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sábado, 23 de enero de 2016

58 años después...

Voy a robarme las palabras de mi tío Gerardo Mogollón, porque nadie me ha contado la memoria de ese día con tal carga de emoción:
 
“Josefita se fue el hombre, se fue,  ¡Josefita!! Con gritos de alegría hoy hace 58 años nos despertó a las 3 de la madrugada la infalible Ramona Meza, con su inseparable radiecito Blaupunk – regalo del capitán D´Arago - sintonizado en Radio Continente, en el que se escuchaba la algarabía de Manuel Martínez, “Manuel” en esa emisora, narrando la situación que se vivía en la Caracas amanecida en libertad. En Mérida, hacía lo propio Carlos Emilio Muñoz Oraá, a través de Radio Universidad. Perfectamente recuerdo las interminables marchas de pueblo/estudiantes que pasaban por la Calle Lora, desde la azotea de la casa de Petra Castillo y mi sorpresa al ver por primera vez carros ardiendo por el saqueo a Briceño & Del Olmo en la calle Zerpa…”
Gerardo no cuenta, porque tal vez no venga al caso,  que Ramona Meza era dueña y señora de unos afectos largos y sostenidos en la casa de mi abuela (la Josefita incombustible del relato) y que, Petra Castillo, era una bonachona y hacendosa mujer de nuestro vecindario, a quien igual se le daba bien poner inyecciones, remendar costuras o hacer ruedos. Mérida, una ciudad casi rural aun en 1958, tiene en este cuento, en estos personajes, lo mejor de una memoria que debería ser indeleble. No estoy seguro que lo sea. El 23 de enero de 1958 es, no solo una fecha muy lejana, también un día que a un grupo cada vez más numeroso de venezolanos, le suena a error y peligrosa nostalgia. Josefita (a quien en más de una ocasión la escuché cantando aquello de “Que viva Pérez Jiménez y la Guardia Nacional”) Ramona Meza y Petra Castillo, habitantes muy conspicuas de la calle 19, habían sobrevivido a la dictadura desde su conocimiento sin estudios de que, muchas cosas andaban mal, aunque se pudiera dormir con la puerta abierta en las vecindades de una calle larga de burdeles y mala conducta, hoy parte de nuestra historia con el remoquete de Cuatro Piedras. “Esta es una casa de familia decente” supongo debe  haber rezado el cartelito, guindado en el quicio de la puerta de las casas de estas tres mujeres; una de las cuales, mi abuela, se permitía, sin embargo, el desliz de coserle primorosas galas a las señoras de la vida que compartían dirección y tapia. Lo hacía porque sí y porque, de otro modo, no habría podido sacar a flote, sin marido, la familia de cuatro hijos que le tocó en suerte. Probablemente, no lo sé, lo hacía también porque sabía. Las mujeres de Cuatro Piedras a falta de una María Rosario Nava en los años 50, alcanzaron pedestales de heroínas en su lucha soterrada contra el régimen asesino de Marcos Pérez Jiménez. Es sabido y demostrado que, en sus cuartuchos, muchos de los valientes estudiantes que se oponían a la mano de hierro de un gobierno ducho en aquello de pisotear derechos humanos, pusieron a salvo sus vidas. Mi padre, entre otros. Una vez me contó El Cheo que, estando escondido en el cuarto de una famosa meretriz de Cuatro Piedras llegó,  preguntando por ella,  un conocido militar del régimen, a quien la dama en cuestión se negaba a llevar al dormitorio, sabedora de que papá estaba metido en un espacio que no daría de si ningún resquicio para ponerse a salvo; ante las ordenes del cliente uniformado y condecorado,  estando ocupados todos los cuartos del lenocinio, a la pobre señora no le quedo otra salida que “convidarlo a su pieza” y entonces fue mi padre testigo del “polvo más triste de la historia” como solía rematar el cuento, asegurando (opinión que comparto por puro lenguaraz que soy) que, de un militar afecto a una dictadura si hay algo que no puede esperarse es que salga campeón en olimpiadas de cama.
Estoy seguro que un día me sentaré con Gerardo, tío huidizo donde los haya, a rescatar memorias que él sabe como no hay dos; pero, en este golpe de suerte que ha sido para mí, revivir un año más la madrugada de ese día portentoso en que Ramona Meza escuchó en su Blaupunk, la cobarde huida del “hombre”,  no deja de parecerme irónico que estas decentes señoras bailaran la alegría de la naciente democracia, de la mano de las mujeres de Cuatro Piedras. Pocos años más tarde, un célebre agiotista de Mérida, mudó las putas de Cuatro Piedras a un espacioso local, montado con los detalles del caso, gracias a las ganancias obtenidas en sus tropelías de usurero. Cuentan que nadie se quedaba sin saldarle hasta el último bolívar conseguido en préstamo para solventar una emergencia y que, quien intentaba hacerlo, perdía el techo de sus hijos y hasta la ropa que llevara puesta.  La práctica de la usura en manos de este señor - negocio en el que otros merideños se aventuraron con similares agallas -  permitió a muchas familias de Mérida alcanzar honrosamente las orillas de la vida en democracia y, al avaro prestamista en cuestión, cimentar lo que fue su mejor empresa: un enorme y muy bien nutrido burdel, en las afueras de la ciudad, al que puso por nombre, como no, “23 DE ENERO”
Eran los primeros años de la democracia y la fiesta apenas empezaba. Hoy, yo también, tío Gerardo, “he recreado fotográficamente esos recuerdos imborrables (que no me pertenecen, porque no los viví) y sentí en mis oídos los mismos gritos de Ramona: Gerardo se fue el hombre, se fue”….
Amén tío, amén de los amenes…hoy más que nunca.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Llego la hora, ¿de qué?

Recientemente escuché a un analista político decir que era muy difícil gobernar un país habitado por 30 y pico de millones de politólogos. Esa afirmación me gustó, aunque me gustaría mucho más si cambiáramos el verbo gobernar (una acción que desconocemos en los años actuales) por vivir; una acción más parecida a lo que hacemos los venezolanos del siglo XXI aunque no a plenitud, ni mucho menos. Vivimos más bien a trancas y barrancas y con el credo en la boca, ensartados en una tarea incomprensible a la que llamo politificar. Todo tiene que ver con esto-que-nos-está-pasando. Fieles cultores de esa especie de destino atávico que nos pone a salvo de cualquier responsabilidad, solemos repetir consejas y frases hechas, para justificar la espera colectiva por el "líder" que ponga freno a la rodada; incluso, quienes con su voto contribuyeron la vez primera a instalar al difunto en las alturas, hoy, evidenciado un error que ya era obvio en 1999, esgrimen excusas baladíes para escurrir un bulto que pesa toneladas de culpa.
Esto-que-nos-está-pasando, sin embargo, ya está claro: la luz de los acontecimientos de los últimos días - y lo que nos falta por ver - parece que comienza a arrojar las primeras muestras de acuerdo, si no en el fondo, al menos, sin duda alguna, en las formas. Conceptualmente, digamos, hay una voz colectiva que se oye cada vez con más frecuencia: Dictadura, decimos al unísono los que vivimos diariamente el desasosiego de un miedo que nos impide ahondar en la comprensión de esa palabra malsonante tras la cual se esconden todos los horrores de este mundo. Trujillo, en la remota República Dominicana de los años 40 y 50 se fue a la tumba (de una manera muy sangrienta por cierto) después de haber diseñado numerosos accidentes de tráfico a la medida de sus opositores. Stroessner, en el rural Paraguay de mediados del siglo XX, calló la voz y la vida de los pocos que se atrevieron a hablarle duro, hasta terminar - en el exilio -  con sus propios huesos carcomidos por un cáncer tan aplaudido, como muchas veces negado. Videla, ese general que se hizo con Argentina un sayo, logró hacer desaparecer sin rastro a tanta gente incómoda, que no pasa un día del siglo XXI sin que alguna madre o abuela sureña salga a buscar una pista que la lleve a sus entrañas. Pinochet, aquel mal nacido hijo de un Chile desvastado por el comunismo inútil, dejó para la historia un legado tan oscuro que recordarlo, aun tangencialmente, es tarea que espeluzna y degrada la condición humana. En común tienen un título incomodo, desgraciado, irritante, no para quien lo lleva, sino para quien lo admite: dictadores. Hombres que creyendose predestinados se encubrieron en el poder para onanizar su egolatria. Tienen en comun también su escaso nivel de tolerancia, está usted con ellos o es usted un enemigo que no merece ni el aire que respira. Ponen a disposición de tal intolerancia prácticas oprobiosas como carceles en donde se maltratan cuerpos para ver si se pueden quebrar conciencias o, directamente, muertes accidentales cuyo claro mensaje casi siempre exhibe acuso de recibo y, al lado de tales horrores, el imperio del miedo, eso que algunos de nuestros analistas de peluqueria también llaman sicoterror tal vez porque la palabra se parece mucho a una mazmorra.
Definitivamente no es fácil vivir en medio de tales "circunstancias" pero, mucho menos lo es si, para hacerlo, tenemos que sortear todo tipo de diagnósticos. Vivimos, y eso ya es mucho decir, analizando nuestras desgracias, cuantiosas a no dudarlo, esperando posiblemente que la repetición perversa de todo lo que nos aqueja sirva de conjuro para salir de esto. Sabemos lo que nos sucede. Lo vivimos a diario. Repetimos soluciones que otro tendrá que poner en práctica y tenemos la certeza absoluta de que el otro chapalea en sus equivocaciones.
Pero, ¿qué hacemos nosotros para poner el estropicio a nuestras espaldas? Hace algunos años, en una visita a amigos en Bogotá comenté a uno de mis anfitriones lo mucho que la ciudad había cambiado. Victima por muchos años de las más terribles atrocidades, Santa Fe de Bogotá representó uno de los periodos más atroces de la historia reciente latinoamericana, vivir en esa hermosa capital significaba exponerse diariamente a volar por los aires despedazado por los efectos de un atentado terrorista o pasar algunos meses a la sombra en manos de profesionales del secuestro. Visitar Bogotá no era una opción y el mundo lo comprendió al conocer una de las mayores diásporas del siglo XX. Parecía que un día cualquiera la capital de Colombia se convertiría en pueblo fantasma. Poco a poco la ciudad (y con ella otras, emblemáticas del mal vivir y el desasosiego, como Medellín por ejemplo) comenzaron a limpiar su faz. Por supuesto que fue difícil, es más, por supuesto que la ciudad necesitó enfrentar terribles dolores en ese proceso de cambio; pero, hoy, a pesar de los pesares, la cara que exhibe es fascinante. Aun cuando sigamos pensando que sus políticos y sus dirigentes son "más de lo mismo" (mal endémico del continente) tenemos que admitir que Santa Fe de Bogotá es una ciudad repleta de bondades. Haciendo esa reflexión con mi amigo Juan Camilo, un escritor más bogotano que el ajiaco, él se aventuró una teoría que diariamente resuena en mis oídos
-          "Yo creo, me dijo mientras caminábamos por La Candelaria, que los bogotanos nos hartamos de tanta desgracia y cada uno, desde su trinchera, decidió vivir bien; a los golpes recibidos, poco a poco comenzamos a responder haciendo de esta ciudad el lugar en el que queríamos vivir"
No sé si Juan Camilo tiene razón o no pues dicho de ese modo suena demasiado sencillo, cualidad que no suelen tener situaciones tan tremendas como el infortunio que afrontamos nosotros; pero, darle por lo menos el beneficio de la duda, a mí personalmente me parece posible. ¿Qué estás haciendo tú para responder a los golpes haciendo de tu ciudad el lugar en el que quieres vivir? ¿Has pensado que realmente, el país, ese lugar más o menos idílico que significa patria entre otras cosas, empieza en el portal de tu edificio? ¿Qué has hecho, además de quejarte amargamente, para construir el futuro?
Estemos claros en algo: podemos lograr un cambio en las estructuras políticas que nos han sumido en este caos, eso no es imposible; pero, eso no es otra cosa que un intento, posiblemente cuesta arriba de comenzar a pensar el futuro. La cotidianidad no va a mejorar, por arte de magia, el día que logremos reinstaurar la democracia; es más, cuidado y empeora.
De modo que aquí estoy, apesadumbrado, lleno de miedos, imposibilitado de ver más allá de mi postigo, proponiendo formalmente que comencemos a alternar espacios. Es muy bueno tener la valentía de alzarle la voz al régimen, convertirse en arte y parte de un proceso electoral o dejar la vanidad en casa para ponerte unas horas bajo el sol a sostener una pancarta; pero, si después de hacerlo orinamos en la avenida porque nos estamos cayendo a palos en la puerta de un edificio cualquiera, no estamos haciendo nada por esa cosa inasible que todos llaman "mi patria".
Yo estoy seguro que se puede. Es solo cuestión de intentarlo: el día que comprendamos que una ciudad limpia, bonita, con habitantes que son amables y se respetan entre sí y con espacios donde lo que vale es la gratificación de los sentidos y la buena conversación, comprenderemos también que no somos una recua de ganado y habremos comenzado a recuperar, verdaderamente, la dignidad perdida. Créanmelo, a un pueblo que se sostenga sobre las piernas de su propia dignidad, no hay dictador ni reyezuelo que lo doblegue.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Ellos, los tremendistas...

Por más que uno haga serios intentos por evitar ser consumido, en su tiempo y energías, por esta vorágine peligrosa que conocemos como gobierno bolivariano (sea lo que sea lo que implique tal concepto) en Venezuela, es totalmente imposible darle la espalda al viacrucis e intentar normalidades parecidas a lo que conocíamos por vida hace apenas 16 años (complicada, está bien, pero con temas de conversación mucho más amenos, no me dirá usted que no)
Desde que Dios echa la luz del día - agradezco no refutarme esa afirmación dado que, tal como vamos, aquí la luz de cada amanecer tiene obligatoriamente que ser obra de algún Dios - cualquier venezolano de los de aquí,  tiene como tarea primordial prepararse para vivir lo que las siguientes horas pueda depararle. Aclaro que con lo anterior no estoy refiriéndome a la posibilidad (certera) de pasar el susto de su vida a manos de un malandro, o abrir la alacena para descubrir que "el mejor desayuno del mundo" (arepas con queso frito y mantequilla)  se ha convertido en galletas con café cerrero, gracias al milagro económico del desabastecimiento socialista; no, eso ya se convirtió en parte del así somos, viene adosado al gentilicio. Estoy haciendo alusión cuando digo prepararse, a descubrir, redes sociales mediante, la nueva declaración efectista de alguno de nuestros jerarcas. Es increíble. Cierto que decir babosadas es una obligación de todo político que se precie, sea de nuestro bando o no; pero, el tremendismo que los rojos de nuestro patio insisten en cultivar, tendría que ser objeto de estudio.
Frases abiertamente erradas, equivocaciones de juicio, pifias conceptuales, tropezones geográficos, redundancias, insultos y expresiones descalificadoras, han sido - y son - el léxico instituido por el difunto para convencernos de lo poco que valemos como sociedad y lo mucho que necesitamos la mano redentora de sus ungidos. Peligrosamente, a todas esas expresiones nos hemos ido acostumbrando y, de todas, hemos hecho infinidad de chistes que, inconscientemente, nos han persuadido de que somos majunches, escuálidos, hijos de papá y mamá (bueno, eso literalmente sí que lo somos) padecemos alguna tara genética y/o peor aún, necesitamos odiarnos entre nosotros para resurgir desde el odio o algo así. Ya ese daño está hecho. Algún día (ojalá pase algo que los borre de pronto) restituiremos la perdida convivencia. Lo que no se si podremos superar son las explicaciones que insisten en darle a esta crisis que se agiganta con las horas, o las ideas brillantes expresadas por los voceros del régimen para sacarnos de abajo.
Si para nuestra desgracia ya son históricas expresiones tales como "las colas en los supermercados se deben a que el venezolano tiene mayor poder adquisitivo" (o las variadas versiones que nos convierten en muertos de hambre recuperados por las bondades del comunismo)  la tranquilidad que produce saber que tales expresiones no son otra cosa que pataletas de ahogado, empieza a desvanecerse ante cada nueva arremetida.
Ha sucedido en un sinfín de ocasiones. Es como si "gobernar" en el transcurrir del siglo XXI en estas latitudes fuera, única y exclusivamente, un desafortunado ejercicio dialéctico. Nos han amenazado, nos han regañado, nos han modificado nuestra manera de conocer las cosas, nos han prometido una inmensa cantidad de felicidades inútiles y, lo más grave, nos han inventado las soluciones más disparatadas para los gravísimos problemas de nuestra cotidianidad. Un día cualquiera aseguran, a los cuatro vientos, sin mover un musculo de la cara, que si no hay pasajes aéreos es porque las líneas aéreas han desviado intencionalmente los vuelos regulares para atender la demanda generada, por ejemplo, por el último mundial de futbol y, con el mismo gesto, aseguran vociferantes que no son verdad las largas colas que se forman delante de cualquier expendio de alimentos del país, para, más tarde, anunciar que nuestros problemas se resuelven dejando a los niños sin escuela, para convertirlos en pequeños campesinos a cargo de la producción de lo que comemos. Lo sueltan, mas a siniestra que a diestra, y siguen tan lisos, excavando en la mina particular en que han convertido esta tierra, sin que gesto alguno delate remordimiento de conciencia.
Ellos sueltan su sarta de disparates, de los que pocas veces llegan a realizar uno en concreto, y nosotros escuchamos dándoles, mal que nos pese, el completo derecho a hacerlo; después de todo, si usted no está en una cola o en algún sitio público, (la televisión no cuenta, es de ellos) se supone que cada venezolano puede expresar su opinión. Es decir, cada venezolano, ellos incluidos, puede decir misa, si tiene quien se la oiga; pues bien, con ese dicho castizo tan propio de mis tías merideñas, nosotros nos instalamos en el centro del problema; resulta, para nuestro pesar, que ellos tienen quien se las oiga: ni más ni menos que TODOS los venezolanos, quienes los adversan y los poquitos que los apoyan. Con semejante auditorio, tener un verbo efectista (materia en la que son aventajados) es no solo fácil, también muy conveniente. Sería bueno hacer, por pocos instantes, el ejercicio de no escucharlos o por lo menos, de darles la espalda y no repetir con tanta intensidad cada palabra desafortunada que sale de sus bocas; como la famosa frase aquella, de contenido religioso que no pienso repetir aquí, porque nos convirtió a todos en majaderos reproductores de un mensaje sin ningún sentido, posiblemente dicho con la marcada intención de disfrazar la vacuidad de un momento en el que el país nacional, exigía cuentas claras y chocolate espeso.
Yo estoy seguro que se puede hablar de otra cosa. Que nuestras cenas y encuentros con amigos no tienen, obligatoriamente, que ser ocasiones para repetir una vez y otra las anécdotas no siempre ciertas que ilustran los desaguisados de los camaradas. No solo estoy seguro, creo que es menester hacerlo para empezar a acostumbrarnos. De no hacerlo, corremos el riesgo de no saber que hablaremos el día (no muy lejano, esperamos) en que por fin se acabe esto-que-nos-está-pasando.

viernes, 5 de septiembre de 2014

La Quinta MAMA

Un post publicado en un excelente blog dedicado al diseño y la arquitectura, me sirve  como excusa para repetir, sobre lo que somos hoy,  un pronóstico desahuciado, muchas veces advertido. Una larga perorata virtual ha puesto sobre el tapete intimidades de una parte de la familia extendida de quien fue el penúltimo dictador venezolano - único que se reconoce como tal en nuestra historia contemporánea (escrita, ya lo sabemos, a trancas y barrancas) y lo hace, casualidades de esta vida, hablando de una casa caraqueña, tenida por muchos (el autor del post,  entre otros) como residencia personal del dictador.
Se trata de la Quinta MAMÁ, ubicada en la calle Mohedano del prestigioso Caracas Country Club; una casa francamente insólita perteneciente al hermano de Pérez Jiménez, Francisco, en la que el habitó hasta su muerte en compañía de su esposa y su mamá.  Hablar de esa casa tomaría páginas de una excesiva especialidad que no poseo;  lo que se me antoja indispensable es, hablar de lo que hablamos, quienes leímos lo publicado sobre la casa. No sé exactamente cuando fue; pero, en algún momento de los 90´s conocí esa casa por puro accidente. Llegué hasta allá en uno de mis peregrinajes de productor buscando algún mueble indispensable para el éxito de una puesta en escena, y quedé absolutamente maravillado.  La casa, construida con la intención de asemejar un barco, tiene todos los detalles que hicieron de la década del 50 un hito en la arquitectura criolla y además, tenía  una carga histórica realmente estupenda. Francisco Pérez Jiménez, me recibió en la puerta de la mansión para servirme de guía por los recovecos de la casa que, entre otros encantos, tenía el de ser la residencia personal del hermano de un dictador cuyas historias de horror se repetían en mi mesa familiar desde siempre.  Francisco, amable y buen conversador, me mostró el rocambolesco oleo de Doña Adela Jiménez de Pérez que presidia el salón y desde allí, se ocupó de guiarme orgulloso por todos los rincones de la fastuosa residencia, para ese momento en franco deterioro de venta de garaje. Durante toda mi visita, una señora obviamente enferma, atestiguaba la escena como si no le perteneciera.
Me impactó. Tanto que le conté a mi amiga Lupe Gherembeck mi hallazgo y,  a cuatro manos,  escribimos el guion de 50 – 90  era jugando, un cortometraje que más tarde hicimos bajo la dirección de Carlos Castillo. La casa era, con expresión de sifrino bocabierta, in-cre-i-ble.  Tres pisos en los que nada se había quedado sin intentar. Un elevador de esos de película italiana, pisos de mármol en diferentes tonos, un salón de techos policromados en los que había un escudo de Venezuela, una capilla encomendada a la Virgen del Valle, un cuarto en el que se almacenaba una inmensa colección de estampillas y monedas y un observatorio con esplendidas vistas a los campos de golf y un telescopio, montado con todos los hierros, para observar las estrellas.  La guinda del postre: una piscina con forma de guitarra (cuerdas y todo lo demás, pintadas en el fondo) que presidia un jardín en cuyos muros se acumulaban frescos de lo que se conoce como “paisajismo venezolano”.  Nunca la pude olvidar, sobre todo porque la visité muchas veces, hasta que un día cualquiera, un seguroso con pinta de matón de barrio impidió, para siempre, mi acceso.
Han pasado muchos años.  Hace pocos días, el santo Facebook que todo lo sabe, me invitó a leer una publicación en un blog que versaba sobre la casa. El artículo, acompañado de algunas líneas alertadoras de nostalgias, es más bien gráfico: contiene una excelente galería de fotografías de la casa. Entonces, me fue imposible dejar de contar mi experiencia con la mansión para contribuir a esclarecer un asunto vital: la casa, en contra de lo que afirmaba el autor del blog, nunca fue de Marcos Pérez Jiménez, ni tenía mazmorras o calabozos aterradores.  Fue la casa de su hermano. Nada más.
Es entonces cuando fui absorbido en un foro virtual supremamente interesante, que poco a poco fue revelando su venezolanidad: en poquísimos comentarios más adelante, la discusión se había tornado casi exclusivamente política. Peor aún,  casi exclusivamente, pro Pérez Jiménez. No hace falta ser demasiado inteligente para deducir una primera cosa: un blog dedicado a la arquitectura y el diseño grafico, tiene un público muy especial: imagino que joven, culto y relativamente conocedor de “exquisiteces”, pues bien,  en un poco más de 40 comentarios, la mayoría habla con nostalgia de la vida bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Un capítulo horrendo de nuestra historia, al que quizás, de acuerdo a lo leído, estamos empezando a  romantizar peligrosamente.
¿Qué Pérez Jiménez llenó de edificaciones y obras de infraestructura la capital de Venezuela? Si, es cierto. Mussolini en Italia también lo hizo. Hitler en Berlín, concibió el aeropuerto más moderno del mundo, hoy día convertido (como por ejemplo, el Helicoide) en una mole de cemento al que nadie sabe que uso darle definitivamente.  ¿Que con Pérez Jiménez podía uno dormir con las puertas abiertas? Es verdad, parece que se podía. Porque los que se atrevían al indecoroso asunto de abusar, eran exterminados junto a los disidentes de la dictadura. ¿Que con Pérez Jiménez todo alcanzaba? Si, es posible,  La abundancia de esos años, cerraba las puertas de las mazmorras de la Seguridad Nacional.  ¿Seguimos?
Si la vida en los tiempos de Pérez Jiménez hubiera sido tan buena, ¿Por qué estamos tan fascinados con la idea de que, en esa casa en particular, estaban ocultas una serie de mazmorras y calabozos, que daban pie, en las noches de soledad, a ruidos de fantasmas y aparecidos? Me ha sorprendido un mundo constatar que, toda discusión que se forme en torno a esa casa, es una prueba más de los tiempos actuales: estoy seguro que en un futuro, no muy lejano, hablaremos de las viviendas dignas o pent-houses de súper lujo, con la misma morbosa fascinación.
Es lo que tiene el anonimato de las redes sociales: aguanta tanto como el papel que ya no existe o la Quinta Mamá, con la que no hacen, todavía, nada útil.  Venezuela, pues, en cinco mil metros cuadrados y 64 posts.

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