
De vez en cuando, sin embargo, voy al GATOPARDO. Es divertido. Con ese nombre de “sitio para gente culta”, GATOPARDO es un reducto de la vida que no parece haber conocido tiempos mejores. O no sé. Puede que el vinilo animal print, sea más una concesión a la moda furibunda que una manera de disimular cicatrices. En todo caso, está allí. Y cubre casi toda la enorme barra que culebrea tres de las cuatro paredes del lugar. Lo demás no importa. GATOPARDO es el lugar en el que, en algún momento de la noche, recala todo a lo que todavía le queda algo de vida y un par de billetes de diez en la cartera, para pagar los 20 bolívares de una entrada que no da derecho a nada. 20 bolívares por dejar que el negro de la puerta te toquetee a su antojo para certificar que no estás armado y por traspasar una puerta tras la cual, Laizio intenta un poquito de buen vivir atendiendo su gente: seres apretujados, sudorosos, medio vestidos, arrastrados, orgullosos, drogados, sobrios, borrachos, hambrientos, cachondos, deseosos, cachuos. Gente. Lo bueno, lo malo, lo feo, lo limpio y lo sucio de lo que somos y de lo que queremos ser.
Gente que circula, saluda, habla, mira y esculca, sin que se dé cuenta el esculcado o a todo descaro. Sin norma alguna. En GATOPARDO, el que quiere perpetuar su soledad lo tiene difícil. El que quiere disfrutar de la suya en compañía de alguien, paga 20 bolívares y entra. Como hice yo el viernes. Como me pidió Erasmo que hiciera yo el viernes después del matrimonio aquel aburridísimo, cuando ambos soltábamos el nudo de la corbata, la rigidez del paltó, el encierro del último botón que obstaculiza el transito feliz de la tiroides. Cuando recordaba con nostalgia el pitillo que no estaba en el bolsillo interno del saco; finalmente, todos hemos llegado a la correcta politesse de 5 o 6 tragos de escocés con soda y asalto decente a la mesa de quesos; ahora todos doble besamos a la salida y sabemos que la madrugada es cómplice de los malos pasos.
Entramos como a las 2 y media, Erasmo saludó alguna gente y yo fui hasta el rincón de la entrada, ansioso por el anonimato de mi taburete. Desde allí me dediqué a mirar, como para acostumbrarme a la oscuridad que siluetea personas y como para predecirme las sorpresas de la noche. Todas, sin excepción, daban directamente a una mujer hermosa, trigueña y alta, vestida de negro de pies a cabeza y adornada por cuenta bisutería barata, dorada, había encontrado en el armario. Reinaba desde un rincón equidistante al mío; fumaba y bebía, bebía y fumaba. Sin contarnos a Erasmo y a mí, los visitantes de esa noche estaban encandilados por la presencia de la tipa. Desde su rincón, sin mover un dedo como no fuera para llevar el cigarrillo a la boca, la trigueña parecía decidir el rumbo del GATOPARDO en ese viernes necesitado.
Nunca sabré si me vio y si al hacerlo me incluyó entre los elegidos. Si lo hizo no tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Cuando quise averiguarlo, fue cuando se encendieron las luces abruptamente y se apagó la música. Erasmo vino inmediatamente a mi lado. Me preguntó si estaba “decentemente sobrio”. Lo vi hacer un esfuerzo enorme para disimular que él no lo estaba. Le dije que se calmara, que estábamos seguros en nuestro rincón.
Los 7 policías entraron con gran estruendo de sus botas, una mano en el arma de reglamento y otra en el paquete. Fueron hasta el fondo del bar, mandaron a todo el mundo a ponerse en fila y empezaron la requisa, selectivamente aplicada a los que no podían (o no querían) disimular sus preferencias: jovencitos andróginos pobladores de la noche. Ignoraban a los malandros, a los fisicones y, por supuesto, a los que ya habíamos cruzado el umbral del mal aspecto. Dos de ellos se plantaron frente a la trigueña. Ella los miró, despreciándolos desde su altura y apuró un trago de su vaso. Uno se acercó demasiado y ella puso una mano como escudo. Él le bajó la mano con insolencia. Ella la volvió a subir amenazante hasta su cara. Él le sujetó la muñeca, ella lo odió con su mirada. El otro, puso una mano entre sus senos, en el escote. Ella, temblando sus mandíbulas, retiró esa mano con brusquedad, apagó el cigarrillo con la punta del estileto, se zafó del encierro que empezaba a ahogarla y caminó resuelta hasta el medio de la pista de baile. Por primera vez en la noche, el silencio pobló cada rincón de GATOPARDO.
La mujer se quitó los zapatos, se plantó en el medio de la pista y comenzó a desvestirse sin ninguna maña. No era un strip tease. A pesar de sus numerosos encantos, esa noche, ella no estaba para femme fatale. Simplemente se desvistió. Completamente. Desnuda, se aproximó a los dos oficiales que antes habían intentado manosearla. Uno de ellos recogió alguna pieza de la ropa de ella e intentó dársela. Ella la rechazó de un manotazo. Furiosa, tomó la mano del otro policía y la condujo hasta su seno derecho; con fuerza lo forzó a recorrer su cuerpo hasta su sexo, diminuto y dolorosamente erguido. Lo obligó a tocarla. Allí fue cuando estallaron los aplausos y la primera estrofa, cantada a todo volumen por cientos de voces, de “En una noche tan linda como esta”. Allí fue cuando sonó el disparo y mil gritos de espanto. Allí fue cuando Erasmo corrió a esconderse bajo mi taburete y el ruido apurado de las botas marcó la retirada.
Cuando regresé la mirada a la pista de baile, la mujer seguía desnuda y rabiosa, en medio del espacio, bañada por la luz de muchas lámparas desiguales. Un poco más allá, algunos recogían lo poco que les había quedado de humor entre las cédulas regadas por el piso. Dos empleados atendían a Laizio, en plena crisis de nervios, y el negro de la puerta revisaba el enorme daño que había hecho la bala en el techo de la pista.
Abandoné mi taburete justo en el momento en que la trigueña volteó a mirarme. Por unos segundos su cuerpo de mujer, desnudo y altanero, se tropezó con mi vergüenza, pero no pude bajar los ojos. La mire una, y otra, y otra vez, sin poder quitarle los ojos de encima. Entonces, dije la única cosa que nunca tenía que haber dicho:
- Mija por favor, cúbrase….