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jueves, 27 de julio de 2017

Del otro lado, todo es posible



Cuando Jimena nació, el pasado 12 de abril,  a Isis y Diego, sus padres, lo primero que les vino a la mente, como a cualquier pareja de padres primerizos,  fue comprobar su estado de salud. La niña, bonita como no hay dos, llegó a este mundo – sin ninguna dificultad - en un parto programado hasta el último detalle pues provenía de un vientre al que le habían pronosticado, a pesar de su juventud, bastantes dificultades para lograr la proeza de la maternidad. Quizás fue el amor; pero, Jimena  nació perfecta, gracias a Dios, a los bonitos genes de la madre y de la abuela y a la buenamozura del padre.
A los pocos días de nacida los primeros exámenes pediátricos no hicieron sino confirmar la alegría del nacimiento. Jimena crece, gana peso y come;  un niño bien criado no hace otra cosa; come, duerme, llora cuando tiene hambre y, sus padres, la única preocupación que tienen es sortear con buen ánimo la dificultad diaria de conseguir pañales y algunas chucherías para consentirla.
Isis y Diego han sido obsesivamente puntuales en el seguimiento de los primeros días de su hija. Fieles además a tradiciones ancestrales, Isis ha guardado en reposo la cuarentena de las paridas de antes, y su  madre se ha dedicado a alimentarla con buen tino para que le leche con que alimente a la niña sea de la mejor calidad. Diego, por su parte, ha cumplido con creces: es un padre inmejorable a quien se le caen las babas por su niña. Dedica sus mejores horas a atenderla y, por supuesto, lleva el teléfono repleto de sus fotografías para exhibirlas con orgullo, aunque con la cautela propia de estos días.
Hace un par de semanas, Jimena cumplió 3 meses de edad y enfrentó la primera polémica de su vida: todo niño que supera los tres primeros meses de vida debe ser sometido a un proceso de inmunizaciones compuesto por un protocolo de vacunas que lo pone a salvo de enfermedades que pueden resultar fatales.  Aun cuando existe el temor de que,  inocular un bebe con bacterias y virus a tan corta edad, resulte más perjudicial que beneficioso; Isis, profesional de la salud y Diego, ingeniero civil, no apuestan al riesgo; sencillamente creen totalmente en el poder preventivo de unos pinchazos con los que seguramente llorarán ellos junto a su hija.  El asunto es que, salvo la vacuna contra la poliomielitis, en Venezuela no es posible conseguir otras vacunas, ni  en los sistemas de salud pública ni en las clínicas privadas. Peor aún, existen documentadas denuncias acerca de campañas de vacunación a precios exorbitantes con productos cuya procedencia es, por decir lo menos, dudosa. La Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría ha explicado que “en algunos años, nos daremos cuenta de que esas vacunas aplicadas de forma inescrupulosa a precios elevadísimos, pueden ser culpables de un grave problema de salud pública”
Preocupados, los dos muchachos, urgidos por poner su niña a salvo de cualquier problema, intentaron conseguir las vacunas a cualquier costo;  entonces,  comprendieron con disgusto que aun teniendo la posibilidad de pagarlas, conseguir las vacunas para su hija en alguna ciudad de Venezuela, no era posible. Fue ahí cuando les hablaron de Cúcuta.
La primera ciudad importante que se encuentra al cruzar la línea divisoria que separa Venezuela de Colombia se ha convertido para las ciudades andinas, cercanas a la frontera, en una  suerte de patio trasero en el que resolver los apremiantes problemas de abastecimiento de todo tipo con que se enfrentan a diario; a menos de 4 horas de distancia  por carretera, ir de compras a Cúcuta para conseguir, desde medicinas hasta alimentos básicos y artículos de higiene personal es el único “canal humanitario” abierto para los venezolanos, aun cuando el gobierno de Nicolás Maduro no solo lo niega, sino que lo prohíbe expresamente, haciendo que los habitantes de esa zona del país consideren  la ley, que los aleja de la solución de sus problemas,  letra muerta y enterrada. Si bien al tipo de cambio de moneda los precios encarecen sustancialmente,  por lo menos existe la seguridad de que gracias a la subrepticia apertura comercial de la frontera, “del otro lado” todo es posible. Incluso vacunar tus hijos.
-          Yo había hecho todas las averiguaciones, sabía que no era complicado en absoluto y que en cualquier ambulatorio de Cúcuta, El Puerto de Santander o La Parada era posible vacunar a la niña. Me habían dicho además que era gratis, un dato que no es importante, porque nosotros estábamos dispuestos a pagar;  pero igual, llevábamos cierta aprehensión porque no sabíamos si ocurriría algún cambio y perdíamos el viaje -  dice Isis mientras recuerda,  luchando contra sus emociones,  el día que le tocó recorrer un poco mas de 300 kilómetros para poder vacunar a su hija.
No es secreto, el tema de las vacunas ha llegado a oídos de todos los padres que van de pediatra en pediatra buscando una solución. No se trata solo de que las vacunas no existen, es que se puede tener la mala suerte de caer en manos de algún delincuente inescrupuloso que fastidie la vida de tu hijo y acabe con tus menguados ahorros.  Isis y Diego, prevenidos, planificaron hacer el viaje, darle los pinchazos a la niña y regresarse tan pronto como fuera posible.
“Los niños venezolanos solo serán atendidos Lunes, Miércoles y Viernes en el ambulatorio de La Parada” reza el gigantesco cartel con el que se encontraron a su llegada a La Villa Del Rosario, el primero de los pueblos colombianos del camino. Una más de las estaciones de un vía crucis que obliga, por esta nueva disposición, trasladarse a La Parada, el pueblo también colombiano que empieza donde termina el puente Simón Bolívar, considerado la capital del “bachaqueo” colombo –venezolano.  Es cierto que los padres venezolanos podrían ir a una clínica privada colombiana si quisieran;  pero, para ello requerirían una visa colombiana que depende del capricho del guarda fronterizo,  una cita previa, no tan fácil de conseguir en corto tiempo y estar  dispuestos a desembolsar varios sobornos en efectivo y por lo menos, el importe multiplicado por cuatro del ya elevado costo de una cita médica privada en Venezuela.
Siguiendo las instrucciones del cartel pusieron rumbo a La Parada, con deseos de desayunar y resolver lo antes posible su diligencia; a las 7:30 de la mañana lo que encontraron allí los llenó de estupor: una cantidad aproximada de 200 niños y sus familiares, tenían convertido el ambulatorio en un pandemónium. Isis, acostumbrada a llevar un consultorio impecable en cuya sala de espera solo caben las sillas justas para las personas que han confirmado consulta, se sintió superada por el desorden de sus paisanos. Entonces, le asaltó el temor de haber perdido el viaje: las enfermeras, incapaces de controlar lo que ocurría,  amenazaron cuatro veces en 20 minutos con “cerrar el ambulatorio y dejar de atender niños venezolanos” y enérgicamente anunciaron que “nosotras ganamos muy bien, no necesitamos que nos ofrezcan plata para que los adelantemos en sus turnos, aquí eso no vale nada”
Fue Diego, acostumbrado a lidiar con equipos de fútbol y vestidores de gimnasios, el que puso orden.  Bastó un fuerte y enérgico silbido y un rasgo imborrable de su buen talante: - me pareció absurdo, pero tuve que sacar todas mis fuerzas para convencer a los venezolanos allí apelotonados que tenían que tener un poco de orden -  Lo aceptaron, cuenta el joven padre de Jimena, no sin protestas y en pocos minutos, fue él quien se ocupó de asumir la tarea de controlar el proceso de vacunación de más de 200 niños venezolanos en un ambulatorio colombiano.
-          Era como si los venezolanos no entendieran que la vacunación no es responsabilidad del gobierno colombiano, sino del nuestro y es el nuestro el que no cumple –
Su desempeño fue tan hábil, que termino siendo el que controlaba incluso el uso de los baños, organizando hasta la forma y el sitio en que debían desechar  los pañales usados.
-          La espera fue larga, eso me dio tiempo para muchas cosas, pero sobre todo para conversar con una señora colombiana que vive al frente del ambulatorio. Me avergoncé,  ella llegó a decirme que habían enviado una carta a la dirección del ambulatorio pidiendo que suspendieran el servicio a los venezolanos debido a su extremo desorden, la señora me dijo que  los pañales sucios se quedaban por todas partes  y que los venezolanos producían una cantidad de basura increíble; sentí una vergüenza horrible al escucharlo, no pude evitar pensar en lo rayados que estamos en todas partes – relata sonrojada la madre de Jimena –
A mediodía, un sacerdote vecino que suele repartir alimentos a los necesitados, repartió sopas entre los venezolanos que esperaban su turno para la vacuna  de sus hijos. Eso los sorprendió a ambos enormemente; pero, allí tuvieron que tomar cartas en el asunto nuevamente y apoyar al sacerdote en la repartición del almuerzo.
Jimena fue vacunada entre las últimas, a las 4 de la tarde y por suerte no tuvo reacción adversa alguna.  Poco después, extenuados por el duro día de trabajo inesperado, emprendieron camino de regreso a casa.  Isis, con los nervios destrozados por el cansancio hizo acopio de fuerzas para distraer a su marido al volante y asegurarse un viaje de regreso que fuera por lo menos, entretenido. Las imágenes del fuerte día empezaron a convertirse en palabras y ambos, que han convertido sus dos años de convivencia en excusa para estar bien y ser felices por encima de cualquier circunstancia, decidieron no interrumpir el trayecto sino para el café indispensable.
A las 9:30 de la noche llegaron a El Vigía, el punto desde el cual cualquiera que venga por ese camino empieza a sentir que llego a Mérida y se encontraron con el tráfico detenido. Averiguar las causas desató el llanto incontrolable que Isis traía apelotonado en la garganta: un árbol había caído en la carretera, partiendo en dos el vehículo en que viajaban, de regreso de Cúcuta, una joven pareja con su hijita de cuatro años de edad. Ambos padres estaban muertos dentro del auto y la niña gritaba desconsolada el alcance de la mala hora.
-          Pudo ser cualquiera de nosotros; esa pareja, seguramente, había ido a Cúcuta a resolver algún asunto parecido al nuestro. Pudo ser cualquiera de nosotros - es lo último que se le ocurre decir a esta jovencísima madre venezolana, mientras se seca las lágrimas que vuelven a brotar irremediables ante el recuerdo de un accidente y de una vida que ya no se parece en nada a lo que ella suele escarbar de su memoria.
A su lado, con un lazo hermoso tejido por su abuela, Jimena sonríe distraída por el descubrimiento de un sonajero. Ajena, como corresponde. Su madre sabe que apenas empieza el camino y siente que su patria es ella. Que por ella, agarrará su palito de escoba, como El Chavo, y se pondrán a salvo, un día de estos.

lunes, 24 de agosto de 2015

Circunstancias de frontera....

Morelia vive hace algunos años en Miami. Un día se cansó de tanto padecimiento y vendió todo lo que tenia, inscribió a su hija en una escuela de verano y se consagró a buscarse la vida en el mismo lugar en que miles de venezolanos se dedican a otro tanto. Parte de su familia todavía no sabe si seguirla, por lo que Morelia (muy) de cuando en  cuando, viene a pasarse unos días en el país que desconoce. En esas estaba cuando se armó la trifulca en San Antonio del Táchira. Morelia, como la mayoría de los andinos que todavía pueden permitirse un viajecito,  opina que es bastante más fácil entrar y salir de Venezuela a través de Colombia. Tiene toda la razón: Mérida, por ejemplo, está a tres horas y media de Cúcuta, desde donde un vuelo para Bogotá cuesta alrededor de 60 dólares y es muy fácil de conseguir. Entre una y otra cosa, salir de viaje por Colombia, es muchísimo más cómodo, sobre todo cuando se piensa en lo que se ha convertido Maiquetía. Eso es exactamente lo que ella hizo. Voló de Miami hasta Bogotá, de allí conecto con Cúcuta, donde su hermano la esperaba para traerla hasta Mérida por carretera.  Vino por tres semanas.
Alberto y Sarita se casaron después de 16 meses de un noviazgo fulminante cuando apenas habían cumplido 25 años de edad los dos. Tuvieron una boda muy sencilla, la que pudieron pagarse con parte de sus menguados ahorros,  y decidieron buscar fortuna en algún lugar que no fuera Mérida. Alberto, un vendedor excepcional, contaba con el apoyo de un tío suyo, próspero comerciante radicado en San Cristóbal, la capital del estado Táchira, quien solo necesitó calentarle la oreja por un ratico; allá  fueron a dar el par de recién casados, cuando aun todo era lunas y mieles. No fue difícil, a pesar de los pesares; pero, San Cristóbal no era la ciudad que a ambos los convencía de un futuro feliz. El mismo Alberto no sabe explicar bien porque, pero un buen día descubrió San Antonio del Táchira, un pueblo fronterizo en el que vivir es una odisea complicada.  Tal vez encandilado por el reto, convenció a Sarita y mudó el hogar, aumentado con la llegada de Alberto Enrique, el primogénito por quien ambos chorrean babas. Al poco de haberse instalado, una simple regla de tres le dio la solución a sus problemas: Vivir en San Antonio, haciendo la mayor parte de sus gastos en bolívares, pero trabajar en Cúcuta y Bucaramanga distribuyendo equipos médicos, vendidos y pagados en pesos colombianos.  San Antonio, de este lado del puente Simón Bolívar, alcanza para ser dormitorio y patio de fin de semana; Cúcuta, de aquel lado del mismo puente, es curtidero doméstico del día a día. Sarita, entusiasmada con el ventajoso cambio de la moneda colombiana, consiguió trabajo como secretaria de un sonado médico colombiano y el niño se pasa el día en la excelente guardería de una zona muy bacana de Cúcuta; pero, la casa de la familia, la compraron y la pusieron bonita en San Antonio del Táchira, tierra venezolana, porque ellos son de aquí. De lunes a viernes salen antes de las 7 de la mañana y regresan pasadas las 6 de la tarde. En el ínterin, han aprendido a sortear el trapicheo entre ambas ciudades y con esa obsesión enfermiza que le proporciona a Alberto haber nacido bajo el signo Virgo, tienen los más importantes problemas resueltos. Saben cómo abastecerse de gasolina y obtienen buen provecho – legal – de su condición de habitantes de un pueblo de frontera. Jamás habían pensado cambiar de modo de vida.
Magdalena tiene años tratando de tener un hijo. Ninguna de las “formas tradicionales” le ha dado resultado. Pensando que su reloj biológico está a punto de impedir el éxito de su empeño, hace algún tiempo que Magdalena acudió a la fertilización asistida. Empezó por pesados viajes a Caracas, estresantes por sus tribulaciones para conseguir un boleto aéreo cada vez que le tocaba y por sus paranoias – muy gochas – a la hora de moverse en una ciudad hostil, considerada una de las diez más peligrosas del mundo. Además, los tratamientos resultaban cada vez más caros y más complicados. Hacerse una simple prueba de sangre, exigía rondar varios laboratorios en busca de aquel que pudiera ofrecerle todos los resultados en un solo reporte. La última vez que se sometió al “asunto” (como gusta llamarlo) fue asaltada un par de veces y su especialista le advirtió que empezaban a mermar las condiciones para seguir intentándolo, debido a carencias de muchos tipos. Magdalena regresó a Mérida muy desalentada, hasta que se enteró de un médico milagroso ubicado en Cúcuta. Allá se fue, la primera vez manejando su propio automóvil, sorteando las dificultades para surtirse de gasolina y con el corazón llenecito de fe.  El médico aceptó convertirla en su paciente y (para hacer el cuento corto) desde hace unos 8 meses los viajes entre Cúcuta y Mérida son cada vez más frecuentes para la esperanzada futura madre.  La semana pasada, Magdalena cumplió un nuevo ciclo de preparación, cuyos resultados eran más prometedores que de costumbre. El miércoles, su doctor la mando a “rezarle a los santos” y prepararse para el implante de los embriones. Fijaron cita para el viernes a media mañana y Magdalena, feliz, se fue a Ureña a casa de unas piadosas monjitas a descansar y preparase para el gran día.
El viernes, las cosas en la frontera se pusieron, literalmente,  color de hormiga; todos sabemos – o creemos saber – porque; ante el peligro de una asonada – inminente - muchos habitantes de la frontera empezaron a medir las horas con cautela. En Mérida, Morelia buscaba noticias con angustia, hasta que finalmente pudo confirmar que el vuelo de regreso a su hogar partiría sin ella. Todas las gestiones realizadas para permitirle atravesar – aunque fuera caminando – el puente fronterizo y llegar a tiempo al aeropuerto, para tomar el avión de regreso a Miami, fueron infructuosas. Morelia perdió el vuelo y, entre horas de máxima preocupación, terminó endeudándose con una buena cantidad de dólares para poder finalmente tomar un vuelo a Miami saliendo de Barquisimeto con escala en Curazao, cuatro días después de lo previsto.
Magdalena salió del hospicio con las bendiciones de sus monjitas protectoras y se encontró con un gran alboroto en la entrada del puente. A pesar de que el cierre no había sido decretado, un par de Guardias Nacionales le impidieron el paso. Las horas transcurrieron en medio de una enorme confusión. Finalmente, en algún momento del día, se hizo efectiva la medida de cierre de las fronteras. Los embriones que Magdalena iba a recibir ese día y que pudieron haber crecido en su vientre convirtiéndola en madre, se perdieron para siempre. Ella no solo perdió una oportunidad única de realizar su maternidad, también una importante suma de dinero. Está en su casa de Mérida cumpliendo con un duelo al que no puede adjudicarle responsables, aunque los tenga clarísimos. Las cosas no están como para atreverse a volver a Cúcuta, ni siquiera cuando todo se normalice, si es que para ella algo vuelve a ser normal alguna vez.
Sarita estaba con su marido almorzando en un restaurante de Cúcuta cuando escucharon la noticia. Se llenaron de pánico: Alberto Enrique, por una de las primeras veces en su vida, estaba en San Antonio a cargo de una vecina cuyo hijo de la misma edad, mantiene la mejor amistad con su bebe de tres años. Pensando que se resolvería pronto, Sarita llamó a la vecina y esta le dio razones para mantener la calma; pero, empezaron a amontonarse las horas y el otro lado lucía cada vez más distante. El domingo, desesperada por rescatar a su hijo, Sarita tomo un avión desde Cúcuta hasta Bogotá, en Bogotá pagó carísimo un vuelo hasta Caracas y en Caracas, después de sufrir todo el maltrato que pudo soportar, logró pagar (bajo la mesa) una comisión, equivalente en bolívares al precio del boleto, para volar hasta Mérida. Allí, contrató un taxi casi tan caro como el boleto Bogotá Caracas, para llegar a San Antonio del Táchira. Después de 26 horas de haber salido de Cúcuta, Sarita pudo volver a darle un tetero a su bebé. Mientras tanto, Alberto está cerrando la negociación para alquilar una casita en el lado más lejano de la frontera con Venezuela del Norte de Santander y Sarita está pensando en volver a hacer el largo recorrido de regreso a Colombia. Ambos tienen muy claro que para ellos  se acabó Venezuela.
Estas tres historias, auténticas, las conocí durante el fin de semana que lleva el conflicto Colombo Venezolano, de cuyas causas se ha hablado hasta la saciedad. Supongo que, las que no he sabido, se cuentan por miles.  Como las que pueden contar los mil doce colombianos deportados de Venezuela en las últimas horas. Cómo las que pueden contar los cientos de venezolanos atrapados en una frontera que (siempre tuvo sus bemoles, es verdad) pero, cubría de soluciones LEGALES, la vida - y el fracaso de otros - mucho más allá del pedacito de tierra y desconsuelo que nosotros, los gochos de bien, conocemos como San Antonio del Táchira. Mucho, muchísimo más.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Puta, pero decente...

Una de las grandes enseñanzas de mi vida se la debo a Nora, una mujer de la mala vida a la que frecuenté, subrepticiamente (lo digo sin pizca de orgullo en homenaje a mi crianza prejuiciosa y pueblerina) en los años del exilio neoyorquino. La conocí por pura casualidad, justo la noche en que ella no prestaba sus servicios,  compartiendo un trago en un viejo bar de Manhattan. Colombiana, buenamoza y exitosa, Nora era una puta de alto standing a la que - habiéndole costado lo suyo alcanzar su estatus - la vida de "refugiada" le carcajeaba de gozo. La noche que decidimos emborracharnos juntos sin otra intención que esa, yo me acerqué a ella con la curiosidad morbosa del gocho que nunca ha pagado por el amor de utilería de las profesionales de la vida y ella a mí, con la de la puta que intenta que un hombre joven y en bancarrota le alegre un poco la vida sin necesidad de meterle mano. Por eso, probablemente, fuimos un par de buenos amigos a los que la cama solo les sirvió para comer sándwiches de mermelada y queso blanco (que yo hago riquísimos) y ver películas en betamax (que ella escogía y pagaba con rigor de santa)
Nora tomaba su oficio en serio, definiéndose a sí misma como "profesional del placer" y aunque tenía reglas inquebrantables en su ejercicio estaba, más o menos, dispuesta a complacer las más inimaginables fantasías del hombre, si entre estas y ella había un buen fajo de dólares. Alegre y dicharachera además, Nora ocultaba muy poco su profesión pues le gustaba decir que ella podía haber sido doctora; pero, había decidido ser puta.
De nuestras largas conversaciones obtuve, por ejemplo, la certeza inquebrantable de que el cuento de la puta triste es exclusivo de mujeres a quienes la tristeza les viene por otras vías. Nora era la mejor (y con diferencia no la única) prueba de que el oficio más antiguo del mundo se ejerce casi siempre con determinación y buen tono, a menos que la pobre tenga la desgracia de nacer y vivir en uno de esos países donde ser mujer es una maldición perpetuada por el macho abusador dominante. Ejercer la prostitución es un oficio cuya escogencia se debe a muchos motivos, la supervivencia entre otros; pero, no a que a la pobre puta no le quedo más remedio.
El recuerdo de mi amistad con Nora anda asaltándome desde hace días. Quizás desde que descubrí, en uno de los grupos de whatsapp a que pertenezco, un artículo (que luego he visto muchas veces en las redes sociales) lamentando profundamente la suerte de las "oleadas de mujeres venezolanas  obligadas por las terribles circunstancias" a ejercer la prostitución en Cúcuta y otras ciudades colombianas. El escrito, de manera bastante tendenciosa por cierto, narra las desventuras cada vez más frecuentes que sufren, literalmente, las representantes del hetairado local ahora allende fronteras. ¿Qué tal?  A ver, yo no dudo que esa sea una tarea con dificultades en su ejercicio (prestar servicio al cliente es complicado tanto en el mostrador de una panadería como en la cama…hay cada loco) pero, estoy seguro gracias a mi añorada amiga (puta, pero decente) que en estas latitudes nadie se mete a eso porque no le queda otra alternativa y - mucho menos - lo hace para enrostrarle a régimen alguno los horrores a que le somete. Con lo difícil que es la decisión de salir a vender aspiradoras de puerta en puerta, imaginen lo complicado que ha de ser - vista nuestra moral judeo cristiana - la decisión de vender el cuerpo (o lo que otros puedan hacer con él) en estos tiempos sobreinformados. A lo mejor sueno a troglodita; pero, una vez más, estamos sacando las cosas de quicio.
¿Por qué ese (u otro) artículo con visos de circulación viral no se ha dedicado  a escudriñar en la vida de los cientos de mujeres venezolanas, graduadas en universidades,  que hoy día limpian casas en Barcelona, Toloussse o Miami o lavan carros bajo el sol abrasador de Houston? ¿Por qué es la supuesta prostitución forzada de nuestras mujeres, lo qué enciende las mismas alarmas que hace años encendieron la aparición de jineteras forzadas por el régimen  cubano? Me aventuro a una respuesta digna de Nora: porque las putas son vistas públicamente con horror por los mismos ojos que en privado las ven con delicia; además venden periódicos, o viralizan artículos, que en estos tiempos es lo que cuenta.
No niego que el tema tiene mucha tela para cortar; sin embargo, me atrevo a asegurar (a riesgo de parecer excesivamente complaciente con la dictadura, culpable de otros muchos horrores)  que está equivocado en su enunciado pues, sencillamente, nadie que sepa lo que eso significa realmente (y en el año 2014 eso lo saben hasta las niñas de preescolar) se mete a puta, en-contra-de-su-voluntad-porque-no-tiene-otra alternativa-que-llevar-una-vida-de-desgraciados-horrores. ¿No será la promesa de dinero rápido (y la fama no del todo real de la belleza suprema de la mujer venezolana) lo que ha allanado el camino del aparentemente muy próspero nuevo negocio de nuestras congéneres exiliadas?
Definitivamente, la sensatez pecaminosa de Nora me ha hecho falta en estos días. Seguramente porque, pocas veces en mi vida he conocido a alguien que respete y disfrute tanto el oficio al que se ha dedicado con pleno conocimiento de causa y consecuencias; a falta de ella, doy por buena la certeza de que me sobrepasan en número los que se creen el cuento de los lamentos de esas putas tristes para esgrimirlo como una razón mas para-seguir-en-la-lucha; entonces, como hay que respetar, respeto, diría Nora.
Por cierto, la última vez que hablé con ella (Facebook mediante) mi pana se había dejado de eso; después de dos matrimonios fallidos con antiguos clientes, comprendió que varón no es gente, se gastó sus ahorros pagándose una carrera en NYU y, hoy día, se dedica a dar clases de español en una escuela Montessori. De todo hay en la viña del señor.....

lunes, 14 de marzo de 2011

Japón y nosotros

Ayer, en medio de la extensa cobertura periodística que CNN dio a la catástrofe de Japón, fue entrevistado un diplomático Colombiano que vivió muchos años en Tokio y actualmente representa a la Cámara de Comercio Colombo Japonesa. Interrogado sobre las consecuencias del terremoto y las reacciones del pueblo japonés, el diplomático respondió que, aunque lamentable y durísimo, lo que estaba sucediendo evidenciaba el alto nivel de preparación ciudadana que tiene ese pueblo y que todo se superaría perfectamente debido a eso. El entrevistador, inmediatamente, interpretó esa respuesta como un juicio a los colombianos y pregunto si era posible imaginar lo que hubiera pasado en Colombia de ocurrir esa misma tragedia allá. Muy claramente, el diplomático contestó que Colombia nunca se repondría de algo semejante, pues su gente no podría hacerlo. Muy molesto por el atrevido comentario, el entrevistador dio por terminada la entrevista y censuró las palabras del diplomático. Fue un simple desliz en un día especialmente dramático. Las consecuencias del terremoto y posterior Tsunami, y el peligro nuclear al que se expone la humanidad tienen al mundo en vilo; sin embargo, cualquiera que hubiera pasado más de una hora mirando las imágenes de la tragedia, tendría que haber estado de acuerdo con el diplomático colombiano. El gran capital de un país son sus ciudadanos y estos, como los niños, si no se enseñan a responder adecuadamente a las adversidades, pueden convertirse en monstruos inmanejables.
No ha sucedido en Japón. A pesar de la magnitud imponderable del suceso, en sólo 48 horas el gobierno y el pueblo japonés habían logrado empezar el proceso de identificación de víctimas mortales, que llegaban a 543 el viernes en la noche y hoy sobrepasan 1900. Habían publicado los listados correspondientes, restablecido parcialmente las comunicaciones vía Internet; tenían un contingente de profesionales trabajando para evitar derrames radiactivos y habían establecido un programa de racionamiento eléctrico que se cumplía a cabalidad. No se estaban produciendo saqueos y los sobrevivientes rescatados alcanzaban la cifra de 300 mil. En pocas horas, un país devastado por la peor tragedia natural de las últimas décadas, empezaba a dar señales de supervivencia. No me atrevo a juzgar a Colombia, pero no he podido dejar de pensar que, en efecto, nuestros pueblos no están ni remotamente preparados para tragedias que muy bien podrían azotarnos. La comparación es inevitable: A 11 años del deslave de Vargas, nosotros aun no nos ponemos de acuerdo en el número de bajas, exhibimos vergonzosamente una fea cantidad de damnificados de oficio y padecemos una ciudad que aun intenta levantarse. Tal vez sea una cuestión de cultura; pero, realmente me suena mal decir que no es posible establecer comparaciones pues los japoneses son “distintos”. Si, seguramente lo son, pero sienten y padecen como cualquiera. A lo mejor lo que realmente sucede es que ellos saben que se puede reconstruir una vida a partir de escombros y nosotros, sencillamente creemos que los escombros se meten debajo de la alfombra.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Oh Gloria Inmarcesible....

A pesar del preocupante documental que transmitió CNN el domingo y lunes pasado, Juan Manuel y el Sabanetero fumaron la pipa de la paz y hoy amanecimos reconciliados y de plácemes. Las comisiones de siempre juegan a perdonarse mutuamente y los venezolanos y colombianos de a pie, sólo hablamos de la dicha que tal decisión produce. De todo lo demás no se dice nada. Tal vez porque no es necesario un documental tan tremendo, para reforzar la certeza de que, aquí, se instaló la FARC hace mucho tiempo, con o sin la venia del gobierno. Acostumbrados como estamos, a compartir tierra y zozobras con FARACOS y ELENOS por igual, y empezando a aceptar, casi como destino trazado, la presencia de guerrillas urbanas, armadas hasta los dientes y con ordenes bien impartidas y mejor asimiladas de defender la “revolución” con la vida, si fuera necesario; sabemos que la vida de la que hablan puede ser la nuestra, y callamos para ver si así, conjuramos la violencia y disfrutamos el receso que acaban de otorgarnos. Está bien, la verdad. Nuevamente ha quedado claro que el pleito de aquí era contra Uribe y no contra Colombia; por eso, para tranquilizarme un poco, decido suponer que ambos han intentado frivolizar la cosa y echarle la culpa al ex presidente colombiano, de cuyo fantasmal liderazgo Santos debe tomar distancia. Ambos han logrado convertir el circo en un delicado asunto de conveniencias políticas, cuya finalidad única es satisfacer los egos descomunales de dos mandatarios, que todavía no abren las cartas completamente. Uno por nuevo, otro por zorro. Hoy hemos visto apretones de manos e intercambios de regalos. Meras formalidades que ansían remendar el capote. Nada más. Santos seguirá buscando formas de acallar el ruido ensordecedor de la guerrilla, mientras El Sabanetero seguirá buscando formas de avivarlo. Ningún capítulo nuevo se está escribiendo. Sencillamente ha comenzado el periodo de paz y amor propio de la campaña electoral y habrá calma por unos días. En cualquier momento y por cualquier quítame estas pajas, la tendremos armada de nuevo. Hace mucho que vamos cantando Mambrú…

viernes, 23 de julio de 2010

Vergüenza ajena

Realmente creo que la decisión de romper relaciones diplomáticas con Colombia, no debe haber sorprendido a nadie. Parafraseando a un colombiano ilustre, se trata de la Crónica de una pelea anunciada para la que estábamos preparados hace mucho tiempo. Tenemos meses escuchando locuras de lado y lado y sabemos, a ciencia cierta, que en sus delirios llaneros, el sabanetero se sueña victorioso enemigo de quienes han sabido poner muchas tragedias al revés para salir adelante construyendo ciudades y gentilicios amables. A pesar de eso, el anuncio oficial, la forma en que se hizo y todo el evento que lo propició; ha dejado a más de un venezolano boquiabierto; temeroso de próximos pasos caminados con la oprobiosa bota del militar envalentonado. Vi por televisión casi toda la larguísima sesión y, si tuviera que hacer valoraciones a vuelo de pájaro, (que sólo me interesan a mí) diría que allí nadie parecía saber donde estaba y ante quien estaba hablando. Si bien el embajador Hoyos, en un discurso reiterativo, desordenado y demasiado coloquial para mi gusto, no terminó de mostrar ninguna prueba verdaderamente contundente de la presencia de las FARC en Venezuela (que a nadie le hacen falta, pues todos sabemos que si están y no desde hace poco); es la respuesta del embajador Venezolano lo que me puso los pelos de punta. Por irrespetuosa, por banal, por bravucona. Nada en este mundo justificará el momento en que Chaderton limpió los pisos de Latinoamérica con la asamblea de la OEA. Nada justifica su tono irónico de malandro bien hablado. Ningún venezolano se merecía eso. Que minutos más tarde haya salido el atorrante mayor, a hacer el anuncio que hizo, en presencia del más indigno de los testigos, no fue sino la guinda del postre. Ya la vergüenza de verse uno representado por semejante disfraz, ante las más altas instituciones internacionales, había alcanzado un clímax irrepetible. De ahí en adelante poco importa. Una vez más nadie dirá nada; una vez más, el irrespeto será moneda de pago del régimen y lo peor, como siempre, es que hay muchos que la reciben con gusto.

lunes, 12 de julio de 2010

Sra. Betancourt:

Su liberación es uno de esos momentos de la historia que a todos nos hubiera gustado vivir de cerca. Las imágenes que dieron vuelta al mundo, mostrando su alegría emocionada al reencontrarse con los suyos, la desbordada masa de colombianos que la homenajeó y sus primeras palabras, al pisar de nuevo la tierra de la libertad, son un recuerdo imborrable. Todos sabemos donde estábamos, que estábamos haciendo y con quien, en el momento en que televisores y radios anunciaron la feliz noticia de su regreso. Durante algunas semanas, usted encarnó lo mejor de Colombia; usted fue la esperanza, usted fue el milagro. Es posible que nosotros, humanos falibles como somos, exageramos al convertirla en icono de una lucha indispensable; pero, hubo circunstancias que nos disculpan y que lamentablemente duraron poco. Creo que comenzamos a poner los pies en la tierra cuando nos dimos cuenta que usted, convertida en heroína “franco-colombiana”, transmutaba en titulares de la prensa del corazón. Lo entendimos al comprender su derecho innegable a dejar atrás la horrible historia de su inmerecido cautiverio; hasta que un buen día, sin que supiéramos por qué, usted empezó a actuar como si la acción heroica que le devolvió la libertad, fuera una casualidad escrita en un destino de diosas. Por eso, un día, su nombre comenzó a sonar a nada. Entonces, se publica la historia de su pretensión, absurda, de embolsillarse 6 millones y medio de dólares, porque eso “vale su dolor y el de su familia” y el mundo se nos convirtió en un lugar de indignidades con precio. Podría hacerle una lista de razones para justificar lo que digo, pero prefiero dejar ese trabajo a su conciencia, sobre todo después de enterarme que ha decidido “arrepentirse” e intenta a toda costa, controlar el daño con justificaciones que, si bien son loables, llegan tarde para quienes le habíamos dado un lugar bonito en la historia y esperábamos que usted le devolviera a la vida, en acciones, lo mucho que le dio en suerte. Quizás fue una tontería pensar que, pasado el tiempo del disfrute, usted apagaría los reflectores y pondría cara ante las cosas que valen la pena. No lo se. Estamos en el medio tiempo del arrepentimiento y todavía no sabemos si usted sabe donde está. Me arriesgo a decírselo: Usted ya no está en la cumbre. Usted es, sencillamente Ingrid. Será mejor que lo entienda.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Destemplado y sin sorpresas

No sorprende el llamado a guerra del sabanetero. Se parece a otros, que en circunstancias distintas, tampoco justifican el sonar de los fusiles. Llama la atención, tal vez; pero no sorprende. Nos hace pensar si estamos preparados para otra guerra más, cuando en la nuestra, las bajas se empiezan a contar por miles. Pero no sorprende. Una guerra con Colombia parece poco probable, pero eventos de la historia reciente demuestran que un gobernante enceguecido, necesitado de un golpe de proporciones descomunales y rodeado de perros hambrientos de plata y poder, puede hacer estallar volcanes. Como Bush, por ejemplo, quien se valió de una tragedia espantosa para emprender una guerra que contó hasta con el auxilio de Dios y dejó al mundo tratando de remendar un capote demasiado roto. La guerra, como es costumbre, ha demostrado su inutilidad total. Y lo volverá a demostrar en el caso de una eventual guerra nuestra, que podría pasar a la historia como el hecho bélico más bochornoso de todos los tiempos; no sólo porque los venezolanos no estamos ni entrenados, ni dispuestos a morir por razón alguna; es básicamente porque una guerra cualquiera (en el caso improbable de que se asuma con seriedad) nos va a enfrentar con el dilema inédito de tener que defender una entelequia, a la que todos dejamos de llamar patria desde el centro de nuestras emociones. No sorprende ese grito de guerra. Mucho menos viniendo de quien no ha logrado parar la guerra que el mismo inició hace once insoportables años. No sorprende porque ese grito es el destemplado grito de un traidor. Ese grito está dirigido a quienes siguen su juego y cuentan monedas. Los demás son malandros que convirtieron el odio de clases en una razón para vivir, y perpetúan la saga de los grandes absolutistas de la historia. Todos han muerto solos y con la mayor cobardía.

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