaisman se dedicó a poner orden en su vida ultrajada y me llamó dos días después para contarme su tragedia. El auto, llevado a un taller de confianza requería una reparación cuyo coste rozaba un millón de bolívares.  Su cuerpo magullado y golpeado se puso en guardia. Su mente, estrangulada por  la acción del malandro, nunca volvió a ser la misma. Algunos de sus amigos contribuimos con dinero para resolver las urgencias económicas del robo, lo antes posible y estuvimos pendientes de ayudarlo a remontar la cuesta. No fue posible. El humor maravilloso de Cheo, empezó a ser cada vez más agrio. Un día, por ejemplo, montaba en cólera por que la empleada no había ido a trabajar y el otro podía dedicarle horas de su conversación a lamentarse de lo ocurrido. Dejó de ir a las terapias que había empezado con un prestigioso siquiatra amigo suyo y muy frecuentemente, montaba escenas de rabia contra quienes, como yo, estábamos pendientes de cómo iban las cosas. Enseguida aparecieron  las enfermedades: un día era un brote alérgico, otro una erupción en la piel, otro una terrible jaqueca y así, hasta que a finales  de enero, su carro estuvo reparado. Poco a poco empezó de nuevo a vivir, retomo sus clases en el Colegio Humboldt y aunque ya no recibía alumnos en su casa, intentó darle cierta normalidad a su vida. Lo visité en dos oportunidades entre enero y febrero y siempre quedé con la preocupación de que algo se había torcido para siempre. Un día me dijo: “Juan Carlos, ese niño no me robo el carro, me robó la felicidad”: ese día me asusté realmente.
Cheo volvió a intentar sus “carreritas piratas” hasta que hace unas tres semanas, me llamó para decirme que había salido del Humboldt en una ambulancia de RESCARVEN. Tenía un terrible dolor intercostal. Un par de hospitalizaciones después, fue diagnosticado con una Neuritis Intercostal y un problema importante en la piel. Era difícil hablarle pues estaba todo el tiempo atravesado por el horrible dolor, agravado por la ya famosa carencia de medicinas que todos padecemos. Pude encontrarle algunos medicamentos en Mérida, se los envié y noté casi enseguida, una leve mejoría. Hasta el sábado pasado.  El día anterior había vivido una serie larga de contrariedades y el dolor había regresado. Lo llamé para permitir que drenara su rabia a través de un insólito cuento con un pollo (del que, según supe, se enteraron también otros amigos comunes) y prometí buscarle otros analgésicos. El sábado respondió el teléfono con voz entrecortada, quejándose de un brote insoportable de dolor. Nunca más hablamos. No respondió ninguna otra de mis llamadas ni volvió a dar señales de vida.
El jueves, muy preocupado, comencé a contactar amigos comunes y encender las alarmas. Descubrí entonces que muchos opinaban, como yo, que Cheo estaba viviendo un difícil trance.

El viernes a las seis de la tarde, me conecte a mi teléfono y encontré el mensaje de mi querida Lucy Ferrero dándome la mala noticia. Desde ese momento, no puedo dejar de pensar que era un desenlace cantado. Cheo no soportó la iniquidad de este país al que amaba. Cheo murió de un dolor mucho más profundo que el físico. A Cheo nos lo quitó la misma Venezuela al que su alma Nicaragüense le había regalado glorias.
Y eso, carajo, es horriblemente difícil de entender.

domingo, 13 de marzo de 2016

La Minelli y el mesero

Hacia frío. Por más que intentaba acostumbrarme al clima áspero y complicado de esa ciudad fascinante, en realidad opinaba que el cuento de las cuatro estaciones de New York era mentira. Yo sentía un frio muy intenso todo el tiempo, que se suavizaba un poco en algunas semanas del año, y un horrible calor, muy húmedo, durante pocos días alrededor de Agosto, en los que la ciudad se quedaba vacía de amigos y el parque se llenaba de gente rara y operas. 
Para redondear  mis gastos, compartía mi beca de Repertorio Español con algunas horas de mesero en un lugar divertidísimo del Village, un restaurante más o menos brasilero, famoso por su noches de reggae y samba y su comida más o menos caribeña, todo un hallazgo para la clase media alta de un Manhattan que intentaba poner de moda lo latino sin conseguirlo de un todo. Se llamaba Sounds of Brazil, aunque, of course, todo el mundo lo conocía como SOB
Una amiga me consiguió unas horas como bus-boy y yo, rápidamente, me ocupé del resto. Pasé una corta temporada en la barra aprendiendo a preparar tragos, pero me despacharon al romper la segunda botella de tequila (nunca supe por que las margaritas habían destronado las caipirinhas más apropiadas al gentilicio del sitio) y,  gracias a mis buenos modales gochos, comparables a los del Butler de la Reina de Inglaterra, fui asignado a la zona VIP del restaurante. Atendíamos artistas relativamente desconocidos que actuaban en el bar y,  algunas veces, gente realmente VIP que se mezclaba con el lumpen latino para pasar un buen rato. 
Una noche tuve la emoción irrepetible de servirle agua con gas a Celia Cruz despues de una breve actuación  (no existían las selfies, si no imagínense) y otra, con toda corrección, traje bandejas y bandejas de batata dulce frita a una mesa en la que estaba sentado el mismísimo Tito Puentes, disminuido y envejecido meses antes de la operación horrible que le costó la vida. En seis meses de permanencia en el lugar, lo mas VIP que había visto llegar a esa especie de reservado privadísimo del cual yo  tenia llaves y dominio absoluto, era a la bellísima IMAN del brazo de David Bowie (juro por Dios que no sabía cómo hacer para quitarle a ambos la mirada de encima) hasta la noche perfecta en que llegó La Minelli con un combo de cuatro o cinco caballeros tan antipáticos y amanerados como solo pueden serlo las locas high de Manhattan (Con mi perdón por el termino)
Ese día, poco antes de entrar a preparar mi salón VIP al que - TOC mediante - le dedicaba tanta atención como podía hacerlo para una fiesta en mi casa, convirtiéndolo en un  lugar envidiable dentro del barullo de un restaurante que no destacaba por su belleza; entré en la tienda del pakistaní de la esquina a comprarme un dulce con el que combatir el sweet teth que me producía el frio. Como siempre, allí estaba la torta de chocolate de apariencia casera que me pareciá exactamente lo que quería comer. Compré una porción y entré a mi trabajo comiendo;  la torta era realmente deliciosa.
Han debido ser como las 11 de la noche cuando uno de los segurosos del lugar, entró desaforado preguntando por mí. Salí a su encuentro, con voz casi entrecortada por la emoción me decía que tenía que “parir” una buena mesa para sentar a Miss Minelli. No entendí, pero, había adquirido la costumbre de guardar una mesa los viernes y sábados en la noche en el salón VIP,  pues frecuentemente alguien con suficiente dinero en su cuenta bancaria ponía en aprietos a Martina, la bellísima morena martiniqueña que manejaba las noches de rumba del SOB, exigiéndole una mesa de postín. Le respondí  que no había problemas, que trajera a Miss Minelli al reservado y aunque ese nombre,  dicho de esa forma por un brasilero buenmozo que tenia pésimo acento, me sonó a amiguita del jefe, estaba comprometido a atender a quien fuera con la misma excelencia que lo había hecho con Celia Cruz (el rasero con el que mido la idolatría)  
Unos minutos mas tarde,  segundos tal vez,  la tuve en frente: Era la misma Ms.  Bowles de Cabaret. Liza, el último de los íconos de la noche neoyorquina, sobreviviente de mil guerras,  amiga de Andy Warhol, adicta, problemática gran actriz premiada con un Oscar, hija de Judy Garland y Vincent Minelli. My particular end of the rainbow: Liza Minelli. 
La mujer que en ese momento llenaba las noches del Radio City Music Hall con un espectáculo maravilloso al que había ido un par de veces juntando las exiguas propinas de mis pichirres clientes VIP saludo con corrección y voz ronca a todos. Disimulando como pude los problemas de acento que se exacerbaban en cada ocasión en que tenía que parecer completamente asimilado, le pregunté que podía servirle y ella ¡me miró! con sus ojos inolvidables y solo atinó a soltar que se moría de hambre, literalmente, se moría de hambre y quería la mejor y mas grande hamburguesa brasilera que pudiera servirle; un plato que no figuraba en nuestro menú, ecléctico, pero no tanto. Volé a la cocina, le supliqué al cocinero de malas pulgas que se inventara algo para Liza (solo los gringos dicen lai-z-za) y regresé a su mesa con una botella de champagne que sus acompañantes habían pedido. Ella pidió “water, you know” (yes I knew…I knew your bouts with rehab) y yo entré en pánico, era indispensable que en esa cocina inventaran la mejor hamburguesa del mundo. Entré a la cocina cien veces en 10 minutos,  hasta que el cocinero - mal encarado - me presentó una bandeja preciosa, con una hamburguesa de carne de cerdo, bañada en una salsa de frijoles rojos y acompañada de batatas dulces fritas y ensalada de rúgula con mango que, estaba tan sabrosa y era tan bella, que no le quedo otra alternativa que entrar a formar parte de nuestro ecléctico,  pero no tanto, menú.
Liza disfrutó la hamburguesa con deleite. Podía verlo desde mi esquina mientras moría de taquicardias frenando mi deseo de pedirle mil autógrafos y hacerme doscientas fotografías (cosa que teníamos terminantemente prohibida) en un momento, casi al final de la cena, ella levantó su cara y sus ojos, maravillosos,  muy maquillados, se encontraron con los míos por segunda vez. Acudí a su llamado en microsegundos, para que ella entre bocado y bocado, con la boca llena y fascinada, me pidiera servirle un buen pedazo de torta de chocolate. El único postre tradicional que nunca había estado en el menú del SOB. Atormentado por la idea de no poder complacerla, fui a la cocina a decir que Liza quería comerse una torta de chocolate, a lo que el cocinero respondió diciendo que no había,  que le ofreciera otra cosa.  
En ese momento tuve una epifanía. Sin ponerme un abrigo ni quitarme el delantal con que servíamos las mesas, abrí de un manotazo la puerta de atrás y pegué una carrera hasta la tienda del pakistaní abierta 24 horas. Lustrosa, sobre el mostrador, la última porción de su torta de chocolate estaba en la bandeja.  La serví yo mismo en un envase para llevar, arrojándole  a Pavel un billete de diez dólares. Regresé al restaurante, tome un plato de postre, coloque la porción de torta y con la poca gracia que me permitieron mis nervios, decoré con sirope de chocolate y algunas fresas frescas el plato. Llegué a la mesa de la Minelli en el momento justo en que un compañero retiraba el plato vacío de la hamburguesa.  Con suficiente aprehensión, presenté el postre, al que ella de un zarpazo  arrancó un pedazo con la cuchara. Su cara de satisfacción fue el paraíso. Comió hasta el último bocado de la torta sin dejar que ninguno de sus acompañantes la probara. Regresé a mi esquina a mirar la noche. Un par de horas después de bailar, tomarse fotografías, firmar autógrafos y provocar un verdadero revolú en el restaurant, la Minelli mando a llamarme (Yo había pasado la noche llenando su copa de agua desde una botella de San Pelegrino que mantenía fría a mi lado) Me entregó un billete de 100 dólares, me dio la mano diciéndome Thank you, darling y me pidió que la escoltara hasta la salida. 
En la puerta, Martina le ayudo a poner su abrigo; en ese momento, Liza le dijo que lo mejor de la noche había sido la torta de chocolate. Martina abrió los ojos sorprendida y me miró, estuvo a punto de desmentir a Liza diciendo que nosotros no vendíamos nada que contuviera chocolate. Con un gesto le hice saber que le explicaría luego.
Liza Minelli salió del SOB satisfecha. Mi pana pakistaní, desde ese día, se vio obligado a vendernos una torta de chocolate entera cada dos noches (que se convirtió en el postre insignia del SOB) y yo fui promovido a dueño y señor de los clientes VIP del restaurante con un aumento del  5% de mi sueldo. La emoción de esa noche no se me borró de la  mente nunca más, y si, verdaderamente, me costó mucho trabajo lavar de mi mano el aroma de las manos perfumadas y suaves de esa gran mujer que acaba de cumplir 70 años.
Ojala y haya tenido alguien cerca que le haya regalado una torta de chocolate para apagar sus velitas.

sábado, 27 de febrero de 2016

Efemérides de un arrebato

Eran casi las 8 de la mañana cuando estaba entrando a la estación Altamira del Metro de Caracas, mi ruta habitual de todos los días, con la pequeña excepción de que, ese día, mi camino hacia el Teresa  se interrumpiría por una parada en la Estación Chacaíto para tomar un café con William Niño Araque y conversar sobre dos cosas que a ambos nos apasionaban: el teatro que hacíamos en la Compañía Nacional y, cómo el arte, en todas sus manifestaciones, podía formar parte de ese casi nuevo paisaje urbano que conocíamos como “EL METRO”,  al que William, arquitecto irrepetible, le estaba poniendo toda la gracia que salía de su bien amoblada cabeza. La cita era en una oficina ubicada en un pasillo de la Estación Chacaíto, donde nos saludamos con el cariño de viejos conocidos que no son amigos no se sabe por qué, para ir juntos a  recorrer espacios que bien podrían servir de escenario a mis actores de la CNT. Antes, una secretaria simpatiquísima sirvió sendas tazas de té e intervino un poco en la banal conversación de quien empieza el día. La estación, usualmente muy congestionada de pasajeros, lucia extrañamente vacía para ser lunes antes de las 9 de la mañana y ambos comentamos que esa sensación de “ausentismo” rondaba desde mucho más temprano en otras estaciones también. La joven secretaria intervino informándonos de una noticia que extrañamente era ajena a estos dos desangelados culturosos: en diferentes zonas de la ciudad capital había “disturbios”. Sonreí con sorna. Se me salió el andino:
-          Como se nota que nunca has vivido en Mérida, esos si son disturbios serios….aquí no pasará de ser unos bochinchitos sin importancia….
Ella me miro con cara de “estos gochos tan creídos” se sonrió y no se atrevió a replicármelo. William y yo montamos una sabrosísima conversa sobre planes futuros y cerca de las 10 am, él tuvo la gentileza de abrirme una de las compuertas por las que se pasa sin pagar y acompañarme hasta el andén para embarcarme en el próximo tren. Nos despedimos al abrirse las puertas de un vagón, desacostumbradamente desprovisto de pasajeros. Por la ventanilla vi como William se alejaba caminando por el andén y como era súbitamente escoltado por un militar uniformado. A bordo del vagón, los pasajeros insistían en decir que “la cosa está que arde”…
Salí del tren en la Estación Bellas Artes, de allí tenía que caminar un par de cuadras hasta alcanzar el Teresa Carreño; habitualmente, ese trayecto lo hacía saliendo por la boca que conducía hacia la Plaza Morelos para caminar bordeando el Caracas Hilton. Eso hice, como costumbre. No obstante, al salir a la Avenida México, me encontré con una ciudad sitiada. De La Candelaria, venían en veloz carrera hordas de personas cargando a sus espaldas todo tipo de cosas, estos eran repelidos por efectivos militares, quienes a su vez intentaban custodiar con sus cuerpos a las pocas personas que alcanzamos la acera en medio de la marabunta. Me pareció exagerado, aunque me resultaba imposible mantenerme en esa esquina, no solo porque, tras de mí,  los empleados del metro cerraban las puertas de acceso a la estación. Mi única alternativa era llegar al Teresa Carreño; eso fue lo que hice. Creo que protegido por los mismos soldados que estaban en el camino, logré llegar al Teatro. Era la primera vez que veía semejante desorden en Caracas. Peor, era la primera vez que al entrar al Teatro, me encontré con todos mis amigos en estado de franca preocupación por lo que estaba pasando. Los cuentos eran horribles. Alguien nos dijo que la Avenida Lecuna se había convertido en campo de guerra. Los pocos obreros que habían logrado salir de Guarenas traían el rostro desencajado del susto, los que habíamos logrado llegar a la oficina estábamos conversando reunidos en el cafetín, tratando de descubrir lo que acontecía fuera de aquel espacio de protección que era nuestro teatro. En todo caso, lo único que no lográbamos ni empezar a entender (como decía Elías) eran las motivaciones de esa revuelta.
Pasado el mediodía, el jefe de seguridad del Teatro se las arreglo para que saliéramos de allí rumbo a nuestras casas. Nadie sabía con que se iba a encontrar, pero habíamos escuchado que el Este estaba más o menos tranquilo. Eso servía para no temer el regreso. Puedo recordar con toda exactitud que llegué a la Plaza Altamira (dos cuadras de mi edificio) en un automóvil militar cuyo conductor desconocía. En los alrededores del Obelisco la “calma chicha” de un mediodía luminoso cargado de malas noticias, me estremeció de miedo. Caminé a toda velocidad hasta mi apartamento y entré con desesperadas ansias por hablar con mi padre en Mérida; al tercer intento, lo conseguí. Su alma comunista, exaltada por los acontecimientos, me recomendó inmediatamente pertrecharme de comida y no salir, él, más que nadie esperaba, de un momento a otro, un toque de queda. Me reí de sus advertencias.
-          Papá, por Dios, en este país ni ha habido ni habrá nunca más un toque de queda, esto es una revuelta como las de Mérida, a las seis de la tarde se acaba. Los revoltosos tienen que cenar….
A las seis de la tarde, más o menos, Italo del Valle Aliegro anunció al país su primer toque de queda de la era democrática, la consecuente suspensión de garantías y algo que nos sonó a todos como un estado de guerra. De pronto, habíamos alcanzado una madurez  sangrienta. Poco después, mi vecina del piso 7 tocó el timbre para avisarme que el portu de la panadería de abajo (sí, yo tenía una panadería de un portu en la planta baja del edificio, como corresponde) había decidido abrir el acceso del garaje para que los vecinos del conjunto residencial pudiéramos comprar alimentos, sin tener que entrar por el frente, lo que habría sido una violación peligrosa al toque de queda. Bajé, como hicieron la mayoría de los vecinos y compré lo que pude encontrar: algo de charcutería, quesos, cosas raras y seis bandejas de tequeños congelados que fueron mi salvación en la ansiedad de los días siguientes. El teléfono reventaba con las llamadas de amigos preguntando “como se vivía eso” (algunos se instalaron en mi casa al amanecer del día siguiente y no regresaron a sus hogares hasta transcurrido el susto) y la zozobra de un hecho inédito en nuestras vidas ciudadanas, se instaló para amargarnos la vida por varios días sucesivos. Esa noche, asomado al balcón, entendí lo que estábamos viviendo: el hijo de una de las vecinas, típico chamo de 18 o 19 años, medio rebelde y súper inconsciente, salió a la calle pasadas las diez de la noche a gritar solitarias consignas contra el gobierno (de Pérez, en ese entonces) y fue barrido por la ametralladora de uno de los soldados que custodiaban  nuestra calle. Gracias a nuestros gritos ese chico logró sobrevivir – maltrecho - a varias balas incrustadas en sus piernas (hubo que amputarle un pie) y una gravísima herida intercostal que lo mantuvo entre la vida y la muerte por espacio de tres semanas. El edificio casi al completo se volcó a prestarle ayuda, y mientras algunas de las mujeres suplicaban un poco de humanidad a soldados entrenados para no tenerla, los hombres logramos que el chamo fuera trasladado a la cercana Clínica Ávila. (Regresó un par de meses después, con la mirada perdida y la cara de adolescente tardío azotada por el rigor de la sobrevivencia. Poco después abandonó junto a sus padres el país convulsionado en que se fraguaba el horror futuro). 
Quienes no nos habíamos atrevido a desobedecer la normalidad militar impuesta, vivimos 24 horas de terrible angustia que se alargaron por diez días mas para grabarnos a sangre y fuego las huellas de un día por el que hubiésemos dado nuestra primogenitura para no vivirlo.
Ese día, el calendario marcaba  27 de febrero de 1989: el día en que este país, al que yo creía mío, dejó - para siempre - de pertenecerme.

martes, 23 de febrero de 2016

Al cobijo de la maldad

Dos nuevos “acontecimientos” tienen mi vida de los últimos días en el mayor disgusto. Dos eventos que, aparentemente, no tienen nada en común, me están quitando horas que en lugar de dedicar a asuntos más creativos, han ido colmando el vaso de mi paciencia con la preocupación del sin remedio. No soy el único que los vive, por desgracia además, no soy tampoco el primero. Peor aún, estoy convencido que por un buen tiempo no seré el ultimo. Forman parte de la nueva cotidianidad venezolana; sucede, sin embargo, que vienen a cuento porque tocan afectos de una cercanía casi sanguínea, cosa que para mí es sagrada.
Contados, son más o menos sencillos: una familia a la que me unen lazos irrompibles de cariño, está siendo objeto de una injuriosa situación de acoso y maltrato – por todos sus flancos – debido a que, uno de ellos, decidió acogerse a su bien ganado derecho a jubilarse después de prestar un servicio inigualable a una institución educativa en la que creó un ejemplar órgano de extensión, siendo sustituido por quien un buen día, en connivencia con el poder, juró cobrarle a dentelladas el atrevimiento de haber sido brillante. El otro, mucho más sencillo y mucho más cercano pues le sucede a todas las familias de Venezuela en mayor o menor nivel de gravedad es simplemente ofensivo: un amigo, a quien puedo considerar hermano, está padeciendo los horrores de una dolorosa enfermedad que sanaría, si él pudiera conseguir un medicamento hasta hace poco de presencia cotidiana en cuanta farmacia de pueblo existiera. Se trata de dos situaciones propias de lo-que-nos-está-pasando y la verdad, es que muy poco hago quejándome de ellas; pero, ambas, aunque de maneras muy distintas, me tienen enfrentado a la obligación de entender un sentimiento nauseabundo: vivimos al cobijo de la maldad.
La maldad, esa cosa horrible que dibuja llamaradas en el infierno,  es el motor que mueve este país, desde que un equivocado salió a las calles a predicar exactamente lo opuesto y una buena cantidad de hastiados ciudadanos decidieron creerle el cuento. Desde entonces - pues estoy seguro que nunca antes fue tan patente - hemos ido escalando niveles de maligna perversidad similares a los crueles periodos que pasaron a la historia por haber destacado en depravación.  Decir nuevamente que a nadie le importa una vida que vaya más allá de la suya propia (algunas veces, suya propia incluye su entorno más privado) es redundante. Lo que necesitamos decir, para ver si reconociéndolo empezamos a entender que vamos hacia la hecatombe, es que además, cuando se trata de la vida del otro, lo primero que se nos viene a la mente es una forma de reducirlo, hundiéndolo. Lo primero que se nos viene a la mente es como hacer para hacerle daño. La maldad, pues, ha copado todo resquicio de vida en sociedad, aunque existan miles de personas dispuestas a odiarme por decirlo y defenderse sosteniendo que nunca le han hecho daño a nadie; cosa que quizás sea cierta, conscientemente.
Comprender esa maldad globalizada, insidiosa, perversa, desgraciada, que se apodera de nuestras respiraciones, es necesariamente la primera de la tareas que se nos tiene que ocurrir a la hora de continuar con el predicamento de que en algún momento, habremos logrado el cambio; algo que, por cierto, será imposible pues esa crueldad de la que hablo, instilada sabiamente en el ADN del “hombre nuevo” no cambiará por arte de magia ante un eventual cambio de gobierno. No lo hará, pues requiere ser entendida y digerida. Requiere, perdóneseme el anglicismo tan antipático, que los venezolanos “realicemos” que vivimos en medio de la más pavorosa maldad dejándonos cobijar por ella, que comprendamos sus razones y que interioricemos una cosa terriblemente dolorosa: se trata de una maldad excesivamente frívola; por eso es tan despreciable.
Cuando una persona hace mal a sabiendas de lo que está haciendo, cuando defiende su mal comportamiento con argumentos y razones válidas (si es que las hay) cuando se refocila en su maldad porque sabe cabalmente las consecuencias que sus actos traen a la humanidad, esa persona se convierte en un desgraciado admirable. No es inocente, no es de ningún modo justificable; pero, al menos a su favor, juega el hecho de que lo estaba haciendo a despecho de cualquier circunstancia. Esos hombres, gracias al universo, se repiten muy pocas veces en el transcurso de una vida. Hitler, por mencionar al que posiblemente sea el peor de todos, existió una vez y punto; esa existencia fue suficiente para causar el daño más grande que se ha causado a la humanidad. Osama Bin Laden, por ejemplo, no logra ser emulado por ninguno de sus lugartenientes, aunque estos lo superen en degeneración; la lista, posiblemente mucho más larga de lo deseable, incluye reyezuelos y tiranuelos que aun cuando no llegaron al nivel de los monstruos mencionados, sabían que estaban acabando con una porción de la población incómoda para sus planes de detentar poder a cualquier precio y emprendieron su malignidad sin sonrojo, inculcándola en sus seguidores embrutecidos quienes sin enterarse nunca de lo que están causando continuan la terrible espiral maligna para mantenerlos, a ellos en su pedestal.  Es lo que Hannah Arendt llama en su libro, Eichmann en Jerusalén, “la banalidad del mal”. La aterradora banalidad del mal.
Los seguidores del maligno no saben lo que están haciendo. Es más, creen que no están haciendo mal alguno. Una mujer (o un hombre, que más da), deslumbrada por el poder, apoyada por un poderoso mediocre que le asegura permanencia en las alturas mientras esas alturas sean reservadas para él, es capaz de cualquier perversidad con tal de no perder su autoridad; esa mujer (u hombre, que mas da) levantará injurias, creará expedientes, dedicará su ocio creativo a escarbar los antecedentes de aquel o aquellos a quien quiere destruir y conseguirá una puerta que le permita hacerlo. Ahora, ¿esa persona sabe que la carrera hacia la destrucción de un igual, de quien podría en otro caso aprender grandes lecciones, tiene consecuencias? La repuesta, en nuestro caso, suele ser no. No lo sabe. La persona obnubilada por detentar poder, logra niveles increíbles de la más despreciable puerilidad. Eso no la salva de su condena, al contrario; eso hace que la sociedad se corrompa cada vez más y lo haga desde el ejemplo fútil de un acto de supremo enconamiento cuyas ramificaciones no han sido medidas. Eso hizo que Eichmann asesinara millones de judíos, que los Yihadistas arrasen con poblados enteros de infieles, que los cederrecos acabaran con la vida de millones de familias cubanas y que, los responsables de mantener los anaqueles de las farmacias llenas de recursos para la salud se roben el dinero destinado a tales fines, dejando a personas como mi amigo José, desamparado contra el dolor físico insoportable. Eso hace también que un jefe recién designado sea capaz de convertir un espacio creativo y hermoso, en un reducto de hostilidades y normas al que se va a demostrar  un poder que no tiene más beneficios que el poder por el frívolo ejercicio del poder en sí mismo.
Una vez en Berlín, visitando un campo de concentración, me contaron que en el consultorio médico del campo, un soldado entrenado para tal fin, disparaba a través de un minúsculo hoyo en la pared con precisión exacta para que la bala se alojará en la nuca del judío que, segundos antes, había puesto su desvencijado cuerpo en manos del doctor del campo, justo en el momento en que ese doctor, lo ubicaba contra una pared con la excusa de medir su estatura. Ni el judío, ni el médico, ni el soldado sabían lo que ocurría, el soldado disparaba pues le habían ordenado hacerlo cada vez que el orificio en cuestión se oscureciera. El médico había recibido la orden de medir la estatura del  “paciente” tan pronto este entrara al consultorio y el paciente no sabía lo que ocurría pues nadie había regresado del consultorio a contarlo en las barracas. Mientras esta atroz practica sucedía, el consultorio se inundaba con música de los grandes compositores alemanes de principios de siglo dando a todos una sensación de placida armonía. Esa música provenía de una especie de DJ cuyo sitio de trabajo era un pequeño cubículo ubicado a simple vista en las adyacencias de la morgue a la que trasladaban los cadáveres que salían del consultorio minutos después de haber entrado por sus propios pies.
Tal vez sea por eso que, pensando en las medicinas de mi pana y en las humillaciones que reciben quienes son mis amigos tan queridos; a veces, Gustavo Dudamel me parezca condenable.

domingo, 14 de febrero de 2016

Caracas, tierra de excluidos

A mí me encantaría saber qué me pasa con Caracas. Me encantaría descubrir por qué esa ciudad, tan absolutamente caótica y desordenada,  me produce sensaciones tan sabrosas. Yo no sé si es nostalgia - no lo creo – pero,  Caracas es la única ciudad, el único territorio de este ancho y ajeno mundo (con su permiso maestro Prieto) que a mí se me parece a lo que la gente llama patria. Nací y viví mis años más jóvenes en Mérida, un lugar que si, está bien, tiene cierto encanto; pero,  jamás me produce lo que la capital de esta república del desastre. Conozco Caracas a pie. Me la sé de ojos cerrados. Reconozco su olor, sé de sus rincones públicos y privados, soy capaz de contar con lujo de detalles su cerro Ávila tan cantado. Debe ser esa, la única razón por la que tener la oportunidad de algunas horas a su vera me parece un regalo irrenunciable. Mi hermano, que la teme y le rehúye dijo hace poco que  “Juan con tal de pasar una noche en Caracas es capaz hasta de ofrecerse a hacerle diligencias a uno" (todo el que conoce Caracas sabe lo que "hacer diligencias" allá significa). Es cierto y se lo he comprobado otra vez. Estuve un poco más de escasas 24 horas entre el 5 y el 6 de enero acompañándolo a salir de viaje desde Maiquetía, antes de emprender regreso a mis rutinas. Aproveché de vivir el 5E (jamás la olvidaré Doña Consuelo) y tuve que volver al centro - lugar que adoro - muy temprano la mañana del 6E,  para acompañar a un amigo. 
Fue un impactante shock. El Día de Reyes había amanecido en presagio de tempestad, gracias al famosísimo video de Ramos Allup y los retratos - que mi opinión resume en una sola palabra: innecesario- la alegre bullaranga del día anterior,  probablemente,  estaba durmiendo la mona y las premoniciones de Doña Consuelo empezaban a ser verdad  tal vez demasiado pronto. Apenas ayer estas mismas aceras mostraban otra cara; hoy,  a pocas horas del fin de fiesta habría sido una temeridad imbécil exhibir un símbolo de nuestra oposición.  Asombra (y asusta) la rapidez con que lo peor del lumpen revolucionario se reagrupa para, continuar sus orgias de sueños violentos sin destino y darnos, a nosotros, razones para temer todos los días y siempre,  la matazón y el sangrero.
Cada una de las esquinas del Palacio Legislativo -ahora desprovisto de su excesiva custodia- estaba tomada por un pequeño grupo de lo peor del hombre nuevo, 20 o 30 radicales vestidos de rojo sin otro oficio (ni beneficio) que el de  dar su vida por el comandante,  aunque antes de hacerlo tengan que llevarse las vidas de alguien más. Así de simple. En los cuatro grupos, carteles improvisados trocaban consignas en amenazas y,  en cada uno,  un agitador de oficio animaba la jornada con lo peor del léxico revolucionario. En los bajos del antiguo Edificio La Francia, expoliado por el difunto en un alarde de exprópieses a los que todavía nadie - ni de un bando ni del otro - le encuentra justificativo, un inmenso toldo rojo hacia las veces de comando de campaña flanqueado por una gran pancarta que proclamaba, sin el menor sonrojo, la obligación que tienen los seguidores del difunto de exterminar las ratas de la AN (expresión, por cierto, que en un país serio desembocaría en investigación y castigo). Pasear, en las primeras horas del 6 de enero por esas calles tan auténticamente caraqueñas,  en las que me convertí en eficiente productor de teatro,  se había convertido, por obra y gracia de una aplastante derrota, en un peligro tan innecesario como incomprensible.
Hay algo completamente cierto en el frívolo predicar de las masas patrioteras: este país no era así. Nuestra capital, muchísimo menos. Soy uno de los que reconoce sin apasionamientos lo malo de su gentilicio; al hacerlo lo contrapongo a todo lo que hace a Caracas victoriosa. Los andinos no somos simpáticos; no, de la manera que a los venezolanos nos gusta admitir esa virtud. Los andinos somos montañeros, eso nos hace desconfiados, poco abiertos, cerreros. Los capitalinos por el contrario, son un encanto, han (¿habían?) logrado combinar los buenos modales del pueblo con el desparpajo Caribe y los aires de la gran ciudad. Caracas, siempre, fue una ciudad en la que cabíamos todos; sobre todo en ese pedazo adorable conocido como El Centro. ¡Por Dios!...si no hace mucho, en una esquina de la Plaza El Venezolano,  un restaurante bien puesto hacía que cualquier venezolano (que pudiera permitírselo) compartiera mantel y condumio con la mismísima Pierina Spagna, (trocada en dama de alcurnia después de habernos maravillado sufriendo amores de utilería dentro de las pantallas de nuestros televisores) después de haberse pateado el centro en busca de miriñaques, primores de mercería o zapatos de cabritilla. Detenerse por un instante a dejar una plegaria en San Francisco era asunto de pasar por ahí, e incluso sentarse a "tomar el fresco" por unos ricos minutos era privilegio de quien se acercara a una de sus plazas (la Bolívar incluida). Vivir el centro era obra desprejuiciada de quien bajara en La Hoyada o Capitolio, después de un corto trayecto en metro.
Hasta que aparecieron los camaradas en plan de carpa, toldo improvisado y esquina caliente,  a creer promesas que nunca se cumplieron porque nunca fueron hechas con deseos de cumplirlas; entonces, nacimos los excluidos. Los ajenos a espacios que nos pertenecen. Los expulsados. Y por cada puntapié recibido, los resignados perdedores de un pedazo de mosaico llamado Venezuela, entregado al grito desagradable de patria, la más mala de todas las malas palabras rojas.
Nacimos los excluidos, paridos por excluidos que tienen un solo mérito: saben meter miedo. Un miedo aceptado a fuerza de la mala saña con la que,  a sangre y fuego, nos han secuestrado en nuestros hogares. Nacimos los excluidos cobijados en el odio de aquellos que poco antes habían sido incluidos en el desastre.
Asusta saberlo. Asusta mucho más sentirlo. Caracas ya no es de todos. Una buena parte de esa culpa la tienen las arengas que nos cambiaron la faz, otra aun no ha sido bien explicada.  No sabemos lo que necesitaremos hacer para volver a patear calles ensangrentadas de odio y desconsuelo. Tal vez, tengamos que responder con triunfos cada golpe.
Asusta, por mil razones, incluso decirlo; pero,  Caracas anda por ahí pidiendo ayuda,  a pesar del  5 de enero y Doña Consuelo.

jueves, 11 de febrero de 2016

Notas al hombre nuevo

Tal vez el problema sea que, en el fondo, le hemos dado paso al poquito de hippie enamorado que nos habita, permitiendo manías bucólicas, más bien propias de la adolescencia, que nos atropellan y nos hieren a los 50 años. Quizás nos dio por creer que la buena estrella anda de manitos cogidas con nosotros o, sencillamente, dejamos de entender los mensajes, bloqueados, como parece que estamos, por sucesivas metidas de pata al usar sujeto, verbo y predicado. Si tenemos una falla de la que asumir culpa, esa es creer que éramos capaces de convencer a cualquiera de dos cosas que ya no existen: la buena fe y el pese-a-mi-pitiyanquismo-yo-no-te-voy-a-joder (una manera vulgar de decir que algunas veces lo que me importa es que me creas cuando te doy la mano mirándote a los ojos). Quizás lo que nos sucede, es no llegar a percibir las simplezas que tiene el intentar entender cuán grande es la diferencia que existe entre la gente que, como nosotros, no pasan de lanzar unos gruñiditos y obviar saludos innecesarios - sin llegar a mala gente - y los demás, reeducados en la promesa de un país que nunca llegó y andan buscando a quien culpar de su monumental fracaso.
No soy dado a la autopromoción de mi especie. Me avergüenza. Pertenezco a una generación consciente de sus virtudes que gusta de consentir sus defectos, viviendo mil maneras de ser desadaptado. Mantenemos una férrea lucha para defender nuestra golpeada autoestima y hemos logrado que sea difícil de destruir; aun así, sabernos buena gente no nos convierte - por suerte - en pavos reales de vitrina. Actuamos con generosidad cuando debemos hacerlo o enmudecemos cuando la causa no obliga. No obstante, cada vez con mayor insistencia, la concha nos reclama: es que no nos calamos más esta montaña rusa de maltratos, originados por la percepción equivocada de que, trabajar sin descanso para lograr lo que queremos (obteniendo los beneficios del caso) nos convierte en una versión moderna de Hernán Cortez esperando indígenas en la bajaita.
Vamos a estar claros y decirlo de una buena vez: no tenemos la culpa de que su vida sea una promesa rota. Si nosotros nos tomamos en serio la supervivencia (y en el camino nos sentamos en un restaurante a comer entre amigos y sin angustias) se debe - única y exclusivamente - a que entendimos que esta corta jornada de si-lo-hubiera-hecho que otros llaman vida, solo se logra con el sudor de cada frente. Eso no nos hace distinto a usted, más que en lo básico, ni nos convierte automáticamente en depredadores de sus circunstancias. Aunque los haya obtenido de manera non sancta, sus beneficios son suyos, usted y su conciencia son suficientes para ese juicio. Nosotros, intentamos caminar sin tropiezos por la acera del frente y podríamos hasta tener ganas de hacerle espacio; aunque suene muy new age nosotros, los "buenos" somos muchos más que ustedes "los nuevos". Lo que pasa es que nos estamos hartando.
Hartando de su mala leche. Hartando de su inquina, de su envidia. Hartándonos de descubrir que usted no comprende la generosidad genuina. Que usted no se da cuenta que cada gesto extravagante que nosotros hacemos (y que casi siempre implica un desembolso, porque la vida es así) lo hacemos más por nuestra tranquilidad de espíritu que por dárnosla de taki-ti-taki y que, aun así, nosotros, amigos de tropezar dos veces con la misma piedra, no vamos a dejar de hacerlo porque, de imbéciles que somos, creemos tener derecho a ser comprendidos y a ser respetados.
Muy poco nos importa que usted crea que tiene el derecho divino a odiarnos porque podemos comer tres veces y sabemos la diferencia entre Sagrada Familia y Cabernet Sauvignon. Si usted quiere diluir los mejores años de su vida en ese absurdo que llaman "lucha de clases" hágalo, es problema suyo. Pero tenga la hombría de plantar argumentos inteligentes y dejar de atropellarnos.  Educarnos, y demostrar educación en cada gesto, es parte de la naturaleza del hombre de bien, arreglar una casa hasta lograr que sea un hogar cómodo y reconfortante, es mucho más importante en esta vida que tener un celular de última generación o una camionetota, aunque eso también lo tengamos.
Convénzase de algo: usted podrá robarnos, darle a su palabra el mismo valor que al estiércol, acosarnos con maniobras sutiles de revancha, envidiar cada cosa que obtenemos e incluso evitar que la obtengamos. Usted podrá (ya lo está haciendo) borrarnos la sonrisa, incluso borrarnos la vida. Hágalo, el karma es suyo. Pero nosotros vamos a seguir existiendo, pese a usted y los suyos. Le voy a contar algo peor: es mucho más probable que aumentemos de número,  aunque vayamos por la vida dándole paso a usted, el hombre nuevo, el verdadero depredador de nuestra especie. El verdadero destructor de lo que somos.
Entiéndalo, ni yo ni nadie como yo desea seguir explicándolo: cuando actuamos de buena fe, actuamos de buena fe; pero, cuando actuemos de mala, actuaremos mejor aun.

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