viernes, 17 de febrero de 2017

Aunque no sabe qué es, lo que duele no es la vida

Entró al salón, arrastró una silla a la que primero midió con los ojos y se sentó con un poco de dificultad. De su maletín sacó dos frasquitos de vidrio color ámbar y vertió en la tapa de cada cual unos diminutos globulitos blancos, se tomó ambas dosis, sonrió con buen humor, cruzó las piernas y se dedicó a escuchar con atención la charla. A medida que transcurría el tiempo, cruzaba y descruzaba las piernas, hacía círculos con los pies en el aire y muy pocas veces, un gesto de dolor pareció cruzarle la cara. Estaba solo y no hablaba con ninguna de las personas que tenía cerca.  Asentía con la cabeza mientras tomaba notas en una pequeña libreta de resortes apoyada en su muslo derecho. Movía las piernas, como cambiando de posición una y otra vez; pero, ningún otro gesto de su comportamiento era llamativo.
-          Puedo decirte exactamente cuándo y cómo comenzó esta historia y puedo jurar, lo creas o no, que fue en uno de los períodos más felices de mi vida -  Soltó a bocajarro al finalizar la conferencia - Yo llegué a mi oficina, hace unos 30 años, me acomodé en mi escritorio y le comenté a mi secretaria que estaba a punto de comenzar un lumbago, desde entonces nunca he tenido un lumbago verdadero; pero, nunca se me ha quitado el dolor de espalda , ha ido a más –
Es su manera de conseguirle un principio a lo que él llama “la historia del dolor” que según cuenta,  lleva más de la mitad de su vida atormentándolo  – Soy un hombre al que le duele todo. Un hombre cuya primera sensación del día es un dolor en algún sitio y la última es un dolor en un sitio diferente – aun así, explica, duerme  sin ayuda lo más plácidamente posible, cosa que en su caso, parece un contrasentido. Muchísimos médicos sostienen que debería tener trastornos de sueño. Él asegura que no.
-          Me encanta dormir. Es el único momento del día en que no siento dolor. Quizás me evado de mi dolor durmiendo, no lo sé. Es más, en los periodos tristes y difíciles de mi vida, es cuando mejor he dormido. Mi sueño es una maravilla, solo una vez se alteró y necesité pastillas, pero dejé de tomarlas en una semana. Yo no tengo problemas para dormir. Ni siquiera ronco.
Gerardo es un tipo simpático  aunque reservado. Es, como buen andino, un poco desconfiado y siente que no es bueno prodigarse mucho. Tiene como máxima en su vida no hablar de su padecimiento pues no le gustaría contagiar a nadie de su lúgubre sensación de enfermedad y porque sabe, además, que alguien le dará un remedio que el no podrá evitar probar.
-          He tomado de todo. No puedes imaginarte la cantidad de batidos, menjunjes, cataplasmas, gotas, plantas medicinales y etcétera que he consumido a lo largo de mi vida; mi dolor parece refractario a todo. Ahora me dio por la homeopatía pues me parece lo menos experimental de la cosa alternativa, es barata y tiene un cierto nivel de efectividad. Ya ni siquiera los analgésicos me hacen mayor cosa. Aunque me meta un coctel de pastillas, cosa que hago con frecuencia, yo soy un hombre que vive con dolor. Punto. Yo no recuerdo un minuto de mis últimos 20 años sin dolor en alguna parte del cuerpo. Tan sencillo como que no lo recuerdo. ¿Tú sabes que es tremendo, por ejemplo?  tener sexo con dolor;  no, no  hablo de que el acto sexual implique una práctica dolorosa,  no, nada de eso;  es estar ahí, gozando un puyero con alguien y sentir que alguna parte del cuerpo te duele a pesar de lo bien que lo estás pasando….
Es la más gráfica de las explicaciones que da,  mientras intenta conseguir algo para picar que no contenga gluten ni sea lácteo. Dice habérselos arrancado de su dieta aunque le encantan,  pues leyó en alguna parte que existe una relación entre el consumo de gluten, los lácteos y su enfermedad.
-          Fibromialgia, se llama -  Dice con tranquilidad asombrosa  – Fibromialgia –
Repite con la misma naturalidad de quien sabe que es imposible ponerle rabia a ese nombre. Se la diagnosticaron oficialmente hace unos 3 años, aunque él lleva sabiéndolo desde mucho antes. Gerardo es un hombre culto, un lector incansable, un tipo buenmozo, activo y de impecable elegancia al que la enfermedad no parece detener en nada. Lleva la procesión por dentro. Tal vez un reflejo tristón de sus inmensos ojos atigrados sea lo único que lo delata; a veces, Gerardo parece sufrir por un instante un ramalazo de dolor que desaparece casi de forma milagrosa. Es su gran logro. Desde que lucha contra la enfermedad no le permite derribarlo en público: Quizás por eso, ha disminuido su vida social a lo mínimo indispensable. Es rarísimo que salga de noche y es rarísimo verlo de fiesta. Dice que le incomoda mucho saber que disfrutará menos de lo que quisiera un plan cualquiera, pues no sabe a qué nivel de dolor tenga que enfrentarse ese día. Entonces prefiere la casa y la comodidad de su cama,  el sitio en el que pasa la mayor cantidad de horas del día, sin que nadie lo sepa. Su vida, en concesión al dolor – y porque no es un héroe – está llena de discretos silencios e incontables secretos. Por eso debe ser que prefiere vivir solo en medio de una rutina infranqueable a la que le hace pequeñas trampas para sentir que está vivo.
Es un caso de librito: Gerardo junta en un solo diagnóstico dos enfermedades hermanas: Fibromialgia y Síndrome de Piernas Inquietas y está casi seguro que empieza a anidar algún nivel del Síndrome de Fatiga Crónica. Sabe bien que no es la edad (57 años) y en el fondo, un brinco del corazón le avisa  la angustia de pensar que la enfermedad está ganando terreno. No deja de ser irónico,  piensa,  cuando recuerda haber padecido enfermedades serias, haber estado al borde de la muerte y haber superado todo, menos el dolor de vivir con un dolor permanente para el que no hay tratamiento específico, ni explicación lógica, ni esperanza de cura. Mucho peor, para el que no hay conmiseración de género: la fibromialgia solo ataca a un hombre por cada 90 mujeres que la padecen; es decir, él sabe que padece una enfermedad de mujeres que sus amigos hombres no entienden. Con ellos no habla de eso ni aunque se ahogue.
-          Me da rabia cuando lo primero que responden hombres y mujeres,  al enterarse,  es que se trata de una “cosa de los nervios” como si no fuera real -  dice y sus ojos se iluminan por la rabia de la que habla - Es como si fuera menos importante que otra cosa. Creen que uno puede sobreponerse solo, como si fuera debilidad propia. Como si uno no fuera, como los demás, suficientemente fuerte, suficientemente “macho” o suficientemente dueño de sus emociones. Esa es la peor parte.
Tiene razón al lamentarlo.  La mayoría de las personas que alguna vez han escuchado hablar de fibromialgia, inevitablemente la relacionan con algún tipo de trastorno de personalidad e incluso de enfermedad mental. Si bien el tratamiento más usual incluye un antidepresivo y existe la teoría de que los episodios de dolor se agravan en periodos de profundo estrés o angustia, no menos cierto es que se trata de un desorden de tipo neurológico muy probablemente de origen genético cuyas causas se desconocen por completo. Cerca del 5% de la población mundial la padece, muchos sin diagnóstico oficial, la mayoría mujeres de raza blanca mayores de 45 años,  quienes no necesariamente han tenido otras enfermedades graves en su historia clínica. Se relaciona, eso sí, con la Enfermedad Celiaca y el Lupus, pero, sobre todo, se ha considerado por años un proceso somatizante, más que una enfermedad,  cosa con la que Gerardo sencillamente se pelea a muerte.
-          Yo no necesito somatizar nada - dice alzando la voz – yo soy un tipo relativamente feliz. Afectado,  claro está, por el país y sus circunstancias, pero eso no es la causa de mi fibromialgia;  a mí me dio, así como a otras personas les da alergia o asma. A mí me dio esa vaina y listo. Yo no estoy somatizando nada, ni más faltaba…
Hace poco, un nuevo doctor le prescribió un antidepresivo específico llamado CIMBALTA que no se consigue ni bajo las piedras. Es uno de los afortunados que puede por lo menos conseguir Pregabalina regularmente (una droga fundamental para su tratamiento) y se niega a consumir analgésicos más fuertes que acetaminofen o ibuprofeno, la mayor parte de las veces mezclándolos en una única dosis al día, no todos los días. Camina, aunque se trata de un esfuerzo importante que le consume muchísima energía y se consuela con formulas de auto engaño, dice tener un umbral de dolor muy alto y juega con globulitos homeopáticos como por no dejar.  Todo lo demás  lo vive en silencio.
Sabe perfectamente que el suyo es un caso perdido, que nunca más sabrá lo que es un día sin dolor y no se queja. Hace algunos años aprendió a conjurar las migrañas asociadas y ya no las padece, pues sabe detenerlas a tiempo. Piensa que podrá hacer lo mismo cuando esto se ponga peor. Sin embargo, en la soledad de su apartamento, antes de dormir,  suele sentir el escalofrío de imaginarse en la vejez impedido por una enfermedad de la que se sabe muy poco; entonces,  se duerme pensando en París y en sueños se ve con unas alas que desconoce. Después de todo, sabe también, que el amanecer traerá, junto a la luz del sol, la revisión de su nivel de dolor y un deseo: que no sea tan grave como para poder soportarlo sin tomar pastillas. Ya no le pide nada mas a la vida, él se acostumbró a resolver el resto y a vivirlo hacia adentro. Sin que se note. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Los ojos mas bellos de este mundo

Alguien contó una vez que ella, bonita y dicharachera, salió de su trabajo en la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes - cuando quedaba en el edificio del Rectorado, a la entrada, a la izquierda - y que él, que la estaba cazando desde hacía meses,  venia coincidencialmente entrando con una calavera en la mano. Que él se la lanzó a ella y que ella solo atinó a ver un cráneo humano que volaba por los aires en dirección a ella. Que ella se desmayó de la impresión y que él tuvo un instante de gloria para recogerla en su regazo y reanimarla. Que las amigas, impactadas por la ocurrencia,  reían discretamente la gracia del desmayo posiblemente fingido y la demora de ella en volver en sí. Que finalmente abrió los ojos, que él preguntó – ¿La asusté señorita? -  Y ella respondió - no fue nada bachiller - y que al hacerlo, descubrió los ojos de él. Ella contó más de  una vez, que esos ojos le atravesaron el alma con el lanzazo del amor. Eran los ojos más bellos del mundo.
Él era flaco, elegantoso, alto, con modales arrolladores de margariteño y piel oscura; pero tenía unos ojos irrepetibles: acusadores, brillantes, curiosos, “que hablaban” y ella no pudo darle la bofetada que su atrevimiento merecía. Recomponiéndose en el instante  despertó de su desmayo grabándose para siempre la mirada de ese negro y buscó refugio en los brazos de Rita, su amiga inseparable. Al día siguiente, cuando salió de su casa para caminar las pocas cuadras que la separaban de la biblioteca lo vio parado en la acera del frente. Él caminó por esa acera sin desviarse, después de darle los buenos días,  y ella sintió que las piernas le flaqueaban pero caminó por la otra acera  después de responderle los buenos días. Lo mismo sucedió a la salida del mediodía, al regreso a la oficina de las dos de la tarde y a la salida de las seis. Lo mismo sucedió al día siguiente y al otro día y al otro día también. Ninguno de los dos recuerda cuantos días caminaron cada uno por su acera, ella sin mirarlo a él, él sin quitarle la vista a ella; un día el cruzó la acera al llegar a la esquina de la casa de ella y ella supo que lo hacía por amor. Entonces le dio gracias a Dios y supo lo que amar a un hombre significaba en esa Mérida casi rural de 1956 en la que a ella, siendo tan blanca y tan linda, le tocaba renunciar a pretendientes y novios en la puerta del altar y enfrentar las iras de Doña Josefa, la madre empeñada en casarla con un hombre de bien y de posibles, que fuera tan blanco como ella. Doña Josefa, la madre que se rindió a los encantos de él después de un par de desplantes y bofetadas.
Ella, que si por ponerle adjetivos, daría mucho de sí, era una bella mujer. Muy a su modo. No tenía la belleza voluptuosa que llegaba en las revistas de moda y en las películas mexicanas que veían en el Cinelandia pero tenía una cara de concurso a la que no le faltaban ojos. Los suyos, del exacto color de las esmeraldas, muy miopes y distraídos, eran alegres adornos en un rostro cuyo único defecto imperceptible era una nariz un poco ancha para su gusto. Diminuta y simpática, estaba llena de gracias, como un Ave María; aunque le tenía miedo a todo de manera casi incomprensible.  No parecían predestinados y aun así,  ella lo amó como solo se ama en los cuentos y el la amó con unas ganas locas de comprenderla y reconocerse a sí mismo en esos otros ojos hermosos que le miraban. 
Hoy hace 59 años se casaron. El mismo día del cumpleaños del padre de él. Un hombre de modales  principescos venido de Choroní, con más historia que más nadie.  Fue una celebración feliz, de tan buenos augurios que,  posiblemente esa misma noche, engendraron al mayor de los hijos nacido 9 meses exactos después;  pero no fue duradera. El matrimonio para el que ella casi se queda sin vestido y en el que él  se negó a repetir una oración por considerarse, como nadie, digno de entrar a  la casa de Dios, terminó menos de diez años después en un estrepitoso divorcio que amenazó con acabar las fuerzas de ella y la buena cabeza de él; pero, no pudo acabar con el lazo indestructible de la vida en común; perdonado algunos años más tarde, él fue recibido en su vida de divorciada  con pudor y comedimiento y juntos construyeron una familia en la que siempre hubo una tercera mujer. Ella aceptó y trató con cariño a casi todas, menos a la que le había torcido el destino y se dedicó a amarlo porque lo había jurado ante Dios un día como hoy en una iglesia de Valencia.
Muchos años después, Papá y Mamá me llamaron el mismo día para darme la misma mala noticia: Papa había recibido un diagnóstico de cáncer. Ella lo explicó con la tristeza irremediable de los malos augurios y él con el optimismo irrenunciable de quien se sabe tocado por la muerte. Entonces, Mamá decidió ocuparse de ayudarlo a bien morir, tanto como pudo y Papá a aceptar su destino, con tan buen talante como pudo, aunque fue un pésimo enfermo. A él lo amaba otra y ella lo aceptó a regañadientes, estando presente tanto como se lo permitió la vida. Un 18 de abril, fue mi madre la que me llamó a las siete de la mañana para decirme que el momento para el que nunca nos habíamos preparado estaba a punto de llegar y que mi padre no sobreviviría el mediodía. Fue un día aciago para todos; pero, sobre todo para ella. Ella le rezó, le lloró y lo acompañó a despedirse para siempre de este mundo.
Un mes más tarde, fue otra llamada de mamá lo que me hizo ver que su mente, frágil y golpeada, no había resistido el zarpazo final de la vida. Entonces, juntos, los hijos de aquel hombre que tanto había amado y que había cometido el desliz de dejarla sola, tal vez para que ese amor no  viviera el desconsuelo de su desmemoria,  la acompañamos también en su despedida, ocurrida cuando, tal vez, las flores en la tumba de él aun estaban frescas.
Hasta que la muerte los separe, debe haberles dicho el cura aquel 8 de febrero de 1958 del que hoy hacen 59 años; pero, la muerte es una cosa terriblemente caprichosa que prefirió otro destino. De esa promesa inquebrantada se cumple hoy un nuevo año que celebro porque de ellos dos, obtuve lo que soy: la mitad exacta de lo mejor de cada uno.  Si hay que creer en la vida eterna, Celina y Cheo deben estar cantándole cumpleaños a Don Juan,  mirándose de nuevo,  con los ojos más bellos de este mundo.

martes, 31 de enero de 2017

Hay que protestar aunque cueste perder

Hace seis años, recién egresado de la Universidad de los Andes con un flamante titulo de Politólogo, Oliverio, que nunca fue realmente un estudiante modelo, decidió juntar sus ahorros, aceptar toda la ayuda que su familia pudiera darle e indagar las posibilidades de invertir todo ese dinero en algún negocio que le permitiera mantener a sus dos hijas, sin tener que pedirle nada a nadie. Matatigres por definición, fanático de armar y desarmar todo tipo de automóviles y maestro en el arte de llevar un volante, casi al mismo tiempo  que entró a la facultad empezó a trabajar como “avance” en una buseta que su tío tenia adscrita a una línea interurbana.  Manejar una buseta, para un tipo como él, era como continuar con el juego de camiones que le trajo el Niño Jesús cuando era niño. Lo enfrentó con entusiasmo y se hizo un lugar en la línea con bastante rapidez; no solo es que sea buena persona, es que sabe tanto de los intrincados mecanismos de funcionamiento de un vehículo y le gusta tanto poner a prueba sus conocimientos, que se fue convirtiendo en la elección obligada por sus colegas a la hora de resolver cualquier desperfecto.
-          Yo no sé porque terminé estudiando esa cosa de Ciencias Políticas que no se parece en nada a mí, si yo lo que he debido hacer es estudiar Mecánica  - dice cuando le preguntamos  por su extraña elección profesional – de todas maneras, fíjese, eso yo ni lo he mirado mas nunca, es que como ese fue el cupo que me dieron en el liceo y andaban todos en la bulla universitaria -
Oliverio resume así su desinterés por la carrera que le dio a sus padres el orgullo de acompañarlo al Aula Magna de la Universidad de Los Andes y con increíble franqueza despacha el asunto en un minuto. Ni sabe, ni le interesa saber nada de la Politología. Lo suyo es otra cosa.
Esa otra cosa se le apareció cuando entendió que necesitaba algo para ganarse la vida; un día, surgió la oportunidad de comprar una buseta en la línea en la que trabajaba como avance. Se la vendían con el cupo incluido,  en un traspaso que a ojos de todo el mundo, era un negocio redondo. Su padrino insistió tanto en que pusiera ahí su dinero,  que terminó dándole una parte de lo que necesitaba invertir y fue quien lo puso en contacto con el agiotista que le cuadró el préstamo en cuotas relativamente fáciles de pagar; rentables, al menos. Hace seis años, Oliverio dejó de ser avance para convertirse en propietario de la unidad que el mismo maneja – y cuida – con esmero digno de mejor causa. Cubre una de las rutas más largas y buscadas de Mérida, la que atraviesa la ciudad casi de punta a punta, desde el centro hasta la Urb. La Floresta. No tiene idea de cuantas veces al día recorre el tramo, pero no le importa. A fuerza de subir y bajar por la avenida más transitada de Mérida,  ha desarrollado un gusto aun mayor por el volante y cierta displicente condescendencia hacia los avatares de un oficio que se ha tornado casi imposible y en el que reconoce  algunas  víctimas de lo que llama “este desastre”: los estudiantes, por ejemplo,  inocentes en medio de un conflicto que tiene a la ciudad descuadernada.
Como la mayoría de sus colegas choferes, le toca hacer una salvedad al explicarse  -  Bueno, ellos no tienen la culpa, de verdad;  es más, a lo mejor hasta es verdad que tienen ese derecho; pero, es que “la cosa” está muy en el aire, aquí  alguien tiene que responder por lo que pasa - 
“La cosa”, como bien la llama, es el Boleto Preferencial Estudiantil. En una ciudad que es sede de una de las más grandes universidades públicas del país, 5 Institutos tecnológicos reconocidos, La UNEFA,  una enorme cantidad de institutos públicos y privados, una universidad consagrada al Turismo y la Hotelería,  mas varios centros de enseñanza más o menos formales y tiene una población de casi 250  mil habitantes,   el oficio de estudiar se convierte en un  verdadero quebradero de cabeza para quien se atreve a ganarse la vida batallando con el transporte - subsidiado - de ese contingente interminable de muchachos. Como Oliverio, por ejemplo.
-          Antes, hace unos dos años, era más fácil, ellos (el gobierno estadal) cumplían con los pagos, y las tarjetas funcionaban, uno le hacía arreglos a las maquinitas y podía más o menos llevar un buen control y cobrar su plata, si no mensualmente, por lo  menos, por lo menos (arrastra el por lo menos para aclarar que el incumplimiento era llevadero,  hasta hace poco) cada dos o tres meses. Pero ahora esto es una loquera. Cualquier muchacho, con uniforme o sin uniforme, con carnet o con constancia inventada o correcta, entra y pretende no pagarle nada a uno por el pasaje….
Es la queja de la mayoría de sus colegas: una disposición gubernamental dejó sin efecto la maquina controladora y la tarjeta que servía para abonar el importe del pasaje subsidiado al que los estudiantes tienen derecho y convirtió la vida de los buseteros en un suplicio que se extiende desde mediados del 2016. Un suplicio que ha tenido poquísimas respuestas y que según Oliverio y uno de sus compañeros chóferes, está lleno de rumores, promesas vanas y espejitos.  Si, les han pagado, dice el otro conductor, pero ni por asomo lo que se supone que habían acordado en conflictos previos;  pues, para empezar, matiza, es imposible aceptar como bueno un cálculo de estudiantes transportados, así nada más. Una buseta que va para La Hechicera (el núcleo universitario por excelencia, sede de la mayoría de las facultades consagradas a las Ciencias) no transporta el mismo número de estudiantes que una buseta que vaya para Santa Juana (popular barriada del sur de la ciudad, donde solo se alojan un par de facultades y un enorme liceo técnico industrial)  dice con lógica irrebatible.
-          No van a salir a pagarnos a todos lo mismo –
Es el razonamiento tras el conflicto que les está causando un daño enorme. Un conductor de autobús que no trabaja, no come. Es así de simple. Los conductores de autobús,  en este momento, dados los precios de los repuestos, las limitaciones impuestas para el cobro del pasaje y los riesgos asociados a la inseguridad personal (particularmente ensañada en su contra) trabajan para el diario. A veces, ni eso,  y si para uno de los dos choferes el problema es la leche de su hijo de un año de edad, para el otro, el asunto  es bien distinto; se siente entrampado. El gobierno regional ha desplegado una flota de autobuses de muy superior calidad – “como nuevos, pues” para cubrir todas las rutas que los transportistas de la ciudad, en un justo ejercicio de sus derechos, están dejando desasistidas y no hace nada por resolver el conflicto principal: un mecanismo eficiente de control  para el boleto preferencial estudiantil. Un mecanismo que aclare quién es el que está subsidiando el pasaje de los estudiantes merideños, el gobierno o el conductor
-          Porque hasta ahora,  en los últimos meses, el pasaje de los estudiantes lo subsidia el dueño de la buseta  y eso ni le importa a los estudiantes,  ni le importa al gobierno,  ni le importa a nadie -
El paro de transporte en Mérida lleva ya 5 días, siete si contamos el último fin de semana. Ha sido  silencioso. Empezó con un brote de mucha violencia en el que un grupo de encapuchados (ya nunca se sabe a qué bando pertenecen) incendiaron una unidad el miércoles pasado. Al día siguiente,  las calles de  la ciudad amanecieron con el silencio apacible y las largas colas en el trolebús que hablan  de “problemas de transporte”: ni las rutas urbanas, ni las rutas extraurbanas del Estado Mérida tienen medios de transporte privado a su disposición.  Solo los autobuses -  rojos - del gobierno prestan servicio en condiciones de crisis. Unidades nuevas pero abarrotadas que a precio muy económico, previa espera de una hora y media en promedio, movilizan a los miles de merideños que no disponen de automóvil propio; relentando hasta casi detener la vida productiva de una ciudad que ya está aquejada de muchos problemas.
Oliverio está decepcionado y tiene mucha rabia, pero sigue en pie de lucha. Sospecha – sabe más bien – que el conflicto se resolverá de algún modo turbio y que la presión de sus compañeros, preocupados por el pan nuestro de cada día, hará que vuelvan a rodar por las avenidas en poco tiempo. Resiente la actitud poco solidaria del gremio de los taxistas (que están haciendo su agosto, literalmente) y no quiere ni oír hablar de los mototaxistas. Pero, sobre todo, sabe que el tema del boleto estudiantil así como las otras quejas del sector, irá a parar a un saco roto.
-          Seguiremos subsidiando nosotros el pasaje o dejaremos de montar estudiantes, hasta que se vuelva a armar un zaperoco y los estudiantes vuelvan y quemen otra buseta, esto es así siempre. 
-          ¿Por qué es que no han resuelto el tema del mecanismo de control del pasaje estudiantil?
-          Pues porque dicen que no tienen plata ni material para hacerles las tarjetas a los estudiantes; pero, eso sí, plata pa´l tal carnet de la patria…pa´eso si hay…la que sea.

sábado, 21 de enero de 2017

Tierra ¿de nadie?

Se le conoce también como Asia Menor y es un pedazo de mundo lleno de importancia histórica, fue reducto militar durante varios siglos y cruzadas, así como la tierra que definió la rara composición de Turquía como país, metido casi a la fuerza, entre dos continentes; el Bósforo monumental la separa de Europa y el estrecho de los Dardanelos la acerca a Asia. Es Anatolia, un nombre que se usa muy poco para nombrar la península que se convirtió en el núcleo central de la nueva República de Turquía, la que Kemal Atatürk fundó en 1923. Es también, para muchos, el sitio de sus orígenes: como para Osman Kalin, un turco que nació en sus predios a finales de la década 20 del siglo XX. Un hombre de campo, sin mayores esperanzas, absorbido por la inestabilidad político militar - que no es cosa nueva ni en su tierra ni en ninguna otra – forzado a emigrar a Alemania, en algún momento cercano a 1947, cuando los destrozos de la guerra clamaban a gritos por ayuda y el recién instaurado nuevo gobierno alemán abrió sus fronteras a los turcos buscando mano de obra barata.  Osman, como cientos de otros, se instaló en Kreuzberg, el “pequeño Estambul” de Berlín (hoy su barrio más alternativo y pintoresco)  y comenzó a vivir de lo que buenamente producían sus fuertes manos o su habilidad para la construcción; pero, nunca olvidó su necesidad de trabajar la tierra. Para Osman y su familia la vida iba bien. Para Alemania, no tanto.
En 1961, sin que ninguno de ellos pudiera entenderlo, el barrio de Kreuzberg se vio separado de su entorno habitual por un muro de concreto que no se podía atravesar. La vida de los alemanes quedo físicamente dividida en dos porciones concebidas en su momento como irreconciliables. Osman, todos los días se acercaba tanto como se lo permitían y veía el muro. Escudriñaba sus rincones y sentía inútil su existencia. Desde su casa, buscando quizás una explicación, alcanzó a divisar un cercano pedazo de tierra yerma, que parecía una equivocación en el diseño del muro. Fue hasta el guardia y preguntó quién era dueño de esa pequeña parcela de 500 metros.  - “Niemandsland” -  fue la respuesta que obtuvo. Preguntó muchas veces más, muchos días más y siempre obtuvo la misma respuesta: “Niemandsland” (tierra de nadie)
Los constructores del muro, para ahorrar materiales y simplificar el trabajo, intentaron hacer una pared en línea recta tanto como se los permitiera el terreno;  esa esquina de Kreuzberg era una curva perfecta en las vecindades de la Iglesia de Santo Tomas, curva que juzgaron insignificante; pero, que en la complicada legislación que permitió la existencia de ese muro ignominioso, pertenecía a Alemania del Oeste aunque estuviera en el “otro lado” o fuera de sus límites e incluso no estuviera bajo el rigor del concreto impenetrable; la casa del señor Kalin era lo más cercano a su jurisdicción y eso era Alemania del Este,  Dejada por fuera, burocráticamente, sin embargo, la pequeña parcela que él veía desde su casa no podía ser reclamada por ninguna de las dos Alemanias; en su ingenuidad pragmática de campesino que ama la tierra, Osman pensó que mejor sería darle algún provecho y un día, sin que nadie se lo impidiera, empezó a plantar lechugas, más tarde, espárragos, luego algunas otras plantas de su tierra y un jardín de girasoles que es famoso en la ciudad.  Durante años, dedicó sus mejores esfuerzos a mantener impecable un huerto del que se beneficiaba su familia, todo el que necesitaba algo y los militares que, de cuando en cuando, molestaban su existencia creyendo que mantenía un túnel secreto.
-           - Le daba tomates y algunas otras hortalizas y con eso se calmaban, se iban y no regresaban hasta varios meses después – cuenta siempre una de las hijas que recuerda vívidamente los años del muro.
Un día, el hacendoso turco comenzó a recoger la basura que mucha gente dejaba tirada alrededor de ese pedazo de tierra sin dueños, reciclándola de la mejor forma posible: construyó una “Baumhaus an der Mauer” o lo que es lo mismo, una “casita en el árbol” utilizando para ello hasta la armazón y los materiales aislantes que obtenía de viejos colchones abandonados como basura. Nunca fue más allá de sus predios: todo lo que usó para la construcción de la icónica casita lo obtuvo en su tierra de nadie. Entonces, terminada la construcción, se instaló a vivir en ella. Ese pedazo de tierra sin amo se le hizo indispensable a su corazón; aunque, gracias a la suerte de su arduo trabajo como inmigrante y encadenado como estaba a los recuerdos de la lejana Anatolía, comenzó a pasar los duros inviernos alemanes en una estupenda casa que había construido en el pueblo en que nació. Cuando lo hacía, dejaba el cuidado del huerto en manos de uno de sus mejores amigos.
Entonces cayó el muro. Se descubrieron rincones que los alemanes nunca habían visto o tenían olvidados y la tierra, esa posesión maravillosa, empezó a tener dueños: gente que estaba dispuesta a lo que fuera por reclamar la propiedad de lo que habían tenido “antes”. El sueño de Osman Kalin comenzó a peligrar, los habitantes de Kreuzberg divididos por opiniones encontradas sobre la casita en el árbol, no lograban tomar una decisión respecto a permitirle a un inmigrante turco, musulmán, la propiedad de la pequeña parcela que en definitivas pertenecía a la Iglesia de Santo Tomas. El gobierno de Berlín reunificada  amenazaba con derruirla para atravesar el trazado de una carretera. La solución, salomónica, vino de la curia romana: Kalin y su familia (el viejo agricultor tan atemorizado por perder sus pertenencias pegó con cemento al piso de la casa todo el mobiliario, incluyendo electrodomésticos) habían tratado esa tierra con esmero digno de reconocimiento: emitieron un título de propiedad a su nombre. De nuevo la complicada legislación alemana (esta vez la que entró en uso para evitar desaguisados como un nuevo muro) vino en su ayuda y Kalin recuperó su huerta y su Baumhaus an der Mauer.
Pero, el final feliz estaba lejos de llegar. El amigo del alma a quien este señor confiaba el cuidado de su huerta cuando viajaba a su pueblo en Turquía también se había hecho ilusiones de propietario sobre la parcela: se armó la marimorena. Obtenido el derecho de propiedad a nombre de uno de los dos (Osman Kalin, el fundador inicial) comenzó el pleito entre los patriarcas de dos familias que se consideraban una sola y la amistad entre ambos viejos acabó en malos modos; no  por el valor comercial del terreno,  sino por lo que significaba el trabajo que ambos habían hecho para restituirle la vida. La solución que encontraron entonces fue producto de un aprendizaje de años: Construyeron una cerca que divide el huerto en dos porciones, reservando para Osman el árbol que sostiene la casa en la que crió a sus hijos e hizo feliz a sus nietos.
Han pasado algunos años. La guerra fría ha terminado. Ambos parceleros han envejecido y aun son enemigos: el huerto de Osman es el único pedazo de tierra urbana que hoy, en Berlín, continúa dividida en dos porciones. Ni Osman pasa para el lado que su amigo reclama como suyo, ni el amigo hace otro tanto. Así mantienen una frágil paz. Los recuerdos de Anatolía, de las guerras, del muro e incluso de sus pleitos de tres décadas empiezan a ser borrados por el Alzheimer de ambos protagonistas; pero, hoy, en una calle de Kreuzberg, un resabio del muro de Berlín espera por la construcción de otros muros que hagan más estrechas las fronteras de un mundo que, alguna vez, también fue de nadie.
Es una suerte que los hijos de ambos, hermanados por la costumbre de muchos años, se sientan en las afueras del huerto a reír de la testarudez de este par de ancianos y venderle refrescos fríos a los paseantes que han convertido el huerto de Kalin en un importante atractivo turístico, mientras buscan afanosos una reedición de la gesta heroica que devolvió la dignidad republicana a su tierra de adopción. Es una pena que esa gesta heroica parece traspapelada entre costosos vestidos de Ralph Lauren y cajas de regalo de Tiffany and Co. 

viernes, 13 de enero de 2017

Las pintas - y las repintas - de Don Rolando

Una de las primeras cosas que Don Rolando dice después de saludar al que llega es que, en su árbol genealógico, está el nombre de Don Pedro Juan Arellano, un eximio ex rector de nuestra universidad y ex gobernador de Mérida, nacido en 1892. Si es cierto o no, nadie lo sabe; Don Rolando es un conversador incansable a quien la memoria puede estar empezando a jugarle trastadas, según dice uno de sus nietos, tan andariego como él y tan entregado a la tierra; ambos, sin embargo, coinciden con el padre del nieto en que, eso sí, sus tierras se pierden de vista y en que, ni un metro de esa inmensa extensión que les pertenece, está baldía; también, en que ya las cosechas no rinden lo de antes o que, muy importante, hoy día es dificilísimo conservar el buen hacer del campesino porque sencillamente “no hay con que”.  Don Rolando, Pedro Emilio y Arcángel se refieren a la dificultad para conseguir fertilizantes, pesticidas de buena calidad  e insumos propios del trabajo en la tierra;  pero - a los tres - tendrán que matarlos para que abandonen el campo. Ni saben ni les interesa saber cómo se vive de otra manera. Arcángel, el hijo de pocas palabras, ojos azules y ceño fruncido, cuenta en algún momento que ellos “por sembrar, han sembrado de todo” también que “por sembrar, yo apenas terminé  de aprender a sacar cuentas, leer y escribir a palmetazos” aunque se apura en aclarar que con su hijo no dejó cabo suelto: Pedro Emilio es ingeniero agrónomo graduado en la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado, en Barquisimeto,  Estado Lara
-          -  “Mire profesor, los años más difíciles de mi vida, eso yo no veía la hora de volverme para mi tierra a trabajar con mi abuelo” ,
Es su resumen de la experiencia universitaria. El abuelo lo calla aclarando que fue de los mejores en su grupo y que para ellos “eso es un orgullo muy grande”  pues el muchacho fue el segundo nieto en graduarse en una Universidad;  el primero, un primo suyo mayor, se empeñó  en hacerse médico y ahora vive en Mérida, haciendo una residencia en Neurología  “es que ese muchacho es muy inteligente, salió a la mamá” aclara presumiendo de nuera, el patriarca de la familia.
Los Zambrano viven en una casa muy buena que no tiene los lujos que debería tener la casa de una familia que, en hectáreas, tiene todo el oro del mundo. Es una casa amplia, terminada a intervalos, con buenos baños, buena cocina y unos jardines maravillosos nacidos, sin ton ni son, al cuidado de unas buenas manos de mujer que igual prepara el mute como siembra y cuida unos helechos increíbles. En esa cocina, a la vera de una humeante taza de agua de panela, fue que Don Rolando se explayó, para delicia de su nieto e hijo, en explicarnos su sistema infalible para predecir el clima, el mismo que los han llevado a sembrar con éxito las hortalizas que los han convertido en unos de los principales productores agrícolas del Valle del Mocoties:  Las Pintas y las Repintas, el nombre que suena sin aspavientos curiosos en los oídos de todo andino que le haya prestado atención a las conversas de sus mayores. El oráculo del clima.
Nuestra conversación con don Rolando sucedió un frio y lluvioso 12 de enero por pura casualidad. Nos detuvimos a hacer unas fotografías de una hermosa casa en ruinas en la carretera que conduce a Bailadores y entrando a buscar el mejor ángulo, nos salió al encuentro Pedro Emilio, mosqueado por la curiosidad de intrusos en sus tierras. Debe haber sido nuestro aspecto o nuestra buena estrella, pero fuimos saludados con amabilidad de campesino educado e invitados, no solo a hacer las fotos con toda confianza, sino a unirnos a las onces, conocer al jefe y hacer visita:  Don Rolando salió al pasillo, vistiendo una ruana, espetándonos por todo saludo:
-           - Diciembre va a ser un mes frio y con mucha brisa.
-         -  Siempre es así – le respondí en el saludo
-         -  En veces que no, profesor, en veces que no; pero, esto desde junio va a ser lluvia y lluvia, ¿usted no se ha fijado en las pintas?
Creo que en ese momento recordé a mi abuela hablando de lo que siempre he creído un mito: que los primeros 12 días del mes de enero -  las pintas – señalan,  sin equivocaciones de calentamiento global, el devenir del clima de los meses del año que está por comenzar y que, además, ese señalamiento es confirmado por los siguientes doce días: las repintas. El oráculo tiene la simpleza de las cosas profundas: cada día, dese el 01 hasta el 12 pinta  el clima de su mes correspondiente;  es decir, si el día 04 llueve y hace frio, muy seguramente Abril  será lluvioso y frio; si el día 08 hace sol y calienta, Agosto será un mes caliente y seco. Es la primera lectura. La confirmación  la ponen “las repintas”  el mismo principio contado los siguientes doce días “de atrás pa´lante”, o lo que es lo mismo,  del 13 al 24 de enero  correspondiendo a los meses del año contados a partir del último. Para estar seguros que abril vendrá “con sus aguas mil” (Josefa Antonia dixit) es necesario que haya llovido los días 4 y 21. Para confirmar que Agosto será cálido y seco, es necesario que haya “echo bueno” los días 8 y 17 (hasta ahora, las pintas solo han hablado de lluvias pues estas dos primeras semanas de enero han sido lluviosas y heladas; pero, me permito una aclaratoria de muestra: enero está siendo frio, soleado e inestable, tal como fue el primero de año; cuando lleguemos al 24 sabremos cuan exacto ha sido nuestro oráculo)
Pedro Emilio, el mejor nieto que abuelo alguno quiera tener, por cierto;  sostiene que a pesar de sus estudios universitarios, el tema de las pintas y las repintas es de obligada observancia y que incluso ellos programan sus cosechas – “dependiendo de lo que vayamos a sembrar y si es en zona alta o baja”  -   tomando en cuenta las predicciones que aprendieron todos del abuelo casi centenario.
Una tercera taza de agua de panela marcó el fin de la visita. Pedro Emilio nos llevó a ver el monumental pesebre que aguarda pacientemente el Día de la Candelaria para la gran fiesta de la Paradura y Arcángel gritó desde adentro que nos mostraran el alambique “de ellos”.  Al despedirnos, Don Rolando volteó  a mirarnos curioso,  preguntándonos si habíamos “foteado” la casa en ruinas. Le dijimos que si, entonces él replicó:
-         - Menos mal…así ya no querrán fotear mas nada. A mí no me gusta salir en fotos, eso no es bueno para el alma…
Fue realmente una pena. Habría sido fantástico guardar para la eternidad los ojos azules de Don Rolando;  pero, Arcángel fue enfático al recalcarlo: “el Taita es bueno para lo conversa, pero si usted quiere verlo bravo, tírele una foto”. No podíamos agradecerle ese rato inolvidable echándole a perder el ánimo.

Nota: Los nombres han sido cambiados por petición de la familia.

sábado, 31 de diciembre de 2016

QUE VENGA!

                          
 Véngase pronto que hoy estoy necesitando bienestar
                           Alivio que cure mis penas con solo su mirar
                          Vengase de prisa, mire que estoy deseando
                           Construir un nido de preciso encanto...
                           (BACANOS / LOS PELAOS)
Un par de días antes del jolgorio obligado que significa despedir un año, fui invitado a una pequeña celebración por alguien a quien quiero mucho aunque veo poco. Un amigo de esos que uno quisiera tener adherido a su vida, pero no lo hace por zoquete. Fue una reunión muy pequeña, muy informal. Alguien llevó un par de botellas de ron (antes habríamos llevado whisky)  alguien más un par de  Pepsis (las de ahora son light, a juro) yo puse algo y por ahí aparecieron limones para unas Cubas Libres perfectas que nos tomamos como agua (yo que no consumo nada de alcohol, me tome cuatro) De pronto, la conversación agradabilísima se enfiló hacia nuestro único tema, Venezuela. No voy a contar detalles; pero esa noche, más que ninguna otra del año que está por terminar dentro de unas horas, me plantó cerca de la posibilidad de recuperar la fe. No quiero desmerecer otros encuentros, no quiero que ninguno de mis amigos se sienta ofendido por no hacer de alguna de sus noches del 2016 una ocasión memorable; pero, la noche del 29 de diciembre se me grabó a fuego en las entrañas. La noche del 29 de diciembre fui capaz de perdonar al horrible 2016 y sentir que, aunque nada de lo acontecido esa noche pase de ser un recuerdo vivo que me acompañe por el resto de mi vida, es posible encontrar una vía para sanar. Eso me basta. Puesto a hacer una lista de deseos para 2017 repetiré como un mantra lo que dijo uno de los asistentes a esa reunión (una persona excepcionalmente valiosa a quien espero poder adoptar hasta que la muerte nos separe) “que venga, que tenga, que convenga y que me sorprenda”. Es cierto, yo no agregaría nada más. ¿Para qué? Ya estuvimos ante un año en el que el dolor fue moneda de cambio. En el que la vida se la jugó duro en nuestra contra, en que las múltiples alegrías se desvanecieron en el esfuerzo de vivir y en el que perder, si es por algo, significo mucho más que perder el juego.
Mi amigo, el anfitrión de esa noche, me llama Carlitos – desde que me conoce - es la única persona del mundo que decidió diminutivizar mi nombre, quedándose con el segundo, posiblemente porque compartimos el primero. Es un tipo cauteloso, desconfiado y excesivo. Es también un hombre trabajador y modesto. Es un lujo. Tiene risa fácil y humor ligero, sus invitados de esa noche también. En algún momento de la conversación,  ya al filo de varios tragos, me recordó que yo no tenía razones para quejarme, que mi año había sido bueno y productivo. Fue un sacudón; tengo tendencia a creer que no es así, quizás porque el año 2016 me trajo uno de los dolores más grandes de mi vida, al arrebatarme a mi indispensable Cheo Vaisman dejándome para siempre – inconsolable -  sin el más importante interlocutor de mi cotidianidad.  Quizás porque cerró amenazando la salud y la tranquilidad de mi familia. Quizás porque la economía personal se descalabró lastimosamente. Quizás porque vi costuras maltrechas en personas que nunca mostraban sus miserias hasta que les tocó ser tan venezolanos apaleados como yo. Quizás porque me robaron varias veces, quizás porque una vez más tuve que conformarme con quedarme en casa un verano en el que podía, como antes, estar caminando por Paris. Quien sabe por qué. Tengo tendencia a creer que el 2016 fue,  de golpe en golpe, mostrándose como un año horrible, hasta que Juan me sentó en una silla y me recordó que soy de los que no puede quejarse de nada. “un grupito, Carlitos, un grupito chiquito de gente al que perteneces tu y yo y alguna poca gente que conocemos” me dijo. Sin decirlo, Juan me sentó de golpe en la obligación de seguir haciendo que el año, que cada año,  sea lo que yo quiera que sea, por encima del imponderable dolor de los golpes del destino, que no son otra cosa que eso,  aun siendo incomprensibles.
Asi pues, decido aprenderme las palabras de Juan y agradecerlas mientras me copio las que dijo el otro,  nuevo amigo del alma de muy  reciente data, para repètirlas como mantra para un año que será difícil, duro. Un año que será una locura inexplicable, un año que traerá frustración, angustia, escasez, hambre, enfermedades y muchas ganas de salir corriendo. Un año en el que,  posiblemente, no tengamos más opción que poner distancia con esta tierra y esta casa para  intentar crecer en otro suelo abonado: “que venga, que tenga, que convenga y me sorprenda” En esta tierra incierta, el problema más grave es que no tenemos otro año al que ir; nos toca el 2017 y su carga de malos presagios. ¿Será imposible voltear la tortilla?
Yo creo que no. Yo creo que podemos hacer un esfuerzo personal para amortiguar el golpe. Aunque no tenga la receta, creo que “ponernos creativos” y enfrentar los vientos y las mareas – que serán muchos y muy duros – sin necesidad de resignaciones, renuncias o abandonos puede ser útil; pero, solo  si rectificamos la ruta, una cosa que siempre se puede. No se trata de hacerlo para el colectivo si no somos capaces primero de hacerlo dentro de nosotros. Nuestro trabajo no es hacia afuera, nuestro trabajo debe ser, primero y por encima de todo, hacia lo que nos brinda el empeño de vida que necesitamos para vivir. Como en esa pequeña fiesta de navidad del 29 de diciembre, en la que nos regalamos el mejor ánimo un grupo muy pequeño de personas aleatoriamente escogidas por la vida.
De modo que - duro y parejo - los invito a darse con el año: es siempre una ocasión de futuro, es siempre una ocasión de verdades. Los invito desde mi gratitud más sincera: muchos de ustedes han sido una fiesta en mi vida, me han leído, me han acompañado al teatro, me han prestado su apoyo, están pendientes de mí y de mis inventos. Muchos de ustedes han llenado mi vida de alegría, han extendido sus manos, me han sentado a su mesa. Muchos de ustedes han sido mis cómplices y han comprendido el dolor irrepetible de ponerle el pecho a las balas del destino. Muchos de ustedes me han querido lo suficiente como para que yo lo sienta, han sido artífices de bienestar y abrazo de compañía. Muchos de ustedes han estado presentes en otras fiestas de amor.  Los que no, importan menos, no soy yo el que pierde cuando alguien que se dice amigo decide mostrar su peor rostro al mostrar su ausencia (cosas que pasan, dijera Celinita)
Que se vaya el 2016, que me deje la presencia amada de mis muertos, de mis horas menguadas, de mis sustos y mis desazones para saber que estoy vivo y aprendiendo, que no borre el surco de mis lágrimas, ni seque su caudal.  Que deje también el ruido de los aplausos, el chasquido de un beso en la mejilla recibido al pasar, la mano estrujada por el apretón del pana, la costilla adolorida por el abrazo, la sabana arrugada  por el amor, la sonrisa del chiste oportuno, el humor de mis amigos, la fuerza del escenario, la palabra escrita, la vida de todos contada por cada uno, la imagen precisa, la oración perfecta. Que me deje la dicha interminable de ser tío y mantenga la alegría de la Guayandina y la memoria de la Quinta Mis Nietos, intacta en mi devenir. Que sume canas, que sume ganas y traiga amores. Que nos enseñe a recibir y enfrentar la tormenta. Que me enseñe a saber, hasta que la muerte nos separe, que es solo con gente, como se aprende a vivir con gente.
Que se lleve la hiperbólica manía de ser más que todos en el rasgar de la mala nueva que no es tal y que nos enseñe a ser colectivo, desde lo más intimo de una fiesta informal de poquiticos,  en el que cada uno ponga algo, para poner vida.
Que venga, que tenga, que convenga y nos sorprenda!!!

sábado, 24 de diciembre de 2016

Memorias de Navidad

Uno cruzaba a la derecha, al llegar a la Avenida Alejo Zuloaga de El Trigal y la segunda casa a la izquierda era la Quinta Mis Nietos; era Valencia, primero que nada, fiesta de primos, patio de juegos y escenario de memorias. Era la casa de mis abuelos, la casa de los Liendo. La casa de Ofelia y mi Tía Gladys o la presencia de un príncipe venido de Puerto Cabello (o Choroní, o por esos lados, pues esa información siempre cambia) que era Don Juan, el abuelo a quien la muerte libró de un mal recuerdo grabándolo para siempre en nuestra memoria como el hombre más bello de este mundo y punto. Era sobre todo - y sigue siendo - la Navidad, aunque una nueva generación haya cambiado escenarios,  el Trigal siga siendo Valencia y la Quinta Mis Nietos no exista más.
Era una casa enorme, tanto que encerrados bajo el ojo escrutador de la abuela Ofelia, sus pisos de granito fueron nuestras primeras pistas de patinaje.  Despertábamos en cualquier habitación – nadie tenía habitación fija si llegaba de visita – nos calzábamos los patines Winchester cuyas llaves manejaba magistralmente mi hermano Luis y enloquecíamos al tropel de adultos que entraban y salían prestándonos la más pequeña atención. Los niños, siempre que estuvieran dentro de los límites de la gran casona, eran olímpicamente ignorados después del primer saludo y las carantoñas de identificación que permitían establecer primogenituras. Nosotros éramos hijos del primer matrimonio de Cheo, por tanto, junto a los Romero, hijos del único (indisoluble) matrimonio de Gladys, eramos primogénitos dueños del cariño, el regaño y la atención de los muchos que iban llegando. Por ahí campeaban también los hijos del primer matrimonio del Tío Popito, Mamita el primer amor de todos (a quien yo lancé inadvertidamente por una escalera ocasionándole un año de yesos y otros malestares) y Juan Alberto, el más peleón y más difícil de los que llevan el pleito rápido en el ADN de los Liendo y los primos, grandes y robustos, herederos de la buena onda de mi Tío Iván y la simpatía de Beatriz Cedeño, la tía que se volvió tan Liendo que se nos cae la baba por ella.  A nuestro lado, para protegernos de los extraños, la complicidad de Gladys y Leopoldo era orden sagrada que compartían sus hijos, nuestros primeros hermanos, Los Romero, compañeros de todo lo bueno y todo lo menos bueno de aquella era que, como la canción, parió un corazón que sirve para aguantar lo que venga.
Era también una casa de locos. Literalmente.  Una casa que conoció varios tiempos, los de Don Juan, que la convirtió en palacio. Los de la enfermedad de Don Juan, que la convirtió en un triste hospital silencioso. Los de Ofelia, viuda al garete, que la convirtió en casa de abuela. Los de la tía Beatriz, que la convirtió en alegrías playeras a bordo de un Fairlane azul turquesa. Los del tío Negro, que la convirtió en fiesta y los de mi papa, que la convirtió en nuestra, aunque solo fuera por unos días al año.
En el piso de arriba, el tío Leopoldo y mi papa amanecían, con una botella de ron en la mesa y discos de Blanca Rosa Gil que todavía existen,  tratando de cambiar el mundo mientras alimentaban una amistad que no logró destruir la muerte. En una habitación misteriosa detrás de todo, mi Tío Enrique, guapo y jovencísimo, terminaba estudios y nos hacia la vida a cuadritos tanto como nosotros se la hacíamos a él. En el piso de abajo, la Abuela Ofelia (Fella, la O, le decía mi madre) mandaba con mano de hierro, guantes de seda y modales de margariteña (hay que tener una abuela playera para saber lo que eso significa) sobre esa  casa que parecía gravitar sobre una cocina grandísima encendida las 24 horas. Mi abuela Ofelia hacia las mejores cachapas, las mejores arepas, el mejor pisillo de chigüire y las mejores hallacas de este mundo. Hacia los mejores papagayos (de verdad era una experta haciéndolos) y tenía una amistad indestructible con la playa, las arepas de maíz pelado y los cuentos de espantos y aparecidos. La abuela Ofelia amaba la casa llena y era grosera, aspaventosa y reilona. Debe ser por eso que cada 24 de diciembre me provoca verla sentada en el sillón reclinable de la antesala de su habitación (un bunker al que teníamos acceso los nietos, a pesar del reinado inalienable de Chabela) alimentando un ventilador industrial al que siempre, siempre, quisimos meterle la mano (gracias a Dios que ella no nos lo permitió) devorando telenovelas o desgranando las cuentas de un rosario demasiado grande para ser tomado en cuenta. Debe ser por eso  que me parece un privilegio haber salido de esa casa ruidosa en la que siempre sonaba Billo`s desde el primero de diciembre (vengo del olivo, vengo del olivo, voy al olivar, un año que viene y otro que se va)  se tendían hallacas casi a diario pues,  cuando los tiempos apretaron, Ofelia se busco la vida vendiéndolas, y se recibía gente – de todos los caminos – para celebrar una navidad que, por supuesto, terminaba en peloteras de borrachos, pleitos ancestrales (los Liendo toda la vida pelearon por las mismas razones y toda la vida pelearon durísimo) en donde era imposible emular la vida principesca que Don Juan se llevó a la tumba.
La Quinta Mis Nietos ya no existe. La mayoría de quienes engendraron los nietos que le dio nombre, tampoco. La Navidad es un recuerdo del que casi no hay celebración ahora. Los tiempos felices se fueron yendo en cada ladrillo de la Quinta Mis Nietos que se llevó el progreso y se enredó en el  pregonar de unos tiempos nuevos que fracasaron llenándonos la vida de desesperanzas; pero, todos tenemos la casa de los abuelos. Todos tenemos un refugio. Apelemos a él para saber que podemos echar a andar por alguna senda de bien otra vez. Que esos tiempos fracasados no pueden ser más una visión de frente, que ya está, que terminaron. Que nada puede ser peor, que ya no pueden hacer mas daño.
Todos tenemos una liana de la cual sujetarnos para saltar al otro lado. Es Navidad, pensemos en eso; pensemos en lo que significa este día, pensemos en el motivo por el que hoy el ánimo de fiesta se ha mermado y vayamos en su búsqueda, aunque solo sea para volver a celebrar una Navidad que signifique algo de lo que somos, porque, después de todo, cada Quinta Mis Nietos de esta tierra vuelta añicos, merece un minuto de memoria, un minuto de querer salvar lo que tiene de cada uno, lo que tiene de esperanza y lo que tiene de sembrado. Decía mi madre, repitiendo una copla leída en alguna parte, “lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”  usted y yo sabemos que esas raíces están sepultadas en muchas Quintas Mis Nietos, en muchas Avenidas Zuloaga, en muchas casas de cuando éramos chiquitos.
¿No es cierto que la Navidad es renacimiento y reflexión?  Que renazcan entonces,  en cada venezolano, las paredes de la casa de su infancia, los jardines de la casa de los abuelos. Que encontremos las llaves y abramos los arcones. Que encontremos las fuerzas en la hallaca de tiempos idos y volvamos a sentarnos a la mesa, juntos,  para renacer todos los días de los años que nos quedan para reconstruir futuro, esa tarea urgente e impostergable que nos obliga a todos.

FELIZ NAVIDAD!

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