martes, 30 de agosto de 2016

Gente de todos los caminos



En el grupo de Whatsap de los ex alumnos del Colegio, Pedro escribió un mensaje informando que salía para Caracas, con la intención de participar en la Marcha del 1ero de Septiembre. Que se iba el sábado anterior para evitar inconvenientes en el camino, como que lo detuvieran en alguna alcabala cercana (algo que seguramente sucederá a muchos) Que iba solo, que podía llevar tres personas más, “hasta cuatro si se aprietan” y que en casa de su prima en La Castellana, podían dormir todos  - “hacemos una vaca para comprar comida porque la cosa está fea allá también, pero mi prima dice que nos acomoda” -  y que esperaba respuesta. Después escribió un lacónico  - “anímense” - Media hora más tarde, cuatro compañeros de los buenos viejos tiempos habían reservado un cupo en el auto de Pedro. Dos horas más tarde, German, Andreina, Maritza y Susana estaban ofreciendo sus carros y preguntando por alojamiento para los que iban. A esa iniciativa se sumaron un par de primos de Susana, los dos hijos de German, los tres hermanos de Andreina y sus esposas. Al día siguiente, el Whatsapp del grupo de ex alumnos del Colegio reventaba de mensajes. El sábado pasado, a las 8 de la mañana, sin pintas en los autos, sin gorras, sin banderas en las ventanas, 16 automóviles de ex compañeros de bachillerato, salieron para Caracas. No iban en Caravana, pero fueron monitoreándose unos a otros en el camino. El viaje fue divertido, sobre todo, porque sin proponérselo, improvisaron un reencuentro en el famoso restaurante de Carne en Vara que está por San Carlos, donde comieron y recordaron los viajes de muchachos. Llegaron a Caracas en el tiempo previsto y se alojaron, gracias a la camaradería de muchos en casas de “amigos de los amigos de mis primos” solidariamente dispuestas para recibirlos. Desde entonces se han dedicado a prepararse para la marcha.
La familia Rivas Dávila, (apellidos de prócer de independencia con el que se dan lustre muy en broma) es larga, ancha y unida. Esta regada por toda Venezuela. Pocos de los chamos de última generación estudian fuera del país; los más, son alumnos regulares de cualquiera de nuestras universidades públicas, mientras sus padres hacen maromas para mantener la casa a flote. El domingo hace una semana, que el mayor de los hermanos hizo el último arreglo para lo que ha sido su tarea en las últimas dos semanas, procurarles un puesto en la Toma de Caracas a todos los miembros de su familia. Este domingo, sin excepción, sin escándalo, sin ni siquiera un tweet que los delate, los Rivas Dávila más cercanos a Caracas, emprendieron viaje a la capital para preparar los alojamientos de sus hermanos, sobrinos, primos y tíos, en viaje desde primerísimas horas de un domingo luminoso. Todos (son más de 60) se repartieron en los autos disponibles (menos de los que hubiesen querido por aquello de los repuestos que no se consiguen y del precio de los cauchos) Los de Mérida alquilaron un ENCAVA en el que se apretujaron sin protesta y los de oriente, decidieron hacer en autobús publico las siete horas que los separan de Caracas. El lunes a primera hora, la alegría del reencuentro familiar acabo con los temores de quienes serían sus anfitriones. De las maletas, milagrosamente, salieron harinas y salsas brasileras, pasta colombiana, jabón ecuatoriano y menudencias varias (seis panes tovareños que uno de los chamos consiguió en la carretera y protegió con su vida, hicieron de lujo el primer desayuno). Todos duermen donde y como pueden, convencidos de que la causa lo vale. Desde el lunes se han dedicado a preparase para la marcha.
En Mérida, la Doctora Suesgull, imposibilitada de viajar por razones estrictamente “de fuerza mayor” ha avisado a sus pacientes que ni siquiera en emergencia pueden llamarla. Que su única emergencia es el país que la acogió a ella y su familia, expatriados croatas, hace un montón de años. Que ella está en planes de paro cívico y pancarta. Que el jueves, no estará para nadie, ni para el parto más preparado que haya pasado por sus prodigiosas manos.
Magda y Carlos, ella en Margarita y él en Trujillo, tienen mucho rato hablando por Skype del video de su vida. Un proyecto en el que han puesto empeño tan grande que si no se ganan un Oscar es porque “videoclip” no figura en los renglones que premia la academia Norteamericana. Se han mostrado millones de fotos de locaciones, han cotejado mil versiones de un guion que no parece estar listo nunca, han hecho y deshecho presupuestos y han extendido la fecha de rodaje muchas veces. Nunca se han reunido personalmente, más que una vez en Margarita en que él fue a visitarla y ella le contó su plan secreto, el video LGBT más LGBT jamás grabado.  El viernes Carlos la llamó para decirle que se vieran en Caracas, trabajaran unos días en los toques finales del video, decidieran las fechas de grabación y “de una vez aprovechamos de ir a la marcha”. Esta mañana, con una hora de diferencia, los aviones en que ambos viajaban, aterrizaron en Maiquetía; primero Carlos, que había tenido que venir a Mérida por cosas de familia y después Magda que siempre tiene el bronceado a punto de los que viven en la Isla. El papá de Carlos, pensando equivocado en otras cosas, le dio la plata para un hotel, sin estrellas, en la Plaza Venezuela y los dos amigos están encerrados en una habitación preparando los detalles finales de su video y su participación en la marcha.
Todos ellos se sumarán al 71% de caraqueños que, se espera, salgan a las calles este jueves 1 de septiembre a la Toma de Caracas, ciudad en la que se respira ambiente de reto. Ya el gobierno anunció el cierre de 14 estaciones de metro y cerró el espacio aéreo de la capital. Ayer, un ex líder estudiantil de la más alta prosapia fue detenido, sin mayor explicación, la gente empieza a preguntarse si el miedo tiene sentido. Sospechan que no habrá resultados inmediatos y esperan que “algo pase” pero, por cualquier lugar que uno camine, hay mucha gente preparando su participación en la marcha, hablando de valentía y desechando temores inútiles. Hoy una señora me dijo que ir a la marcha era, como votar, una “vaina obligatoria”
Eso debe ser lo que tiene, a los que no van a la marcha, aterrorizados de muerte.

martes, 23 de agosto de 2016

El show olímpico

La fiesta en la Casa de Francia presagiaba diversión y garotas – cosas de Rio, diremos – y las ganas de celebrar, después que se tiene en el pecho una Medalla de Oro, hacían obligante el deseo. Cerca de las dos de la mañana, después de una opípara cena fuera de las instalaciones olímpicas, Ryan Lochte,  Gunnnar Bentz, Jack Conger y Jimmy Feigen llegaron a la fiesta. A pesar de la inmensa cola y de las dificultades para acceder, entraron sin problema alguno - en olor de triunfadores - y se unieron a un sarao, en el que, según todas las lenguas, lo pasaron súper. Comieron, bailaron (bueno, es un decir, lo de bailar a  un gringo puro no se le da, punto) bebieron, se levantaron unas nenas, les metieron mano, bebieron mucho más, volvieron a beber y se fueron casi a las seis de la mañana, en un taxi, rumbo a la villa olímpica. Allí, se tomaron unas fotos frente a los anillos que identifican la urbanización en que se alojan todos los atletas participantes en el evento deportivo y se fueron a dormir. Salvo una gran borrachera, nadie, si es que acaso alguien los vio, notó alguna cosa rara; a pesar del ambiente deportivo y todos los mitos urbanos respecto a eso, dicen las malas (y las buenas) lenguas que, para una buena borrachera y algunas cosas aparentemente desaconsejadas en una gesta deportiva de altura, no había que salir de la villa.
Recuperado de la resaca, o en vías de ello, el más avezado y mayor del grupo, llamó a su madre para saludarla y le contó que había sido víctima de un atraco en una gasolinera de Rio. La señora montó la marimorena, mandando al diablo,  sin saber, el prestigio del equipo olímpico de natación norteamericano. Ryan Lochte, ganador de 12 medallas olímpicas, contó a su madre una mentira, armada a partir de la fama pendenciera de la ciudad sede de las Olimpiadas 2016. Dijo que había sido agredido a punta de pistola por cuatro malandros disfrazados de policías. Nadie sabe por qué lo hizo, o mejor dicho, nadie sabía hasta ese momento, pero; lo hizo.  Contó que había sido atacado y que sus atacantes le habían puesto la pistola en la cabeza. La señora horrorizada, hizo una denuncia que puso la noticia en las primeras planas de todos los periódicos del mundo. “el equipo de natación de Norteamérica, atacado en Rio de Janeiro cuando regresaban de una fiesta” Victimas primeras de una tragedia anunciada. Rio estaba siendo vigilado por más de 80 mil uniformados, debido a ser una de las cinco ciudades más violentas del mundo.
El COI, responsable de la seguridad de los atletas y de todo lo demás exigió inmediatamente una investigación, para la cual era indispensable el testimonio de los agredidos. Pasó lo que suele pasar cuando uno habla en estado de resaca. Lochte, contó una historia distinta (ya no había pistola en la cabeza sino “había sido apuntado”) peor aún, cada uno de los tres nadadores involucrados contó una historia que empezó a llenar de contradicciones la denuncia de la atribulada señora Lochte.  Comenzó entonces la fiscalía de Rio a armar el rompecabezas. Su primer fallo habló entonces de la necesidad de hacer una investigación más profunda y descubrieron el gran show olímpico. El que inventaron cuatro nadadores exitosos, guapos y jóvenes miembros del equipo de natación de Los Estados Unidos de América. El que inventaron cuatro muchachos asustados sin pensar ni por un momento en el daño que estaban haciendo a sus anfitriones.
Lo que en realidad sucedió lo sabe todo el mundo: Lochte y sus amigachos, hicieron que el taxi se detuviera en una gasolinera porque querían orinar y, porque les salió del alma, destrozaron buena parte de la gasolinera. Estaban tan borrachos que el exceso de energía propio de una gran rasca gringa, dio para destruir espejos, vidrios, baños y otras cosas más. También para orinar en la calle simulando ser mangueras surtidoras (no comments) y llamar la atención de la policía, quienes SI, a punto de pistola, lograron calmarlos y devolverlos a cierto estado de normalidad en el que Lochte quiso arreglar las cosas sacando billetes verdes de su cartera. Billetes que, por cierto, no lograron el efecto deseado. Lo siguiente fue convertirse en victimas. Elemental, dear Watson.
Desde el primer día que Rio comenzó su andadura hacia ser sede de las primeras olimpiadas realizadas en Latinoamérica, una de las cosas que jugó en contra de la ciudad fue su notable índice de delincuencia callejera y violencia. Está entre las primeras cinco ciudades más peligrosas del mundo, con un índice promedio de 18 asesinatos por día, los cuales casi nunca se resuelven sentenciando un culpable. Lo más probable es que si usted llega a Rio, llámese Ryan Lochte o Pedro Pérez, a usted lo asalten.  Eso debe haber pensado Lochte cuando se dio cuenta de haber armado el escándalo que armó, asustado, pensando que descubrirían su farra (eso tiene la fama, a uno siempre lo descubren) y que su novia, la súper modelo Kayla Rae, se iba a enterar y enseñar sus malas pulgas.  Lo que Lochte no sabia, o no atinó a pensar (cosas de la caipiriña) es que el gobierno de Rio estaba decidido a no permitirle a esas estadísticas que ensucian tanto el buen  nombre de la ciudad como el de las olimpiadas que se hicieran patentes. Si algo podían tener seguro los atletas participantes en el evento olímpico es que ni un inocente acto de hurto, iría a quedarse impune. Por eso actuaron, y descubrieron todo. Tan solo en tres días, el 17 de agosto,  la fiscalía puso al descubierto el embuste, detuvo a los tres nadadores restantes en el avión en que salían de Rio (y contaron la verdad exacta, pues Lochte ya había regresado a USA, tan pronto obtuvo su única medalla de oro y en vísperas del fallo de la Fiscalía de Rio de Janeiro), retiró sus pasaportes, emitió sentencias, impuso multas y emitió un fallo que dejó al descubierto una patraña, hablando de una grave ofensa.
Bastante mayor era, y es, la ofensa del pueblo carioca. Si algo trajo como consecuencia este desafortunado accidente es que los cariocas se sintieron tan burlados como juzgados, con toda la razón; habían puesto de lado los incontables problemas de un país desbaratándose entre corrupción y malandraje de muchos tipos, para darle la bienvenida a estrellas del deporte mundial en una ciudad en la que el deporte es cosa seria. Pues bien, vino uno de ellos, precisamente, uno de los grandes nombres de la natación mundial, el eterno rival de Michael Phelps, a inventar esta bochornosa historia. A escudar su mala noche en la mala fama de un Rio de Janeiro mas herido por lo que se dice que por lo que se hace.
Mucho se ha dicho después del domingo 21, hasta que se trata de uno de los peores juegos, a nivel organizativo, de la historia. Sin embargo, nada ha hecho tanto daño a quien creyó haberse salido con la suya y al país que representa como el enorme embuste de Ryan Lochte, un nadador que acumula premios, medallas  y reconocimientos al tiempo que pierde apoyo de patrocinantes y crédito de admiradores.  Un portavoz del COI dijo en la televisión que se trataba de una muchachada, que lo mejor era restarle importancia y se encogió de hombros. Lamentablemente para él, de este lado de la pantalla hay quienes tienen suficiente capacidad de juicio. Es cierto, fue una muchachada; el asunto es que la cometió un hombre de 32 años, estrella del deporte mundial, admirado por el mundo entero, que no se ha disculpado suficientemente ante un pueblo que abrió las puertas de su casa y lo invitó a sentarse.

viernes, 19 de agosto de 2016

El pan nuestro de cada día

Es el responsable de abrir cada una de sus cuatro panaderías; lo hace en un recorrido escalonado que comienza a las seis en punto de la mañana, todas las mañanas. Una por una, las panaderías de Pau reciben su personal bendición al amanecer de cada día, con  media hora de diferencia;  a las 8, la última de las “tiendas” como él prefiere llamarlas, empieza a despachar los desayunos de una clientela  perfectamente estudiada, integrada en su mayoría por jubilados, abuelos solitarios que se levantan tarde y caminan lento hasta el pequeño centro comercial, como para enderezar un poco los huesos entumecidos por la noche de escaso sueño que les dejó esperar  hasta las tantas la conexión con Skype para saludar el nieto desperdigado en el mundo.
-                       -   Allí la mayoría son viejitos, bueno…no tanto como ancianos, aunque de esos también hay, pero tú sabes, señoras mayores, simpáticas, que siempre tienen cuentos divertidos de sus descubrimientos tecnológicos y nunca están apuradas. Por eso, la de ahí es la ultima que abre, así no  me meto en problemas con el condominio del centro, además…. - cuenta en un español  impecable al que traiciona el acento catalán de la conversación casera.
Es a esa hora,  y en ese lugar,  donde verdaderamente comienza la jornada de este empresario del pan, como le gusta llamarse, que dice no haber amasado nunca una canilla.
-                -  No, de verdad que no, nunca me ha tocado amasar, ni preparar el producto. Tengo buenos maestros panaderos que se dedican a eso y aunque me ves todo lleno de harina todo el día, la verdad es que eso me pasa porque la cocina de la panadería es muy escandalosa y yo allí si tengo que meterme muchas veces, pero…amasar, lo que se dice amasar, nunca
Quienes lo conocen más, dicen que lo único que ha amasado en su vida es un montón grosero de dinero, que lo ha hecho con pocos escrúpulos y que le da igual su procedencia; aunque nadie ha podido jamás demostrar que esté en malos pasos,  su imagen se perjudicó muchísimo durante el lejano paro petrolero, días en que se dedicó a seguir trabajando diariamente,  a pesar de las voces y los hechos que le pedían detenerse. Dice no ser simpatizante del régimen, tampoco de la oposición. Nunca ha votado, aunque podría hacerlo ya que  tiene cédula y pasaporte venezolano y esquiva graciosamente el tema político cada vez que alguien intenta ponerlo en su mesa. Parte de su trabajo diario es tomar café con los vecinos que acuden a su negocio, hay días en que poco más puede hacer;  a él, el más exitoso empresario panadero de la ciudad, la crisis lo tiene loco. Los bachaqueros también.
Otto, gastó los ahorros de su vida en sus dos únicas pertenencias: un pedazo de tierra en Estanques en el que cultiva lo que puede cultivar, sobre todo maíz y café y una pequeña panadería de barrio para asegurar el sustento de sus dos hijos adolescentes. Trabaja de sol a sol. Es el rey de su urbanización, vende fiado a los vecinos, hace favores, brinda avances de efectivo e intenta surtir sus vacios mostradores con “lo que se consiga en el camino”. Un día tiene pan tovareño a precios de Rolex, otro, paledonias en unos formatos más bien raros,  todos los días, unas pocas – milagrosas - palmeritas tostadas  y algunas canillas encaletadas, para sus mejores clientes;  es decir, para sus mejores vecinos. Lo demás es lo que Dios provea. Pocas veces una sonrisa ha sido tan amable, ha estado tan dispuesta a servir. Otto trae café de su finca para vender a buen precio y, si algún día la señora Magdalena no viene a la panadería a buscar sus dos canillas, él le toca la puerta con más interés en  su bienestar que en los pocos bolívares que Doña Magdalena puede pagar por su pan de cada día.
Hace poco me invitó un refresco. Había mantenido la panadería abierta hasta las seis de la tarde, en un gesto inusual y yo entré a comprar paledonias para el desayuno del fin de semana.
-            -       Pues sí, la harina está apareciendo graneadita, por lo menos puedo hacer canillas para ustedes y a veces hasta alcanza para otras cosas, pero el problema es que lo demás está muy difícil. Ahorita desapareció el azúcar, eso no se consigue y está muy escasa la mantequilla….no, lo que provoca es cerrar, chamo.
-         -      ¿Y si la cosa está tan mal con el pan,  por qué hay tanta gente vendiendo pan en la calle, entonces?
-         -           Porque ese es el negocio de ahora. El último que inventaron
-          -      ¿Bachaqueo de pan?
-      -    Si, pana…Bachaqueo de pan exactamente. No sé quien anda distribuyendo canillas para que las bachaqueen en la calle. Claro, no ves que nosotros en la panadería no podemos venderlo en lo que cuesta, entonces habrán panaderos que buscan ganancias de otra forma…
Lo que cuesta, según la Gaceta Oficial 40.234 de agosto 2015 es siete bolívares. Ese es el precio al que la panadería tendría que vender cada canilla, un precio al que - por cierto - nadie le hace caso, siempre que no exceda demasiado el parámetro, dentro de la panadería. En la calle, una canilla- de muy buena calidad -  puede llegar a costar hasta 260 bs y hay gente que lo paga. La regulación solo cuenta para la canilla y el pan francés (que en la mayoría de las panaderías son pequeños bollitos de harina, dorados y abombados con aire, literalmente) todo lo que no es tal, puede venderse a precio  libre; pero, no hay con que hacerlo. Para nosotros, adictos al pan dulce de toda la vida, la nueva tragedia es que un pancito azucarado recién salido del horno no se consigue, ni por la muerte de un grande.
El negocio del momento, recalca Otto - casi con pruebas en la mano  - es sacar pan, el mismo pan que debería venderse en las panaderías y ponerlo en venta en incontables puestos de venta de pan callejeros,  que empiezan a fundirse con el paisaje de la ciudad, engrosando una buhonería (de productos legales o no) que anuló la necesidad de supermercados o tiendas, a la vista de todos, sin excepción. El pan que en la panadería no pueden despachar dentro de una bolsa, porque “las bolsas no se consiguen” en la calle lo sirven - envuelto en perfectas bolsas de plástico transparente a las que lo único que les falta es una etiqueta con tu nombre -  remata Otto mascullando la rabia que le produce el cuento.
Pau asegura que de su panadería no sale una sola canilla para la calle, que apenas si logra darse abasto con la producción escasa de sus bien pertrechadas tiendas, últimamente transmutadas en suerte de bodegones de exquisiteces caras, que la gente compra porque no le queda más nada que comprar. Ambos, de todos modos, coinciden en afirmar que es verdad. Cuentan los precios insólitos de un saco de harina y los aun peores de un saco de azúcar y justifican el elevado precio del pan (un pan de sándwich mediano cuesta en promedio 2.000 bs) No obstante, se sienten incapaces de ponerle nombre a los responsables de proveerle pan a  quienes lo bachaquean en la calle. Es Pau, el que aventura una hipótesis,
-          -             De donde va a salir pues, de donde sale todo, de la sinvergüencería.
Y uno se queda pensando que hace rato, mucho rato,  fue Dios quien  dejó de darnos el pan nuestro de cada día.

jueves, 11 de agosto de 2016

La Compañera


¡!!Mi corazón!!! Me decía, abriendo los brazos, cada vez que nos encontrábamos por casualidad en los pasillos de esta ciudad que la hizo suya. Yo respondía a esa invitación a abrazarla, fundiéndome con ella en una excusa perfecta para dejarme querer por un ratico, e inmediatamente le decía,
-           - Deme la bendición, así, como si usted fuera una tía… - 
Y ella me respondía un “Dios te bendiga muchacho, que yo si soy una tía tuya” que nos hacia reventar a carcajadas. Es cierto, nos veíamos poco y ella lo resentía en cada oportunidad, no había vez en que no me reclamara la falta de visitas y no me recordara “que el cariño es el mismo”; pero cada encuentro, por fortuito que fuera, estaba lleno de una cosa especial que solo tienen quienes se han querido mucho, porque quererse mucho forma parte de una herencia y de una forma de vivir la vida. 
Una vida pensada para que ella, su esposo y mi madre la compartieran por más de sesenta años.
Anoche, al recibir la triste noticia de su partida, un mundo entero de recuerdos se me instaló en la vida. Una certeza de que en cada adiós se va una memoria, que cada muerte se lleva una historia en la que solemos ser mejores, o vivir mejores, o reír mejores.  Doña Gladys, en su repentina partida,  se está llevando un poquito de todo eso; pero, además, un poquito de una época que cada día más, se parece al pasado irrepetible de una vida que fue mejor, porque fue más nuestra.
Doña Gladys Angola de Avendaño, como bien dijo hoy mi hermano, “no fue amiga de mi mamá, fue mucho más que eso, es que era como familia” una cosa que no se dice con facilidad en una familia a la que le cuesta admitir que existe gente “como de la familia” pues se jacta de tener una familia numerosa y maciza. Doña Gladys lo era, desde que llegó a nuestra casa, al casarse con Chucho, e hizo de Mérida su casa, su mesa y su tierra. Casa, mesa y tierra, a la que tuvimos el privilegio de ser llamados y aceptados, por el solo hecho de pertenecer a ella y mantenernos cerca.   
La vida se construye a retazos, nadie viene a ella con un manual de instrucciones, puede que cuando mucho, con un destino trazado, (el de Doña Gladys ciertamente lo parece) pero, desde el principio, tiene mucho de rompecabezas y de caminos zigzagueantes. Puestos a mirar atrás, los caminos que nos han llevado al hoy de lo que hoy somos es probable que hubieran sido distintos; pero, las piezas fueron cayendo en su lugar cuando debían hacerlo y la vida se fue ocupando de demostrar que cabían;  como los amigos, que entraron  para enseñarnos que no hay riqueza más grande ni  apoyo más valioso en el camino. Puestos a mirar atrás, es la presencia de Gladys y Chucho en la vida accidentada de nuestra madre, lo que más se pareció siempre a un ancla a tierra; y eso se puede contar en millones de anécdotas que tejieron cercanías sin perpetrar desazones.  Anécdotas de las que escojo una, como la más a propósito de todas:
Mi madre era profundamente adeca. Adeca de convicción, adeca “romulera”, activista y amiga de adecos por quienes ponía la mano en el fuego, aun a riesgo de quemarse. Gladys era igualmente, copeyana. Copeyana de alto coturno; aunque con menos fiereza, hacia lo suyo por el partido y se codeaba con las alturas verdes del poder “puntofijista”. De eso, ambas solían mofarse. Llegó una campaña electoral, de esas en las que se mete la gente para ver ganar su candidato y ambas, con estilos diferentes y el mismo objetivo, se enfrascaron en lo suyo. Si Doña Gladys, exquisita como era, preparaba cenas de alto copete en su bella casa de El Encanto, mamá organizaba kermeses en la casa del partido, Si Doña Gladys acompañaba la esposa del candidato (que siempre era Doña Alicia o eso nos parecía) en conspicuos actos oficiales de la ciudad de entonces; mamá hacia lo propio con Doña Blanca en un estilo más adeco, haciendo chistes para que todos estuvieran cómodos. Era habitual que tras esas jornadas electoreras, las familias se reunieran en la bonita finca que los Avendaño tenían en Tabay (en la que muchos de nosotros vivieron desde el primer beso hasta el primer cigarrillo escondido) para disfrutar un domingo divertido. Uno de esos domingos, mi madre quiso enseñarle a Doña Gladys, a instancias jocosas de ella, el himno de Acción Democrática, entonces surgió una apuesta: Si Gladys era capaz de terminar cantando sola y sin equivocaciones  todas las estrofas de “Adelante a Luchar Milicianos”, mamá prepararía la cena para todos los presentes, sin ayuda ninguna. Ambas cosas eran imposibles: mi mamá no sabía ni hacer café, doña Gladys no iba a poner en su boca las letras de Acción Democrática. Esa tarde, reímos como pocas veces lo hemos hecho en la vida y la apuesta quedo tablas; pero, para siempre, el remoquete de “compañeras” se agregó a una amistad inigualable. Cada vez que se veían, el saludo alborozado dejaba sin validez los nombres de ambas y por extensión, nosotros empezamos a llamar  compañera a la madre de quienes llamaban compañera a nuestra madre. El día que mamá se fue, hoy hace nueve años, Doña Gladys, entonces de vacaciones fuera del país, llamó para asegurarse de hablar con cada uno de nosotros y expresarle su dolor por la muerte de la amiga. Yo tenía especial miedo a esa llamada que presentía y esperaba, cuando tocó mi turno, lo único que pude decirle fue “compañera”….desde el otro lado del teléfono, una voz que siempre fue muy recia y fuerte, se quebró un poco para decirme que, verdaderamente, ellas dos habían sido grandes compañeras.
Es una lección que adquiere validez extraordinaria en los tiempos que corren y no requiere explicaciones. Es una anécdota que escojo entre miles, porque refleja el talante de dos mujeres irrepetibles, que se fueron de este mundo casi el mismo día con nueve años de diferencia. Poco importa lo demás. Despedir a la compañera, es una tarea difícil, por muy ley de vida que sea.  Comprender que poco a poco cerramos una época porque perdemos sus símbolos, es aun peor. Habrá que reinventarse o habrá que intentar la titánica tarea de emularlas. Con Doña Gladys se va una manera de vivir. Conmigo se queda una manera de abrazar, una presencia guapa e impecable, una risa inolvidable y un valor que considero sagrado:  no hay nada que sea más importante en la vida que un amigo que sepa serlo durante toda su vida y lo sea, sobre todo, en la mala hora;  eso me lo enseñaron, con el ejemplo, Aida, Chucho, Gladys y Celina. Si me hubiesen dejado un saco de morocotas de oro por herencia, lo habría cambiado gustoso por el íntimo convencimiento de esa enseñanza perfecta.

lunes, 18 de julio de 2016

Gajes de un oficio

A Yelitza no le gusta que la llamen bachaquera. “Esa palabrita es horrorosa, parece que uno fuera un delincuente” dice cuando habla del oficio en el que ocupa casi todas las horas de su día,  los siete días de la semana.
-          -    A mí no me regalan nada, ni me lo traen a la puerta de mi casa, es mucho lo que pateo calle yo, buscando que si harina pan, leche, azúcar, toallas sanitarias y todo eso pa´venderselo a la gente floja que cree que por hacer cola se le van a partir las uñas. Esto es un trabajo, como cualquier otro, que a mí no me vengan con el cuento de que yo soy bachaquera -
Es su excusa, dice trabajar a favor de los que se sienten ajenos a la cola y considera su trabajo casi un apostolado. Uno que le ha producido muy buenos dividendos. Yelitza, en su casa del centro de Mérida, ha logrado cimentar un supermercado clandestino con normas de funcionamiento estrictas, horarios sagrados que incluyen sábados y domingos  y precios que varían semanalmente, en el mejor esquema capitalista de la oferta y la  demanda. De lo que ha logrado, Yelitza se siente más que secretamente orgullosa, sobre todo porque lo hizo prácticamente sola en el cortísimo periodo de  - un poquito menos de dos años - . Antes de eso, era abogada en busca de un documento que le permitiera llegar al fin de semana y secretaria fastidiada en una empresa inmobiliaria, en la que no había mucho que hacer y ganaba sueldo mínimo, más cesta tickets.
Tiene 33 años y un par de morochos de seis, cuyo padre reconoció para que los muchachos tuvieran apellido, a pesar de que ya se habían casado por civil cuando ella anunció la feliz noticia. Estaban esperando el golpe de suerte que los pondría en la cuota inicial de un apartamentico en Ejido, cuando ella descubrió que el novio de toda su vida tenía al segundo frente en su escritorio vecino. Claro que se deprimió, claro que pensó que eso no se hace, claro que intentó perdonarlo y todo; pero, a la hora de las chiquitas, prefirió quedarse sola con el vestido de novia guardado en el clóset y la reservación en el salón de fiestas cancelada. Parió sola a sus morochos casi al mismo tiempo que se graduó de abogada y con el auxilio de un profesor - que siempre me ha apoyado mucho en todo - arregló un divorcio  resuelto sin penurias,  en pocos meses y muchos tramites,  que le costó casi nada. Desde entonces no supo mucho de él.  - Trabajaba en CORPOELEC - me dice,  - pero creo que lo trasladaron a otro lugar, creo que lo mandaron para Puerto La Cruz o por ahí, se habrá ido con la mujercita, no sé, la verdad no se, ni me importa saberlo - recalca sin convencerme, una mirada esquiva, una sonrisa obligada, me informa de lo contrario. Cosas de mujeres.
Desde entonces, Yelitza se ha dedicado a ocuparse  de ella y de sus dos hijos. Ha tenido la ayuda de su mamá, una señora de Mérida de toda la vida y de su único hermano, un tío consentidor, experto en el rebusque que ha sido el padre que esos muchachos no han tenido. Yelitza está agradecida a la vida, porque mal no le ha ido,  pero siempre pensó que la oportunidad se le escapaba cuando estaba a punto de resolver la mayor de sus dificultades: el quince y último. A pesar de vivir relativamente bien, tener un carrito,  comprado con lo poco que heredó de su papá y contar con lo suficiente para darse un gustico de vez en cuando, la verdad es que la situación económica se le puso cuesta arriba a Yelitza y los morochos - el colegio carísimo, y ni hablar de los útiles escolares y las meriendas - casi al mismo tiempo que se le puso difícil a toda Venezuela. Entonces fue cuando le sonrió la suerte.
Fue obra de su hermano, que llego un día a la casa con un par de bultos de papel higiénico adicionales y le propuso venderlos entre sus amigas, al detal. Ella escribió un mensajito de texto ofreciéndolos y en menos de media hora se había ganado un poco más de dos mil bolívares. A la mañana siguiente, en el camino a su trabajo, se detuvo en casa de una de sus compradoras para entregarle la mercancía que ya había sido pagada mediante una transferencia electrónica a su cuenta y esta le preguntó si no podía conseguirle aceite también. - Te lo pago a lo que me lo pongas, porque no tengo ni una gota - . Yelitza, sin saber porqué, le dijo que sí, que le avisaba al mediodía y se fue para la oficina de la inmobiliaria a esperar por un cliente que nunca cruzó la puerta.  A media mañana le escribió un mensaje a su hermano, preguntándole por aceite y él le respondió que si en la casa se había terminado. Ella mintió que si y el replicó que era imposible porque había llevado una caja poco menos de una semana antes. Ella recordó que en efecto su mamá guardaba celosamente el aceite en el clóset del cuarto de servicio. Entonces, por primera vez, dijo una mentira para salir de esa oficina en que nadie la extrañaría. Fue a su casa, agarró dos botellas de aceite y llamó a la amiga, se los ofreció a un precio un poquito menos alto que el del mercado negro. Esa fue su segunda venta y la recuerda perfectamente
-          - Esa mujer se puso feliz, mijito….brincaba en una pata….allí mismo, delante de mi, hizo la transferencia a mi cuenta
En menos de dos meses, y siempre con la complicidad de su hermano, Yelitza amplió su oferta de productos, su lista de clientes y su cuenta bancaria. Solo acepta transferencias electrónicas, nunca permite un cheque ni un pago en efectivo y no vende sino `productos detallados. Los bultos de la escasez  los guarda en una habitación que ha preparado cuidadosamente para el negocio, sus hijos la llaman “el abasto de mami”. Lo hace sin escondrijos mayores, aunque toma precauciones. Todo está guardado dentro de escaparates de doble puerta que se compró con el producto de sus primeras ventas. El grueso de la mercancía está escondido en otra habitación a la que nadie que vaya a esa casa tiene acceso. Para satisfacer a sus clientes, Yelitza hace colas, recorre la ciudad de punta a punta, compra cualquier cosa que cree pueda ser revendida e incluso conduce su carrito hasta Cúcuta para traer pasta dental, jabón y champú – nunca en los “operativos” especiales de estos días, eso es de novatos; yo sé como pasar mis cositas sin tener problemas, tampoco es que traigo camiones de cosas - Un amigo le contó que en Caracas, en el mercado de Chacao, se consigue de todo; hasta allá fue, pero la decepcionaron los precios, aunque de todos modos trajo 48 desodorantes de hombre que vendió en menos de dos horas a 2.500 bolívares por unidad.
El domingo no atravesó la frontera, porque le pareció que no era capaz de soportar ese gentío, aunque compró un par de bultos de fideos que le ofreció a buen precio alguien que si lo hizo. En el fondo, Yelitza sabe que su oficio no es motivo de orgullo; sabe que no puede contarlo en las pocas fiestas a las que asiste con sus amigas del colegio (que no están en su lista de clientes) y que terminará en algún momento,  - ojalá y no muy pronto -  confiesa sin sonrojos. Ha logrado algunos ahorros, se ha hecho ducha en el negocio de la comida; está segura que cuando todo se normalice terminara montando “el abasto de mami” en el marco legal que le corresponde; pero, por ahora, eso es lo que hay. Y a eso le está sacando buen provecho, a juzgar por la ropa bonita que lucen tanto ella como su hermano, la sonrisa a toda hora  y las nutridas meriendas que llevan sus hijos al colegio. Pero,  no soporta que le digan bachaquera. Se ofende tanto como cuando le dicen chavista. 

jueves, 7 de julio de 2016

La misa del lunes

Para mi generación, tal vez para la de mis padres también, El Seminario Arquidiócesano de San Buenaventura de Mérida siempre ha estado en el mismo lugar. Es un hermoso edificio, un poco desvencijado, que lleva años al final de la calle 25, un poco mas allá de la avenida 7,  en un cruce de calles un poquito enrevesadas, justo al lado de la estación principal del Teleférico de Mérida y, más o menos,  al frente de la Plaza de las Heroínas. La ciudad ha cambiado, han hecho y deshecho con los alrededores, una estación de trolebús ha complicado enormemente el tráfico del área, pero el edificio bonito del Seminario continua siendo referencia de un barrio céntrico lleno de visitantes  que lo ignoran, como suele ignorarse un colegio grande en el que casi nunca hay trafico a la salida, ni muchachitos retozando en la esquina. Más bien silente,  el seminario, para muchos merideños, es un edificio de piedra gris al que alguien debería hacerle un cariñito porque alberga una institución de la que nos sentimos muy orgullosos, nada más;  hasta el viernes 01 de julio. Ese día, adquirió una notoriedad casi lamentable cuyo punto más alto lo puso una misa pensada hasta en el más pequeño detalle para recordarnos a todos que la causa es la paz (su padre rector dixit).
Fue una clara e inequívoca convocatoria: ante la afrenta recibida, vamos a reunirnos a orar, vamos a reunirnos a perdonar, vamos a dar un paso adelante por la paz, en una ciudad donde todo termina resolviéndolo  la lluvia o una misa. Ese día, por suerte, no llovió, más allá de unas gotitas inofensivas al final de la tarde. Ese día hubo un sol esplendido, gente, y curas vestidos de valentía con la estola blanca de las mejores ocasiones.  Ese día también hubo fe, montones de fe, o lo que muchos consideran es la única cosa con la que se puede enfrentar lo-que-nos-está-pasando. Ese día, además, hubo un cura en particular, a cargo de un sermón del que no se puede dejar de hablar. Es el Padre Cándido Contreras, una de las estrellas de la curia merideña. Un cura al que ya muchos de nosotros vemos vistiendo mitra.
Es el párroco de Santiago de La Punta, un pedacito de ciudad medio periférico al que se conoce como La Parroquia. Ha estado a cargo de asuntos catedralicios y es conocido, mejor aún, apreciado, pues le reconocen su carácter arriesgado, presto a decir incomodidades en nombre de Dios. Si quedaba alguna duda de eso, se disiparon el lunes. Pero, es más, si quedaba alguna duda de su ascendencia sobre la feligresía, eso también se disipó, cuando se acercó al micrófono para anunciar que se le había encargado el sermón, fue recibido con aplausos de director de orquesta. Si la misa, que había empezado con alegría, canticos y escenas memorables, tuvo un punto álgido, ese fue el sermón del Padre Cándido. 
Poco antes, otro sacerdote de los famosos, había recordado lo obvio: “para nosotros esto es sagrado”  y al hacerlo, pidió a los asistentes tomarlo en serio, porque no se trataba de un homenaje al seminario, sino de una oración colectiva por la Paz.  La misa, programada para efectuarse en la capilla del Seminario, había sido trasladada a la calle, cerrada por la presencia cada vez más numerosa de personas. Cuando toco el turno al padre Cándido, unas tres cuadras estaban repletas de feligreses, “de gente de todas las creencias” como bien dijo en algún momento el padre rector del Seminario.
La lectura escogida, (Mateo 9 – 18,26) habla de uno de los milagros de Jesús en su paso por el mundo; el de una niña, cuyos padres lloraban su muerte y a quien Jesús despertó, con esa sencillez que cuenta la biblia que él hacia las cosas para que los demás reventaran de rabia y terminaran crucificándolo.  Pues bien, el padre Cándido, empezó por explicar el milagro y lanzar su primera analogía: lo dijo muy claramente: “nuestra respuesta no puede ser solo indignación, nuestra respuesta puede ser un detonante para despertarnos”  y siguió: “esta Venezuela dormida, que parece estar muerta, a ti te lo digo, levántate”.  Y entonces, volvió a repetir que no podíamos quedarnos solo en la indignación, “que la justicia humana haga lo que tiene que hacer, si es que lo hace”  urgiéndonos el padre de la voz alta, a perdonar,  “uno de los grandes actos de misericordia, en el año de la misericordia” admitiendo, por supuesto, que es sumamente difícil.  El padre Cándido habló de reconciliación, sin  mandar a reconciliarnos, poniendo en el medio el perdón y la justicia humana, la que hasta ahora a nosotros no nos ha funcionado.
Y entonces, Cándido habló de la desnudez, de la infamante desnudez;  no de la desnudez (lo aclaró) con la que nacemos y nos hace inocentes, No.  Habló de la desnudez de Jesús  en el camino al calvario causada por “esos gobernantes que no pueden sino beber sangre para mantenerse en el poder”.  Midió cada palabra, diciéndolas una por una,  para continuar - en el contrapeso indispensable del buen predicador - nombrando las bondades olvidadas e imprecisas con las que se tropieza  uno en todas partes. Suerte de contrapunto necesario que terminó con una invitación imprescindible, la de actuar “con rectitud y justicia, pues si no hay rectitud, no habrá justicia y si no hay justicia, no habrá rectitud”  citando a Gandhi y la frase que a los venezolanos se nos ha convertido en mantra: “la violencia es el arma de los que no tienen la razón, y si yo necesito empuñar un arma para decirle a usted que yo tengo la razón, pues no tengo la razón y eso no se discute”
El sermón del padre Cándido, sin embargo, ha causado molestias sobre todo por una rotunda afirmación: “nos dicen que somos políticos y es cierto que lo somos; somos políticos, porque estamos a favor del bien de todos, sin distinción”, y recalco, “solo los políticos trabajan por el bien de todos, por el bien de la colectividad en general, los politiqueros solo se ocupan del bien de ellos y de unos pocos”. Cuando cesó la ovación, volvió a recordarnos su compromiso diciendo una vez más que “si, nosotros somos políticos, no somos politiqueros”. Entre los oyentes, la flor y nata de la oposición regional sopesaba con admiración sus declaraciones, algunos infiltrados también. No se convirtió en agua de borrajas, subido a las redes sociales, la homilia sigue resonando incómoda. Youtube ha recibido cientos de reproducciones. Whatsapp lo ha reenviado hasta el hartazgo. En la cotidianidad del merideño, las palabras, si bien un poco modificadas, empiezan a ser parte de nuestra mitología urbana, pocos han permanecido indiferentes.
El edificio del seminario sigue allí. Es una construcción solida, hermosa, de cuyo patio central sale, como dijo su director, la voz de los que no la tienen.  Tal vez, un día de estos lo veamos remozado. La vida de los merideños sigue desmenuzándose en infamantes colas a las puertas de un supermercado y el ultraje a los seminaristas, adornado de imposibles mitos urbanos,  se diluye en noticias nuevas de atracos y violaciones. La PAZ, suena a cosa imposible, a palabra sobada, a comodín de colores. Habrá otras misas y posiblemente, peores razones para hacerlas, en las que no cuadre el termino celebración. El padre Cándido (y sus colegas de púlpito) volverán a decir unas cuantas verdades, Pero, difícilmente olvidaremos la imagen precisa de los gobernantes que beben sangre - desde el principio de los tiempos - para crucificar a los justos y mantenerse en el poder.

lunes, 4 de julio de 2016

Palabra de rector

Puestos a echar un pulso, es posible que el Padre Alexander Rivera termine siendo más viejo de lo que todos piensan; no porque él quiera. Parece de todo, menos un cura en posición de poder; pero, lo es.  Es el rector del Seminario Arquídiocesano San Buenaventura de Mérida. El más antiguo de Venezuela y uno de los más sólidos bastiones de formación sacerdotal con que cuenta este valle de lágrimas. Alexander, a quien no le encanta que lo llamen por sus títulos, es un cura de La Azulita, con tanta pinta de agricultor como cualquiera que haya llegado de esos lares, con la mirada tranquila y el hablar pausado de quienes vienen de ese pueblo andino. Incluso hoy, cuando la institución que dirige es el foco de atención de una ciudad estremecida.  Tal vez por eso, prefiere contarlo todo caminando una y otra vez por el pasillo trasero del edificio que alberga a los muchachos venidos de todos los rincones de Venezuela con la intención de convertirse en sacerdotes o de estudiar bachillerato sin problemas - pues también siendo un buen padre de familia puede predicarse la palabra de Dios, con el ejemplo –  Alexander Rivera no puede despojarse de su condición de sacerdote, ni siquiera cuando sus fuertes manos, de gruesos y largos dedos, intentan evitar señalar culpables o cuando sus pasos apurados me acompañan, hablando de perdón.
Hace tres días que en Mérida no se habla de otra cosa. Cuatro muchachos, dos de 17 años, uno de 16 y otro de 15, fueron agredidos, torturados, heridos, robados, amenazados con gasolina y fuego y luego obligados a correr, completamente desnudos, por la Avenida Don Tulio Febres Cordero de esta ciudad, por haberse cruzado en medio de una revuelta callejera protagonizada por un colectivo oficialista, para impedir un acto convocado por Voluntad Popular que contaría con la presencia de Lilian Tintori. Los jóvenes salían de la casa de la tía de uno de ellos en las inmediaciones del sitio donde se desarrollaban los disturbios y, con la naturalidad de quien está acostumbrado a sortear reyertas, intentaron pasar por el medio de la calle tomada. Algunos de los encapuchados, miembros del colectivo los increparon preguntándoles si ellos eran “chavistas o escuálidos” ellos respondieron, con la mayor simpleza, lo que son: “somos seminaristas”. Así empezó su desgracia.
El Padre Rector estaba preparando la misa del domingo, cuando uno de los diez sacerdotes que le acompañan en la labor de mantener a flote el Seminario, le interrumpió el estudio para anunciarle que algo muy grave había sucedido a  varios de  sus muchachos. El Padre Rivera, haciendo gala de ese sentimiento filial que suele desarrollarse entre el director de un colegio católico y sus alumnos, reaccionó perplejo ante la noticia y se negó a ver las fotografías que en segundos colapsaron las redes sociales.  Quiso saber detalles de lo ocurrido y prepararse para hacer frente a lo que vendría. No acudió inmediatamente en ayuda de los estudiantes, pues sabia que otro de los sacerdotes que forman la jerarquía del Seminario estaba en eso y él tenia que atender diversos frentes en ese mismo momento. Él, necesitaba saber si se trataba de un ataque deliberado a su seminario, a la iglesia. Hoy está seguro que no lo fue.
-          -      Un atacante lleno de odio no pide la  identidad de sus víctimas, arremete contra cualquiera, le tocó a ellos. Ellos se identificaron como seminaristas, porque eso es lo que son; pero eso no hizo que sus atacantes se portaran peor. Un ataque deliberado al seminario habría sido mejor planeado y no habría sido contra cuatro estudiantes de cuarto y quinto año que no llegan a 17 años de edad. Es más, uno ni siquiera es estudiante nuestro. Fue quien llevó la peor parte.
La misma tía que los había despedido minutos antes en el apartamento advirtiéndoles que se fueran con cuidado, fue la primera en atender sus llamados de auxilio. Los vio desde el balcón y los reconoció, con el ojo herido por un dolor imborrable, cuando corrían desnudos en busca de amparo.  Uno de los cuatro, el menor, sangraba abundantemente; había sido golpeado en la cabeza con un candado. Ella se ocupó, los cubrió y diligenció el traslado a la clínica de los cuatro muchachos.  Así, como Dios los trajo al mundo fueron fotografiados y vistos en el mundo entero, gracias a la inefable inmediatez de las redes sociales.
-     -       Lo siguiente que pensé es que ese tipo de tragedias están empezando a parecernos tan normales - retoma la historia mientras camina a mi lado el Padre Rector - que parecemos estar acostumbrándonos. Que ese encarnizamiento es propio de estos tiempos terribles y ya nada  nos sorprende; entonces, claro, uno se asusta.
Los cuatro muchachos, cuya identidad no ha sido revelada tal vez por no ahondar en la vergüenza, llegaron hace menos de dos años procedentes de pueblos del interior de Los Andes. Dos vienen de un caserío de Guaraque llamado Rio Negro y dos de un pueblo trujillano, Capurí.  - Son hijos de gente de fe - dice el padre Rivera - De gente a la que Dios les da paz y serenidad, aunque están pasándolo muy mal. Ellos son muy jóvenes, y están bastante recuperados; fuera de lo anecdótico, ya hasta son capaces de reírse de lo ocurrido y bromear sobre eso; sus padres no, ellos están muy afectados. A esos muchachos han podido matarlos.
El 1ero de Julio, toda Mérida se volcó a proteger su seminario, una institución de la que los merideños están muy orgullosos, pues entre otras cosas, es génesis de su Universidad. Los comunicados de apoyo, las voces exigiendo respeto, las muestras incontables de respaldo emocionan la voz del diminuto Padre Alexander mientras camina a mi lado sin querer detenerse. Trato de ver en sus ojos un rastro de rencor, un poquito de venganza, un rasgo de rabia. El Padre Rivera está curtido en dones de Dios, él ya los perdonó. Solo consigo arrancarle un dejo de ironía cuando le comento la rueda de prensa ofrecida esta mañana por el Gobernador del Estado Mérida, Alexis Ramírez, quien dijo que repudiaba el hecho; pero, aclaró como quien resta importancia al asunto, que los agredidos estaban alborotando, en las canchas de la Federación de Centros Universitarios, lugar donde se realizaría el acto con Lilian Tintori y en cuya esquina sucedió el ataque.
-     -    Bueno, no sé si fue una rueda de prensa, pues no hubo preguntas. Creo más bien que fueron unas  declaraciones.
-      -    Eso fue lo que el gobernador dijo, ¿usted lo sabía? Que los muchachos estaban en las canchas de la     FCU.
-      -    Es normal, desconocer la realidad es normal en los tiempos que estamos. Eso es parte de no decir la verdad, yo lo llamo realidad política, el gobernador tenía que decirlo. Pero, no, ellos iban a su clase de inglés en el CEVAM, iban de prisa porque tenían un examen. Hay registros.
El Padre Alexander se sonríe. Parece no atreverse a decirme lo que, quizás, ambos estemos pensando, entonces se lo suelto, - no está la iglesia para alcahuetear mentiras -  sus  ojos me miran divertido.  Ya llevamos la cuarta vuelta al pasillo. Me asegura que no le consta que hayan metido a uno de los muchachos dentro de una alcantarilla, que otro de ellos salió de la clínica con un collarín – quizás por prevención – y que ayer lo llamó el Padre Alirio Contreras, un cura venezolano que vive en Roma y que protagonizó un momento venezolano durante el Ángelus del domingo pasado en San Pedro;  lo llamó para hacerle llegar los saludos del Papa Francisco. Ya Monseñor Porras lo había hecho. Con humilde orgullo cuenta que el Papa ya está enterado de los detalles, pero le preocupa que Su Santidad tenga una preocupación más; lo agradece, pero me regala lo que ha sido su reflexión permanente desde el viernes, una reflexión que, dado su talante, no me sorprende en absoluto:
-    -     Uno siempre tiene que tener la posibilidad de pensar en el lado bueno de las cosas que suceden. A estos muchachos les tocó vivir eso tan horrible, tan inhumano, porque quizás ellos pueden convertirse en la voz de los que no tienen voz. De los que humillan diariamente en las colas para conseguir comida, de las madres que no pueden llevarle sustento a sus hijos. Estos muchachos son la voz de esas personas que están viviendo tan mal en este país y nadie conoce.
Un seminarista interrumpe nuestro paseo. El padre es requerido en el patio frontal, dentro de poco va a celebrarse una misa en desagravio y a él le toca afinar detalles.  Decido terminar allí la conversación aunque reconozco que me ha subyugado y quisiera pasarme horas hablando con él de muchas cosas. Mi última pregunta parece lógica, esperada,
-     Padre, ¿no le da miedo?
-        -    ¿Por qué?, nosotros vamos a hacer una misa, una misa por la paz, no es un homenaje al Seminario      Yo me encomiendo a la Santísima Trinidad y me paro allí, no estaré solo.
-          -    ¿Usted cree, padre, que vale la pena arriesgar la vida?
-          -     Claro, claro que sí -  me lo dice mirándome a los ojos, rotundamente - Si la causa lo vale, claro que si, y la causa es la paz.
El hombre de 1, 60 de estatura se aleja. Mil cosas lo distraen allá afuera.  La causa es la paz, me repito. Media hora después encabeza la procesión de 46 sacerdotes diocesanos que presiden la misa por la paz en la calle repleta de gente que conduce al seminario y que este comparte plácidamente con la fragata insignia de las obras del gobierno local, el Teleférico de Mérida. Me quedo en la misa. Al terminar, es el padre Rivera el que nos dice, después de una homilía extraordinaria - que merece cuento aparte - palabras que marcan su talante:
-    -      Pertenecemos a la generación que escuchó decir a sus abuelos que al mundo vendría una gran oscuridad, los cálculos estaban mal sacados, no dijeron que esa gran oscuridad ha caído sobre Venezuela; pero, no nos preocupemos, que ya hoy anunciaron que se acabaron los cortes de luz….

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