jueves, 16 de noviembre de 2017

En efectivo, por favor

Como en la letra de un bolero, la puerta se abrió en mi cara para sorprenderme dejándome paralizado en el medio del pasillo de un edificio en el que no vive casi nadie.  Era el pasillo que comunica el tercero con el segundo piso y yo bajaba las escaleras, en compañía de una joven pareja, después que ellos me convencieron que el ascensor estaba a punto de  pararse para siempre.  Entre los tres llevábamos en nuestras carteras la cantidad de 300 mil bolívares en efectivo. Los tres lo sabíamos. Era viernes a mediodía  y a mí me urgía,  por lo menos,  el salario semanal de la señora que me ayuda en las labores de casa y tener algo más que dos inútiles billetes de cien bolívares como único capital en mi monedero. A esa hora habría hecho cualquier cosa por tener efectivo.
La carencia de efectivo hace que, en los últimos  meses, los merideños hagamos cosas muy extrañas por reunir alguna cantidad de billetes de cualquier denominación; como por ejemplo, completar el efectivo que necesitamos,  sumándole, entre un 10 y un 15% adicional,  que se lo queda el que nos hace el favor de resolvernos el problema. Es el pago de la necesidad en una ciudad en la que los puntos de venta pueden tardar hasta  media hora en procesar cada operación y los cajeros automáticos prácticamente son cosa del pasado o,  cuando funcionan,  solo dispensan un mínimo inútil de 10 mil bolívares.  Acudir al efectivo bachaqueado es una práctica rutinaria de nuestra cotidianidad a la que accedemos resignados, por lo menos, una vez a la semana.
Tengo dos o tres personas de confianza que me consiguen efectivo: los tres manejan negocios que solo reciben billetes, cuyo camino hasta el banco es una congestionada diligencia que se resuelve mediante su venta. Suelen tener una  clientela fija que les pagan el favor mediante una transferencia electrónica y no regatean la comisión que, después de todo, es ganancia. Es lo que se conoce como “avance de efectivo”
Conocí a una de esas personas hace unos seis o siete meses. Su nombre es Miguel Sauz. O al menos eso me ha dicho. Así aparece registrado en mi teléfono y a ese nombre responde cuando le llamo o le hago pagos electrónicos. Suele llevarme el dinero a mi casa y hasta ahora, se comporta con bastante rectitud. Jamás se ha equivocado en el conteo del dinero y jamás me ha presionado para recibir sus depósitos. Hacer negocios con él resultaba, hasta el viernes, una experiencia grata, un acto de confianza.  Recuerdo que en una oportunidad le pedí que me consiguiera 500 mil bolívares y llegó a mi casa a las 8 de la noche de un jueves, empapado por un torrencial aguacero con 500 billetes de mil en una bolsa plástica. Ese día me cobró el 8% en lugar del usual 10 que cobra por cantidades más pequeñas y se quedó en  mi apartamento un rato mientras la lluvia amainaba. Hablamos de las dificultades que entraña vivir en la Venezuela de hoy y nos tomamos un jugo sentados en la sala de mi casa. Ese día, yo pensé que Miguel era mi pana.
Cuando le escribí un WS para pedirle 150 mil bolívares el viernes pasado, Miguel respondió diciéndome que estaba demasiado ocupado como para llevármelos a mi casa. Me explicó que mantenían una oficinita en un edificio del centro de la ciudad y que era mejor que fuera hasta allá a buscarlos. Le dije que no había problema alguno y que pasaría por allá al mediodía.
El edificio está prácticamente deshabitado. Siempre me ha llamado la atención que siendo un edificio relativamente bonito y nuevo, los apartamentos están incluso clausurados por fuera con láminas de MDF.  Pero, más que eso, nada me pareció peligroso. Yo iba a la oficina de un amigo a hacer una diligencia que tomaría 10 o 15 minutos. ¿Qué podría tener eso de particular?
Llegué a la oficina del 4to piso, entré, saludé a Miguel y casi de inmediato me entregó varios paquetes de billetes que sumaban 150 mil bolívares. Decidí no contarlos en homenaje a la confianza ganada durante meses y le pedí su computadora para hacer desde allí la transferencia. Mientras estaba en eso, llegó al sitio una pareja de muchachos  muy jóvenes, de muy buena pinta,  a quienes Miguel entregó la cantidad de 75 mil bolívares a cada uno. Hablamos banalidades, nos despedimos al mismo tiempo y salimos juntos hasta el ascensor.
Mientras esperábamos que el ascensor llegara,  la chica nos sugirió bajar los cuatro pisos a pie.
Lo hicimos porque temíamos que el ascensor nunca terminaría de llegar en buen estado a recogernos. Bajamos al tercer piso,  animados,  conversando tonterías y luego al segundo. La escalera termina en un corto pasillo poco iluminado que enlaza los pisos. Desde mi esquina pude ver la puerta del cuartico de la basura. Fue en ese momento cuando la puerta de ese cuarto se abrió con gran estruendo.
-          Estos vienen cargados de billete -  se oyó la voz que salió a  nuestro encuentro
-          No vale, no estábamos en eso - contestó la muchacha
-          ¿A que te encuentro un poco ´e  plata si te meto mano? replicó el malandro
-          No chamo, en serio, estábamos visitando a un pana -  insistió la muchacha
-          No te pongas comiquita, negra, porque vas a dejar de existir ahora mismo -  levantó la voz el malandro, mientras materializaba una reluciente pistola de color negro que fue a dar exactamente al rostro de la joven.
Detrás de él, otro muchacho, un poco más alto y más robusto hizo lo mismo frente a mi cara.
Estábamos siendo asaltados.
Solo transcurrió un instante hasta que nos metieron a los tres en el cuarto de basura y comenzó el cacheo. Lo primero que hicieron fue quitarme mi reloj y pedirme que entregara el efectivo. Lo llevaba en un pequeño bolso bandolero de cuero negro, que entregué sin decir palabra. A la muchacha le quitaron su cartera y, al otro chico, el teléfono, un par de pulseras de cuero y una cadena de esas que parecen regalo de tu abuelita y seguramente era de oro muy antiguo. A mí me pidieron mi teléfono, que había dejado en casa porque estaba descargado y a ella le quitaron también el suyo: un viejo SAMSUNG descascarado. Luego vinieron a donde estaba yo y me “raquetearon” a gusto: no me creían el cuento del teléfono cargándose en mi escritorio. Después que se convencieron de que decía la verdad, nos obligaron a sentarnos en el piso – sin mirarles las caras – mientras ellos contaban el dinero.  El más robusto se encargó de la tarea. El otro se instaló en el medio de los tres apuntándonos a la cabeza en un espacio en el que escasamente caben tres personas en circunstancias normales. Éramos cinco.  Un solo tiro habría sido suficiente para malograrnos a todos.
Lo que sucedió a continuación escapa de toda comprensión: los asaltantes decidieron que 300 mil bolívares y un poquito más,  que el otro chico llevaba consigo, no era suficiente y fue entonces cuando decidieron complicar las cosas cobrándonos rescate. Necesitaban completar, al menos, 500 mil bolívares en efectivo y la decisión que tomaron fue enviar a uno de los tres a buscarlo a la oficina de Miguel. Me ofrecí a la diligencia sabiendo que podía, por lo menos, salir del encierro por unos minutos; no tenía la menor intención de cometer un desatino.
No hay mejor argumento para convencerte de cualquier cosa, que una pistola cuya potencia desconoces. Por eso – juro que no encuentro ninguna otra explicación – acepté la propuesta que ellos me hicieron: entregar mi tarjeta de débito, mis claves de acceso y  mi cédula al tercero de los secuestrados  para que él fuera,  en compañía de uno de los asaltantes,  a pedir dinero en mi nombre en la oficina de Miguel. Ese absurdo recibió mi aprobación gracias a tener una pistola apuntándome a la cabeza. El muchacho salió del cuartico y,  entonces,  las imágenes de mi reciente musical THE AUDITION y cada una de sus canciones, se convirtieron en la famosa película que todo el mundo asegura ver minutos antes de la muerte. Vi a mis actores ensayando sus pasos de baile, cambiándose para salir a escena, viví el drama de vestir a Lisara en el último minuto porque una costurera incumplida no entregó parte de sus trajes,  el encierro feliz de los camerinos del Cesar, vi a Jhosabanela ponerse pestañas postizas y,  la cara de José Alejandro tratando de que el micrófono le quedará en su sitio,  se me repitió una y mil veces hasta nublarme la conciencia de lo que estaba ocurriendo. Zaira y Temix cantando You Are The Top, borraron la pistola apuntando al medio de mi cerebro.
No sé cuánto tiempo estuve allí. No sé qué estaba pasando con la chica que me acompañaba. No podía ver nada. Un rato después (2 o 30 minutos, ¿qué  más da?) regresó el emisario. Llevaba una paca de billetes de cien. Me entregó la tarjeta y la cédula.
-          Chamo, saqué todo lo que quedaba en tu cuenta, que pena - me dijo devolviéndome mis documentos.
Los malandros agarraron todo el efectivo, lo metieron en la cartera de la muchacha y salieron, cerrando por fuera la puerta del cuarto de basura. Nosotros, encerrados, tardamos algunos  buenos minutos en romper la cerradura y salir a un pasillo solitario y silente desde el que corrimos despavoridos a la calle. Ellos dos en dirección opuesta a la mía y casi sin dirigirme mas palabras.
Solo fue cuando,  dos días después,  trataba de explicarle a una amiga mía lo sucedido,  que comprendí que había sido víctima de una estafa perfectamente planificada y puesta en escena para la cual probablemente había sido perseguido y estudiado desde unos meses atrás. Quizás desde la primera vez que Miguel Sauz me llevó dinero efectivo a mi casa.
Pero ese susto horroroso, esa sensación horrible de burla y ultraje que tomó cuerpo en mi cuerpo después del abatimiento inicial, es otra historia: la de una vileza incomprensible a la que nos estamos acostumbrando a vivir, tanto como nos acostumbramos a pagar por tener en la cartera billetes que no sirven para nada.

jueves, 27 de julio de 2017

Del otro lado, todo es posible



Cuando Jimena nació, el pasado 12 de abril,  a Isis y Diego, sus padres, lo primero que les vino a la mente, como a cualquier pareja de padres primerizos,  fue comprobar su estado de salud. La niña, bonita como no hay dos, llegó a este mundo – sin ninguna dificultad - en un parto programado hasta el último detalle pues provenía de un vientre al que le habían pronosticado, a pesar de su juventud, bastantes dificultades para lograr la proeza de la maternidad. Quizás fue el amor; pero, Jimena  nació perfecta, gracias a Dios, a los bonitos genes de la madre y de la abuela y a la buenamozura del padre.
A los pocos días de nacida los primeros exámenes pediátricos no hicieron sino confirmar la alegría del nacimiento. Jimena crece, gana peso y come;  un niño bien criado no hace otra cosa; come, duerme, llora cuando tiene hambre y, sus padres, la única preocupación que tienen es sortear con buen ánimo la dificultad diaria de conseguir pañales y algunas chucherías para consentirla.
Isis y Diego han sido obsesivamente puntuales en el seguimiento de los primeros días de su hija. Fieles además a tradiciones ancestrales, Isis ha guardado en reposo la cuarentena de las paridas de antes, y su  madre se ha dedicado a alimentarla con buen tino para que le leche con que alimente a la niña sea de la mejor calidad. Diego, por su parte, ha cumplido con creces: es un padre inmejorable a quien se le caen las babas por su niña. Dedica sus mejores horas a atenderla y, por supuesto, lleva el teléfono repleto de sus fotografías para exhibirlas con orgullo, aunque con la cautela propia de estos días.
Hace un par de semanas, Jimena cumplió 3 meses de edad y enfrentó la primera polémica de su vida: todo niño que supera los tres primeros meses de vida debe ser sometido a un proceso de inmunizaciones compuesto por un protocolo de vacunas que lo pone a salvo de enfermedades que pueden resultar fatales.  Aun cuando existe el temor de que,  inocular un bebe con bacterias y virus a tan corta edad, resulte más perjudicial que beneficioso; Isis, profesional de la salud y Diego, ingeniero civil, no apuestan al riesgo; sencillamente creen totalmente en el poder preventivo de unos pinchazos con los que seguramente llorarán ellos junto a su hija.  El asunto es que, salvo la vacuna contra la poliomielitis, en Venezuela no es posible conseguir otras vacunas, ni  en los sistemas de salud pública ni en las clínicas privadas. Peor aún, existen documentadas denuncias acerca de campañas de vacunación a precios exorbitantes con productos cuya procedencia es, por decir lo menos, dudosa. La Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría ha explicado que “en algunos años, nos daremos cuenta de que esas vacunas aplicadas de forma inescrupulosa a precios elevadísimos, pueden ser culpables de un grave problema de salud pública”
Preocupados, los dos muchachos, urgidos por poner su niña a salvo de cualquier problema, intentaron conseguir las vacunas a cualquier costo;  entonces,  comprendieron con disgusto que aun teniendo la posibilidad de pagarlas, conseguir las vacunas para su hija en alguna ciudad de Venezuela, no era posible. Fue ahí cuando les hablaron de Cúcuta.
La primera ciudad importante que se encuentra al cruzar la línea divisoria que separa Venezuela de Colombia se ha convertido para las ciudades andinas, cercanas a la frontera, en una  suerte de patio trasero en el que resolver los apremiantes problemas de abastecimiento de todo tipo con que se enfrentan a diario; a menos de 4 horas de distancia  por carretera, ir de compras a Cúcuta para conseguir, desde medicinas hasta alimentos básicos y artículos de higiene personal es el único “canal humanitario” abierto para los venezolanos, aun cuando el gobierno de Nicolás Maduro no solo lo niega, sino que lo prohíbe expresamente, haciendo que los habitantes de esa zona del país consideren  la ley, que los aleja de la solución de sus problemas,  letra muerta y enterrada. Si bien al tipo de cambio de moneda los precios encarecen sustancialmente,  por lo menos existe la seguridad de que gracias a la subrepticia apertura comercial de la frontera, “del otro lado” todo es posible. Incluso vacunar tus hijos.
-          Yo había hecho todas las averiguaciones, sabía que no era complicado en absoluto y que en cualquier ambulatorio de Cúcuta, El Puerto de Santander o La Parada era posible vacunar a la niña. Me habían dicho además que era gratis, un dato que no es importante, porque nosotros estábamos dispuestos a pagar;  pero igual, llevábamos cierta aprehensión porque no sabíamos si ocurriría algún cambio y perdíamos el viaje -  dice Isis mientras recuerda,  luchando contra sus emociones,  el día que le tocó recorrer un poco mas de 300 kilómetros para poder vacunar a su hija.
No es secreto, el tema de las vacunas ha llegado a oídos de todos los padres que van de pediatra en pediatra buscando una solución. No se trata solo de que las vacunas no existen, es que se puede tener la mala suerte de caer en manos de algún delincuente inescrupuloso que fastidie la vida de tu hijo y acabe con tus menguados ahorros.  Isis y Diego, prevenidos, planificaron hacer el viaje, darle los pinchazos a la niña y regresarse tan pronto como fuera posible.
“Los niños venezolanos solo serán atendidos Lunes, Miércoles y Viernes en el ambulatorio de La Parada” reza el gigantesco cartel con el que se encontraron a su llegada a La Villa Del Rosario, el primero de los pueblos colombianos del camino. Una más de las estaciones de un vía crucis que obliga, por esta nueva disposición, trasladarse a La Parada, el pueblo también colombiano que empieza donde termina el puente Simón Bolívar, considerado la capital del “bachaqueo” colombo –venezolano.  Es cierto que los padres venezolanos podrían ir a una clínica privada colombiana si quisieran;  pero, para ello requerirían una visa colombiana que depende del capricho del guarda fronterizo,  una cita previa, no tan fácil de conseguir en corto tiempo y estar  dispuestos a desembolsar varios sobornos en efectivo y por lo menos, el importe multiplicado por cuatro del ya elevado costo de una cita médica privada en Venezuela.
Siguiendo las instrucciones del cartel pusieron rumbo a La Parada, con deseos de desayunar y resolver lo antes posible su diligencia; a las 7:30 de la mañana lo que encontraron allí los llenó de estupor: una cantidad aproximada de 200 niños y sus familiares, tenían convertido el ambulatorio en un pandemónium. Isis, acostumbrada a llevar un consultorio impecable en cuya sala de espera solo caben las sillas justas para las personas que han confirmado consulta, se sintió superada por el desorden de sus paisanos. Entonces, le asaltó el temor de haber perdido el viaje: las enfermeras, incapaces de controlar lo que ocurría,  amenazaron cuatro veces en 20 minutos con “cerrar el ambulatorio y dejar de atender niños venezolanos” y enérgicamente anunciaron que “nosotras ganamos muy bien, no necesitamos que nos ofrezcan plata para que los adelantemos en sus turnos, aquí eso no vale nada”
Fue Diego, acostumbrado a lidiar con equipos de fútbol y vestidores de gimnasios, el que puso orden.  Bastó un fuerte y enérgico silbido y un rasgo imborrable de su buen talante: - me pareció absurdo, pero tuve que sacar todas mis fuerzas para convencer a los venezolanos allí apelotonados que tenían que tener un poco de orden -  Lo aceptaron, cuenta el joven padre de Jimena, no sin protestas y en pocos minutos, fue él quien se ocupó de asumir la tarea de controlar el proceso de vacunación de más de 200 niños venezolanos en un ambulatorio colombiano.
-          Era como si los venezolanos no entendieran que la vacunación no es responsabilidad del gobierno colombiano, sino del nuestro y es el nuestro el que no cumple –
Su desempeño fue tan hábil, que termino siendo el que controlaba incluso el uso de los baños, organizando hasta la forma y el sitio en que debían desechar  los pañales usados.
-          La espera fue larga, eso me dio tiempo para muchas cosas, pero sobre todo para conversar con una señora colombiana que vive al frente del ambulatorio. Me avergoncé,  ella llegó a decirme que habían enviado una carta a la dirección del ambulatorio pidiendo que suspendieran el servicio a los venezolanos debido a su extremo desorden, la señora me dijo que  los pañales sucios se quedaban por todas partes  y que los venezolanos producían una cantidad de basura increíble; sentí una vergüenza horrible al escucharlo, no pude evitar pensar en lo rayados que estamos en todas partes – relata sonrojada la madre de Jimena –
A mediodía, un sacerdote vecino que suele repartir alimentos a los necesitados, repartió sopas entre los venezolanos que esperaban su turno para la vacuna  de sus hijos. Eso los sorprendió a ambos enormemente; pero, allí tuvieron que tomar cartas en el asunto nuevamente y apoyar al sacerdote en la repartición del almuerzo.
Jimena fue vacunada entre las últimas, a las 4 de la tarde y por suerte no tuvo reacción adversa alguna.  Poco después, extenuados por el duro día de trabajo inesperado, emprendieron camino de regreso a casa.  Isis, con los nervios destrozados por el cansancio hizo acopio de fuerzas para distraer a su marido al volante y asegurarse un viaje de regreso que fuera por lo menos, entretenido. Las imágenes del fuerte día empezaron a convertirse en palabras y ambos, que han convertido sus dos años de convivencia en excusa para estar bien y ser felices por encima de cualquier circunstancia, decidieron no interrumpir el trayecto sino para el café indispensable.
A las 9:30 de la noche llegaron a El Vigía, el punto desde el cual cualquiera que venga por ese camino empieza a sentir que llego a Mérida y se encontraron con el tráfico detenido. Averiguar las causas desató el llanto incontrolable que Isis traía apelotonado en la garganta: un árbol había caído en la carretera, partiendo en dos el vehículo en que viajaban, de regreso de Cúcuta, una joven pareja con su hijita de cuatro años de edad. Ambos padres estaban muertos dentro del auto y la niña gritaba desconsolada el alcance de la mala hora.
-          Pudo ser cualquiera de nosotros; esa pareja, seguramente, había ido a Cúcuta a resolver algún asunto parecido al nuestro. Pudo ser cualquiera de nosotros - es lo último que se le ocurre decir a esta jovencísima madre venezolana, mientras se seca las lágrimas que vuelven a brotar irremediables ante el recuerdo de un accidente y de una vida que ya no se parece en nada a lo que ella suele escarbar de su memoria.
A su lado, con un lazo hermoso tejido por su abuela, Jimena sonríe distraída por el descubrimiento de un sonajero. Ajena, como corresponde. Su madre sabe que apenas empieza el camino y siente que su patria es ella. Que por ella, agarrará su palito de escoba, como El Chavo, y se pondrán a salvo, un día de estos.

sábado, 22 de julio de 2017

Ayer le tocó a mi barrio

El Cotufa es  uno de mis vecinos más famosos. Todavía no he descubierto bien que hace y,  con lo despistado que soy, seguro estoy que no podría identificarlo entre varios. Vive en una de las veredas y,  desde que me mudé aquí,  escucho ese mote sin nombre en todos los lugares. Un amigo me lo presentó el otro día y como a tantos otros vecinos, lo saludo al verlo pasar;  pero, seguro que no sé quién es ni porque le dicen así.  Si es por mí, El Cotufa puede ser un santo o todo lo contrario, yo solo sé que es hijo de una de las primeras familias de aquí y que su padre, de 86 años,  fue víctima de la rabia iracunda de la Guardia Nacional Bolivariana durante el tercer ataque que sufrió mi barrio hoy, en un periodo de 10 horas.
La Urbanización Los Sauzales es,  de verdad, una comunidad modelo.  Construida en 1968 por el desaparecido Banco Obrero “para dar solución a los serios problemas habitacionales de la clase obrera” significó una de las decisiones habitacionales mas atinadas de Mérida (y quizás de Venezuela) muy probablemente porque sus constructores tuvieron el ojo exacto para ver el extraordinario potencial de crecimiento urbano que posee  la zona donde fue construida.  Hoy día, no solo es el punto central de La Otra Banda, sino el paso obligado que une sus dos extremos y, aunque sigue siendo una urbanización “de interés social”,  su devenir ha sido ejemplarizante.
Es una de las colectividades mejor organizadas y con mayor sentido de pertenencia de cuantas forman el entramado social de Mérida. Formada por tres grandes grupos de bloques de apartamentos y unas cuantas veredas de pequeñas casitas unifamiliares, tiene continuidad y complemento en la Urbanización Don Pancho, cuyas dos únicas calles de “casaquintas” adosadas, le otorga particularidades estéticas a un terreno que sobrepasa los 100.000 metros cuadrados, en el que se ha logrado un orden y nivel de mantenimiento y cuidados inusuales en esta urbanidad de emergencia en que se ha convertido el país.  Los Sauzales ha crecido tanto como sus moradores: en sus apartamentos y casas, ampliadas y hermoseadas, se han formado un par de generaciones de profesionales universitarios a quienes sus padres “sacaron adelante” gracias a la tranquilidad que les produjo ese desarrollo habitacional pensado para obreros de la Universidad de los Andes.
Es también una urbanización muy comprometida con la oposición; tanto, que en ocasiones  ha llegado a llamarse,  medio en broma (y medio en  serio) una Republica Independiente. Obedece cada llamado a plantón, cada trancazo y cada marcha, habiendo desarrollado en 113 días de protestas un movimiento de resistencia que, en casi todo, unifica su agenda a la de la Mesa de la Unidad Democrática, aunque posee un punto innegociable: el cierre de sus accesos a la Avenida Los Próceres, cosa que hacen casi diariamente impulsando de esa forma otros cierres importantes en La Otra Banda, territorio de inconformes.
Las trancas siguen siempre el mismo patrón: una inmensa bandera tricolor cierra el paso a la avenida  y luego la urbanización se cierra toda, incluso el paso entre las estrechas veredas, obstaculizando el acceso que lleva, por medio de la Urb. Don Pancho,  a la Avenida Las Américas y por allí a las más emblemáticas zonas residenciales de la resistencia. Ayer no fue distinto.  Aunque el paro nacional convocado por  la MUD  y acatado por el 100% de sus negocios y habitantes debía haber terminado a las 6 de la mañana, la tranca se extendió por  una decisión que tuvo más de protección que de protesta.
El primer ataque ocurrió un poco después de las 7 de la mañana. Rápido, violento y sin víctimas: un numeroso ejercito de colectivos motorizados pasó por la avenida, se encontró con la tranca a la altura de Los Próceres y dispararon, como suelen hacer, intentando una inútil disuasión.  Realmente ocurrió poco más y se creía que ganada la escaramuza a los colectivos, el día iba a transcurrir calmado.
No fue así. Menos de dos horas más tarde, los colectivos regresaron acompañados tanto de la Policía Nacional Bolivariana como de la Guardia Nacional Bolivariana. Entonces atacaron con rudeza. A sus disparos, los Sauzaleños respondieron con piedras e insultos, para evitar el azote de los uniformados a la zona de veredas y a los bloques de apartamentos que están en la parte más interna.  No lo consiguieron por poco. Lanzaron un par de bombas lacrimógenas, detuvieron a un chico de 17 años que fue liberado, sin torturas, un poco después y se esmeraron con el primer bloque de apartamentos: el que está en el lindero exacto de la avenida. Sin embargo, no lograron dañarlo. 
En la madrugada de ayer, los chicos que estaban de guardia para evitar que se quebrantara el paro nacional, movieron un enorme contenedor de basura y lo ubicaron en el medio de la calle principal haciendo más difícil el paso, quizás eso nos salvo a todos de un ataque que pudo ser más grave y que se llevó por delante al CDI más famoso de Mérida, vacio de pacientes a esa hora;  pues, creyendo que su proximidad los pondría a salvo, los chicos intentaron refugiarse en sus predios, siendo repelidos con gas lacrimógeno y una batalla de piedras contra perdigones,  que milagrosamente no arrojó sino heridos leves y cuantiosos robos,  los efectivos de la Policía Bolivariana arrasaron con bolsos, morrales y carteras de todos los que tuvieron a mano. Se fueron con mucho escándalo cerca de las 11:30 de la mañana.
Los vecinos, decididos a elevar la voz de su protesta en venganza por el desproporcionado ataque, se reunieron en uno de los estacionamientos y decidieron fortalecer las trancas.
El tercer ataque sucedió cerca de las 6 de la tarde y fue tan imprevisto como cruento.  Brutalmente, una tanqueta irrumpió a la entrada de la urbanización y un verdadero ejército represor arrasó con todo a su paso: los vidrios de los apartamentos y casas de toda el área externa de la urbanización y la integridad personal de una comunidad que se respeta a sí misma. Desde mi ventana, podía escuchar gritos, detonaciones y pedidos de poner a salvo a las personas vulnerables.  Casi  inmediatamente empezaron, como parece haberse hecho costumbre, a disparar contra los apartamentos; luego apareció el gas lacrimógeno y fue entonces cuando el padre de El Cotufa, entero y con carácter aun a sus 86 años, salió a enfrentar a la Guardia. 
Solo les pidió no arrojar bombas lacrimógenas a las casas de las veredas y  quiso explicar por qué.
Don Homero fue la víctima más sentida de este último ataque. Fue golpeado, cayó al piso frente a su casa y allí tuvo que aguantarse el dolor de una bota militar sobre su rostro; pero, no fue el único: La Sra. Mireya, otra vecina de siempre, fue detenida y llevada a la tanqueta donde la golpearon un rato para dejarla en libertad “aleccionada” (para que aprenda, contaron que dijo el guardia que la liberó) y en algún apartamento, como también parece haberse convertido en costumbre, un chico de 17 años fue atendido de las heridas causadas por perdigones. Una piedra equivocada golpeó el pómulo de uno de los muchachos y tres jóvenes más fueron retenidos por un rato en la tanqueta, aunque solo apresaron a uno.
Se fueron con la misma furia que habían llegado; pero antes, para dejar muy claro que, para la Guardia Nacional Bolivariana, nosotros somos sus enemigos, quemaron la enorme bandera tricolor que ha sido emblema de esta magnífica comunidad desde el inicio de su lucha.
El Cotufa está ocupándose de restablecer la salud física de su padre, a quien según hemos sabido, los golpes no han hecho sino templarle el carácter un poco más y ya fue dado de alta. La Sra. Mireya considera su paso por la tanqueta como una herida menor de esta guerra libertaria y los demás están muy curtidos como para preocuparse por un perdigonazo.
Pero, el sentido de integridad de esta urbanización modelo, formada  por lo mejor de la clase media-media y lo mejor de lo mejor de la clase obrera, ha sido íntimamente herido. La bandera quemada  por la Guardia Nacional Bolivariana en su furioso repliegue se ha convertido en una ofensa mucho más imperdonable que la colección de golpes que hoy,  a sus 86 años, suma Don Homero a su experiencia de vida, pues esos sanarán fortaleciendo su alma de señor decente y honorable; de aquí, de Los Sauzales,  de toda la vida.

viernes, 16 de junio de 2017

La clandestinidad no se presume, se ejerce


A una universidad con más de 232 años de historia no la van a amilanar, podrán actuar con la ley de la fuerza, 
a nosotros nos queda la dignidad
Mario Bonucci

Todavía con el miedo en el cuerpo, la voz se le quiebra cuando pide por favor no ser mencionada. Teme a represalias, pero quiere desahogarse, sacarse de adentro el sabor a ultraje. Gritar. Desanimada por la poca afluencia de gente a un acto de desagravio en el que, según ella, debería estar toda Mérida, se apropia de un pequeño rincón que le dejan libre en la puerta misma de ULA TV para decir con tristeza que a pesar de las amenazas, ella creía que nunca se atreverían a cerrarlos así, con tanta maldad.
Es la más reciente de las acciones que parecen destinadas a quebrar la Universidad de Los Andes. Ayer jueves 15 de junio,  la señal de ULA TV, el canal de televisión de la Universidad, que ofrece cobertura regional, fue sacada del aire antes de que sus directivos fueran participados oficialmente de que el apagón era el resultado de las pesquisas iniciadas el martes 13 por supervisores de CONATEL. 
-                  -  Llegaron en grupo, con esa especie de amabilidad del que sabe que tiene poder y se instalaron casi todo el día entrando y saliendo de las oficinas; creo que lo revisaron todo, todo. Creo que no dejaron sin mirar ni por debajo de las mesas. Nosotros sabíamos que estaban buscando una excusa y la verdad, estábamos preocupados de que fueran capaces hasta de “sembrarnos” algo. Al final no lo hicieron, pero es porque tenían el caso sembrado - es la reflexión de quien ha vivido con angustia el proceso de cierre que bien podría condenarla a languidecer sus días en alguna oficina prestada, cumpliendo horario y esperando una jubilación que posiblemente nunca llegue.
La señal se apagó, cuenta uno de los técnicos,  cuando faltaba un cuarto para las diez de la mañana.  
-           - Nos fuimos a negro y no entendíamos. Pensábamos que podía ser un problema técnico, que se había ido la luz, hasta que nos acordamos de la visita de CONATEL,  no necesitamos ninguna aclaratoria -
No la necesitaron porque la esperaban. Desde que hace 75 días empezaron las protestas que mantienen en vilo al país y en jaque al gobierno, Alexis Ramírez, gobernador de Mérida,  ha abundado en amenazas contra la Universidad en general y contra sus medios de comunicación en particular. La ULA tiene dos: una estación de radio (ULA FM 97.7) y un canal de televisión local; de este último, puede leerse en su página web que “pretende ser  un canal de TV alternativo, ofreciendo en señal abierta una programación nunca vista en un canal comercial: producciones propias donde se resaltan el quehacer académico, científico, cultural, de extensión y de investigación, documentales, cine de Asia y África, productos realizados por otras universidades de Venezuela, y revistas académicas producidas por alumnos y profesores de la institución que son la punta de lanza que identifica desde lejos a nuestro canal”
Hoy,  ese proyecto educativo que por su amplitud beneficia a todos los merideños, ha sido privado de su espacio pese al perjuicio que eso pueda ocasionarle a la ciudad, ya que no solo ordenaron apagar la señal sino que,  en un acto que deja sin lugar el derecho a la defensa,  decomisaron los transmisores ubicados en la Estación La Aguada del Sistema Teleférico de Mérida; sin ellos, su salida por televisión es imposible. Solo queda la opción de verlos por Youtube o cualquier otra vía digital, mientras CONATEL no cierre esa ventana. En la mañana de hoy, el Rector de la Universidad, Dr. Mario Bonucci recibió una carta en la que le informan que la investigación promovida por  la institución que regula las telecomunicaciones en Venezuela, pretende evaluar también el funcionamiento del Internet de la Universidad.
Hay un gesto de dolor irónico, una especie de sonrisa torcida estampada en el rostro de quien, vestida de negro, mira desde un alero la concentración. En algún momento, sin perder el gesto, saluda con cariño a su Profesor Francisco Quiñones, Director de la Escuela de Medios y le pregunta, casi por no dejar, si la escuela no es el principal daño colateral de la medida. Quiñones intenta una clase de porqué si lo es y en segundos,  un grupo importante de manifestantes lo rodea. El daño colateral es mucho más sencillo de explicar de lo que él cree: sin un canal donde hacer sus primeras practicas, sin equipos adecuados, sin un espacio creativo abierto a quienes quieren hacer carrera en el asunto de la información, la escuela de medios y la recién inaugurada carrera de comunicación social, casi no tienen razón de ser.
Los ojos más tristes que pueden hallarse en la ciudad a esa hora son los de ella, miembro de una de las primeras promociones de esa escuela. Hubiese preferido no enterarse nunca de ese análisis tan claro. Aun así, no se le borra la sonrisa torcida, se suma a la tristeza infinita de sus ojos y recuerda una historia de la que es arte y parte.
ULA TV transmite formalmente desde el 2 de octubre de 1999, cuando era el canal 22 y se conocía como AULA 22. Ese día,  inició sus transmisiones con barras por 23 largos días de prueba: el 25 de octubre hizo sus primeras pruebas de video y fue rebautizado como ULA TV, el modesto y discreto canal de televisión al que se sintonizan los merideños que buscan información. El modesto canal de televisión que se ha dedicado, sin descanso, a cubrir las diarias protestas que ha enfrentado el gobierno, sin omitir detalle y,  muchas veces, sin tomar más partido que el de informar.  
La consigna muchas veces repetida la trae de nuevo a tierra. Cientos de voces la repiten:  “viva la u, viva la u, viva la universidad” deviene canto de honor que logra transformar la sonrisa torcida en voz potente que se alza en el momento en que,  en la esquina de la calle 29 aparecen, en un solo bloque,  los miembros más destacados del Consejo Universitario y las autoridades rectorales, con una notable ausencia, se unen a la manifestación de la “U” El rector, Mario Bonucci abre fuegos:
-          “Sabíamos que sucedería, hace más de tres meses que las amenazas eran diarias, no es otra cosa que una nueva afrenta. ULA TV ha sido acusada de presunta clandestinidad. Se nos ha querido aplicar las secciones primeras de los artículos 165 y 172 de la ley de medios, desconociendo que ULA TV es un medio de comunicación amparado en un decreto del Dr. Ramon J Velasquez emitido durante su presidencia que ha cumplido con todos los requisitos de ley para funcionar debidamente. Consta en nuestros archivos las repetidas solicitudes que en cumplimiento de dichos artículos se han dirigido a CONATEL y el pago de los respectivos aranceles. Mal se puede hablar de medio clandestino. La clandestinidad no se presume, la clandestinidad se ejerce y nosotros no la hemos ejercido. ULA TV no se calla. ULA TV no cierra sus puertas. ULA TV se actualiza a los tiempos y desde anoche empieza a transmitir por streaming. Estamos seguros que seguiremos prestando un servicio a la libertad y la democracia”
Es casi mediodía y el sol de la sierra pica. La concentración se disuelve lentamente y ella, parada en el pequeño rincón que le dejan libre en la puerta misma de ULA TV, toma un poco de agua y pregunta eficientemente si han transmitido las palabras del rector. Le responden que sí, que han salido por la emisora FM. Un nuevo velo de tristeza parece cubrirla:
-            -         A la radio también nos la van a cerrar, escríbelo. Esa es la próxima.
Sin despedirse de nadie camina hasta la puerta del edificio donde todo el mundo sabe que funcionan los medios de comunicación de la ULA. El sonido de sus tacones en la acera marcan la rabia. La mirada en el suelo habla de miedo.
Ella no se graduó en la escuela de medios ni para irse del país, ni para languidecer en una oficina perdida en este campus universitario enorme que es Mérida.
Ella no sabe qué hacer, pero no quiere que nadie diga su nombre.

martes, 14 de marzo de 2017

Carvallo Cantor, 30 años después

Una de las cosas de ese día que José Luis recuerda con mayor nitidez es el autobús universitario. Era viernes y él acompañaba a su hermano a esperarlo en la residencia masculina, a pesar de no tener edad para hacerlo, con intención de subir al centro a revisar las novedades llegadas a la Discotienda Internacional y comerse un helado. Al pasar por la Avenida Don Tulio vieron como se preparaba la caravana de bachilleres que saldrían a celebrar el fin de sus estudios de Ingeniería. José Luis y su hermano recuerdan haber visto aquello con total normalidad, como seguramente lo hicieron muchos otros merideños que pasaron por allí a la misma hora. Era tan habitual ver a un grupo de estudiantes exaltados y alegres pintarrajeando sus automóviles y los de sus familiares  para salir a celebrar el fin de la escolaridad, que ninguno de los dos reparó siquiera en los autos que la formaban. Siguieron hasta el centro y allí hicieron lo que tenían previsto; en algún momento vieron pasar la caravana en plena efervescencia; como todos, festejaron desde la acera y siguieron su camino sin darle mayor importancia.
Rita lo recuerda como un día horrible.  Salía con su hermana del gimnasio de la avenida 4, se les había hecho tarde. Poco antes de llegar a Glorias Patrias encontraron la revuelta - era un desastre, nos asustamos, nos sorprendía lo  localizado que estaba, no sabíamos lo que había sucedido o porqué, pero esa casa estaba en llamas y había mucha gente alrededor enardecida -  Rita recuerda que su padre fue a buscarlas muy preocupado y las llevó a casa, donde se quedaron en obligado encierro. Mientras, la ciudad empezaba a arder.
Todos los recuentos de ese día horrible no dejan cabo suelto: a las 7 de la noche, más o menos,  Luis Carvallo Cantor, integrante de aquella caravana de Ingenieros sin título, fue asesinado en la esquina de la avenida 4 con calle 31 porque se bajó del auto a orinar contra la pared de la casa del abogado Bernardino Nava. Según la historia, Nava se asomó a la ventana, molesto por lo que consideró una ofensa imperdonable y disparó un par de tiros a Carvallo quien murió en el sitio para estupor y desgracia de todos sus compañeros. La noticia, sin necesidad de redes sociales que no existían para la época, se supo en el ambiente estudiantil en muy poco tiempo y la ciudad de Mérida empezó a vivir los 5 días mas terribles de su historia reciente. Los días en que a la policía estatal se le acabaron las bombas lacrimógenas.
Mireya, entonces empleada de la Alcaldía de Mérida, había dejado su carro a una amiga para que llevara a su hija de 8 años a comerse un perro caliente en La Cremita, un famoso perrero ubicado a pocos metros de la casa donde sucedió la tragedia, mientras ella terminaba de atender una reunión en la Avenida Gonzalo Picón. Hasta allá, gracias a los comentarios de boca en boca, llegaron noticias poco claras de lo que sucedía. Ni ella podía ir a buscar a su hija, ni la joven que la acompañaba podía salir del barullo. Llegaron muy tarde y, por primera vez, Mireya no encontró excusas para regañar a su hija por la demora.
Nada se ha dicho nunca que justifique la reacción de los compañeros de la victima, que casi cobra también la vida del asesino y su familia, ni de la reacción de la ciudadanía devenida en fieras justicieras. Hasta hoy  existe el rumor - jamás confirmado - que Bernardino fue sacado de la casa descalzo, en pijamas, a golpes y que estuvo cerca de ser quemado vivo, mientras su familia intentaba ponerse a resguardo. No lo consiguieron. La casa de Bernardino Nava, su automóvil y todas sus pertenencias ardieron esa misma noche, pocos minutos después de los disparos que cegaron la vida de Carvallo Cantor; quizás fue así como empezó esa guerra en la que no hubo héroes ni explicaciones.
Carlos Alberto regresaba de Caracas en su carro, venía acompañado de dos amigos a una fiesta que se celebraba el sábado 14 en el Country Club. Su casa, a pocas cuadras de la casa de Nava, estaba sitiada. La ciudad había amanecido en llamas después de una larga noche de enfrentamientos entre policía y estudiantes y nada parecía indicar que terminaría pronto. Los tres amigos tuvieron que refugiarse en casa de los familiares de uno de ellos para poder arreglarse para una fiesta a la que, de todos modos, no pudieron llegar.
La noche entre el viernes 13 y el sábado 14 de marzo de 1987 se desdibuja en la memoria de los merideños. Nadie  recuerda bien como escaló la violencia a tales niveles. Todos recuerdan, sin embargo, lo que hacían ese fin de semana. José Luis, por ejemplo, veía las columnas de humo y el desorden ciudadano desde el cerro de “Las Letras” a donde fue de excursión con su grupo Scout ese sábado, para huir del desastre citadino, mientras que a su madre, la señora Carmen Albornoz, le tocó presenciar el desorden en pleno apogeo por haberse ido a una funeraria a darle el pésame a una familia vecina. La funeraria, ubicada a tres cuadras de la casa de Nava, fue repentinamente tomada por la turba estudiantil que huía de la persecución policial, llevándose por delante hasta la tranquilidad del velatorio, Carmen recuerda haber visto con impacto como la urna en que reposaba su vecina era tirada al piso y como los dolientes tuvieron que intervenir enérgicamente para restablecer, con dificultad, la paz de los sepulcros.
Militarizada, la ciudad no tuvo más remedio que aguantar el desorden, cuya violencia crecía con las horas sin parecer calmarse. El presidente Lusinchi cometió el error de relacionar las protestas con actos de narcoterrorismo y el gobierno regional ya no daba abasto. Era imposible contener los destrozos. Mayela lo cuenta con detalles:
-          - En particular recuerdo lo que hicieron con las Tiendas Gina y con la Zapatería Rex. No dejaron nada. Saqueaban y tiraban lo que no podían llevarse, no parecía un saqueo de esos que termina siendo más bien un robo; era una furia enorme, una cosa incontenible, de las tiendas del Viaducto no se salvo ninguna –
El lunes 16 el Alcalde de la Ciudad, Jesús Rondón Nucete,  no pudo llegar a su despacho. Una de sus empleadas de confianza necesitó armarse de mucho valor para enfrentarse a los soldados que tenían completamente resguardado el centro, para explicarle quien era el hombre que venía en su carro. Logró el paso y  lo recuerda sonreída: - Menos mal que lo dejaron pasar, pues venia a una conversación telefónica con el Ministro de la Defensa para convencerlo de no decretar el estado de queda. ¿Te imaginas si no hubiese podido llegar? –
Mérida jamás, a pesar de su larga historia de disturbios violentos y enfrentamientos, ha vivido un toque de queda (con la excepción del que vivió toda Venezuela en los días que siguieron al Caracazo de 1989) esos días pudo haberlo hecho;  a cambio, la orden fue militarizarla y desencadenar la mayor represión que se recuerda. El toque de queda no fue necesario decretarlo: los merideños se encerraron en sus casas a mirar aterrorizados como la ciudad escapaba de sus manos.
Terminó como empezó y dejó no pocas huellas. Para el miércoles 18 solo quedaban pequeños rescoldos de lo que había sido una guerra a muerte ocasionada para exigir justicia por la muerte absurda de alguien a quien seguramente no le habría gustado entrar de esa forma a la historia. Luis Ramón Carvallo Cantor quizás se habría conformado con subir al Aula Magna y recibir el diploma que lo acreditaba como Ingeniero (por cierto, en el acto de grado, con la anuencia de un movimiento estudiantil dispuesto a no volver a armar la grande, su madre subió al estrado a recogerlo) y hacer la vida normal que Bernardino Nava le impidió por un ataque de rabia incontenible y una pistola en mal sitio y peores manos. La casa de Bernardino, hasta hace muy poco, fue un lugar abandonado y en escombros; hoy, sirve como deposito comercial que nadie quiere ver abierto. La fecha del asesinato dio nombre a un movimiento estudiantil con fama de todo lo bueno y malo de este mundo: el Movimiento 13 y, por lo demás, Luis Carvallo Cantor es un nombre que Mérida no olvida: cada cierto tiempo, la lucha estudiantil lo revive y una nueva bomba lacrimógena se lanza en su nombre.
Bien se dice que solo muere aquel que deja de vivir para siempre en el recuerdo de los otros.

viernes, 17 de febrero de 2017

Aunque no sabe qué es, lo que duele no es la vida

Entró al salón, arrastró una silla a la que primero midió con los ojos y se sentó con un poco de dificultad. De su maletín sacó dos frasquitos de vidrio color ámbar y vertió en la tapa de cada cual unos diminutos globulitos blancos, se tomó ambas dosis, sonrió con buen humor, cruzó las piernas y se dedicó a escuchar con atención la charla. A medida que transcurría el tiempo, cruzaba y descruzaba las piernas, hacía círculos con los pies en el aire y muy pocas veces, un gesto de dolor pareció cruzarle la cara. Estaba solo y no hablaba con ninguna de las personas que tenía cerca.  Asentía con la cabeza mientras tomaba notas en una pequeña libreta de resortes apoyada en su muslo derecho. Movía las piernas, como cambiando de posición una y otra vez; pero, ningún otro gesto de su comportamiento era llamativo.
-          Puedo decirte exactamente cuándo y cómo comenzó esta historia y puedo jurar, lo creas o no, que fue en uno de los períodos más felices de mi vida -  Soltó a bocajarro al finalizar la conferencia - Yo llegué a mi oficina, hace unos 30 años, me acomodé en mi escritorio y le comenté a mi secretaria que estaba a punto de comenzar un lumbago, desde entonces nunca he tenido un lumbago verdadero; pero, nunca se me ha quitado el dolor de espalda , ha ido a más –
Es su manera de conseguirle un principio a lo que él llama “la historia del dolor” que según cuenta,  lleva más de la mitad de su vida atormentándolo  – Soy un hombre al que le duele todo. Un hombre cuya primera sensación del día es un dolor en algún sitio y la última es un dolor en un sitio diferente – aun así, explica, duerme  sin ayuda lo más plácidamente posible, cosa que en su caso, parece un contrasentido. Muchísimos médicos sostienen que debería tener trastornos de sueño. Él asegura que no.
-          Me encanta dormir. Es el único momento del día en que no siento dolor. Quizás me evado de mi dolor durmiendo, no lo sé. Es más, en los periodos tristes y difíciles de mi vida, es cuando mejor he dormido. Mi sueño es una maravilla, solo una vez se alteró y necesité pastillas, pero dejé de tomarlas en una semana. Yo no tengo problemas para dormir. Ni siquiera ronco.
Gerardo es un tipo simpático  aunque reservado. Es, como buen andino, un poco desconfiado y siente que no es bueno prodigarse mucho. Tiene como máxima en su vida no hablar de su padecimiento pues no le gustaría contagiar a nadie de su lúgubre sensación de enfermedad y porque sabe, además, que alguien le dará un remedio que el no podrá evitar probar.
-          He tomado de todo. No puedes imaginarte la cantidad de batidos, menjunjes, cataplasmas, gotas, plantas medicinales y etcétera que he consumido a lo largo de mi vida; mi dolor parece refractario a todo. Ahora me dio por la homeopatía pues me parece lo menos experimental de la cosa alternativa, es barata y tiene un cierto nivel de efectividad. Ya ni siquiera los analgésicos me hacen mayor cosa. Aunque me meta un coctel de pastillas, cosa que hago con frecuencia, yo soy un hombre que vive con dolor. Punto. Yo no recuerdo un minuto de mis últimos 20 años sin dolor en alguna parte del cuerpo. Tan sencillo como que no lo recuerdo. ¿Tú sabes que es tremendo, por ejemplo?  tener sexo con dolor;  no, no  hablo de que el acto sexual implique una práctica dolorosa,  no, nada de eso;  es estar ahí, gozando un puyero con alguien y sentir que alguna parte del cuerpo te duele a pesar de lo bien que lo estás pasando….
Es la más gráfica de las explicaciones que da,  mientras intenta conseguir algo para picar que no contenga gluten ni sea lácteo. Dice habérselos arrancado de su dieta aunque le encantan,  pues leyó en alguna parte que existe una relación entre el consumo de gluten, los lácteos y su enfermedad.
-          Fibromialgia, se llama -  Dice con tranquilidad asombrosa  – Fibromialgia –
Repite con la misma naturalidad de quien sabe que es imposible ponerle rabia a ese nombre. Se la diagnosticaron oficialmente hace unos 3 años, aunque él lleva sabiéndolo desde mucho antes. Gerardo es un hombre culto, un lector incansable, un tipo buenmozo, activo y de impecable elegancia al que la enfermedad no parece detener en nada. Lleva la procesión por dentro. Tal vez un reflejo tristón de sus inmensos ojos atigrados sea lo único que lo delata; a veces, Gerardo parece sufrir por un instante un ramalazo de dolor que desaparece casi de forma milagrosa. Es su gran logro. Desde que lucha contra la enfermedad no le permite derribarlo en público: Quizás por eso, ha disminuido su vida social a lo mínimo indispensable. Es rarísimo que salga de noche y es rarísimo verlo de fiesta. Dice que le incomoda mucho saber que disfrutará menos de lo que quisiera un plan cualquiera, pues no sabe a qué nivel de dolor tenga que enfrentarse ese día. Entonces prefiere la casa y la comodidad de su cama,  el sitio en el que pasa la mayor cantidad de horas del día, sin que nadie lo sepa. Su vida, en concesión al dolor – y porque no es un héroe – está llena de discretos silencios e incontables secretos. Por eso debe ser que prefiere vivir solo en medio de una rutina infranqueable a la que le hace pequeñas trampas para sentir que está vivo.
Es un caso de librito: Gerardo junta en un solo diagnóstico dos enfermedades hermanas: Fibromialgia y Síndrome de Piernas Inquietas y está casi seguro que empieza a anidar algún nivel del Síndrome de Fatiga Crónica. Sabe bien que no es la edad (57 años) y en el fondo, un brinco del corazón le avisa  la angustia de pensar que la enfermedad está ganando terreno. No deja de ser irónico,  piensa,  cuando recuerda haber padecido enfermedades serias, haber estado al borde de la muerte y haber superado todo, menos el dolor de vivir con un dolor permanente para el que no hay tratamiento específico, ni explicación lógica, ni esperanza de cura. Mucho peor, para el que no hay conmiseración de género: la fibromialgia solo ataca a un hombre por cada 90 mujeres que la padecen; es decir, él sabe que padece una enfermedad de mujeres que sus amigos hombres no entienden. Con ellos no habla de eso ni aunque se ahogue.
-          Me da rabia cuando lo primero que responden hombres y mujeres,  al enterarse,  es que se trata de una “cosa de los nervios” como si no fuera real -  dice y sus ojos se iluminan por la rabia de la que habla - Es como si fuera menos importante que otra cosa. Creen que uno puede sobreponerse solo, como si fuera debilidad propia. Como si uno no fuera, como los demás, suficientemente fuerte, suficientemente “macho” o suficientemente dueño de sus emociones. Esa es la peor parte.
Tiene razón al lamentarlo.  La mayoría de las personas que alguna vez han escuchado hablar de fibromialgia, inevitablemente la relacionan con algún tipo de trastorno de personalidad e incluso de enfermedad mental. Si bien el tratamiento más usual incluye un antidepresivo y existe la teoría de que los episodios de dolor se agravan en periodos de profundo estrés o angustia, no menos cierto es que se trata de un desorden de tipo neurológico muy probablemente de origen genético cuyas causas se desconocen por completo. Cerca del 5% de la población mundial la padece, muchos sin diagnóstico oficial, la mayoría mujeres de raza blanca mayores de 45 años,  quienes no necesariamente han tenido otras enfermedades graves en su historia clínica. Se relaciona, eso sí, con la Enfermedad Celiaca y el Lupus, pero, sobre todo, se ha considerado por años un proceso somatizante, más que una enfermedad,  cosa con la que Gerardo sencillamente se pelea a muerte.
-          Yo no necesito somatizar nada - dice alzando la voz – yo soy un tipo relativamente feliz. Afectado,  claro está, por el país y sus circunstancias, pero eso no es la causa de mi fibromialgia;  a mí me dio, así como a otras personas les da alergia o asma. A mí me dio esa vaina y listo. Yo no estoy somatizando nada, ni más faltaba…
Hace poco, un nuevo doctor le prescribió un antidepresivo específico llamado CIMBALTA que no se consigue ni bajo las piedras. Es uno de los afortunados que puede por lo menos conseguir Pregabalina regularmente (una droga fundamental para su tratamiento) y se niega a consumir analgésicos más fuertes que acetaminofen o ibuprofeno, la mayor parte de las veces mezclándolos en una única dosis al día, no todos los días. Camina, aunque se trata de un esfuerzo importante que le consume muchísima energía y se consuela con formulas de auto engaño, dice tener un umbral de dolor muy alto y juega con globulitos homeopáticos como por no dejar.  Todo lo demás  lo vive en silencio.
Sabe perfectamente que el suyo es un caso perdido, que nunca más sabrá lo que es un día sin dolor y no se queja. Hace algunos años aprendió a conjurar las migrañas asociadas y ya no las padece, pues sabe detenerlas a tiempo. Piensa que podrá hacer lo mismo cuando esto se ponga peor. Sin embargo, en la soledad de su apartamento, antes de dormir,  suele sentir el escalofrío de imaginarse en la vejez impedido por una enfermedad de la que se sabe muy poco; entonces,  se duerme pensando en París y en sueños se ve con unas alas que desconoce. Después de todo, sabe también, que el amanecer traerá, junto a la luz del sol, la revisión de su nivel de dolor y un deseo: que no sea tan grave como para poder soportarlo sin tomar pastillas. Ya no le pide nada mas a la vida, él se acostumbró a resolver el resto y a vivirlo hacia adentro. Sin que se note. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Los ojos mas bellos de este mundo

Alguien contó una vez que ella, bonita y dicharachera, salió de su trabajo en la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes - cuando quedaba en el edificio del Rectorado, a la entrada, a la izquierda - y que él, que la estaba cazando desde hacía meses,  venia coincidencialmente entrando con una calavera en la mano. Que él se la lanzó a ella y que ella solo atinó a ver un cráneo humano que volaba por los aires en dirección a ella. Que ella se desmayó de la impresión y que él tuvo un instante de gloria para recogerla en su regazo y reanimarla. Que las amigas, impactadas por la ocurrencia,  reían discretamente la gracia del desmayo posiblemente fingido y la demora de ella en volver en sí. Que finalmente abrió los ojos, que él preguntó – ¿La asusté señorita? -  Y ella respondió - no fue nada bachiller - y que al hacerlo, descubrió los ojos de él. Ella contó más de  una vez, que esos ojos le atravesaron el alma con el lanzazo del amor. Eran los ojos más bellos del mundo.
Él era flaco, elegantoso, alto, con modales arrolladores de margariteño y piel oscura; pero tenía unos ojos irrepetibles: acusadores, brillantes, curiosos, “que hablaban” y ella no pudo darle la bofetada que su atrevimiento merecía. Recomponiéndose en el instante  despertó de su desmayo grabándose para siempre la mirada de ese negro y buscó refugio en los brazos de Rita, su amiga inseparable. Al día siguiente, cuando salió de su casa para caminar las pocas cuadras que la separaban de la biblioteca lo vio parado en la acera del frente. Él caminó por esa acera sin desviarse, después de darle los buenos días,  y ella sintió que las piernas le flaqueaban pero caminó por la otra acera  después de responderle los buenos días. Lo mismo sucedió a la salida del mediodía, al regreso a la oficina de las dos de la tarde y a la salida de las seis. Lo mismo sucedió al día siguiente y al otro día y al otro día también. Ninguno de los dos recuerda cuantos días caminaron cada uno por su acera, ella sin mirarlo a él, él sin quitarle la vista a ella; un día el cruzó la acera al llegar a la esquina de la casa de ella y ella supo que lo hacía por amor. Entonces le dio gracias a Dios y supo lo que amar a un hombre significaba en esa Mérida casi rural de 1956 en la que a ella, siendo tan blanca y tan linda, le tocaba renunciar a pretendientes y novios en la puerta del altar y enfrentar las iras de Doña Josefa, la madre empeñada en casarla con un hombre de bien y de posibles, que fuera tan blanco como ella. Doña Josefa, la madre que se rindió a los encantos de él después de un par de desplantes y bofetadas.
Ella, que si por ponerle adjetivos, daría mucho de sí, era una bella mujer. Muy a su modo. No tenía la belleza voluptuosa que llegaba en las revistas de moda y en las películas mexicanas que veían en el Cinelandia pero tenía una cara de concurso a la que no le faltaban ojos. Los suyos, del exacto color de las esmeraldas, muy miopes y distraídos, eran alegres adornos en un rostro cuyo único defecto imperceptible era una nariz un poco ancha para su gusto. Diminuta y simpática, estaba llena de gracias, como un Ave María; aunque le tenía miedo a todo de manera casi incomprensible.  No parecían predestinados y aun así,  ella lo amó como solo se ama en los cuentos y el la amó con unas ganas locas de comprenderla y reconocerse a sí mismo en esos otros ojos hermosos que le miraban. 
Hoy hace 59 años se casaron. El mismo día del cumpleaños del padre de él. Un hombre de modales  principescos venido de Choroní, con más historia que más nadie.  Fue una celebración feliz, de tan buenos augurios que,  posiblemente esa misma noche, engendraron al mayor de los hijos nacido 9 meses exactos después;  pero no fue duradera. El matrimonio para el que ella casi se queda sin vestido y en el que él  se negó a repetir una oración por considerarse, como nadie, digno de entrar a  la casa de Dios, terminó menos de diez años después en un estrepitoso divorcio que amenazó con acabar las fuerzas de ella y la buena cabeza de él; pero, no pudo acabar con el lazo indestructible de la vida en común; perdonado algunos años más tarde, él fue recibido en su vida de divorciada  con pudor y comedimiento y juntos construyeron una familia en la que siempre hubo una tercera mujer. Ella aceptó y trató con cariño a casi todas, menos a la que le había torcido el destino y se dedicó a amarlo porque lo había jurado ante Dios un día como hoy en una iglesia de Valencia.
Muchos años después, Papá y Mamá me llamaron el mismo día para darme la misma mala noticia: Papa había recibido un diagnóstico de cáncer. Ella lo explicó con la tristeza irremediable de los malos augurios y él con el optimismo irrenunciable de quien se sabe tocado por la muerte. Entonces, Mamá decidió ocuparse de ayudarlo a bien morir, tanto como pudo y Papá a aceptar su destino, con tan buen talante como pudo, aunque fue un pésimo enfermo. A él lo amaba otra y ella lo aceptó a regañadientes, estando presente tanto como se lo permitió la vida. Un 18 de abril, fue mi madre la que me llamó a las siete de la mañana para decirme que el momento para el que nunca nos habíamos preparado estaba a punto de llegar y que mi padre no sobreviviría el mediodía. Fue un día aciago para todos; pero, sobre todo para ella. Ella le rezó, le lloró y lo acompañó a despedirse para siempre de este mundo.
Un mes más tarde, fue otra llamada de mamá lo que me hizo ver que su mente, frágil y golpeada, no había resistido el zarpazo final de la vida. Entonces, juntos, los hijos de aquel hombre que tanto había amado y que había cometido el desliz de dejarla sola, tal vez para que ese amor no  viviera el desconsuelo de su desmemoria,  la acompañamos también en su despedida, ocurrida cuando, tal vez, las flores en la tumba de él aun estaban frescas.
Hasta que la muerte los separe, debe haberles dicho el cura aquel 8 de febrero de 1958 del que hoy hacen 59 años; pero, la muerte es una cosa terriblemente caprichosa que prefirió otro destino. De esa promesa inquebrantada se cumple hoy un nuevo año que celebro porque de ellos dos, obtuve lo que soy: la mitad exacta de lo mejor de cada uno.  Si hay que creer en la vida eterna, Celina y Cheo deben estar cantándole cumpleaños a Don Juan,  mirándose de nuevo,  con los ojos más bellos de este mundo.

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