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martes, 14 de marzo de 2017

Carvallo Cantor, 30 años después

Una de las cosas de ese día que José Luis recuerda con mayor nitidez es el autobús universitario. Era viernes y él acompañaba a su hermano a esperarlo en la residencia masculina, a pesar de no tener edad para hacerlo, con intención de subir al centro a revisar las novedades llegadas a la Discotienda Internacional y comerse un helado. Al pasar por la Avenida Don Tulio vieron como se preparaba la caravana de bachilleres que saldrían a celebrar el fin de sus estudios de Ingeniería. José Luis y su hermano recuerdan haber visto aquello con total normalidad, como seguramente lo hicieron muchos otros merideños que pasaron por allí a la misma hora. Era tan habitual ver a un grupo de estudiantes exaltados y alegres pintarrajeando sus automóviles y los de sus familiares  para salir a celebrar el fin de la escolaridad, que ninguno de los dos reparó siquiera en los autos que la formaban. Siguieron hasta el centro y allí hicieron lo que tenían previsto; en algún momento vieron pasar la caravana en plena efervescencia; como todos, festejaron desde la acera y siguieron su camino sin darle mayor importancia.
Rita lo recuerda como un día horrible.  Salía con su hermana del gimnasio de la avenida 4, se les había hecho tarde. Poco antes de llegar a Glorias Patrias encontraron la revuelta - era un desastre, nos asustamos, nos sorprendía lo  localizado que estaba, no sabíamos lo que había sucedido o porqué, pero esa casa estaba en llamas y había mucha gente alrededor enardecida -  Rita recuerda que su padre fue a buscarlas muy preocupado y las llevó a casa, donde se quedaron en obligado encierro. Mientras, la ciudad empezaba a arder.
Todos los recuentos de ese día horrible no dejan cabo suelto: a las 7 de la noche, más o menos,  Luis Carvallo Cantor, integrante de aquella caravana de Ingenieros sin título, fue asesinado en la esquina de la avenida 4 con calle 31 porque se bajó del auto a orinar contra la pared de la casa del abogado Bernardino Nava. Según la historia, Nava se asomó a la ventana, molesto por lo que consideró una ofensa imperdonable y disparó un par de tiros a Carvallo quien murió en el sitio para estupor y desgracia de todos sus compañeros. La noticia, sin necesidad de redes sociales que no existían para la época, se supo en el ambiente estudiantil en muy poco tiempo y la ciudad de Mérida empezó a vivir los 5 días mas terribles de su historia reciente. Los días en que a la policía estatal se le acabaron las bombas lacrimógenas.
Mireya, entonces empleada de la Alcaldía de Mérida, había dejado su carro a una amiga para que llevara a su hija de 8 años a comerse un perro caliente en La Cremita, un famoso perrero ubicado a pocos metros de la casa donde sucedió la tragedia, mientras ella terminaba de atender una reunión en la Avenida Gonzalo Picón. Hasta allá, gracias a los comentarios de boca en boca, llegaron noticias poco claras de lo que sucedía. Ni ella podía ir a buscar a su hija, ni la joven que la acompañaba podía salir del barullo. Llegaron muy tarde y, por primera vez, Mireya no encontró excusas para regañar a su hija por la demora.
Nada se ha dicho nunca que justifique la reacción de los compañeros de la victima, que casi cobra también la vida del asesino y su familia, ni de la reacción de la ciudadanía devenida en fieras justicieras. Hasta hoy  existe el rumor - jamás confirmado - que Bernardino fue sacado de la casa descalzo, en pijamas, a golpes y que estuvo cerca de ser quemado vivo, mientras su familia intentaba ponerse a resguardo. No lo consiguieron. La casa de Bernardino Nava, su automóvil y todas sus pertenencias ardieron esa misma noche, pocos minutos después de los disparos que cegaron la vida de Carvallo Cantor; quizás fue así como empezó esa guerra en la que no hubo héroes ni explicaciones.
Carlos Alberto regresaba de Caracas en su carro, venía acompañado de dos amigos a una fiesta que se celebraba el sábado 14 en el Country Club. Su casa, a pocas cuadras de la casa de Nava, estaba sitiada. La ciudad había amanecido en llamas después de una larga noche de enfrentamientos entre policía y estudiantes y nada parecía indicar que terminaría pronto. Los tres amigos tuvieron que refugiarse en casa de los familiares de uno de ellos para poder arreglarse para una fiesta a la que, de todos modos, no pudieron llegar.
La noche entre el viernes 13 y el sábado 14 de marzo de 1987 se desdibuja en la memoria de los merideños. Nadie  recuerda bien como escaló la violencia a tales niveles. Todos recuerdan, sin embargo, lo que hacían ese fin de semana. José Luis, por ejemplo, veía las columnas de humo y el desorden ciudadano desde el cerro de “Las Letras” a donde fue de excursión con su grupo Scout ese sábado, para huir del desastre citadino, mientras que a su madre, la señora Carmen Albornoz, le tocó presenciar el desorden en pleno apogeo por haberse ido a una funeraria a darle el pésame a una familia vecina. La funeraria, ubicada a tres cuadras de la casa de Nava, fue repentinamente tomada por la turba estudiantil que huía de la persecución policial, llevándose por delante hasta la tranquilidad del velatorio, Carmen recuerda haber visto con impacto como la urna en que reposaba su vecina era tirada al piso y como los dolientes tuvieron que intervenir enérgicamente para restablecer, con dificultad, la paz de los sepulcros.
Militarizada, la ciudad no tuvo más remedio que aguantar el desorden, cuya violencia crecía con las horas sin parecer calmarse. El presidente Lusinchi cometió el error de relacionar las protestas con actos de narcoterrorismo y el gobierno regional ya no daba abasto. Era imposible contener los destrozos. Mayela lo cuenta con detalles:
-          - En particular recuerdo lo que hicieron con las Tiendas Gina y con la Zapatería Rex. No dejaron nada. Saqueaban y tiraban lo que no podían llevarse, no parecía un saqueo de esos que termina siendo más bien un robo; era una furia enorme, una cosa incontenible, de las tiendas del Viaducto no se salvo ninguna –
El lunes 16 el Alcalde de la Ciudad, Jesús Rondón Nucete,  no pudo llegar a su despacho. Una de sus empleadas de confianza necesitó armarse de mucho valor para enfrentarse a los soldados que tenían completamente resguardado el centro, para explicarle quien era el hombre que venía en su carro. Logró el paso y  lo recuerda sonreída: - Menos mal que lo dejaron pasar, pues venia a una conversación telefónica con el Ministro de la Defensa para convencerlo de no decretar el estado de queda. ¿Te imaginas si no hubiese podido llegar? –
Mérida jamás, a pesar de su larga historia de disturbios violentos y enfrentamientos, ha vivido un toque de queda (con la excepción del que vivió toda Venezuela en los días que siguieron al Caracazo de 1989) esos días pudo haberlo hecho;  a cambio, la orden fue militarizarla y desencadenar la mayor represión que se recuerda. El toque de queda no fue necesario decretarlo: los merideños se encerraron en sus casas a mirar aterrorizados como la ciudad escapaba de sus manos.
Terminó como empezó y dejó no pocas huellas. Para el miércoles 18 solo quedaban pequeños rescoldos de lo que había sido una guerra a muerte ocasionada para exigir justicia por la muerte absurda de alguien a quien seguramente no le habría gustado entrar de esa forma a la historia. Luis Ramón Carvallo Cantor quizás se habría conformado con subir al Aula Magna y recibir el diploma que lo acreditaba como Ingeniero (por cierto, en el acto de grado, con la anuencia de un movimiento estudiantil dispuesto a no volver a armar la grande, su madre subió al estrado a recogerlo) y hacer la vida normal que Bernardino Nava le impidió por un ataque de rabia incontenible y una pistola en mal sitio y peores manos. La casa de Bernardino, hasta hace muy poco, fue un lugar abandonado y en escombros; hoy, sirve como deposito comercial que nadie quiere ver abierto. La fecha del asesinato dio nombre a un movimiento estudiantil con fama de todo lo bueno y malo de este mundo: el Movimiento 13 y, por lo demás, Luis Carvallo Cantor es un nombre que Mérida no olvida: cada cierto tiempo, la lucha estudiantil lo revive y una nueva bomba lacrimógena se lanza en su nombre.
Bien se dice que solo muere aquel que deja de vivir para siempre en el recuerdo de los otros.

martes, 30 de junio de 2015

Eso, pana...normal...


Ayer volví a mis andanzas de profe. Llamado para un encuentro con un grupo de jóvenes como los que hasta Diciembre habían sido mis estudiantes regulares, tuve la oportunidad de pasar un rato escudriñando un tema que usualmente me viene como anillo al dedo: ¿Qué les pasa a ellos, como jóvenes? Es decir, más o menos, ¿en qué andan pensando nuestros muchachos cuando les toca enfrentar la vida? esa misma vida cuesta arriba que nos toca enfrentar a todos, pero que ya a nosotros, hombres de cabellos blancos y cada vez menos fe, nos ha sacado callos. Mi tarea era bien sencilla: utilizando algunas herramientas didácticas, tenía que averiguar, por lo menos, qué cosa les indigna a nuestros muchachos y ponerlo por escrito. Lo hice. Solo que creo que al hacerlo, cometí el pecado capital de asumirlos participes de esto-que-nos-está-pasando.
Pocas cosas son tan aterradoras como sentarse en medio de un grupo de chamos menores de 20 años a tratar de contarles un país desleído. Pocas cosas tan difíciles en esta vida, como tratar de hacerle ver a un adolescente los  mismos obstáculos que uno encuentra en el camino de su propia vida. No se logra con los hijos – el que tiene la dicha o la desgracia de tenerlos – es mucho menos probable lograrlo con quienes están en la vida de uno por razones estrictamente circunstanciales. Es cierto que los adolescentes son unas cosas muy raras, a quienes uno  nunca entiende ni el tono de voz con el que responden los buenos días de cada día; pero, también lo es, o debería serlo, que en el fragor de tratar de establecer una convivencia sana, uno pudiera entender por lo menos, sus motivaciones, uno pudiera lograr, de algún modo, establecer una comunicación relativamente efectiva. Pues bien, lo que yo viví ayer, ni se parece remotamente, ni es esperanzador. Es la confirmación de que este contenedor que los acoge, olímpicamente pasa de ellos como de un mal necesario que algún día se arreglará solo. Lo que yo viví ayer, es la ratificación de que, en los tiempos que corren, el milagro de Fátima es imposible de reeditarse (si es que alguien cree que ese milagro resolverá cosa alguna): Si a los chamos de hoy se les aparece La Santísima Virgen, van a apartarla a un lado pensando que esa luz blanca (dicen que la Virgen se aparece siempre rodeada de una luz blanquísima) es producto de algún nuevo invento químico que se hará viral muy pronto, explicándolo todo.
Lo digo con absoluto convencimiento. Sorprende muchísimo que nuestras universidades estén habitadas por muchachos que de vez en cuando salen a “tirar piedras”, debe ser que esa característica rebelde se inocula en los pasillos de la facultad o la venden en los cafetines. Yo me atrevo a asegurar, sin temores, que el paso de nuestros muchachos por bachillerato, lo único que no logra es despertarles consciencias. Ni de rebeldía ni de ningún tipo. Tampoco logra prepararlos para emprender ningún camino en la vida, pero eso es, literalmente, harina de otro costal. Mi experiencia de ayer con un grupo de 40 muchachos entre 15 y 19 años de edad, me ha dejado agotado y sin recursos para sembrar optimismo en nadie. O sea, normal.
Hace poco una amiga muy querida, preguntaba si cuando un muchacho de hoy dice que algo es normal (una palabra muletilla del nuevo léxico estudiantil) en realidad le está dando a esa palabrita el significado que tiene, el que usted y yo conocemos gracias al DRAE.  Ahora creo finalmente tener la respuesta: si, pero, no.  Si, pues para ellos normal es normal; no, pues para usted es un disparate.   Para mis estudiantes de ayer, todo lo que nos escandaliza hoy día, es normal. La muerte de los estudiantes apostados en trincheras  el año pasado, es normal. Los robos de sus celulares, es normal. Las colas de los supermercados, es normal. La violencia urbana que hoy cuenta por decenas de miles las víctimas del hampa común, es normal. Vivir con miedo, es normal (total, aunque uno viva con miedo nunca pasa nada, dijo una de las niñas que a los 16 años es madre de una cría de dos). Vivir el desasosiego, es normal. Punto. Puede ser que reconozcan que es un fastidio; de hecho, lo reconocen como “requisito académico” – estaban obligados a llenar un formulario que mostrase resultados – pero en la verdad de sus mentes empezándose a formar, “este desastre es normal”. Punto.
Es entonces cuando el tema más álgido de estos tiempos empieza a asomar en la discusión: ¿Podemos hacer algo por cambiar esta realidad que nos atormenta? Muy para mi sorpresa, podemos, por supuesto; pero, ni por asomo la vía se parece a la que, usted y yo, tenemos más o menos trazada: ni  uno de los jóvenes nuevos votantes de ese grupo está dispuesto a inscribirse en el REP, mucho menos ha pensado, ni de lejos, perder su tiempo en votar. Solo dos de ellos piensa que la universidad (De Los Andes) tiene un futuro concreto que ofrecerles. A ninguno le preocupa que el proceso de ingreso a esa universidad esté siendo objeto de tanto escrutinio (hubo quien confesó – no sé si será una bravuconada – tener el negocio listo para traspasar el cupo del que es beneficiario por “asignación territorial” y ganarse unas lucas) mientras que la mayoría de los varones piensan que sería estupendo entrar a la GNB o estudiar para Policía, y así cometer delitos con entera legalidad.
Lo más seguro, dijo uno de los participantes con voz de líder, es que cuando ustedes los viejos salgan a votar ahora en diciembre, les hagan tremendo fraude y entonces se arme la grande y eso si va a ser de pinga, profe….aquí lo que hay que hacer es una tremenda guerra. Normal” y entonces sus ojos púberes se convirtieron en pantallas de Hollywood con proyección en 3D y sonido sensorround.  “Total, la guerra es normal, no es así profe, normal,  y además qué, si yo ahorita no puedo irme de aquí. Normal”
Tras  los aplausos que siguieron a esa intervención,  apareció la verdad que se me rebelaba en esa algarabía ruidosa: esos jóvenes, de extracción social muy baja, si tienen alguna frustración, es la de saber que no podrán emigrar dentro de poco (como todos sus pares de mayor nivel social sueñan hacer o están haciendo) de todo lo demás, es decir del país, a ellos les queda un mapa que saben delinear con ojos cerrados y un desapego que saben contar con crudeza desesperanzadora. El resto, es normal; incluso la mea culpa de sus profesores y la vida atropellada de sus padres. Pero, eso, además de normal, es tema de desvelos que no me provoca desgranar ahorita. Normal.

miércoles, 11 de junio de 2014

¿La voz de los estudiantes?


María Luisa: Se de este jueves como de nada en la vida. Y es así. Es hoy. Viviremos en una habitación, mientras tanto, y ya veremos…
Elvira: ¿Y después? ¿Qué vas a hacer después? Tengo los mismos diez años oyendo hablar a Pio de ahora…y quiero saber de después…
María Luisa: No lo sé…me quedaré allí…freiré algo…no sé…esta noche…pienso y nada más…
(El día que me quieras, JI Cabrujas)
Estaban allí, presidiendo el pódium ante el que hemos visto pasar todo tipo de personalidades y personajes en estos últimos años. Eran 5 jóvenes: 4 mujeres, ninguna mayor de 25 años de edad (o si alguna lo es, se cuida bien de disimularlo) y un muchacho que escasamente contará 23 años en su cédula de identidad, a pesar de la barba rubia y la voz segura y convincente de quien lleva mucha tribuna a sus espaldas. Son los representantes del “Movimiento Estudiantil” invitados a ser los participantes de un foro convocado expresamente para escuchar su voz; la voz que, según opinión de todos, es probablemente la más importante (o la que más alto se ha alzado, que no es lo mismo) de estos días cerrados de conflicto: Liliana Guerrero, presidente de la Federación de Centros Universitarios de la ULA, Aimara Rivas, representante de los estudiantes ante el Consejo Universitario de la ULA, Gina Rodríguez,  miembro del Consejo Universitario de la ULA, Gaby Arellano, una de las líderes indiscutibles de los estudiantes venezolanos del año 2014 y Eusebio Costa, Miembro Fundador del campamento de la Plaza Sadel y directivo de la juventud de Bandera Roja.
Frente a ellos, el grupo habitual de profesores, estudiantes y “sociedad civil” que, martes tras martes, se reúne para hablar de lo-que-nos-está-pasando en el marco inigualable de una organización con prestigio nacional, liderizada por 4 ex rectores de la ULA, conocida como La Tertulia de Los Martes.  La noche presagiaba una sesión estremecedora de lecciones sobre el devenir y ¿por qué no? revelaciones importantes. A las 7:35 pm. después que una estruendosa ovación les dio la bienvenida y sin que Gaby Arellano se hubiese integrado al grupo, El Dr. José Mendoza Angulo,  para abrir fuegos,  les dijo
-          Esta primera ovación se la merecen por el trabajo realizado hasta ahora, la segunda, van a tener que ganársela, esta noche, aquí.
Todavía siento un estremecido sinsabor cuando al analizar la noche, lamento tener que decir que estuvieron muy lejos de ganársela y todavía no sabemos si se dieron cuenta de eso.
Liliana Guerrero rompió el hielo, explicando la modalidad del debate y el orden en que se sucederían sus cuatro compañeros en el micrófono. Fue Gina Rodríguez la elegida para empezar. Tras de ella la proyección de unas diapositivas que insistían en recordarnos, como si su desparpajada juventud no fuera suficiente, que ellos estaban allí por ser EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL.  Pues bien, fuera de algunas brevísimas alusiones a lo que ha sido, históricamente hablando, el movimiento estudiantil, la Srta. Rodríguez diluyó sus 15 o 20 minutos de micrófono, en vagas anécdotas sobre las luchas desarrolladas en estos últimos meses en el territorio nacional y como se relacionan estas, con el descontento general que un sector del país (lo de sector lo digo yo, porque ellos, entre otras imprecisiones, son incapaces de admitir que se trata de un sector) expresa frente a decisiones equivocadas del régimen desde su misma génesis. Mucha emocionalidad, mucha voz quebrada y mucha valentía, claro que sí. Muy poca sustancia.
El segundo turno fue para Aimara Rivas, una joven merideña, aguerrida representante del gremio estudiantil quien, comprensiblemente nerviosa por la presentación ante sus profesores de años universitarios, se dedicó a elogiar la oportunidad de estar allí – en esa tarima de lujo -  y hacer veladas afirmaciones acerca del preocupante fin del conflicto. Montándose un poco en el incompleto resumen histórico que había presentado su antecesora, Aimara, palabras más, palabras menos, reconoció que, por lo menos en Mérida, las ganas de protestar y seguir calentando la calle están, para decir lo menos, bastante adormecidas.  Lo dijo después de tomarse unos minutos para rendir homenaje a 3 mujeres merideñas que según sus palabras, han sido fundamentales en el devenir de las guarimbas. Los aplausos y las emociones amenazaban con derretir el corazón de los presentes. Un poco más de historia, un poco más de información conocida y un nuevo aplauso, cerró la intervención más fresca y simpática de la noche.
Llegó entonces el turno de Gaby Arellano, incorporada al presídium con suficiente retraso como para hacernos temer que íbamos a perdérnosla. Su voz ronca, su aspecto de gladiadora y su bien calculada inflexión inicial, fueron el mejor presagio de la noche. Por supuesto, inició su intervención alabando la Tertulia y expresando el inmenso respeto que le merecía el auditorio (respeto que, sin embargo, no la obligó a llegar a tiempo, ni presentar excusas por la demora) y, entonces, comenzó la más perturbadora (debería decir delirante, pero puedo ser malinterpretado) de las intervenciones que estos oídos han escuchado jamás en lides opositoras: Gaby Arellano y - con su voz - el movimiento estudiantil que ella representa quizás como no lo hace ningún otro de los muchachos que se encontraban allí, está librando una lucha despiadada (tendrán sus razones, que nunca explicó claramente) contra la Mesa de la Unidad Democrática y Henrique Capriles Radonsky, de quien se expresa sin nombrarlos, de la peor forma posible, una y  mil veces. Su gran mensaje: en el camino de derrocar la dictadura venezolana, hay que derrocar también a los sectores de oposición que le han dado voz y voto al movimiento opositor venezolano. Después, veremos.
Cerró la noche Eusebio Costa, estudiante de la Universidad Sta. Rosa de Lima y fundador del campamento de la Plaza Sadel. Quizás fue la intervención más atinada de la sesión. Aun así, seguíamos sin escuchar las propuestas concretas del Movimiento Estudiantil y seguíamos dándole vueltas a esa emotividad casi lacrimógena que es imposible evitar cuando se han visto morir compañeros de lucha, a manos de francotiradores del régimen; pero, que se me antojaba usurpadora de lo que estábamos allí para escuchar: ¿qué es lo que quieren los estudiantes? y ¿cómo van a hacer para lograrlo? Eusebio, sin embargo, logró bosquejar algunas precisiones importantes, como la necesidad de llamar las cosas por su nombre (esto no es un gobierno socialista, sino un régimen capitalista de estado/ dictadura totalitaria) y la necesidad de organizar un gran movimiento opositor desde las bases de la sociedad civil, en el que probablemente, (no quedó claro) no tengan cabida los actores fundamentales del juego político actual. Posiciones encontradas, elusivas y muy poco claras, sobre la iniciativa constituyentista surgida hace pocos días y sobre formas concretas de aplicación del artículo 350 de la Constitución Nacional, así como reconocimiento a su propia desorganización y ninguna propuesta de país para después,  daba forma al final de la noche.
Una serie, más bien corta, de intervenciones del público asistente (que no fueron otra cosa que catarsis y alabanzas épicas al movimiento) dio paso, finalmente, a la última intervención de los foristas. Algunas preguntas quedaron sin respuesta, algunos asistentes se retiraron calladamente (notoria la salida de la sala de un importante representante de la juventud de Voluntad Popular) y un cortes aplauso de cierre, redondeó una sesión en la que no se dijo nada.
Aunque parezca lo contrario, no tengo nada en contra del movimiento estudiantil. Lo juro. Tengo muchas cosas en contra de quien se asigna el papel de líder, bajo cualquier circunstancia, sin estar preparado para ello. Tengo mucho en contra de los discursos que no parecen lo que dicen y, mucho más, en contra de la verdad revelada. Anoche, allí donde cada joven forista ve pluralidad, yo vi desacuerdos; donde ve intercambio de ideas democráticas, yo vi enfrentamientos; donde ve valentía, yo vi inconsciencia; donde debería haber visto neuronas, vi testosterona.
Anoche, frente al movimiento estudiantil y su discurso inconexo, donde ellos ven futuro, yo vi a Diosdado Cabello ciñéndose la banda presidencial;  a pesar de la frescura y las magnificas intenciones de nuestros jóvenes estudiantes.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Nada más...

Entre los cuatro se cuenta con dificultad una mínima parte de nuestra historia. Nacieron en los últimos años del siglo XX y pertenecen, como la mayoría de nuestros muchachos, a la generación del reggaetón, facebook y algunas redes sociales. Aun twitter, extrañamente, se les antoja territorio ajeno, pero si es por tecnología, nacieron con todas. Cada vez que hablan, se les descubre cierta manera de levantar pasiones que justifica cada uno de los votos obtenidos en una elección donde se alzaron con el 53% de las preferencias de sus pares. Son Mario, Yerson, Armando y Alejandra, los delegados al gobierno estudiantil de la escuela Técnica Industrial Padre Madariaga. Los mismos que se presentaron a la elección invocando el nombre del fundador de Fe y Alegría, prometieron 4 cosas sencillas de cumplir y se esmeraron en propagar un discurso serio, joven y esperanzador para una comunidad donde, ni la juventud es garantía de algo, ni la esperanza se vende en bolsitas.
Esta mañana, nerviosos, solemnes, uniformados, sin renunciar a los zapatones grandotes sin anudar trenzas y el cabello engominado, mis muchachos del gobierno estudiantil empezaron su andadura formal por el tema de hacerse solidarios con su comunidad, de encabezar ciertas luchas de urgencia impostergable y de arrimar su esfuerzo al tremendo esfuerzo colectivo de vivir en paz, trabajando en paz.
No la tienen fácil. A ellos se les exigirá respuestas que probablemente no conocen y de su escasa experiencia de vida, se esperará que saquen conejos donde no hay chisteras. Ellos lo saben y no tienen ni una gota de miedo. Se paran delante de cualquier cabeza gris y hablan con propiedad sobre soluciones que tienen la simpleza de las cosas importantes. Tienen además, un desparpajo y una confianza que deja cualquier carencia jugando banca. Han empezado por intentar resolver el asunto escabroso de la comida prometida y nunca cumplida (PAE), y querían llenar de lockers el colegio, sólo que entendieron, sin que hubiera que explicárselos, que lo primero que deben hacer es educar a sus compañeros en el respeto a lo ajeno.
Esta mañana, después de la juramentación formal, Armando, el rapero del grupo, el chamo al que hay que regañar veinte veces para que vista correctamente el uniforme, se me acercó casi en privado y me dio la mano:
- Si Profe, fino esto no? Mire sabe lo que yo creo, que esta es una forma de trabajar por la paz, osea, sin políticos ni cosa de esa, por la paz, profe….nada mas….
A Armando y sus compañeros es posible que la Paz, esquiva y complicada, se les antoje “nada más”. A nosotros, adultos sobrevivientes de muchas guerras, la Paz no ha hecho sino complicarnos la vida, por sobrepasarnos en un deseo que parece inalcanzable. Después de darle gracias a Dios por haber llenado mi camino de Armandos, de Yersons y de Alejandras, los vi alejarse, como un solo bloque, hablando alto de sus planes para el futuro del colegio, el que empieza mañana. Mario volteó a mirarme y me lanzó una amplia sonrisa. Era el rostro de la paz. De la paz por la que lucharemos juntos, a pesar de los pesares; de la paz que está por venir y que a ellos les parece un nada más. Estoy seguro que van a sorprenderme.

martes, 3 de mayo de 2011

Yohelys o la vida apresurada

Yohelys tiene 13 años, vive en una casa construida como mejor se pueda en uno de los barrios más complicados de Mérida; con ella, sus tres hermanos mayores, su mamá y el padrastro, algunas veces hacen campo para una tía y dos primos que entran y salen, según les vaya en la vida y en los amores. Como es habitual, en esa casa el trabajo escasea y el dinero aparece como por arte de magia, sin preguntas ni explicaciones.
Simpática y bonitica, Yohelys, conoce bastante bien los intríngulis del amor y de lo que no es amor, pero incluye sus requiebros; es vox populi que Yohelys se vale de su cuerpo adolescente para completar el mes y de la LOPNA para mantener a su mamá alejada de sus oficios. De todos modos, en esa familia, nadie se ocupa de nadie y si los hermanos consienten a la niña, se debe a razones de complicidad que tienen mucho que ver con el padrastro de todos y el novio de Yohelys; un muchacho de otro barrio a quien apodan “Huellero” que hace poco estuvo de visita en nuestra escuela.
No fue, ni mucho menos, una visita de cortesía. Huellero andaba en plan de constatar si lo que cuentan de Cheito es verdad. Corre un chisme, según el cual, Cheito podría estar calentándole la oreja a Yohelys. Cheito es mi alumno, tiene 16 años y cierta galanura que utiliza, junto a las hormonas alborotadas de su edad, para meterse en problemas, sin selectividad y sin reparos. El enfrentamiento ocurrió en la puerta del colegio el viernes en la tarde. Hubo amenazas, cuellos de botella, empujones y un arma. Desde entonces, todos andamos con el credo en la boca; Huellero ha dicho, a quien quiera oírlo, que está dispuesto a “quebrarse” a Cheito y hay que creérselo, muchos dicen que, en otras ocasiones, Huellero ha resultado un hombre de palabra. Yohelys, entre tanto, anda de lo más contenta pues dos chamos de la zona están peleando por ella. Ayer, por intentar hacer algo, estuvimos de conversa con los policías del modulo (panas panitas de Huellero) y con la prefecto, quien propuso mandar a darle una golpiza a Huellero con uno de los sargentos más arriesgados de su jurisdicción. Huellero es menor de edad, Cheito es menor de edad, Yohelys es menor de edad. Salvo golpizas anónimas de uniformados, a ninguno de los tres se les puede hacer más nada. Mientras tanto y para salvarlo del tiro que, posiblemente, reciba de todos modos dentro de algunos años, estamos tratando de esconder a Cheito tanto como él se deje, que es poco. Le cuesta entender que está en peligro y contarnos lo que todos creemos que sigue escondido, para ver si logramos ayudarlo a terminar con vida el bachillerato.
Ayer, Cheito y sus compañeros conversaron conmigo, pero no pude avanzar más allá de ciertos detalles de escabroso contenido íntimo que convierten a Mesalina en una aprendiz de Yohelys. Interrogados sobre la percepción de peligro, todos admiten que el tiro ofrecido a Cheito es una posibilidad auténtica; ninguno, sin embargo, propone una forma de evitarlo. Cheito, me miró con los ojos grandes, amielados y llorosos de sus 16 años y me dijo: No se preocupe, Profe, yo soy un duro…
Me gustaría creerle; pero, así nos va.

martes, 19 de abril de 2011

El cuento de Mariela o las cosas que SI valen la pena

Hace algunos años, Mariela vino de Apure a estudiar en la Universidad de Los Andes. No le fue mal, vivió en un apartamento relativamente bueno, compartido con tres compañeras e hizo trabajitos en una cosa y otra, hasta que un buen día le sonrió la suerte: una familia la contrató para que los ayudara a cuidar al padre enfermo, ella lo hizo admirablemente, la voz se corrió y durante los cinco años y pico que tardó en graduarse, no le faltó un enfermo que atender. Mariela, como quien cumple un destino trazado, estudió enfermería. Salvo ocasionales encontronazos con Fisiología, estudiar tuvo la facilidad de las cosas que se hacen porque se quieren hacer. Al graduarse, exhibe orgullosa excelentes credenciales académicas y el afecto de familias a las que permitió enfrentar con ánimo, el duro trance de un enfermo grave en casa. Mariela si algo puede acumular, son recomendaciones. En el último año de la carrera y para foguearse un poco, empezó a trabajar en el Hospital Universitario de Los Andes como enfermera contratada; su sueldo sobrepasa ligeramente los 2 mil bolívares, si incluye el bono alimentario, y su jornada diaria se extiende por horas interminables, entre la sala de emergencias y el quirófano de un hospital siempre al borde mismo del colapso.
Para poderse mantener con cierta dignidad, Mariela necesita, más que antes, el auxilio de sus enfermos privados; el pago del hospital, que debería ser fijo, normalmente se acumula por dos o tres meses cada vez, llenándola de deudas que se resuelven medianamente, con el pago simbólico de familias a quienes ella cobra lo que ellos realmente puedan pagar. Sus días de trabajo, que incluyen casi todos los domingos, se alargan por 16 o 18 horas, durante las cuales ella se expone a epidemias, maltrato, enfermedades, irrespeto y violencia. Todos los días, ella es la que cierra los ojos de alguien y miles de veces, ha tenido que hacer maromas para ponerse a salvo de la furia de un malandro mal herido, en busca de salvación.
Si ella supiera hacerlo, me ha dicho varias veces, podría escribir un libro de historias de terror y sacrificios. Pero, ella no está para contar cuentos. Ella está para demostrarle al mundo que, su historia, en contra de las cosas obvias, es UN ASUNTO DEL QUE SI VALE LA PENA HABLAR.

jueves, 14 de abril de 2011

A pura sangre

Tengo todo el día tratando de imaginar el intenso dolor que debe uno sentir al herirse voluntariamente un labio. Recuerdo golpes de niño, cortadas con hojilla de afeitar y una vez que me clavaron un anillo gigantesco en el labio inferior, por andar diciendo lo que no debía. Nada de eso, sin embargo, me parece suficientemente ilustrativo. Atravesar una aguja entre ambos labios tiene que ser, además de una sensación horripilante, una medida completamente extrema que no tiene otra justificación sino la más desesperada desesperanza.
Ha sido la noticia de los últimos meses. Primero, estudiantes apostados en espacios simbólicos se someten a largos ayunos que, al no recibir la atención esperada, dan lugar a la terrible laceración. Después, enfermeros que exigen justas reivindicaciones, son forzados a actos de protesta que escalan en su intensidad hasta convertirse en sangrientos. Más tarde, un grupo numeroso de reclusos en una cárcel guayanesa, reclamando un elemental trato humano, derraman su sangre, cuando deja de escucharse su voz. Son gritos de ayuda, voluntarios e inéditos en el largo historial de protestas de nuestra vida republicana, dignos de atención por su inusual frecuencia.
No obstante, los destinatarios de esos mensajes permanecen mudos, que es como decir muertos. Desafían el derrame indetenible de cruentas emociones, demostrando un estomago de hierro alimentado por las carencias de quienes se someten a su hambre. Cierran los ojos, atentos a otras peticiones mejor remuneradas y esperan, quizás, a que el miedo que pregonan acalle conciencias y desvíe miradas, mientras la sangre tiñe el último escalón antes del sótano; ese al que nos empujan cada vez que repiten que la patria o es socialista o no es patria.
Por lo pronto, es sangre; que empieza a brotar en pequeños hilos desde un labio decepcionado pero, terminará creando inmensos lagos bajo un pueblo desesperado.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Consciencia?...estudiantil

Uno de los problemas, entre mil otros, que la oposición enfrenta en el intento de restablecer algún tipo de orden en el malogrado expais nuestro, es que estamos decididamente empeñados en convertir a otro (s) en salvador (es) de la patria, para aplaudir entusiasta cualquier cosa que diga (n) o haga (n), tener a quien echarle las culpas y continuar viviendo como borregos en otros pastos. Sin entender que nuestro líder está dentro de nosotros, en Mérida por lo menos, hemos dado ese puesto al “movimiento estudiantil” y me temo que podría pesarnos. Hoy, el movimiento sindical y la FVM organizaron una marcha para exigir justas reivindicaciones salariales. Convocada para las 9 a.m., el evento estaba abierto a todo el que quisiera participar. A la hora convenida, un grupo muy escaso de personas estábamos en el sitio de concentración para palear la eterna impuntualidad del venezolano. Organizados y casi listos para salir, como a las 10 y media, se nos dijo que aguardábamos por “los estudiantes”. Un grupo al que hemos convertido en vedette de cuanto acto organiza la oposición. Esperamos hasta que, con casi dos horas de retraso, irrumpió en los alrededores de la plaza, con escándalo digno de mejor causa y bajo el mando de la presidenta de la FCU-ULA, una cantidad pequeña de muchachos a quienes era imposible adivinarles la intención. Armados de cuanta cosa puede hacer ruido (que no está mal, tal vez de eso se trata) y de no tan clandestinas botellas, los aguerridos estudiantes de nuestra universidad, decidieron que hoy, quizás porque la marcha no era convocada por ellos, había que robar protagonismo y, literalmente, se adueñaron de la cosa, más para perjuicio que para apoyo. Me ubiqué detrás de ellos por tiempo suficiente para escucharlos burlarse tanto de la marcha como de nuestra muy tradicional Paradura de Niño, (ceremonia sagrada para los merideños), y de allí en adelante, hacer todo tipo de desastres para demostrar que ellos, en cantidad realmente innecesaria, “están con la causa”. Podría extenderme por cuartillas hablando de las foto-poses, los chistes destemplados, el ánimo de rumba y el exceso de inconsciencia de nuestro “movimiento estudiantil”, pero prefiero no hacerlo. Salí de esa marcha realmente decepcionado. Ya una vez, hace mucho tiempo llame la atención de Yon Goicochea, entonces en el apogeo de su fama, cuando en un acto en el aula magna de la ULA, tuvimos que esperar pacientemente que todas las chamas que quisieran, se tomaran fotos con él, como si de Brad Pitt se tratara. Esta mañana sentí la misma desazón. O los estudiantes entienden que su lugar en esta cosa es equivalente al de los obreros, los trabajadores, las amas de casa, los profesores y el largo etcétera de descontentos, o vamos a tener que empezar a aclararles que, en esa tónica de saboteo y desorden, hay algunos que no los queremos cerca. Lo siento mucho; pero, si el movimiento estudiantil es eso que esta mañana atropellaba personas, insultaba la policía (esa consigna de “el que no estudia, a policía va a parar”, es lo más ofensivo que he escuchado en toda mi vida) y obstaculizaba, con su gritería estéril, las intervenciones de los oradores convocados; yo prefiero mantenerme en mi casa, sólo.

viernes, 30 de julio de 2010

Día de grado

Saber que se puede, querer que se pueda Quitarse los miedos, sacarlos afuera Pintarse la cara color de esperanza Tentar al futuro con el corazón
Diego Torres
Estaban allí, con sus vestidos domingueros y su acicalada emoción. Hoy, algunas casas “de bien” se quedaron sin su limpieza de rutina; algunos cafetines sin el auxilio de manos que trabajan en silencio, algunas construcciones sin el sube y baja de bloques y cemento. Hoy, la ciudad tuvo menos taxis y más esperanzas. Hoy se les graduaron sus muchachos y para ellos, el día habría sido luminoso aunque la naturaleza se hubiese opuesto. Protagonistas de lujo, ellos estaban también; haciendo planes para la inmediata celebración, asombrados de sí mismos, jugando a crecer y buscando más fotos y más tiempo para agradecer, para exhibir el cartón de sus triunfos y para abrazar a quien se pusiera a tiro. Hoy, La Loma de los Maitines alquiló mesas y sillas y en un acto de maravillosa honestidad, salió a celebrar con los suyos lo que puede haber sido la primera y única oportunidad para la parafernalia académica. Hubo misa, claro. Hubo medallas, placas de agradecimiento, discursos, indiscreciones, protocolos improvisados, comida y fiesta. Hubo familias enteras que nunca pensaron en este día y otras que llevan meses planeando todo con precisión quirúrgica. Hubo sensación de victoria, como en una final de campeonato. Hoy, alguien apostó por ellos. Por muchachos que hablan una lengua incomprensible, se peinan rarísimo, cometen travesuras imperdonables y se fugan de clase para acercarse al límite de lo que se espera de ellos. Muchachos que nacen con un pan debajo del brazo, que muchas veces es demasiado duro. Muchachos cuyo interés necesita estar en otro lado. Muchachos cuyos “escasos recursos” son la creatividad, el talento y las ganas de vivir plantándole cara a un futuro que nadie auguraba bueno y, de puro espléndido, se convirtió en mil razones para creer que nada se ha perdido. Mañana saldrán, a indagar que se puede hacer con el flamante titulo de Técnicos Medios en Tecnología Gráfica; y es posible que descubran que apenas están comenzando y les caiga la locha; los veremos sonreír para tragársela. Ya ellos ganaron la primera apuesta, hecha a espaldas de un país que se desmorona y no apuesta a nada. De aquí en adelante, estoy seguro que, (como dijo Mireya, recordando la canción mil veces cantada), sabrán que se puede, querrán que se pueda.

jueves, 1 de julio de 2010

Alimentación ¿escolar?

La imagen que acompaña esta entrada, es la imagen de un compromiso incumplido. Es también la imagen de un doloroso problema, que afecta por igual a quienes tenemos la responsabilidad de mantener niños y jóvenes dentro del aula escolar, a sus padres y sobre todo a los que, esperanzados, se creyeron el cuento. El año escolar que está a punto de finalizar, pasará a la historia como el año en que se suspendió, sin explicaciones, el Programa de Alimentación Escolar. Es decir, el programa creado para alimentar, así fuera con lo básico, a nuestros niños y jóvenes. Trabajo en una escuela de barrio. Algunas horas de mí semana transcurren en un salón de clases, rodeado de adolescentes que pertenecen a lo que llaman “sectores de bajos recursos”. Eufemismo galante para decir que se trata de muchachos por quienes nuestra sociedad no apuesta medio. Muchachos cuyos problemas van desde el blackberry que no pueden comprar, pero consiguen, hasta el almuerzo que no pueden pagar, pero merecen. Muchachos que a la hora del almuerzo salen en estampida a la bodega más cercana para comprarse dos panes y una Coca Cola. O escapan de la clase siguiente porque prefieren irse a sus casas a ver que encuentran para comer. Muchas veces no regresan. Supongo que puestos a justificar razones, el ausentismo escolar de los barrios tiene más explicaciones que un almuerzo servido a la hora indicada. Me consta que el plan menos divertido de un muchacho es ir a la escuela; pero, por alguna parte tenemos que comenzar a enamorarlos. Bien sea ofreciéndoles programas educativos que verdaderamente los entretengan, sistemas de aprendizaje que rescaten y potencien sus esfuerzos adolescentes, actividades que canalicen sus talentos naturales, o un plato de comida caliente. Si nuestro gobierno se niega a entender que la educación es el arma más poderosa para salir de abajo, al menos debería tener la inteligencia demagógica de responder a la más básica necesidad de nuestros estudiantes: Con hambre no hay posibilidad alguna de hacer milagros. Sin comida, ¿cual es la apuesta?

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