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domingo, 29 de abril de 2012

Así nos va (VIII)

Cara o cruz: Futuro

Tengo un amigo que juró abandonar el Ateismo, si el milagro del cambio de gobierno,  terminamos debiéndoselo a Dios. Tengo otro que jura diariamente abandonar el país, si sucede lo contrario. Hace mucho tiempo leí en el blog de Yoani Sanchez, (a quien respeto, leo y sigo, pero con cuidado) que “La solución está en otra Cuba, no fuera de Cuba”. Bien. Es hora de empezar a hablar cotidianamente de lo que muchos piensan y callan: La posibilidad de irnos. EL derecho a proteger nuestras vidas empezándolas de nuevo en algún lugar secreto, como cantaba Yordano.
Quizás esa sea la gran jugada del 07 de Octubre. Quizás,  a esa decisión, tomada ya por una infinidad de personas, sea a la que haya que apostarle todo  el “día de las elecciones”.  Cara o cruz: ganamos me quedo, perdemos me voy. ¿Es así de fácil?
No. Emigrar es una decisión muy complicada, y no descubro el agua tibia al afirmarlo. Yo, por ejemplo,  que he sido emigrante un largo rato de mi vida, prefiero pensarlo un poco más, aunque barajo con seriedad la posibilidad de salir corriendo antes que ponerle el pecho a las balas de la patria. No es cobardía. Es un derecho. Un derecho que se mece entre dos aguas igual de peligrosas: las de aquellos que creen que “Venezuela es un original que no tiene copia” y están dispuestos a cualquier heroísmo (o eso dicen) y la de aquellos a quienes, lo mismo,  les importa menos que poco.
La verdad es que nadie ha sido automáticamente feliz con el exilio. A muchos, sin embargo, la vida les ha cambiado para bien. Nadie ha disfrutado como enano el proceso de adaptación a una nueva tierra, pero a muchos les ha sonreído la suerte nada más llegar. Nadie ha vivido en el exilio sin añorar alguna pequeña cosa que tenía y no pudo llevarse consigo; pero,  muchos han podido reemplazarla por otra casi igual de grata. Dependerá siempre del talante con que se emigra y de las condiciones en que se emigra. Una cosa tendré siempre clarísima y voy a compartirla: si usted se va para convertirse en el vocero de todas las desgracias de este desgraciado gobierno comunista y, para reenviar cuanto rumor maligno le llega, usted se está condenando al sufrimiento y la amargura más grandes y además, al ostracismo. Nadie quiere cerca un recordatorio permanente de sus propias tragedias. Para bien o para mal, cada exiliado tiene una historia (no siempre cierta, de paso) y un derecho a vivirla como le dé la gana.
Al final, es una solución que permite la sobrevivencia y no sólo en sentido figurado. Vivir en la Venezuela del siglo XXI compromete incluso la propia vida.  Lo lamentable es que los primeros en irse han sido los más brillantes, los más comprometidos con un futuro que,  siendo bueno para ellos, lo era también para el país que perdimos. A ellos los seguirán familias que pudieron haberse labrado un porvenir exitoso en suelo patrio y les fue mejor labrándolo en Miami. A ellos también los seguirán otros y otros. Una vez conocido el resultado del 07 de Octubre, será bueno estudiar los índices de la estampida.  Solo basta esperar que no haya actos de repudio, ni salidas apresuradas, ni violencia.
Digámoslo al estilo película: la suerte, para muchos, está echada. No es una solución mejor o peor. Pero jamás dejaré de pensar que es un derecho.
Cara o cruz, ¿me quedo o me voy?

Así nos va (VII)

Sorpresa se escribe con C

En el medio justo de toda esta larga cadena de desencuentros y como para ponerle la guinda al pastel, el tipo se enferma. O, por lo menos, le hace creer a una porción bien importante del planeta que su vida está en peligro debido al cáncer.
Es posible que lo esté. Un amigo muy querido el otro día me preguntó si yo quería que explotara en TV para creerlo. La verdad es que no. Ni quiero que explote ante las cámaras, ni quiero que sea verdad, ni quiero que sea mentira. Por una extraña necesidad de mantenerme a salvo, he desarrollado un mecanismo de evasión que me permite sentir, verdaderamente, el desinterés más grande por su vida y obra. Soy uno de los pocos que todavía se resiste a creer el tema de la enfermedad tal como ha sido contada por periodistas que jamás mencionan de dónde sacan sus detalladas informaciones. En otras palabras, yo no creo que se esté muriendo. Acepto a regañadientes que tiene cáncer; pero me niego a caer en el juego de los que pregonan un funeral de estado inminente,  como si fuera un concierto de Los Rolling Stones.
La enfermedad, una variable con la que nadie contaba hace poco menos de un año, copa todos nuestros espacios, básicamente porque a juicio de los más afamados analistas criollos, el gobierno tiene “la obligación” de mostrarnos cada examen de laboratorio, cada radiografía, cada resonancia magnética. Nosotros “tenemos derecho” a saber los detalles más íntimos de un mal que ha hecho una grave metástasis en lo más venezolano de los venezolanos: El morbo curioso.
Ese morbo nos llevó a todos a cometer un error que ha de pesarnos. Para empezar,  no es un derecho ciudadano obtener un informe oficial y detallado. El Presidente de la Republica tiene el mismo derecho que usted y que yo,  a vivir su enfermedad en silencio y a decidir qué hacer con eso.  Es más, si fuera cierto el rumor, el Presidente de la República tiene el mismo derecho que usted y que yo a morir en paz, rodeado del amor y el cuidado de los suyos. Punto.
Ahora bien, el señor nos ha acostumbrado a lo público y la culpa es suya si exigimos mayor transparencia. Hasta ahora, lo “políticamente correcto”,  es decir, su aparición haciendo el anuncio formal, aunque muy escueta, sucedió y fue interpretado como una burla. A partir de ahí, como solemos hacer en lo cotidiano y en lo grave, todos los problemas empezaron a ser pocos. Nosotros hemos “asumido” que el presidente TIENE que tratar su enfermedad en el país. Eso no es cierto. No es el primer mandatario,  ni será el último,  que recurra a médicos extranjeros para atenderse. Eso forma parte del “paquete venezolano”. A nosotros nos encanta una clínica extranjera. Lo que nos tiene “patas arriba” es que haya escogido Cuba y no Houston. Eso es todo. Hemos “asumido” también que el desarrollo de la enfermedad DEBE ser narrado en cámara lenta por algún vocero oficial. Eso tampoco es cierto. Sencillamente, fue por boca de él que nosotros sabemos que tiene cáncer. ¿Entonces?
Hemos también decretado que estar enfermo lo inhabilita. Eso es bastante discutible. El señor tiene Cáncer, no tiene Demencia Senil, no sufrió un ACV Masivo, no está en coma (a pesar de lo que dicen muchos) Su enfermedad y su deseo expreso de permanecer fuera del país,  atendiéndose por largas temporadas, puede que amerite - desde un punto de vista formal - el desempeño de las funciones propias del vicepresidente. Y aunque eso más o menos sucede, estamos en Venezuela y “ellos” tienen un atajaperros digno de lo que son ellos: el vicepresidente en funciones,  responde a una fracción de un partido en el que otras (muchas) fracciones reclaman una porción de protagonismo. De modo que ahí, otra vez, estamos equivocados: lo que está pasando en el Partido ese que ellos tienen, no es culpa de la enfermedad del presidente. Es culpa de ellos, que no saben cómo mantener cohesionado un partido ni como gobernar un país.
Todo lo demás es accesorio. El cáncer incluido. A pesar de las cosas que publican diariamente los privilegiados que saben TODO LO QUE HAY QUE SABER sobre la enfermedad presidencial,  El Presidente de la Republica, el Señor de Sabaneta, regresará. Lo malo, lo realmente malo es que regrese y sea millones.

viernes, 27 de abril de 2012

Así nos va (VI)

…y el mango, también

Esa quizás sea la parte más difícil de entender. Una mayoría de nuestros interlocutores, tienen la suerte de haber recibido una educación casi exquisita, en donde el valor del pensamiento propio y la capacidad para discernir opciones que lo ubiquen cerca de las cosas buenas de la vida, es base de todas sus acciones. Por eso estamos tan enredados: nosotros hablamos casi siempre a la misma gente. Nosotros hablamos, casi siempre, con nosotros mismos. Y nosotros mismos no podemos entender lo que sucede.
No podemos entenderlo porque, básicamente, es imposible aceptar que una persona cualquiera prefiera ser buhonero (me perdonan, pero el tema recurrente de la economía informal, ilustra perfectamente la hecatombe que ya ocurrió) o prefiera cuadrarse con un régimen que limita – o destruye – sus libertades a cambio de casa y comida. Entonces, para evitar tener que aceptar todo lo que altera nuestro “derredor”, calificamos la crisis de tantas maneras como presentaciones tenga. Entre tanto, el país sigue su rumbo. O debería decir, sigue su caída libre. Como si fuéramos los actores de Asia y El Lejano Oriente (la preclara farsa que Chocron estrenó en 1964) nos limitamos a producir manifiestos - cuando los producimos -  pero nos preparamos por si acaso toca aceptar lo inevitable.  Revisamos con avidez las encuestas (por cierto, a fecha de hoy, bastante desalentadoras) y pontificamos, sin descanso,  sobre los errores que cometen nuestros comandos de campaña.
¿Por qué lo hacemos? Porque seguimos empeñados en el tema electoral. Hemos convertido las elecciones en la única salida, en la solución que no acepta opciones. Lo hacemos porque esencialmente somos demócratas, lo hacemos porque esencialmente vivimos una buena parte de nuestras vidas votando cada 5 años para elegir presidente y lo hacemos porque esencialmente, confiamos que en algún momento, de tanto votar, la ley de  probabilidades nos dará la razón. Ningún país en el mundo, creo yo, ha asistido tantas veces a las urnas electorales en tan poco tiempo  como nosotros. Pero, ningún país en el mundo ha vivido esos procesos con tan poca fe en sus instituciones. Eso permite que un tercer sector, que no cree en nada ni en nadie, tenga la sartén por el mango y el mango también. Un tercer sector que no está organizado, no tiene cara propia, recibe nombres que varían de acuerdo a la necesidad del momento (han sido NINIs, No Alineados, Independientes, Sociedad Civil, Indignados y un largo etcétera) y en realidad es el sector de la población a quienes el futuro les preocupa menos,  probablemente,  porque tienen alternativas que los resuelva. No son los ricos de toda riqueza, (esos ya se fueron) ni son la clase media alta instruida (esos van y vienen y un día de estos no vendrán más) Son la clase media, media. Una clase educada, con posibilidades de trabajo en el exterior, con opciones de becas, con ganas de aventura y con edad como para empezar en cualquier pedazo de este inmenso globo terráqueo que los reciba. Es en las manos de ellos que está el principio de la solución. Y no porque sus votos sean indispensables (que si lo son) también porque sus talentos, sus esfuerzos y sus ideas, seguramente serán las únicas que logren sentarse a la mesa del gigantesco acuerdo de cooperación que tendremos que inventar dentro de poco.
Sólo me permito recordar algo que ya dije: ellos, precisamente ellos, no creen en nada ni en nadie.

Así nos va (V)

La ¿última? batalla

Y en el medio de una realidad que no terminamos de ver con ojos claros, surge un ingrediente que, como pocos, pinta de cuerpo entero la venezolanidad: Una nueva y decisiva campaña electoral. De algún modo, la suerte se las ha ido arreglando (bueno, la suerte y la perversa inteligencia política del régimen) para llevarnos de campaña en campaña cada vez que las cosas empiezan a ponerse más duras.
Esta vez, estamos ante la campaña de nuestra vida.  La batalla final. Si se pierde,  el comunismo, sus muchas desgracias y sus pocas virtudes se instalarán a vivir en un país que poco a poco, ha ido diseñándose al estilo de aquellos años en los que Cuba gozaba de protección soviética. Si se gana, tendremos una oportunidad (quizás la última que verá nuestra generación) para empezar a rectificar las cargas.
Se puede pensar entonces, que todo se reduce a un asunto electoral, pero no es cierto. Parece cierto. De nuevo, es el tema de la venezolanidad lo que se impone. A nosotros nos fascina una campaña. Nos paraliza una campaña, un mitin, un acto de respaldo, una oportunidad para gritarle a alguien que somos sus adversarios o para abrazarse a alguien que es nuestro seguidor.  Construidas a punta de pura emocionalidad, las campañas electorales en Venezuela, revelan una verdad poco frecuente en el mundo: aquí no gana las elecciones el que ofrece el mejor futuro, aquí gana las elecciones el que hace la mejor campaña. Es decir, el que levanta la voz más alto, el que hace las mejores fiestas públicas, el que regala las mejores cosas, el que gasta más y piensa menos. Ese es, precisamente, el lado más peligroso de la opción democrática: por mucho dinero que logre conseguir (que será harto) nunca podrá igualar la oferta del régimen, pues el régimen, para hacer campaña electoral, cuenta con TODOS LOS RECURSOS DE LA NACION y los emplea sin pestañar.
El siguiente gran peligro es el que entraña una percepción equivocada: la que los electores ven ahora en las filas de la unidad democrática. Sencillamente, todavía no se ve al Comando Tricolor como un comando ganador. Probablemente debido a que tenemos muchos años escuchando las arengas multitudinarias de un hombre con el prodigio del verbo, nuestro candidato, escaso en ese talento, aun no termina de hacer clic con sus electores.  De nuevo, una amenaza terrible se cierne encima de eso: día a día crecen los rumores y las afirmaciones (entre la prensa de “oposición” inclusive) según los cuales, la voluntad que todos nosotros expresamos gallardamente el 12 de febrero, podría ser desconocida. No es más que un rumor, lógicamente; pero, ese es el problema.
Lo cierto es que  nadie puede predecir cómo será la transición, si ocurre. Una primera idea para componer un poco todo el reguero es ganar las elecciones del 07 de Octubre y ganarlas por un margen de ventaja que no deje lugar a dudas. Para ello, hará falta un poco mas de confrontación y lamentablemente, un poco mas de fiesta. La idea de Capriles de mantenerse trabajando “a otro nivel” sin enfrentarse abiertamente a su contendor, aunque buena,  es ineficaz. Es connatural de una candidatura política de cualquier tipo, enfrentarse. Se enfrentan los alemanes, ¿no va a enfrentarse uno en este calor de Octubre? Lo demás pasa por aprovechar cada espacio, cada mente lúcida, cada rincón, para convencer que hay un camino. Nunca el triunfo de nuestra propuesta demócrata, se había visto tan posible. Pero, cuidado: ese triunfo necesita trabajo diario y mucha valentía: la de hablarle a la cara a los que aun no se deciden por la democracia.

Así nos va (IV)

Quebrados

Entre tanto,  chapoteamos en la descomposición social más tenebrosa que se ha visto en estos lados del mundo desde hace mucho rato.  Una descomposición que se resume en una sola palabra, en una sola falta: respeto. Base y principio de cualquier intento de convivencia humana.
Los ejemplos, listados y mencionados sin ninguna cortedad, dejan la evidencia incompleta. Basta pasear por nuestras ciudades -  algunas con más suerte que otras - para constatar que perdimos algo importante que nos permitía relacionarnos con gentileza o,  que nunca fuimos tan amables como creyeron nuestros ojos infantiles y lo escribió Teresa de la Parra.
Supongo que tenía que llegar a esa conclusión con la misma fuerza con que mis cabellos se han puesto blancos y por la misma razón por la que lo hicieron los de mi padre. Pero, lo siento verdad.  Una verdad de la que nos reímos, una verdad que hemos convertido en chiste, una verdad que en  lugar de impactarnos como debería, es sacudida de su estorboso asiento, con una carcajada de compasión.  Lo cierto es que lo irrespetamos todo: el talento creativo de otros, el derecho al silencio de otros, el  espacio en que habita el otro, el aire que respira el otro. Ponemos en juego la vida de nuestros hijos aun cuando existen leyes que podrían impedirlo y, a pesar de lo que muchos creen y predican, no estamos preparados para rasgar nuestras vestiduras cuando sea necesario. Es posible que estemos listos para defender la inmediatez de lo que tenemos cerca y nos duele, pero poco más. El concepto de comunidad, perdido desde hace tiempo, se antoja irrecuperable. Si comunidad significa el otro, sencillamente no nos importa, a menos que sea portador de un beneficio y entonces su protagonismo, casual, finalizará al cumplir su  cometido. Esa tendencia, presente en la mayoría de las sociedades de hoy, se maximiza al estar permeada por los vaivenes de una convivencia  en donde ni las leyes se hacen para ser respetadas,  ni el ciudadano reconoce en el otro a algo más que un enemigo potencial.
Después de todo, es imposible hablar de respeto si la vida de cada uno de nosotros, en realidad, alcanza a costar 20 dólares, negociables.

Así nos va (III)

Negocios de este siglo

A veces, algo sucede que destrona al cáncer. Tal es el caso de la sorpresa y el escándalo que todos hemos expresado por las “confesiones” de un abogaducho de medio pelo, militar y magistrado del Tribunal Supremo,  quien habló por televisión recientemente para decapitar a todos los títeres del gobierno y dejar muy mal parados a los que todavía se atreven a ejercer la profesión de Abogados.
Un caso perfectamente ilustrativo de lo que somos, o de aquello en lo que nos hemos convertido. Para empezar, ¿Cómo es posible que un cretino de tal naturaleza, se haya convertido en magistrado del Tribunal Supremo de Justicia? ¿Por que llegó allí? La respuesta más fácil la tenemos en el gobierno, quienes han hecho y deshecho con las instituciones públicas, sobre todo con aquellas que administran o deben administrar justicia.  Una mirada un poco más profunda, sin embargo,  deja muy mal parados a los gremios cercanos a la justicia. Si es verdad que una bota pisoteó el sentido de justicia, no menos cierto es que la misma bota acabó con el Colegio de Abogados y con las Facultades de Derecho Venezolanas y convirtió en vergüenza la profesión de abogado. Es simple: En lo más bajo de nosotros mismos, todos somos un poco cómplices de la realidad que ese señor pintó a todo color.
Pero, hay más. En realidad las declaraciones de este tipejo, (a quien de paso sea dicho nadie puede perdonarle su cinismo ni su pasado delictivo)  nunca hubieran sido públicas, de no haber estado por el medio,  las ansias de venganza de un tipo tan funesto como “el magistrado” de nombre Eligio Cedeño.
Ex amante de la hija del sabanetero y comprometido en matrimonio con ella, Cedeño,  al romper el compromiso y causar un despecho histórico,  cayó en desgracia. Fue crucificado, muerto y sepultado y descendió a los infiernos.  Desde allí – un poco más tarde que al tercer día – salió gracias a la buena acción de una jueza que se atrevió a darle una medida cautelar que  A ELLA le está costando su vida.  En los pocos minutos que Cedeño, (ayudado por una monstruosa cantidad de dinero que nadie sabe de dónde ha salido) necesitó para huir del país, empezó a tramarse la más grave venganza que pueda imaginar el sabanetero. La oportunidad, que la pintan calva, ha comenzado a presentarse con la aparición del narcomagistrado. De buenas a primeras y con la única intención de continuar horadando el poder de la información, Eligio Cedeño apareció como dueño de una señal de televisión privada en Miami que, es lógico pensar, hace pingues negocios con el rumor y la enfermedad aquella, entre el cada vez mayor “exilio venezolano”.  Pues bien, el canal de televisión de Eligio Cedeño, fue el que se ocupó de revelarle a todos los venezolanos, el estado del narcoestado.
Detrás de eso, residen miles de razones para empezar a preocuparse. De algún modo, fuimos descomponiendo nuestra vida hasta llegar a permitir que vivamos de la forma que lo hacemos. Entre las carencias diarias y las miles de iniquidades a que estamos sometidos; la falta de seriedad con que tomamos la vida nos convirtió en habitantes de un estado al que ahora llaman forajido (me encanta esa palabreja) y  en el que, a  la diaria violencia callejera que deja más de 40 muertos a la semana (sólo en Caracas)  debe sumarse la horrible violencia del narcotráfico y la lucha entre carteles. Basta una mirada de soslayo a lo que tuvo que vivir Colombia por tantos años y tenemos razones de sobra para que se nos ponga la piel “chinita”.  Sencillamente, no podemos cruzarnos de brazos pensando que esas señales sólo hablan de un régimen que hace aguas. Es cierto, es posible que el régimen esté haciendo aguas, yo no lo dudo. Pero no se ahogará sólo. Todo verdugo tiene el chance de arrastrar a sus víctimas y las probabilidades de salir ilesos son cada vez más escasas.  Si el régimen hace aguas, el país hace aguas con él.

Así nos va (II)

Curiosidad o ciencia?

Empecemos pues por el periodismo criollo. Esa cosa omnipresente ante la que muchos sudamos cuando debemos considerarla seria. En un reciente y extraordinario artículo, el escritor Alberto Barrera, explicaba el fenómeno de la rumorología, echándole la culpa a la falta de información “oficial” que la contrarreste. Hay una gran certeza en ese juicio, sólo que le falta un ingrediente fundamental: a la falta de información oficial veraz, hay que sumarle la ligereza y ansia de protagonismo de los contadores de la noticia. Yo lo lamento mucho, pero es imposible que sea seria una periodista que se sienta en un canal de TV a contar sus miserias más intimas, autoproclamarse perseguida e invocar la luz divina, mientras permite que le digan LA BICHA. O, que la fuente de información más confiable que tenemos, es un medico de provincias que ejerce en un oscuro pueblo de Florida llamado Naples (menos conocido que San Rafael de Ejido) y que de pronto, parece haberse adueñado de los poderes paranormales de José Gregorio Hernández.
Un poco más en el borde de lo aceptable,  pero extensamente discutible, es la labor de ministro de Información no oficial que ha asumido Nelson Bocaranda, un periodista famoso, entre otras cosas, por su afilada lengua y su interminable colección de chistes de todo tipo.  Probablemente, no obstante, este reducto imposible de información sea la única cosa más o menos acertada que existe en el presente. Sin embargo, y para hacer honor a la profesión, tampoco debería parecernos seria.
La información entonces, se traslada enteramente a los rumores y en eso, sin que me pese repetirlo por quincuagésima vez, nadie ni nada parece ganarle a Twitter. Las cosas que ruedan de trino en trino, son tan escabrosamente patéticas que posiblemente sea una sana opción mantenerse un poco lejos del “pajarito”. Simplemente, es verdad que todo aquel interesado en el devenir de Venezuela, tiene en Twitter  un  lugar gratuito para enterarse de todas las mentiras que quiera repetir.
¿Qué es lo qué nos pasa? ¿Por qué nos dejamos ganar por el rumor? ¿Cuál es la fascinación de la mala noticia? Tal vez esas preguntas podrían responderse sesgadamente, en  nuestra inexistente prensa del corazón. Por ejemplo, las malas noticias relativas a la enfermedad del presidente y nuestra curiosidad - convertida en derecho - llena las horas que otras culturas menos creativas, dedican a la vida de sus ricos y famosos. Quizás lo que suceda es que la fama y la riqueza, en Venezuela,  siempre han estado muy asociadas al poder político.  En Japón, por ejemplo, donde los emperadores han vivido,  desde siempre,  una existencia totalmente alejada de sus súbditos, nunca o casi nunca, se hacen públicas las dolencias de Akihito o de algún otro miembro de la familia imperial. Algunas veces, un escueto comunicado “de palacio” anuncia (mas a la prensa extranjera que a los nacionales) que el emperador ira a una clínica por algún motivo o que recibe tratamiento en Palacio. Poco más.  Es el mundo occidental, entrépito como pocos, el que piensa que cada dolor de sus gobernantes,  debe ser públicamente comentado entres otras cosas, sólo para que todos nos convírtamos en marujas,  ansiosas de satisfacer una curiosidad morbosa que súbitamente se convierte en inalienable derecho.  Un derecho que choca estrepitosamente con el derecho de los demás a vivir sus enfermedades en la privacidad de su intimidad y en la paz de su hogar y su entorno.

Así nos va (I)

De Identidades y otros prodigios

De las pérdidas que más lamento en la vida, aquella costumbre venezolana de estudiar,  de cuando en cuando,  la “identidad nacional” está posiblemente en el tope de la lista. A veces, salía de esos estudios extraños alguna conclusión que parecía verdadera y por ahí nos íbamos. Ya nadie lo hace y créanme que lo lamento. Nunca lo he sentido tan urgente: El nivel de deterioro, gestándose desde mucho antes del nacimiento de la V Republica, ha reventado en nuestras caras. Alcanza niveles realmente pavorosos que no son nuevos ni desconocidos. Si volvemos sobre ellos es porque estamos demostrando que por optimistas, nos enfrentamos y salimos derrotados.
Es una pena. Podría pensarse que me sumo al grupo de los que quieren apagar las luces que otros ven en el camino y no es cierto - aclaro rápidamente- . Me sumo al grupo de los que creen que ver luces no es suficiente. Hay tal cantidad de calamidades amontonándosele al futuro que lo mejor sería empezar por entender, a un nivel de conciencia profundo, lo que nadie ha entendido todavía: Lo que somos.
A partir de ahí, todo podría empezar a ser posible. Un “pueblo” no se convierte en trabajador y honesto si no se le enseña a serlo. No reconoce el futuro como una posibilidad certera,  si no se le explica conscientemente que el futuro incluye tanto votar como arrimarle al mingo. La tesis de la gobernabilidad complicada -  pero posible - o la que sostiene que “ellos” entregaran el poder y “nosotros” empezaremos de inmediato a meterlos presos, es tan irreal como la tesis del hundimiento definitivo. Aunque esta última puede que sea un poco mas cierta.
Comprender la venezolanidad, o al menos nuestro escatológico presente, (tarea que por lo demás no es asunto que se resuelva en un blog aficionado) es algo de lo que no podemos continuar huyendo. No se trata de repetir que somos una cosa que no existe  pues las evidencias nos desbordan: Somos espacios que poco a poco van cediendo su dominio a las pintas insultantes, a las ventas de salchicha, a los infractores del tránsito, a los motorizados que convierten sus motos en autobuses de la carencia, a los orines rancios y a la basura. Somos el vecino que nos atormenta con su música, somos el trabajador de la panadería que no responde los buenos días y el cajero de banco que esconde en cuentas secretas lo que sobra del pago de las pensiones. Somos un interminable venga–más-tarde-eso-no-se-puede-yo-no-lo-hago. Somos protesta callejera, terreno invadido, calibre 38, buhonero hambriento, secuestro express y supervivencia obligada. Somos dolor taponeado y presente a carcajadas.
 A lo mejor, desde la docta academia o desde la simple comprensión, eso sea explicable. Las opciones,  que siempre fueron muy escasas, han ido cercándonos. Hoy es imposible comprender lo que sucede. Simplemente, aventuramos teorías. Lo bueno de hacerlo es que alguna vez, (espero que pronto) alguna de estas teorías atinará en sus postulados. Lo malo es que hasta ahora, todas esas teorías parecen circular alrededor de los cuentos del Dr. Marquina o el sensacionalismo de una periodista que se permite a si misma ser conocida por el mote de La Bicha.

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