domingo, 30 de octubre de 2016

Nosotros y los papeles

El cartel en la puerta de la Prefectura dejaba claramente establecida la norma inviolable: “solo se tramitaran partidas de nacimiento a aquellas personas que pocean (sic) la información de donde la sacaron y en que libro la anotaron” (sic)” aun así, entré a preguntarle a la oficinista,  sentada en una mesa semejante a un puesto de información, si sería posible obtener una partida de nacimiento -  vigente - Obviaré detalles de su aspecto físico, para no ser tildado de desadaptado y no describiré aquí, el realismo mágico de su manicura, para que no me tilden de creativo; pero, créanme, tuve que hacer un esfuerzo para entender que eso eran uñas. Por supuesto, la joven llenó de trabas mi acercamiento,  terminó los dos minutos de tiempo dedicados a atenderme dándome un sano consejo: “pregúntele a su mama donde lo escribió”(sic) (quise contestarle que gustoso le preguntaría eso y diez mil cosas más, si ella me conseguía una forma de hablar con el más allá que no fuera la fallida ouija; pero, me contuve) y me despachó sin miramientos y sin partida de nacimiento -  vigente -
Regresé a casa. En el almuerzo narré divertido la visita a la prefectura; mi hermana, siempre en plan salvador, dijo creer tener una partida vieja guardada en sus archivos. Revisó y la encontró; decía claramente mis datos, los mismos que yo no había vuelto a leer desde que sentí urgencia de hacerme una carta astral: Nacido en Mérida  a las 7:50 de la noche de un 06 de abril de 1961,  Aries, ascendente Escorpión. Nunca más la miré, como no fuera para constatar que era la mía, en uno de esos absurdos momentos en que las leyes venezolanas exigen que uno muestre la partida de nacimiento – vigente - para ciertos trámites, aunque uno tenga cédula de identidad y otros documentos que comprueben que uno, simple mortal, nació en esta ribera. Gracias a esa manía de guardar papeles que tiene mi familia, pude regresar a la oficina de la chica con el realismo mágico en sus uñas y pedir una copia de mi partida de nacimiento - vigente - para acceder de ese  modo a un pasaporte nuevo, que llegó a la oficina de Extranjería (nunca he sabido porque se llama extranjería a una oficina a la que vamos los nativos a obtener un pasaporte, pero así somos) justo en el momento en que tenía que llegar para que  yo pudiera conocer Estambul.
Durante el tiempo en que aguardaba mi pasaporte, murió mi hermano. Estaba enfermo y ese final se esperaba; pero, como suele suceder cuando finalmente llega, nos agarró desprevenidos. Jorge murió en el hospital una madrugada de día feriado. Nosotros nos enteramos, gracias a ciertos amigos médicos ocupados de vigilar su salud, un par de horas después y nos tocó ocuparnos de los trámites. Nuevamente voy a obviar detalles, son demasiado escabrosos; pero, había que poner en marcha un acto exequial, para el que era indispensable un documento que certificara su muerte. Acta de defunción, que llaman. Diligentemente, empleados de la funeraria se mostraron dispuestos a ayudarnos y así lo hicieron; aunque esa diligencia tropezó con el sencillo hecho de que era día feriado. Después de muchas gestiones y para hacer corto un cuento sumamente largo, terminé firmando la hoja en blanco de un gran cuaderno de actas para que la prefecta me entregara un documento provisional que me permitiera sepultar a mi hermano. No obstante, para ello (aunque yo estaba firmando, en una casa desconocida que no era la oficina de la prefectura,  un documento inexistente) hube de presentar la partida de nacimiento - vigente - de mi hermano muerto. La prefecta me lo explicó clarito:
-          Yo necesito saber que estuvo vivo, para poder decir que está muerto y para eso, la partida de nacimiento – vigente -  es lo que se usa, cualquiera inventa una cédula.
(Cualquiera inventa una morgue y un hermano muerto y un corazón destrozado y unos ojos hinchados por el dolor, me provocó decirle; pero, me contuve) por suerte, entre los documentos que llevaba conmigo, había una partida de nacimiento de mi hermano, vieja y no vigente, aunque ese pequeño detalle lo resolvieron algunos billetes de cien, de cuando los billetes de cien valían algo.
Recién llegado de un exilio de más de una década, el tema de la partida de nacimiento se me convirtió en una obsesión. Estos dos eventos (hay un tercero con un número de RIF y un tema sucesoral, pero es demasiado) me pusieron en guardia, enloqueciéndome. Por vez primera, un funcionario gubernamental me explicó – dos veces - que las partidas de nacimiento venezolanas tienen VIGENCIA. Es decir, en este país, una partida de nacimiento vence. Usted nace, es inscrito en el registro civil y a los seis meses de ese trámite, es posible que la prueba “de que usted está vivo” no sea válida.
Excepto, por supuesto, que usted pretenda ser Presidente de la Republica y tenga, como yo tuve en su momento, suficientes billetes de cien para que un tribunal ocioso decida que esa partida de nacimiento - que nos revienta las pelotas a los venezolanos (la necesitamos hasta para comprarle pañales a nuestros hijos) es un papel absolutamente prescindible. Es un aviso que debería alegrarnos, quizás represente cierta modernización de nuestra cotidianidad, ha quedado claro: el máximo tribunal de la republica, desde el pasado 28 de Octubre, ha dejado sin efecto un trámite más en nuestra vida: para ser venezolano no hace falta tener partida de nacimiento, vigente o no. Lo siento mucho, señora prefecta de la parroquia Domingo Peña.
Yo no sé ustedes; pero, viéndolo bien, para el resto de nosotros esa también es una buena noticia.

domingo, 23 de octubre de 2016

El cuento de una decepción

Cuando llegó  a Mérida, hace ahora siete años, Marisela era una estudiante brillante de 18 años, cuya vida adulta había conocido solamente la voz – autoritaria,  suele llamarla –  de un presidente: el difunto, como le dice sin nombrarlo.  Proveniente de una familia en la que la academia es muy importante, escogió la Universidad de Los Andes  porque sabía que su facultad de arquitectura estaba entre las mejores de país y porque Mérida, lugar privilegiado de vacaciones,  le hacía sentir bien. Se mudaba sola, por primera vez,  a enfrentarse a la vida universitaria. Se integró rápidamente, según cuenta,  diciendo simplemente que para ella, era totalmente distinto al colegio privado en que estudió en Valencia. Eso la divertía.
No recuerda exactamente en qué momento empezó a tomar en serio lo-que-nos-está-pasando, tampoco por qué motivo. Sabe, y su voz lo revela cuando habla, que como muchos otros muchachos de su edad, no podía permanecer callada. Ella cree que, siendo Aries, el fuego que necesita para hacerlo le fue dado en el nacimiento; pero,  tampoco jura por ello. Sencillamente buscó como ser  parte y encontró muchas opciones que fue probando y descartando según le dieran o no respuesta a sus expectativas
-          En realidad, hay muchísima gente trabajando por producir un cambio, entre los estudiantes por supuesto mucho más. No tienes idea de la cantidad enorme de proyectos que surgen casi diariamente y mueren con igual rapidez. Es como si todo el mundo quisiera arrimar el hombro – cuenta con la voz alta y emocionada que lucha contra un rictus de rabia imposible de disimular
Marisela es una activista que extrañamente prefiere estar un poco a  la sombra. Ayuda en cuanto puede; pero,  tiene claro que estudió una carrera demandante y que para ella lo más importante siempre fue graduarse en tiempo record, cosa que consiguió con honores, para buscarse la vida en la misma ciudad que la había acogido. Un pequeño taller de diseño y algunos “tigres” con amigos que había conocido en el camino, le dan para sobrevivir en el pequeño apartamento que compró hace un par de años gracias a la ayuda de su papá y algunos golpes de suerte. Marisela, aun conociendo los obstáculos gigantescos de estos años difíciles, consigue tiempo para participar en cuanta actividad política o social se  le presente.  Le gusta la cosa electoral, muchísimo  y ha trabajado, incansable, en cuanta elección se ha celebrado en los últimos ocho años
-          Hago de todo – dice - de todo, es de de todo. Desde preparar sándwiches para los que están en las mesas electorales hasta custodiar actas y pegar gritos en los centros electorales cuando quieren embromar a los electores. Me encanta una elección, me encanta eso de ver la democracia validándose a sí misma. Definitivamente, soy apasionada del acto de votar. Eso lo juro. No sabes cómo defiendo lo de ir a votar, incluso cuando no tenia edad para hacerlo. La primera cosa que hice cuando cumplí 18 fue inscribirme en el REP. Para mí eso fue como ponerme tacones cuando cumplí 15 – relata, relajando a carcajadas el semblante adusto de la conversación.
Eso debe ser, quizás, lo que la impulsó a creer firmemente en el llamado al Referendo Revocatorio y abocarse a él. Dice, con el rostro ensombrecido, que estuvo a punto de cerrar su taller, que dejó de ver a sus amigos, que peleó mil veces con su novio, que se enfrascó en mil discusiones, que lo puso todo, todo, una vez más, porque estaba segura que aun en medio de todas las trabas posibles, ellos no iban a atreverse a suspenderlo, aunque sabíamos que lo postergarían para el 2017. – lo juro, yo nunca me imaginé que se atreverían a suspenderlo, nunca –
El Jueves pasado, Marisela estaba reunida en su taller, a puertas cerradas,  con un grupo de compañeros a los que ha reclutado en su empeño por ayudar, preparando estrategias (estábamos tan enfrascado en eso que todos los días inventábamos algo nuevo) cuando uno de los muchachos leyó en tuiter noticias alarmantes que anunciaban justicia (- una justicia que,  francamente, me cuesta entender - dice con  mucha rabia) A todos les preocupó la cosa;  pero, fue ella la primera en reaccionar, buscando mayores noticias
-          Fue un punto de inflexión, como dicen. Creo que nos pusimos como locos. Yo escudriñé los tuiter de todo el mundo, reventé la computadora buscando noticias, hice llamadas a gente que podía estar mejor informada que yo. Hasta que vi el tuit de un periodista que cubre la fuente del CNE (se refiere a Eugenio Martínez, a quien sigue con devoción de estrella de rock) y revise su timeline; sin decirlo, estaba anunciando lo que minutos después leeríamos en el comunicado del CNE. Te juro que me sentí destruida. No puedo ni siquiera recordar bien como llegué a mi casa. No estoy exagerando, era como si me hubieran anunciado la muerte  de un familiar cercano. No podía parar de llorar. No había nada en esta tierra que me consolara. Hacerlo de esa forma….Dios….es que son exquisitos en su maldad…
Marisela se refiere a la decisión del CNE de “paralizar, hasta nueva orden judicial, el proceso de recolección de 20% de las manifestaciones de voluntad, que estaba previsto para el 26, 27 y 28 de octubre próximos, y en el que el Consejo Nacional Electoral estaba trabajando” dictada al amparo de unas sentencias emitidas por tribunales penales de Carabobo, Apure, Aragua, Bolívar y Monagas que se tomó tras la admisión de “querellas penales por los delitos de falsa atestación ante funcionario público, aprovechamiento de acto falso y suministro de datos falsos al Poder Electoral”. Sentencias que, todos sabemos, son de dudosa legalidad al no encontrarse enmarcadas dentro de lo que se conoce en derecho como el debido proceso y han sido emitidas por tribunales que, según todos los analistas, no tienen la debida jurisdicción electoral.
-          Me quedé de piedra, herida y muy molesta – continua la conversación - Poco a poco  me di cuenta que además, me llené de decepción. Entendí cabalmente que el golpe estaba dirigido a los que creíamos, a quienes estábamos apostando por el cambio, que el golpe está dirigido a desmoralizarnos, a  repletar las redes sociales con fotos del piso de Maiquetía, a volvernos leña. Pensé que eso que llaman salidas constitucionales y democráticas, habían sido acabadas para siempre y no hay manera de que logre convencerme de lo contrario. Simplemente me convertí, en un segundo,  en militante del pesimismo.  No tengo idea de por qué no he tomado la decisión de irme del país. Mis dos hermanos ya lo hicieron y no están mal; yo no entiendo cómo es que no me les uno, aunque peligrosamente, esa idea me ronda cada vez más y más cerca.
Marisela asegura que no entiende cómo es que a partir del jueves hay personas llamando a mantenerse optimistas, tampoco como es que ha leído que esa decisión del CNE demuestra que el gobierno está acorralado y el final está cerca. En su vehemencia veinteañera, no comprende cómo puede alguien vaticinar un final distinto a la matazón y el sangrero y se asusta con una actitud que ella percibe frívola, anecdótica, una actitud que desprecia la forma, y hasta el fondo, quedándose en el titular. Nos despedimos, empieza una fina lluviecita a caer sobre la esquina en que nos hemos encontrado,  por casualidad,  para repetir el afecto de profesor y alumna con el que nos tratamos desde que la ayudé a redactar su tesis de grado. Marisela, bonita, altiva, bien vestida, con su eterno bolso gigantesco guindando de un hombro, me sujeta las manos en un gesto que antes tenía mucho de alegre. Me mira a los ojos, los suyos están conteniendo unas lágrimas que seguramente caerán cuando camine hasta el estacionamiento. Los míos están nublados desde hace rato.
-          Nada, Profe…Hay que bajar la cabeza. Nos guste o no, hay que bajar la cabeza. Yo por lo pronto, estoy fuera de todo. A lo mejor me verá en alguna marcha o no sé; pero, estoy fuera de todo, por lo menos hasta que me recomponga y ¿sabe qué? ayer mi hermano volvió a decirme que estaba loca. El problema es que estoy punto de creerle.
La abracé y le di un beso en la mejilla al que ella respondió diciéndome - te quiero mucho profe- lo hice porque me quedé sin palabras. En esa esquina, buscando un alero para protegerme de la lluvia de la tarde, me quedé sin palabras mientras la veía alejarse.
De pronto, lo único que pensé es en lo mucho que le dolería al país que ella también se vaya. Pero la entendí porque recordé algo que me dijo hace muchos años un profesor muy querido, “cuando uno es joven y tiene ganas, es preferible vivir, donde se pueda vivir”. Cabizbajo, limpié mis anteojos  y me vine a casa caminando bajo la lluvia.

jueves, 13 de octubre de 2016

Transas del camino

Cuentan que más que un pueblo, La Fría era tan solo una estación de tren en el medio del camino a San Cristóbal. También que, a mediados del siglo XIX, una peste desconocida empezó a arrasar su población;  los enfermos eran sacudidos por escalofríos intensos, imposibles de remediar, hasta que morían “de frio”. La peste (para que vean que la costumbre de bautizar enfermedades es propia de nuestro ADN)  empezó a ser llamada La Fría y al pueblecito, capital del Municipio García de Hevia del estado Táchira, se le quedó el mote como único nombre. Desde entonces creció, como la mayoría de los pueblos andinos, a orillas de un camino convertido más tarde en carretera, demasiado cerca de la frontera Colombiana  como para que a alguien se le ocurriera formalizarlo. Hoy, es un pueblo dividido en dos mitades por una carretera Panamericana,  que se transita, obligado, cuando se atraviesan Los Andes camino a Cúcuta, el Mayami colombiano,  más allá de la línea fronteriza, convertido por la crisis en paliativo, supermercado y atenuante de todos nuestros males;  los que se pueden remediar con dinero y los que se pueden remediar buscando maneras de hacer dinero.
Confieso que nunca había ido; como muchísimos merideños, había pasado por allí, pero jamás se me había ocurrido que La Fría era destino para buscar, por ejemplo, un sitio para almorzar. Lo hice por primera vez la semana pasada, buscándole nuevas rutas al menguado negocio del que vivimos los hermanos y entonces, como nunca antes, comprendí el termino Venezuela profunda. No porque nunca lo hubiera vivido antes, más bien porque desde que regresé a esta casa grande llamada crisis, no he hecho otra cosa más que protegerme de sus golpes. La Fría me arrancó el chaleco antibalas dejándome desnudo frente a  lo que venimos siendo.
De Mérida a La Fría  hay unas dos horas de buen camino, quizás un poco más; se pasa El Vigía y plantación adentro empiezan a aparecer alcabalas, puestos de control, pueblecitos, verdores y agobiante calor.  Algunos pedazos de esa carretera, conocida como La Panamericana, están mejor que otros e incluso alardean de autopista. A todos lados, campos en verdes inimaginables son hogar de poquísimas reses;  alguien asegura que es lo mejor,  hoy día tener (es decir, exhibir) gran cantidad de animales es cebo para desgracias que nadie quiere vivir. Por esa carretera, de cada 20 vehículos que circulan, por lo menos 15 son enormes camionetas,  casi siempre  conducidas por muchachitos, que, invariablemente delante de uno, muestran impúdicamente el negocio de este siglo: la mayoría  se detiene en todos los puntos de control – hay decenas - baja el vidrio de su ventana y extiende algunos billetes, sin mediar más que un saludo,  al policía que lo ha detenido por un instante. Nadie hace revisión alguna, nadie pregunta por papeles de ningún tipo, nadie se interesa realmente por nada distinto: el conductor extiende la mano, el (la) policía también y en su rostro se dibuja una sonrisa. Enseguida, la mano izquierda hecha un ovillo, se cierra hasta que la cantidad de billetes prácticamente impide otro  movimiento que no sea vaciar su contenido en el bolsillo trasero del ajustado pantalón de uniforme de policía. Una vez es un o una  policía bolivariano, la siguiente es un soldado o soldada y así, alternadamente, hasta que una alcabala formal (de las que puede haber unas tres o cuatro en la ruta) deja pasar sin remilgos a todo el que ya ha atravesado los muchos puntos de control colocados en la Panamericana. No se detienen, no hacen ninguna transacción, al menos, ninguna que hayamos podido ver nosotros. Dicen que todas esas camionetas transportan gasolina en un tanque oculto.
Gasolina que, por cierto, es dificilísima de conseguir para – finalmente - llegar a La Fría,  un lugar más bien feo y desordenado que se burla de su nombre descaradamente. Sus calles hierven, el calor abruma, el caos asalta en cada esquina. Tal vez por eso, trabajar allí significó “al mal tiempo, darle prisa” hasta que llegó el momento de comer. Es un pueblo en el que no es fácil conseguir un lugar adecuado para eso, como no sean polleras, cosa que descarto de entrada o un par de lugares demasiado caros para lo que representan. Casi a punto de renunciar a la idea, un sitio que garantiza aire acondicionado ofreciendo menú ejecutivo a 1800 bolívares, sale a nuestro encuentro. Es un restaurante de pueblo, con pretensiones y demasiados globos rosados para hacer ver que está adornado. Allí, la otra transa es el país tragicómico:
-             -   Buenas tardes, nos cuenta el menú ejecutivo - decimos
-             -   Menú ejecutivo no hay, se acabó todo, tienen que pedir a la carta
-             -   Tráiganos la carta, entonces
La revisamos, es un extenso menú, típico de estos lugares, donde los nombres mal escritos de platos presuntuosos que nadie ordena, se mezclan con la oferta doméstica de todos los días.
-             -   Tres pollos a la plancha con tostones, una limonada y dos Coca Colas -  ordenamos
Unos minutos más tarde regresa el mesero
-          -   Miren, a mi me gusta ser honesto, por eso se los digo: Ese pollo que está allá no se los puedo servir porque está azul...pidan otra cosa
-            -    Déjenos ver la carta otra vez -
La carta reaparece, una segunda mirada y un nuevo pedido
-           -   Tres lomitos a la criolla, igual, con tostones -
El mesero se va, regresa en un par de minutos
-           -   El lomito no se los puedo servir, está muy duro -
-             -  Si está muy duro no es lomito -
-            -   Si, es lomito, pero es una parte del lomito que se pone dura -
-             -   Eso no existe. Si está duro no es lomito -
-             -   Bueno, está bien, es punta, pero lo ofrecemos como lomito. De todos modos no se los puedo servir 
-             -   Está bien….hagamos algo, traiga otra limonada y sírvanos tres pastas Boloña -
La seguridad de un plato que no admite mayores equivocaciones al menos va a saciarnos el hambre. El lugar empieza a darnos muy mala espina. El mesero regresa después de unos minutos largos, lleva en sus manos tres platos.
-           -   No vayan a creer  que este es el pollo del que les hablé al principio…este pollo…. -
-        -  Ni aunque me traigas el pollo vivo y lo mates frente a mí, me como eso. Tu dijiste que ese pollo estaba piche -
-             -   Pero es que… -
-             -   Pero es que nada, nosotros pedimos tres pastas Boloña y eso es lo que queremos -
-             -   No…miren, no se preocupen, este no es el pollo de antes, ya voy a traerles el contorno -
-             -   No, llévese eso y tráiganos las pastas Boloña -
El mesero se va, ofendido. Regresa a los segundos.
-            -  No puedo traerles la pasta Boloña. No está saliendo, puedo ofrecerles camarones, pasta carbonara con camarones - (inimaginable combinación y plato más caro del menú)
-            -    Mire señor, dígame cuanto le debemos por los refrescos y ya, mejor nos vamos -
-            -    Son mil novecientos bolívares -
Le entrego mi tarjeta de debito. El mesero se va y regresa.
-             -   Para procesar su tarjeta de debito, tengo que cargarle el 10% -
-             -   Hágalo por favor, cóbrese el 10% pero cóbrese, queremos irnos -
El mesero regresa.
-             -   No, definitivamente, no puedo pasar su tarjeta. Tiene que pagar en efectivo -
-             -   ¿Sabe qué?, no tengo efectivo. Nos vamos sin pagar -
-            -    Señor…es que…. -
-             -   Nada….nos vamos sin pagar, yo le dije al principio que no tenía efectivo -
Nos levantamos y nos fuimos, sin pagar los mil novecientos bolívares de dos refrescos y dos limonadas; mientras, allá lejos, al mesero le reclaman – fortísimo - algo que tenía que ver con nosotros.
Regresamos  al calor horrible a  buscar otro sitio para comer, sin entender  ¿En qué momento, cual loco nos extravió a todos? ¿Cómo pasó? Nadie lo sabe: aquí es así, La Fría, su carretera y sus transas  se repiten en cada rincón, incluso en los que aparecen en la guías de Valentina Quintero.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Se hace camino al andar

Las ciudades, todas, tienen encantos particulares. Suerte de accesorios con los que adornan su personal naturaleza; algunas, y en esto no somos nada democráticos, poseen más que otras; tal es el caso de Coro, en el estado Falcón que, por tener, tiene nuestro único desierto y cercanía a una línea de playa insuperable o Mérida, que decidió hacerse grande a la sombra de una geografía avasallante, una tierra groseramente fértil en la que una pepa de mandarina lanzada al azar de un muchacho apurado, se convierte en mata lo quiera usted o no. Son encantos prácticamente inadvertidos. Los merideños vivimos con ellos y los sentidos, cosa sabida, se acostumbran rápido a ignorar lo que conocen de sobra.
La Sierra Nevada está allí. Algunos días de agosto nos vuelve locos de tanta y tan fría blancura, entonces la vemos con admiración; pero siempre está ahí. El Albarregas, también, aunque este recuerda su presencia solo cuando escuchamos el ruido de su caudal atropellando piedras debajo de nuestros pasos urbanos. Divide la ciudad en dos mitades y hasta hace relativamente poco tiempo, una importante anchura de terrenos y potreros conocido como La Otra Banda, era lugar de excursiones a los que se accedía por tortuosos caminos abiertos por baquianos tratando de no estorbar el transcurso del rio. Nuestro Albarregas, allí, regando una ciudad que despertó tarde a la modernidad, suena sus caudales sin ningún pudor para recordarnos que convivimos pacíficamente. No se le recuerda bravo; en un esfuerzo notable de memoria, solo atino a mencionar un susto de crecidas y aguas desperdigadas hace un largo montón de años. La ciudad, aunque parece que no, pues pocos lo notan, ha crecido a sus riberas tanto como a la falda de una cordillera acunada de mitos y sorpresas.
Esa ciudad, que al expandirse no encontró más espacios que La Otra Banda, nunca ha atinado a pensar que esa otra banda es la otra ribera del Albarregas, nuestra muy gocha Rive Gauche, que, a diferencia de las riberas de ríos integrados a palos a su entorno urbano, no se rodea de selvas de cemento; lo hace mas bien, suerte que tiene uno, de verdores. Pues bien, ese verdor tiene su historia.
En algún momento de los lejanos 80´s mientras los merideños de mi generación fumábamos marihuana y bailábamos en Las Rosas, a alguien se le ocurrió darle un uso ciudadano a las riberas del Albarregas. Ya alguien mas había cometido la tropelía imperdonable de autorizar la construcción de un conjunto residencial casi en sus márgenes y ciertos sectores de la ciudad, abiertas las compuertas por el famoso Viaducto de la 26, estaban utilizándolo, de todos modos, sin mucho orden ni concierto. El gobierno regional de entonces a cargo del inefable Chuy Copey (Jesús Rondón Nucete) decidió acoger la idea de construir un parque y dio luz verde a un proyecto del que muy pocas ciudades del mundo pueden dar cuenta: Conservar el verdor de las riberas de un río, que no es ni pretende ser otra cosa que un rio de aguas frías, limpias y tumultuosas y agregarle espacios para el disfrute de los habitantes entre los que, de paso, se plantaría un jardín de esculturas. Quienes vivimos esa época seguramente fuimos más de una vez al Parque Albarregas a hacer, caminatas tan largas como lo permitía el espacio construido hasta ese momento. Verdaderamente fue un momento feliz para la ciudad porque entre otras cosas que ganaba en ese entonces, estaba ganando un espacio para su gente.  Gente que probablemente en ese momento ni sabía lo que estaba recibiendo, ni estaba lista para apreciarlo; entonces, sucedió lo que tenía que suceder: primero, el parque se convirtió en guarida de amores tan prohibidos como efímeros, luego empezó a amontonarse basura, después los choros lo hicieron su casa y después todos lo convertimos en basurero. Al final vino la maleza y se acabó el sueño, apenas un pedacito tristón y anodino que exhibe la representación escultórica  de algo tan improbable como un encuentro entre García Márquez y Don Tulio, al que solo acuden libreros de ocasión (a vender sus libros) e indigentes a esconder sus miserias.
Hasta hace exactamente once  días. Once, que empezaron en junio de 2016 en medio de unas Jornadas de Responsabilidad Social Empresarial  que se hicieron en FACES-ULA, organizadas por el Grupo de Investigación de Legislación Organizacional y Gerencia (GILOG); allí, unos locos enamorados de Mérida se preguntaron que había sido del Parque de su juventud y al Parque le cambio la suerte: sin bulla, sin aspavientos empezaron a escucharse voces a favor de las riberas del Albarregas y para hacer corto un cuento largo, se organizó la primera sesión de VAMOS AL PARQUE, A LIMPIAR. 
Se aparecieron 48 voluntarios, quienes supervisados por gente que sabe de eso, recogieron  más de 40 bolsas  de 200 litros con desechos sólidos  inorgánicos,  un montón de  cauchos, chatarra, equipos inutilizados de computación, una gran cantidad de cosas insólitas que nadie se imagina que uno bota en la maleza y un buen numero de colchones, cosa que no necesita explicación: la gente, cuando no sabe donde botar sus basuras, le importa poco tirárselas a un rio, con mala puntería. Pero, lo mejor que hicieron fue despejar 150 metros de la camineria adoquinada construida en los ya lejanos 80´s. De algún modo, el 17 de septiembre la ciudad renació junto a la primera vez que sus ciudadanos se fajaron por ella.
-               -   La primera vez que vinimos, escasamente podíamos caminar por un trechito en el que solo podía ponerse un pie delante del otro. No puedes imaginarte el charco de siglos que era esto - dice orgullosa Danitza Suárez, la mujer detrás del éxito del Km Inteligente y de todas las juntas de condominio a las que les ha ido bien, mientras me enseña ese  pedazo de 150 mts que es la nueva génesis.
Es una verdad increíble. Es una verdad, de verdad. Un par de días antes había pasado caminando por La Cruz Verde (allí queda la entrada) y un claro de bondad en el camino me había llamado mucho la atención, removiendo nostalgias. Por eso me fui el sábado a la segunda jornada de limpieza, a pesar de haber advertido que yo no agarro una escoba ni en mi casa. Ese sábado, el parque de nuestra juventud estaba lleno de gente, que hoy tiene la edad que teníamos nosotros cuando lo inauguraron la primera vez, comandados por el loco mayor, Alex Bustamante, el mismo que hizo de un zaguán viejo en la calle 27 el café/librería mas visitado de la ciudad, el loco pelo largo que anda en bicicleta para todas partes en una ciudad en la que las bicicletas, son para el verano,  quien me dijo hace días que ese será "nuestro Camino de Santiago" y que para lograrlo, ha ido reclutando gente de todos los rincones.
-                      - Es que quisiéramos rescatar los valores de la ciudad y ¿qué mejor valor que su naturaleza? Eso es lo único que estamos haciendo aquí. Esto va a ser grandioso porque va a ser un espacio para la naturaleza y para la gente -   esta vez, la voz es la de Enrique Pacheco Graff,  el paisajista con cara de iluminado que está guiando el rescate pues apuesta a mucho mas que un kilómetro de caminerias rodeadas de verde.
Junto a las caminerias, reaparecieron también las esculturas, tratadas como lo que son, han sido despejadas y serán restauradas cuando el trabajo museográfico se haya hecho. (valga la acotación) y algunos interesados en trabajar a un nivel más serio, es decir, reparando la infraestructura dañada o poniéndole luz a la cosa.
-                  -  Esto va a seguir creciendo -  dice Danitza, rodeada de un grupo de voluntarios a los que dirige como un almirante en campaña.  - ¿Sabes por qué? Porque es y será siempre una iniciativa ciudadana. Aquí no hay espacio para políticos a menos que ellos se conviertan en parte de la ciudadanía, hoy, está el alcalde aquí porque el poder municipal tiene que involucrarse, tiene que darnos, por lo menos, protección policial, pero ya se lo dije: esto no es un asunto de plata, sino de pantalones - y ríe abiertamente.
Hoy, después de cuatro jornadas de trabajo, se han abierto 500 metros de camineria y múltiples iniciativas ciudadanas se han sumado al Albarregas. Algunos programan conciertos, otros piensan en grupos de Yoga, algunos más diseñan alternativas para que sea un éxito. Pero, en el tope de todo, un grupo cada vez más grande de muchachos echa pico y pala limpiando el parque; en cada palada, la ciudad hace una genuflexión, dice gracias y recibe encantada el regalo de su gente, a quienes se lo devuelve para que lo disfruten, porque una ciudad de andariegos sabe mejor que nadie que la más grande verdad jamás dicha es que se hace camino al andar… 

sábado, 17 de septiembre de 2016

Ellos se llevan a Johnny...

Está convencido que la primera decisión más afortunada que tomó en su vida fue reunir cada centavo que llegaba a sus manos para comprar un teléfono inteligente; la segunda, inscribirse en aquel curso de computación que dictaba, gratis, los sábados en la mañana, un sacristán de pueblo en el salón de una iglesia y la tercera, haberse propuesto obtener, entre varios postulantes, un puesto para el programa de intercambio de voluntarios que la Alianza Francesa patrocina cada año para la Casa Hogar Tachirense en que vivió casi toda su infancia y adolescencia. Fueron decisiones de su voluntad en las que intervino su buen juicio y su tozudez. Son las decisiones que hoy lo tienen con un pie en el aeropuerto de Fiumicino, aunque ese no haya sido un propósito firme desde el principio. Recién cumplidos 24 años, Johnny se va del país, seguro de que muy probablemente nunca más regrese a vivir acá, aunque eso signifique dejar en el campo a su mamá, acompañada de una prima que es, más o menos, su hermana; toda la familia que conoce.
-          Apenas estoy terminando de tramitar el permiso de residencia, que es una cosa muy complicada, tan pronto como salga (me avisan en quince días) entonces preparo todo para irme. Ya tengo el boleto y todo lo demás arreglado. Me lo arreglaron ellos.
Ellos. El pronombre personal se le escapa muchas veces en la conversación;  ellos, son los autores de su plan, los destinatarios de su aventura y los protagonistas de su decisión. Ellos son sus amigos. Los amigos que hizo en Europa cuando, después de grandes esfuerzos, obtuvo un cupo en el programa de la Alianza Francesa, para pasar seis meses viviendo y trabajando como voluntario en Niza, la hermosa ciudad costera de lo que en el gran mundo se conoce como Costa Azul, un rinconcito de mediterráneo que es como la guinda del postre que es Francia. Johnny destacó en su desempeño; pero, sobre todo, Johnny destacó en sus relaciones públicas. Por eso fue tan importante tener un teléfono inteligente, para cultivar unos amigos que, dos años más tarde, le resolvieron la vida el día que contó parte de las iniquidades que vive un campesino negro y sin estudios superiores, en un país barrido por la barbarie. Ellos, intrigados por lo que publica la prensa extranjera, empezaron el interrogatorio y él, con el machucado francés que pudo aprender en esos seis meses, fue respondiendo. Una muchacha portuguesa, entonces,  hizo la gran pregunta:
-          ¿Tú que sabes hacer?
-          ¿Cómo? ¿de trabajo?
-          Si, de trabajo, claro… ¿en que trabajas tú?
-          Yo trabajo en el campo, atendiendo unas tierritas que tiene mi mamá cerca de Peribeca
-          Ok…pero, ¿solo eso?
-        Bueno, a mi me gusta mucho el fútbol y eso, cada vez que puedo, juego y enseño a los muchachos a jugar
-        ¿Eres bueno en eso?
-         Pues, malo no soy, y como siempre he vivido con niños, se me da bien enseñar
-         OK
Una semana más tarde, el chat habilitó una sesión de emergencia para enseñarlo a llenar una solicitud de trabajo en una escuela Italiana bilingüe de futbol que necesitaba gente con el exacto perfil de Johnny. La amiga portuguesa había hecho la investigación por él, sin decirle nada.  Johnny se sentó en una computadora, manejada diestramente por pura curiosidad y con la ayuda de ellos, hizo una solicitud que celebraron con alegría todos los que, casi a diario, se turnan en sus extraños horarios para saludarse en un grupo Whatsapp inventado un día aburrido de Niza.
Es verdad.  Johnny es buen jugador de futbol. No es una estrella como para engrosar la nomina de la Vino Tinto, pero “malo no es”, además, también es verdad que se le da bien enseñarle a  niños los trucos de la cancha y la pelota, por pura intuición. Johnny fue uno de esos niños a quienes planes gubernamentales llaman “en situación de riesgo”, pero tuvo la suerte de haber tropezado en su vida, con unas monjas generosas que se ocupan precisamente de hacer menos patente el riesgo.  Con ellas vivió, se alimentó, se educó y aprendió algunas cositas importantes sobre la vida; con ellas permaneció cuando,  superado en la edad reglamentaria - y sin tener mucho de donde escoger - tendría que haberse ido a patear mundo. Él optó por ayudar en todo lo que pudiera, destacándose en eso como uno de los mejores y su premio fue un viaje a Francia para el que parecía predestinado, seguro de regresar a ocuparse del campo donde Eloina, la madre insigne, batalla el diario para ella y sus dos muchachos. Es inevitable el lugar común: si se lo hubieran contado…
La amiga portuguesa fue la que advirtió las dificultades de la oferta futbolera;  en caso de ser seleccionado, el escasísimo sueldo que ofrecen a quien se atreva a postularse no alcanza ni para comenzar; pero, ese es el precio que hay que pagar por los papeles. Se ocupó de urdir un plan complementario de sobrevivencia: encargada de un restaurante en el centro de Nápoles con buenas propinas y sueldo mucho más decente que el de la escuela de futbol, un día le preguntó si estaría dispuesto a comenzar desde abajo, a él, que lo único que ha hecho en su vida ha sido comenzar desde abajo. Respondió que si, por supuesto, y ella se ocupó de lo demás. Cuando aterrice en Nápoles, Johnny tiene asegurado un puesto como busboy en el restaurante de la muchacha portuguesa. Ellos, otra vez aparecen, se ocuparon además de solventar trámites burocráticos (asunto peliagudo en la calamitosa Europa de refugiados y balseros) y de pensar, entre todos,  como resolver el tema de la vivienda. Otra de las amigas ofreció casa gratis por tres meses, durante los que dormirá en el sofá que está puesto (él vio las fotos con alegría) debajo de una escalera, creando un espacio abuhardillado que para él, conocedor de todas las carencias, es una suite que enseña con orgullo. Pasados los tres meses (él cree que sucederá antes) tendrá que empezar a pagar una parte de la renta (en el apartamentico de las afueras de Nápoles viven 3 personas) o buscarse la vida. El está perfectamente de acuerdo. Sabe que podrá hacerlo, o por lo menos, lo intuye. Ellos compraron el boleto, - fue una ganga, tan solo costó 600 euros – ellos pagaron la multa por tener que cambiar la fecha de salida debido a inexperiencia en el cálculo de tiempos oficiales y ellos decidieron, entre todos, que ese boleto es un regalo. Él quiere pagárselo al que lo compró (a quien reconoce como uno de sus mejores amigos) pero, de eso ni se habla. Ellos lo que quieren es que se reúna con ellos en Europa pronto y se olvide de sus calamidades.
El 14 de diciembre es su fecha de salida. Entre sus pocos amigos de aquí, la venta de las hortalizas que cultiva – que le tienen las manos destrozadas – y la ayuda de gente que también quiere verlo fuera de la miseria, ha reunido mil euros y un único equipo de ropa de invierno.  Johnny tiene el carácter cerrero de los andinos y la poca expresividad del campesino; por más que alguien lo intente, no logra sacarle una palabra sobre lo que significa dejar a su mamá o dejar su campo; solo habla de ellos y de su proyecto, entrena duramente todos los días en una rutina autoimpuesta, revisa cuanto puede la internet para aprender cosas de su nuevo país y estudia italiano los sábados con el mismo interés que un día le puso a la computación; pero, si por algún designio del destino “la cosa se cae” sabe que cuenta con ellos para intentarlo de nuevo, empezando de cero. Su piel oscura, su rostro buenmozo, su cuerpo curtido y macizo, su acento campesino y cerrero saben que llegó el momento. Lo que piensen los demás no importa. Ellos están a un whatsapp de distancia. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Un año después, quince años



Llegamos al hotel cerca de las 3 de la tarde. El clima plácido de un otoño especialmente benigno alegró el trayecto desde Newark hasta la estación de la calle 34, debajo de Macy´s. Daniel, en su vida, había ido una sola vez a New York, yo había vivido allí un par de años a principio de los 90's; recordaba (recuerdo vívidamente) el olor de la ciudad que tanto me gusta e insistí en salir un momento a la superficie, a pesar de las maletas, a disfrutarlo de nuevo. Es un olor imposible de describir, imposible de envasar e imposible de olvidar, es Manhattan en su estado más puro, el de los sentidos. Daniel, incapaz de entender mi corazón sobresaltado, me urgió a cumplir mi rito sensorial y regresar al metro; pero, en el último segundo decidió arrastrar su maleta y acompañarme. Salimos, alborozados, por la boca de la estación que da al Madison Square Garden, escenario mítico en el que una noche del 4,30 me vacilé incrédulo a Donna Summer,  Live and More y enfrentamos la calle. Una rara sensación nos plantó en el sitio, Daniel lo notó antes que yo y solo lo advirtió con un gesto de su cara; yo, con voltearme apresurado y regresar, hablando sin parar, al subterráneo, buscando con rapidez el tren que nos llevaba al hotel. En ese trayecto, extrañamente sobrecogidos, hablamos lo indispensable. Bajamos en Wall Street, con seguridad de baquianos y emprendimos camino, con el ánimo compuesto, hacia el lugar en que nos alojaríamos. Nos registramos al llegar, nos asignaron la habitación 908 y nos indicaron el ascensor. Daniel tomó las riendas, abrió la puerta de la habitación con un solo movimiento, entró las dos maletas, encendió las luces y se aseguró de escoger la cama de la izquierda. Yo caminé resueltamente hacia la ventana, de un solo golpe descorrí las pesadas cortinas dejando entrar la luz del temprano atardecer de otoño. Miré al frente primero, una ausencia me hizo desconocido el paisaje; entonces, mire hacia abajo. El peso monstruoso de la tragedia hirió mis ojos. Incapaz de contener las lágrimas me desplomé sobre la alfombra cerrando con rabia la cortina. Daniel vino hasta mí y se estremeció con la visión. Bajo nuestra ventana, la fosa abierta de September Eleven, ensuciaba el paisaje. Pasó sus brazos sobre mis hombros
- Disculpa, yo no sabía que estaríamos tan cerca.
Habían transcurrido 13 meses del fatídico día del que hoy se cumplen 15 años. Tres aviones comerciales, secuestrados en pleno vuelo, habían sido obligados a estrellarse, dos contra las torres gemelas del World Trade Center, corazón financiero de New York y uno contra el Pentágono, sede administrativa de las fuerzas armadas del país más poderoso del mundo, dejando tras de sí una cifra relativamente imprecisa de muertos y desaparecidos que ronda tres mil y pico de víctimas. Nosotros, que creíamos un deber la solidaridad con el país que nos había acogido como inmigrantes, decidimos que ya era hora de montarse en la ola de no abandonar la ciudad ultrajada, haciendo realidad un viaje planeado con dos años de anterioridad, sin suponer que al hacerlo, tendríamos que vivir, él, un horror luctuoso que se respiraba en cada esquina y yo, el dolor indescriptible de un paisaje borrado para siempre, en nombre de un dios desconocido.
Unos años antes, había vivido en las cercanías del WTC, a excepción de unos meses que viví, gracias a una buena amiga, en lo más upper del upper Manhattan donde República Dominicana se encuentra con Varsovia, esa era mi zona. El sur de la ciudad, en ese entonces, era muy barato y resultaba relativamente fácil hacerse de un pedacito a walking distance de ese espacio rotundamente neoyorquino que era el World Trade Center, con su parque de esculturas, las dos inmensas torres gemelas, los edificios más bajos alrededor y la estupenda caminería al borde del Rio Hudson a la que solía ir a estudiar cualquier día y los domingos antes de meterme a misa en la vecina Trinity Church (una de las iglesias más bonitas de Manhattan, sobreviviente de la catástrofe) Súbitamente, ese espacio que había sido tan mío, estaba borrado; en su lugar, un enorme hueco en el que, según decían, cada cierto tiempo aparecían osamentas, era visible desde cualquier punto vecino; pero, sobre todo desde la ventana de mi habitación de hotel, ventana que se mantuvo cerrada casi todo el tiempo, hotel que se convirtió en escondite de un dolor que nos negábamos vivir. El once de septiembre del año anterior, yo estaba regresando del gimnasio a darme un baño y por costumbre, encendí el televisor mientras me quitaba la ropa; alcancé a medio ver el primer avión estrellarse contra la torre y no atiné a comprender lo que ocurría. Me envolví en una toalla y bajé al televisor del estudio donde mi amiga Ligimax Melchor, entonces de visita, daba voces de alarma. No capté la inmensidad de la tragedia y resolví meterme al baño. Cuando salí de la ducha, desnudo, comprendí - en un segundo - que el mundo acababa de cambiar para siempre. Fue la primera vez en mis años en "América" que escuche ruidos en la calle y sentí miedo. Mucho miedo.
Así como había sucedido 13 meses antes, Daniel, entonces destacado en un campo petrolero norteamericano cercano a Afganistán, se tomó el tiempo que sabía yo necesitaba para enfrentar la realidad que me dolía tanto. Así como 13 meses antes, había hecho maromas para comunicarse conmigo desde un bunker desconocido impermeable a la inseguridad de los sentimientos; en ese viaje, ambos tardamos lo nuestro en acercarnos a la fosa conocida como Ground Zero. La circunvalábamos, salíamos del hotel sin atrevernos a mirar hacia atrás, protegidos por la ya restituida amabilidad del bonito sector de Manhattan en que estábamos. Un día, desperté muy temprano y antes de bañarme, envuelto como entonces en una toalla, volví a la ventana, la abrí. Largamente miré la devastación, los obreros que empezaban a llegar, las flores secas y las flores frescas que se amontonaban en algún lugar de los alrededores. Lo que quedaba.
Daniel se despertó y se paró junto a mí,
- Que horror ¿no?
- Horrible, ¿cómo pudo haber pasado?
- El calor - dijo el ingeniero mirando al vacío, buscando una forma de consuelo - el calor; al incendiarse las paredes, después del estallido inicial que fue como una bomba nuclear, aquello cogió una temperatura tan alta que derritió el acero de las vigas. La torre se partió en dos...-
- ¿Vamos? -
- Vamos...ve a arreglarte –
Poco después, en silencio, ambos limpiábamos las lágrimas de nuestros ojos, mientras escudriñábamos los escombros tratando en vano de encontrarle sentido a tanta vida truncada. Las imágenes, muchas veces vistas en la tele, se sucedían, los cuerpos que caían al vacío impulsados por la desesperación, el golpe de la torre al caer, los millones y millones de papelitos que, cayendo de las alturas, cubrieron kilómetros. La estampida humana buscando supervivencia. El horror.
Entonces comprendimos que no veríamos con nuestros ojos el final de esa guerra y sentimos miedo. Caminé hasta una plaza cercana convertida en mausoleo improvisado y compre dos bagels y dos vasos humeantes de apple cider. Vine hasta él y le ofreci uno de cada. Sonreimos. Abrazados echamos a andar hacia el futuro.
Catorce años después, seguimos pensando que nunca veremos el final de esa guerra, pero hemos aprendido a no descorrer cortinas de golpe y, quizás, a no desplomarnos, si al hacerlo la realidad golpea y nos arrincona.

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