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viernes, 17 de febrero de 2017

Aunque no sabe qué es, lo que duele no es la vida

Entró al salón, arrastró una silla a la que primero midió con los ojos y se sentó con un poco de dificultad. De su maletín sacó dos frasquitos de vidrio color ámbar y vertió en la tapa de cada cual unos diminutos globulitos blancos, se tomó ambas dosis, sonrió con buen humor, cruzó las piernas y se dedicó a escuchar con atención la charla. A medida que transcurría el tiempo, cruzaba y descruzaba las piernas, hacía círculos con los pies en el aire y muy pocas veces, un gesto de dolor pareció cruzarle la cara. Estaba solo y no hablaba con ninguna de las personas que tenía cerca.  Asentía con la cabeza mientras tomaba notas en una pequeña libreta de resortes apoyada en su muslo derecho. Movía las piernas, como cambiando de posición una y otra vez; pero, ningún otro gesto de su comportamiento era llamativo.
-          Puedo decirte exactamente cuándo y cómo comenzó esta historia y puedo jurar, lo creas o no, que fue en uno de los períodos más felices de mi vida -  Soltó a bocajarro al finalizar la conferencia - Yo llegué a mi oficina, hace unos 30 años, me acomodé en mi escritorio y le comenté a mi secretaria que estaba a punto de comenzar un lumbago, desde entonces nunca he tenido un lumbago verdadero; pero, nunca se me ha quitado el dolor de espalda , ha ido a más –
Es su manera de conseguirle un principio a lo que él llama “la historia del dolor” que según cuenta,  lleva más de la mitad de su vida atormentándolo  – Soy un hombre al que le duele todo. Un hombre cuya primera sensación del día es un dolor en algún sitio y la última es un dolor en un sitio diferente – aun así, explica, duerme  sin ayuda lo más plácidamente posible, cosa que en su caso, parece un contrasentido. Muchísimos médicos sostienen que debería tener trastornos de sueño. Él asegura que no.
-          Me encanta dormir. Es el único momento del día en que no siento dolor. Quizás me evado de mi dolor durmiendo, no lo sé. Es más, en los periodos tristes y difíciles de mi vida, es cuando mejor he dormido. Mi sueño es una maravilla, solo una vez se alteró y necesité pastillas, pero dejé de tomarlas en una semana. Yo no tengo problemas para dormir. Ni siquiera ronco.
Gerardo es un tipo simpático  aunque reservado. Es, como buen andino, un poco desconfiado y siente que no es bueno prodigarse mucho. Tiene como máxima en su vida no hablar de su padecimiento pues no le gustaría contagiar a nadie de su lúgubre sensación de enfermedad y porque sabe, además, que alguien le dará un remedio que el no podrá evitar probar.
-          He tomado de todo. No puedes imaginarte la cantidad de batidos, menjunjes, cataplasmas, gotas, plantas medicinales y etcétera que he consumido a lo largo de mi vida; mi dolor parece refractario a todo. Ahora me dio por la homeopatía pues me parece lo menos experimental de la cosa alternativa, es barata y tiene un cierto nivel de efectividad. Ya ni siquiera los analgésicos me hacen mayor cosa. Aunque me meta un coctel de pastillas, cosa que hago con frecuencia, yo soy un hombre que vive con dolor. Punto. Yo no recuerdo un minuto de mis últimos 20 años sin dolor en alguna parte del cuerpo. Tan sencillo como que no lo recuerdo. ¿Tú sabes que es tremendo, por ejemplo?  tener sexo con dolor;  no, no  hablo de que el acto sexual implique una práctica dolorosa,  no, nada de eso;  es estar ahí, gozando un puyero con alguien y sentir que alguna parte del cuerpo te duele a pesar de lo bien que lo estás pasando….
Es la más gráfica de las explicaciones que da,  mientras intenta conseguir algo para picar que no contenga gluten ni sea lácteo. Dice habérselos arrancado de su dieta aunque le encantan,  pues leyó en alguna parte que existe una relación entre el consumo de gluten, los lácteos y su enfermedad.
-          Fibromialgia, se llama -  Dice con tranquilidad asombrosa  – Fibromialgia –
Repite con la misma naturalidad de quien sabe que es imposible ponerle rabia a ese nombre. Se la diagnosticaron oficialmente hace unos 3 años, aunque él lleva sabiéndolo desde mucho antes. Gerardo es un hombre culto, un lector incansable, un tipo buenmozo, activo y de impecable elegancia al que la enfermedad no parece detener en nada. Lleva la procesión por dentro. Tal vez un reflejo tristón de sus inmensos ojos atigrados sea lo único que lo delata; a veces, Gerardo parece sufrir por un instante un ramalazo de dolor que desaparece casi de forma milagrosa. Es su gran logro. Desde que lucha contra la enfermedad no le permite derribarlo en público: Quizás por eso, ha disminuido su vida social a lo mínimo indispensable. Es rarísimo que salga de noche y es rarísimo verlo de fiesta. Dice que le incomoda mucho saber que disfrutará menos de lo que quisiera un plan cualquiera, pues no sabe a qué nivel de dolor tenga que enfrentarse ese día. Entonces prefiere la casa y la comodidad de su cama,  el sitio en el que pasa la mayor cantidad de horas del día, sin que nadie lo sepa. Su vida, en concesión al dolor – y porque no es un héroe – está llena de discretos silencios e incontables secretos. Por eso debe ser que prefiere vivir solo en medio de una rutina infranqueable a la que le hace pequeñas trampas para sentir que está vivo.
Es un caso de librito: Gerardo junta en un solo diagnóstico dos enfermedades hermanas: Fibromialgia y Síndrome de Piernas Inquietas y está casi seguro que empieza a anidar algún nivel del Síndrome de Fatiga Crónica. Sabe bien que no es la edad (57 años) y en el fondo, un brinco del corazón le avisa  la angustia de pensar que la enfermedad está ganando terreno. No deja de ser irónico,  piensa,  cuando recuerda haber padecido enfermedades serias, haber estado al borde de la muerte y haber superado todo, menos el dolor de vivir con un dolor permanente para el que no hay tratamiento específico, ni explicación lógica, ni esperanza de cura. Mucho peor, para el que no hay conmiseración de género: la fibromialgia solo ataca a un hombre por cada 90 mujeres que la padecen; es decir, él sabe que padece una enfermedad de mujeres que sus amigos hombres no entienden. Con ellos no habla de eso ni aunque se ahogue.
-          Me da rabia cuando lo primero que responden hombres y mujeres,  al enterarse,  es que se trata de una “cosa de los nervios” como si no fuera real -  dice y sus ojos se iluminan por la rabia de la que habla - Es como si fuera menos importante que otra cosa. Creen que uno puede sobreponerse solo, como si fuera debilidad propia. Como si uno no fuera, como los demás, suficientemente fuerte, suficientemente “macho” o suficientemente dueño de sus emociones. Esa es la peor parte.
Tiene razón al lamentarlo.  La mayoría de las personas que alguna vez han escuchado hablar de fibromialgia, inevitablemente la relacionan con algún tipo de trastorno de personalidad e incluso de enfermedad mental. Si bien el tratamiento más usual incluye un antidepresivo y existe la teoría de que los episodios de dolor se agravan en periodos de profundo estrés o angustia, no menos cierto es que se trata de un desorden de tipo neurológico muy probablemente de origen genético cuyas causas se desconocen por completo. Cerca del 5% de la población mundial la padece, muchos sin diagnóstico oficial, la mayoría mujeres de raza blanca mayores de 45 años,  quienes no necesariamente han tenido otras enfermedades graves en su historia clínica. Se relaciona, eso sí, con la Enfermedad Celiaca y el Lupus, pero, sobre todo, se ha considerado por años un proceso somatizante, más que una enfermedad,  cosa con la que Gerardo sencillamente se pelea a muerte.
-          Yo no necesito somatizar nada - dice alzando la voz – yo soy un tipo relativamente feliz. Afectado,  claro está, por el país y sus circunstancias, pero eso no es la causa de mi fibromialgia;  a mí me dio, así como a otras personas les da alergia o asma. A mí me dio esa vaina y listo. Yo no estoy somatizando nada, ni más faltaba…
Hace poco, un nuevo doctor le prescribió un antidepresivo específico llamado CIMBALTA que no se consigue ni bajo las piedras. Es uno de los afortunados que puede por lo menos conseguir Pregabalina regularmente (una droga fundamental para su tratamiento) y se niega a consumir analgésicos más fuertes que acetaminofen o ibuprofeno, la mayor parte de las veces mezclándolos en una única dosis al día, no todos los días. Camina, aunque se trata de un esfuerzo importante que le consume muchísima energía y se consuela con formulas de auto engaño, dice tener un umbral de dolor muy alto y juega con globulitos homeopáticos como por no dejar.  Todo lo demás  lo vive en silencio.
Sabe perfectamente que el suyo es un caso perdido, que nunca más sabrá lo que es un día sin dolor y no se queja. Hace algunos años aprendió a conjurar las migrañas asociadas y ya no las padece, pues sabe detenerlas a tiempo. Piensa que podrá hacer lo mismo cuando esto se ponga peor. Sin embargo, en la soledad de su apartamento, antes de dormir,  suele sentir el escalofrío de imaginarse en la vejez impedido por una enfermedad de la que se sabe muy poco; entonces,  se duerme pensando en París y en sueños se ve con unas alas que desconoce. Después de todo, sabe también, que el amanecer traerá, junto a la luz del sol, la revisión de su nivel de dolor y un deseo: que no sea tan grave como para poder soportarlo sin tomar pastillas. Ya no le pide nada mas a la vida, él se acostumbró a resolver el resto y a vivirlo hacia adentro. Sin que se note. 

martes, 1 de enero de 2013

Silencio

Hace dos días comencé a creer seriamente en la enfermedad del Presidente de La República. Negándomela desde sus inicios, como una de esas cosas que en la vida real no le sucede a un hombre con tanto poder, llegué a compararla con la conocida estrategia de enfermar al protagonista, que inventaron los cubanos cuando una telenovela perdía rating. Siempre que pude, desmentí rotundamente los rumores que circulaban por las redes sociales y los ventorrillos del país y recuerdo haber subido el tono para asegurar que todo era una patraña.
Hace un par de días cambié de parecer. Fue un detalle casi imperceptible sucedido en un programa de Globovision, (al que me acerqué con recelo buscando información) lo que ayudó a convencerme: los periodistas que conducían el programa, tenían el mismo requiebro y el mismo “guabineo informativo” de cuando hemos perdido elecciones. Esa cosa de aparentar que sabes algo crucial pero no puedes – o no te da la gana – de contarlo y entonces, te dedicas a darle vueltas en un juego perverso de adivinanzas y suposiciones.
Es más o menos lo que está haciendo todo el país, de la mano de dos insignes informantes que buhonerizan la historia oficial, para que cada quien la interprete a su modo. Lo hacen, con sus más y con sus menos, sobre todo en ocasiones en que la sensibilidad del “pueblo” está exacerbada - como esta Nochevieja - o cuando se acerca un evento político de gran tra la la. A partir de lo que cualquiera de los dos dice, se arma una red de análisis y comentarios tan rebuscada y exagerada en sus detalles que termina siendo sospechosa. Por eso el descredito, el sorprendente y morboso descredito de un colectivo que, bien porque lo admira y prefiere la negación o lo adversa hasta el punto de creerlo capaz de cualquier horror, de todos modos lee y sigue con acuciosidad todo lo que se escribe o se dice sobre la salud del Presidente, pero no lo cree.
Son aportes al ruidoso silencio que rodea el problema político más serio que Venezuela ha enfrentado desde el inicio de su vida republicana. Son también, estrategias de mitificación del líder, con cuya intimidad no se permiten cercanías y es en último caso, una demostración de poder que puede rendirle beneficios a quien la ejerce.
Es en realidad un error garrafal. Nuestra tendencia a las habladurías no ha debido jamás enfrentar semejante prueba. Puestos a escoger, creo que nadie olvidará nunca los días en que el Presidente estuvo enfermo (de verdad o de mentiras) en La Habana. Y eso no ha debido permitirse nunca. Unos bien intencionados partes médicos cada dos o tres días, leídos por algún buen “doctor” de bata blanca y estetoscopio al pecho, habrían devuelto la calma y mantenido las aguas a su nivel.
Hoy, cuando se supone que el señor agoniza en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital cubano, de lo único que tenemos certeza oficial es del silencio que rodea sus estertores. Aun así, yo he decidido pasarme al bando (minoritario) de los que creen en su gravedad y sienten pena por él. Sólo me gustaría no estar perdiendo mi tiempo.



jueves, 22 de marzo de 2012

Diversidad funcional

Hace mil años, en aquellos tiempos divertidos de la Escuela Infantil Mérida, compartí aula y recesos con un personaje inolvidable. Se llama Sarita Maldonado, es pelirroja, muy pecosa e impredecible. Tiene, además, otra seña de identidad importante: Sarita tiene un retardo mental bien notorio. No es Síndrome de Down, creo yo. Por lo menos no recuerdo que haya tenido las características físicas inocultables del Síndrome de Down; pero, a mi escaso entender, Sarita tiene severas discapacidades mentales. Lo que no deja de ser una lástima, por cierto.
Recuerdo muchas cosas de ese año escolar transcurrido junto a Sarita. Recuerdo, sobre todo, nuestra crueldad. Recuerdo también las vergüenzas que sus hermanos “normales” intentaban ocultar a toda costa y que hoy deben ser parte de sus recuerdos más tristes. Sarita era inmanejable. Bien porque decidiera que no era día de clases y se dedicara a sabotear olímpicamente cualquier intento, por pequeño que fuera, de eso que hoy llaman educación formal, o bien por que resolvía hacer gala de su fuerza alborotada: Sarita brincaba, Sarita reía, Sarita cantaba, Sarita peleaba, volvía a pelear y peleaba de nuevo. Sarita lloraba. Sarita gritaba sin control y sus compañeros – nosotros - éramos, tanto el coro de sus impulsos, como su severos críticos y agresores. En nuestro mundo de niños “que funcionaban” Sarita era, por mucho, la muñeca rota. Me apena decirlo, pero Sarita fue el blanco de todas las maldades, todas las burlas y todos los hartazgos de un grupo de niños a quienes, algunas veces, la fuerza incontrolable de Sarita ponía fuera de quicio.
Tal vez tengamos la disculpa de la ignorancia. Aunque a algunos nos lo explicaron en casa, ningún maestro hizo nunca nada para que durante todo el año escolar, Sarita dejara de ser el bicho raro; quizás por eso, cuando regresamos al año siguiente, Sarita no estaba. Su familia, después de una lucha indescriptible había logrado una escuela especial para niños excepcionales y su alumna estrella era Sarita. Nunca más supe de ella.
Hace poco conseguí a uno de sus hermanos. Hablamos de Sarita por largo rato. Está bien. Es una adulta con necesidades especiales que ha sobrevivido a todos los pronósticos. Recibe atención familiar y tiene el mismo carácter indómito que conocí en su infancia. Por suerte para ella, su familia entendió hace rato que su “diversidad funcional” la hace poco probable candidata a compartir el mundo hostil y cruel de los normales. Que protegerla no significa necesariamente execrarla, sino exponerla suavemente a ambientes donde sea amada y respetada por gente que esté dispuesta a aceptarla. Es decir, por gente que esté preparada para entender ese otro mundo, no por cualquiera que crea que el tema se resuelve con nombres políticamente correctos y un corral donde quepan todos “porque la integración es necesaria”. Sarita, por suerte, está a salvo.

jueves, 1 de marzo de 2012

Dios y la enfermedad

Soy de los que cree que es mentira. De los pocos que no se ha creído las documentadas informaciones de Nelson Boccaranda, ni las arengas “sanadoras” de algunos voceros gubernamentales. Pertenezco al escaso grupo de venezolanos que se ríen de la última estrella del periodismo latinoamericano, el señor Merval Pereira, que comparte con Boccaranda el cargo de vocero oficial del CIMEQ. Sencillamente, no acepto el cuento de la enfermedad y, para mi no aceptación, he logrado argumentos que me bastan. Básicamente opino que el cuento de la enfermedad que, por cierto, tarda en darle votos, obedece a una estrategia dirigida a fomentar el fervor religioso con que sus seguidores lo alaban y a revestirlo de una presencia santurronizada en la que solo faltará que materialice espejitos. Hasta ahora, para una buena parte de quienes lo apoyan, todo lo demás se lo deben a Él: un Dios magnánimo e infalible, desprovisto de esencia humana, cuyos actos son incontestables.
A punto de estropear esa divinidad con discursos plagados de odio (impropios de Dios) e interminables chácharas en contra de enemigos que son demasiado lejanos para el entendimiento real de “su lumpen”, el cuasi Dios que gobierna a un tercio de la población venezolana, necesita echar mano de recursos milagreros para reagrupar su rebaño e iniciar una campaña electoral en la que pueda enfrentarse de tú a tú con su contrincante: un hombre joven, inteligente, sagaz, enérgico y muy buenmozo que amenaza con meterle dentelladas al colectivo que admira y mantiene en el poder al señor de sabaneta, sin más justificación que fanatismo brotado de las entrañas: Las mujeres y los pobres de solemnidad.
Reeditar el cáncer, (que posiblemente padeció en alguna oportunidad) era la estrategia más inteligente que tenia a la mano el grupo de asesores electorales cubanos y brasileros que han tomado a su cargo el lado oficialista de la contienda del 7 de Octubre. No deja de ser importante destacar, de paso, que quienes se han ocupado de esparcir la mejor cantidad de documentados rumores son, precisamente, un periodista brasilero y su red comunicacional, O Globo (contra quienes gobierno alguno jamás ha osado meterse) y un venezolano que no pasa de ser objeto de amenazas que nunca llegan a cristalizarse. En realidad, creo que el cáncer que mantiene en vilo a una buena parte de Latinoamérica, es mas un producto de la misma canalla mediática que el sabanetero ama aborrecer y no una realidad que ponga en peligro la vida de alguien. Y no digo con esto que Bocaranda sea un traidor a la causa opositora, prestado a mantener el país desinformado con sus Runrunes, ni que Pereira reciba algún beneficio por hacer otro tanto. No; lo que puede suceder es que en la trama, y ávidos de convertirse en vehículos de una noticia realmente jugosa, ambos estén tan engañados como el resto de la humanidad.
Engañados por fuentes que, aunque verificables y posiblemente presénciales, no han proporcionado otra prueba efectiva de la enfermedad que sus propios informes. No han mostrado, seguramente porque no existen o no han podido construirla, documentación científica que avale sus diagnósticos y si lo han hecho, esta no ha trascendido a los medios con la facilidad con que trascienden los cuentos de la "enfermedad". Engañados por un aparato monstruoso al que muy poca gente conoce cabalmente y, engañados por el enemigo más terrible que tiene la información veraz: el deseo de que una noticia, increible y enorme, capaz de dar vuelta a la realidad más pavorosa que se vive en Latinoamérica, sea cierta.
Sabemos que derrotar el aparato comunista, totalitario e imperial que han armado ante nuestros ojos los estrategas cubanos para mantener a flote su fracasada revolución Fidelista, es una tarea que encierra graves dificultades. Compradas todas la conciencias, menoscabadas todas las dignidades y ubicados en puestos estratégicos aquellos que saben defender lo que tanto les ha costado obtener; barrer 13 años de Revolución Bolivariana, es una empresa harto complicada que posiblemente no necesite solamente votos. Por lo tanto, invocar el “favor de Dios” es una de las alternativas a la que se apuesta con mayor facilidad (y fe) desde el más oculto y oscuro inconsciente. Ningún venezolano está seguro que el señor está enfermo; pero una mayoría quiere creer, no sólo que lo está, sino que morirá pronto.
Una parte de esa mayoría para rasgarse las vestiduras y convertirlo en el héroe necesario que, como Lenin en la Plaza Roja, descanse momificado en el más tropical escenario de Los Próceres. Otra, para ver en su sufrimiento una manera de expiar las incontables muertes que ha producido el hampa incontrolada, las expoliaciones, las ofensas de todo tipo, los abusos ventajistas y el derrotero sin rumbo en que ha sumido a un país que pudo haber tenido una vida mejor. Una tercera parte (la menor, lamentablemente) para empezar a reconstruir desde los escombros una realidad satisfactoria, sin el estorbo de una voz que amenace permanentemente la estabilidad de una transición que, todos sabemos, será dolorosa.
En el país de lo imposible, todo es válido. La información oficial, controladisima por "razones de seguridad" es muy escasa y está en manos de quienes han convertido la mentira en su medio de subsistencia; de modo que el señor puede estar enfermo, claro está; pero, puede no estarlo. El señor puede sencillamente regresar y (como jamás dijo Evita) ser millones. Millones que nos arranquen de la mano la esperanza que nos dejó el 12 de febrero. El rumor más recurrente es que su gravedad es absoluta. Que sólo un milagro puede permitirle participar en las elecciones y llegar a Octubre con vida.
No esta de más que recordemos que, en el consciente religioso de este pueblo mayoritariamente creyente, los milagros solo le suceden a la gente buena, a la gente que nos hace falta tener y conservar. Que Dios premia al hombre bondadoso y de recto proceder.
Lo mejor sería andarnos con cuidado, nos puede salir el roto por el descosido.

jueves, 20 de octubre de 2011

En disparates andemos...

Hace mucho tiempo, tanto como el que tenemos padeciendo los embates de una revolución cimentada en la corrupción y el mal gusto, un estribillo repetido incesantemente anunciaba con el tono de chercha que nos distingue, la razón por la que, quienes nos oponemos al régimen, estábamos a punto de perder la razón. Entre muchos otros gritos de campaña de los rojos, este en particular, tuvo honda caladura tanto en un bando como en el otro y sigue siendo un chiste cuyo significado parece ser, cada vez, menos cómico.
“Chavez los tiene locos” es la consigna en cuestión. Significa, no hay que decirlo, una clara alusión al efecto perverso que las estrategias del gobierno tienen, sobre la psiquis golpeada de los venezolanos y su efecto, indudablemente, está empezándose a notar. Es el eterno cuento del efecto multiplicador que causa una mentira repetida millones de veces. Para comprobarlo, no hay sino que remitirse a observar nuestro comportamiento de los últimos meses, desde que en una muy escenografiada comparecencia, el presidente de la república nos contó que lucha contra un cáncer, cuyo alcance, naturaleza y verdad, nadie conoce de manera oficial.
Convenientemente, para todos, la enfermedad ha dado de sí todo lo que experimentados guionistas de ficción pudieran haber soñado para contarnos el final de este drama en varios capítulos y siempre, los que hemos puesto la mejor parte del chiste para que aquellos se rían hemos sido nosotros, los opositores. Sabido es que una característica de cualquier régimen estilo el nuestro, es mantenernos al vaivén de mentiras e historias poco claras y que cualquier eventualidad, por desastrosa que sea, es una oportunidad de oro para enredarnos hasta hacernos caer no sólo en todas sus trampas, sino en nuestras propias iniquidades. De modo que después de haber resistido todo tipo de cuentos chinos, haberlo visto ir y venir a Cuba y haber presenciado cambios físicos (que pueden ser reales, como no) realmente importantes, que revelan detalles inconvenientes sobre la salud del líder - nunca aclarados - la fábrica de rumores y chismes bolivarianos, en un nuevo intento por mantenernos ocupados en algo que nos obligue a torcer un rumbo del que no podríamos desviarnos jamás, sacan de la chistera la noticia que todos esperábamos leer hace, por lo menos, tres meses: El tipo se está muriendo.
Para certificarlo, se consiguen un medico (o un señor con bata) al que convierten en traidor de la familia presidencial y por ende del presidente; más o menos en desertor de la tolda roja (eso nunca queda claro) y en vocero no oficial de la “verdad revelada”: el tipo tiene un cáncer espantoso y le quedan horas de vida (más o menos). Salidas sabe Dios de donde, el país se deleita con lo que se conoce ahora como “las declaraciones de Navarrete”; pieza periodística que, me parece, no es importante por lo que dice, sino por lo que revela: la reacción desmedida de una buena parte de la oposición pensante de este país. Un asunto digno de estudio.
Lo primero y más llamativo, es que la dieron por buena. Es decir, se creyeron el cuento. En twitter he leído cosas como “por fin se sabe la verdad”. Claro, a falta de parte médico con membrete de Clínicas Caracas, caemos nuevamente en el juego perverso de miénteme-una-eternidad-que-me-hace-tu-maldad-feliz. Yo desconozco los motivos; encuentro una conexión entre las declaraciones y el posterior fallo del TSJ en relación al caso enrevesado de Leopoldo López y encuentro también, un cierto llamado a la consideración, en tiempos de campaña (a un hombre que se encuentra planchando la mortaja, hay que tratarlo con guantes de seda, pobrecito) pero poco más. Lo que si encuentro casi absolutamente cierto es que, si el Doctor Navarrete existe y en efecto dio la entrevista, (por escrito, pues al momento en que escribo esto, nadie le ha visto la cara) todo lo que dijo está preparado a conciencia por laboratorios de estrategia política, muy posiblemente ubicados en La Habana, y está tomado casi textualmente de otras informaciones no oficiales que han sido publicadas anteriormente, en un tono muy de chisme no comprobado. (El Diario El Clarín de Buenos Aires, fue el primero en mencionar el Sarcoma de Psoas hace un par de semanas, por ejemplo; y en el libro biográfico que escribió y publicó alguna de las novias del presidente, en sus tiempos de presidio, hay descripciones casi exactas a las que se le endilgan a Navarrete sobre los hábitos y costumbres del presidente). Repito, no sé para qué. Está demostrado que la enfermedad no ha dado apoyo político al presidente, aunque ha movido a la compasión de sus seguidores. Tal vez ha sido una ocasión más para demostrar que en efecto, Chávez nos tiene locos.
Locos, porque hemos decidido creer en cualquier cuento chino para empezar a ver una salida al estropicio, sin tener que trabajar muy duro por ello. Locos porque seguimos recibiendo todo lo que viene del otro lado de la cancha, cuando sabemos que desde el principio ellos no juegan, ellos hacen trampa. Locos porque pensamos que repitiendo rumores y respondiendo con camisetas blancas a las camisetas rojas, ya tenemos el mandado hecho. Vamos a ver con que salen ahora, después de Navarrete.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Llegará la verdad?

Lo recuerdo como si acabara de suceder. Ese día de dolor, es uno de los pocos recuerdos que me acompañarán, después que mi memoria se niegue a seguir viva. Estaba terminando el día y, agobiado por el horrible calor de Houston en Julio, me había refugiado en mi casa a terminar un trabajo. El teléfono al lado de mi escritorio sonó como a las 6 de la tarde. Atendí. Al otro lado de la línea escuché la voz de mi padre. Era raro. Papá no solía llamarme. Hicimos un poco de conversación banal (yo siempre esperaba que él explicara el motivo de sus raras llamadas) cuando de pronto, carraspeo mediante, me lo dijo: Un examen de rutina había dado paso a otros exámenes más específicos que, a su vez, habían dado paso a un diagnostico indudable: tenia cáncer y el pronostico no era bueno; su descuido, o tal vez su miedo, había contribuido a la formación de una metástasis y, nada, la cosa estaba mal. Papá, científico e inteligente, sabia lo que cabía esperar y me lo dijo con detalles. Al final de la conversación, supongo que por la certeza de que los ruidos que escuchaba eran mis lagrimas, me prometió darnos un abrazo muy pronto y me dio la bendición.
Un poco menos de dos años más tarde, Papá moría en su casa de Mérida agotado por una lucha que fue estéril, pero necesaria, desde el primer día. No pude venir a decirle adios. Esa despedida la habíamos tenido en una larga conversación unos días antes. Fieles a una costumbre que establecimos desde el principio, Papá y yo hablábamos con enorme frecuencia de su enfermedad. Intercambiábamos información sobre tratamientos y hacíamos chistes sobre la eventualidad de su muerte. Desde el primer día en que su diagnostico fue confirmado, todos en la familia y entre sus amigos, supimos exactamente lo que estaba pasando. No tuvimos tiempo para falsas expectativas, ni ganas de otra cosa que no fuera orar por un milagro. Nosotros y sus amigos, estábamos cabalmente informados de todo lo que sucedía. Nuestro universo, conmovido por el zarpazo inclemente de la enfermedad, respondía a sus demandas y cumplía sus ciclos, preparándose con madurez para enfrentar un designio que, aunque nos parecía cruel, nos había tocado vivir unidos y en claridad.
Siempre pensaré que fue más fácil porque no hubo engaños. El paciente, el único con el derecho de hacer con su enfermedad lo que quiera, optó por hacerlo publico. Una vez, una amiga suya lo vio en la calle y por decir algo amable, sabiéndolo enfermo, le dijo
- Que buen semblante tienes...te ves muy bien
Papá le respondió con una de sus ocurrencias legendarias:
- Claro, si yo no tengo nada en el semblante, yo lo que tengo es Cáncer.
De esa forma, salvadora tal vez, el hombre que fue mi padre, luchó de cara a la galería contra el cáncer de próstata y sus metástasis.
Entiendo el derecho de cada quien a vivir su cáncer del modo que le provoque. Entiendo esos niveles de soledad acompañada que deben aceptarse después de un diagnóstico como ese. Lo que no entiendo es que no sea la verdad absoluta lo que rodee al enfermo. Lo que no entiendo son los rumores irresponsables que surgen desde la cama misma del enfermo. Lo que no entiendo es la ligereza.
Se muy bien de que se trata el cáncer. Lo he vivido. Y cada día que pasa me reconforta la idea de un padre que, no por valentía, prefirió hablar de su enfermedad antes de enfrentarla a mentiras. Tal vez porque él sabía que a lo único que no podemos mentirle es a los designios de Dios.
Algún día, ¿alguien nos dirá la verdad?

miércoles, 29 de junio de 2011

A oscuras, todos...

Desde las desafortunadas intervenciones públicas de la mayoría de nuestros jerarcas, hasta cada uno de los increíbles rumores y partes médicos que circulan con virulencia por la web, Venezuela, una vez más, es el blanco de todas las burlas. La comidilla del barrio, pues; el país de lo imposible. Hemos convertido el permiso médico del sabanetero, en uno de los eventos más ridículos de los que se tenga memoria, en un país en el que los ridículos han abundado desde que el mundo es mundo. Cuesta creerlo, pero en lugar de aprovechar esta magnifica oportunidad, para empezar a construir un espacio digno de lo que somos, estamos dejando que la inercia nos arrastre a un desenlace que, mucho me temo, no será el esperado ni por Tirios ni por Troyanos.
No se por qué me ha dado por decirlo. Debe ser porque necesito saber que este blog me sirve, entre otras cosas, para buscarle respuestas a lo que soy, y lo que soy pasa por ser un venezolano que se manifiesta inconforme con casi todo lo que le rodea. Entonces, resuelvo decir mis babosadas en un espacio que me pertenece. Debe ser también porque estoy harto de rumores, de chismecitos de peluquería, de reportes fidedignos, de exageraciones y de historias que no se parecen, en nada, a lo que supongo la verdad.
En un principio, y así lo escribí, pensé que se trataba de una burda estrategia electoral, una suerte de acomodo para subir un rating que se sabía palo abajo. Un poco después y por aquello de que, dos mas dos, la mayoría de las veces suma cuatro, empecé a aceptar como buena la excusa de la enfermedad. Hoy, ante la suspensión de la Cumbre Presidencial de Margarita, decido creer que si es verdad, que se nos enfermó el hombre.
Pues bien, es su legítimo derecho; es más, es el auténtico resultado de una vida desatenta en la que sólo cabe el poder para ejercerlo con saña, contra todo lo que no se le parece. Legitimo, por cierto, como el deseo nuestro de conocer “de buena fuente” que diablos es lo que realmente le pasa y tenerlo aquí, en el hospital Militar de Caracas, que es donde le corresponde estar, haciéndose quimioterapia o lo que sea que le toque hacer para ponerse bien. Pero no, es tan difícil obtener eso de él y sus ad-lateres, como obtener un silencio constructivo del país que soñamos, entre los que no podemos ya con sus desmanes.
Hemos caído en su trampa. Hemos demostrado sin espacio para la duda, que ese señor enfermo o sano, resulta imprescindible para la buena y la mala marcha del país. Que el país que queremos no puede construirse a sus espaldas. Hemos demostrado que somos un extraño caso colectivo de Síndrome de Estocolmo y lo hemos manifestado con creces. Supongo que, en gran medida, la responsabilidad de toda esta locura diaria que empezó con el descubrimiento de un furúnculo, la tienen los que se niegan a informar con claridad, pero se dan golpes de pecho en la iglesia para pedir un milagro. Supongo que es de fácil lectura confundir ese milagro con una gravedad sin solución y supongo, también, que es sencillo permitir que ese mismo furúnculo se convierta en la más negra enfermedad para ver como pasamos por caja.
Lo que pasa es que no quiero suponer más nada. Quiero despertarme en la mañana y sentir que estamos creciendo un poco. Quiero saber que nos interesa la enfermedad del señor, pero no estamos viendo QEPD en cada letra asociada a su nombre. Quiero sentir que no extrañamos sus cadenas, ni su verborrea, ni sus amenazas; que no nos hace falta papá para salir a recreo.
Es verdaderamente increíble; pero, la mayoría de las veces, rechazar se parece mucho a desear. ¿O viceversa?

miércoles, 22 de junio de 2011

Obviamente, su ausencia...

Twitter está convertido en territorio obligado. Además de confesar que ya se me convirtió en adicción pura y dura, como los carbohidratos y el cigarrillo, admito que como termómetro, algunas veces arde de ansias. No encuentro otra explicación a lo que sucede en el cielo del pajarito azul, desde que el presidente de un poco menos que la mitad de los venezolanos, decidió enconcharse en su tierra feliz para someter a este país, que votó por él – varias veces – al más twitteado desasosiego.
Por leer, he leído todo tipo de rumores. La cuenta de la periodista Berenice Gómez (a) La Bicha, a quien sigo a pesar de gustarme poco, es una de las más prolíficas: por allí ha pasado todo tipo de calamidades y aunque ninguna se confirma nunca, sirven de algo. Si hiciéramos una encuesta, descubriríamos, por ejemplo, que una importante cantidad de venezolanos creen que el sabanetero está en cabecera de pista. El cáncer, enfermedad a la que tememos inmensamente, es certeza redundante: desde ayer, gana adeptos el colon y en fase terminal. Otros juran que el cáncer es linfático y, muy pocos, piensan que la bacteria se convirtió en septicemia; es decir, creen el cuento chino del absceso pélvico, pero lo aumentan. Algunos otros, (profetas del desastre los llamaría el paciente) se inclinan a pensar que en realidad, no pasa nada y que de Cuba vendrá un barco cargado de desgracias.
La verdad, como costumbre, posiblemente no la sabremos nunca. O la contará la historia, si es que se cumple alguna de las profecías que, disfrazadas de “a mi me lo contaron”, han circulado en el espacio virtual. Lo importante y por supuesto menos discutido, es el irrespeto que toda esa historia entraña.
Gobernar un país, en el que junto a las cadenas, han desaparecido también las ganas de vivir en orden, es una tarea que requiere algo más que mensajes a Jaua y ordenes que nadie sabe de donde han salido. Pero, gobernar, en el estilo omnipresente al que nos hemos acostumbrado por los últimos 12 años, exige coherencia. Si es cierto que tenemos un presidente que se preocupa por los suyos, lo menos que podemos exigir es que tenga la fineza de estarse en casa, hacerse su café y lavar la taza. Todo lo demás es un irrespeto monstruoso al que nunca podremos ponerle freno pues, entre otras cosas, también nos hemos acostumbrado al reposo medico y al ausentismo laboral.
Mucho me temo, entonces, que esta crisis tendrá su fade-out. Se convertirá en escenas histéricas de un recibimiento, para el que espero hayan convocado a Joaquín Riviera, y traerá horas insoportables de chachara televisada. Twitter reventará nuevamente a punta de escrutinios en los que, avezados conocedores de la verdad humana, nos contaran en detalle las señales de la cruel enfermedad y las estrategias electorales obtendrán provecho del sufrimiento que nosotros hemos decretado.
Después, nada habrá sucedido. Nada, como no sea la entrega indecente de nuestra soberanía a un país que perdió la suya hace 53 años y el reconocimiento, grosero, de que para la jerarquía patria, en las emergencias de patio no tiene sentido ni atenderse un catarro. Esa es la Venezuela del siglo XXI. Valdría la pena que alguien respondiera, en twitter, ¿Por qué?

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