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sábado, 1 de febrero de 2014

Porque yo no

En una reciente conversación con una conocida mía, opositora de las que se autodefinen como “radicales” y toman parte activa en cuanta cosa existe con la finalidad de salir-de- esto, me vi en situación de explicar por qué ando por ahí con una flor en la mano, organizando misas y poniendo a la gente a rezar cuando – según ella – un activista como yo, debería estar, poco más o menos, construyendo las barricadas que no sirvieron para proteger la vida de los estudiantes franceses en 1832.
Para comenzar, le aclaré  a esta buena señora, lo último que quiero en esta vida es que me llamen activista. Soy un hombre convencido de la necesidad de cambio por dos razones eminentemente pragmáticas: ni cuando estaba chiquito - que podía darme el lujo - me ha gustado el comunismo y a mí, por ahora, me toca vivir aquí; por lo tanto, no quiero vivir en un país gobernado por una dictadura comunista. Dicho eso, además, me permito aclarar, para mis adentros, que a mi escaso entender, comunismo y democracia no van juntos, por lo tanto un gobierno comunista es siempre un gobierno dictatorial. Y a mí, ni una cosa ni la otra.  De modo que, aunque no soy un activista de nada, me he activado en numerosas ocasiones para intentar – Mahatma Gandhi dixit -  ser parte del cambio que quiero ver. No tengo la menor idea de si lo veré, pero me gustaría pensar que cuando ocurra, Victoria, por mencionar a alguien, podrá decir que su tío ayudo en algo.  Ahora bien, ¿qué es ese algo, que a todos nos está trayendo de cabeza en los últimos días? ¿Salir a tirar piedras? ¿Largar las suelas de mis zapatos y mi capacidad pulmonar en marchas que no llegan a ninguna parte? ¿Atrincherarme en una esquina a esperar que las fuerzas represivas del dictador me peguen un tiro? NO. Rotundamente no. Esa fue la segunda explicación que hube de darle a mi conocida.
Soy de los que sigue pensando que Henrique Capriles es una opción viable. Por ejemplo, soy de los que apoya con alegría sus reuniones con destacados miembros del régimen, incluso sus apretones de mano con el dictador heredero. Cuando la prensa empezó a reseñar tales encuentros sentí que Venezuela tenía, en el liderazgo de Capriles, una salida lenta y segura a la crisis. Por lo menos, que había alguien metiéndose por debajito en las entrañas del monstruo, para empezar poco a poco a debilitarlo. Pensé (Oh iluso de mÍ) que esa estrategia (el arte de hacer política) era el paseíllo de un hombre valiente, que se ha dejado el pellejo en las carreteras y los pueblos de esta tierra. Creía que, con el apoyo del mismo pueblo que lo había vitoreado días antes y el sustento de quienes compartían con él liderazgo opositor, Capriles nos representaba a todos cuando, armado de un mensaje de paz, conversaba con “las autoridades”.  Tuiter me convenció de lo contrario. Es decir, Tuiter me convenció de que el único venezolano que mantiene esa teoría, parezco ser yo y de verdad que volví una vez más a sentirme en la acera del frente, solo y bruto: no entendí, ni entonces ni ahora, por qué, de pronto, a los mismos venezolanos que consideraban a Henrique Capriles un Mesías les había dado por considerarlo un blanco de desprestigios varios. Mucho menos entendí lo que percibo como un abandono innecesario y dañino. Pero, entonces recordé que estamos en Venezuela, que esta situación es inédita, única e irrepetible y que de este gentilicio, amigo de hacer colas, tocar corneta y orinar en la calle, cabe esperar cualquier cosa. Incluso la destrucción de sus líderes.
Por eso, más o menos, no voy a salir mañana a la calle. Respeto muchísimo a quien decida hacerlo y espero que mucha gente lo haga. Si algo se necesita es que esas iniciativas tengan éxito, aunque sea para crearle una roncha a Alí Babá, pero creo que se trata – en general – de una estrategia equivocada en un un momento equivocado.  No soy de los que creo que estemos ni a las puertas, ni en las cercanías de un momento de transición política (al contrario, a mi me parece que este gobierno a pesar de sus errores incalificables, está cada día mas atornillado en el poder, pero esa es otra historia) creo, eso sí, que esa transición que clamamos a gritos, podría empezar a estructurarse desde un dialogo que aunque comience siendo de sordos, tendrá forma si se convierte en aguacerito blanco.
¿Es necesario alternarlo con acciones de calle? Quizás sí. Pasa que a mí me parece que en las calles de este país hay demasiado caos como para insistir en caotizarlo más y pasa, desgraciadamente, que el nuestro es un pedazo de pueblo muy refistolero al que igual le da por armar la marimorena, para justificar una matazón y un sangrero. Realmente, yo quisiera no estar aquí el día que eso pase. Mis recuerdos del 27 de febrero son sumamente dolorosos como para querer repetirlos.
Creo que ni a mi conocida, ni a nadie,  le interesa que yo salga o no mañana;  si escribo esto es porque algunas cosas me escuecen cuando me las callo. No sé porque me parece que el radicalismo de algunos líderes de oposición busca medrar en rio revuelto y no entiendo la urgencia que los venezolanos tienen en repetir una Ucrania, súbitamente admirada, a 38 grados de calor a la sombra y con un ejército de represores que tiene más de 50 años entrenándose para las más crueles exhibiciones de desprecio al otro. Pero, respeto a quien lo haga y le deseo suerte.  Yo creo que las cosas deben ir por otros derroteros y aunque ir a misa y dejar una flor olvidada en la calle, es casi un acto de cursilería, sigue siendo una forma de evitar que el caos termine de ser la única escenografía de la patria.
Posiblemente, lo que no termino de entender yo es que Venezuela no se merece, entre otras cosas, a un hombre de la estatura de Henrique Capriles Radonsky.

domingo, 5 de mayo de 2013

Es Caprilismo…

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Sofía llegó a casa a la hora del almuerzo. Cabello enmarañado, prisas post-adolescente y brillo de neo-universitaria-tira-piedras en los ojos. Venía de una marcha o algo por el estilo. La tercera o cuarta en menos de una semana. Una en la que habían corrido estudiantes a perdigonazo limpio (¿no cabria más decir, perdigonazo sucio?) una en la que habían aumentado los riesgos. Se me salió el talante de tío sobreprotector, olvidé que le he enseñado a defender los valores que nos hacen familia y la regañé. Entre otras cosas terminé diciéndole que “ya está bueno Sofía, te encierras en tu casa y vas dejando la vainita de la política”
Ella me miró directamente a los ojos, como si yo hubiera dicho una barbaridad y me respondió, con su mejor tono de muchacha respondona
“Tío, pero si eso no es política….es caprilismo”
Me desarmó. En el momento me fundí con ella en un abrazo que ahogó carcajadas y emociones, segundos después, Esperanza avisó que el almuerzo esperaba. Nos sentamos a comer con el tema en la boca. Desde entonces, una corriente pequeña de frio está subiéndome por la espalda.
¿Estamos creando un nuevo santo para adorar? ¿Hemos aprendido algo de todos estos años en los que un militar sin méritos para ello, fue convertido, nada más y nada menos que en redentor de los pobres, por una masa enardecida de necesidades? ¿Es necesario que en lugar de política, nuestros muchachos estén haciendo caprilismo? ¿Nos hace falta el caprilismo? Hasta hoy, varias semanas después de ese almuerzo, no he conseguido más respuestas que apuradas explicaciones de gente que piensa “que nos hacía mucha falta un líder”
Estoy de acuerdo con eso. La falta de un líder no será nunca más excusa para no entrompar nuestra crisis. Ha aparecido uno: Sin duda, Henrique Capriles es el líder de un movimiento opositor que, entre trancas y barrancas, ha aprendido varias cosas buenas. Superar el tema meramente electoral puede ser uno. Trabajar las sutilezas de la política, probablemente sea otro. Convencer gente para que los acompañe, el más grande. Pero, ¿estará esa misma gente convirtiendo a Capriles en un Dios? No estoy seguro. A veces me parece que sí, a veces que no. La mayoría de las veces me parece, peligrosamente, que estamos a punto de entregarle a ese Dios la esperanza que nos queda y cruzar los brazos.
Seguramente un buen analista de tiempos modernos, pueda explicar la profundidad del caprilismo que tanto anuncia mi sobrina. Por lo pronto, me parece que después de tanto pisoteo, sólo podemos tener reacciones (que se piensan poco) y un “alma generosa” a quien echarle el muerto. Mi escaso raciocinio no me da para más; por eso el frio no deja de recorrerme la espalda. Soy un tipo rupestre e inculto: Como dejemos este asunto tan complicado, sólo en las manos bien intencionadas de Henrique Capriles, y sigamos esperando lo que él diga y desdiga para actuar en consecuencia, sin pensar que él puede estar equivocado; entonces no vamos a ser capaces de entender NUNCA, que este es un asunto de todos. Que no está en manos de Dios, ni de Capriles. Que NO DEPENDE DE ÉL. DEPENDE DE TODOS NOSOTROS.

viernes, 3 de mayo de 2013

Yo y la no violencia


A ver,  hace mucho rato que ando por ahí diciendo que no seré yo, el que le ponga el pecho a las balas de la patria o a las balas de la revolución.  A pesar de ser un tipo gritón, impaciente y en perpetuo desacuerdo con, más o menos, todo lo que cualquiera de los dos bandos pone en práctica para defender sus posturas, no estoy dispuesto a ser escudo de las, ya no tan improbables, descargas de ametralladora.  ¿Qué me queda, entonces? Unirme a la corriente ghandiana que pregona a voz en cuello nuestro presidente electo Henrique Capriles Radonsky.
Nótese que he dicho presidente electo y que no ha sido un accidente (usted, que hace el favor de leerme no ha visto mi cara en el momento de escribir esta nota, así que debo aclarárselo) Pues, no, no lo hice por accidente. Lo hice por íntimo convencimiento. Creo realmente que el mandato de quien está en Miraflores no fue obtenido de manera “decente”,  por decir lo menos; pero, de ese tema, ya tendremos tiempo para hablar extensamente. Hoy, me interesa el tema de la lucha no violenta, ante el que no quiero parecer irreflexivo.  Después de volver a escuchar los gritos destemplados de “no volverán” (horrible apellido de una revolución fracasada) y las arengas cargadas de odio del – igualmente ilegitimo, pero por otras razones – presidente de la Asamblea Nacional y ¿segundo? a bordo; Después de la segunda ocasión en que, sin motivo aparente, la trifulca en la misma Asamblea Nacional dejó ese montón de huesos democráticos rotos…creer en que la resistencia pacífica es posible, se hace cada vez más cuesta arriba. Creo, no obstante.
Creo que se debe mantener; pero, creo que se debe profundizar en acciones que sean francamente rompedoras, como no pagar impuestos, por ejemplo, a riesgo de lo que sea; como sabotear en silencio sus iniciativas y aguantar el palo de agua; como agotar instancias legales, (en este país están sucediendo tal cantidad de cosas, que introducir varias demandas diarias, sería interesante) de ahí en adelante, millones de actividades no necesariamente violentas  podrían darle al gobierno de facto unas cuantas jaquecas premenstruales.
Pero, creo también, que no es este un tema que puede tomarse a la ligera. La resistencia pacífica, por su carácter pacífico precisamente, es la que puede ponerlos (a ellos) de peor humor.  Una vez rebosada la copa, mostrarán sus peores armas. Créanme, no habrá estadios en este país suficientemente grandes para almacenar su odio. No habrá océano capaz de sepultar las pruebas de su desespero.  ¿Valdrá el esfuerzo entonces? Si, posiblemente sí.  De lo que no estoy seguro es que ese esfuerzo de paz, le acomode a esta manera de ser que, más que un trópico, es un calor embrutecedor, un ansia permanente, una impaciencia imposible, una inmadurez  olímpica. Eso, justamente eso, es lo que pude mandar al traste todo lo que, vestidos de blanco, nos propongamos.
Ese es mi susto. El susto que no se me sale del corazón desde el 14 de abril en la madrugada, cuando supe que desconocíamos un resultado obtenido a lo mero macho. El susto que me hace mirar tres veces por encima del hombro, tener ganas de encerrar bajo siete llaves a mis sobrinos y buscar respuestas.  Quizás,  el padre de esas ansias permanentes soy yo; pero, creer que pararnos en una esquina con una bandera blanca en la mano, un esparadrapo cerrándonos la boca y ninguna preparación, nos pone a salvo de unos días en la cárcel o de Los Tupamaros, por ejemplo, es, digámoslo pronto, una idea suicida.

sábado, 14 de julio de 2012

La campaña equivocada

Hace algunos días estuve en la presentación de un libro, una ocasión completamente feliz dedicada a la celebración del talento de un buen escritor venezolano.  En el discurso de presentación, un señor de esos que la gente llama “destacado intelectual” mencionó al sabanetero dos o tres veces.
Poco tiempo después  fui a una misa;  el sacerdote, un luchador social bastante conocido por su posición política, mencionó al sabanetero un par de veces o más.  Como chiste, por cierto.
Al día siguiente,  asistí a una brillante conferencia sobre el Bozon de Higgs a cargo de un famoso doctor en Física. Durante su extenso discurrir por el camino de las ciencias físicas, el sabanetero fue nombrado varias veces.
Hoy hice un ejercicio: me dediqué a revisar los “TUITS” que entran a eso que llaman mi TL (suerte de archivo de lo que dicen aquellos a quienes sigo) En un momento determinado,  entraron 25 mensajes de distintas procedencias. 22 de ellos hacían alusión,  de alguna manera,  al sabanetero  y sus desmanes. Los otros tres se referían a boberías de las que abundan en ese medio. Ninguno mencionaba a @hcapriles.
Mi próximo ejercicio, seguramente,  consistirá en hacer las mismas mediciones en periódicos de circulación nacional y en otros medios.
¿Por qué lo comento? Porque creo en ciertas leyes de atracción universal y porque siento que soy uno de los pocos venezolanos que ha logrado desarrollar una autentica cobertura de teflón para enfrentarse a la vida del señor que vive en Miraflores.  Creo que lo he dicho varias veces. No me interesa su salud, no me interesa su vida (o su muerte, que es lo mismo) no me importan sus leyes, no cumplo sus órdenes. No siento ni el menor interés por sus cadenas de TV,  ni por sus disparates. Por supuesto, nunca lo escucho y nunca lo veo.  No me interesa, ni cinco.
La razón para eso es muy sencilla: creo ciegamente que mencionarlo, sólo logra fortalecerlo.  Permanecer atento a su próxima locura, sólo consigue que esa locura nos haga daño,  nos nuble  el camino que queremos construir y nos robe la energía que no estamos utilizando en edificar la esperanza que nos ofrece Capriles. Tanto nombrar a quien adversamos, nos obstaculiza el trabajo de hacerle entender - al alto porcentaje de venezolanos que no sabe para donde agarrar -  que es posible vivir a espaldas de sabaneta e incluso después de sabaneta.  Que no podemos construir el futuro sobre el sufrimiento, dolor y muerte de una persona;  sino sobre las certezas de crecimiento y esperanza que trae la juventud emprendedora de Henrique Capriles.
No soy estudioso de las nuevas eras;  el que medio me conoce sabe que prácticamente no creo en nada, salvo en el Dios de mi madre.  Pero,  estoy seguro y  por eso lo repito,  que el seguimiento a ultranza de aquel a quien queremos sacarnos de encima, sólo consigue reforzar su presencia y agrandar su poder.  Es la campaña equivocada, la que podría quitarle a Henrique Capriles el triunfo de las manos y sumirnos a todos en la más profunda desgracia.
Quizás no importa tanto, al final. Siempre nos quedará la posibilidad de vivir pendientes de su vida y de su muerte (que no veremos) y de seguir en lo mismo que hemos hecho durante 14 años: regalarle nuestro tiempo y nuestras energías.
Entonces seguiremos como estamos y como estamos moriremos. Nosotros.

martes, 12 de junio de 2012

Se ordenó la partida

Las comparaciones son odiosas, porque quien las hace suele representar un bando y no ser objetivo. Solemos comparar lo que se percibe y lo que se piensa; difícilmente se compara lo que realmente sucede. Es una costumbre casi inevitable que alcanza, con creces, su máxima expresión en estos tiempos venezolanos en que todos somos “expertos en política nacional”. A ello me acojo para unirme al coro que, nacido en las últimas horas, tiene de cabeza al  "pais nacional".
Tanto Henrique Capriles, el candidato de la Unidad Democrática,  como el Presidente en ejercicio,  han oficializado su candidatura a la Presidencia de la República (uno por primera vez y el otro por enésima) para las elecciones del próximo 07 de Octubre. Ambos apelaron a actos similares e indispensables en el devenir de una campaña electoral: la exaltación de sus seguidores y lo que en buen criollo se conoce como “Baño de masas”. Nada indica mejor que todas las armas están empuñadas: Un acto realmente masivo (ambos lo tuvieron)  es la mejor manera de decir que estamos en los puestos de salida y que ya no hay posibilidad de echarse para atrás. Para ser hípicos, es decir, venezolanos, se ordenó la partida.
Similaridades aparte, sin embargo, las dos concentraciones que sirvieron de marco a la presentación oficial de las candidaturas también han servido para mostrarnos, por milésima vez, los dos pedazos de país: uno que para cada evento electoral ve renacer su esperanza y sale a la calle esgrimiendo colores, cantos, alegrías y posibilidades de cambio y otro que diariamente necesita reafirmar que su trabajo depende de la camiseta roja y la foto alumbrada. Básicamente, esa es la realidad a la que hemos sido disminuidos. Algunos hablan de un tercer grupo y no es difícil reconocer que existe, pero ellos todavía no se manifiestan, terminarán sumándose a alguno de los existentes,  o no,  y seguirán siendo responsables de su propia apatía.  Los dos grupos fundamentales sobre los que reposa el futuro del país, han salido a la calle y empezaron a medir sus fuerzas.  Fuerzas que por cierto, en este primer encuentro han resultado bastante dispares.  No sé, probablemente son ideas mías y a mi subjetividad me remito, pero esa disparidad, me parece que nos está favoreciendo a nosotros.  La marcha del domingo movilizó a un millón y medio de personas,  según todo calculo; y por encima de consideraciones de otro tipo, estuvo impregnada de compromiso voluntario y de energía de cambio. No es posible decir lo mismo de la concentración de ayer en Plaza Caracas. Lo admitan o no, en el acto multitudinario de ayer para apoyar al candidato presidente, a los asistentes no les quedó otra alternativa. Es posible que algunos de los que allí estaban sean capaces de creer que ese señor sea una promesa de futuro individual (sin duda los ministros encabezan esa lista) pero, realmente, nunca las pantallas de todos los televisores criollos habían mostrado desánimo igual. Eso no es suficiente para ganar las elecciones, pero es una excelente manera de empezar. Si yo, como elector, debo escoger entre un discurso que pese a todas las dificultades, continua apostando a la esperanza y uno que sigue patrocinando el caos, la decisión parece obvia. Difícil, es verdad, pero obvia.
Lo que comenzó ayer no es un juego. Los problemas gravísimos que vivimos no se resuelven en un mitin, ni en una marcha - aunque caminemos 200 kilómetros - . No hay tiempo para rescatar conciencias perdidas y hacer campaña; pero por alguna parte tenemos la obligación de empezar a enderezar tanto entuerto. Lo que estamos enfrentando es la inmoralidad y,  cuando un pueblo que ha perdido sus valores elementales se enfrenta a la inmoralidad, esta gana. Es lo primero que tenemos que entender y vencer.

viernes, 17 de febrero de 2012

Y ganó Capriles...

Era un poco más de las nueve de la noche, cuando una emocionada Teresa Albanez, se dirigió al país para anunciar, oficialmente, la noticia que hacía rato circulaba por todos los medios a nuestro alcance. Henrique Capriles Radonsky, con un millón 806 mil 860 votos (63,91 por ciento) se estaba alzando con la nominación presidencial a nombre de la Mesa de la Unidad Democrática. Es decir, se estaba convirtiendo, en ese momento, en el hombre más buscado para lo bueno y lo malo en esta amplia tierra venezolana. El Candidato.
No fue realmente una sorpresa. Más de la mitad de las encuestas lo hacían ganador. La otra mitad lo ponían tan cerca del triunfo que igual daba. Su más cercano contendor, Pablo Pérez, había logrado cierto favoritismo y se mantuvo punteando algunas mediciones, pero nadie lo daba como seguro ganador. Lo que no esperábamos, y nos sorprendió de veras, fue ese 63,91 % de votos que lo subieron a la tarima. Un millón ochocientos seis mil votos y pico que en obra de minutos se convirtieron en tres millones y algo: tan sencillo como el milagro de la unidad.
A esa hora, casi las 10 de la noche, en la inexactitud de las horas que no se cuentan con eficiencia porque necesitas poder recordar otros detalles, Henrique Capriles Radonsky, tan mal vestido como estuvo en toda su campaña, con ojeras profundas, cara de bravo y el toro por los cuernos, habló con el país que acababa de elegirlo. Entonces, disipó las dudas. Si, es cierto, habla sin la brillantez de María Corina, se mueve sin la soltura de Leopoldo, No es, ni en cien años, lo afable que puede ser Pablo, no sabe de sindicatos lo que tiene que saber Medina y jamás tendrá la radicalidad de Diego; pero, es cada uno y todos al mismo tiempo, y es tu esperanza, la mía y la de un país que necesita recuperar el rumbo.
Por eso la alegría de todos. Por eso seguramente no se hable de otra cosa, sino de los dos votos extras que tenemos que conseguir para octubre. Por eso la fiesta que tiene locos a un sector que empieza a ser minoritario.
Era casi la medianoche, o más tarde? cuando empezamos a entrar en esa especie de burbuja que suele rodear las noticias extraordinarias. Entonces nos dimos cuenta: Pusimos la mitad del futuro en manos de Henrique; a la otra mitad no renunciamos, la tenemos en nuestras propias manos. La usaremos.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Dificil elección

Anoche escuché con atención a Diego Arría en un programa de televisión que, a juzgar por el furor twittero, tuvo una alta sintonía. Hace un par de meses, tuve la oportunidad de estar en una conversación pública con él y, muy seguido, me he encontrado oyéndolo, viéndolo o sabiendo de su campaña por diferentes y muy casuales vías.
El resultado de esa especie de torbellino informativo es, al día de hoy, una duda enorme y una gran confusión. Cosas, que dicho sea de paso, no son ni malas ni buenas, sino todo lo contrario y coinciden con el espíritu mismo de las elecciones primarias de la Unidad Democrática.
A ver, yo estaba absolutamente decidido a darle mi voto, en las primarias, a Henrique Capriles Radonsky. Me parece un tipo eficiente, trabajador, honesto y dispuesto a poner su mejor esfuerzo al servicio de todos: los excluidos, los incluidos y los que eso no les preocupa mucho. De él echo en falta una mejor preparación académica y un discurso político de mayor nivel, así como esa cierta propensión suya a ser el gallito de pelea de nuestra democracia. Pero, me gusta. Lo veo como buen contendor, lo veo como presidente. Antes, lo veía como única opción. Ahora, se me cruzó Diego Arría y estoy completamente indeciso.
¿Por qué? Muy sencillo: Arría ha presentado una propuesta clarísima de transición que básicamente coincide con lo que yo creo que debe ser, y además parece tenerla más diseñada y pensada que todos los demás. Arría promete ser el Gerente de un proceso que todos sabemos será inmensamente difícil y lo mejor es que su promesa incluye hilvanar el asunto y retirarse elegantemente para permitirle a otro demócrata terminar de coger las bastas. Eso realmente seduce. Saber de antemano que el aspirante, cualquiera que sea, no anda con ganas de instalarse en La Casona a envejecer y maltratarnos, es una ventaja a la que pocos podemos resistirnos. Pero, además también promete enfrentar la impunidad, rescatar negociaciones que serán indispensables, cobrarse algunas facturitas en nombre de todos y plantarle cara al desorden revisando hasta el más pequeño papel que caiga en la estampida. Nadie, sino él, sabe como va a hacerlo y la tarea, titánica, se nos antoja imposible; pero al menos, el suyo es un plan de gobierno, concreto y bien contado que ningún otro candidato ha presentado.
Eso fue lo que me dio por pensar anoche después de su aparición en TV. Y eso es lo que quiero decir; no estoy mandando a nadie a votar por Diego Arría, pues todavía no logro sacarme de la cabeza su pasado adeco y sus veleidades de playboy de vida pública y no se si yo seré capaz de darle mi voto en el momento final. Lo que si estoy, es defendiendo su propuesta y por lo tanto, confesando mi miedo a que no le votemos y terminemos perdiéndonos de un gerente con las cosas claras. Aun conservo un espacio para creer que Capriles puede hacerlo muy bien, también; pero, siento que las distancias se están cortando.
Es una decisión muy difícil y a ella, vamos a tener que enfrentarnos. Quería simplemente recordarle a todos, que de nuestra decisión depende el futuro; así que vamos a escucharlos atentamente y pensarlo muy bien. Puede que por una vez hagamos las cosas bien hechas. Ojala.

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