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jueves, 23 de abril de 2015

Vivir para contarlo

Apurado por llegar a su trabajo a tiempo, Manuel tuvo el primer gran disgusto del día cuando, en la puerta del edificio donde ha vivido toda la vida, se enfrentó a un desperfecto mecánico que suponía solventado en la última visita al taller un par de días antes. Luego de una rápida cuenta, supo que encender el viejo Fiat que cuida - con su vida - para evitar la buseta, era en ese momento tarea imposible. Algo que desconocía por completo, iba a impedírselo irremediablemente (y-eso-que-le-pagué-una-bola-de real-al-mecánico-hace-dos-días, masculló entre maldiciones Manuel). Estacionado como mejor pudo al borde de la acera, sacó de su bolsillo el teléfono para pedir auxilio. Un par de segundos después vio como, de la cola que comenzaba a formarse en el supermercado vecino, se desprendió a toda velocidad un muchacho que no llegaba a tener 17 años. Manuel miró como corría desaforado en su dirección e intentó esconder el teléfono, cuando un manotazo lo dejó anonadado. El aparato que momentos antes tenía en su oreja, estaba ahora en manos del zagaletón de la cola. Entonces, tomó la más imprudente decisión de su vida: salió tras el ladrón en un arranque de impulsividad funesta. Le dio alcance, hubo un forcejeo (no muy profesional, todo hay que decirlo) y en un empujón, Manuel cayó al piso, inconsciente. Poco después, casi a las 8 y 30 de la mañana, atendido por un buen samaritano que lo vio todo desde su auto, Manuel ingresaba a la emergencia de un hospital cercano, en donde lo único que pudieron hacer fue ayudarlo a aceptar el golpe. Vivió para contarlo, no se sabe cómo, y hoy se recupera de las múltiples fracturas en los huesos de su cara e intenta, sin éxito, superar el nudo en la garganta, cada vez más parecido a un llanto de muerte.
A sus 19 años, David ha recibido entrenamiento de sobreviviente de guerra. Sus padres, víctimas honrosas de varios escarceos con el hampa, sencillamente no le dejan vida advirtiéndolo de cuanta cosa hay que hacer para preservar la vida. Los bienes, esas cosas superfluas y casi prestadas sin las que cualquier muchacho de 19 años se niega a respirar, son lo menos importante en ese hogar llevado por dos comerciantes esforzados y exitosos, que no se resignan a negarle a su único hijo, inteligente y aventajado estudiante de medicina, ninguno de los últimos gadgets con los que él sueña. Lo hacen con la condición explicita e inviolable de que no puede, por ninguna razón, hacer alarde de ello. David ha cumplido con obediente diligencia las recomendaciones paternas y la vida lo tenía a salvo de un mal rato hasta el lunes pasado. Saliendo de una oficina pública ubicada en las cercanías de la merideña Plaza de Las Heroínas, David se despistó unos minutos guardando el teléfono en su escondite preferido (casi dentro de su piel) cuando se le acercó una pareja muy joven y de buen aspecto, que llevaban un niño en la mano, a preguntarle una dirección, suficientemente distante como para ser difícil de conocer. David quiso ayudarlos y mientras guardaba el teléfono y ajustaba sus anteojos Rayban para responder, sintió la fría dureza del metal en un costado. La chica con quien intentaba entenderse blandía amenazante una filosa navaja. El hombre daba claras instrucciones: entréganos el teléfono, los lentes y la plata que lleves encima. David tuvo un fatal ataque de nervios que demoró un poco su intención de darles lo que pedían. La mujer enterró la navaja tan profunda como pudo mirándolo a los ojos. David se desmayó, los bandidos agarraron la cartera, los lentes y el teléfono y se perdieron entre la multitud que transita a esa hora por la zona. Un taxista que presenció el hecho levantó a David del piso y lo llevó al Hospital, donde un amigo de su padre casualmente cumplía guardia en emergencia. Estuvo grave un par de días, pero vivió para contarlo. Esta mañana sus padres han puesto en venta absolutamente todo lo que tienen; a David le espera la vida en algún lugar de Europa.
Fiel a su costumbre, Doña Margot sale diariamente a caminar por su urbanización a primerísima hora de la mañana. Dice que lo hace porque si y porque es la única forma de mantenerse ágil y lúcida a los 86 años. El resto del día, lo dedica a sus cosas de vieja, aunque se niegue a cuidar nietos y nadie le haya visto jamás una cana. Ya no conduce, pues se lo han prohibido los hijos, ni cocina pues se lo ha prohibido ella misma. Le sigue gustando la buena ropa, la peluquería, las buenas conversas con las pocas amigas que no han cometido la indiscreción de morirse y, en sus ocasos, ha descubierto lo entretenida que puede ser una misa. Doña Margot espera tener una muerte apacible hermoseándose en una salud de hierro a la que no vence ninguna de las terribles verdades del siglo XXI, capoteadas por cuatro hijos prósperos y buenos que se ocupan hasta del más pequeño de sus caprichos. El lunes, salió a caminar con el corazón estrujado de quien sabe que va a sucederle algo. Hizo sus cuatro vueltas de siempre, negándose a la compañía del ama de llaves que la cuida con celo de hermana,  por no darle paso al presentimiento. De regreso a su casa, en el momento en que metía la llave en la cerradura, tres muchachitos que tienen, quizás, la edad de sus nietos, salieron a su encuentro desde las frondosas cayenas del frente. El discreto grito de la anciana fue ahogado por la mano ruda de uno de los asaltantes, los otros dos violentaron la puerta y lograron llevarla hasta el salón de la casa; el ama de llaves y un jardinero que cobraba su jornada del día anterior fueron obligados a convertirse en victimas. Amarrados (más bien envueltos) con las cortinas brocadas que adornan la estancia desde tiempos de Matusalén, vieron como las tres sabandijas hicieron caída y mesa limpia con los pocos tesoros que Doña Margot conservaba. Una hora después los delincuentes escaparon con el botín, asustados por la llegada providencial del hijo de una vecina, urgido de un favor impostergable. Soltó los amarres que mantenían a los tres viejos cautivos, en el momento exacto en que Doña Margot mostraba síntomas de un ataque cardiaco. Desde el lunes está en terapia intensiva y, aunque su vida ya no corre peligro, nadie ha logrado escuchar de nuevo su acento gocho y cerrero ni su  risa de abuela. Esta mañana su hijo me ha dicho que posiblemente no la vuelvan a escuchar jamás.
Es lo que trae un lunes de abril en la Venezuela del siglo XXI. Lo llamamos vida, por ironía, quizás.

martes, 4 de febrero de 2014

Así se hacen los malos (II) El Hijo de Rosa

Cuando salió preñada, a los 16 años, Rosa probó por vez primera unas galletas colombianas que vendían en la bodega del barrio. Eran unas galleticas redondas, dulces, rellenas con una crema de vainilla, de marca Noel. Venían probablemente de Cúcuta y eran realmente muy baratas. Fueron su perdición, Rosa las comió por quintales durante los nueve meses que duró el segundo de sus embarazos, tanto, que recuerda algunos días en los que no lograba consumir ningún otro alimento. Su mamá, que alcahueteaba ese embarazo sin hombre, así como había alcahueteado el anterior y haría con los dos siguientes, se ocupaba de comprárselas rapiñando al diario algún dinerito que mejor uso habría tenido en verduras. Cuando parió, un enclenque varoncito a buen término, no tuvo ninguna duda a la hora de llamarlo Noel, un nombre que había visto hasta el cansancio en los envoltorios de celofán.  Posiblemente por genética paterna, el niño Noel tomó lo suyo en empezar a dar señales de crecimiento, fue un crio taciturno, más o menos melancólico y bastante malcriado. Pero, disfrutó de todas las atenciones que la pobreza “decente” de Rosa y su mamá, pudieron darle del modo ese más bien rustico que se estila en los barrios.
Morenito, demasiado flaco y tan escurridizo como una anguila, Noel creció escapándose de casa a cada minuto, sin hábitos de ningún tipo y con poquísimo interés en algún tipo de disciplina escolar. A marchas forzadas terminó la escuela primaria logrando, a  fuerza de mucha insistencia, aceptar que lo matricularan en una escuela de pobres en donde no atinó a entender ni la O por lo redondo. Literalmente.
Rosa, entre tanto, parió dos hijos mas, trabajó como una poseída, limpió casas, planchó ropa ajena e hizo todas las labores de las que echa mano la gente que no tiene otro recurso para ganar el sustento. Su mamá hacia otro tanto, el hermano mayor empezó a rebuscarse tan pronto como levantó un metro del suelo y a trancas y barrancas, aquella casa de pobres empezó a capotear necesidades que fueron cubriéndose de cualquier modo, la mayor parte de las veces, malamente. Rosa intentaba poner orden; pero, le ganaba la juventud. Había sido madre cuando en realidad tenía que haberse dedicado a ser mujer, de modo que compartía de la mejor forma que podía las aficiones de una mujer con sangre en las venas, con el intenso trabajo y el cuidado escaso de los hijos. Aun así, todos, a excepción de Noel, creían tener de alguna manera una familia de la que ocuparse. Viéndolo bien, la vida transcurría del único modo que puede transcurrir cuando tiene como escenografía un barrio que no es violento, pero tiene sus mañas.
Al cumplir 17 años, después de repetir por segunda vez el tercer año de bachillerato y obtener las peores calificaciones de la escuela, Noel y su madre decidieron sin mucha reflexión, que lo de los estudios no era para él; así que, conminado por la madre, empezó a hacer trabajos con los que ganaba un dinero que entraba a la casa sin justificaciones inútiles. Un día llegó a casa conduciendo una motocicleta, era el último de una serie de regalos inesperados que Rosa y sus hermanos recibían sin decir una palabra. Ya habían llegado celulares de última generación,  una variedad de aparaticos y hasta una pequeña computadora que la madre no sabía para que usar, junto a electrodomésticos que aparecían como por arte de magia. Cuando Rosa comenzó a darse cuenta, los apremios económicos de antes empezaron a ser menos graves. Demasiado curtida en las cosas del barrio como para no entender los mensajes que llegaban con cada regalito, se acercó tímidamente a explicaciones que nadie estaba dispuesto a darle. Alguna vez increpó a Noel más en tono de advertencia que de reprimenda, preocupada por sus constantes “eso no es cosa suya”, por madrugadas en que Noel no aparecía por casa, por amigos que entraban sin saludar mucho y permanecían escasos minutos encerrados en la habitación y por los cada vez más sagrados escondrijos de los que Noel se valía para guardar cosas que la gente “le empeñaba”. Muchos otros cabos sueltos terminaron por convencerla de que su hijo, a pesar de recordarle siempre el dulzor aquel de las galletas, andaba en malos pasos, entonces decidió enfrentarlo, para su desgracia. Noel tuvo un solo ataque de ira en su vida, pero Rosa no olvidó cada grito ni cada insulto o amenaza que salieron de su boca. Tampoco los billetes que dejó encima de la mesa antes de volverse a ir para la calle, ni el relumbrón de acero brillante de algo que se negó realmente a ver de cerca, porque se le pareció demasiado a una pistola. Esa noche, en medio del llanto convulsivo con el que se quedó sola a la salida del hijo, decidió cuidarlo aunque en ello se le fuera la vida.
Eso ha hecho, por eso Noel celebró su cumpleaños número 20 y a ella le parece que han conjurado algunos males peores. Juntos, como en el principio, Rosa y Noel se han convertido en una llave bastante difícil de vencer.  Todo el barrio lo sabe, la policía también y sólo están esperando que se les ponga a tiro. Cansados de disparos de advertencia que no han logrado ni asustar a Noel o a su madre, en  los últimos tiempos se han tomado en serio lo de ir a por todas; poco les importa - a todos - que en el procedimiento, Rosa deje huérfanos a tres hijos más.

lunes, 27 de enero de 2014

Así se hacen los malos (I) / Yuli - Ana

Yuli – Ana (ellos insisten en escribirlo así, con guion intermedio, Dios sabe por qué) llegó al colegio con el año escolar. Venia de otro en el que perdió tanto el año de estudios como la posibilidad de ser considerada, de algún modo, persona decente: si algo exhibía su expediente de promoción era faltas de todo tipo a lo que los educadores se empeñan en llamar “buena conducta”.  Al lado de eso el prontuario no escrito, contado en detalle por la funcionaria de la LOPPNA que nos endilgó la joya: Una mamá que hace rato decidió no ocuparse más, harta de cualquier intento de humanización del personaje, un papá que acogió el bulto cumpliendo las amenazas proferidas desde el primer día y un entorno social, que ni de social ni de entorno tiene otra cosa que ofrecerle a Yuli-Ana que noches moneando poste.
Tiene 15 años de edad y un guion intermedio por todo currículo. Tiene mala fama, mal carácter y enorme desinterés. Tiene lo suyo vivido y aspecto de  no atreverse ni a rayar un plato (mucho menos a quebrarlo) tal vez, algún día, la maldad se le lee en los ojos, pero no tanto. Eso sí: no hace caso de consejos ni acepta reprimendas de nadie. De alguna manera se las ha arreglado para reinar en los  patios y el recreo, a fuerza de atreverse a llegar un poco más lejos de lo que otros llegan: Yuli-Ana cumple sus amenazas; por eso, a estas alturas tiene un boletín de calificaciones en el que no cabe un cero más y un equipo de profesores completamente cansados de tener que repetir su nombre en vano. También tiene una tía, que se ha hecho responsable de no se sabe qué y en la última gran crisis resolvió dar la cara. Por desgracia.
La última gran crisis fue un poco más de lo mismo. Finalizando el 2013, el regalo que Yuli-Ana decidió darle a algunos de sus profesores mando algunos automóviles al taller de latonería. En el ínterin, desaparecieron unos cuantos celulares,  algún par de bolsos, otras cosas sin importancia (para ella) y aparecieron, demasiado cerca de su mala fama, un par de bolsitas de esas que contienen un polvo blanco, llamado por policías de la tele “presunta cocaína” y por la gente de estos lares, todavía, perico, a secas. (Cambiando de manos y plata en el medio para más inri). De gota que colmó el vaso tuvimos bastante sin duda alguna. Por eso la sanción y el revuelo, por eso el chisme en los pasillos, por eso la suspensión y la gran rabieta del papá, expresada vía mensaje de texto con un escueto “a mí no me llamen más nunca y esa que se prepare que lo que va es a llevar coñazo”
No sabemos si los llevó. Sabemos que vino, del brazo de la tía, a exigir explicaciones la tía. Y entonces allí empezamos a perder la esperanza para el guion intermedio de la niña: La tía es funcionaria (de camisa roja y gorra con banderita, roja también) de una prefectura cercana. A medio camino entre “señora de mantenimiento” y “autoridad civil” la tía tiene - y ejerce - un puesto remunerado  en una instancia roja de poder popular.  A la tía, el prontuario de la joven la tiene completamente sin cuidado porque, para empezar, lo considera mentira (a pesar de las evidencias) y ella no tiene idea lo que va a hacer la niña en su casa en caso de ser expulsada, aunque sea por tres días, que la ley no da para más. A eso vinieron, las dos y una tercera – funcionaria también – listas para pedir tantos ojos tuertos como garanticen el final del año escolar de la señorita en problemas (permítaseme aclarar que lo de señorita lo digo por aquello del respeto, pues si acudimos al uso antiguo de la palabra….Dios mío!!) y para pedirlos, en pleno uso del poder que les confieren las leyes de la republica bolivariana a ellos: Con amenazas veladas, con una que otra ironía antioligarca, con su poquito de ustedes allá en su disciplina y nosotros aquí en el poder.
Total, que fue necesario mucho temple: Yuli-Ana fue honrosamente suspendida de todos modos (que a ella eso plim y a la madama dulce de coco) y la tía salió jurando que de esa afrenta habrán de enterarse hasta en las alturas mismas del poder omnímodo.
No terminó allí: a la afrenta recibida por la tía, la acompañante de la tía y la niña suspendida en pleno estado de gracia, siguió una especie de Juicio que, olvídate de Nuremberg. Una reunión bizarra en la que el padre (si, se dejó de SMS y apareció con el rabo entre las piernas) terminó declarándose avergonzado, redobló la amenaza y escondió el rubor producido por el mal rato; pero, se negó a sustituir a la tía como responsable de no se sabe qué y mucho menos acepto ir mas allá de un par de coñazos que, aunque no se atrevió a dárselos frente a la distinguida audiencia, sospechamos Yuli-Ana los recibió de todos modos.  La tía, mientras tanto, amenazó con llevarse a la niña para otra escuela, porque total, escuelas es lo que sobran y amenazó también, que para eso ella es perfecta, con no volver nunca más a permitir que a su sobrina la ninguneen. Unos días después (como en subtitulo de película) supimos que Yuli-Ana, el guion intermedio y todo lo raro que la acompaña, se fueron a vivir con la tía quien a su vez la sacó de la escuela y dictaminó que ya está bueno de estudios.
Yuli-Ana su guión intermedio y el resto de cosas raras que la acompañan, se ha quedado en el medio mismo de la nada y con una tía enchufada en el poder popular, que  no la cree capaz sino de rezos y sollozos. No nos extrañaría para nada que la próxima vez, el nombre de la niña esté puesto en Frontera y allí, con toda seguridad, no habrá guion intermedio ni portadillas.

viernes, 15 de junio de 2012

Resignados

Llegué a buscar una batería nueva para mi auto casi a las 10 de la mañana. Un trámite nada complicado: ir a Auto Servicios Duncan, pedir que revisen mi batería vieja y pagar por una nueva. Tanto Rubén, mi mecánico,  como yo, estábamos convencidos de que no había otra manera de resolver el desperfecto. No es que me guste, pero mi auto me ha dado dolores de cabeza un poco más trágicos, cambiarle la batería pertenece al renglón “gastos de rutina”.  En la tienda no había otros clientes. Tres bien intencionados trabajadores se sortearon el gusto de sacarme una buena tajada de plata, y uno de ellos me entregó un papelito manuscrito, lleno de números  y me pidió que fuera a la caja a pagar.
En ese momento exacto entró a la tienda un hombre gordo y moreno que se bajó de un taxi y caminó hasta la caja. Un par de minutos más tarde, dos muchachitos estacionaron una moto en la entrada y caminaron detrás del gordo y delante de mí. No hubo ninguna violencia. Es decir, no hubo tiros (si, armas) ni gritos, ni cosa alguna que lamentar. Los dos muchachitos encañonaron al gordo, este sacó del bolsillo interior de su chaqueta un grueso fajo de billetes, un celular y su cartera. Los dos muchachitos revisaron la cartera, le devolvieron sus documentos, le quitaron un par de billetes de 100 que estaban dentro y voltearon a pedirle el celular al cajero. Yo había logrado ponerme a salvo. Parapetado detrás de un carro, no me vieron ni me pidieron nada.  En seguida salieron caminando con calma, abordaron su moto y huyeron. Nadie los persiguió. Nadie los vio perderse en el tráfico. Nadie gritó.
Caminé hasta la caja. El gordo (mensajero de la tienda)  a quien acababan de quitarle 7 mil bolívares, aseguró entre dientes que lo venían siguiendo desde una agencia cercana del Banco Mercantil. El cajero y aparente “encargado” del negocio solo atinó a decir que “la plata se recupera….eso no es nada”.
Cuando les sugerí hacer alguna denuncia, llamar la policía o intentar alguna defensa, todos me miraron como si yo fuera un extraterrestre.  Fue opinión general que llamar la policía o hacer denuncias es una pérdida de tiempo; es más, ellos están seguros que detrás de cada asalto de motorizados, hay un policía de jefe.
Pagué  mi nueva batería, la instalaron y todo continuó business as usual…el gordo en un rincón agradecía a sus dioses que no le hubieran pegado un tiro.  Por lo demás, ni fue el primer asalto, ni será el último.

martes, 11 de octubre de 2011

Bajo la lluvia, ellos...

Todos lo saben, en Mérida llueve. Llueve casi todo el tiempo. Llueve torrencialmente, además. No es una “brisita” que cae por un rato. Es una rutina a la que, si no nos hemos acostumbrado, es por obtusos. Amanece un día de espléndido sol, salimos creyendo que es hora de guardar los paraguas y en el momento menos pensado, el cielo se descuaderna en un aguacero de pronóstico. Diario.
No me gusta mojarme con la lluvia. Es uno de mis mayores cochoflos, no tolero la lluvia si ando a la intemperie; ergo, salgo muy poco, sobre todo por las noches, hora favorita de aguacero. Prefiero quedarme encerrado en casa viendo partirse el cielo. Anoche, sin embargo, hice una de las excepciones que justifican la regla, y salí como a las 9 y media de la noche, en un receso que me dio el palo de agua. Era importantísimo que fuera a casa de un amigo a entregarle ciertos documentos, además, me había quedado sin cigarrillos y aunque estoy en plena cruzada de voy-a-dejar-de-fumar, aun no puedo dormir sabiendo que en mi mesa de noche no hay cigarrillos. Nada, que me tocó incursión nocturna por las calles de una ciudad completamente abandonada por el afecto de quienes deberían amarla porque la habitan.
Pasear por Mérida, de noche, es algo que todos deberíamos hacer de cuando en cuando. Hacerlo, eso si, con los ojos abiertos y el corazón preparado. Ir a las avenidas del centro, estacionar (con grave riesgo) en alguna de las calles cercanas a la Plaza Bolívar y caminar un poco, con cuidado y en grupo, que la cosa no está para exponer la vida. Yo lo hice anoche (todo menos la caminata, me da verdadero pánico) y me pareció desolador; eso que tenía esta ciudad que la convertía en “bonita” se lo llevó el agua que baja caudalosa por avenidas estrechas y sin desagües. El centro de mi ciudad, es la sucia guarida de niños que deberían estar en la escuela, pero, que de noche, salen de sus madrigueras a sitiarnos, con su maldad menor de 14 años despertando entre los restos de una economía informal que nos ahoga formalmente. Están por todas partes, menoscaban espacio a otros seres de una noche que ellos controlan y, de dejarlo, dejarían a cualquier despistado con lo puesto.
Son ellos y el palo de agua; el que limpia el pavimento y nada más. Hay otra suciedad que a veces se antoja irremediable y no se lava con agua: la vida perdida de niños que deberían haber tenido padres que los cuidaran y estado que los protegiera. Tal vez, de haber sucedido, Mérida seguiría siendo la Ciudad de los Caballeros. O, por lo menos, fuera bonita.

martes, 21 de junio de 2011

Sin rodeos

Hace unos meses, en una conversación bastante casual entre abogados amigos, escuché un cuento aterrador sucedido en la cárcel de Mérida. Un recluso violó a la sobrina de un PRAN aprovechando la hora de visitas. Lo hizo para marcar su territorio, demostrar su poder y saciar sus instintos. Pero, le fue mal. El tío de la víctima, verdadero jefe de la cárcel y PRAN de antigüedad, dio la orden de vengar el mancillado honor de la niña: Sus luceros asesinaron al violador y colgaron su cadáver en el medio del patio. Allí permaneció hasta descomponerse, como muestra inobjetable del poder del PRAN, ofendido en su único compromiso, proteger a la familia. Ante mi horror, mis amigos se explayaron en historias, una peor que la otra, de las barbaridades que un PRAN es capaz de cometer para demostrar su poder omnímodo. Tal como las siglas de su título lo indican, los dueños de las cárceles venezolanas, no tienen nada que perder, como no sea la licencia que los autoriza a todo tipo de negocios sucios: tráfico de armas, de drogas, de celdas, de recesos, de comidas, de cigarrillos, de licores, de drogas y hasta del aire que los reclusos respiran. Tráfico público y sabido que, junto al recurso especial que les permite disponer de la vida de los demás, dentro y fuera de la cárcel, los convierte en temidos jefes de un colectivo que nos maneja desde un sitio tenebroso que recién este fin de semana ha dejado, por fin, salir toda su podredumbre. Es verdad, ha sido horrible. Sobre todo por los incontables rumores asociados, que hablan de incontables muertos, numerosos heridos, cientos escapados y cosas mucho peores. Nunca sabremos lo que pasó en El Rodeo entre el 12 y el 19 de junio. Sabemos, eso sí, que la verdad, la autentica verdad de las cárceles está en la calle. Ahora bien, es una verdad que implica otra y eso es lo que cuenta: La existencia de un PRAN se sostiene en la existencia de un funcionario corrupto, que ni ha pensado en la posibilidad de acabar con ellos. Es muy simple: un ser humano que es capaz de semejantes horrores, no merece consideraciones de ningún tipo. Ni siquiera merece estar vivo. Entonces, ¿cuál es el escándalo que tenemos armado por lo acontecido en el Rodeo? ¿A quién sorprende? ¿Hemos llegado a tal nivel de intolerancia que vamos a ponernos del lado de los PRAN? Con tal de ir contra los rojos, (malucos como son) nosotros, intentamos humanizar esa basura que es un PRAN poniendo en la mesa sus “derechos humanos”, mientras el desgobierno, los convierte en brazos armados de la oposición. ¿Será el agua lo que contiene el bichito inescrutable que nos volvió locos? Es cierto que la situación carcelaria tiene que cambiar, es cierto que hay que hacer todo lo posible por humanizar la vida de los reclusos, que deberíamos tener mejores y más decentes sitios de reclusión, que deberíamos estar en condiciones de brindar celeridad procesal y todas esas cosas que hacen falta en la administración de justicia. Sobre todo, es cierto que necesitamos darle estatus recuperable a algunos reclusos; pero no a un PRAN. Tampoco al funcionario que cierra los ojos ante ellos y no los combate. A ellos, y me perdonan los defensores de los derechos humanos, podríamos empezar por conseguirles juicios (justos) en los que la ley se ocupe de castigarlos de manera ejemplar. Como si esto fuera un país decente.

sábado, 7 de noviembre de 2009

El negocio de este siglo

Tenía varios días con cara de preocupación y angustia. Es profesora en una escuela de pobres y la verdad, no quiebra un plato. Cumple sus labores, se gana el cariño de quienes la rodean y regresa a casa. Nadie sabía nada de ella. Hasta ayer, cuando lo contó todo. Llegó - a buscar futuro - desde un pueblo del Táchira, hace años. Allá dejó padres divorciados y once medio hermanos con quienes mantiene excelente relación. También, la modesta fábrica familiar de textiles. Aquí se graduó de maestra y vive; con la austeridad del pobre que cree en el futuro. Hace una semana, mientras almorzaba en un restaurante de carretera, su padre fue secuestrado. Sin un tiro, sin forcejeos, utilizando la fuerza de la amenaza bien dicha. Una llamada alertó a los hermanos: La liberación del padre cuesta 400 millones de bolívares fuertes, una cifra que ellos pensaban no poseer, hasta que los secuestradores les sacaron las cuentas. Resulta que lo saben todo. Conocen al detalle el patrimonio de todos, saben exactamente como va el negocio, los movimientos bancarios del secuestrado y las direcciones de correo, números de teléfono, lugares de residencia y todo lo que se pueda saber de cada uno de los miembros de la familia. Según ella, los secuestradores son educados, hablan con acento bogotano, no son violentos y brindan a su padre ciertas comodidades básicas. Llaman por teléfono todos los días para dar claras instrucciones. Por ejemplo: El jueves les indicaron dirigirse a la oficina local de un banco nacional que trabaja con familiares de secuestrados para facilitar las cosas. Además, les permiten hablar frecuentemente con su papá. La policía del Táchira, después de escuchar una conversación telefónica con los secuestradores, se ha lavado las manos. Sucede que la policía venezolana no interviene en secuestros colombianos. Eso es un asunto de familia. La fábrica está en venta, el señor sigue secuestrado y la vida familiar en ascuas. La luna de miel con los delincuentes puede terminar en cualquier momento. A ella sólo le queda el poder de su fe, a la familia la certeza de que con la liberación de su padre lo habrán perdido todo. Es el nuevo orden. Es la seguridad de que trabajar o dejar de hacerlo no garantiza futuro alguno. Es el negocio del siglo XXI. Se llama secuestro y estamos a su merced.

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