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sábado, 24 de diciembre de 2016

Memorias de Navidad

Uno cruzaba a la derecha, al llegar a la Avenida Alejo Zuloaga de El Trigal y la segunda casa a la izquierda era la Quinta Mis Nietos; era Valencia, primero que nada, fiesta de primos, patio de juegos y escenario de memorias. Era la casa de mis abuelos, la casa de los Liendo. La casa de Ofelia y mi Tía Gladys o la presencia de un príncipe venido de Puerto Cabello (o Choroní, o por esos lados, pues esa información siempre cambia) que era Don Juan, el abuelo a quien la muerte libró de un mal recuerdo grabándolo para siempre en nuestra memoria como el hombre más bello de este mundo y punto. Era sobre todo - y sigue siendo - la Navidad, aunque una nueva generación haya cambiado escenarios,  el Trigal siga siendo Valencia y la Quinta Mis Nietos no exista más.
Era una casa enorme, tanto que encerrados bajo el ojo escrutador de la abuela Ofelia, sus pisos de granito fueron nuestras primeras pistas de patinaje.  Despertábamos en cualquier habitación – nadie tenía habitación fija si llegaba de visita – nos calzábamos los patines Winchester cuyas llaves manejaba magistralmente mi hermano Luis y enloquecíamos al tropel de adultos que entraban y salían prestándonos la más pequeña atención. Los niños, siempre que estuvieran dentro de los límites de la gran casona, eran olímpicamente ignorados después del primer saludo y las carantoñas de identificación que permitían establecer primogenituras. Nosotros éramos hijos del primer matrimonio de Cheo, por tanto, junto a los Romero, hijos del único (indisoluble) matrimonio de Gladys, eramos primogénitos dueños del cariño, el regaño y la atención de los muchos que iban llegando. Por ahí campeaban también los hijos del primer matrimonio del Tío Popito, Mamita el primer amor de todos (a quien yo lancé inadvertidamente por una escalera ocasionándole un año de yesos y otros malestares) y Juan Alberto, el más peleón y más difícil de los que llevan el pleito rápido en el ADN de los Liendo y los primos, grandes y robustos, herederos de la buena onda de mi Tío Iván y la simpatía de Beatriz Cedeño, la tía que se volvió tan Liendo que se nos cae la baba por ella.  A nuestro lado, para protegernos de los extraños, la complicidad de Gladys y Leopoldo era orden sagrada que compartían sus hijos, nuestros primeros hermanos, Los Romero, compañeros de todo lo bueno y todo lo menos bueno de aquella era que, como la canción, parió un corazón que sirve para aguantar lo que venga.
Era también una casa de locos. Literalmente.  Una casa que conoció varios tiempos, los de Don Juan, que la convirtió en palacio. Los de la enfermedad de Don Juan, que la convirtió en un triste hospital silencioso. Los de Ofelia, viuda al garete, que la convirtió en casa de abuela. Los de la tía Beatriz, que la convirtió en alegrías playeras a bordo de un Fairlane azul turquesa. Los del tío Negro, que la convirtió en fiesta y los de mi papa, que la convirtió en nuestra, aunque solo fuera por unos días al año.
En el piso de arriba, el tío Leopoldo y mi papa amanecían, con una botella de ron en la mesa y discos de Blanca Rosa Gil que todavía existen,  tratando de cambiar el mundo mientras alimentaban una amistad que no logró destruir la muerte. En una habitación misteriosa detrás de todo, mi Tío Enrique, guapo y jovencísimo, terminaba estudios y nos hacia la vida a cuadritos tanto como nosotros se la hacíamos a él. En el piso de abajo, la Abuela Ofelia (Fella, la O, le decía mi madre) mandaba con mano de hierro, guantes de seda y modales de margariteña (hay que tener una abuela playera para saber lo que eso significa) sobre esa  casa que parecía gravitar sobre una cocina grandísima encendida las 24 horas. Mi abuela Ofelia hacia las mejores cachapas, las mejores arepas, el mejor pisillo de chigüire y las mejores hallacas de este mundo. Hacia los mejores papagayos (de verdad era una experta haciéndolos) y tenía una amistad indestructible con la playa, las arepas de maíz pelado y los cuentos de espantos y aparecidos. La abuela Ofelia amaba la casa llena y era grosera, aspaventosa y reilona. Debe ser por eso que cada 24 de diciembre me provoca verla sentada en el sillón reclinable de la antesala de su habitación (un bunker al que teníamos acceso los nietos, a pesar del reinado inalienable de Chabela) alimentando un ventilador industrial al que siempre, siempre, quisimos meterle la mano (gracias a Dios que ella no nos lo permitió) devorando telenovelas o desgranando las cuentas de un rosario demasiado grande para ser tomado en cuenta. Debe ser por eso  que me parece un privilegio haber salido de esa casa ruidosa en la que siempre sonaba Billo`s desde el primero de diciembre (vengo del olivo, vengo del olivo, voy al olivar, un año que viene y otro que se va)  se tendían hallacas casi a diario pues,  cuando los tiempos apretaron, Ofelia se busco la vida vendiéndolas, y se recibía gente – de todos los caminos – para celebrar una navidad que, por supuesto, terminaba en peloteras de borrachos, pleitos ancestrales (los Liendo toda la vida pelearon por las mismas razones y toda la vida pelearon durísimo) en donde era imposible emular la vida principesca que Don Juan se llevó a la tumba.
La Quinta Mis Nietos ya no existe. La mayoría de quienes engendraron los nietos que le dio nombre, tampoco. La Navidad es un recuerdo del que casi no hay celebración ahora. Los tiempos felices se fueron yendo en cada ladrillo de la Quinta Mis Nietos que se llevó el progreso y se enredó en el  pregonar de unos tiempos nuevos que fracasaron llenándonos la vida de desesperanzas; pero, todos tenemos la casa de los abuelos. Todos tenemos un refugio. Apelemos a él para saber que podemos echar a andar por alguna senda de bien otra vez. Que esos tiempos fracasados no pueden ser más una visión de frente, que ya está, que terminaron. Que nada puede ser peor, que ya no pueden hacer mas daño.
Todos tenemos una liana de la cual sujetarnos para saltar al otro lado. Es Navidad, pensemos en eso; pensemos en lo que significa este día, pensemos en el motivo por el que hoy el ánimo de fiesta se ha mermado y vayamos en su búsqueda, aunque solo sea para volver a celebrar una Navidad que signifique algo de lo que somos, porque, después de todo, cada Quinta Mis Nietos de esta tierra vuelta añicos, merece un minuto de memoria, un minuto de querer salvar lo que tiene de cada uno, lo que tiene de esperanza y lo que tiene de sembrado. Decía mi madre, repitiendo una copla leída en alguna parte, “lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”  usted y yo sabemos que esas raíces están sepultadas en muchas Quintas Mis Nietos, en muchas Avenidas Zuloaga, en muchas casas de cuando éramos chiquitos.
¿No es cierto que la Navidad es renacimiento y reflexión?  Que renazcan entonces,  en cada venezolano, las paredes de la casa de su infancia, los jardines de la casa de los abuelos. Que encontremos las llaves y abramos los arcones. Que encontremos las fuerzas en la hallaca de tiempos idos y volvamos a sentarnos a la mesa, juntos,  para renacer todos los días de los años que nos quedan para reconstruir futuro, esa tarea urgente e impostergable que nos obliga a todos.

FELIZ NAVIDAD!

jueves, 24 de diciembre de 2015

NOCHEBUENA!


Hoy volvemos a ser parte, un año más, de esa algarabía que en estos lares se manifiesta con ruido. Mucho ruido. Música sonando desde un amanecer cundido de preparativos, pólvora estallando porque si,  como ensayo de la que reventará esta noche. Abrazos. Carcajadas. Comida. Montones de comida que parecen milagro del Espíritu Santo y una mesa, servida con las galas que cada uno puede permitirse, esperando por una o más rondas de comensales hambrientos de navidad, atilampados de buenos deseos, ebrios de Niño Jesús y regalos. Hoy es ese día del año. Hoy es Nochebuena. Hoy nos toca, con alegría, sentarnos a la mesa de nuestros amores y celebrar la buena noticia: en un portal de Belén, que es el corazón de cada uno de nosotros,  ha nacido el Niño Dios. El Niño Dios suyo, mío y de cualquiera. El que se viste de sedas o el que casi desnudo manotea a una mula y un buey. El que no despierta sino un levantar de cejas escéptico o el que nos llena el corazón de fe y ganas de estar bien, estando. El Niño Dios que cada quien, equivocado o no, ha decidido hacer crecer dentro de sí. 
 Le propongo, entonces, una manera especial de recibirlo (porque, aunque sea usted el más descreído de los seres, hoy se renueva la esperanza y nos llegan buenas nuevas) Esta especial Nochebuena pueble usted su vida de autenticidad. Llene usted su vida con lo mejor de usted mismo. Haga usted que su vida tenga un momento para detener el carro y recuerde que,  aunque no está usted en capacidad de amar a todo el mundo, literalmente; si que está de hacerlo a lo más cercano que usted tiene. Revise pues sus amores. Esparza pues sus cariños. Enseñe a quien requiere aprendizaje, aprenda de quien disfruta sapiencias. Traiga a la mesa más luz y menos cantinela, sirva un banquete en el que la algarabía vaya despertando en boca a medida que empiece a ser saboreado. 
Y lleve usted a su mesa, su país. Llámelo como quiera. Póngale el mote que haya escogido para nombrarlo. Hoy, aceptamos incluso que Patria no es una mala palabra. Escuche algo, por bien que le esté yendo a usted en estos tiempos, recuerde que si a su país no le va igual de bien, su vida será agua de borrajas más temprano que tarde. Anímese, traiga el país a su mesa, es mas, conviértalo en su mesa. Engalánelo con el amor que tantas veces ha dicho profesarle y agradézcale lo bueno y lo malo que le ha dado. Quizás, si todos entendemos que este techo que nos protege tiene un nombre biensonante, seamos capaces de curar tanta herida y tanto daño.
 Es Nochebuena. Debe ser por algo que solo a la noche de hoy le llamamos buena. No es poco, la bondad es una fuerza infinitamente milagrosa. La bondad es buena, en sí misma y, porque se regocija en serlo, la bondad es buena. Créalo. Aunque a su mesa hoy no se sienten sus hijos, aunque a su mesa hoy no se sienten sus padres. Aunque a quien dio usted lo mejor de su amor hoy escoja otra mesa y otra hallaca; créalo, la bondad es buena. Es tiempo de dejar de preguntarse si aquel amor a quien no logramos convencer de nuestras maravillas, alguna vez ha pensado en nosotros. Es hora de aparcar el luto y la melancolía, de recordar que la nostalgia es una mala trampa. Traiga a su mesa bondades; es cierto que cuando se sirven bondades, el deseo empreña realidades nuevas. ¿Por qué esperar? Usted no sabe si tendrá otro chance. Sea usted su Nochebuena, más allá de toda fruslería. Más allá de toda circunstancia.
Es Nochebuena y a mí, particularmente, no me queda más que agradecer  todo lo que me han dado.  El amor recibido, los hermanos demandantes, la familia bulliciosa, los amigos rezagados, los amores postergados, los compañeros de vida, la generosidad y la palabra. Es Nochebuena y yo quiero que usted y yo celebremos bonito la buena nueva. Celebremos bonito la esperanza, celebremos alegres la bondad. 
Ni soy ni quiero ser profeta de mejorías; pero, lo mejor que tengo para compartir es la palabra almibarada de muchas navidades vividas en la celebración espléndida, en la preparación del adiós, en la soledad del forastero, en la despedida que renuncia o en el abrazo alborozado de la bienvenida. Venga, tenemos razones para creer. Celebre la bondad de una proeza colectiva inimaginable y, aunque tenga usted las maletas hechas, brinde por esta cosa rara que revuelve gentilicios y maneras; tenga usted la fineza de recordar que está soplando brisa, guarde usted los abanicos para cuando haya que espantar moscas. 
Dios lo bendiga (su Dios y el mío, no importa, que bendiciones no se prodigan ni se rechazan) Reciba usted desde mi corazón agradecido y contento todas las ganas de que, esta noche y muchas noches, a su mesa se sienten bondades, alegrías y banquetes....

lunes, 23 de diciembre de 2013

FELIZ NAVIDAD!!!


Tal vez sea el típico asunto ese de la edad, el tiempo que pasa y lo que cantaba Pablo Milanés, cuando podíamos darnos el gusto de escucharlo sin que se nos revolviera el alma (básicamente porque no sabíamos lo que era, o nos hacíamos los locos) pero, la Navidad para bien y para mal es, cada vez más, un tema más cercano a la melancolía que a la alegría pura. También y eso lo salva, más cercano a la reflexión y al deseo de empezar a moverse para ver si de verdad, verdad, ponemos un poco de arrojo para que amanezcan de Navidad todos los días del año. Por suerte es y cómo no, un tiempo para la solidaridad, para la sonrisa y para el gesto amable que signifique un freno ligero al zaperoco habitual y todo ese montón de cosas que en estos viernes del almanaque, nos hace un poquito más gente.
Entonces, ¿qué corresponde decir cuando, puestos frente a la temible hoja en blanco, la tarea que nos imponemos es tratar de decirle - a todo el que quiera escucharlo - algo que realmente suene a Feliz Navidad, miras alrededor y la verdad es que razones para celebrar, andan escasas?.  Se me ocurre que, a pesar de todo, empezar por agradecer es una buena idea. Agradecer fundamentalmente a la vida, esa cosa complicada que algunos días se pone difícil, pero que saca sus galas también de vez en cuando, para darnos buenos regalos. Agradecerle a Dios, que en mi caso es un señor barbudo y guapo, bajado de la cruz esa horrorosa y que en el tuyo es lo que es, pero sirve para creer en algo. Creer, esa maravillosa forma de enfrentarse al futuro pensando que lo mejor esta aun por venir, aunque pensemos que ya ha venido.  Agradecerle, también, a los que se tomaron un tiempo para estar cerca de uno, para abrazarlo a uno en un día cualquiera y para los que no lo son tanto, pero te mostraron un sendero por el que se puede ir en la vida, junto a ellos o en dirección contraria. Agradecerle también y más que nada, a esos que día a día están recordándote que compartes más que un ADN y un ligero mal carácter porque les hemos llamado familia.
Después de agradecer, nada como recordar que compartimos una cosa muy grande que a lo mejor se llama país - o el nombre que cada uno de nosotros quiera ponerle - Que no es un equipo de futbol, pero sí;  que no es una mesa servida, pero sí; que no es un pedazo de tierra, pero si. Que quizás sea un sentimiento, pero es mucho, mucho más que eso y que merece arrimarle el hombro, no como mención de sugerencia sino como obligatoriedad decente de gente grande.  Es la Navidad el momento para pensar en ello, teniendo en cuenta que lo que se nos viene encima no es cosa fácil.
Que sea leve pues, es un deseo que clama a voces mi corazón aprehensivo y mordaz. Que nos encontremos en el desencuentro, aunque para ello necesitemos construir un milagro que hoy se ve imposible delante del pesebre y las albricias. Que venga con lo que sea, pero que venga. Que traiga su carga de sinsabores, que venga con las tristezas justas para que de ellas aprendamos a vivir la vida que cada uno quiere vivir, sin olvidar la que le toca y no siempre es buena. Que traiga la Navidad un poco de sosiego, un mucho de entendimiento, una carga justa de alegrías y un momentico verdadero para mirar a los ojos de quien tenemos al lado.
Que sea bonita, como no. Que sea divertida, también. Que alguien nos dé un abrazo que estremezca los huesos y nos diga una palabra cursi para alegrarnos el ceño.  Que suene la pólvora, aunque la odiemos y aprendamos del Eclesiastés que todo lo que se quiere, debajo del cielo, tiene su hora.
Feliz Navidad, lectores queridos. Feliz y buena. Feliz y productiva; pero sobre todo, feliz y leve. Que nos fortalezca el ánimo para entender el sin sentido.
Feliz Navidad y un millón de gracias!

lunes, 31 de diciembre de 2012

Que sea leve...


Una vez más en nuestras ya largas vidas, estamos a pocas horas de saludar la llegada de un nuevo año,  despidiendo este que hemos vivido capoteando lo que nos ha ido mandando la vida. Es un rito, más o menos familiar (según como cada quien decide) que repetimos cada vez con el mismo entusiasmo de la infancia, pero con más reservas; en algún momento de la noche nos preguntaremos que estamos haciendo, o peor aún, por qué lo estamos haciendo.
La noche del 31!! Oh My God. Es predecible, es parecida a la del año pasado y es la gran ocasión de la felicidad obligada. Pero, está ahí. No podemos hacer nada  para evitar su emocionalidad y todo lo demás que trae aparejado. Entonces, ¿qué hacer?  Unirse a la fiesta y disfrutarla como cada quien buenamente pueda.
¿Por qué hacerlo?  porque creo que francamente entramos en una época de grandes dificultades. La poca comprensión que todos parecemos tener de “eso que nos sucede” y la pérdida de todo respeto y consideración por el bien colectivo,  nos ha estacionado a las puertas de un año en el que veremos desaparecer lentamente todo lo que conocíamos y gozábamos  como  comunidad.  Eso es lo que hemos construido todos, y todos somos responsables del resultado,  sea cualquiera que sea, si es que alguna vez ese resultado deja verse.
Pero, no conviene en un día como hoy ponerse pesimista,  ni añorar las épocas de las uvas importadas que comprábamos por cajas y las grandes fiestas de Año Nuevo. Me parece que es mejor ponerse creativo. Entender que probablemente hemos sido arrogantes,  nos hemos creído superiores, intocables,  con privilegios de casta o sabe Dios qué cosa. Ha llegado el momento de bajar  la mirada hacia el otro.  Quién sabe si lo que falta por hacer,  es echarles una mano que busque junto a ellos algo parecido al bien colectivo. Estoy completamente seguro que si lo logramos, comenzaremos a ser individualmente mejores. De modo que,  así como lo dije en Navidad, mi único deseo, (además de que los golpes sean suaves) es que desde las inmensas pruebas que le pondrá el 2013 a nuestra paciencia y tolerancia, tengamos disposición para ser un poquito activistas de algo que desconocemos y se llama comunidad.  No se me ocurre ninguna idea mejor para aguantar el chaparrón, como no sea abrir un paraguas a muchos kilómetros de distancia.
Y no lo digo porque personalmente quiera ser activista de algo. Es una enseñanza que me ha dejado un año que no fue especialmente bueno. Pero tampoco lo digo porque quiera encerrarme a bramar inconformidades sin pensar en otras cosas.  De modo que aquí está: el año 2013, temido y esperado, ha llegado. Ojalá y nos sirva para aprender a cambiar las cosas que no queremos vivir  desde dentro de nosotros y al lado del que podría estar equivocado.  Si lo hacemos, todos, será un gran año. Sin duda.

martes, 25 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

Llego un poco tarde a la Navidad de este año. Suelo ser más cumplido, tener mejor sentido de la oportunidad. Es decir, esto,  he debido publicarlo ayer o esta mañana. Para quien no lo sepa, en Venezuela, el día más importante de la Navidad es el 24 de Diciembre y no hay más. Por eso me siento un navideño tardío.
¿Tuvieron una bonita Nochebuena? Es decir, ¿comieron con familia o amigos y se divirtieron y nadie se puso pesado e intentó acabar con la cena porque la mejor hallaca la hacia su mamá que se murió hace 15 años? Es más, ¿comieron hallacas a pesar de la escasez de varios productos caseros y la mentada crisis? Si fue así, me alegro mucho. No hay nada que se compare a esa sensación de calorcito grato que es la mesa servida en la casa de la familia. Si no, espero que de todos modos se las hayan arreglado para pasarla bien.
Hoy termina “oficialmente” el jolgorio navideño. Las tiendas comienzan a estar mas vacías, la gente a estar más tranquila, se come menos (mucha sobra, eso sí)  y de alguna forma, para mucha gente empiezan una vacaciones que tan solo duran dos semanas.  En Enero se pondrá todo en marcha otra vez.
Tal vez ese sea el mayor problema: estamos esperando Enero con ansiedad para ver si nos enteramos que sucederá con nuestro país. Basicamente, para saber si existe algún plan oficial que no se limite a  misas de sanación. Toca entonces pedirle al Niño Jesús que todo sea leve. Que aprendamos a caminar entre el desorden, que sepamos como torear la anarquía, que busquemos una manera de ser nosotros mismos sin dañar al otro y que en medio de todo, recibamos salud y otras cosas sin las que no se puede echar un pie adelante.
Así que acabo de hacerlo, ese es mi deseo de navidad: que venga lo que sea, pero que no nos pegue duro. Que sea leve, pues. Muy leve y benigno.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Gracias en el Espiritu de la Navidad


Esta es una nota que no imagine escribiría. Por varias razones:  porque se presta a cursis lugares comunes, porque a lo mejor es una cosa más bien privada y porque tiene ese tinte “espirituoso” al que uno no termina de atreverse para evitar ser demasiado new age. Pero, hoy es el día del Espíritu de la Navidad y eso de alguna manera movió los significados,  allá en la profundidad de algo que no se cómo llamar y es lo que se ocupa de hacernos emocionalmente reflexivos.
Para lo demás no tengo justificación ni explicación alguna. Esta es una nota pública de agradecimiento y a mí me ha ido muy bien en la vida siendo agradecido. Agradecer es la única cosa que queda cuando no sabemos a qué mas echar mano. Es un gesto mágico que engrandece al que lo hace y diviniza al que lo recibe. Por eso no me canso de hacerlo, en público y en privado.
Todos lo saben: estuve muy enfermo. Tanto, que un día, un solo día y por algunas horas, pensé que no saldría de eso. Voy a ahorrar el cuento de mis dolencias, pues además de grotesco no es “socialmente correcto”.  A pesar de la costumbre que tenemos los merideños de desgranar la índole de nuestras enfermedades, en esta oportunidad no creo que ese sea el tema. Fue grave, o al menos lo fue para mí. En el transcurso de los días he sabido de personas relativamente cercanas,  cuya salud ha sido tocada por problemas mucho peores y he sentido que soy un egoísta al creerme el mayor enfermo del mundo. Empiezo pues por pedir que Dios sea tan bueno con ellos como fue conmigo.
Viene luego la sorpresa de los amigos prestos a echar una mano: Héctor,  con sus conocimientos profesionales puestos a mi servicio. Cesar, con su bellísimo gesto que envuelve pesebres y paraduras, todos los Paraymas: Maya y la tecnología, Liliana y sus chistes. Lucho y sus Pines, Juan Fe y su email inolvidable. Don y sus energías. La Gorda preocupada como la que más, apostando a la salida feliz, Pedro y sus velas a la Rosa Mística y  La Nona y sus cartas de amor y de empuje que me habrían levantado de la cama de todas maneras.
Las mujeres de Fe y Alegría, Mireya en especial, (y que no se  me ofendan las otras) que más que seguir mi recuperación y hacer oración, se alegran genuinamente de verme bien y lo demuestran.  Sonia y sus agujas milagrosas, Alcira y sus mensajes sanadores, Mayela preocupada por mi cuando ella tiene tanta carga suya. Carlos, llamando discretamente para saludar, Daniel el hombre del humor irrepetible y el corazón generoso. Lalo, el médico que trasciende conocimientos inmensos para tornarse en consejero y animador. Alejandra, que quisiera estar todo el tiempo aquí aunque tenga que robarle tiempo al futbol. Norma, que me regaló una tarde de conversación sabia e inolvidable. José Andrés que descubrió todo e iluminó el camino. Alejandro y Marines, angustiados desde la distancia. Maite, que me hizo comprender la hipotensión y me mando a comer comida con sal.
Mis hermanos Luis y Mayra, proveedores de comidas, de aliento, de mano dura y  de medicinas a medianoche, aun cuando no podían esconder sus gestos de angustia y un gracias a Dios que no se me borra de la mente. Naty, esa otra hermana que Dios me dio respetando mis descansos y mis ganas escasas de una sopita. Raíza, la madrastra generosa, pinchándome, a pesar de sí misma,  para extraer salud de mis venas. Cecilia, la tía insuperable que se dedicó a rezar y acompañarme en la distancia;  y los primos, (los de verdad y los que no son tan de verdad, pero son primos) todo ese monton de gente que saltaba de alegria cuando habian buenas noticias y no salieron de un rezo y un buen deseo.
Y entre todos ellos, Rayi, mi roca. La voz que todos los días medía mi propia voz,  para saber cómo iba la cosa, la angustia que conjuró cualquier posibilidad de peores caminos, la compañera ideal en consultas médicas y asuntos de este mundo, y  la cómplice mejor en el primer y único pastelito de queso con que desobedecí a la nutricionista.
La lista es larga y probablemente olvida algún nombre. Siempre sucede, es un riesgo que corro a propósito; porque decidido a agradecer, quiero hacerlo a lo grande, a lo público y desde la memoria un poco dañada de los primeros años de la vejez.
Les debo mi navidad, que no es poco. Les debo la alegría de sentirme bien que es muchísimo más que eso. Seguramente les debo mi recuperación y algo más. Y solo se me ocurre decirles la frase con que mi madre resolvía ese tipo de deudas: Que Dios se los Pague!
Es tiempo de Navidad.

sábado, 24 de diciembre de 2011

FELIZ NAVIDAD!!!!

Lo bueno que tiene la vida, entre muchas cosas, es que año tras año, queramos o no, se cumplen con exactitud tradiciones que de muchas maneras nos regalan sentido de pertenencia. Nos hermanan con un colectivo que a veces cuesta reconocer como propio y nos brinda cierta esperanza, muy fundada en principios religiosos que para muchos son odiosos, pero necesaria en tiempos de vidas revueltas.
Una de esas tradiciones, quizás la mas universal, es la Navidad. Fiesta a la que cada año queremos darle un sentido más espiritual sin lograrlo y que existe casi para todos, se celebra en casi todo el mundo y está llena de significados profundamente valiosos para casi todas las personas. Eso la hace gigante. Eso la hace uno de los periodos más particulares del año y, sea porque nos encante o nos deje indiferentes, pone a muchísimas personas de estreno.
Que no sea entonces yo, el que se quede, un 24 de Diciembre, como si nada estuviera sucediendo. Sobre todo porque, desaparecidas muchas de las razones por las que la Navidad significaba algo grande en mi vida, logro aferrarme a algo extraordinario de esta fecha celebratoria del nacimiento y la luz: los buenos deseos y el agradecimiento.
Tengo mucho que agradecer. La vida ha sido magnánima conmigo. He disfrutado el amor, he vivido la amistad, he conocido mundos que creía imposibles y he recibido la bendición extra de contar con una familia que define, exactamente, cualquier motivo que uno tiene para querer a su familia; eso sin mencionar, (que lo menciono feliz) que en el camino me encontré con otra familia tan mía como la mía, que me cobija y me calienta el alma cuando las cosas se ponen feas.
De modo que todo lo que me queda es llenarlos de buenos deseos. A usted que hace el favor de leerme y aguanta mis chaparrones o disfruta mis ocurrencias. A los demás, que aun sin leerme, saben estar donde uno quiere encontrarlos. A mis amigos, a los que están cerca y a los que no tanto. Y suene como suene, a cada venezolano: es que me da por pensar que en pocos días es “EL AÑO” y tenemos que prepararnos para entromparlo. Que sea leve, pues. Que venga la Navidad cargada de entendimiento, que venga la Navidad cargada de valentía, que venga la Navidad cargada de coraje. Que traiga su poquito de rabia, su poquito de ganas y su poquito de alegrías.
Que venga la Navidad y sea señal de nacimiento. Que celebremos al lado del vecino, al lado del que nos toque, y que podamos, en el momento en que nazca el Niño Jesús, poner el trago al lado, besar su santa imagen y pedir por todos y para todos, un montón grande de PAZ.
FELIZ NAVIDAD 2011!!!

viernes, 23 de diciembre de 2011

Mi Tía Aída y los cantos de Navidad

Mi Tía Aída era una santa mujer. Recta, inflexible, dueña de una fe inquebrantable, era la disciplina y la solidaridad a prueba de ataques nucleares. Mi Tía Aída tosía y miraba por el rabo del ojo, y yo, desde la imprudente zalamería de los doce años, amaba los domingos en su casa de La Ramos de Lora y los almuerzos que se prolongaban en conversaciones que mi madre se ocupaba de hacer divertidas a punta de payasadas.
Mi Tía Aída tenía ideas muy particulares sobre la educación de los hijos, y eso incluía la mayoría de las veces, sus cinco muchachos y una prole larga de sobrinos que sentían por ella una mezcla perfecta de reverencia y amor. Mi Tía Aída cantaba. Con una voz bien educada de contralto, formaba junto a mi madre y la buenaza de Doña Esperanza, un trío de lo más conspicuo, que amenizaba misas en todas las iglesias de Mérida. Privilegiaban las bodas. En el órgano, Don Pedro Rangel dirigía las voces perfectamente acopladas de tres señoras piadosas, que exhibían un repertorio de cánticos religiosos digno de San Pedro y la Capilla Sixtina. Mi mamá, soprano exquisita, coronaba esas ceremonias arrancando lagrimas a los novios con su interpretación de un Ave Maria de Shubert, que había sido especialmente adaptada para su voz y su manía de cantarla de espaldas al público para calmar los nervios.
Pero no solo cantaba en la iglesia; en realidad, Tía Aída, cantaba o tarareaba canciones a toda hora y en cualquier lugar. Canciones tristonas debo decirlo; viejos boleros o tangos puestos de moda por Libertad Lamarque y alguna vez, alguna canción de navidad fuera de tiempo. Cantaba, decía mi mamá, para no darle espacio al dolor que siempre la acompañó después que las aguas del Río Caroní se tragaron al único hombre que amó. Tal vez esa costumbre de cantar a destiempo y sin permiso, sea la razón por la que decidió un día, procurar para los muchachos algún tipo de educación musical. Lo dicho, ella tenia ideas particulares sobre la educación de los hijos, que incluían convertir su casa en una extensión de la escuela, con pizarrones, tizas y pentagramas adecuados para hijos que habían heredado su talento musical y sobrinos a quienes la escala de solfeo no les entraba ni con palmeta. Yo, entre ellos.
No hay manera. Yo nací con un zapato en cada oído. A pesar de la voz extraordinaria de mi madre y lo mucho que me le parezco, en materia musical soy un desastre de desafinaciones y escaso talento. Sólo que tardé algunos años en admitirlo y algunos más en aprender a entender la vergüenza de mi voz que es, por toda definición, poca, pero desagradable. Era mi mamá la que suplicaba un poco de coherencia melódica cuando me atrevía a probar suerte en el tema y fue Tía Aída la que resolvió, en apego a sus particulares ideas sobre la educación de los hijos, convencerme de explorar algún otro talento oculto.
Sucedió mientras preparábamos un concierto de navidad en la escuela donde cursaba 6to grado. Tía Aída, con exactitud de general, dirigía el coro, formado en su totalidad por niños que cantaban tan bonito como se lo permitía su edad. A la cabeza, mi primo Edgardo desgranaba tonos y melodías con envidiable naturalidad y los demás hacían lo mejor que podían para que, Noche de Paz, no sonara a nada distinto a Paz y Estrella de Belén. Hasta que yo abría la boca. Creo que incluso los ángeles buenos, se escondían de pena. Yo, sin embargo, insistía en pegar lecos tras la carpeta negra, para desconsuelo de la Tía que buscaba formulas para salvar su coro y proteger mi auto estima. Debe haber sido alguna epifanía nocturna; un día, antes de empezar uno de los últimos ensayos, me llamó aparte. Con su tono dulce que no admitía réplicas, me propuso una solución salvadora: yo seguía en el coro, participaba en el concierto, pero tenía prohibido cantar. Es decir, cantar de verdad, verdad. Tía Aída, me ordenó mover los labios sin pronunciar sonido alguno. También me situó en una esquina, en lo más alto de la tarima, tal vez para poder vigilarme por el rabo del ojo, y asegurarse de que yo no sería capaz de desatender sus órdenes.
Llegado el día del Concierto de Navidad, hechos un manojo de nervios, el grupo de adolescentes tomó sus lugares en la tarima, mientras mi madre al borde de un colapso nervioso, veía como mi insistencia de participar en cuanto acto cultural se inventara, estaba a punto de llenarme de oprobios hasta el fin de mis días.
No pasó nada. Nadie me abucheó. Yo no canté, pero eso sólo lo sabíamos mi Tía Aída y yo. Para todos los demás, mis labios moviéndose en perfecta sincronía con el resto del coro, hicieron posible que la Estrella de Belén brillara para todos en esa noche memorable de Navidad.
Claro que en secreto odié para siempre la voz maravillosa de mi primo Edgardo, pero entendí que, en efecto, la música no era lo mío. Me convertí en muchas cosas más y terminé como teatrero, siempre tras bambalinas. En secreto, mil veces, he soñado que 50 mil personas aplauden de pie mi interpretación de Noche De Paz, en el momento en que Libertad Lamarque me entrega un Grammy. Sólo que Tía Aída nunca supo de eso. Murió sin contarle a nadie que me había obligado a “doblar” un concierto de Navidad, y sin saber que, por eso, respeto extraordinariamente la música, aunque no tenga idea de arpegios ni semi-corcheas.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Sin Fe ni Alegrías....

Fue el regalo que nos agarró por sorpresa y nos amargó la navidad: Todo el personal de Fe y Alegría, no recibió el aguinaldo que la ley contempla. Sencillamente no hubo dinero en el alto gobierno para honrar ese compromiso. Nada, que nos dejaron con los crespos hechos.
En medio de una navidad que vino escasa para la mayoría de los empleados públicos, (en Mérida, que se sepa, casi a nadie le pagaron sus beneficios tal como corresponde) lo sucedido con las escuelas que dependen de la Asociación Venezolana de Educación Católica, acepta varias interpretaciones, sobre todo en el capítulo que tal desaguisado le asigna a las escuelas de Fe y Alegría en todo el país.
Hace unos dos o tres meses, algunas de nuestras escuelas, empezaron a recibir molestas e intrascendentes sanciones. Multas por cualquier desazón burocrática, regaños por el incumplimiento de cualquier norma secundaria, supervisiones excesivas y cositas que no se sienten sino cuando se van sumando. Pendientes del aumento salarial que decretó el presidente y que nunca se recibió por estos lares, los empleados de Fe y Alegría, arriaron voluntades para llegar a fin de año con buen talante y objetivos cumplidos. Entonces, el todopoderoso gobierno premió ese esfuerzo esquilmando los aguinaldos, un beneficio laboral que pertenece a todos, pues entre otras cosas, está amparado en montones de ofertas y promesas gubernamentales.
No es, o no puede ser visto, como una casualidad. La Asociación Venezolana de Educación Católica es posiblemente el más grande conglomerado de instituciones educativas después del ministerio de Educación. Su joya en la corona es Fe y Alegría: un movimiento de educación popular, “construido donde termina el asfalto” cuyos resultados, hasta la fecha, son inmensamente conocidos y muy concretos. Se trata de esfuerzos insostenibles por otra fuente de ingresos que no sea el subsidio gubernamental y a eso fue lo que se apostó cuando todas las escuelas del proyecto pasaron a ser financiadas por el convenio AVEC. Hoy día, entonces, agredir al proyecto de educación popular más exitoso del país, solo requiere agredir a la AVEC. Es una manera clarísima de ir desinflando lo que hasta hace poco volaba con alas propias. Y es, además, una estrategia perfecta para hacerse, fraudulentamente, de espacios en los que la educación media pueda finalmente ser penetrada por el avasallamiento ideológico.
Es el objetivo más claro de los planes que para educación media ha diseñado el gobierno: Intervenir las conciencias de los estudiantes de bachillerato, mediante la consolidación de cosas como Consejos Populares Estudiantiles o el aun más perverso Polo Patriótico de la Educación Media. Ese planteamiento, explicado con lujo de detalles en una reunión a la que asistí y que merece su historia particular, es exactamente la formula que le falta a la ecuación que intentamos resolver en Fe y Alegria: Sumados los factores, estará muy alterado el producto.
No para los alumnos. Los estudiantes sencillamente verán como sus escuelas cambian de manos, tendrán que acostumbrarse a nuevas caras y posiblemente se enteren de algún cambio en el contenido programático. Ningún alumno de Fe y Alegría, de los actuales, se perderá más clases de las que ya pierde por órdenes de arriba. Esos alumnos, sin embargo, tendrán que aceptar un cambio de paradigma, un deterioro importante en la calidad de lo que les enseñan y como se lo enseñan. Esos alumnos pasaran de vivir la libertad de aprender a vivir la condena de ser adoctrinados.
Lo que suceda con el resto de afectados, no tiene la menor importancia para quien debería ocuparse de la seguridad de la familia venezolana: seguramente los que puedan, ingresaran a la plantilla del Ministerio de Educación, les pondrán su camiseta roja, les dictaran sus cursos de comunismo y asunto arreglado. Algunos otros conseguirán alguna cosa que vender de puerta en puerta o “se inventarán un negocito”. Los más osados abandonarán el barco.
Fe y Alegría, un proyecto educativo sin paralelo, que fue creado por la mente visionaria de un sacerdote que creía en la posibilidad de hacer realidad un montón de sueños, como ha sucedido con mil otras cosas, cambiará de nombre, cambiará de estilo, cambiará de casa y nunca mas será lo mismo. Algunas personas nos quedaremos sin trabajo y recordaremos los días de la escuela con la nostalgia que empieza a llenar, poco a poco, todos los espacios de lo que fue un país. En pocos meses, nadie recordará al Padre Velaz, ni al corazoncito rojo. Como ha sucedido con todo lo que el gobierno ha expoliado, la corta memoria del venezolano, se ocupará de sanar heridas rápidamente.
Da mucho miedo pensar que ese camino haya empezado a dibujarse en la navidad de 2011. Pero, produce terror absoluto constatar, que quienes deberíamos estar pensando en defender nuestra escuela con uñas y dientes, en realidad lo que estamos defendiendo son tres meses de aguinaldo.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Navidad en tiempos revueltos

Mi relación con la navidad y sus significados, es lo que mejor demuestra que, como la mayoría de las personas que conozco, yo no soy del todo “normal” y no me esfuerzo en serlo. Desde lo más básico de mis sentimientos, puedo decir que algunas cosas fundamentales de la navidad me gustan. Es más, me gustan tanto que donde quiera que estoy trato de procurármelas. Por ejemplo, no entiendo Diciembre sin hallacas. Punto. No acepto discusión alguna sobre el tema, uno come hallacas en esta época al menos tres veces a la semana; es así y así se queda. Me gusta también el nacimiento. Creo que es un resabio de mis épocas más católicas y una especie de homenaje a mi abuela, de cuyos pesebres aun tengo memoria y a mi mamá, que exigía nacimiento en casa los primeros días de Diciembre, pero se esmeraba poco en hacerlo. A partir de allí, pocas cosas navideñas me conmueven. Me alegra que, al menos, existan dos tradiciones que reconozco válidas; siento que con eso me ubico a tres cuartos de camino entre los que odian la navidad (tuve un hermano entre esos) y los que la adoran (tengo una hermana entre esos).
Listo, resuelto el tema sin reflexiones demasiado rebuscadas, necesito auto-aguarme la fiesta: no estamos para celebraciones demasiado rimbombantes. Si acaso, la carita bien lavada y afeitada y alguna ropa decente para no perder la costumbre. Si algo podemos decir de nuestras últimas navidades es que cada año llegan con mas carga. Cada año cuesta mas convertirse en luz de bengala y bailarse una gaita.
Hasta ahora, han sido los días más calamitosos del año y por lo que vamos viendo, la cosa se pone color de hormiga con el paso de los minutos: despenalizado el delito de robar tierras, premiado el embarazo adolescente en dinero contante y sonante, aumentado el número de víctimas de la violencia urbana, despojada la ULA de terrenos donde se levantarían edificios fundamentales para su crecimiento y violentada, una vez más, la digna aplicación de justicia, Venezuela se encamina (como hace cada navidad un poco más) al precipicio electoral. Parece que al sabanetero, la navidad lo llena de terribles fantasmas y la aprovecha para recordarnos que mejor vamos acabando con eso lentamente.
Tal vez lo que sucede es que realmente, “se largó la partida” y la campaña electoral, que todos suponíamos prevista para un poco más allá de enero (la formal, la otra tiene 13 años) abrió su chorro de iniquidades. Es una pena; por dificil que pareciera, realmente todos teníamos un poco de ganas de tomarnos un Ponche. Uno de verdad, uno que parezca país, que suene a chin-chin y a Billo´s.
No se va a poder poder, por lo que estoy viendo. A menos que abramos los ojos y los balcones, y a pesar de los pesares, saquemos la botella comprada a Eliodoro González P, vistamos las mejores galas y mirándonos en la cara del vecino, brindemos por empezar mañana a construir el futuro, sin espacio para el ratón, ni para la duda.
A lo mejor salvamos la Navidad. Es decir, el nacimiento.

sábado, 26 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD

Hace algún tiempo que estoy convenciéndome de la urgencia de comenzar a entender las fiestas navideñas como lo que son: un periodo vacacional con muchas excusas para comer y beber en exceso; justificado y vigente desde que el hombre existe. Un año más, lo hemos sobrevivido a medias. Falta el jolgorio del año nuevo, que nada tiene que ver con la Navidad y, entonces, sabremos si la cosa fue tan feliz como queríamos. Debo confesar que la edad y los sucesivos dolores de la vida, me han puesto difícil la alegría navideña. Al menos la que pasa por el bululú frenético que borra todo espacio para la reflexión acerca del significado real de estas fechas. Ni modo, debe ser imposible recordarle a alguien que en esta época, también se estila (ba) prender alguna neurona. Hacemos bien, después de todo; si tuviéramos el ánimo presto para intensidades, arruinaríamos la fiesta pensando en fallas eléctricas, en los precios impagables de todo y en la posibilidad real de perder la vida en un segundo, a manos de cualquier malandro de la calle. Además, tendríamos que estar de acuerdo con el señor aquel que asegura, a cada rato, todo lo contrario de lo que vivimos y lo hace como si nada. Sin embargo, creo que no todo está perdido. Abundan buenas intenciones, la gente anda como blandita, puso a descansar los monstruos y, este año, también, comimos hallacas y pan de jamón y no quedamos en la ruina total. Golpeados, pero en la ruina, nunca. Hemos tenido una navidad más, que fue tan feliz como cada quien buenamente pudo. Ojalá y en algún momento hayamos tenido un segundo para pensar que la cosa va por la tolerancia y la unidad. Y que eso, no hay Niño Jesús que lo compre.

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