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lunes, 16 de diciembre de 2013

Y construyeron futuro...

Era una casa muy angosta, pintada de un brillante color verde en la que una hilera de habitaciones, alineadas en un pasillo largo de piso de cemento pulido, daba a un comedor-cocina que a mí siempre me pareció  tenebrosamente oscuro. En la mitad de ese extraño pasillo se alzaba una empinada escalera que conducía a otro piso de dormitorios y habitaciones, usadas para resolver las necesidades de una casa armada al amparo de improvisaciones; aun, un poco más arriba, otra escalera llevaba a una amplia y luminosa azotea, el espacio favorito de quienes hacían vida en los pisos inferiores. En esa azotea llegaba el sol a raudales, al resto de la casa la envolvía el frio habitual de la ciudad que era.
Estaba en la calle 17, a pocos metros de Cuatro Piedras, en los suburbios de lo que todavía no era, formalmente, el centro que es hoy.  Poco tiempo antes de ese día, que recuerdo como si fuera ayer, la casa había sido arrendada por lo que comenzaba a ser la Fundación Don Bosco: Seis mujeres que no llegaban a los 20 años, decididas a llevarse todo por delante, para ocuparse de niños necesitados de ayuda. Seis mujeres que recién habían terminado bachillerato, que habían posiblemente tonteado con ideas de hábitos religiosos mientras persistían en sus certezas poniéndolas a caminar. No sé si antes de esa, hubo otra casa. No lo sé, porque no lo recuerdo. Mi memoria de la Fundación se formaliza una tarde cualquiera de finales de año cuando, apoyado de cualquier manera en la escalera de esa casa al lado de mi hermano mayor, lloré mis ojos atendiendo una misa oficiada por el Padre Colombotto (solo Dios sabe por cual motivo) y entendí, de una vez y para siempre, que el “sueño” de mi hermana Mayra, era una realidad inapelable. Ella, a pesar de haber sido criada para princesa de reino sin corona, se salía con la suya aun teniendo en contra la opinión de casi toda la familia: La Fundación Don Bosco, una casa montada con precariedades de esas que únicamente resuelve la juventud, estaba empezando a dar cobijo (nunca tan literalmente) a un pequeño grupo de niños cuyos hogares sobrepasaban cualquier definición conocida de disfuncionalidad.
En mi casa familiar, unas calles más abajo, una incomprensible sensación de pérdida empezaba entonces a asociarse al nombre de la niña de la casa. Incomprensible, porque una familia tan católica como la mía, lo menos que podía hacer era celebrar con cohetones la decisión (casi monacal) que La Niña había tomado como decisión de vida. Pero, las cosas no siempre son como deben ser; a veces, el disfuncional es uno.
Esa misa viene a mi memoria con bastante frecuencia, sobre todo porque la vida nos fue enseñando, a los que no apostábamos por ese proyecto, que cuando se suma determinación a objetivos claros, se hace lo que uno quiere hacer, cueste lo que cueste. La historia es larga, tan larga como que ya lleva 30 años siendo la verdad que toca directamente nuestras vidas. Mi mamá, por ejemplo, que dedicó su vida a hacer lo que pudiera por la Fundación, pues sabía que de ese modo lo hacía por su hija y nuestra familia toda, para quienes La Fundación ha sido patio de atrás, presencia constante y sitio en el que echar una mano cuando ha debido echarse.
30 años que se celebraron ayer, como se celebran las cosas en esa casa, con la familiaridad de los festejos en los que todo el mundo pone un poquito de ayuda para hacerlo bien. Con una misa de acción de gracias, porque en esta casa primero vamos a misa y después a lo que venga, o mamá nos “jala las patas” y con una manera muy bonita de recontarnos el cuento. Ayer volvieron a ser reales la buseta Volkswagen, el primer automóvil que llegó a la fundación, aguantó entre talleres todo lo que pudo y reventó de viejita un día cualquiera - para consternación de todos - y ayer, también, fue mucho más real el cuento de los chamos que llegaron con una mano adelante y otra detrás para salir de allí convertidos en  abogados, farmacéuticos o comerciantes honrados y la certeza de como una ciudad entera se hizo solidaridad de aldea para ayudar una organización que empezó siendo una casa oscura y desangelada, pasó por seis casas más, de las que mudaban los mismos corotos viejos de siempre para poder dar cabida a más y más niños cada vez y terminó, 30 años más tarde, convertida en una institución emblemática de la educación, el cuidado y la atención al niño que más necesita una sonrisa: el que nació sin tener nada pues, por no tener, ni siquiera tiene el amor de quien lo ha parido.
Han pasado 30 años -  se dice en un instante –  de aquella casa verde y oscura, queda el recuerdo de una misa a la que sólo asistimos un grupito que no le apostaba al éxito. La Fundación  es, hoy día, el sitio que merece ser: una amplia, cómoda y bien cimentada edificación que acoge una casa hogar, un centro de capacitación profesional para adultos, un liceo de educación secundaria y un espacio para todos los que necesitan poner a caminar una iniciativa solidaria.
Desde una pared, Doña Yolanda Salas, Don Germán y Doña Luisa Corredor y Celinita, mi madre, vigilaban el festejo con ganas enormes de salirse del cuadro que inmortaliza su incomparable esfuerzo a favor de ese sueño.  Un poco más allá, cuando cantábamos el cumpleaños feliz, todos escuchamos la voz y el apoyo de una ciudad que convirtió la idea en posible.  Todo lo demás es historia, una historia de aciertos que bien merece ser contada.
Es una suerte que, por lo menos, haya sido aplaudida. Lo merece, y de pie.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Olores de la memoria

New York tiene un olor que no han podido borrar ni ataques terroristas, ni remodelaciones fallidas, ni construcciones ajenas. Es un olor imposible de contar, se concentra en los alrededores de Penn Station y se percibe como señal de bienvenida cuando bajas del tren que te ha traído del aeropuerto.  El olor de New York, mezcla de castañas asadas y otoños interminables, tiene que ver con el frio pero, va un poco más allá y no deja de sentirse aunque el mercurio llegue a sus medidas más elevadas.
Paris es distinto, Paris huele a Arco de Triunfo e historia, a palacio abandonado y un poquitín de azahar, a retozo, a prisas y a escondite;  tiene que ver con cierta belleza incontable  y otros detalles guardados en la memoria de  cada día, no aparece en fotografías ni se puede tocar de modo alguno. Pero está allí.  Se le conoce aunque la nieve cubra cada palmo de ciudad.
Venecia ha sido famosa por olores de siglos, insoportables para algunos y definitivos para los demás, siempre en competencia con la increíble elegancia de su vecina Florencia, que deja sentir efluvios parecidos al amor. Santa Fe de Bogotá huele a lluvia, campo mojado y almojábanas calientes y Londres a naftalina dormida y mayestática elegancia.
Mérida huele a orines rancios. No, no es su olor de toda la vida. Es la más horrible muestra de la nueva costumbre de los hombres de esta tierra. Se adueñó de ella y la marcó con saña.  Más fuerte que el olor de la basura y mucho más que el espectáculo de la Sierra, la ciudad al completo huele a orines rancios, a prisas de taxista mal educado y a malos hábitos.  Es la norma de los nuevos días corrientes: en cualquier esquina, detrás de cualquier arbolito, en el centro de la ciudad, cubiertos apenas por algún tarantín de mala muerte, cuando lo hay;  los hombres de esta ciudad, no sé si por mostrar sus miserias o aliviar esfínteres, abren sus braguetas sin pudor alguno para vaciar sus vejigas y  ofender un poco más a la ofendida ciudad que ya ni  el buen Santiago de León reconocería suya.
Puestos a describir, podríamos decir que la Sierra sigue allí y es el majestuoso recinto de los caprichos blancos de este agosto caluroso, o que hay demasiado grafitti y tal vez  pocos parques bonitos. La memoria podrá decir cualquier cosa buena, o mala, que haya decidido hacer suya.  Quien nunca podrá mentir será el olfato, y eso es tanto una pena como una vergüenza…para unos pocos.

sábado, 22 de diciembre de 2012

¿ Y Mérida?

Lil, una amiga muy querida, tiene una cabaña. Un sitio realmente bonito, en un paraje realmente bonito. La construyó, literalmente,  con el sudor de su frente, la equipó debidamente y -  como están haciendo casi todos los merideños que pueden permitírselo -  la alquila a visitantes eventuales. Eso que llaman turistas y cada vez escasean más por estos fueros. No puede alquilarla a nadie fijo pues ya sabemos que la perdería.
Hace un par de días llegó un grupete de huéspedes que había hecho negocio por la cabaña desde el 20 hasta el 28 de Diciembre, una semana que ellos imaginaron llena de aventuras, caminitos verdes, frio y buena comida. Esta mañana anunciaron que es preferible hacer maletas. Que se sienten estafados. Que ellos, lo quiera Lil o no, se van mañana. Que hasta la próxima.
¿Qué le pasó a estos huéspedes bien atendidos, instalados en una casa cómoda y bonita, deseosos de una semana de descanso feliz?  Descubrieron Mérida. Nada más. Fueron a Mérida y se encontraron con la boca de un animal gigantesco que se alimenta de caos, desorden, anarquía, basura y el tráfico más inhumano que alguien pueda imaginar. No hay vaquitas pastando en ningún lugar, no hay prados de singular belleza (bueno, quedan;  pero llegar a ellos exige un esfuerzo de horas frente al volante) no hay maticas, ni flores en las aceras, ni avenidas limpias y no hay,  ni por asomo, merideños amables y bien portados, básicamente porque ya no hay merideños.
Mérida, esa ciudad famosa por lo que fue, es hoy día el remedo de una ciudad que quiso crecer, no supo cómo y se la comieron tanto las ambiciones de sus gobernantes como la desidia de sus pobladores. ¿Cómo no sentirse estafado, si para llegar a la cabaña preciosa, hay que atravesar un pueblito que podría ser bello, pero recuerda el barrio más peligroso de Petare? ¿Cómo no sentirse estafado si para poder ir a conocer la Catedral (una joya arquitectónica de verdad) hay que arriesgar la vida entre millones de buhoneros y millones de motorizados malandros? ¿Cómo no sentirse estafado si en toda la ciudad no queda ni una pared limpia de grafittis y/o pintas políticas? ¿Cómo no sentirse estafado, si a pesar de ser un problema en “vías de solución” para transitar por Mérida, hay que hacerlo obligatoriamente entre bolsas de basura mal oliente?
Yo los entiendo perfectamente, venir a vivir el frio de diciembre no tiene porque ser excusa para tantas calamidades. Es cada vez mas frecuente, vienen por unos días y deciden salir corriendo a poco de haber llegado; la razón: aquí, no hay ninguna cosa que ver.
No deja de ser una lastima. Todo lo que necesitamos para convertir esta ciudad en el sitio hermoso que una vez fue,  es un poco de voluntad, mucho esfuerzo y algún dinero. Eso no puede ser tan dificil de juntar. ¿O si?

martes, 11 de octubre de 2011

Bajo la lluvia, ellos...

Todos lo saben, en Mérida llueve. Llueve casi todo el tiempo. Llueve torrencialmente, además. No es una “brisita” que cae por un rato. Es una rutina a la que, si no nos hemos acostumbrado, es por obtusos. Amanece un día de espléndido sol, salimos creyendo que es hora de guardar los paraguas y en el momento menos pensado, el cielo se descuaderna en un aguacero de pronóstico. Diario.
No me gusta mojarme con la lluvia. Es uno de mis mayores cochoflos, no tolero la lluvia si ando a la intemperie; ergo, salgo muy poco, sobre todo por las noches, hora favorita de aguacero. Prefiero quedarme encerrado en casa viendo partirse el cielo. Anoche, sin embargo, hice una de las excepciones que justifican la regla, y salí como a las 9 y media de la noche, en un receso que me dio el palo de agua. Era importantísimo que fuera a casa de un amigo a entregarle ciertos documentos, además, me había quedado sin cigarrillos y aunque estoy en plena cruzada de voy-a-dejar-de-fumar, aun no puedo dormir sabiendo que en mi mesa de noche no hay cigarrillos. Nada, que me tocó incursión nocturna por las calles de una ciudad completamente abandonada por el afecto de quienes deberían amarla porque la habitan.
Pasear por Mérida, de noche, es algo que todos deberíamos hacer de cuando en cuando. Hacerlo, eso si, con los ojos abiertos y el corazón preparado. Ir a las avenidas del centro, estacionar (con grave riesgo) en alguna de las calles cercanas a la Plaza Bolívar y caminar un poco, con cuidado y en grupo, que la cosa no está para exponer la vida. Yo lo hice anoche (todo menos la caminata, me da verdadero pánico) y me pareció desolador; eso que tenía esta ciudad que la convertía en “bonita” se lo llevó el agua que baja caudalosa por avenidas estrechas y sin desagües. El centro de mi ciudad, es la sucia guarida de niños que deberían estar en la escuela, pero, que de noche, salen de sus madrigueras a sitiarnos, con su maldad menor de 14 años despertando entre los restos de una economía informal que nos ahoga formalmente. Están por todas partes, menoscaban espacio a otros seres de una noche que ellos controlan y, de dejarlo, dejarían a cualquier despistado con lo puesto.
Son ellos y el palo de agua; el que limpia el pavimento y nada más. Hay otra suciedad que a veces se antoja irremediable y no se lava con agua: la vida perdida de niños que deberían haber tenido padres que los cuidaran y estado que los protegiera. Tal vez, de haber sucedido, Mérida seguiría siendo la Ciudad de los Caballeros. O, por lo menos, fuera bonita.

jueves, 19 de mayo de 2011

Viajar es una quimera

En mis años de estudiante LaSallista, teníamos una manera especial de llevar el conteo de las horas de clase de las mañanas: Cada aterrizaje o despegue de un avión anunciaba, mejor que el timbre, los cambios de aula y la salida a recreo y nos convertía en anunciadores expertos de las rutas e itinerarios de viaje de nuestro pequeño pueblo turístico: “ese es el de Barquisimeto” decíamos casi a coro para sabotear la clase insoportable del profesor Paredes, cuando el ruido ensordecedor estremecía los cristales del edificio o festejábamos, cuando estábamos de humor, la llegada del vuelo de Maracaibo. En ese entonces, hace sólo un poco más de 30 años, Mérida tenía cinco o seis vuelos a varios destinos, cada mañana, que utilizaban el Aeropuerto Alberto Carnevalí, aunque este, estuviera casi en el centro de la ciudad.
Ciertamente no era un aeropuerto amable, por decirlo de alguna forma: contribuía con la hoy aborrecida contaminación sónica y producía vértigos de espanto en los aterrados pasajeros que debían lanzarse en picada junto con el avión, para alcanzar la pista sanos y salvos, en vuelos cuya puntualidad dependía del estado del tiempo y ninguna otra cosa. No obstante, tenía la increíble ventaja de ponernos en varias ciudades, pocos minutos después de haber cerrado la puerta de nuestra casa.
El progreso, y algún desafortunado y triste accidente probablemente inevitable, acabaron con esa particularidad de la Ciudad Turística por excelencia. Cuando regresé a Mérida después de mis años de “exilio”, descubrí, con asombro y pesar, que desde Mérida sólo se podía viajar hasta Caracas en incómodos avioncitos de 20 puestos que tardaban una hora y media o más en alcanzar la capital y poco más tarde, que para hacerlo, había que trasladarse hasta El Vigía, una ciudad inhóspita como pocas, que alberga un aeropuerto terriblemente incómodo por el que tenemos que viajar los merideños.
Aceptado como se aceptan las cosas inexplicables del nuevo siglo, empezábamos a acostumbrarnos a ese incomodo proceso de viaje, cuando somos azotados por una de las mas duras temporadas invernales que se recuerdan y la ciudad queda prácticamente incomunicada por todos sus frentes. Aun cuando viajar a Caracas sigue siendo posible, hacerlo significa enfrentar un viaje de 3 o 4 horas por una autopista que se cae a pedazos con cada aguacero, para poder tomar un avión. Sin embargo, el aeropuerto Alberto Carnevali que sirve a la ciudad de Mérida (nunca mejor dicho) continua cerrado a cal y canto y se ha convertido en parque de atracciones. Supongo que entrados en eso, deben existir millones de estudios de innegable seriedad científica para justificar lo que a mi (y a muchos) nos parece un disparate; pero, la pregunta urgente ante la vaguada, sigue obteniendo silencio como respuesta: ¿Qué vamos a hacer nosotros en caso de que suceda, como podría suceder infelizmente, una tragedia natural a causa de las lluvias?
Nada, probablemente. Seguiremos organizando encuentros de motorizados y piques de carreras en las pistas que una vez, no hace mucho, sirvieron para permitirnos escapar de las montañas y Caracas o Barquisimeto se convertirán en quimeras tan inalcanzables como el Norte.

viernes, 4 de febrero de 2011

A confesión de partes...

Si antes admití que soy irritable, lo hice porque estoy en camino de darme cuenta que realmente, lo que soy es un amargado. Algo sucede (¿que podrá ser, Dios mío?) que me ha llenado la vida de humor, del malo. Lo más grave es que soy de los amargados que tienen fama de simpáticos y súper-divertidos. Habría sido mejor salir más parecido a mi hermano, el difunto, que cuando uno le celebraba su inteligencia imposible, agradecía diciendo que “la gente habla demasiadas pistoladas” y se encerraba en su cuarto ofendido porque alguien había decidido quererlo un poquito. Así vivió y así murió. Jamás amé tanto la coherencia de alguien. Yo seguramente acumulo millas para tesis doctoral en psicoanálisis y cumplo buenamente con la sociedad: soy experto besando y piropeando a todas las viejitas que adoraban a mi mamá – muchas, por cierto – pues las heredé, a falta de un baúl de joyas y soporto amablemente el hecho fortuito de vivir en Mérida, una ciudad que los maracuchos, Valentina Quintero y los hippies consideran “divina”; y que, según me dicen, sigue siendo el mejor lugar para vivir si te tocó Venezuela en la rifa. Es decir, que torta. Si todo lo demás es peor, he debido nacer en El Amazonas profundo. Este gigantesco urinario público no tiene un sólo habitante que se interese ni por la Sierra Nevada (bonita, de verdad) ni por el clima (benévolo, de verdad) ni por los pastelitos de queso (sabrosos, de verdad) y se ha convertido, como el resto de los 912 mil kilómetros cuadrados, en un barril de Amargo de Angostura. Mi dosis la consumo a diario. Ayer, por ejemplo: estuve dándomelas de ciudadano ejemplar en una reunión a la que me invitaron en esa oda a la mala arquitectura que llaman Biblioteca Bolivariana y después de atravesar los aromas nauseabundos del centro, soportar una reunión que comenzó con manitas agarradas y Padre Nuestro y quedarme encerrado BAJO LLAVE, en un salón rodeado de columnas de concreto, alguien decidió acusarme de ser un desadaptado lleno de amarguras. Tendré que aceptarlo y hacer algo por mí. Ni modo. En defensa propia debo decir que aun creo que el siglo XXI venia con Robotina incluida; pero la verdad, aunque no suene poética, es que la ciudad sigue oliendo a orines por cada rincón, sus habitantes siguen agrediéndola en cada respiración y mi amargura incomprensible, no va a cambiar las cosas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Zozobras rumoreadas

La señora que me hace la limpieza llega a trabajar minutos antes de que yo salga. Apenas tenemos tiempo para saludos y rápidas indicaciones, si hacen falta; cosas de esta vida acelerada que tenemos y que nos ha convertido, a los dos, en silentes profesionales de la comunicación del siglo XXI: La mensajeria de texto. Hoy, poco antes de las 7:30 de la mañana, la alarma de mi teléfono anunció el inicio del breve intercambio microespistolar de los miércoles; pero, para mi sorpresa, en este primer mensaje, mi calamitosa asistente se excusaba de cumplir con su compromiso “debido a los disturbios”. ¿Disturbios, tan temprano? Me sorprendí. Nuestros aguerridos defensores del desorden público empiezan a trabajar a golpe de diez de la mañana, cuando ya todos estamos cómodamente instalados en la rutina. Reflexión mediante, escribí mi mensaje de respuesta: - Buenos días, ¿hay disturbios? - No señor, no te digo por los de orita sino por los que van haber (sic) Imaginándome a Elsi frente a una bola de cristal tupamara, escribí de nuevo: - ¿Es que van a haber disturbios más tarde? - Como y tu no sabe no ve que no ay comedor eso andan diciendo que la prenden (sic) Descifrada su angustia, envié un inútil ultimátum - Y entonces ¿usted no viene a trabajar? - No voy, no sea cosa que pase algo. Sin despedidas, se me instaló el mal humor (que en nada tenía que ver con un día de limpieza y en mucho con la idea de una nueva revuelta de encapuchados y malandros) y acudí a Twitter; a esa hora de la mañana, rumores de todo tipo apuntaban a una hecatombe en ciernes. No obstante, salí a enfrentar el caos de siempre, esperando que una ráfaga de ametralladora me devolviera a mi casa o me llevara directo al cielo. Casi hasta mediodía, las amenazas y rumores fueron escalando hasta rozar las oficinas de quienes toman las decisiones que nos permiten vivir un día igual a otro, y parecía que, a medida que la tranquilidad iba tomando forma, también lo hacia el desencanto de quienes esperaban una nueva orden de suspensión de actividades. Al final del día pensé si Elsi habría encontrado manera de recuperar el dinero perdido y me di cuenta que ese detalle es el que menos importa. Entonces regresé a casa, agotado por ese juego macabro de esperar que las cosas “se pongan feas” y nos vuelvan a suspender la vida. Llueve torrencialmente y ese rumor prefiero no escucharlo. Mañana será otro día.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Fuenteovejuna, señor

En mis tiempos del Colegio La Salle, cuando aun me abrigaba la cálida protección de mis viejos, Mérida era una ciudad en la que convivíamos en relativa paz, los revoltosos, inconformes, malvivientes y sifrinos. De vez en cuando reventaban algunas bombas lacrimógenas (de ahí que sepamos lo del vinagre y el pañuelito mejor que nadie) y todos salíamos corriendo a refugiarnos donde mejor podíamos. Algunas veces, hay que decirlo, se iba la mano a los esbirros de entonces, detestables como los de ahora, y desgraciadamente, la cosa pasaba a mayores; entonces, la ciudad estallaba en duelo colectivo y hacia un alto. Eran los avatares propios de la vida universitaria idéntica a una ciudad que, desde siempre, estuvo gobernada por hombres y mujeres con sangre decente en las venas. Todo cambia; lo se. La ciudad de entonces no se parece ni remotamente a la de ahora. Ninguna de las dos es mejor. Han cambiado las realidades y las necesidades del merideño; ha desaparecido la tranquilidad de sabernos habitantes de una tierra protegida. Mérida, es hoy una ciudad sitiada por cuidadores del poder devenidos en terroristas peligrosos, autorizados a hipotecar nuestra seguridad para garantizar la sobrevivencia de un gobernador en desgracia, al que muchos de los merideños no reconoceríamos si lo viéramos en la calle. El poder, en esta ciudad de postigos cerrados y secretos públicos; pertenece por entero a un mal llamado movimiento revolucionario, que ensucia nuestro ánimo para convivir y convierte la ciudad en trinchera de todo lo ilegal, bajo la complaciente mirada del régimen. No lo estoy inventando. La ciudad sabe lo que son capaces de hacer, es su victima. La ciudad sabe donde están, quienes son y que hacen; pero, la voz de la ciudad, todavía, no se escucha en las alturas. Una irrisoria libertad partidista, autoriza a cada reyezuelo provincial a seguir los ejemplos de quien hace lo que sea por permanecer en el poder; por eso, la prudencia exige cuidados: Podría suceder que los súbditos hoy callados, alcancen un impensable hastío. ¿Recuerda usted Fuenteovejuna, señor?

lunes, 6 de septiembre de 2010

Para votar (I)

(Información válida para Mérida, Municipio Libertador, circuito electoral 3. Es decir, la ciudad de Mérida; pero técnicamente el procedimiento es el mismo en todo el país. Obviamente cambian los candidatos y en algunos casos el número de votos. Busque la información correspondiente a su circuito electoral y a su estado)
El sábado salí a hacer unas compras en el caótico y mal oliente centro de Mérida y me encontré con tres puntos del CNE en los que puede uno ensayar como será que votaremos. Como no lo tenía claro, me detuve en uno e hice todas las preguntas que pude e incluso, jugué un rato con la máquina. La cosa es así: Cuando usted entre al cubículo, encontrará una máquina que está compuesta por una pequeña pantalla como de TV conectada a dos bandejas: Esas dos bandejas es donde usted REALMENTE hará la selección de su candidato, pues en ellas están los dos tarjetones que probablemente ya usted conoce. Su entrada al cubiculo es la señal para que un funcionario de la mesa active la máquina. En ese momento, comienza el conteo del tiempo del que disponemos para votar: tres minutos iniciales y tres adicionales. Tómelo con calma. Al estar parado frente a los tarjetones, busque cualquiera de las tarjetas que apoyan la UNIDAD DEMOCRÁTICA. Es decir, cualquiera de las tarjetas ubicadas en el lado inferior del tarjetón y que NO SON ROJAS. Al lado de la tarjeta, hay dos óvalos: uno indica el voto lista y otro, el voto nominal. El voto lista NO TIENE IMPRESO EL NOMBRE DEL CANDIDATO, así que no busque el nombre de William en el tarjetón. NO ESTÁ. Pensando con alegría que nos ha llegado el momento dulce de la venganza a tantos años de vejaciones y exclusión, oprima con el dedo los óvalos correspondientes a CARLOS RAMOS (ese nombre si está) y a VOTO LISTA (ese es William Dávila) Luego, baje su mirada al extremo inferior derecho del tarjetón y oprima el óvalo correspondiente a ARCADIO MONTIEL en cualquiera de las tarjetas que lo apoyan, que son todas igualitas y pertenecen a agrupaciones políticas indigenas con nombres indigenas. No se preocupe por el partido. Apréndase el nombre y búsquelo en la tarjeta. Está, se lo repito, en el borde inferior derecho del tarjeton. Oprima ese óvalo. Vaya a la pantalla, verifique que allí aparecen las selecciones que usted acaba de hacer en la primera bandeja y pase a la segunda bandeja. Allí están los candidatos al PARLATINO y al PARLATINO indigena. Ambas instancias son fundamentales en las luchas que se avecinan, NO DEJE DE VOTAR AHÍ POR NADA DE ESTE MUNDO . El procedimiento es el mismo, nuevamente tendrá que escoger el partido de su preferencia, pues ahí tampoco hay nombres. Oprima cualquier óvalo que este al lado de SU PARTIDO. Si tiene alguna duda, simplemente busque cualquier tarjeta QUE NO SEA ROJA. Regrese a la pantalla: verifique que sus CINCO escogencias son las correctas y entonces, SÓLO DESPUÉS DE VERIFICAR QUE ESTÁ VOTANDO EN CONTRA DEL SABANETERO Y SU COMBO DE LADRONES, oprima la tecla VOTAR. Saldrá un papelito impreso con los votos que usted acaba de emitir. Salga del cubículo con la cabeza en alto, recuerde que está haciendo la más valiosa contribución a la restitución de todas nuestras libertades ciudadanas, respire por un momento el placer de ser venezolano, e introduzca el papelito en la urna correspondiente. Vaya, meta el dedo en el frasquito de tinta, recupere sus documentos de identidad y salga, con la amplia sonrisa del deber cumplido, a trabajar por su patria. Llame a sus amigos, anímelos a acudir al centro de votación, ofrézcase a acompañarlos, explíqueles lo fácil que es votar y si puede, ocúpese de hacer algo más que esperar resultados por Globovisión: Defienda el voto que usted acaba de emitir. Es suyo…es ahora o nunca!

miércoles, 5 de mayo de 2010

Querido Mario:

Lo lamento muchísimo, no te imaginas la pena y el dolor que me causa escribirte esta nota; pero, estoy indignado contigo. Contigo y con todos los que te acolitaron la genial idea de regalar las Residencias Domingo Salazar. Chico, ¿en qué pais vives tú? ¿Cual de todas las disneylandias es aquella en la que se pasea tu autoridad rectoral? ¿Es qué tu no sabes con que tipo de gente estás tratando? Dime una cosa, vale, ¿Qué recibe la ULA, a cambio de empezar a ceder piezas claves de su territorio? ¿Será que tú no sabes que en el expais, el que se resbala, pierde? Yo estoy de una pieza. Leer en la prensa que entregaste las residencias Domingo Salazar para que el gobierno actúe, lo que da es risa. E indignación, porque cuesta comprender que existan razones para claudicar en algo tan importante. Y que conste: he intentado seriamente comprenderlos. Sólo que no puedo. Siempre vi a las Domingo Salazar como nuestra franja de Gaza universitaria. Un territorio innegociable, donde o se aplica mano dura, o se aplica mano dura. Donde la salida no es regalarle nada a un gobierno cómplice y alcahueta; donde ceder es otorgarle espacios, LEGITIMAMENTE concebidos por NUESTRA UNIVERSIDAD para solventar necesidades reales de sus estudiantes, a un grupo violento y fuera de la ley, para que hagan lo que ellos quieran a fuego y sangre. Te cuento lo que va a pasar: El desgobierno, al que le has pedido que actúe, va a aceptar tu regalo, va a desalojar a los estudiantes desafectos al oficialismo, va a entronizar la “lucha armada” convirtiendo las Domingo en cuartel general “oficial” y van a desoir razones, porque ahora ese territorio es “oficialmente de ellos”. ¿Por qué? Pues porque se lo regaló Su Excelencia, el Dr. Mario Bonucci. Bueno, chévere. Que venga la matazon. Al menos ya sabemos de donde va a salir. Pero, después no digas que tú ni lo pensabas. Cuando pase todo lo que va a pasar no salgas a decir babosadas. NO SE TE OLVIDE NUNCA QUE TU SE LO REGALASTE A ELLOS. Aguanta callado. Tú eres el responsable, o mejor dicho el culpable.

viernes, 23 de abril de 2010

Toda la patria, una escuela

Esta mañana, después de varios meses sin hacerlo, tuve que ir al centro de Mérida. Caminé las calles de mi infancia, apenas reconocibles entre la maraña de buhoneros que venden cualquier cosa que uno quiera comprar, la fetidez de basura amontonada hace Dios sabe cuanto tiempo y el ruido ensordecedor de calles que no fueron diseñadas para el siglo XXI. Constaté, con dolor, que la plaza Bolívar ya no es el espacio amable de mis primeros años y, frente al edificio Auge - casi un icono de los tiempos en que estaba bien visto vivir en el centro - me detuve a fastidiar mis ojos con el mal gusto revolucionario. Convertido en cuartel general del Ministerio de Educación; su fachada amaneció cubierta de pendones rojos y “arreglos” de telas tricolores. Un pendón en particular llamó mi atención: Dice, sobre una fotografía del Libertador Simón Bolívar, TODA LA PATRIA, UNA ESCUELA. Frase sonora que bien pudo haber pronunciado el mismo Bolívar, pero que debe ser obra de alguno de los estrategas revolucionarios, a quien la pagaron bien para que se reventara los sesos creando frases de impacto, como esa. Suena bien, parece una promesa posible. Esconde perfectamente carencias que todos conocemos, y tiene efecto conciliador. Efecto, nada más. Un poco más abajo del pendón de marras, una serie de volantes fotocopiados, anuncian la apertura de nuevos “cursos ideologizantes”; esta vez sobre el legado de Marx, Bolívar, El Che y Lenin. Materias en las que debe ser experto un maestro de nuestros días. Entonces me dio por pensar en el libre albedrío y sentí que no las tengo todas conmigo. Que lo de patria y escuela, no es para mi. Posiblemente, porque sueño con poder enseñarle a Sebastián, una historia distinta a la que escribirán, en rojo, en cada escuela de esta patria que ya no es patria, ni país, ni nada.

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