sábado, 17 de septiembre de 2016

Ellos se llevan a Johnny...

Está convencido que la primera decisión más afortunada que tomó en su vida fue reunir cada centavo que llegaba a sus manos para comprar un teléfono inteligente; la segunda, inscribirse en aquel curso de computación que dictaba, gratis, los sábados en la mañana, un sacristán de pueblo en el salón de una iglesia y la tercera, haberse propuesto obtener, entre varios postulantes, un puesto para el programa de intercambio de voluntarios que la Alianza Francesa patrocina cada año para la Casa Hogar Tachirense en que vivió casi toda su infancia y adolescencia. Fueron decisiones de su voluntad en las que intervino su buen juicio y su tozudez. Son las decisiones que hoy lo tienen con un pie en el aeropuerto de Fiumicino, aunque ese no haya sido un propósito firme desde el principio. Recién cumplidos 24 años, Johnny se va del país, seguro de que muy probablemente nunca más regrese a vivir acá, aunque eso signifique dejar en el campo a su mamá, acompañada de una prima que es, más o menos, su hermana; toda la familia que conoce.
-          Apenas estoy terminando de tramitar el permiso de residencia, que es una cosa muy complicada, tan pronto como salga (me avisan en quince días) entonces preparo todo para irme. Ya tengo el boleto y todo lo demás arreglado. Me lo arreglaron ellos.
Ellos. El pronombre personal se le escapa muchas veces en la conversación;  ellos, son los autores de su plan, los destinatarios de su aventura y los protagonistas de su decisión. Ellos son sus amigos. Los amigos que hizo en Europa cuando, después de grandes esfuerzos, obtuvo un cupo en el programa de la Alianza Francesa, para pasar seis meses viviendo y trabajando como voluntario en Niza, la hermosa ciudad costera de lo que en el gran mundo se conoce como Costa Azul, un rinconcito de mediterráneo que es como la guinda del postre que es Francia. Johnny destacó en su desempeño; pero, sobre todo, Johnny destacó en sus relaciones públicas. Por eso fue tan importante tener un teléfono inteligente, para cultivar unos amigos que, dos años más tarde, le resolvieron la vida el día que contó parte de las iniquidades que vive un campesino negro y sin estudios superiores, en un país barrido por la barbarie. Ellos, intrigados por lo que publica la prensa extranjera, empezaron el interrogatorio y él, con el machucado francés que pudo aprender en esos seis meses, fue respondiendo. Una muchacha portuguesa, entonces,  hizo la gran pregunta:
-          ¿Tú que sabes hacer?
-          ¿Cómo? ¿de trabajo?
-          Si, de trabajo, claro… ¿en que trabajas tú?
-          Yo trabajo en el campo, atendiendo unas tierritas que tiene mi mamá cerca de Peribeca
-          Ok…pero, ¿solo eso?
-        Bueno, a mi me gusta mucho el fútbol y eso, cada vez que puedo, juego y enseño a los muchachos a jugar
-        ¿Eres bueno en eso?
-         Pues, malo no soy, y como siempre he vivido con niños, se me da bien enseñar
-         OK
Una semana más tarde, el chat habilitó una sesión de emergencia para enseñarlo a llenar una solicitud de trabajo en una escuela Italiana bilingüe de futbol que necesitaba gente con el exacto perfil de Johnny. La amiga portuguesa había hecho la investigación por él, sin decirle nada.  Johnny se sentó en una computadora, manejada diestramente por pura curiosidad y con la ayuda de ellos, hizo una solicitud que celebraron con alegría todos los que, casi a diario, se turnan en sus extraños horarios para saludarse en un grupo Whatsapp inventado un día aburrido de Niza.
Es verdad.  Johnny es buen jugador de futbol. No es una estrella como para engrosar la nomina de la Vino Tinto, pero “malo no es”, además, también es verdad que se le da bien enseñarle a  niños los trucos de la cancha y la pelota, por pura intuición. Johnny fue uno de esos niños a quienes planes gubernamentales llaman “en situación de riesgo”, pero tuvo la suerte de haber tropezado en su vida, con unas monjas generosas que se ocupan precisamente de hacer menos patente el riesgo.  Con ellas vivió, se alimentó, se educó y aprendió algunas cositas importantes sobre la vida; con ellas permaneció cuando,  superado en la edad reglamentaria - y sin tener mucho de donde escoger - tendría que haberse ido a patear mundo. Él optó por ayudar en todo lo que pudiera, destacándose en eso como uno de los mejores y su premio fue un viaje a Francia para el que parecía predestinado, seguro de regresar a ocuparse del campo donde Eloina, la madre insigne, batalla el diario para ella y sus dos muchachos. Es inevitable el lugar común: si se lo hubieran contado…
La amiga portuguesa fue la que advirtió las dificultades de la oferta futbolera;  en caso de ser seleccionado, el escasísimo sueldo que ofrecen a quien se atreva a postularse no alcanza ni para comenzar; pero, ese es el precio que hay que pagar por los papeles. Se ocupó de urdir un plan complementario de sobrevivencia: encargada de un restaurante en el centro de Nápoles con buenas propinas y sueldo mucho más decente que el de la escuela de futbol, un día le preguntó si estaría dispuesto a comenzar desde abajo, a él, que lo único que ha hecho en su vida ha sido comenzar desde abajo. Respondió que si, por supuesto, y ella se ocupó de lo demás. Cuando aterrice en Nápoles, Johnny tiene asegurado un puesto como busboy en el restaurante de la muchacha portuguesa. Ellos, otra vez aparecen, se ocuparon además de solventar trámites burocráticos (asunto peliagudo en la calamitosa Europa de refugiados y balseros) y de pensar, entre todos,  como resolver el tema de la vivienda. Otra de las amigas ofreció casa gratis por tres meses, durante los que dormirá en el sofá que está puesto (él vio las fotos con alegría) debajo de una escalera, creando un espacio abuhardillado que para él, conocedor de todas las carencias, es una suite que enseña con orgullo. Pasados los tres meses (él cree que sucederá antes) tendrá que empezar a pagar una parte de la renta (en el apartamentico de las afueras de Nápoles viven 3 personas) o buscarse la vida. El está perfectamente de acuerdo. Sabe que podrá hacerlo, o por lo menos, lo intuye. Ellos compraron el boleto, - fue una ganga, tan solo costó 600 euros – ellos pagaron la multa por tener que cambiar la fecha de salida debido a inexperiencia en el cálculo de tiempos oficiales y ellos decidieron, entre todos, que ese boleto es un regalo. Él quiere pagárselo al que lo compró (a quien reconoce como uno de sus mejores amigos) pero, de eso ni se habla. Ellos lo que quieren es que se reúna con ellos en Europa pronto y se olvide de sus calamidades.
El 14 de diciembre es su fecha de salida. Entre sus pocos amigos de aquí, la venta de las hortalizas que cultiva – que le tienen las manos destrozadas – y la ayuda de gente que también quiere verlo fuera de la miseria, ha reunido mil euros y un único equipo de ropa de invierno.  Johnny tiene el carácter cerrero de los andinos y la poca expresividad del campesino; por más que alguien lo intente, no logra sacarle una palabra sobre lo que significa dejar a su mamá o dejar su campo; solo habla de ellos y de su proyecto, entrena duramente todos los días en una rutina autoimpuesta, revisa cuanto puede la internet para aprender cosas de su nuevo país y estudia italiano los sábados con el mismo interés que un día le puso a la computación; pero, si por algún designio del destino “la cosa se cae” sabe que cuenta con ellos para intentarlo de nuevo, empezando de cero. Su piel oscura, su rostro buenmozo, su cuerpo curtido y macizo, su acento campesino y cerrero saben que llegó el momento. Lo que piensen los demás no importa. Ellos están a un whatsapp de distancia. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Un año después, quince años



Llegamos al hotel cerca de las 3 de la tarde. El clima plácido de un otoño especialmente benigno alegró el trayecto desde Newark hasta la estación de la calle 34, debajo de Macy´s. Daniel, en su vida, había ido una sola vez a New York, yo había vivido allí un par de años a principio de los 90's; recordaba (recuerdo vívidamente) el olor de la ciudad que tanto me gusta e insistí en salir un momento a la superficie, a pesar de las maletas, a disfrutarlo de nuevo. Es un olor imposible de describir, imposible de envasar e imposible de olvidar, es Manhattan en su estado más puro, el de los sentidos. Daniel, incapaz de entender mi corazón sobresaltado, me urgió a cumplir mi rito sensorial y regresar al metro; pero, en el último segundo decidió arrastrar su maleta y acompañarme. Salimos, alborozados, por la boca de la estación que da al Madison Square Garden, escenario mítico en el que una noche del 4,30 me vacilé incrédulo a Donna Summer,  Live and More y enfrentamos la calle. Una rara sensación nos plantó en el sitio, Daniel lo notó antes que yo y solo lo advirtió con un gesto de su cara; yo, con voltearme apresurado y regresar, hablando sin parar, al subterráneo, buscando con rapidez el tren que nos llevaba al hotel. En ese trayecto, extrañamente sobrecogidos, hablamos lo indispensable. Bajamos en Wall Street, con seguridad de baquianos y emprendimos camino, con el ánimo compuesto, hacia el lugar en que nos alojaríamos. Nos registramos al llegar, nos asignaron la habitación 908 y nos indicaron el ascensor. Daniel tomó las riendas, abrió la puerta de la habitación con un solo movimiento, entró las dos maletas, encendió las luces y se aseguró de escoger la cama de la izquierda. Yo caminé resueltamente hacia la ventana, de un solo golpe descorrí las pesadas cortinas dejando entrar la luz del temprano atardecer de otoño. Miré al frente primero, una ausencia me hizo desconocido el paisaje; entonces, mire hacia abajo. El peso monstruoso de la tragedia hirió mis ojos. Incapaz de contener las lágrimas me desplomé sobre la alfombra cerrando con rabia la cortina. Daniel vino hasta mí y se estremeció con la visión. Bajo nuestra ventana, la fosa abierta de September Eleven, ensuciaba el paisaje. Pasó sus brazos sobre mis hombros
- Disculpa, yo no sabía que estaríamos tan cerca.
Habían transcurrido 13 meses del fatídico día del que hoy se cumplen 15 años. Tres aviones comerciales, secuestrados en pleno vuelo, habían sido obligados a estrellarse, dos contra las torres gemelas del World Trade Center, corazón financiero de New York y uno contra el Pentágono, sede administrativa de las fuerzas armadas del país más poderoso del mundo, dejando tras de sí una cifra relativamente imprecisa de muertos y desaparecidos que ronda tres mil y pico de víctimas. Nosotros, que creíamos un deber la solidaridad con el país que nos había acogido como inmigrantes, decidimos que ya era hora de montarse en la ola de no abandonar la ciudad ultrajada, haciendo realidad un viaje planeado con dos años de anterioridad, sin suponer que al hacerlo, tendríamos que vivir, él, un horror luctuoso que se respiraba en cada esquina y yo, el dolor indescriptible de un paisaje borrado para siempre, en nombre de un dios desconocido.
Unos años antes, había vivido en las cercanías del WTC, a excepción de unos meses que viví, gracias a una buena amiga, en lo más upper del upper Manhattan donde República Dominicana se encuentra con Varsovia, esa era mi zona. El sur de la ciudad, en ese entonces, era muy barato y resultaba relativamente fácil hacerse de un pedacito a walking distance de ese espacio rotundamente neoyorquino que era el World Trade Center, con su parque de esculturas, las dos inmensas torres gemelas, los edificios más bajos alrededor y la estupenda caminería al borde del Rio Hudson a la que solía ir a estudiar cualquier día y los domingos antes de meterme a misa en la vecina Trinity Church (una de las iglesias más bonitas de Manhattan, sobreviviente de la catástrofe) Súbitamente, ese espacio que había sido tan mío, estaba borrado; en su lugar, un enorme hueco en el que, según decían, cada cierto tiempo aparecían osamentas, era visible desde cualquier punto vecino; pero, sobre todo desde la ventana de mi habitación de hotel, ventana que se mantuvo cerrada casi todo el tiempo, hotel que se convirtió en escondite de un dolor que nos negábamos vivir. El once de septiembre del año anterior, yo estaba regresando del gimnasio a darme un baño y por costumbre, encendí el televisor mientras me quitaba la ropa; alcancé a medio ver el primer avión estrellarse contra la torre y no atiné a comprender lo que ocurría. Me envolví en una toalla y bajé al televisor del estudio donde mi amiga Ligimax Melchor, entonces de visita, daba voces de alarma. No capté la inmensidad de la tragedia y resolví meterme al baño. Cuando salí de la ducha, desnudo, comprendí - en un segundo - que el mundo acababa de cambiar para siempre. Fue la primera vez en mis años en "América" que escuche ruidos en la calle y sentí miedo. Mucho miedo.
Así como había sucedido 13 meses antes, Daniel, entonces destacado en un campo petrolero norteamericano cercano a Afganistán, se tomó el tiempo que sabía yo necesitaba para enfrentar la realidad que me dolía tanto. Así como 13 meses antes, había hecho maromas para comunicarse conmigo desde un bunker desconocido impermeable a la inseguridad de los sentimientos; en ese viaje, ambos tardamos lo nuestro en acercarnos a la fosa conocida como Ground Zero. La circunvalábamos, salíamos del hotel sin atrevernos a mirar hacia atrás, protegidos por la ya restituida amabilidad del bonito sector de Manhattan en que estábamos. Un día, desperté muy temprano y antes de bañarme, envuelto como entonces en una toalla, volví a la ventana, la abrí. Largamente miré la devastación, los obreros que empezaban a llegar, las flores secas y las flores frescas que se amontonaban en algún lugar de los alrededores. Lo que quedaba.
Daniel se despertó y se paró junto a mí,
- Que horror ¿no?
- Horrible, ¿cómo pudo haber pasado?
- El calor - dijo el ingeniero mirando al vacío, buscando una forma de consuelo - el calor; al incendiarse las paredes, después del estallido inicial que fue como una bomba nuclear, aquello cogió una temperatura tan alta que derritió el acero de las vigas. La torre se partió en dos...-
- ¿Vamos? -
- Vamos...ve a arreglarte –
Poco después, en silencio, ambos limpiábamos las lágrimas de nuestros ojos, mientras escudriñábamos los escombros tratando en vano de encontrarle sentido a tanta vida truncada. Las imágenes, muchas veces vistas en la tele, se sucedían, los cuerpos que caían al vacío impulsados por la desesperación, el golpe de la torre al caer, los millones y millones de papelitos que, cayendo de las alturas, cubrieron kilómetros. La estampida humana buscando supervivencia. El horror.
Entonces comprendimos que no veríamos con nuestros ojos el final de esa guerra y sentimos miedo. Caminé hasta una plaza cercana convertida en mausoleo improvisado y compre dos bagels y dos vasos humeantes de apple cider. Vine hasta él y le ofreci uno de cada. Sonreimos. Abrazados echamos a andar hacia el futuro.
Catorce años después, seguimos pensando que nunca veremos el final de esa guerra, pero hemos aprendido a no descorrer cortinas de golpe y, quizás, a no desplomarnos, si al hacerlo la realidad golpea y nos arrincona.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La Toma, en primera persona...


Quienes más me conocen saben que el mejor regalo que puedo recibir una mañana cualquiera, es un ratico más en la cama. No me gusta levantarme temprano; aunque el peso de los años me impide dormir hasta más allá de las seis de la mañana, ese pedacito de tiempo en que el ronroneo de sabanas y cobijas me arrulla, solo lo sacrifico a dos cosas: la inminencia de un aeropuerto o la de un gran momento. La segunda se correspondía con ayer, 1 de setiembre. Vine a Caracas a estar en la marcha, sabiendo desde el principio que esta vez, en lugar de escuchar la historia, iba a vivirla. Solo esa convicción me sacó de la cama antes del primer timbre del despertador, con el tiempo justo para "acicalarme con calma" como dice, en tono de burla, mi amiga Albor.
Amaneció temprano, una de esas mañanas frescas caraqueñas que seguramente son la causa del remoquete de  "ciudad de la eterna primavera" con que se le llama. Amaneció, además, bonito; amaneció luminoso, probablemente por eso, a las 6 y media de la mañana calzaba mis zapatos "de marcha" y salía de casa a conseguirme con mi "escuadra de seguridad" (causa asombro los nombres con que la logística bautiza a los amigos) Tenia que atravesar Caracas y no tenía idea de cómo hacerlo, acostumbrado a utilizar un servicio de transporte público (Metro) que no estaba disponible. Después de un buen rato de espera logré un autobús en el que conseguí la primera sorpresa, bajando de Baruta y sus barrios aledaños, por lo menos 50 de las 70 personas que Iban a bordo, llevaban camiseta blanca, gorra (muchas tricolor) y botella de agua en la mano. Uniforme indiscutible de marcha.
Después de un buen desayuno en casa de mis amigos, a donde llegue cruzando una ciudad alborozada inusualmente para esa hora, caminamos las tres cuadras que nos separaban de nuestro punto de concentración, el edificio Parque Cristal de Los Palos Grandes. Eran las 9 y 30 de la mañana; la cantidad de gente no cabía en los ojos. Hacia Chacaíto y hacia El Marques, los dos extremos de la Avenida Francisco de Miranda, las personas se amontonaban, en la mejor actitud.  Se amontonaban, también,  las voces, las pancartas y el hartazgo.  Se amontonaba también la indignación, la multiplicidad, lo que somos y nos hace grandes. Se amontonaba la inmensa diversidad que llamamos gentilicio.
Entonces tuve una epifanía, tímida y quizás poco importante, más allá de cualquier resultado, estaba por comenzar el más importante, serio, grave y mayor acto de repudio que la dictadura revolucionaria bolivariana ha tenido que enfrentar desde que existe; eso logró que me diera por bien servido.
No voy a describir la marcha, básicamente porque no es buen ejercicio de objetividad describir emociones; también porque, literalmente, una imagen vale mas que mil palabras, e imágenes han habido millones; pero, además, porque ese acto espontaneo de civismo ciudadano solo pude entenderlo una vez que regresé a casa y tal vez continúe dejando secuelas de comprensión. Mientras caminaba, saludando viejos conocidos, abrazando amigos, buscando agua y chucherías con que mantener el buen ánimo y escudriñando lo que sucedía en esas cuadras bordeadas por la extraña mezcla de estilos arquitectónicos que es Caracas, empecé a darme cuenta que escuchar conversaciones es una de las cosas que mejor sirve a quien siempre va a querer contar el cuento; eso fue lo que hice. Y eso, lo que me dio la seguridad de apreciar lo que estaba viviendo.
-          - No vale, ya ellos tuvieron su oportunidad de hacer las cosas bien hechas - dijo a mi lado una señora de unos 70 años, mientras grababa en video lo que iba pasando a su lado - lo que tienen que hacer ahora es irse…-
-          - ¿Tú crees que habrá revocatorio? respondió una de sus compañeras
-         -  Tiene que haberlo, porque si no, los vamos a sacar de cualquier modo
Ese simple intercambio de frases que sonaban a lugar común, validó mi epifanía. Esa gran concentración, esa gran marcha que a esa hora, pasado el mediodía, copaba por cientos de miles las avenidas emblemáticas de Caracas y de toda Venezuela (fotografías de todos los rincones del país lo demuestran) había superado la exigencia de un proceso formal de revocatorio,  para convertirse en un acto revocatorio en sí misma, que ante la ineficiencia de un poder electoral entrampado en la complacencia infame, necesitaba expresar su repudio a la dictadura, sin darle otra oportunidad.  Ya, a esa hora, ni siquiera un milagro en forma de abastecimiento, una nueva dádiva, un cambio efectivo de rumbo hubiese salvado al régimen. Millones de venezolanos en todo el país, estaban pidiendo, no por acción de un liderazgo - cuya función admirable fue convocar la fuerza preservando la vida – el fin de una era llena de dolor y penurias, el restablecimiento de una ciudadanía perdida. No hacía falta nada más. Aunque no hubiese habido discursos, (que los hubo y fueron buenos) ni momentos de reflexión (que también estuvieron, acompañados de un Gloria al Bravo Pueblo que sonó a canción bonita) esa concentración mayoritaria de venezolanos procedentes de todos los estados del país, logró con creces el propósito que estuvo claro desde el día mismo en que fue convocada: ponernos en evidencia como fuerza mayoritaria. Contarnos, aunque sea solo por encima, como gente dispuesta a echarle un pulso a quienes pretenden ignorarnos. Eso logro se evidenció desde el minuto cero, lo demás, me perdonan el inciso personal, salió sobrando.
Salimos de la Francisco de Miranda cerca de la una y media de la tarde, adoloridos los pies, rebosante de alegría el corazón y nos fuimos a almorzar; entonces empezamos a escudriñar las redes y enfrentar, con estupor,  nuestra infinita capacidad de auto sabotaje: una tendencia creciente de “opositores” maldecían los líderes que los habían convocado a desafiar todo tipo de obstáculos para estar en Caracas el 1 de septiembre. Maldecían la agenda de acciones - claramente explicada - que empezaba a plantearse en ese momento. Maldecía su presencia en el acto más importante contra la dictadura que se ha realizado en Venezuela. Tanta maldición encontró eco en una mitad aproximada de personas que ofrecían la contraparte. Polarizados, perdíamos la oportunidad de celebrar un éxito que nos pertenece a todos y que tuvo un final esplendido en el inmenso cacerolazo que resonó, tal como se había pedido, bajo el aguacero enorme de las 8 de la noche.
Fue allí cuando comprendí que no basta con tener la certeza de estar cerca del fin y sentirse satisfecho de un gentilicio dispuesto a hacer historia (la marcha fue considerada por observadores internacionales la segunda más grande del mundo) que poner deber cumplido donde casi siempre se ponen muertos, no es suficiente. Luché contra el sabor amargo en la boca de mis sobrinos, atropellados en su esperanza por la impaciente juventud, “pues aquí no se logró nada” (espero con fe que hayan comprendido su error pues son mis interlocutores favoritos) y me enfrenté a voces agoreras, irrespetuosas de un discurso de libertad democrática en el que creo firmemente.
Fue así como comprendí, que lo mejor que podemos hacer es empezar a enseñar que ser parte de la solución significa no agrandar el problema, aunque por ahora, y bajo la sombra de un régimen de oprobios, tal simple asentimiento no parece tener cabida en la mente de muchos venezolanos. Me fui a dormir tranquilo, no obstante, porque no estoy dispuesto a permitir que me dañen la alegría de saberme conectado con la íntima certeza de un final cantado por millones de pasos.
Se muy bien que amanecerá y veremos…

martes, 30 de agosto de 2016

Gente de todos los caminos



En el grupo de Whatsap de los ex alumnos del Colegio, Pedro escribió un mensaje informando que salía para Caracas, con la intención de participar en la Marcha del 1ero de Septiembre. Que se iba el sábado anterior para evitar inconvenientes en el camino, como que lo detuvieran en alguna alcabala cercana (algo que seguramente sucederá a muchos) Que iba solo, que podía llevar tres personas más, “hasta cuatro si se aprietan” y que en casa de su prima en La Castellana, podían dormir todos  - “hacemos una vaca para comprar comida porque la cosa está fea allá también, pero mi prima dice que nos acomoda” -  y que esperaba respuesta. Después escribió un lacónico  - “anímense” - Media hora más tarde, cuatro compañeros de los buenos viejos tiempos habían reservado un cupo en el auto de Pedro. Dos horas más tarde, German, Andreina, Maritza y Susana estaban ofreciendo sus carros y preguntando por alojamiento para los que iban. A esa iniciativa se sumaron un par de primos de Susana, los dos hijos de German, los tres hermanos de Andreina y sus esposas. Al día siguiente, el Whatsapp del grupo de ex alumnos del Colegio reventaba de mensajes. El sábado pasado, a las 8 de la mañana, sin pintas en los autos, sin gorras, sin banderas en las ventanas, 16 automóviles de ex compañeros de bachillerato, salieron para Caracas. No iban en Caravana, pero fueron monitoreándose unos a otros en el camino. El viaje fue divertido, sobre todo, porque sin proponérselo, improvisaron un reencuentro en el famoso restaurante de Carne en Vara que está por San Carlos, donde comieron y recordaron los viajes de muchachos. Llegaron a Caracas en el tiempo previsto y se alojaron, gracias a la camaradería de muchos en casas de “amigos de los amigos de mis primos” solidariamente dispuestas para recibirlos. Desde entonces se han dedicado a prepararse para la marcha.
La familia Rivas Dávila, (apellidos de prócer de independencia con el que se dan lustre muy en broma) es larga, ancha y unida. Esta regada por toda Venezuela. Pocos de los chamos de última generación estudian fuera del país; los más, son alumnos regulares de cualquiera de nuestras universidades públicas, mientras sus padres hacen maromas para mantener la casa a flote. El domingo hace una semana, que el mayor de los hermanos hizo el último arreglo para lo que ha sido su tarea en las últimas dos semanas, procurarles un puesto en la Toma de Caracas a todos los miembros de su familia. Este domingo, sin excepción, sin escándalo, sin ni siquiera un tweet que los delate, los Rivas Dávila más cercanos a Caracas, emprendieron viaje a la capital para preparar los alojamientos de sus hermanos, sobrinos, primos y tíos, en viaje desde primerísimas horas de un domingo luminoso. Todos (son más de 60) se repartieron en los autos disponibles (menos de los que hubiesen querido por aquello de los repuestos que no se consiguen y del precio de los cauchos) Los de Mérida alquilaron un ENCAVA en el que se apretujaron sin protesta y los de oriente, decidieron hacer en autobús publico las siete horas que los separan de Caracas. El lunes a primera hora, la alegría del reencuentro familiar acabo con los temores de quienes serían sus anfitriones. De las maletas, milagrosamente, salieron harinas y salsas brasileras, pasta colombiana, jabón ecuatoriano y menudencias varias (seis panes tovareños que uno de los chamos consiguió en la carretera y protegió con su vida, hicieron de lujo el primer desayuno). Todos duermen donde y como pueden, convencidos de que la causa lo vale. Desde el lunes se han dedicado a preparase para la marcha.
En Mérida, la Doctora Suesgull, imposibilitada de viajar por razones estrictamente “de fuerza mayor” ha avisado a sus pacientes que ni siquiera en emergencia pueden llamarla. Que su única emergencia es el país que la acogió a ella y su familia, expatriados croatas, hace un montón de años. Que ella está en planes de paro cívico y pancarta. Que el jueves, no estará para nadie, ni para el parto más preparado que haya pasado por sus prodigiosas manos.
Magda y Carlos, ella en Margarita y él en Trujillo, tienen mucho rato hablando por Skype del video de su vida. Un proyecto en el que han puesto empeño tan grande que si no se ganan un Oscar es porque “videoclip” no figura en los renglones que premia la academia Norteamericana. Se han mostrado millones de fotos de locaciones, han cotejado mil versiones de un guion que no parece estar listo nunca, han hecho y deshecho presupuestos y han extendido la fecha de rodaje muchas veces. Nunca se han reunido personalmente, más que una vez en Margarita en que él fue a visitarla y ella le contó su plan secreto, el video LGBT más LGBT jamás grabado.  El viernes Carlos la llamó para decirle que se vieran en Caracas, trabajaran unos días en los toques finales del video, decidieran las fechas de grabación y “de una vez aprovechamos de ir a la marcha”. Esta mañana, con una hora de diferencia, los aviones en que ambos viajaban, aterrizaron en Maiquetía; primero Carlos, que había tenido que venir a Mérida por cosas de familia y después Magda que siempre tiene el bronceado a punto de los que viven en la Isla. El papá de Carlos, pensando equivocado en otras cosas, le dio la plata para un hotel, sin estrellas, en la Plaza Venezuela y los dos amigos están encerrados en una habitación preparando los detalles finales de su video y su participación en la marcha.
Todos ellos se sumarán al 71% de caraqueños que, se espera, salgan a las calles este jueves 1 de septiembre a la Toma de Caracas, ciudad en la que se respira ambiente de reto. Ya el gobierno anunció el cierre de 14 estaciones de metro y cerró el espacio aéreo de la capital. Ayer, un ex líder estudiantil de la más alta prosapia fue detenido, sin mayor explicación, la gente empieza a preguntarse si el miedo tiene sentido. Sospechan que no habrá resultados inmediatos y esperan que “algo pase” pero, por cualquier lugar que uno camine, hay mucha gente preparando su participación en la marcha, hablando de valentía y desechando temores inútiles. Hoy una señora me dijo que ir a la marcha era, como votar, una “vaina obligatoria”
Eso debe ser lo que tiene, a los que no van a la marcha, aterrorizados de muerte.

martes, 23 de agosto de 2016

El show olímpico

La fiesta en la Casa de Francia presagiaba diversión y garotas – cosas de Rio, diremos – y las ganas de celebrar, después que se tiene en el pecho una Medalla de Oro, hacían obligante el deseo. Cerca de las dos de la mañana, después de una opípara cena fuera de las instalaciones olímpicas, Ryan Lochte,  Gunnnar Bentz, Jack Conger y Jimmy Feigen llegaron a la fiesta. A pesar de la inmensa cola y de las dificultades para acceder, entraron sin problema alguno - en olor de triunfadores - y se unieron a un sarao, en el que, según todas las lenguas, lo pasaron súper. Comieron, bailaron (bueno, es un decir, lo de bailar a  un gringo puro no se le da, punto) bebieron, se levantaron unas nenas, les metieron mano, bebieron mucho más, volvieron a beber y se fueron casi a las seis de la mañana, en un taxi, rumbo a la villa olímpica. Allí, se tomaron unas fotos frente a los anillos que identifican la urbanización en que se alojan todos los atletas participantes en el evento deportivo y se fueron a dormir. Salvo una gran borrachera, nadie, si es que acaso alguien los vio, notó alguna cosa rara; a pesar del ambiente deportivo y todos los mitos urbanos respecto a eso, dicen las malas (y las buenas) lenguas que, para una buena borrachera y algunas cosas aparentemente desaconsejadas en una gesta deportiva de altura, no había que salir de la villa.
Recuperado de la resaca, o en vías de ello, el más avezado y mayor del grupo, llamó a su madre para saludarla y le contó que había sido víctima de un atraco en una gasolinera de Rio. La señora montó la marimorena, mandando al diablo,  sin saber, el prestigio del equipo olímpico de natación norteamericano. Ryan Lochte, ganador de 12 medallas olímpicas, contó a su madre una mentira, armada a partir de la fama pendenciera de la ciudad sede de las Olimpiadas 2016. Dijo que había sido agredido a punta de pistola por cuatro malandros disfrazados de policías. Nadie sabe por qué lo hizo, o mejor dicho, nadie sabía hasta ese momento, pero; lo hizo.  Contó que había sido atacado y que sus atacantes le habían puesto la pistola en la cabeza. La señora horrorizada, hizo una denuncia que puso la noticia en las primeras planas de todos los periódicos del mundo. “el equipo de natación de Norteamérica, atacado en Rio de Janeiro cuando regresaban de una fiesta” Victimas primeras de una tragedia anunciada. Rio estaba siendo vigilado por más de 80 mil uniformados, debido a ser una de las cinco ciudades más violentas del mundo.
El COI, responsable de la seguridad de los atletas y de todo lo demás exigió inmediatamente una investigación, para la cual era indispensable el testimonio de los agredidos. Pasó lo que suele pasar cuando uno habla en estado de resaca. Lochte, contó una historia distinta (ya no había pistola en la cabeza sino “había sido apuntado”) peor aún, cada uno de los tres nadadores involucrados contó una historia que empezó a llenar de contradicciones la denuncia de la atribulada señora Lochte.  Comenzó entonces la fiscalía de Rio a armar el rompecabezas. Su primer fallo habló entonces de la necesidad de hacer una investigación más profunda y descubrieron el gran show olímpico. El que inventaron cuatro nadadores exitosos, guapos y jóvenes miembros del equipo de natación de Los Estados Unidos de América. El que inventaron cuatro muchachos asustados sin pensar ni por un momento en el daño que estaban haciendo a sus anfitriones.
Lo que en realidad sucedió lo sabe todo el mundo: Lochte y sus amigachos, hicieron que el taxi se detuviera en una gasolinera porque querían orinar y, porque les salió del alma, destrozaron buena parte de la gasolinera. Estaban tan borrachos que el exceso de energía propio de una gran rasca gringa, dio para destruir espejos, vidrios, baños y otras cosas más. También para orinar en la calle simulando ser mangueras surtidoras (no comments) y llamar la atención de la policía, quienes SI, a punto de pistola, lograron calmarlos y devolverlos a cierto estado de normalidad en el que Lochte quiso arreglar las cosas sacando billetes verdes de su cartera. Billetes que, por cierto, no lograron el efecto deseado. Lo siguiente fue convertirse en victimas. Elemental, dear Watson.
Desde el primer día que Rio comenzó su andadura hacia ser sede de las primeras olimpiadas realizadas en Latinoamérica, una de las cosas que jugó en contra de la ciudad fue su notable índice de delincuencia callejera y violencia. Está entre las primeras cinco ciudades más peligrosas del mundo, con un índice promedio de 18 asesinatos por día, los cuales casi nunca se resuelven sentenciando un culpable. Lo más probable es que si usted llega a Rio, llámese Ryan Lochte o Pedro Pérez, a usted lo asalten.  Eso debe haber pensado Lochte cuando se dio cuenta de haber armado el escándalo que armó, asustado, pensando que descubrirían su farra (eso tiene la fama, a uno siempre lo descubren) y que su novia, la súper modelo Kayla Rae, se iba a enterar y enseñar sus malas pulgas.  Lo que Lochte no sabia, o no atinó a pensar (cosas de la caipiriña) es que el gobierno de Rio estaba decidido a no permitirle a esas estadísticas que ensucian tanto el buen  nombre de la ciudad como el de las olimpiadas que se hicieran patentes. Si algo podían tener seguro los atletas participantes en el evento olímpico es que ni un inocente acto de hurto, iría a quedarse impune. Por eso actuaron, y descubrieron todo. Tan solo en tres días, el 17 de agosto,  la fiscalía puso al descubierto el embuste, detuvo a los tres nadadores restantes en el avión en que salían de Rio (y contaron la verdad exacta, pues Lochte ya había regresado a USA, tan pronto obtuvo su única medalla de oro y en vísperas del fallo de la Fiscalía de Rio de Janeiro), retiró sus pasaportes, emitió sentencias, impuso multas y emitió un fallo que dejó al descubierto una patraña, hablando de una grave ofensa.
Bastante mayor era, y es, la ofensa del pueblo carioca. Si algo trajo como consecuencia este desafortunado accidente es que los cariocas se sintieron tan burlados como juzgados, con toda la razón; habían puesto de lado los incontables problemas de un país desbaratándose entre corrupción y malandraje de muchos tipos, para darle la bienvenida a estrellas del deporte mundial en una ciudad en la que el deporte es cosa seria. Pues bien, vino uno de ellos, precisamente, uno de los grandes nombres de la natación mundial, el eterno rival de Michael Phelps, a inventar esta bochornosa historia. A escudar su mala noche en la mala fama de un Rio de Janeiro mas herido por lo que se dice que por lo que se hace.
Mucho se ha dicho después del domingo 21, hasta que se trata de uno de los peores juegos, a nivel organizativo, de la historia. Sin embargo, nada ha hecho tanto daño a quien creyó haberse salido con la suya y al país que representa como el enorme embuste de Ryan Lochte, un nadador que acumula premios, medallas  y reconocimientos al tiempo que pierde apoyo de patrocinantes y crédito de admiradores.  Un portavoz del COI dijo en la televisión que se trataba de una muchachada, que lo mejor era restarle importancia y se encogió de hombros. Lamentablemente para él, de este lado de la pantalla hay quienes tienen suficiente capacidad de juicio. Es cierto, fue una muchachada; el asunto es que la cometió un hombre de 32 años, estrella del deporte mundial, admirado por el mundo entero, que no se ha disculpado suficientemente ante un pueblo que abrió las puertas de su casa y lo invitó a sentarse.

viernes, 19 de agosto de 2016

El pan nuestro de cada día

Es el responsable de abrir cada una de sus cuatro panaderías; lo hace en un recorrido escalonado que comienza a las seis en punto de la mañana, todas las mañanas. Una por una, las panaderías de Pau reciben su personal bendición al amanecer de cada día, con  media hora de diferencia;  a las 8, la última de las “tiendas” como él prefiere llamarlas, empieza a despachar los desayunos de una clientela  perfectamente estudiada, integrada en su mayoría por jubilados, abuelos solitarios que se levantan tarde y caminan lento hasta el pequeño centro comercial, como para enderezar un poco los huesos entumecidos por la noche de escaso sueño que les dejó esperar  hasta las tantas la conexión con Skype para saludar el nieto desperdigado en el mundo.
-                       -   Allí la mayoría son viejitos, bueno…no tanto como ancianos, aunque de esos también hay, pero tú sabes, señoras mayores, simpáticas, que siempre tienen cuentos divertidos de sus descubrimientos tecnológicos y nunca están apuradas. Por eso, la de ahí es la ultima que abre, así no  me meto en problemas con el condominio del centro, además…. - cuenta en un español  impecable al que traiciona el acento catalán de la conversación casera.
Es a esa hora,  y en ese lugar,  donde verdaderamente comienza la jornada de este empresario del pan, como le gusta llamarse, que dice no haber amasado nunca una canilla.
-                -  No, de verdad que no, nunca me ha tocado amasar, ni preparar el producto. Tengo buenos maestros panaderos que se dedican a eso y aunque me ves todo lleno de harina todo el día, la verdad es que eso me pasa porque la cocina de la panadería es muy escandalosa y yo allí si tengo que meterme muchas veces, pero…amasar, lo que se dice amasar, nunca
Quienes lo conocen más, dicen que lo único que ha amasado en su vida es un montón grosero de dinero, que lo ha hecho con pocos escrúpulos y que le da igual su procedencia; aunque nadie ha podido jamás demostrar que esté en malos pasos,  su imagen se perjudicó muchísimo durante el lejano paro petrolero, días en que se dedicó a seguir trabajando diariamente,  a pesar de las voces y los hechos que le pedían detenerse. Dice no ser simpatizante del régimen, tampoco de la oposición. Nunca ha votado, aunque podría hacerlo ya que  tiene cédula y pasaporte venezolano y esquiva graciosamente el tema político cada vez que alguien intenta ponerlo en su mesa. Parte de su trabajo diario es tomar café con los vecinos que acuden a su negocio, hay días en que poco más puede hacer;  a él, el más exitoso empresario panadero de la ciudad, la crisis lo tiene loco. Los bachaqueros también.
Otto, gastó los ahorros de su vida en sus dos únicas pertenencias: un pedazo de tierra en Estanques en el que cultiva lo que puede cultivar, sobre todo maíz y café y una pequeña panadería de barrio para asegurar el sustento de sus dos hijos adolescentes. Trabaja de sol a sol. Es el rey de su urbanización, vende fiado a los vecinos, hace favores, brinda avances de efectivo e intenta surtir sus vacios mostradores con “lo que se consiga en el camino”. Un día tiene pan tovareño a precios de Rolex, otro, paledonias en unos formatos más bien raros,  todos los días, unas pocas – milagrosas - palmeritas tostadas  y algunas canillas encaletadas, para sus mejores clientes;  es decir, para sus mejores vecinos. Lo demás es lo que Dios provea. Pocas veces una sonrisa ha sido tan amable, ha estado tan dispuesta a servir. Otto trae café de su finca para vender a buen precio y, si algún día la señora Magdalena no viene a la panadería a buscar sus dos canillas, él le toca la puerta con más interés en  su bienestar que en los pocos bolívares que Doña Magdalena puede pagar por su pan de cada día.
Hace poco me invitó un refresco. Había mantenido la panadería abierta hasta las seis de la tarde, en un gesto inusual y yo entré a comprar paledonias para el desayuno del fin de semana.
-            -       Pues sí, la harina está apareciendo graneadita, por lo menos puedo hacer canillas para ustedes y a veces hasta alcanza para otras cosas, pero el problema es que lo demás está muy difícil. Ahorita desapareció el azúcar, eso no se consigue y está muy escasa la mantequilla….no, lo que provoca es cerrar, chamo.
-         -      ¿Y si la cosa está tan mal con el pan,  por qué hay tanta gente vendiendo pan en la calle, entonces?
-         -           Porque ese es el negocio de ahora. El último que inventaron
-          -      ¿Bachaqueo de pan?
-      -    Si, pana…Bachaqueo de pan exactamente. No sé quien anda distribuyendo canillas para que las bachaqueen en la calle. Claro, no ves que nosotros en la panadería no podemos venderlo en lo que cuesta, entonces habrán panaderos que buscan ganancias de otra forma…
Lo que cuesta, según la Gaceta Oficial 40.234 de agosto 2015 es siete bolívares. Ese es el precio al que la panadería tendría que vender cada canilla, un precio al que - por cierto - nadie le hace caso, siempre que no exceda demasiado el parámetro, dentro de la panadería. En la calle, una canilla- de muy buena calidad -  puede llegar a costar hasta 260 bs y hay gente que lo paga. La regulación solo cuenta para la canilla y el pan francés (que en la mayoría de las panaderías son pequeños bollitos de harina, dorados y abombados con aire, literalmente) todo lo que no es tal, puede venderse a precio  libre; pero, no hay con que hacerlo. Para nosotros, adictos al pan dulce de toda la vida, la nueva tragedia es que un pancito azucarado recién salido del horno no se consigue, ni por la muerte de un grande.
El negocio del momento, recalca Otto - casi con pruebas en la mano  - es sacar pan, el mismo pan que debería venderse en las panaderías y ponerlo en venta en incontables puestos de venta de pan callejeros,  que empiezan a fundirse con el paisaje de la ciudad, engrosando una buhonería (de productos legales o no) que anuló la necesidad de supermercados o tiendas, a la vista de todos, sin excepción. El pan que en la panadería no pueden despachar dentro de una bolsa, porque “las bolsas no se consiguen” en la calle lo sirven - envuelto en perfectas bolsas de plástico transparente a las que lo único que les falta es una etiqueta con tu nombre -  remata Otto mascullando la rabia que le produce el cuento.
Pau asegura que de su panadería no sale una sola canilla para la calle, que apenas si logra darse abasto con la producción escasa de sus bien pertrechadas tiendas, últimamente transmutadas en suerte de bodegones de exquisiteces caras, que la gente compra porque no le queda más nada que comprar. Ambos, de todos modos, coinciden en afirmar que es verdad. Cuentan los precios insólitos de un saco de harina y los aun peores de un saco de azúcar y justifican el elevado precio del pan (un pan de sándwich mediano cuesta en promedio 2.000 bs) No obstante, se sienten incapaces de ponerle nombre a los responsables de proveerle pan a  quienes lo bachaquean en la calle. Es Pau, el que aventura una hipótesis,
-          -             De donde va a salir pues, de donde sale todo, de la sinvergüencería.
Y uno se queda pensando que hace rato, mucho rato,  fue Dios quien  dejó de darnos el pan nuestro de cada día.

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