domingo, 22 de noviembre de 2015

Por interés baila el perro

Cuando, a principios de mes, el fiscal Nieves revolucionó las redes sociales, escapando de Venezuela para vivir sus 15 minutos de fama en el programa que Fernando del Rincón conduce para CNN en español, me aventuré a explicar su acción esgrimiendo la teoría de que Nieves hacia eso para vengarse de sus jefes,  por un pago no ingresado en el tiempo previsto en sus cuentas norteamericanas. Nunca me creí el cuento del peso de la conciencia, ni de arrepentimiento alguno, pues para que a alguien le pese la conciencia, primero tiene que tener una, cosa que no creo haberle visto al abogadito, ex empleado  de confianza, de la Fiscal General Bolivariana. Las personas que tienen conciencia se niegan a embarrarla tanto y tan seguido. Eso no hay que explicarlo mucho. Yo estoy seguro, aunque nunca pueda demostrarlo, que a ese tipo le ofrecieron una plata, le dieron solo una parte, él se cansó de cobrar el resto y cuando se dio cuenta de que no iban a pagarle, les echó un pulso. Pulso, que por cierto, duró exactamente menos de una semana y no produjo ni remotamente el resultado que a punta de bombazos se anunció a diestra y siniestra (por las redes sociales, of course): Leopoldo López sigue tan injustamente preso como estaba el día antes de la salida al aire de la nauseabunda entrevista que CNN transmitió con gran fanfarria. (Por cierto, ¿qué será de la vida de Nieves?)
Días más tarde, los rumores acerca de las fugas, ni confirmadas ni desmentidas, de otros funcionarios de la misma dependencia, inundaron iguales páginas con resultados a la par de efímeros y con menos suerte: si es cierto que otro (u otra) fiscal picó los cabos, parece que Del Rincón o CNN aprendieron la lección. No ha habido, por ahora, asomo alguno de comparecencia en pantalla, a Dios gracias; probablemente, porque el escándalo que siguió (del que por cierto, estoy empezando a notar cierto lamentable desvanecer) tiene excesiva importancia en nuestro rosario de vergüenzas. La caída de los dos chamos dilectos del entorno presidencial, con kilos y kilos de droga y sus implicaciones, no del todo claras, con la persecución que el gobierno de Estados Unidos ha desatado en contra del narcotráfico proveniente de por estos lares es,  sin duda, un asunto de mayor cuantía. Sobre todo por su carácter estrictamente económico: dos muchachos guapos y apoyados, a quienes seguramente alguien les hizo creer que se trataba de un negocio seguro - dada su cercanía a un poder cada vez más en (literal) tela de juicio - que les proporcionaría una cantidad astronómica de dinero ganado con toda la facilidad del mundo. No se les dio. Cayeron con los kilos y, aunque es muy factible que ni cadena perpetua ni nada de esas cosas que desde entonces los opinadores de patio les han vaticinado, este par de niños han de regresar a casa sin el pan y sin el queso, con la correa corta, a montar un carrito de hamburguesas.
En el medio de tanto lio, Mérida fue escenario de una prometedora protesta, la de los taxistas, que como bien dijera Rómulo Betancourt, es uno de los colectivos proclives a tumbar gobierno. La protesta se acalló sin dejar rastro doloroso, gracias al ofrecimiento de regalarle taxis a quienes habían sido víctimas de robo. Han pasado tres semanas, la delincuencia no ha mermado, el precio de los repuestos no ha bajado, las baterías siguen desaparecidas; pero, los taxis regalados, tal como lo vaticinó el conductor que me llevó a casa al final de ese día, están siendo distribuidos entre panas del señor que hizo el ofrecimiento; cosa que ha convertido en taxista a más de un conspicuo revolucionario,  para echar por tierra – supongo - las muchas y muy sentidas lagrimas que arrancó el articulo de Cesar Miguel Rondón sobre el Profesor Quintana (quien seguramente, en su propio carro, comprado con el sudor de su frente, sigue practicando el rebusque del momento y forma parte del recuerdo lejano de las iniquidades de los tiempos que corren) al tiempo que abre las puertas al descubrimiento de una nueva característica del hombre nuevo: sacar dinero de la dádiva que recibe, bien sea en forma de paquete maldito, de cartón de huevos o de automóvil chino.
Todos los días, una nueva noticia “estremece” (me encanta esa palabra, debe ser que, por andino, me atrae lo sísmico) las redes sociales (me perdonan la insistencia, pero sin periódicos que consultar, aquí no queda más que leer cada recuadrito “estremecedor” que un amigo sube a FACEBOOK). La última empezó ayer o anteayer  y amenaza con poner a su protagonista en el sillón de invitados de Ismael Cala, el ventrílocuo-gurú-siglo-XXI de los desvalidos exitosos que venden desodorantes en su ratico de fama. Hablo del periodista de ANTV que renunció a su empleo públicamente porque estaba harto de su sueldo.  Así, ni más ni menos, anuncian el video los titulares que lo acompañan en el maravilloso trasegar ubicuo de cuanta cosa permite ver (o difundir aunque no se vea) una noticia “estremecedora”: resulta que el jovencito periodista, después de trabajar por un rato en el canal de televisión de la Asamblea Nacional, se despertó un día con ganas de notoriedad y aprovechó su minuto en una pantalla que NADIE EN ESTE MUNDO sintoniza nunca, para decir que se iba “porque estaba harto de ganar 5.600 bolívares quincenales”. Por supuesto, no lo culpo. 5.600 bolívares quincenales no alcanzan ni para pagar la buseta. Es cierto. Pero, me pregunto desde que empecé a escuchar su prédica: ¿y si a ese chamo – con cara de recién graduado – le hubiesen pagado 100 mil bolívares mensuales, el habría repetido feliz las mentiras que día a día se cuentan desde el canal de televisión de la Asamblea Nacional? Es más, ¿sí a ese periodista recién graduado le hubiesen pagado 100 mil bolívares mensuales, el habría sido el feliz anunciador de los desmanes con los que,  desde la Asamblea Nacional de Venezuela, se pretende enceguecer el diario vivir de los venezolanos, dejándolos sin otra información que la que se improvisa e inventa en las redes sociales, debido a que no hay prensa libre? Me he respondido con estupor que Si. Que el problema, estúpido, es el dinero. Punto.
No en balde corre desde hace décadas el mito urbano, atribuido a Jacinto Benavente, según el cual, el célebre intelectual español, encontrándose en una reunión con lo más granado y florido de la inteligencia de su tiempo, empezó a preguntar, hombre por hombre, si mediante el pago de una cantidad cada vez mas atractiva de pesetas de entonces, alguno de ellos estaría dispuesto a acostarse con otro hombre. Uno de los interrogados, en tiempos en los que la homosexualidad era un crimen de estado, recibió la pregunta acompañada de una- hipotética - cifra escandalosa de dinero y respondió que sí, que por esa cantidad lo haría. Benavente, entonces, se dirigió a los presentes y anunció a voz en cuello, la que puede que sea su más famosa ocurrencia:
-          Os fijáis señores, ya aquí tenemos la marica, solo hace falta el capital

domingo, 15 de noviembre de 2015

Yo rezo también...

En el año 2001 yo llevaba una poblada barba,  todavía oscura, que  junto a lo que en ese tiempo era una cabellera abundante  (identificada en mi pasaporte como de color castaño) me hacían parecer - rasgos engañadores que uno tiene - algunas veces,  un árabe que ni Mustafá y algunas otras, un judío recién salido del New York Fashion District. De esa facha tengo muchas anécdotas, en su mayoría muy divertidas; como el día que me persiguieron en NY un par de ortodoxos para "ponerme los Tefilines" y tuve que desprenderme de ellos en verdadero ataque de grosería; o las miradas de asombro de casi todo el mundo, cuando revelaba mis verdaderos orígenes, suramericanos hasta la decima generación ascendente. Ya sabemos que "los gringos son así" les encanta un estereotipo, una etiqueta y esas monsergas variadas. Lo comprobé en el aciago despertar del 11 de septiembre. Vivía en Houston, una prima a la que adoro estaba en New York y Daniel, el compañero irrepetible, en Afganistán o por ahí cerca. El país estaba sumido en una tristeza infinita, explicada millones de veces a lo largo de estos años en los que han surgido una inenarrable cantidad de teorías justificando, en sucesión de disparates, lo que pasó a la humanidad ese día en que fuimos  menos humanos que de costumbre. Yo estaba muy aturdido. Angustiado por la suerte de quienes debían estar a mi lado, y no estaban, y preocupado - cada minuto más - por la suerte que correríamos todos,  sobre todo después de haber visto como George Bush había logrado ponerse a la altura de las circunstancias y lanzar un discurso notable en el Memorial Service de la Catedral de Washington con el que abrió las compuertas de la tercera guerra mundial. Iba a trabajar sin saber a lo que me exponía al salir de casa y dejaba morir las horas restantes embrutecido, en silencio, frente al televisor, para volver a ver, una y mil veces, imágenes del horror.
El primer domingo posterior a los ataques, decidí salir a almorzar, solo, en plan "airearme un poco”. Escogí un restaurantico muy rico al  que acostumbraba ir, llamado Epicure que quedaba en uno de mis barrios favoritos de Houston, dentro de un antiguo centro comercial muy grato. Hacía calor - como siempre - y vestí, a pesar de la fecha, una camisa de lino blanco muy suelta que bien parecía una chilaba. No era consciente de mi apariencia mas allá del par de veces que me había mirado al espejo antes de salir para constatar que todo estaba en su lugar. Llegué al restaurant, saludé al dueño con amabilidad, pero sin darle tiempo a que me hiciera conversación porque no quería más una lluvia de lamentos. Cerca de mi estaban sentadas dos mujeres, tomando una botella de vino tinto y desgranando detalles de lo ocurrido menos de una semana antes. De pronto noté que hablaban de mí. No lograba escuchar lo que decían, pero era obvio que hacían comentarios acerca de mí. Iba por la mitad de mi comida cuando percibí que el humor de las dos señoras empezaba a enrarecerse, poblando el restaurant del ambiente triste y como de rabia contenida con que se estaban viviendo esos días. De pronto, una de las señoras llenó su copa con lo que parecía ser el último trago de la botella, se levantó de su asiento, caminó resuelta hasta mi mesa, se detuvo frente a mí y, arrojando la copa sobre mi cara y cuerpo, soltó llena de ira lo siguiente:
 - You...fucking arab go back to your fucking country....bastard... (Tú...árabe de porquería, regrésate a tu maldito país, bastardo)
Estupefacto, intente aclararle que yo no era árabe. El dueño del local acudió rápidamente a mi lado para tratar de aclararles quien era yo. Un cliente conocido mío intento mediar a mi favor, sin ningún éxito. La señora estaba fuera de sí, repitiendo sin parar, la línea anterior. La palabra que más alcanzaba escuchar era "arabic" o "arab"....y luego go back to your country. El ataque no se alargó por más de un par de minutos que a mí me parecieron eternos. Con un gesto de mis manos pedí a mis defensores que se callaran. Puse un billete sobre la mesa y salí del restaurante, pasando con la cabeza baja por delante de la mesa en que las dos mujeres terminaban con satisfacción su botella de vino. Llegué a mi auto, lo encendí y puse camino a mi casa. Unas cuadras más adelante empecé a llorar el dolor acumulado durante toda la semana del espanto terrorista. Lloré mucho rato. Lloré en el camino, seguí llorando al llegar a casa y estuve llorando sin parar hasta que finalmente me quedé dormido. Cuando desperté un par de horas más tarde, me di cuenta que había llorado más, por las dos mujeres que me habían atacado, que por las mas de tres mil víctimas de las Torres Gemelas.
¿Qué me pasó? Entendí el porqué de una guerra que será muy difícil de ganar, si es que alguna vez se termina. Los occidentales, aunque tengamos todo el derecho de este mundo a  existir con nuestros valores así sea a sangre y fuego, estamos enfrentados a una civilización que no conocemos. Occidente, un espacio que – más que geográfico – debe ser político, contar con una democracia que garantice libertad de poderes, derechos humanos y sujeción a la  norma democrática, está enfrentado a un mundo que en general no contribuye a ser entendido y por tanto, no facilita la construcción de una gramática en la cual todos podamos convivir en orden.
En nuestra obstinada carrera hacia la venganza de nuestros muertos, hemos optado por revolver, en un solo licuado, una raza compuesta por musulmanes, árabes, sirios, persas, suníes, ibadíes, maronitas, ismaelitas, drusos, coptos e incluso católicos, entre los que una minoría son yihadistas. No estamos hablando de gente que es árabe / musulmán y más nada. Aun así, nosotros, los de a pie,  en nuestra rabia - comprensible y justa - hemos decidido emprenderla contra los árabes. Incluso en este rincón del mundo, donde ya no hay mujeres altivas ni vino tinto que derramar sobre quienes nos parecen objeto de nuestra xenofobia facial.
Quizás hayan razones, cada nuevo atentado terrorista, anoche en Paris por ejemplo, el hombre deja de ser un poco más humano. No solo porque mata con el pretexto de invocar el nombre de un Dios que, en realidad, es la esperanza después de la muerte, sino porque nos convertimos de inmediato en verdugos de nuestra ignorancia yendo en contra de un error doblemente  cometido. El nuestro, al trocar esta horrible tragedia en una  competencia absurda de muertos de primera o segunda categoría y el de ellos al cumplir sus amenazas largamente vociferadas.
Lo lamento. Yo sé lo que siente un árabe – musulmán o no -  cuando es ofendido por su cara de árabe. Se lo que significa ser víctima por equivocación. He estado cerca del terrorismo y sé lo que causa. Yo rezo por Paris. Yo tengo miedo. Yo no quiero perder una persona más por estar en el sitio equivocado a la hora equivocada. Yo no quiero perder la Torre Eiffel, ni el Big Ben, yo no quiero que exista una hora equivocada o un sitio equivocado, ni en Paris, ni en Caracas, ni en Alepo, ni en Laos.
Yo rezo por Paris, y rezo también por Venezuela, y rezo también por el mundo árabe desconocido; ninguno de los tres vale anteponer un pero. La humanidad tendría que acabar por causas naturales. El odio no es una de ellas.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Noticias ¿urgentes?

Lo más fácil es suponer que nosotros, realmente, queremos que pase algo. Algo, alguna cosa que nos sacuda, algún 11 de septiembre tropical, alguna gran hecatombe.  Algo que nos lleve al límite, que nos obligue a replantearnos la vida o al menos a intentar recomenzarla. Algo. Yo no sé qué. Pero, algo.
Tiene que ser eso. Tiene que ser esa, la razón detrás de la proliferación de noticias, exageradas, adornadas, increíbles,  cuyo único fin es anunciar a gritos una de estas dos cosas: la caída estrepitosa del capo de los ojos lindos y / o la del señor que dice ser el que lleva las riendas del gobierno. Aun más atractiva que esta última, la caída de ojitos lindos, es sin duda alguna, aquello con lo que estamos más empecinados.  De él, nefasto personaje de estos años bolivarianos, suponemos tal cantidad de cosas que presagiar su caída, es lo que más sencillo vemos. En alguna parte de nuestro inconsciente reposa el convencimiento de que, todo lo que tenemos años repitiendo sobre ese señor ha de confirmarse y entonces, él, cumplirá la penitencia que le sea impuesta y nosotros, otra vez, bailaremos un derrumbe. ¿Es eso el algo que está a punto de suceder? Yo creo que no, pero hablaremos de eso otro día. Hoy me provoca centrarme en “las noticias”.
Yo creo que es culpa de Telemundo, más específicamente de una insólita señora a quien llaman la Dra. Polo, mezcla de Señorita Laura y Nancy Grace, que conduce uno de esos reality shows parecido al que originó a Primero Justicia. El programa de la Dra. Polo, por cierto, estuvo hace poco encabezando uno de los famosos titulares “bomba” a los que nos hemos hechos tan afectos debido a que, en una de sus emisiones, probablemente participó uno de los incontables “testaferros” del régimen, quien en un desliz (cosas de novatos, bueno sea decirlo) se le salió una asombrosa confesión mil millonaria de la que nos hicimos inmediato eco, gracias a la inefabilidad de las redes sociales, sin las cuales estar informado, en Venezuela,  sería imposible. Existiendo, como existe,  un cerco impenetrable frente a la prensa más o menos libre de la que disfrutamos durante toda nuestra vida, viviríamos en Narnia, de no ser porque a un buen grupo de gringos enemigos se les ocurrió la genial idea de conectarnos aun mas, gracias a ese fenómeno extraordinario de comunicación instantánea. Fenómeno que, por cierto, ha sido utilizado de muchas maneras por quienes han necesitado servirse de su eficacia. Se dice, y es el ejemplo más socorrido de la historia, que sin Twitter, la primavera árabe habría marchitado sus intentos antes de dar a luz resultados tan esperanzadores como lo que dio.
En estos lares, sin embargo, todavía no llegamos a tanto. Hasta ahora, las redes solo nos han servido para propagar rumores, la mayoría de las veces sin fundamento alguno, y para relatar noticias, que transferimos de red en red, sin constatar ni verificar, pensando que con ello hacemos labor de patria. Tenemos años en eso, no estoy diciendo nada que sea particularmente llamativo; lo que sucede es que en los últimos tiempos (errores gramaticales incluidos) los llamados “bombazos” bien podrían tratarse del último desnudo de Diosa Canales, cosa que dicho sea de paso, ya seguramente no impresiona a nadie.  Me ha dado por pensar que existe una plantilla de diseño, creada seguramente por los herederos de GRAVEUCA, en la que a todo color, letras casi siempre rojas y amarillas, se anuncia el descalabro del momento: es decir, el descubrimiento – cierto o no – de alguna nueva tropelía, que esta vez sí, pondrá en aprietos insalvables a los camaradas, provocando su derrumbe. Los vemos todos los días, sobre todo en Facebook. Están perfectamente diseñados para causar asombro, o por lo menos para no pasar desapercibidos. Hablan de (en este orden de importancia) fraude electoral, narco tráfico e historias, más o menos verosímiles, de corrupción ligada a alguna forma de inmoralidad. Cada cierto tiempo, las declaraciones desafortunadas de algún  jerarca de segunda, ponen un matiz distractivo en el que, la guinda del postre la pone siempre un error de léxico del señor que dice llevar las riendas del gobierno. Punto. A eso se ha reducido nuestro tour de force informativo. Diariamente y con entusiasmo, leemos, copiamos, compartimos y comentamos cualquiera de esos recuadritos francamente odiosos que presagian a full color un fin que nunca llega. A veces, como ha sucedido en los últimos días, la emoción de estar al borde de un desastre natural, hace que nos apropiemos de imágenes ajenas para ilustrar los daños catastróficos causados por una sucesión de temblores, que apenas tumbaron un par de metros de la vieja tapia del viejo cementerio de Chiguará en Mérida; así, de noticia en noticia hacemos camino para que en cualquier momento – lo más pronto posible - suceda algo que nos saque de  la modorra producida por un mal sueño que lleva ya 17 años.
Lo cierto, no obstante, es que – lamentablemente - ni siquiera hoy, día en que una noticia realmente estremecedora (tan mala como buena, según se mire) parece abrirle un interesante capitulo a esta historia, somos capaces de contener la manía de repetir -  exagerando - todo lo que nos llega a alguno de los quinientos grupos Whatsapp a que pertenecemos, sin movernos del sofá, soltar el Smartphone y hacer efectivamente algo que haga que a nosotros todos, nos pase algo. Algo bueno, es menester decirlo.  Es cierto que lo más fácil es querer que un evento, de cualquier naturaleza, nos zarandee; lo que no terminamos de entender es que, para lograrlo, tendríamos que poner el mayor de nuestros esfuerzos, abandonar el celu, aparcar un poco el buen humor del venezolano, parar de repetir todas esas chorradas que hablan - con musiquita de fondo - de lo bello que es todo lo que agarra el ojo, desde el sofá en que repetimos la ultima frivolidad del día,  y paremos de preguntar ¿hasta cuándo, Dios mío? cada vez que un nuevo zarpazo nos agrede; pues, entre otras cosas, ya Dios mío se ocupó – desde Cuba - de hacernos el milagrito hace exactamente dos años y ocho meses.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Hablemos de humillaciones...

Su salud, deteriorada por la insidia de la enfermedad que se ceba en la vejez, había empezado a presagiar el final. Sabíamos, porque todos cargamos con la desafortunada experiencia de la despedida, que al último suspiro no le faltaba demasiado tiempo para materializarse. Aun así, la familia, con sus hijos a la cabeza, echaba por tierra el mito de la preparación. Es mentira, nadie se prepara para dejar de ver a su madre para siempre. Por eso, la lucha contra la enfermedad no conoce cansancios. Somos así y probablemente estemos equivocados, está inscrito en nuestro ADN: No nos dejamos arrebatar los nuestros, sin plantarle cara al infortunio con intención de doblarle la mano, cuando el infortunio nos lo permite.
Antes de la enfermedad, Tía Josefa era una mujer de muchos quilates. Divertida, ocurrente, empeñada. Adeca, como muy pocas; católica inquebrantable, buenamoza y entrañable amiga. De las de antes. Tía Josefa, por encima del estrecho vinculo consanguíneo que la unía a mi madre, fue su amiga incondicional. Su compañera de muchas penas y su pana de miles de alegrías. La casa de Tía Josefa era la casa de nuestras Nocheviejas y era, también, la casa de muchas tardes de domingo conversado, de muchas celebraciones improvisadas y de muchas Paraduras de Niño. Tía Josefa tenía manos prodigiosas, ojos expresivos, buen gusto y una risa grande que resonaba sus pasos. Tenía, asimismo, el genio atravesado de las mujeres de mi familia; pero, lo exhibía poco. Prefería reír nuestros cuentos y escuchar alborozada los chistes de mi madre.
Después, fue vejez y desazones y, aunque poco vivimos sus pesares, los de afuera sabíamos de ellos pues encontrábamos mecanismos para no forzarnos a romper el pudor con que las mujeres andinas protegen las miserias de la mala hora. También, y como no, porque para muchos de nosotros, se trataba de revivir un dolor de los que no se repiten. Sin estarlo, estuvimos cerca en una periferia amorosa, hasta que llegó el momento de su destino en esta Venezuela que golpea y fustiga a su gente de bien. En este país desalmado de humillaciones.
La Tía se puso mala, muy mala, en algún momento de la noche del miércoles pasado. Incapaz de identificar por sí misma la índole de sus dolencias, mi tía recibió una primera evaluación médica cuyos resultados fueron muy preocupantes. Sus hijos, entonces, decidieron lo que cualquier persona normal decide ante ese trance: llevarla a una clínica. Nadie pensó en lo mucho que eso tiene de viacrucis. Contratada la ambulancia y preparado el auxilio médico, Josefa fue trasladada a la clínica de siempre, la que escogemos los merideños por simple descarte. Allí se dictaminó que, sin más demora, la enferma requería terapia intensiva, una facilidad que, aunque existente, se encontraba impedida de recibirla. Fue entonces transferida a otra clínica y de esa a otra, y de esa, también, a otra. No era un problema de dinero. Era un problema de carencias, de camas llenas, de medicinas que no nos despacharon, de insumos que se terminaron hace semanas. Era un problema de esto-que-nos-está-pasando.
Pasadas las horas - y sin solución en el horizonte - a una de mis primas le recomendaron acudir al hospital público, debido básicamente a que allí se cuenta con una unidad de cuidados intensivos que ha sido reinaugurada varias veces, con gran fanfarria. Allá llegaron, con su madre moribunda, mis primos. Allá fueron recibidos por el país en emergencia y una funcionaria en plan de proteger el legado.
A mi tía no pasaron de darle engañifas de vida y un peloteo hospitalario que reconocía la urgencia de cuidados intensivos; pero, no terminaba de proceder en consecuencia. Es probable que esos minutos perdidos en burocracia (¿o fueron horas?) hayan sido determinantes. No lo sé. Lo cierto es que en algún momento de la madrugada la funcionaria de bata blanca, seguramente egresada de alguna universidad venezolana, informó a los hijos de mi tía - aquí entre nos - que el ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos sería mucho más expedito si mediaba "una palanca chavista". Si, así, tal cual.
Nadie de la familia podía parir en ese momento (y quizás tampoco más tarde) una palanca del color que la funcionaria de bata blanca exigía. Mi tía, en un pasillo adyacente a la UCI, languidecía mientras se intentaban diligencias vanas.
Casi al amanecer y sin que un poquito de pudor acompañara su tránsito, en ese pasillo en el que habían ido a parar sus huesos, Tía Josefa murió.
Puedo jurar, entonces, que el llanto inconsolable que acompañó a mis primos en las horas siguientes, sin duda, tuvo tanto que ver con el dolor de la perdida como con verificar, con hechos, cuanto nos odian aquellos que están puestos allí para cuidarnos.

miércoles, 14 de octubre de 2015

La feria de los espejitos


Antes de las siete de la mañana mi teléfono se encontraba lleno de fotografías: los taxis de la ciudad, cumpliendo con lo anunciado un par de días antes, habían obstruido todos los accesos de la ciudad. Por algún motivo, que aun nadie ha osado explicar,  tampoco prestaba servicio alguno de los servicios "alternativos" de transporte público. Moverse dentro de Mérida, ayer en la mañana, era casi una tarea imposible. Los bancos, las panaderías, los abastos, los comercios en general, o estaban cerrados o hacían gala de una lentitud impresionante, debido a la ausencia de empleados impedidos de asistir a cumplir con sus obligaciones por no disponer de medios para ello. Muchos merideños decidimos estacionar nuestros autos y salvar, a pie, la distancia que nos separara de las cosas impostergables. De alguna manera, la ciudad era un caos. Un caos muy particular, muy con ese estilo bonachón que cada vez es más propio de esto-que-nos-está-pasando. Resignados, convencidos de que hace falta, resueltos a resolver como sea y con el chiste - desafortunado - a flor de labios, los merideños enfrentamos una jornada más de protesta, con el estoicismo que nos distingue.
¿Qué sucedió en Mérida el 13 de octubre? Muy sencillo: cansados de los robos, de la dificultad para conseguir repuestos; cansados de un largo etcétera;  pero, sobre todo, cansados  de la ausencia de respuestas, los taxistas salieron a la calle, no a trabajar, como es su diaria costumbre. No. Salieron a reclamar el derecho que tienen a vivir en paz. Un derecho que, por cierto, es universal y debería tener la misma importancia para usted que me lee, para el taxista que vive en la casa del lado y para mí, que me quejo. Lo hicieron en silencio, sin violencia, sin consignas, a cara lavada, vistiendo el uniforme diario que los identifica. Salieron, de ellos mismos, a ejercer un derecho, el de la protesta, para exigir un derecho: el de trabajar y vivir en paz. Se apostaron en todas las esquinas que permiten el libre tránsito de una ciudad en la que "libre tránsito" es una mala palabra y colapsaron el pueblo, completamente.
Quizás porque yo estoy rodeado de personas no muy complacientes con el oficialismo, a medida que avanzaba la mañana solo escuchaba voces de aplauso y expresiones de satisfacción. El "trancazo" estaba teniendo éxito. Por ahí circuló el rumor de que los estudiantes de la ULA se unirían y también otros gremios que, por suerte, no llegaron a complicar la cosa. Unos cuantos desadaptados, de esos que se cuelan hasta en una visita papal, quemaron unos cauchos y, por supuesto, twitter reventó de infundios.
Resulta que todo el mundo tiene un amigo taxista, de modo que todo el mundo tuvo información privilegiada a lo largo de la mañana. Alguna se viralizó. La más importante solicitud de los atrincherados era que el gobernador del estado los recibiera para establecer una mesa de diálogo que buscara resolver sus más afanosos problemas; mesa que, por cierto, se estuvo anunciando desde las 9 30 am y se dio -con cierta formalidad - al final de la jornada. Entonces, vimos como una vez más, un colectivo en apariencia aguerrido, claudicaba ante la feria de los espejitos: a las dos de la tarde, terminó una acción de protesta que, como ejemplo de demostración de fuerza de la sociedad civil organizada, fue excelentemente producida y llevada a cabo. De verdad, impresionaba esa sensación de éxito y de “resteo” con el país,  hasta que nos enteramos de los resultados: la famosa mesa de operaciones se había instalado y, por supuesto, el gobernador del estado había ofrecido a los taxistas,  ni más ni menos,  que el cielo y la tierra: casas, autos, talleres mecánicos solo para taxistas, repuestos, proveedurías, misiones y el largo etcétera que suelen ofrecer ellos cuando, cual marido descubierto en falta, se ven forzados a hacer las paces. En concreto, 10 taxis que han sido robados en las últimas semanas serán restablecidos, de manera gratuita, en los próximos días, gracias a unos vehículos que están guardados en alguna parte de Mérida (hay fotos) y que nadie sabe que hacen allí, cuando hay un mogote de personas desesperadas por comprar un auto nuevo, aunque sea chino. Listo. Eso resolvió el problema. Una ciudad entera colapsó su vida con agrado,  para que diez choferes de taxi recuperaran, mediante un acto aberrante de populismo, los vehículos que les han robado y que - Dios no lo quiera -  seguramente les volverán a robar en algunos meses. Punto. El régimen, minutos antes en la picota, logró ponerlos a su lado (esperemos que no en votos) gracias a promesas que todos sabemos vanas. No hay manera de construir casas para los taxistas, no hay manera de adecuar el “parque automotor” de los taxistas, no hay manera de conseguir repuestos automotrices a buen precio para ellos. Pero, hay más, si descubren el modo de lograr tales objetivos (entre los cuales figura un disparate tal como crear un taller mecánico de última tecnología, que les preste servicio solo a los taxistas de manera cooperativa) entonces, una vez mas, el gobierno estará cometiendo un imperdonable acto de discriminación, en complicidad con quienes en la mañana de ayer recibieron el apoyo  y el aplauso de una ciudad entera. Una ciudad que los mantiene y a quienes ellos voltearon su espalda al obtener SUS reivindicaciones.  Por todo lo demás, que los asaltos y la precariedad nos ataque a nosotros, los que casi nunca requerimos el auxilio de un taxi.
Había salido sin mi auto pues imaginaba que transitar en esta ciudad difícil, era tarea imposible. Para regresar a mi casa abordé un taxi; su chofer regresaba del “trancón” decepcionado (siempre me toca a mí) Entre otras cosas me contó que los diez carros ofrecidos, en su opinión - basada en hechos sucedidos anteriormente - seguramente irán a parar manos de los esposos, novios o arrebiates de las empleadas de la gobernación. Dijo otras cosas, pero prefiero no repetirlas para evitar que el desespero cunda, me basta con decir que ese chofer estaba de acuerdo conmigo en todas las cosas que he mencionado, siendo arte y parte.
Entré a mi casa, me asomé a la terraza para ver a aquel taxista alejarse bajando la  montaña. No pude evitar recordar aquel viejo verso que aprendí en mi infancia, “nos dieron a libar hiel y veneno, veneno y hiel en recompensa damos”. Entonces, me desilusionó horrores la famosa  #TrancaenMerida…

domingo, 27 de septiembre de 2015

Daniel, o lo que no se debe vivir a los 12 años

Como a la mayoría de los niños de su edad, a Daniel "le gusta el rio, jugar al futbol y estar ausente". Le gusta su abuela también. Mucho. Esa es la razón por la que mantiene, a pesar de los pesares, una línea permanentemente abierta con este pedazo de sol en el que abue y él se enseñan mutuamente a ser adultos. A lo mejor también por el futbol, qué aquí puede jugar a cualquier hora, Daniel hace maletas todos los años para aprovechar el verano, escapando de los rigores climáticos escandinavos. Para todos, es ganancia. Cada vez está más cerca el día en que, con una mochila al hombro, los veranos de Daniel sirvan para mandarle emoticones de amor a su abuela desde los rincones más exóticos del mundo.
La madre de Daniel vive en un pueblo de Suecia desde hace un montón de años, entregada a una orgiástica sucesión de estudios y especializaciones que la ponen cada vez más lejos del regreso a esto. Abue, no solo lo sabe, la apoya con el corazón arrugado de saberse cabeza de una familia skype compuesta por tres: ella, la hija brillante (a quien salir tiene) y el nieto bañado de virtudes. Ni modo. Lo único innegociable, es su placer a ejercer de abuela, a tiempo completo, por lo menos una vez al año, llueve truene o relampaguee.
La familia extendida de Daniel somos nosotros, una red vasta y variopinta de amigos a quienes Daniel saluda con cariño y por su nombre cada vez que nos visita, pues su abuela (una mujer gregaria y maravillosa a quien veo como mi familia) nos regala su alegría por la llegada del nieto, haciéndonos vivir cada uno de los días que Daniel pasa entre nosotros, como el gran evento que es. Esta vez, por ejemplo, hicimos con Daniel una Primera Comunión sin prosopopeyas de pueblo, que celebramos con arepas de pernil y una caimanera y vivimos,  también, minuto a minuto, su epopeya, que es normal en estos tiempos de guerra y que, a pesar del final feliz, nos dejó un regusto ocre y produjo un susto horrible, al otro lado del océano, a una mamá que nunca imaginó el inmerecido mal rato al que sometieron a su niño cuando regresaba a casa y al cole.
Resulta que Daniel nació en Suecia. Sus padres, los dos, son venezolanos. Daniel es sueco en Suecia, pero su vida es venezolana fuera y dentro de Venezuela, aunque haya renunciado a tener papeles venezolanos debido a la ineficiencia de nuestro servicio exterior y le toque enfrentar la frontera armado de un pasaporte sueco en el que abundan sellos y visados convenientemente bolivarianos.
Aun cuando un ciudadano sueco no necesita visa para entrar a Venezuela, Daniel, por sacarle jugo a los días con los suyos, necesitó extender el permiso de estadía en Venezuela que le otorgaron el día de su llegada; ese trámite lo hizo su abuela en el momento indicado, pagando lo que tenía que pagar y consignando todas las fotocopias que debía consignar en un proceso que, por cierto, dejó al niño indocumentado por tres semanas. A pesar de lo difícil que puede ser poner en vocablos oficiales el "me quiero (y puedo) quedar con mi abue un par de semanas más e ir unos días con mi papá para la playa porque me provoca hartarme de empanadas de cazón y recoger chipichipis" las autoridades comprendieron la "justificación de motivos" y otorgaron una prórroga que se vence en Noviembre.
Daniel intentó salir mucho antes; es más Daniel escasamente utilizó un par de semanas de la prórroga (si, las dos de Margarita y las empanadas) a tiempo se fue para el aeropuerto a agarrar un avión que lo devolviera a Suecia, vía Madrid, donde lo esperaba su madre. Ahí, se les acabó a todos el cuatro en el corazón: Cuando en inmigración vieron que el chamo tenia aquí más de tres meses, le exigieron un permiso apostillado, firmado por su mamá que autorizara su regreso a casa, aun cuando ese trámite de salida sucedía en presencia del papá, quien tiene la doble nacionalidad sueca/venezolana y ninguna intención de hacerle daño a su hijo.
No hubo manera. Ese jueves, Daniel perdió el vuelo de Conviasa que lo llevaría a Madrid, la madre, el dinero que había presupuestado para recibirlo en Barajas y  emprender vuelo (low cost) a Estocolmo y todos, ella la primera por supuesto, los nervios y la paciencia. La razón, absurda, era de simpleza burocrática: si el niño (venezolano de origen) había extendido su tiempo en Venezuela, los permisos firmados por la madre en embajadas escandinavas QUE NO TENIAN FECHA DE VENCIMIENTO, ya no eran válidos. De ahí se agarraron los intransigentes oficiales de la puerta de salida de nuestra gran frontera cinética para amargarle la vida a Daniel, presa de un ataque de pánico idéntico al de un culpable que no ha cometido delito.
Así comenzó el viacrucis. La embajada Venezolana en Madrid negó el permiso porque el niño es sueco. La Embajada Sueca se interesó, pero exigió una "nota formal" de la Embajada Venezolana, la embajada Venezolana se negó a emitir la nota y le cerró - literalmente - la puerta en la nariz a la madre desesperada. El Consulado Venezolano evitó toda participación en el asunto "porque el niño es sueco" y las cosas se empezaron a complicar sin remedio. Entre tanto, todos los días Daniel y su papá bajaban a Maiquetía para diligencias cada vez más desoladoras. Era como hablar con una pared. Pasados seis días los counters de emigración se mantenían cerrados a cal y canto, ahora porque, además, desconocían la prórroga que el SAIME había otorgado.
Y se hizo el viernes. Daniel y su padre llegaron como todos los días a las puertas de salida con su súplica de una semana, cuando se enteraron que Marco Coello había logrado salir de Venezuela en el vuelo regular de una aerolínea comercial. La oficial de turno les auguró mayores calamidades y el mundo se le puso chiquitico a Daniel; pero, en esa conversación salió a relucir un nombre, el de un comandante en cuyas manos ella ponía la salida del niño, dispuesto (gracias a Coello) a una guardia inusual el lunes.
Fue el más angustioso de todos los fines de semana que Daniel ha vivido en sus doce años de vida; sin embargo, el lunes amaneció resuelto a volver a abrazar a su mamá (con esperanzas en huelga en la casa de una amiga en Madrid). Llegaron a Maiquetía, Daniel y su papá buscaron al comandante, este los escuchó, agarró a Daniel de la mano y - sin ni siquiera sellarle el pasaporte - le entregó un boarding pass para el vuelo de Conviasa de ese día. El niño apenas si tuvo tiempo para medio abrazar a su padre, a las dos de la tarde lo metieron - solo - en un salón de Conviasa y allí estuvo inmóvil hasta que una azafata lo sentó en el avión a las 5 y 30 de la tarde.
Cuando despertó, Daniel estaba engomado a su mamá en el aeropuerto de Barajas. Tratando de explicar la aventura de la última semana, llegó a la conclusión de que si era por entender, él no había entendido nada e hizo una pregunta que todos nosotros estamos haciéndonos (inútilmente) desde el mismo momento en que supimos del final - feliz - de su odisea:
-          "Si era tan difícil que yo saliera de Venezuela porque estaba en riesgo mi seguridad personal y todo eso, ¿Cómo fue que un militar lo logró sin consultarlo con nadie ni revisar ninguno de mis papeles?"....

lunes, 21 de septiembre de 2015

Y esto, ¿qué fue?

En general, los aeropuertos son unos lugares horribles. Unos espacios hostiles en los que es imposible hacer un poco de humanidad.  Fríos, hechos para que uno recuerde la inseguridad de vivir de paso en cualquier lugar del mundo, me producen espanto. A pesar de ser un viajero empedernido,  pasar por un  aeropuerto es una cosa que no logro superar, si  los aguanto, es solo por la feliz expectativa que me produce salir de viaje; pero, los obviaría, si pudiera.
No estoy refiriéndome a ningún aeropuerto en particular.  Aunque entre los peores del mundo figure el de Maiquetía (un sitio que sencillamente aborrezco) yo me he sentido igual de mal en el aeropuerto Kennedy que en el Charles de Gaulle o  Lidosta. Una vez, estuve tan turbado al aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt, que entré tres veces al país y necesité ayuda policial para comprender lo que seguía a continuación. Sin embargo, creo que pocas cosas igualan lo que me produce pasar por un aeropuerto venezolano de provincia; la razón he de nombrarla como si fuera, yo,  un discípulo iluminado: La ley de la atracción. Si para alguien existe ese enunciado de calamidades, no hay duda que,  para mí, parece haber sido creada. Mis anécdotas aeroportuarias llenarían páginas y páginas de cuentos maniáticos. No obstante, pocas pueden que igualen la confusión que todavía resuena en mi cerebro, después que hace unas tres semanas, tuve que pasarme una tarde en la terminal del Aeropuerto “Juan Pablo Pérez Alfonzo” que sirve a la ¿ciudad? de El Vigía. (Por cierto, no puedo ni empezar  a imaginar lo que sentirá el alma del conspicuo Dr. Pérez Alfonzo al enterarse de que semejante cosa lleva su nombre) No, no pienso aburrirlos desgranando los horrores de ese lugar, convertido en mercadillo de ordinarieces por obra y gracia de lo mismo que tiene al país – todo - en ese ayayay. No. Voy a narrarles una conversación y sus circunstancias, con la sana intención de que alguien me ayude a encontrarle explicación a semejante locura:
Llegué muy temprano al aeropuerto, porque quería evitarme que algunas de las cosas insólitas que me suceden a mí y solo a mí, arruinaran mi salida a Caracas para lo que significó (oh pobreza de bolsillo) mis cortas y muy agradables vacaciones de Agosto. Cumplidos los trámites de registro, consignación de equipaje y pago de impuesto - cosas que suelo hacer con automatismo de robot y cara de pocos amigos - decidí instalarme en el restaurante con la intención de hacer un poco más llevadera la espera. Resulta que,  poco antes, una amiga me había encargado escribirle un par de cuartillas sobre el problema fronterizo venezolano, (entonces “en pleno desarrollo”)  para remitirlas a un medio independiente con el que ella trabaja en Londres;  ergo, las cuartillas en cuestión debían ser escritas en Inglés. No había adelantado ni el título y consideré ese, el momento apropiado para cumplir el encargo. Me senté en una mesa, abrí mi tablet y coloqué a un lado el teléfono también abierto, en el que había archivado algunos artículos que me servirían de consulta. Empecé a escribir abstrayéndome de toda distracción (debo dar gracias al altísimo, pues yo para escribir y leer lo único que necesito es tener los ojos abiertos) consultando cada cierto tiempo los archivos de mi teléfono y  avanzando en mi borrador, sin notar la presencia de personas o el intenso tráfico del incómodo aeropuerto en esa época del año. Creo que habían pasado dos horas cuando, de pronto, más por molestia visual que por otra cosa, me di cuenta que dos trabajadores del Instituto de Aeropuertos (eso decía la identificación que más tarde pude leer en el bolsillo de sus camisas) rodeaban mi mesa  como dos moscardones empeñados en molestar,  pero,  con poca intención – eso creí al principio – de enterrar la ponzoña. Pasaban muy cerca de mi mesa, caminaban en círculo y volvían a retirarse,  sin otra cosa que aumentarme la angustia producida por mi aeropuertofobia.
Unos quince minutos de esa danza y la voz clarísima de uno de los esmerados funcionarios interrumpió mi trabajo:
-          Buenas tardes, profesor, (eso es normal, no sé por qué, a mi todo el mundo me dice profesor)
-          Buenas tardes, dígame…
-          ¿Trabajandito?
-          Aprovechando el tiempo
-          Está dándose duro con la escritura… ¿no?
-          Si…un poco…
-          ¿y…qué tanto escribe?
-          ¿Quiere ver?
-          No…no se preocupe (miran de soslayo la pantalla de la tablet y descubren algo que les cambia la expresión simpática de la cara)
-          Ahhh…pero es que eso no es español… ¿verdad?
-          No…no es español
-          Y usted… ¿Por qué escribe en inglés? …¿para que no lo entiendan?
-          No…escribo en inglés…porque tengo una novia en Estados Unidos (mentir, a veces,  se me da muy bien)
-          ¿Y usted se buscó una novia gringa habiendo tanta mujer aquí?
-          Pues si…
-          ¿Me muestra su pasaporte? 
-          No lo tengo aquí
-          Pero… ¿y usted no va a viajar?
-          Si….pero para Caracas….
-          Raro eso ¿no?... (se dicen el uno al otro con cara de quien descubre la guarida del Chapo Guzmán)…muéstreme la cédula, entonces, pues…
 
(En pleno modo aeropuerto, saco mi cédula de identidad y se las entrego)
(En pleno modo funcionarios públicos / autoridades, revisan la cédula como si ese papelito tuviera alguna revelación encriptada)
-          Ahh…bueno…tenga cuidado con la vista, no se le echen a perder los ojos con la escribidera…buen viaje….
 
El par de gorilas, rigurosamente vestidos de rojo, se alejaron tal como habían venido. Yo cerré mi tablet. Cerré mi teléfono, pagué mi cuenta (517 bolívares por un batido de fresas y un pastel rancio de higos) y caminé despacio, con el corazón amotinado en el esófago,  hasta la sala de espera. Allí busque el rincón más escondido que pude hallar entre la muchedumbre que esperaba la salida de dos vuelos simultáneos a Maiquetía y me fundí en el anonimato.
Hasta el día de hoy intento encontrarle significado al celo de los trabajadores del Instituto Autónomo de Aeropuertos destacados en El Vigía;  pero, las aproximaciones conseguidas, en conversaciones con amigos y ratos largos de reflexión, son tan aterradoras,  que he preferido recordarlo como una más de las cosas que le suceden al Pato Lucas y a mi. Después de todo, estaba en un aeropuerto de Venezuela, el país de los asombros enmudecedores.

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