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miércoles, 8 de febrero de 2017

Los ojos mas bellos de este mundo

Alguien contó una vez que ella, bonita y dicharachera, salió de su trabajo en la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes - cuando quedaba en el edificio del Rectorado, a la entrada, a la izquierda - y que él, que la estaba cazando desde hacía meses,  venia coincidencialmente entrando con una calavera en la mano. Que él se la lanzó a ella y que ella solo atinó a ver un cráneo humano que volaba por los aires en dirección a ella. Que ella se desmayó de la impresión y que él tuvo un instante de gloria para recogerla en su regazo y reanimarla. Que las amigas, impactadas por la ocurrencia,  reían discretamente la gracia del desmayo posiblemente fingido y la demora de ella en volver en sí. Que finalmente abrió los ojos, que él preguntó – ¿La asusté señorita? -  Y ella respondió - no fue nada bachiller - y que al hacerlo, descubrió los ojos de él. Ella contó más de  una vez, que esos ojos le atravesaron el alma con el lanzazo del amor. Eran los ojos más bellos del mundo.
Él era flaco, elegantoso, alto, con modales arrolladores de margariteño y piel oscura; pero tenía unos ojos irrepetibles: acusadores, brillantes, curiosos, “que hablaban” y ella no pudo darle la bofetada que su atrevimiento merecía. Recomponiéndose en el instante  despertó de su desmayo grabándose para siempre la mirada de ese negro y buscó refugio en los brazos de Rita, su amiga inseparable. Al día siguiente, cuando salió de su casa para caminar las pocas cuadras que la separaban de la biblioteca lo vio parado en la acera del frente. Él caminó por esa acera sin desviarse, después de darle los buenos días,  y ella sintió que las piernas le flaqueaban pero caminó por la otra acera  después de responderle los buenos días. Lo mismo sucedió a la salida del mediodía, al regreso a la oficina de las dos de la tarde y a la salida de las seis. Lo mismo sucedió al día siguiente y al otro día y al otro día también. Ninguno de los dos recuerda cuantos días caminaron cada uno por su acera, ella sin mirarlo a él, él sin quitarle la vista a ella; un día el cruzó la acera al llegar a la esquina de la casa de ella y ella supo que lo hacía por amor. Entonces le dio gracias a Dios y supo lo que amar a un hombre significaba en esa Mérida casi rural de 1956 en la que a ella, siendo tan blanca y tan linda, le tocaba renunciar a pretendientes y novios en la puerta del altar y enfrentar las iras de Doña Josefa, la madre empeñada en casarla con un hombre de bien y de posibles, que fuera tan blanco como ella. Doña Josefa, la madre que se rindió a los encantos de él después de un par de desplantes y bofetadas.
Ella, que si por ponerle adjetivos, daría mucho de sí, era una bella mujer. Muy a su modo. No tenía la belleza voluptuosa que llegaba en las revistas de moda y en las películas mexicanas que veían en el Cinelandia pero tenía una cara de concurso a la que no le faltaban ojos. Los suyos, del exacto color de las esmeraldas, muy miopes y distraídos, eran alegres adornos en un rostro cuyo único defecto imperceptible era una nariz un poco ancha para su gusto. Diminuta y simpática, estaba llena de gracias, como un Ave María; aunque le tenía miedo a todo de manera casi incomprensible.  No parecían predestinados y aun así,  ella lo amó como solo se ama en los cuentos y el la amó con unas ganas locas de comprenderla y reconocerse a sí mismo en esos otros ojos hermosos que le miraban. 
Hoy hace 59 años se casaron. El mismo día del cumpleaños del padre de él. Un hombre de modales  principescos venido de Choroní, con más historia que más nadie.  Fue una celebración feliz, de tan buenos augurios que,  posiblemente esa misma noche, engendraron al mayor de los hijos nacido 9 meses exactos después;  pero no fue duradera. El matrimonio para el que ella casi se queda sin vestido y en el que él  se negó a repetir una oración por considerarse, como nadie, digno de entrar a  la casa de Dios, terminó menos de diez años después en un estrepitoso divorcio que amenazó con acabar las fuerzas de ella y la buena cabeza de él; pero, no pudo acabar con el lazo indestructible de la vida en común; perdonado algunos años más tarde, él fue recibido en su vida de divorciada  con pudor y comedimiento y juntos construyeron una familia en la que siempre hubo una tercera mujer. Ella aceptó y trató con cariño a casi todas, menos a la que le había torcido el destino y se dedicó a amarlo porque lo había jurado ante Dios un día como hoy en una iglesia de Valencia.
Muchos años después, Papá y Mamá me llamaron el mismo día para darme la misma mala noticia: Papa había recibido un diagnóstico de cáncer. Ella lo explicó con la tristeza irremediable de los malos augurios y él con el optimismo irrenunciable de quien se sabe tocado por la muerte. Entonces, Mamá decidió ocuparse de ayudarlo a bien morir, tanto como pudo y Papá a aceptar su destino, con tan buen talante como pudo, aunque fue un pésimo enfermo. A él lo amaba otra y ella lo aceptó a regañadientes, estando presente tanto como se lo permitió la vida. Un 18 de abril, fue mi madre la que me llamó a las siete de la mañana para decirme que el momento para el que nunca nos habíamos preparado estaba a punto de llegar y que mi padre no sobreviviría el mediodía. Fue un día aciago para todos; pero, sobre todo para ella. Ella le rezó, le lloró y lo acompañó a despedirse para siempre de este mundo.
Un mes más tarde, fue otra llamada de mamá lo que me hizo ver que su mente, frágil y golpeada, no había resistido el zarpazo final de la vida. Entonces, juntos, los hijos de aquel hombre que tanto había amado y que había cometido el desliz de dejarla sola, tal vez para que ese amor no  viviera el desconsuelo de su desmemoria,  la acompañamos también en su despedida, ocurrida cuando, tal vez, las flores en la tumba de él aun estaban frescas.
Hasta que la muerte los separe, debe haberles dicho el cura aquel 8 de febrero de 1958 del que hoy hacen 59 años; pero, la muerte es una cosa terriblemente caprichosa que prefirió otro destino. De esa promesa inquebrantada se cumple hoy un nuevo año que celebro porque de ellos dos, obtuve lo que soy: la mitad exacta de lo mejor de cada uno.  Si hay que creer en la vida eterna, Celina y Cheo deben estar cantándole cumpleaños a Don Juan,  mirándose de nuevo,  con los ojos más bellos de este mundo.

jueves, 11 de agosto de 2016

La Compañera


¡!!Mi corazón!!! Me decía, abriendo los brazos, cada vez que nos encontrábamos por casualidad en los pasillos de esta ciudad que la hizo suya. Yo respondía a esa invitación a abrazarla, fundiéndome con ella en una excusa perfecta para dejarme querer por un ratico, e inmediatamente le decía,
-           - Deme la bendición, así, como si usted fuera una tía… - 
Y ella me respondía un “Dios te bendiga muchacho, que yo si soy una tía tuya” que nos hacia reventar a carcajadas. Es cierto, nos veíamos poco y ella lo resentía en cada oportunidad, no había vez en que no me reclamara la falta de visitas y no me recordara “que el cariño es el mismo”; pero cada encuentro, por fortuito que fuera, estaba lleno de una cosa especial que solo tienen quienes se han querido mucho, porque quererse mucho forma parte de una herencia y de una forma de vivir la vida. 
Una vida pensada para que ella, su esposo y mi madre la compartieran por más de sesenta años.
Anoche, al recibir la triste noticia de su partida, un mundo entero de recuerdos se me instaló en la vida. Una certeza de que en cada adiós se va una memoria, que cada muerte se lleva una historia en la que solemos ser mejores, o vivir mejores, o reír mejores.  Doña Gladys, en su repentina partida,  se está llevando un poquito de todo eso; pero, además, un poquito de una época que cada día más, se parece al pasado irrepetible de una vida que fue mejor, porque fue más nuestra.
Doña Gladys Angola de Avendaño, como bien dijo hoy mi hermano, “no fue amiga de mi mamá, fue mucho más que eso, es que era como familia” una cosa que no se dice con facilidad en una familia a la que le cuesta admitir que existe gente “como de la familia” pues se jacta de tener una familia numerosa y maciza. Doña Gladys lo era, desde que llegó a nuestra casa, al casarse con Chucho, e hizo de Mérida su casa, su mesa y su tierra. Casa, mesa y tierra, a la que tuvimos el privilegio de ser llamados y aceptados, por el solo hecho de pertenecer a ella y mantenernos cerca.   
La vida se construye a retazos, nadie viene a ella con un manual de instrucciones, puede que cuando mucho, con un destino trazado, (el de Doña Gladys ciertamente lo parece) pero, desde el principio, tiene mucho de rompecabezas y de caminos zigzagueantes. Puestos a mirar atrás, los caminos que nos han llevado al hoy de lo que hoy somos es probable que hubieran sido distintos; pero, las piezas fueron cayendo en su lugar cuando debían hacerlo y la vida se fue ocupando de demostrar que cabían;  como los amigos, que entraron  para enseñarnos que no hay riqueza más grande ni  apoyo más valioso en el camino. Puestos a mirar atrás, es la presencia de Gladys y Chucho en la vida accidentada de nuestra madre, lo que más se pareció siempre a un ancla a tierra; y eso se puede contar en millones de anécdotas que tejieron cercanías sin perpetrar desazones.  Anécdotas de las que escojo una, como la más a propósito de todas:
Mi madre era profundamente adeca. Adeca de convicción, adeca “romulera”, activista y amiga de adecos por quienes ponía la mano en el fuego, aun a riesgo de quemarse. Gladys era igualmente, copeyana. Copeyana de alto coturno; aunque con menos fiereza, hacia lo suyo por el partido y se codeaba con las alturas verdes del poder “puntofijista”. De eso, ambas solían mofarse. Llegó una campaña electoral, de esas en las que se mete la gente para ver ganar su candidato y ambas, con estilos diferentes y el mismo objetivo, se enfrascaron en lo suyo. Si Doña Gladys, exquisita como era, preparaba cenas de alto copete en su bella casa de El Encanto, mamá organizaba kermeses en la casa del partido, Si Doña Gladys acompañaba la esposa del candidato (que siempre era Doña Alicia o eso nos parecía) en conspicuos actos oficiales de la ciudad de entonces; mamá hacia lo propio con Doña Blanca en un estilo más adeco, haciendo chistes para que todos estuvieran cómodos. Era habitual que tras esas jornadas electoreras, las familias se reunieran en la bonita finca que los Avendaño tenían en Tabay (en la que muchos de nosotros vivieron desde el primer beso hasta el primer cigarrillo escondido) para disfrutar un domingo divertido. Uno de esos domingos, mi madre quiso enseñarle a Doña Gladys, a instancias jocosas de ella, el himno de Acción Democrática, entonces surgió una apuesta: Si Gladys era capaz de terminar cantando sola y sin equivocaciones  todas las estrofas de “Adelante a Luchar Milicianos”, mamá prepararía la cena para todos los presentes, sin ayuda ninguna. Ambas cosas eran imposibles: mi mamá no sabía ni hacer café, doña Gladys no iba a poner en su boca las letras de Acción Democrática. Esa tarde, reímos como pocas veces lo hemos hecho en la vida y la apuesta quedo tablas; pero, para siempre, el remoquete de “compañeras” se agregó a una amistad inigualable. Cada vez que se veían, el saludo alborozado dejaba sin validez los nombres de ambas y por extensión, nosotros empezamos a llamar  compañera a la madre de quienes llamaban compañera a nuestra madre. El día que mamá se fue, hoy hace nueve años, Doña Gladys, entonces de vacaciones fuera del país, llamó para asegurarse de hablar con cada uno de nosotros y expresarle su dolor por la muerte de la amiga. Yo tenía especial miedo a esa llamada que presentía y esperaba, cuando tocó mi turno, lo único que pude decirle fue “compañera”….desde el otro lado del teléfono, una voz que siempre fue muy recia y fuerte, se quebró un poco para decirme que, verdaderamente, ellas dos habían sido grandes compañeras.
Es una lección que adquiere validez extraordinaria en los tiempos que corren y no requiere explicaciones. Es una anécdota que escojo entre miles, porque refleja el talante de dos mujeres irrepetibles, que se fueron de este mundo casi el mismo día con nueve años de diferencia. Poco importa lo demás. Despedir a la compañera, es una tarea difícil, por muy ley de vida que sea.  Comprender que poco a poco cerramos una época porque perdemos sus símbolos, es aun peor. Habrá que reinventarse o habrá que intentar la titánica tarea de emularlas. Con Doña Gladys se va una manera de vivir. Conmigo se queda una manera de abrazar, una presencia guapa e impecable, una risa inolvidable y un valor que considero sagrado:  no hay nada que sea más importante en la vida que un amigo que sepa serlo durante toda su vida y lo sea, sobre todo, en la mala hora;  eso me lo enseñaron, con el ejemplo, Aida, Chucho, Gladys y Celina. Si me hubiesen dejado un saco de morocotas de oro por herencia, lo habría cambiado gustoso por el íntimo convencimiento de esa enseñanza perfecta.

domingo, 10 de mayo de 2015

Madre solo hay una...


Posiblemente es un signo inequívoco de madurez. Uno de esos síntomas que acompañan mis canas y me convierten en un señor mayor; pero, no puedo pasar este día sin admitir cuan dura es la orfandad. Lo digo sin problemas de conciencia, sin deseos de despertar en alguien deseos de darme un abrazo de pésame. De esos he recibido cientos desde el día que Celinita cometió la indiscreción de marcharse; lo digo, meramente, porque ha llegado, otra vez, ese día en que a muchos como yo nos toca tragar grueso.
Celebré muchos Días de la Madre. Mamá adoraba este día aunque, por supuesto, en alarde de poca originalidad, empezaba a pedir un mes antes, "que no celebráramos nada" y "no se nos ocurriera regalarle algo". Esto último lo decía seguramente para evitarnos creatividades desoladoras:  Mamá tenía maneras muy particulares de dejarnos saber con claridad meridiana lo que se le antojaba recibir; nunca voy a olvidar, por ejemplo,  la forma en que nos convenció para que la obsequiáramos con su primer teléfono celular. Mamá era una fanática obsesiva del teléfono, usaba indiscriminadamente, y por muchísimas “urgentes” razones, el de casa o el de cualquier lugar al que llegara aunque fuera de visita; para Celinita, pedir un teléfono prestado era su comportamiento natural, al extremo que sus amigas más cercanas, al recibirla, lo primero que hacían era señalarle el sitio donde estaba el aparato. Mamá que hablaba sin parar, necesitaba del teléfono como del aire; por lo tanto, el advenimiento de los teléfonos celulares fue simple y llanamente lo mejor que le pudo pasar, solo que se tardó un poquito en anotarse a la moda; hasta que, superado su temor a la tecnología, nos volvió literalmente locos a punta de comentarios directamente dirigidos a enterarnos que, ese Día de la Madre, ningún otro regalo sería bien visto. En realidad, mamá siempre aceptó de buena gana los regalos que le dábamos (nunca se nos ocurrió darle una licuadora, o nos hubiera metido dentro) pero, creo que se debía a que siempre le regalábamos cosas para ella, no electrodomésticos ni artefactos para la cocina ya que, sencillamente, mi mamá nunca en su vida cocinó ni siquiera un tetero. Yo no guardo en mi  memoria el recuerdo de un arroz con pollo hecho por mamá pues ella nunca pisó la cocina. Cuando digo nunca, quiero decir jamás. Hoy, por cierto, lo agradezco muchísimo, si a todas las memorias que me dejó, tendría que sumarle la nostalgia de ciertos platos preparados por ella, creo que no hubiera podido soportarlo. Si, el Día de la Madre, al lado de mi madre, era una historia escrita en mayúsculas que, no pocas veces, nos llevó (a sus hijos) al borde de la exasperación y fue hermoso y divertido y especialísimo, porque ella lo hacía así.
Tal vez por eso,  pertenezco a los hijos que darían lo que tienen y lo que no, por volver a amanecer haciendo las payasadas con que solíamos despertarla ese segundo domingo de mayo en el que ella se había despertado muchísimo antes para esperarnos y que incluían todas las cosas cursis relacionadas con el Día de Mamá y que, creo, en el fondo, ella encontraba irresistiblemente enternecedoras; porque, a pesar de que en muchos momentos de nuestra vida, estar a su lado tuvo sus bemoles, Celina era una excelente madre, de acuerdo a todos los arquetipos con que el oficio se ha medido desde siempre. Cierto que era una mujer muy demandante y con unos humores un poco extraños que, según como se vivieran, podían ser una montaña rusa divertida o ensordecedora; pero, en esencia, era una mujer dispuesta a todo por sus hijos. Sobre todo dispuesta a permitir (a veces a regañadientes) que sus hijos caminaran su propio camino y en  lo  posible, no lo hicieran en solitario. Cuando me fui de Venezuela por primera vez, por ejemplo, nos despedimos al pie de su cama, ella casi dormida y sin ganas de despertar demasiado y yo con el corazón estrujado; sin embargo, nunca me dijo que no me fuera. Sucedió en todas  nuestras despedidas pues, a pesar de la distancia, nunca nos alejamos realmente. Mi madre era mi ancla a tierra: hablábamos por lo menos una vez al día y, en esa llamada, yo me enteraba de todos los sucesos de la ciudad que había dejado atrás. Gracias a mi mamá, nunca me fui realmente. Gracias a mi mamá, nunca tuve sensación de desamparo, nunca pasé necesidades y nunca, pero nunca, se quedó sin solución una dificultad práctica de mi vida. Cierto, no cocinó nunca para nosotros, pero hay que ver lo que hizo para que nuestra vida fuera más fácil y entretenida.
Toda la simpatía que sus innumerables amigos continúan ponderando, esa maravillosa manera de convivir en sociedad que era su marca de fábrica, esos ojos verdes, curiosos y divertidos que distinguían su buenamozura encantadora y esa cosa suya de ser señora de todos los rincones de una ciudad repleta de escondrijos, aun sin serlo realmente, es lo que me hace sentir, con toda la libertad de quien sabe lo que siente, que yo extraño mucho a Celinita, aunque haya aprendido a vivir con su eternidad, celebrando este día en su ausencia, con el corazón magullado y el talante amargado.
Por eso, permítaseme decir algo que casi nadie dice, junto a las múltiples frases hechas con que se festeja el Día de la Madre en esta marabunta matriarcal: Hoy, también (o sobre todo)  es el día de los que no tenemos madre que abrazar, ni regalar, ni llevar a almorzar y eso,  necesita ocupar en espacio en nuestra vida. No un espacio de conmiseración. Un espacio - incluso agradecido por tanta bondad y tanta suerte - que debemos vivir en la orfandad del que solo celebra recuerdos inmortales y sigue adelante.
Y como seguir adelante es la norma: Feliz Día de las Madres, a las tías que han hecho este camino en solitario más fácil, a las madres que admiro y atesoro como amigas, y a los hijos, que como yo, hoy lo que tienen es ir a ninguna parte, a celebrar con quien no está.

martes, 13 de mayo de 2014

No hay más que una

Existen algunas verdades cuyo conocimiento está reservado a eso que llaman la madurez, certezas más bien domésticas de las que solemos pasar en nuestras edades más jóvenes y que, de puro Perogrullo, permanecen ignoradas hasta que algún "golpe de la vida" nos sitúa frente a ellas, removiéndonos toda posibilidad de continuar evitándolas.
Hablo, por desviarme un poco del interminable lo-que-nos-está-pasando de cada día, de asuntos tan privados (y prestos a equívocos) como las cosas que aprendimos de nuestras madres, suerte de la mejor herencia posible, que nos moldea el carácter hasta convertirse en sello de fábrica de aquello que somos. Ciertamente, madre tan solo hay una, cosa que muchos hijos agradecen y, ciertamente, esa "una sola" que es la madre de cada quien confiere cierta exclusividad a la forma de desempeñar el oficio. Mi Mamá, por ejemplo, habitó sin compañía alguna la nube de Valencia número 14 toda su vida. Tenida por mujer bondadosa (algunos opinan que era una santa cosa con la que estoy de acuerdo) y sumamente divertida, Celinita (que así convertimos su afrancesado nombre de pila al crecer, para hacer honor a su diminuto cuerpo físico) era básicamente una mujer que se enteraba de todo tarde y a su modo, aun tratándose de los intríngulis de ciertas historias alteradoras de la apacible cotidianidad andina. Un poquitín amiga del chisme, era - por ejemplo - enemiga de la maledicencia y nunca hizo leña del árbol caído. Estremecida su moralidad – intransigente - ante la revelación de pecados ajenos, buscaba el centro de los acontecimientos para impartir, casi siempre con certera justicia, las justificaciones que hacían llevadero el trance a los involucrados.
Yo me precio, de hecho, de tener un alto sentido de la justicia; haber llegado a esta edad me ha revelado, no sin sorpresa, que esa virtud (una de las pocas que me adornan) la mamé en la teta. Mamá lo tenía; permeado por su estricta moral cristiana (no siempre buena consejera) acostumbraba a no emitir juicios hasta amoldar lo que fuera a su particular visión de las cosas, en la que, hay que decirlo, nadie nunca era enteramente responsable de algún grave error de conducta, porque - decía ella - todos somos humanos. Y así, sin más, despachaba los espinosos asuntos a los que se enfrentaron ella y su vasta legión de amigos, a lo largo de su vida.
En su oportunidad, Mamá me acompañó muy generosamente a enfrentar uno de los dolores más grandes de mi vida: la muerte, por complicaciones derivadas del Sindrome de Inmunodeficiencia Adquirida, del que seguramente fue el mejor amigo que tuve en la vida. En tiempos en los que el estigma de tal enfermedad era más difícil de soportar que la ausencia de tratamientos, Celinita estuvo calladamente a mi lado ayudándome a conseguir medicamentos y otros paliativos con los cuales hacerle llevadero el trance a mi amigo. Al morir él, fue ella mi principal consuelo enhebrando oraciones, misas y tolerancia para darnos a los dolientes un poco de paz. Una anécdota del día en que enterramos a Carlos, permanece imborrable en mi memoria: Acompañado por dos amigas más tan apesadumbradas como yo, miraba con enorme pesar el extraño momento en que su féretro descendía a la tierra; entonces, agotado por el dolor, empecé a llorar ruidosamente de un modo que me era imposible contener.  Mamá desde su distancia me miraba adolorida (doblemente: ella quería muchísimo a mi amigo y además, estoy seguro, le dolían muchísimo mis lágrimas) a su lado, una de esas amigas que yo siempre llamé “de peluquería” le dijo algo al oído. Desde mi turbación, pude ver como ella reaccionaba con desagrado, mandando a callar a la señora. Enseguida se alejó de ese sitio y vino a mi encuentro. Yo había comenzado a calmarme. Terminado el acto, caminamos hasta el auto tomados de la mano, ella se mantuvo a prudente distancia, mientras yo me despedía de algunos de los amigos que habían ido a acompañarnos, haciendo planes para un encuentro posterior. Al subirnos al auto, ella dejó que yo encendiera el motor y saliera del cementerio, para comentarme aquello que le había dicho su “amiga” al oído.
-          Imagínese hijo, que menganita me dijo, cuando usted se puso a llorar,  que usted era el novio de Carlos (no lo reconoció porque a usted nadie lo reconoce por los años fuera de Mérida) y que seguramente lloraba por encontrarse tan enfermo como él…
Mi estupor desbordado, solo alcanzó para preguntarle
-          ¿Y usted que le dijo?
-          Pues que usted es mi hijo, que usted no es el novio de nadie y que si usted hubiera sido novio de Carlos, no era asunto de ella repetir ese comentario tan maluco sobre la enfermedad, que eso no se hace, que los tiempos no están como para seguir echándole leña al fuego…
Fue una gran sorpresa. Sabía que su corazón generoso era capaz de mucha comprensión, pero no la imaginaba defendiendo los derechos de una víctima del temido y mal reputado SIDA.  En los momentos difíciles que siguieron a ese día (muchos más de los que me habría gustado) en los que Celinita apelaba a su proverbial intransigencia, para tornar negro el humor familiar, echaba mano de ese recuerdo para entender que lo suyo era  llamar al pan, pan y al vino, vino; aunque fuera de un modo que nadie más pudiera compartir.
No tengo dudas de que me pongo viejo. Entender estas enseñanzas y hablar de ellas en público sin preocuparme de lo cursi que pueda sonar, es cosa de gente grande. Pero, también es cosa de quien quiere entender, echando mano de cualquier recurso, las cosas que suceden todos los días; lo dicho: lo-que-nos-está-pasando, en este país donde cada  día hay menos generosidad y, la tolerancia, como cantaba Yordano (y a mi Mamá le encantaba) hace rato que se fue de viaje...

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