Yo quiero trabajar para el gobierno. No, no es que quiera trabajar ayudando al gobierno en algo. No, yo lo que quiero es un “cargo”. Un trabajo con quince y último y cesta ticket, en alguna dependencia pública y gubernamental; preferiblemente de eso que llaman el “sector cultura”.
Me acomodo con cualquier cosita. Es más, si se me ponen difíciles por aquello de conseguirse mi firma en una que otra lista, yo acepto hasta la portería del despacho del ministro. O el indispensable puesto de ascensorista. Yo no mareo.
Un cargo. Aunque tenga que esperar 8 meses por “el nombramiento”: no hay problema. Mis hermanos y mis amigos están dispuestos a echarme una mano mientras llega “el retroactivo”. Ellos saben como es y están apoyándome en esto, porque yo les prometí que les pago todo de un solo mamonazo cuando mis papeles lleguen al ministerio. En eso, estamos claros.
Me ofrezco para trabajar, cerca de alguna computadora preferiblemente y con ventilador incorporado. Mi única condición es que el patrón mío sea un ministro o cuando mucho un director general, con poder popular y todo. Si no, no me conviene.
Más calificado que yo, tú no te encuentras a nadie ni custodiando terrenos: Sirvo más o menos para todo, menos para cargar cajas. No tengo título universitario formal, pero llevo a mis espaldas varios doctorados en “La Universidad de la Vida”. Soy capaz de hablar por horas sin cansarme, ni repetirme, y puedo además hacerlo en dos idiomas. Digo si cuando quiero decir no y viceversa, y jamás estoy de acuerdo con lo que piensa la mayoría. Además, los poquísimos amigos que me sobreviven son influyentes. Algunos incluso son bi republicanos. (De dos republicas iguales pero distintas) eso puede ser útil, no sea el caso.
Dicen que se escribir, lo cual no sirve para nada, pero ayuda; y soy lo más culturoso que te puedas imaginar, pero tengo mejor pinta. El hippismo nunca me gustó y por eso no ando con el blackberry en un mapire. Se usar agendas, “navegar por la Web” y te leo rapidísimo lo que me pongas a leer. Soy buenísimo para crear un proyecto cultural de raigambre popular y aunque por interés baila el perro, soy capaz de negociarlo todo para que no te salga tan caro. Te tengo aspiraciones, como no, pero son normales: Una casa bonitica en La Pedregosa, platica para pagar el taller cuando se me daña el carro, o una camioneta en su defecto, un espacio en VTV para dármelas de intelectual con mis amigos y carta blanca para viajar cuando los poderes creadores del pueblo lo requieran. Dicho de otro modo, no es que yo esté mencionando retribución alguna, yo lo que quiero es embraguetarme con la patria nueva y el hombre nuevo en una de cultura y dialectica pura, como quien dice, y eso requiere un paso ignominioso por el materialismo.
Bueno, espero que les haya quedado claro. Ya lo dije. Ahora, los interesados favor comunicarse conmigo por la vía que prefieran, yo no soy difícil de encontrar.
(Por la franela roja no se preocupen que tengo varias que no uso.)

Esta mañana tuve la nítida sensación de que estamos embarcados en un viaje sin remedio hacia el pasado más oscuro y la verdad es, que un escalofrío de miedo me recorrió el cuerpo. No es que yo crea que nos espera un futuro brillante; eso en este expais es impensable. Pero jamás pensé que se podían vivir dos momentos tan indignamente iguales, pues albergaba la esperanza de que hubiéramos aprendido algo la primera vez.
El 16 de enero de 1994, me bajé del metro en la estación Chacaito, para cobrar un cheque en el Banco Latino, antes de llegar a la oficina. En los bajos del centro comercial Capuy, había una pequeña sucursal que siempre estaba desocupada. Eran casi las nueve de la mañana, la oficina estaba cerrada y afuera, dos clientes tan sorprendidos como yo, buscaban una explicación. Nada, ni un simple papel, escrito a mano, pegado en la puerta. Pensando que el cierre de la oficina se debía a cualquier imponderable propio de la vida en Caracas, regresé al Metro para seguir viaje a mi oficina del Teresa. En ese vagón de metro, lleno de gente que iba tarde a sus quehaceres, me enteré de lo ocurrido: El gobierno interino del Dr. Ramón J Velásquez había ordenado el cierre del banco, después de un proceso de intervención que nadie era capaz de comprender cabalmente, a menos que estudiara un post grado en el IESA.
Las razones eran una muestra más del pan nuestro de cada día: Los directivos del banco más grande e importante del país, se habían cogido los reales. Los tuyos, los míos, los del gobierno de Pérez y los de los 12 apóstoles. Lo que quedaba del banco eran sillas desvencijadas y escritorios vacíos. Y muchos empleados pensando como llevar comida a casa.
15 años más tarde; esta mañana, volví a encontrarme frente a las puertas de una pequeña agencia de un banco cerrado, con otro cheque inútil en la mano y la misma sensación de despiste y causas imponderables. Sólo que ahora, la verdad la habían contado, con su cara muy lavada, los jerarcas del régimen. Verdad que se parece demasiado a aquella de la primera vez, pero está magnificada por los apagones, la matazón, la desconfianza y el dolor de reconocer que vamos hacia atrás, tanto en el engaño como en la estrategia. Y que llevamos 11 años en eso.