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viernes, 24 de julio de 2015

Burda de panas....

Hace rato que vengo mirando con especial deleite la “regularización” de las relaciones entre el horrible-colonialista-traidor-gusano-imperio-norteamericano y el sufrido-pueblo-cubano-que-tantas-penurias-padece. A medida que han ido emergiendo noticias, me he dedicado con celo a escudriñar detalles de este acercamiento, al que estudiosos con mayores herramientas – y mas inteligencia – han dado todo tipo de explicaciones volteándolo al derecho y al revés en todos sus ángulos. Ni duda cabe de que es un hecho histórico: dos países vecinos, que se empeñaron en mantener un enconado enfrentamiento desigual, parecen estar dispuestos a enterrar sus hachas, no en el lomo de cada uno, como se pensó siempre que sucedería sino en el lomo de algunos de sus aliados para poder comenzar a bailar, tomaditos de la mano, unas cuantas alegrías.
Estuve en La Habana, por aquello de que hay realidades que uno tiene que vivir antes de que cambien (o antes de que sea demasiado tarde en la vida de uno) hace unos cuatro años. El cuento de ese viaje y todo lo que significó en mi vida, está contado en este mismo blog con bastante detalle. Fue un viaje lleno de sentimientos – y de sentimentalidad – en el que, entre otras cosas, me di perfecta cuenta de la perversidad inútil de un régimen que solo ha servido para arruinarle la vida a miles de personas que nunca conocieron la vida en libertad; pasaron de la dictadura de un sátrapa, a la dictadura de otro, aun peor, pues basó su satrapía en mentiras y ofertas vanas.  Más de cincuenta años justificando errores y horrores injustificables, han servido para que el mundo conozca, al dedillo, las iniquidades de un gobierno pródigo en brindarle al mundo entero una de las más extensas y nutridas diásporas de las que se tenga noticia. Para poco más. Se calcula que en el mundo viven, diseminados, tantos cubanos como los que habitan en la isla, retenidos en contra de su voluntad por los obstáculos casi insalvables, que pone el régimen, a la posibilidad de buscarse la vida fuera de sus fronteras. Obstáculos que, además, son responsables directos de la muerte en alta mar de una buena cantidad de quienes intentan burlarlas. Quizás, no estoy seguro de que haya consenso sobre eso, esa es la cara más triste de lo que significa el régimen cubano. No la única, pero a mi modo de ver, la peor. Pues bien, eso podría ser parte del pasado: con la reanudación de relaciones diplomáticas, es lógico suponer que la diáspora pasara a tener envoltura legal; una de las primeras cosas que países amigos deben garantizar a sus ciudadanos, es el libre tránsito entre sus fronteras. Continuaran las restricciones, como no, pero tendrán forzosamente que suavizarse. Y lo harán. Para desgracia de aliados importantes, como nosotros, por ejemplo.
Hay una particularidad llamativa del pueblo cubano (y ruego se me perdone la generalización, costumbre ingrata de nuestro acervo) una particularidad que, sin ninguna duda, se las ha instilado el régimen de sacrificio en que ellos han vivido estos últimos 50 y pico años: a los cubanos, la permanente escasez los ha obligado a verdaderos extremos. Dos generaciones levantadas a fuerza de pedir, de tracalear, de “luchar”, de esperar que se concrete una promesa que nunca es cierta, es apenas lógico que haya endurecido la faz risueña que, aun hoy, exhiben. Aun cuando hay honrosas excepciones (tengo la suerte inmensa de conocerlas y lo agradezco) una buena cantidad de cubanos de a pie, necesitan hacer saber sus penurias y no se arredran ante la posibilidad de conseguir  “una mano que los ayude a salir de eso”  en el fondo, me atrevo a especular, ninguna mano era tan esperada como la que ahora reciben: la todopoderosa mano del imperio al que tanto aborrecieron en sus consignas. Ninguna otra.
Es por eso que la normalización de sus relaciones tendría que ser visto con cuidado por quienes se creyeron, erróneamente, dueños de una parte de esa verdad inexplicable que no pasa de ser un marco teórico: el comunismo. Sobre todo si se tiene en cuenta que para Estados Unidos de América, pocas palabras son tan malas palabras como esa. He ahí, entonces la inteligente jugada del gobierno norteamericano: en lugar de atacar directamente los países que impulsan la instalación del comunismo como régimen de oprobios en el continente americano, poco a poco minan las “convicciones” de la gran teta comunista de los que chupan ideología (a falta absoluta de otras cosas) países como Nicaragua, Bolivia o Venezuela.  País este último, al que más pronto se le notaran los efectos de la repentina orfandad de pensamiento.
Un pequeño detalle ha revolucionado las redes sociales venezolanas en estas últimas horas: ahora, los venezolanos que deseen visitar La Habana, deberán solicitar ante ese gobierno, una visa de turismo; trámite que hasta hace poco era innecesario – pero que estuvo en vigor durante muchos años - . Es posible que esta disposición, que frenará el intercambio turístico entre ambos países, se deba a múltiples razones (económicas, sobre todo) pero, TAMBIEN, es posible que sea la respuesta del gobierno cubano a lo que pueda ser una exigencia del gobierno norteamericano: “desvenezolanizar” la vida de los cubanos; para, de ese modo, serruchar la dependencia que el régimen recién instalado del país petrolero, tiene en el antiguo y siniestro régimen de la isla. Es una tontería casi innecesaria de ser tomada en cuenta, pero es una tontería muy diciente: el gobierno de Cuba, tendrá ahora la potestad “oficial” de escoger los venezolanos que pueden y no pueden entrar a su territorio; mientras siguen gozando indiscriminadamente del dinero que TODOS los venezolanos, afectos o no a su suerte, depositan en su alcancía. A esta medida, seguirán algunas más, hasta que por orden del gobierno Norteamericano, los desafortunados convenios que rigen la relación dañina y escandalosa entre Venezuela y Cuba, sean derogados, con el respectivo daño a nuestra economía. El régimen cubano en ese momento, tendrá amarrado por la cabeza al gobierno norteamericano y por lo tanto podrá prescindir cómodamente de su mantenedor oficial latinoamericano. Ya no le hará falta seguir exprimiéndolo. Lo habrá dejado seco y maltrecho por atender los requiebros de un sustituto afectivo mucho más taimado y mucho más dañino, pero con un montón más de espejitos.
Será entonces cuando entendamos la verdadera cara de las negociaciones políticas: la cara de la traición. La misma cara que el gobierno cubano le ha mostrado al mundo desde que el mundo aplaudió emocionado el ascenso de los barbudos. La misma cara que algunos ilusos venezolanos han insistido en aceptar como la de hermanos, sin recordar que en el inicio, estuvo Caín que fue hermano de Abel.

domingo, 23 de enero de 2011

Vueltas que da la vida

Pasando un día por una avenida cerca del mar, Felicia nos contó el horror que vivió cuando, abiertas las compuertas, se autorizó la salida de cientos de cubanos en lo que se conoció como el Éxodo de Mariel. Entonces, los obligaban a pararse frente al lugar en que estacionaban los autobuses que conducían a los viajeros y a gritar toda clase de improperios en su contra en lo que se conoce como actos de repudio. Ella tuvo que acudir a uno de esos y salió escandalizada para siempre. Nunca más volvió. Han pasado años desde entonces. Hoy, los marielitos de ayer, son hombres y mujeres que en su mayoría se afincaron en Estados Unidos o Europa y lograron un buen nivel de vida, ajeno a la escasez y pobreza de sus paisanos. Entre todos los grupos de exilados, hay estudios que aseguran que son el grupo de cubanos más exitosos del exilio y, al mismo tiempo, el grupo con raíces más profundas en su tierra natal: la mayoría dejaron familia allá, que aun no ha logrado o no ha querido salir. A los marielitos, los ata a su tierra la sangre y por ella trabajan. Victimizado por un lado y execrado por otro, el grupo de los que se fueron, tanto en ese episodio censurable como por sus propios medios, pareciera estar jugando una suerte de revancha que debería ser motivo de profunda reflexión. Allí donde todo ha fallado para construir estabilidades indispensables, ha estado el dinero de los que se fueron para palear y cubrir necesidades fundamentales que no por individuales, son prescindibles. Instaurada la normalización del envío de dinero, una buena parte de las familias cubanas de aquí, viven de lo que reciben de sus familiares cubanos de allá. Atrás quedaron los actos de repudio y los insultos. Tal vez sólo sea un amargo recuerdo en el corazón de los que lo vivieron; un recuerdo que empieza a matizarse con los años y con la certeza de que, para la mayoría de los que se arriesgaron a recibirlo, valió la pena el dolor.

sábado, 22 de enero de 2011

Eso puede el que vive con posibles...

Hace mucho tiempo que Adalberto se dedicó a poner su talento a trabajar y dejó de quejarse. Pinta y vende muy bien, escribe y colabora con proyectos culturales exitosos que le proporcionan dos ventajas envidiables: viaja cada vez que quiere, al destino que le provoca y trabaja en el extranjero, cobrando jugosos sueldos en divisas. Adalberto, como otras personas que conocí, es para los estándares tradicionales, un hombre rico; para los estándares cubanos, un hombre MUY RICO. Simpático, como mucha gente de aquí y presto para conversar, nos invita a cenar en su casa, donde vive con su esposa y su suegra en plan familiar feliz. Ha venido algunas veces a Venezuela, donde yo lo conocí cuando hacia asesorías para el MACSI y desde entonces mantenemos una relación muy cordial. A pesar de que veo con un poco de preocupación que, para mantener su estatus, tiene que echarle alguna flor al régimen de vez en cuando, siempre he pensado que maneja inteligencias superiores que le permiten decir también lo contrario, sin causarse ningún mal. Mi primera gran sorpresa, es que mi amigo Adalberto vive en su propia burbuja, aun cuando nada de lo exterior le es ajeno. Como bien me explicó alguna vez, él vive de su trabajo, no necesita robarle nada a nadie y no le gusta ni un poquito que el suyo sea un caso extraordinariamente raro. Su casa, puesta con todas las comodidades que uno desea, tiene todo tipo de chucherías tecnológicas, redes de vigilancia, muy buenos muebles, televisores de pantalla plana y antena parabólica, maderas finas y un sinfín de detalles que hablan de una forma de vida absolutamente distinta a la que he visto hasta ahora en las casas visitadas. Su conversación es la segunda sorpresa; una vez más, alguien me demuestra que la solución no está fuera de Cuba, sino en arriesgarse a construir otra Cuba y entender otra manera de vivir. Entonces lo ametrallo a preguntas sobre ese porvenir que parece esquivo. Armados de un par de cervezas cubanas, (que no me gustan mucho) y muchas ganas de decirnos cosas, descubro en la visita que, tanto como otros, él no desea que nadie muera, pero sabe que tiene que suceder para que se respiren aires frescos; no cree que realmente Raul gobierne, pero le preocupa que en algún momento rompa con las tendencias más o menos modernizadoras de algunos y dé marcha atrás y, cree que para el momento en que ÉL ya no esté más entre nosotros, los únicos que se pondrán histéricos viven en Miami. Contrario a lo que pienso yo, mi amigo me convence para esperar cambios y me pregunta por Venezuela. Le digo, sin vergüenza alguna, que aquí tenemos tres graves problemas de convivencia: La violencia, la polarización y los cubanos. Me escucha y asiente. Ellos también creen que nuestro gobierno excede su intromisión en los asuntos de ellos. Entonces lo reduce todo a una sola frase contundente:
- Es que si en la oficina del carnet de identidad, a mi me atiende un funcionario venezolano, yo creo que me moriría de rabia…
Entonces supe que me había comprendido…

La Permuta

Todos sabemos, y lo esgrimimos como mantra de castigo cada vez que nos provoca, que en Cuba nadie es dueño del lugar en el que vive y que eso es, precisamente, lo peor que ellos tienen para ofrecerle al mundo. Mis conocimientos en la materia no iban mucho más allá de eso. Educado por una película que vi hace mucho tiempo en la que se trataba el tema de La Permuta, si alguna información adicional podía exhibir, era la que me ponía al tanto de cómo se obtiene una casa en Cuba y el mecanismo casi divertido de permutar. Pues bien, esa era una de las asignaturas que me urgía esclarecer. Básicamente, permutar quiere decir “cambiar una cosa por otra”. En Cuba, permutar quiere decir “cambiar una CASA por otra” y eso es lo más lejos que puede llegar un cubano a la hora de querer negociar legalmente la casa que le tocó en suerte; ya que ciertamente, la propiedad privada no existe. A los cubanos en algún momento y por cualquier razón más o menos lógica, les asignan una casa. Esa casa puede ser la que habitaban sus abuelos antes de la revolución, la que dejaron sus primos cuando emigraron, la que le tocó por ser artista o deportista exitoso o la que le dieron por prestarle servicios a la patria. En fin, la que le tocó en suerte. De alguna manera esa es “su casa”, ellos se ocupan de arreglarla como buenamente puedan y la viven cuanto y como puedan. Pero, resulta que un buen día la casa les queda grande o pequeña, o sencillamente quieren irse a vivir a otro barrio o a otra casa. Es entonces cuando empieza la odisea de lograr una permuta. Lo primero es que, a pesar de estar estrictamente prohibido; en realidad, no hay permuta si no hay plata. CUC´s contantes y sonantes podrán (como en todas partes) ponerlos muy cerca de la casa de sus sueños, gracias a que los interesados en defender la integridad del sistema de permutas se hacen los locos en todo, menos en el simple hecho de que una casa sólo puede permutarse por su equivalente. Las permutas desiguales requieren razones excepcionales y son muy raras; los de arriba, tienen clarísimo que a nadie le gusta bajar de estrato. Una vez planteada la permuta; por ejemplo, de una planta alta a la que le es imposible acceder a la abuela en silla de ruedas, por una en los bajos de una zona residencial equivalente, el negocio debe someterse a la aprobación del gobierno. Ellos decidirán que los metros habitables, las condiciones generales de mantenimiento y los servicios de ambas casas son similares. Entonces, aprueban el traspaso. Los responsables de ambas casas se ponen de acuerdo y la permuta se efectúa legalmente. El supervisor asignado al caso se marcha y la cosa se pone buena. En una reunión a puerta cerrada en la que participan ambos signatarios, una importante cantidad de CUC cambiará de manos e irá a parar a algún escondite del beneficiario, quien debe empezar a gastarlos discretamente para no despertar sospechas. De ser descubiertos (cosa que casi nunca ha sucedido) ambos podrían terminar viviendo en la cárcel. Es el ojo tuerto de la justicia. El que se llena de luz cuando nadie lo está viendo y permite que de mudanza en mudanza cualquiera pueda llegar, como siempre lo soñó, a vivir en una casa con piscina. Pero, sólo si tiene como pagarlo y sabe cómo hacer para que nunca lo sepan los que de todos modos lo saben.

Asuntos de mujer

Como si no fuera suficiente con todo lo que una mujer cubana tiene que soportar sobre sus hombros diariamente, “esos días del mes” normalmente vienen con una preocupación adicional, dura y muy desagradable que las convierten en verdaderas heroínas de lo improvisado.
Tengo amigas para quienes la menstruación es algún tipo de tortura cuyo alcance no terminan nunca de entender y lo asumen como una penitencia sin pecados. Inexplicablemente odiosa; pero, ellas tienen todo lo que se necesita para que el trance sea menos insoportable. Si es por escoger como vivirla, tienen la opción de seleccionar, por ejemplo, una toalla sanitaria entre varias marcas, modelos, estilos y formas. Sólo necesitan buscar la que más les gusta y pagar por ella. Bien, esa es una ventaja más que las mujeres cubanas desconocen. Las toallas sanitarias, cuando aparecen, son de una sola marca y hay que pagarlas en CUC. Es decir, se han convertido en un “artículo de lujo” que se compra en supermercados o se obtiene en el mercado negro. Para quienes no pueden resolverse ni de una forma ni de otra, existe una opción que hemos visto con nuestros ojos y que a mí me parece, (aunque no sé nada de la materia) entre otras cosas, hasta peligrosa. En un concurrido hotel al que vamos a buscar algo, las empleadas que se ocupan de cuidar el baño, están fabricando toallas “artesanales” valiéndose del papel sanitario del hotel (de una calidad un poquitín mejor que el de los hogares) y algodones que consiguieron sabe Dios donde. Allí, a la vista de todos, en la puerta misma del baño y sin que nadie diga nada, estas buenas señoras están resolviendo el problema de sus pares, mientras seguramente se agencian unos pesitos extras. Cuando lo conversamos, no hay sorpresa en quienes nos oyen. Es más, nos informan que seguramente, esas dos señoras sacaran un buen paquete de toallas al finalizar su jornada y las venden entre sus amigas al llegar a casa; pero, hay más, mañana, seguramente repetirán la operación y en algún momento tendrán que darle algo a alguien para que puedan seguir usando los productos del hotel para su “negocio sanitario”. Es una de las tantas maneras de luchar. Es lo que algunos llaman, vivir del invento.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Para votar (IV)

La mamá de Agustina no ha querido salir de Cuba. Por mucho que mi querida Tina le ha insistido en lo bien que podrían vivir ambas en el bonito apartamento que ella se compró en Maracaibo, Josefa prefiere tener a su hija yendo y viniendo a la tierra de la que salió hace 22 años, detrás de un enamorado criollo que hizo honor a su condición de macho vernáculo y le armó una historia de esas que no se cuentan sin lagrimeos. Instalada aquí y consciente de que sabores y olores de “allá” eran mas o menos reproducibles, Agustina sacó provecho a su dominio casi absoluto del lenguaje y a sus dotes insuperables de cocinera para construir, en el agobiante calor maracucho, un sitio impregnado de todo lo bueno que había venido en su equipaje. Después de mucho esfuerzo acabó comprando el apartamento, más por su amplia terraza que mira al lago que por razones pragmáticas, y se convirtió en una maracucha a la que fascinan los cepillados y la mandoca. Jamás renunció a su nacionalidad cubana y sabe que no lo hará nunca; ni entonces ni ahora alguien ha logrado arrancarle un comentario “feo” sobre su país y sus amigos de aquí (que nos contamos por decenas) amamos su honestidad. Tina nos ha hecho querer a Cuba tanto, que todos, más de una vez la hemos acompañado en sus incontables regresos. Es siempre el mismo ritual. Llenamos nuestras maletas de cuanta tontería inútil podría cubrir alguna carencia de allá; nos arreglamos para conseguir más dólares de los que verdaderamente necesitamos por si hay que afrontar alguna emergencia ajena y nos preparamos para asombrarnos, hasta el lamento, de lo que vemos en cada paso que damos. Sabemos que a cinco minutos de nuestra llegada, habrá caído la mascara de paraíso turístico. De la mano de ambas, descubrimos un país que sobrevive convirtiendo su dignidad en moneda de cambio. Josefa, una costurera que no tiene rival, hace ruedos, pega botones y altera extraordinariamente vestidos mil veces remendados, a cambio de algunos kilos de azúcar y poco más. Aun con el auxilio salvador de los dólares que Tina envía mensualmente, tiene que hacerse la loca para comprar a un vecino eventuales cortes de carne que nadie sabe de donde vienen. Sin acceso a trabajos formales, sin saber a ciencia cierta en que consiste la moda nueva del cuentapropismo y con la tarjeta de racionamiento en ristre, cada día nuevo de Josefa trae expectativas que su edad suponía superadas Hace algunos meses la vi. Como siempre, no fue capaz de hablar de política, ni de mencionarlo a “él”. Me recibió con el amor de cada vez y me atiborró de comidas deliciosas. Pero una noche, después del tercer trago de un roncito cubano que yo había comprado en una tienda en la que ella no pudo comprar nada por ser cubana, me confesó el único deseo que tiene desde que se dio cuenta (hace mucho tiempo) que los barbudos no eran lo que parecían. - Ay mijo, dejar de pasar estas penurias para conseguir cualquier cosa, dejar de sentirme ladrona…alabao….dejar de creer que aquí uno, todo tiene que conseguirlo luchao…

lunes, 13 de septiembre de 2010

Guardiana del reino

Pasó tres días sentada en una mesa a la que hacia llevarse, cada par de horas, un guayoyo clarito. De la fama inmensa de las caribeñas de su color, sólo exhibe un poco de piel y la cara fea, intensamente oscura, de quien no está dispuesta a hacer amigos. Mal viste ropas en desorden, compradas a precio de baratillo a algún buhonero. A su lado, protegida de toda curiosidad entre sus muslos delgados, una gran bolsa de material sintético hace las veces de cartera, y esconde las razones de su empecinada permanencia en la misma mesa, sola y sin conversa, durante las horas en que funcionan las taquillas del Banco Industrial e Iván, en su panadería, recibe a los panas de toda la vida en torno a ricos pasteles de guayaba. Son nuestros predios, también. El viernes, a la hora de las onces, cumplía su tercer día de guardia. Imprudentes, nos dedicamos a observarla: entre sorbos de café, abría la bolsa, sacaba un paquete de pasaportes y entregaba uno a cada visitante que se le acercaba. Ellos entraban al banco sin hacer fila y en escasos quince minutos salían contando billetes, venían a la mesa de la mulata fea, devolvían el documento y se desperdigaban por el centro comercial. Nadie hablaba; pero, del otro lado, sin que se supiera, los ánimos no estaban para solidaridades. A una voz, asalariados patrios que no necesitan pasaporte, salieron de la fila y rodearon la mesa de la guardiana. El silencio hostil de los puños apretados de quien tiene el pecho rojo y erguido por sobrevivencia, llenó el lugar por varios minutos, hasta que, sin aflojar el gesto, decidieron regresar a la fila. Un poco después, cuando nuevos cubanos fueron a retirar sus pasaportes, ella les dio claras instrucciones de “permanecer en la fila hasta que les toque su turno”. Estaba claro que ese viernes, también, los clientes del Banco Industrial amanecieron hartos de los cubanos, de sus guardianes y de su ubicuidad. El siguiente café requirió más azúcar; las horas de vigilancia no sólo pintaban largas, pintaban alarmas rojas. También.

jueves, 8 de julio de 2010

¿Libres?

Leo y releo las noticias que nos llegan de Cuba. Me dedico por unas horas, a entender el alcance de la medida de liberación de presos políticos que, gracias al gobierno español y la iglesia católica, fue anunciada por el capo. De tanto descreer, noto algo que no me cuadra. Armando el rompecabezas de una noticia, impensable hace tan sólo semanas, descubro que, una vez más, el gobierno cubano nos ha metido un derechazo y su alcance está tan desdibujado entre las líneas de un anuncio indispensable, que lo aplaudimos como si se tratara de un triunfo. Entonces, me decido a aguar la fiesta: los que creemos en la libertad como derecho innegociable nos enfrentamos a la insolente condición que, para tal liberación, se ha impuesto: Los 52 presos políticos cubanos, una vez libres, tienen que abandonar inmediatamente su patria en compañía de sus familiares. ¿Qué nueva burla es esta? ¿Por qué tenemos que celebrar que este grupo de valientes, sea una y otra vez, declarado indeseable? ¿Por qué debemos alegrarnos al constatar que, el ánimo de quienes tienen la obligación de recibirlos en su patria y devolverles, en hogar, lo que les han robado en vida, no está a favor de convivir con disidentes? No hay duda que la generosidad del gobierno español ha dado al gobierno cubano una ocasión excelente para decir al mundo que, si ellos no pueden mantener sus opositores perfectamente callados en sus celdas de castigo; tampoco están dispuestos a permitirles una patria natural que les sirva de cobijo y de mortaja. Es la habitual bondad de los Castro: Todo lo que amenace su fracasado proyecto, puede exportarse para siempre; afuera, será menos visible para los únicos que deben verlo. Ciertamente, de alguna manera, están salvando la vida a 52 condenados; pero, les están negando el derecho a vivirla en su tierra. Yo no se si, francamente, haya razón alguna para cantar victoria.

viernes, 8 de enero de 2010

Escape perfecto

Tomándome un café con Roberto, mi amigo misionero cubano, no pude evitar mencionar la noticia del escape de los médicos cubanos que tanto material nos ha dado para practicar nuestro nuevo deporte favorito: hablar horrores de los cubanos. Discreto, como suele ser, se permitió un momento de verdad para contarme, más por necesidad que por demostración de confianza, detalles de su vida entre nosotros. O de las restricciones tontas y variadas con que tratan de evitar las numerosas y frecuentes fugas; que incluyen, entre otras, la recomendación clara y concisa de no entablar relaciones de amistad “ni de otro tipo” con locales; aun en el caso de que estos sean partidarios del régimen. Es decir, “imagínate si me ven tomando café contigo….” Todo inútil, según parece. Roberto me asegura que la mayoría de los misioneros que vienen a Venezuela, empiezan a planificar su brinco para Miami el mismo día que llegan (¿y tú crees que yo no le he pensado? Se le salió mientras hablábamos) y la estrategia para hacer realidad sus planes funciona perfectamente en los aeropuertos patrios desde hace mucho tiempo; gracias, entre otras cosas, a que para los cubanos de aquí, es fácil conseguir dólares si tienen acceso al nuevo mercado negro de divisas: el tráfico de CUCS. (Y lo tienen, nadie restringe el acceso a los pocos CUCS que ganan y se supone dejan en Cuba). Por extraño que parezca, el CUC cubano circula en Venezuela casi más que en Cuba, donde conseguirlos cuesta horrores. De ahí en adelante, el escape perfecto es solo cuestión de plata, oportunidad y funcionarios sobornables, venezolanos y cubanos. Sencillo pues, sobre todo porque para los militares venezolanos “el honor es su divisa”; entonces, se reduce todo a una simple cuestión de divisas… y de ansias de libertad, pero eso tal vez es otro cuento.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Mano de obra… ¿barata?

Esta mañana los periódicos anunciaban que, después de la caída y mesa limpia que el sabanetero perpetró contra el Margarita Hilton, vendrán unos técnicos cubanos eficientísimos a zafarse el horror de su socialismo para ayudar a construir el horror del nuestro. En cualquier país del mundo, un profesional que tenga ganas de ir e instalarse allá a trabajar, tiene la obligación de cumplir algunos requisitos. Casi siempre, el primero es demostrar que la educación formal que recibió en su país de origen lo capacita para desempeñarse en el área escogida. Una vez cumplido ese tramite fastidioso, el país de acogida DEBE DEMOSTRAR QUE NO HAY NINGÚN PROFESIONAL NATIVO CAPACITADO PARA DESEMPEÑAR LA MISMA TAREA A LA QUE OPTA EL EXTRANJERO. (Discúlpenme las mayúsculas, pero es que me cuesta evitar el grito). Pues bien, en esta ranchería que el sabanetero intenta construir, eso no solamente es innecesario, es la manera que han descubierto para que nuestros jóvenes profesionales vivan sin esperanza de futuro. La rebatiña del Margarita Hilton, por ejemplo, tendría un poco de justificación si sirviera para que los egresados de las escuelas de hotelerìa que MANTIENE EL GOBIERNO, desarrollen sus carreras y ganen el sustento de sus familias. Pero ese objetivo no está previsto. Ese campo, como muchos otros, está reservado para los cubanos, un gentilicio que desafortunadamente empieza a mal sonarle a muchos venezolanos y, ojo, no por xenofobia; más bien por deseos de detener un poco la constante violación a nuestros derechos legítimos. ¿O será que los únicos que tienen algo de legítimo aquí son los que obedecen órdenes rojas, aprovechan los últimos estertores de un esplendor cada vez más pálido, pero no por ello menos apetecible y venden sus CUCS a precio de ganga en el mercado paralelo?

jueves, 15 de octubre de 2009

Un mes después

O casi. El 20 de septiembre yo andaba en son de tragos y festejo, pegado al televisor en compañía de amigos que conocen profundamente la realidad cubana y sus entresijos. El 20 de septiembre yo, que andaba en uno de mis peores días, me vacilé el concierto de Juanes y su gente, y debo decir que me pareció buenísimo; largo como era de esperarse e incandescente, como el duro sol de La Habana. El 20 de septiembre, de algún modo, yo también estuve allí. ¿Y? Salvo para sentirme tristísimo por constatar que Silvio Rodríguez sigue siendo el mismo hipócrita, buen cantante, de toda la vida y que Amaury está gordo y feo, pero sigue arrancándome lágrimas por aquello de “Si yo pudiera de donde estoy…” a mi, como a muchos otros, el concierto no le sirvió para nada distinto a un buen rato, (que de malo no tiene nada, sobre todo en ese paraíso de los ratos amargos) y para que algunos valientes tuvieran la posibilidad de ejercer un acto supremo de decisión voluntaria, demasiado parecido a la libertad: acudir al emblemático lugar de los encuentros obligados, por decisión propia. Pero sigo pensando que no dio para mas: Yoani Sánchez, por ejemplo, se volvió a quedar presa en su isla y las lágrimas cubanas siguen siendo tropicalmente negras cuando se trata de intentar vivir como cada uno quiere, al nivel que cada uno aspira Por lo demás, el cinismo de nuestro sabanetero sigue teniendo resonancias en la isla y aquí cada vez nos parecemos más a ellos. Pero no por un asunto político; hay parecidos que cada vez son mas patéticos porque se basan en otros hechos. Ojalá y eso podamos entenderlo por una canción que nos canten un día de estos. Cuando algo haya cambiado.

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