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lunes, 9 de marzo de 2015

La mala hora

Ha sucedido del mismo modo en que una noche de sueños se torna insoportable por una pesadilla. Para nada de lo que estamos viviendo habíamos sido preparados: de pronto, sin advertencia previa,  los más horribles presagios se hicieron realidad, con cruces. Venezuela es, hoy día, un vasto territorio en guerra. Un vasto lodazal hecho de sangre.
Ya no importa saber quién es el culpable; la obviedad ha hecho innecesario establecer responsabilidades. Las víctimas; es decir, todos, estamos demasiado ocupados en restañar  las  heridas, cuando la suerte quiere que tengamos fuerzas para eso. Lo único que nos importa es evitar formar parte de una estadística. Cada salida de casa, a cualquier hora del día y de la noche requiere una estrategia de sobrevivencia, un adecuado plan para enfrentar el gran imponderable: ¿Cuándo me tocará a mí? Aunque encomendarse a Dios nunca está de más, hacerlo tomando toda clase de precauciones es tarea cotidiana e indispensable del venezolano del siglo XXI. El miedo, esa cosa paralizadora de la que todos hemos abjurado alguna vez, gana con las horas mayores espacios. Somos paranoicos de nosotros mismos y, aun cuando sonreímos anunciando estar muy bien, la verdad es que estamos - vivimos - cercados por una violencia inenarrable.
Lo más probable (no sé de estadísticas) es que un altísimo porcentaje de nosotros haya tenido que "dialogar" alguna vez en estos últimos años con el hierro frio y poco amistoso de una pistola. Lo más probable (sigo negándome a comprender estadísticas) es que todos los habitantes de esta tierra de gracia, tengan en su haber la cicatriz de una ráfaga que, vestida de asquerosa codicia, marcó de dolor la vida propia o la de algún afecto. Las balas que pueblan la patria del siglo XXI, han alcanzado - en el único ejercicio de perfecta democracia que conocemos - a todos los que, incluso, tienen la absurda manía de creerse a salvo; se entiende, esas son  balas disparadas, sin mayor razón, por las manos casi vírgenes de niños que nunca han jugado con algo que les enseñe piedad. Son balas, a veces, disparadas por quienes tienen el deber de cuidarnos; son balas disparadas por quien da la orden y paga al dedo que aprieta el gatillo. En el ex país, no hace falta que tengas un objeto codiciable para recibir un tiro. En ocasiones, con tener 14 años y no estar de acuerdo, basta.
La sangre del venezolano de hoy se licua con lágrimas. En Venezuela, los hombres si lloran. Lo hacen con arrechera y lo hacen, de todos modos, para no reventar de dolor.

domingo, 12 de enero de 2014

El 12 a las 12, asi fue...

Tengo que empezar por decir que me sorprendieron varias cosas: la primera, la puntualidad; graneaditas, las personas empezaron a llegar a la Plaza El Llano cuando faltaban 20 minutos para las 12, de modo que faltando 5 minutos para la hora acordada, ya habíamos logrado reunir un grupo que rondaba las 75 personas.  Suficiente gente para proponer comenzar a la hora exacta que habíamos fijado.  Esos últimos 5 minutos, debo admitir, fueron un poco frenéticos; yo quería tener una gran asistencia y eso no se logró hasta pasados esos últimos 5 minutos.  En cambote comenzó a entrar gente que venia de todas las esquinas de Mérida, todos con una o varias flores en las manos y, la mayoría, rigurosamente trajeados de negro. Personas de todas las edades y orígenes a muchos de los cuales no había visto jamás. Con ellos, los amigos de siempre y los que no dejan de ir a nada que sean convocados. La asistencia de, al menos, 200 personas fue la siguiente sorpresa maravillosa.
Tras una brevísima explicación que sentí necesario hacer para dejar muy claro que no se trataba de un acto proselitista (aunque si de un acto político, pero eso no lo dije) caminamos hasta el medio de la plaza;  fue como llegar a Mérida, la de toda la vida. La Plaza de El Llano es una de las plazas más antiguas de la ciudad, desde hace algún tiempo es como el centro alternativo y  es, además, el porche de una de las iglesias mas lindas que hay en Mérida: La Iglesia de San Miguel De El Llano (en realidad es la Iglesia de San Miguel Arcángel, pero nadie le dice así) sin duda, es una de los más bonitos espacios públicos de esta ciudad vapuleada por la ausencia de lugares para la amabilidad entre vecinos. Entonces, sucedió la magia: nos tomamos de la mano, encandilados por el sol de la Sierra, dedicando lo mejor de nuestra energía a recordar a los caídos y entender que,  desgraciadamente, estamos enfrentando una guerra cruel y sangrienta a la que hemos decidido desafiar entregándole flores a las balas.  Un poco después el espacio central de la plaza estaba cubierto por rosas, hierberas, claveles, crisantemos, calas y un largo etcétera de flores que tenían tanto un mensaje especial como, en todos los casos, un  nombre y un apellido que no han salido en la prensa.
Al romper el círculo, después de una oración que nos une a todos y fue tan espontanea como nuestra presencia allí, nos saludamos con abrazos que no buscaban disimular ojos anegados en lagrimas que no dejamos salir. Sentí que habíamos hecho del dolor, un altavoz silente. Nuestras manos levantadas dijeron lo que tenían que decir, sellaron un compromiso para futuros encuentros y emprendieron el camino hacia la paz.
Nos quitaremos el luto cuando logremos hacer que la vida le gane a la muerte.
 

miércoles, 8 de enero de 2014

¿Nadie se muere la víspera?

En la madrugada del domingo 05 de enero “Chocolate” estaba ocupándose de ultimar los detalles de cierre de la discoteca en la que trabajaba como agente de seguridad. Había sido una noche relativamente tranquila, poco usual de estas primeras noches de año nuevo; para Chocolate, sin embargo, no era otra cosa más que una de las muchas noches de su “reinado” sobre la rumba merideña. Héctor Moreno González, un moreno buenmozo al que todos llamaban Chocolate tanto por el color de su piel como por su apetecible buen ver, era uno de los personajes más queridos de la noche merideña; desde la puerta de ese antro estudiantil en el que completaba los quinces y últimos, mandaba y ordenaba sobre la calma que le gustaba imponer tanto en el antro como en la calle y más allá. Era su costumbre aguardar a que todos sus compañeros de trabajo terminaran la faena y asegurarse que salían tranquilos y bien cuidados al finalizar la jornada de fin de semana. En eso estaba la madrugada del domingo, cuando llegaron dos chamos en una moto con la intención de terminar la noche allí mismo. Con el carácter que le distinguía, Chocolate les informo que el bar estaba cerrado ya, les aconsejo irse a dormir la mona y dio vuelta para atender el llamado de uno de los bar tender. Fue su último movimiento. Dos balas tan llenas de odio como de pólvora, dejaron al negro tendido en el piso del bar. Tenía 39 años, estudiaba estadística en la ULA y era miembro de más de una organización estudiantil. Por definición, era un tipo bien chévere...
Una hora más tarde, a la salida de una fiesta en un local del centro de la ciudad, Armando  Lobo intentó negociar, con un mototaxista, el precio de una “carrerita” hasta su casa en Santa Rosa. Faltaba poco para que la madrugada helada del enero merideño diera lugar a las primeras luces del día. Armando, el mototaxista y todos los que andaban por ahí cerca, estaban un poco pasados de tragos, aunque se mantenían en pie y podían hilvanar - sin mayor esfuerzo - alguna conversación plagada de modismos y palabras incomprensibles. Alguien le pidió un cigarrillo, Armando se negó y probablemente le dijo algún par de palabrotas. Segundos después, delante de todo el que salía de la fiesta, Armando caía, abatido por tres balazos que salieron de las manos del motorizado al que él no quiso regalarle un cigarro.  Está vivo, pero, esa vida no es apuesta segura para nadie. Si sale de esta, que no es probable, no podrá volver a mover un musculo de su cuerpo. Tiene 21 años, una hija de seis meses a la que adora, una esposa de 19 que empezaba a andar con él un camino cercano a la felicidad y una carrera truncada de técnico superior en Diseño Gráfico…
Anoche, en un evento del que nadie da mayores detalles, un grupo de delincuentes detenidos en el reten Policial de Mérida, a la espera de penas mayores o reubicación carcelaria, estallaron dos granadas que les permitió escapar de sus castigos. En la carrera, un taxista de quien se conocen muy pocos detalles resultó seriamente herido. En medio de la lluvia pertinaz, la ciudad vivió una de las primeras noches de disturbios del 2014. Los delincuentes fugados amanecieron hoy en libertad. Los Merideños, un poco más preocupados por su seguridad personal…
Esta mañana, en medio del estupor más grande, la noticia nos ha dejado sin habla: Mónica Spears, Miss Venezuela 2004, actriz de telenovelas  y modelo de cierta fama, su esposo y su hija de 5 años de edad, fueron asaltados en una autopista del centro del país mientras aguardaban la llegada de una grúa que les ayudara a llegar a destino, truncado por una avería mecánica cuando regresaban de sus vacaciones navideñas. Mónica y su marido fueron asesinados en el asalto. Su hija, herida, llorando junto a los cadáveres de sus padres, fue encontrada por un conductor que transitaba la autopista, un par de horas después. El país virtual, el único que transmite algunas noticias bastante cercanas a la realidad, ardió en el dolor de  la muerte absurda de alguien con nombre, apellido, fama y una vida de prosperidad rutilante por delante...
Alguien dijo que la suya era la cara de los 25 mil venezolanos fallecidos en 2013 a manos del hampa desbordada. Yo creo que no. La bulla que ha hecho el vil asesinato de Mónica Spears y su marido en todo el país, la que ha levantado el crimen de Chocolate en la comunidad universitaria de Mérida, el dolor que, a una familia recién formada, le ha causado los tiros que recibió Armando y la angustia que a los merideños ocasiona saber que una manada de forajidos está en libertad por decisión propia, no es otra cosa que la muestra más dolorosa de una renuncia: la del gobierno a su responsabilidad cívica más importante. Han fallado en brindarnos a todos  la seguridad de saber que regresaremos vivos a casa y eso, aunque hayan algunos que quieran negarlo, es un asunto político. Ellos fallaron en su encomienda más importante. Lamentablemente, somos nosotros los que, por ahora, nos vamos ateniendo a las consecuencias. Vamos a ver hasta cuándo.

martes, 14 de junio de 2011

La mala hora

A sus diez y seis años, a Keylmar le tocará aprender la única lección que uno no quiere que le enseñen en la vida. Será un aprendizaje difícil, el tema es duro y a él jamás le ha gustado aprender: Su vida, desde ahora hasta el final, transcurrirá en una silla de ruedas. El sábado pasado, una bala que según parece no era para él, lo alcanzó en la espalda, se llevó por delante la médula ósea y lo dejó cuadrapléjico. Ni modo. Salió su número.
Keylmar es alumno de la escuela. No es alumno mío, pero lo conozco. Es el típico estudiante "malandrin" que vive, o presume hacerlo, al borde mismo de todo. Por eso fue el primero, la madrugada del sábado, en el estacionamiento del Colegio de Médicos, cuando al salir de una fiesta de promoción en la que sólo había menores de edad, una banda, armada hasta los dientes, acabó con la fiesta a tiros. Keylmar, que estaba allí y no aguanta dos pedidas, intentó defender algo o hacer ruido lanzando una botella, justo en el momento en que uno de sus compañeros desenfundó la pistola y apretó el gatillo sin saber bien a donde. El que disparó, cayó muerto casi inmediatamente al recibir 8 tiros. Keylmar, herido, había recibido el tiro que su amigo no supo apuntar.
La noticia del tiroteo apenas ocupó un titular casi discreto en la prensa local. Los profesores nos enteramos el domingo por simple transmisión de mensajes de texto y los alumnos de 4to año, han intentado darle ánimos al compañero maltrecho, pero nadie demuestra mayor alarma, ni otra tristeza que trascienda la mala suerte de Keylmar: no volverá a caminar. A medida que pasan las horas, las visitas al hospital disminuyen y algunos comienzan a soltar la lengua.
En claro se obtiene que, disfrazado de delincuente juvenil, que no alcanzaba a serlo, Keylmar tenía la vida vendida; que el cuento de la bala perdida y la mala hora empieza a perder sentido y que, por triste que sea el estado en que ha quedado, Keylmar se buscó cada miligramo de la pólvora que le ha desgraciado la vida a él y a su mamá: una mujer que apostaba a todo por educar a su hijo.
Ella es la única que llora todavía, y Keylmar, por supuesto; no ha parado de hacerlo desde que llegó al pasillo de la emergencia de adultos del Hospital de Mérida, donde permanece con poca variación a pesar de su terrible diagnostico y de donde saldrá a su casa a languidecer de mengua, probablemente.
Entre tanto, algunos nos hacemos preguntas repetidas, mientras lamentamos consternados el futuro de uno de “nuestros muchachos” y nos aterroriza la rápida normalidad con que se asume la tragedia de Keylmar y se cuentan las horas a la espera de un nuevo enfrentamiento y un nuevo herido, o muerto. Ayer, uno de los alumnos de más edad me escuchó cuando comentaba con otro profesor el sin sentido de una fiesta de chamos, en la que circulan libremente armas y municiones. El alumno se detuvo a mi lado escuchando atentamente mi rabia, calibrando cada palabra mía en contra de armas en manos de muchachitos inexpertos. A medida que yo hablaba, él sonreía. De pronto me interrumpió:
- Tú no entiendes Juan Carlos, me dijo el estudiante.
- ¿Qué es lo que no entiendo?
- Nada…no entiendes nada. Si uno tiene una culebra con alguien, tu crees que uno va pa´una promo sin un hierro? ¿Qué quieres tú, que lo maten a uno como un perro?

martes, 17 de agosto de 2010

Chamos protegidos...los nuestros!

Crece pronto muchacho Crece fuerte muchacho Hay un mundo que espera por ti Cerelac
Creo que debería pedir disculpas por andar diciendo que en Venezuela no se hace nada por cuidar a nuestros “niños, niñas y adolescentes”. A veces se me va la lengua. He debido pensarlo mejor; yo no sabía que los chamos de este país tenían tan buena red de protección. Que pena; haber salido a escribir tonterías mientras “las fuerzas vivas del país” están más vivas que nunca, trabajando a favor de mejorar nuestra sociedad, desde su base más importante: La familia. Fíjense: Varios miles de familias venezolanas saben lo que significa la tragedia de ver morir a uno de los suyos en un acto de violencia. Ellos hacen su cola en la morgue, se turnan para guardar el número, pagan lo que les pidan, entierran sus muertos y se callan la boca. Como corresponde. Muchísimas más, no han tenido que ir a la morgue; pero pasan días y noches en algún hospital público, tratando de parapetear al muchacho que salió herido en un tiroteo, quedó vivo y “no le pasó nada”. Algunas otras (pocas en realidad, por suerte) mal duermen todas las noches con la angustia de tener que enfrentarse a eso por vez primera; pero como no les ha pasado nada, esos no cuentan. Mientras tanto, los niños de nuestro país crecen a buen resguardo: no tendrán nunca más la posibilidad de encontrarse, en ningún medio de comunicación, con fotos que los asusten, incluido el Lobo Feroz y su fastidioso estrés post traumático. No hay porque temer. Teniendo nuestros chamos a salvo de la asquerosa violencia de los medios, salvaremos la familia y rescataremos la paz. ¿Cómo es que no se nos había ocurrido antes? (Por cierto, me parece que también está prohibido guindar en Facebook las fotos del entierro del papa del Yorman, aunque el homenaje póstumo les quedó lo más de pinga)

miércoles, 16 de junio de 2010

El Morocho

Era un tipo conocido, querido. Uno de esos personajes anónimos de nuestros pueblos. Trabajaba en un liceo y según el decir de todos, “no se metía con nadie”. Tenía 54 años y muy poco se ha dicho de su vida personal, cosa que se agradece, porque eso a nadie le importa. Hace un par de días, en una visita de rutina, su madre lo encontró apuñalado y desnudo, frente a la cocina de su casa. Muerto. Se llamaba Francisco Javier Rivas. Por saberse algo más, sólo se sabe que le apodaban “El Morocho” y vivía en una urbanización clase media de la ciudad de Ejido, la misma que Cabrujas hizo famosa en una de sus obras teatrales. La misma que parece haber sido hecha por un cojo y un tuerto. La misma en la que el “índice de criminalidad” es conversación de vecinos. Convertido en uno más de los muchos nombres que llenan las páginas de sucesos de los diarios locales, sobre la muerte del morocho inmediatamente ha caído el lamentable silencio resignado de una comunidad que, acostumbrándose a la violencia, se recoge temprano y duerme, con un ojo abierto, protegida por rejas y candados. Una comunidad que no espera nada más, pues lo poco que los “cuerpos de seguridad ciudadana” podría ofrecerle se disipó en la certeza de que este descontrol ya no es, ni siquiera, culpa de policías mal entrenados. La cosa es mucho más simple: Cuando las comisiones del flamante CICPC llegaron al sitio a hacer el levantamiento del cadáver – unas cuantas horas después del hallazgo - lo único que pudo hacerse fue eso precisamente, llevarse el muerto. La policía de Mérida se excusó por no poder recopilar evidencias físicas que permitieran la probable identificación de los criminales, pues no tenían reactivos para procesarlas. Al Morocho lo enterraron al día siguiente. Su familia debe estar tratando de entender ese golpe de la vida. Quien quiera que lo haya matado, está felizmente suelto por esas calles de Dios; de él, ni siquiera habrá el consuelo de una huella dactilar. Cosas que pasan en los pueblos de este siglo XXI.

miércoles, 5 de mayo de 2010

...con el mazo dando

Soy Católico practicante. Creo en los ritos, la misa dominical, los santos, las oraciones y los milagros. Soy un ciudadano de este mundo que intenta ser respetuoso de las tradiciones y conoce, o cree conocer, los símbolos y referentes de su cultura urbana. Comparto con mis paisanos la devoción al Nazareno de San Pablo y, por razones más o menos similares, creo que la Virgen de Coromoto protege y alivia nuestras necesidades espirituales, y merece el mismo respeto que merece un pueblo necesitado de rocas donde atar su desconsuelo. Independientemente de mis creencias personales, (que no son objeto de predica pública), entiendo que, cuando empezamos a desdibujar los íconos que fueron una vez acicate de solaz espiritual, empezamos a desdibujarnos como miembros de un colectivo que busca armonías terrenales para vivir un poco mejor las dificultades, a veces insalvables, de la cotidianidad. Creo que al maltratar aquello en lo que una vez nos refugiamos como escondite de paz, estamos creando nichos donde anidarán la violencia y el desespero. Entonces, tendremos que dejar de creer que realmente, el hombre no fue hecho con capacidades innatas para la maldad y que matarnos, unos a otros, tiene todo el sentido de la posibilidad. Creo también en un mandato que el destino da a cada uno de nosotros, para detenernos cuando hayamos cruzado la invisible línea entre el bien y el mal; mandato que cada uno interpreta a su manera y que debería ser función primordial de quienes nos gobiernan. Creo en el respeto a las intimas creencias de cada quien, y aborrezco la violencia que ensucia la belleza de nuestros entornos. Creo en el hombre, aunque cueste, y entiendo casi todo lo que ataca mi fe. Pero, hay días en que no puedo cerrar lo ojos y evitar el dolor de vernos desaparecer lentamente; hoy con un grafitti, mañana, con municiones estallando en nuestros ojos.

viernes, 12 de febrero de 2010

¿Qué nos pasó?

( Imagen gráfica de Agustina Cosulich, Argentina)
Hace días que estoy empecinado en la búsqueda de una buena noticia. Algo que se salga del ámbito familiar donde, a pesar de los pesares, estamos vivos, saludables y alimentados. Algo que me indique, sin necesidad de hurgar demasiado en mis neuronas que, después de todo, han valido de algo las privaciones; sin embargo, mi empecinamiento se torna vano cada día, sobre todo al finalizar la revisión diaria de periódicos que leo sólo por no perder la costumbre, en un acto irremediable de esperanzas que empiezan a pintarse inútiles. Asesinatos, atentados a la propiedad privada, secuestros, robos y furia desbandada en contra de todo, parece ser la fuerza que mueve al expaís. Una inmensa creatividad para agredirnos unos a otros y una fuerza indetenible en manos de quienes tienen armas, y suficiente desprecio por su propia vida, copa sin señal alguna de STOP, la vida de los venezolanos. Esta semana, por ejemplo, leí con verdadero asombro en un diario nacional el último invento de los malandros caraqueños, en trance de sepultar alguno de sus caídos: paralizan una autopista a punta de disparos y cometen tantos robos como les es posible, en el corto tiempo del que disponen. Todo se vale. A la hora de agredir e incluso de matar, todo está probado e inventado y no hay policía que logre enfrentarlo. Vivimos la violencia por la violencia y no hay manera de explicarlo; desde alguna parte, aquí llego un loco que nos extravió a todos. Sería bueno detenerse un poco, sólo por un sano ejercicio de tranquilidad, y comenzar lentamente a reconstruir algo, por pequeño que sea, de lo mucho que hemos destruido. Sería bueno olvidarnos un poco de lo que no han hecho los que tenían que hacerlo y empezar por hacer algo nosotros mismos. A lo mejor, lo que sucede, no es que se acabaron las buenas noticias; a lo mejor es que nosotros perdimos la posibilidad de fabricarlas.

lunes, 25 de enero de 2010

Estado de sitio

Aunque la calma se había perdido completamente desde las primeras horas de la mañana, en protesta por la absurda medida de cierre de RCTV Internacional y los continuos apagones, no fue sino hasta las 7 de la noche cuando, quienes habitamos en una zona muy poblada de la ciudad de Mérida, cercana a instalaciones de la ULA, comprendimos cabalmente el sin sentido de la violencia. Después de dejar ardiendo algunos de los sectores más importantes de la vida ciudadana; arremetieron, sin justificación alguna, contra el edificio donde tenemos un modesto apartamento mis hermanos y yo: Residencias Las Marías, un emblemático conjunto residencial de la ciudad, habitado mayormente por estudiantes universitarios y familias clase media. Llegaron en bandadas, a bordo de un autobús secuestrado poco antes, y abrieron fuego indiscriminado hacia el interior de los edificios, luego quemaron la caseta de vigilancia y derribaron el portón de acceso. Nosotros no respondimos más que con gritos y un fuerte cacerolazo. Ellos se fueron. Un rato más tarde, la radio dio los primeros informes acerca de la muerte de un joven estudiante de bachillerato de 15 años de edad en el ataque previo a Las Marías. Mientras, se escuchaban disparos aislados y veíamos, con preocupación, como los efectivos policiales se retiraban del lugar. Poco después los sentimos llegar de nuevo, dispuestos a todo. En segundos, su violencia nos regaló horas de profunda angustia: estacionaron el autobús, en que se mueven por toda la ciudad a sus anchas, e intentaron derribar una puerta lateral que da a la avenida Las Américas; como no lo consiguieron, procedieron a derribar la pared perimetral del complejo, y entraron a dos de los seis edificios. En poco menos de media hora, destruyeron 46 automóviles, quemaron tres, prendieron fuego al estacionamiento del edificio María Virginia, dañando considerablemente el apartamento de nuestra conserje, incendiaron el depósito de basura y el tablero eléctrico del edificio María Alejandra y lanzaron varias bombas molotov que, al estallar, aumentaban la destrucción y avivaban las llamas. Mientras lo hacían, gritaban consignas en contra “de los ricos” y robaban equipos de sonido de los autos, más todo lo que encontraban a su paso. 45 minutos más tarde, los bomberos llegaron y pudieron controlar las llamas. Abajo, en los rostros de 80 familias, solo se dibujaba incredulidad. En medio del caos, nos enteramos que el joven asesinado era militante del PSUV y ficha de la revolución. También, que su muerte se le había endilgado a un misterioso y desconocido habitante de un complejo residencial en el que nadie respondió con disparos. Preferimos irnos. Tememos las represalias de un gobierno acorralado en su violencia, pero, sobre todo, tememos un nuevo ataque. Lo tememos porque sabemos de quien proviene: Se llaman LOS TUPAMAROS y hoy, 26 de enero de 2010, son la única autoridad y la única cabeza visible de la revolución socialista en Mérida, su patrocinante. Marcos Díaz Orellana, el gobernador “socialista” del estado ya tiene explicaciones para todo lo que sucedió hoy, tanto en Las Marías como en el resto de la ciudad. Mañana los nuevos enemigos de Mérida serán la Universidad, la Alcaldía y el Conjunto Residencial Las Marías. Nada se ha dicho de quienes desataron la violencia. Mérida, hoy, está sitiada por LOS TUPAMAROS. Ni modo; de la patria y el socialismo, sólo nos va quedando la muerte.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Parte de guerra

Llegó la noche, no sucedió nada de lo anunciado; a menos que las noticias de ciertos alborotos en el centro de la ciudad al final de la tarde, se puedan considerar, primero como ciertas, y segundo como “disturbios”. Los taxistas poco a poco regresan a las calles y la normalidad intenta restablecerse en medio de rumores de todo tipo: Que el taxista confesó su crimen, que fue trasladado a la cárcel, que esgrimió excusas inútiles para zafarse de las evidencias, que estaba enloquecido por el cuarto embarazo de su esposa. En fin, que no se entiende, que es demasiado monstruoso. Nadie menciona a Jessica. Una mujer de 22 años, estudiante de administración y según parece, dueña de la belleza que ha hecho famosas a las venezolanas. Dueña también, dicen, de una alegría de vivir y unas bondades de esas que solo tienen los muertos. El viernes en la noche salió de una fiesta con amigos y llamó un taxi, de la línea más confiable de la ciudad. Lo próximo que se vio de ella fue el cadáver ensangrentado, abandonado en un terreno baldío de las afueras de la ciudad. Ha sido un crimen horrendo; desgraciadamente no ha sido el primero, ni será el último. Jessica obtuvo notoriedad a la hora de su muerte debido a sus conexiones familiares con Los Tupamaros; pero en realidad, ella es una más. Mañana volveremos a las calles, quizás las protestas continúen por algunas pocas horas, todos rezaremos para no ser el próximo, algunas personas leerán y comentarán la noticia. En un par de días, a lo sumo, nadie volverá a recordar a Jessica y entonces, morirá realmente. En vano, como vana es la muerte de todas las víctimas de la delincuencia; como vana se está volviendo la vida de los venezolanos.

La ciudad y el miedo

Tengo en mi cuerpo las señales inequívocas del miedo. Siento el corazón sobresaltado y me ha costado encontrar excusas para almorzar en paz. La ciudad también; el caos habitual, esta mañana, ha dado paso a una tranquilidad de 1ero de enero. No hay autos en la calle, las tiendas están vacías y la gente evita conversaciones delicadas. A cada rato un mensaje de texto se cruza con otro para tratar de averiguar si todo está en calma. Y si, parece que si, la ciudad está en calma, pero la tensión nos está volviendo locos. Nos despertamos amenazados: El transporte público podría ser objeto de atropellos sangrientos; el fuego podría devastar las oficinas de una línea de taxis y quizás en cualquier momento, la ciudad podría comenzar a arder. O no. Eso lo deciden Los Tupamaros. Hoy el destino de Mérida parece estar en manos de ellos. Un taxista, enloquecido repentinamente, violó y asesinó a una muchacha, hija de un Tupamaro y ellos están listos para cobrar la afrenta, respondiendo a la violencia con mayor violencia. Mientras tanto los habitantes de la ciudad, que una vez fuera una de las más apacibles del país, tienen el alma en un hilo, esperando que pase lo que tenga que pasar y rogando que cuando suceda no nos afecte demasiado. Por lo pronto, monitoreamos noticias valiéndonos de los celulares. A medida que se acerca la tarde, el silencio se hace más espeso y una familia (ampliada por la solidaridad automática de quienes creen en la lucha armada) llora, destrozada por un acto sin sentido, sabiendo perfectamente que vive en un país sin justicia. En algún momento arremeterán contra todo y la abominable naturaleza del suceso les dará la razón. Así vivimos.

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