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domingo, 10 de mayo de 2015

Madre solo hay una...


Posiblemente es un signo inequívoco de madurez. Uno de esos síntomas que acompañan mis canas y me convierten en un señor mayor; pero, no puedo pasar este día sin admitir cuan dura es la orfandad. Lo digo sin problemas de conciencia, sin deseos de despertar en alguien deseos de darme un abrazo de pésame. De esos he recibido cientos desde el día que Celinita cometió la indiscreción de marcharse; lo digo, meramente, porque ha llegado, otra vez, ese día en que a muchos como yo nos toca tragar grueso.
Celebré muchos Días de la Madre. Mamá adoraba este día aunque, por supuesto, en alarde de poca originalidad, empezaba a pedir un mes antes, "que no celebráramos nada" y "no se nos ocurriera regalarle algo". Esto último lo decía seguramente para evitarnos creatividades desoladoras:  Mamá tenía maneras muy particulares de dejarnos saber con claridad meridiana lo que se le antojaba recibir; nunca voy a olvidar, por ejemplo,  la forma en que nos convenció para que la obsequiáramos con su primer teléfono celular. Mamá era una fanática obsesiva del teléfono, usaba indiscriminadamente, y por muchísimas “urgentes” razones, el de casa o el de cualquier lugar al que llegara aunque fuera de visita; para Celinita, pedir un teléfono prestado era su comportamiento natural, al extremo que sus amigas más cercanas, al recibirla, lo primero que hacían era señalarle el sitio donde estaba el aparato. Mamá que hablaba sin parar, necesitaba del teléfono como del aire; por lo tanto, el advenimiento de los teléfonos celulares fue simple y llanamente lo mejor que le pudo pasar, solo que se tardó un poquito en anotarse a la moda; hasta que, superado su temor a la tecnología, nos volvió literalmente locos a punta de comentarios directamente dirigidos a enterarnos que, ese Día de la Madre, ningún otro regalo sería bien visto. En realidad, mamá siempre aceptó de buena gana los regalos que le dábamos (nunca se nos ocurrió darle una licuadora, o nos hubiera metido dentro) pero, creo que se debía a que siempre le regalábamos cosas para ella, no electrodomésticos ni artefactos para la cocina ya que, sencillamente, mi mamá nunca en su vida cocinó ni siquiera un tetero. Yo no guardo en mi  memoria el recuerdo de un arroz con pollo hecho por mamá pues ella nunca pisó la cocina. Cuando digo nunca, quiero decir jamás. Hoy, por cierto, lo agradezco muchísimo, si a todas las memorias que me dejó, tendría que sumarle la nostalgia de ciertos platos preparados por ella, creo que no hubiera podido soportarlo. Si, el Día de la Madre, al lado de mi madre, era una historia escrita en mayúsculas que, no pocas veces, nos llevó (a sus hijos) al borde de la exasperación y fue hermoso y divertido y especialísimo, porque ella lo hacía así.
Tal vez por eso,  pertenezco a los hijos que darían lo que tienen y lo que no, por volver a amanecer haciendo las payasadas con que solíamos despertarla ese segundo domingo de mayo en el que ella se había despertado muchísimo antes para esperarnos y que incluían todas las cosas cursis relacionadas con el Día de Mamá y que, creo, en el fondo, ella encontraba irresistiblemente enternecedoras; porque, a pesar de que en muchos momentos de nuestra vida, estar a su lado tuvo sus bemoles, Celina era una excelente madre, de acuerdo a todos los arquetipos con que el oficio se ha medido desde siempre. Cierto que era una mujer muy demandante y con unos humores un poco extraños que, según como se vivieran, podían ser una montaña rusa divertida o ensordecedora; pero, en esencia, era una mujer dispuesta a todo por sus hijos. Sobre todo dispuesta a permitir (a veces a regañadientes) que sus hijos caminaran su propio camino y en  lo  posible, no lo hicieran en solitario. Cuando me fui de Venezuela por primera vez, por ejemplo, nos despedimos al pie de su cama, ella casi dormida y sin ganas de despertar demasiado y yo con el corazón estrujado; sin embargo, nunca me dijo que no me fuera. Sucedió en todas  nuestras despedidas pues, a pesar de la distancia, nunca nos alejamos realmente. Mi madre era mi ancla a tierra: hablábamos por lo menos una vez al día y, en esa llamada, yo me enteraba de todos los sucesos de la ciudad que había dejado atrás. Gracias a mi mamá, nunca me fui realmente. Gracias a mi mamá, nunca tuve sensación de desamparo, nunca pasé necesidades y nunca, pero nunca, se quedó sin solución una dificultad práctica de mi vida. Cierto, no cocinó nunca para nosotros, pero hay que ver lo que hizo para que nuestra vida fuera más fácil y entretenida.
Toda la simpatía que sus innumerables amigos continúan ponderando, esa maravillosa manera de convivir en sociedad que era su marca de fábrica, esos ojos verdes, curiosos y divertidos que distinguían su buenamozura encantadora y esa cosa suya de ser señora de todos los rincones de una ciudad repleta de escondrijos, aun sin serlo realmente, es lo que me hace sentir, con toda la libertad de quien sabe lo que siente, que yo extraño mucho a Celinita, aunque haya aprendido a vivir con su eternidad, celebrando este día en su ausencia, con el corazón magullado y el talante amargado.
Por eso, permítaseme decir algo que casi nadie dice, junto a las múltiples frases hechas con que se festeja el Día de la Madre en esta marabunta matriarcal: Hoy, también (o sobre todo)  es el día de los que no tenemos madre que abrazar, ni regalar, ni llevar a almorzar y eso,  necesita ocupar en espacio en nuestra vida. No un espacio de conmiseración. Un espacio - incluso agradecido por tanta bondad y tanta suerte - que debemos vivir en la orfandad del que solo celebra recuerdos inmortales y sigue adelante.
Y como seguir adelante es la norma: Feliz Día de las Madres, a las tías que han hecho este camino en solitario más fácil, a las madres que admiro y atesoro como amigas, y a los hijos, que como yo, hoy lo que tienen es ir a ninguna parte, a celebrar con quien no está.

martes, 13 de mayo de 2014

No hay más que una

Existen algunas verdades cuyo conocimiento está reservado a eso que llaman la madurez, certezas más bien domésticas de las que solemos pasar en nuestras edades más jóvenes y que, de puro Perogrullo, permanecen ignoradas hasta que algún "golpe de la vida" nos sitúa frente a ellas, removiéndonos toda posibilidad de continuar evitándolas.
Hablo, por desviarme un poco del interminable lo-que-nos-está-pasando de cada día, de asuntos tan privados (y prestos a equívocos) como las cosas que aprendimos de nuestras madres, suerte de la mejor herencia posible, que nos moldea el carácter hasta convertirse en sello de fábrica de aquello que somos. Ciertamente, madre tan solo hay una, cosa que muchos hijos agradecen y, ciertamente, esa "una sola" que es la madre de cada quien confiere cierta exclusividad a la forma de desempeñar el oficio. Mi Mamá, por ejemplo, habitó sin compañía alguna la nube de Valencia número 14 toda su vida. Tenida por mujer bondadosa (algunos opinan que era una santa cosa con la que estoy de acuerdo) y sumamente divertida, Celinita (que así convertimos su afrancesado nombre de pila al crecer, para hacer honor a su diminuto cuerpo físico) era básicamente una mujer que se enteraba de todo tarde y a su modo, aun tratándose de los intríngulis de ciertas historias alteradoras de la apacible cotidianidad andina. Un poquitín amiga del chisme, era - por ejemplo - enemiga de la maledicencia y nunca hizo leña del árbol caído. Estremecida su moralidad – intransigente - ante la revelación de pecados ajenos, buscaba el centro de los acontecimientos para impartir, casi siempre con certera justicia, las justificaciones que hacían llevadero el trance a los involucrados.
Yo me precio, de hecho, de tener un alto sentido de la justicia; haber llegado a esta edad me ha revelado, no sin sorpresa, que esa virtud (una de las pocas que me adornan) la mamé en la teta. Mamá lo tenía; permeado por su estricta moral cristiana (no siempre buena consejera) acostumbraba a no emitir juicios hasta amoldar lo que fuera a su particular visión de las cosas, en la que, hay que decirlo, nadie nunca era enteramente responsable de algún grave error de conducta, porque - decía ella - todos somos humanos. Y así, sin más, despachaba los espinosos asuntos a los que se enfrentaron ella y su vasta legión de amigos, a lo largo de su vida.
En su oportunidad, Mamá me acompañó muy generosamente a enfrentar uno de los dolores más grandes de mi vida: la muerte, por complicaciones derivadas del Sindrome de Inmunodeficiencia Adquirida, del que seguramente fue el mejor amigo que tuve en la vida. En tiempos en los que el estigma de tal enfermedad era más difícil de soportar que la ausencia de tratamientos, Celinita estuvo calladamente a mi lado ayudándome a conseguir medicamentos y otros paliativos con los cuales hacerle llevadero el trance a mi amigo. Al morir él, fue ella mi principal consuelo enhebrando oraciones, misas y tolerancia para darnos a los dolientes un poco de paz. Una anécdota del día en que enterramos a Carlos, permanece imborrable en mi memoria: Acompañado por dos amigas más tan apesadumbradas como yo, miraba con enorme pesar el extraño momento en que su féretro descendía a la tierra; entonces, agotado por el dolor, empecé a llorar ruidosamente de un modo que me era imposible contener.  Mamá desde su distancia me miraba adolorida (doblemente: ella quería muchísimo a mi amigo y además, estoy seguro, le dolían muchísimo mis lágrimas) a su lado, una de esas amigas que yo siempre llamé “de peluquería” le dijo algo al oído. Desde mi turbación, pude ver como ella reaccionaba con desagrado, mandando a callar a la señora. Enseguida se alejó de ese sitio y vino a mi encuentro. Yo había comenzado a calmarme. Terminado el acto, caminamos hasta el auto tomados de la mano, ella se mantuvo a prudente distancia, mientras yo me despedía de algunos de los amigos que habían ido a acompañarnos, haciendo planes para un encuentro posterior. Al subirnos al auto, ella dejó que yo encendiera el motor y saliera del cementerio, para comentarme aquello que le había dicho su “amiga” al oído.
-          Imagínese hijo, que menganita me dijo, cuando usted se puso a llorar,  que usted era el novio de Carlos (no lo reconoció porque a usted nadie lo reconoce por los años fuera de Mérida) y que seguramente lloraba por encontrarse tan enfermo como él…
Mi estupor desbordado, solo alcanzó para preguntarle
-          ¿Y usted que le dijo?
-          Pues que usted es mi hijo, que usted no es el novio de nadie y que si usted hubiera sido novio de Carlos, no era asunto de ella repetir ese comentario tan maluco sobre la enfermedad, que eso no se hace, que los tiempos no están como para seguir echándole leña al fuego…
Fue una gran sorpresa. Sabía que su corazón generoso era capaz de mucha comprensión, pero no la imaginaba defendiendo los derechos de una víctima del temido y mal reputado SIDA.  En los momentos difíciles que siguieron a ese día (muchos más de los que me habría gustado) en los que Celinita apelaba a su proverbial intransigencia, para tornar negro el humor familiar, echaba mano de ese recuerdo para entender que lo suyo era  llamar al pan, pan y al vino, vino; aunque fuera de un modo que nadie más pudiera compartir.
No tengo dudas de que me pongo viejo. Entender estas enseñanzas y hablar de ellas en público sin preocuparme de lo cursi que pueda sonar, es cosa de gente grande. Pero, también es cosa de quien quiere entender, echando mano de cualquier recurso, las cosas que suceden todos los días; lo dicho: lo-que-nos-está-pasando, en este país donde cada  día hay menos generosidad y, la tolerancia, como cantaba Yordano (y a mi Mamá le encantaba) hace rato que se fue de viaje...

lunes, 12 de agosto de 2013

Palabras de madre

Eran los tiempos del paro petrolero. Yo  no vivía en Venezuela, pero los efluvios de lo que pasó a la historia como la más importante paralización patronal de Latinoamérica me llegaban por todos lados, básicamente porque a Houston, donde había fijado residencia hacia algunos años, entraban regularmente una buena cantidad de “expdvsa´s” buscando un pedazo del enorme pastel petrolero que se reparte por esos lares y porque, gracias al paro,  en Houston florecieron un par de restaurantes venezolanos que nunca terminaron de ser buenos (el Café Caracas ya existía y poco tuvo que ver con esa historia) y algunos negocios de la nostalgia, gastronómica sobre todo,  que incluían a un señor, conocido por todos como pastelito, que vendía (con rotundo éxito) unos pasteles maracuchos que a mí, nativo de la tierra de los pasteles, me parecían rarísimos, por decir lo menos. Como si de peregrinación se tratase, las caras venezolanamente cargadas de expectativas y de frustraciones iban,  resumés y cuento en mano,  por las empresas de allá, para que la suerte, esa cosa extraña, tuviera tantos tonos como colores el gentilicio.  Conocí a quienes les ofrecieron contratos que cambiaron sus vidas y a quienes les tocó ponerse a  aguantar las verdes, mientras llegaban las maduras.  De todos se sabía algo. Siempre había alguno que conocía a alguien, que conocía a alguno que estaba buscando algo. En Houston.
Mientras tanto en Venezuela, - ya es historia -   la cosa ardía: Cacerolazos feroces, (una vez en una cena en mi casa, hicimos un cacerolazo espontaneo al hermano de una amiga nuestra que seguía trabajando con PDVSA,  al parecer por pura suerte de enchufado) marchas multitudinarias, protestas a toda hora y un franco clima de desasosiego que, a juzgar por lo que aún se dice, no ha logrado ser superado. La “revolución” medía fuerzas con la otra porción de pueblo y esa porción  ponía a la “revolución” a estremecerse.
A pesar de no padecerlo en vivo y directo,  conocía como ya he dicho, cada momento de lo que nos-estaba-pasando, no sólo por la cantidad irrefrenable de información que acompañaba la llegada de cada exiliado, sino porque mi Tía Cecilia, convertida en Pasionaria de La Carlota, se ocupaba de relatarme los intríngulis de cada marcha, de cada parón, de cada cacerolazo.  Pasaba de hacer una cola infernal para cargar gasolina a caminar largas distancias para llegar a donde le tocara ir; de enfurecerse por la escasez y romperle en la cara a alguna cajera desprevenida un paquete de alimento racionado, a pararse en una esquina por un buen par de horas, cartelón en mano, para responder a la protesta convocada.  Por supuesto, casi no le quedaban ollas pues, rigurosamente, se le podía hallar cada noche en el balcón de su apartamento haciendo todo el ruido que fuera posible. Todo, sin excepción, me lo contaba detenidamente en llamadas que sucedían posiblemente cada día por medio.
En el otro extremo, no obstante la revolución que estaba sacudiendo a la “revolución”,  una versión más sosegada y por eso, bastante más preocupante, me llegaba (esta sí, puntualmente) cada día. Era la de mi mamá que,  fiel a su costumbre, había instalado cobija y viandas en la luna de Valencia. Mamá, cuyo despiste era histórico,  tenía la costumbre de esconder en algún rincón de su inconsciente profundo las cosas que más la preocupaban y conseguirle soluciones de extraordinaria simpleza, a todo aquello que amenazaba insomnio. Como todo lo que sucedía podía ponerla al borde un ataque de nervios, todo lo que sucedía era minimizado ante sus ojos, por ella misma. Se limitaba a no entender y llevaba la vida - más o menos feliz - del que no sabe. Para nosotros, que estábamos curtidos de esos estados de gracia, atestiguarlos simplemente nos ponía de los nervios. Si mamá enterraba la cabeza, era sin duda porque el mundo se estaba viniendo abajo sin remedio.
Un día, en alguna de nuestras llamadas, descubrí en su saludo que algo realmente grave la tenía angustiada. Preparado para escuchar alguna terrible noticia, pregunté – fingiendo la tranquilidad del caso - qué nuevo dolor la aquejaba, para escuchar, ahora sí que muy sorprendido, una revelación asombrosa
-          Estoy muy preocupada por Cecilia…cada vez que hablo con ella (cosa que sucedía dos o tres veces al día, dada su adicción al teléfono) ella está llegando de una marcha, está ronca por haber gritado hasta las tantas, está ocupada pintando pancartas, está parada en una esquina vestida de negro  con ese calorón de Caracas o haciendo sabe Dios qué otra cosa, me dijo, realmente angustiada
-          Es normal, mamá, no te angusties, eso es lo que está haciendo todo el mundo….repliqué para calmarla
-          Pues están equivocados y van a enfermarse….me contestó firme e irreductiblemente convencida…lo que hay que hacer es esperar las elecciones y votar por otro. ¿Qué eligieron a un presidente y no ha servido? está bien, para eso son las elecciones. Esperen que haya elecciones y salgan a votar por otro….
Agradecí al cielo que no eran tiempos de Skype, con su simpleza lunática, mamá acababa de decirme lo que yo también creía, ingenuamente, que era la solución del problema; por eso en el otro lado de la línea, tenía cara de iluminado…
Años más tarde, lamento profundamente no haber podido explicarle, (porque nadie puede explicarlo) como es que una cosa tan sencilla, que se llama Democracia, se ha cebado tanto en contra de nosotros…realmente lo lamento horrores

miércoles, 5 de junio de 2013

Prohibido tocar

catleyasEn la parte de atrás, más allá del patio, estaban las orquídeas de Doña Vestalia y el jardín sacramental al que mi madre, conocedora de lo que éramos capaces y empeñada en criar príncipes y no niños, nos había vedado la entrada con una simple orden inquebrantable:“las orquídeas de Doña Vestalia, no tocarlas ni por error”.
Un día lo hice. Fue en un domingo estupendo de mis recién cumplidos 10 años. En el cine de Cristóbal, el padre, daban una película que tenía como protagonista un famoso perro, cuyo título perdí en el desorden de los años y yo moría por ver. Era nuestro ritual de familia: algunos domingos, después del privilegiado encanto de visitar la casa imponente, almorzar en el aristocrático comedor y evitar las rudezas de Cristóbal, el hijo; Cristóbal, el padre, nos lavaba la cara con una toalla áspera y muy fría, nos metía en su auto y nos escondía en la cabina de proyección de su cine, siempre a punto de estar abarrotado de gente. Ese domingo, finalizado el postre, me levanté de la silla, dije un educado “permiso” y, antes que Doña Vestalia, desde la cabecera de mesa respondiera “servido” yo estaba corriendo hacia el orquidiario. Había visto, a mi llegada, un par de hermosas Catleyas moradas. Las buscaba. Entré al jardín de Doña Vestalia, caminé entre cientos de orquídeas florecidas o a punto de, y me encanté con la cantidad inverosímil de Catleyas reunidas en un solo sitio. Decidido, caminé hasta las que estaban a mi alcance. Las miré, embobado, y sin pensar en nada, arranqué dos de ellas del tallo al que estaban pegadas. Las arreglé en un ramo que se me antojó precioso y caminé circunspecto y orgulloso hasta el salón, (palaciego, por supuesto) en que mi madre y Doña Vestalia hacían visita con algunas otras “principales” del pueblo.
Aún puedo ver la cara de horror de mi madre, transfigurada por la sonrisa asesina de Doña Vestalia. Aun puedo sentir el efecto aniquilador de sus palabras y la silla bajo la escalera:
- Pedro, hoy usted no va al cine, ni se levanta de esa silla hasta la hora de irnos.
Ayer, pasé caminando por la calle 25. La casa todavía está allí. Desvencijada, envejecida, robados todos los que fueron encantos de palacio; fui hasta el jardín cubierto de malezas. Las orquídeas de doña Vestalia se me dibujaron en los escombros del pasado.
Entonces me enteré, por vivir escuchando conversaciones ajenas, que mañana comenzarán a demolerla. Se la ha tragado la ambición de Cristóbal, el hijo. Como a las orquídeas de Doña Vestalia, el cine de Cristóbal, el padre, y el futuro, que esperábamos brillante.
Como a todo.

domingo, 22 de enero de 2012

Del miedo nuestro de cada día

Lo contrario del miedo es la Fe Juan Pablo II
Uno de los síntomas de la terrible enfermedad que acabó con la vida de mi Mamá, era la súbita aparición de ataques de pánico. Ataques verdaderos que le impedían funcionar y que en varias ocasiones la derribaron por completo. Eran ataques producidos por una insidiosa enfermedad, demasiado fea para hablar de ella, y por lo tanto, no se podían justificar concretamente. Nada tangible los producía. Se desencadenaban a partir de una puerta que se golpeaba, por ejemplo, o se instalaban sin motivo alguno, para descalabrar la escasa paz que con esfuerzo la familia juntaba en esos días aciagos.
Buscando respuestas, acudimos a todo lo que estuvo a nuestro alcance. Fue en vano. Los ataques de pánico se repetían y nadie podía explicar claramente por qué. Mi Mamá se convirtió entonces en una enferma que estaba despierta por una pastilla y dormida por otra. Así, hasta que un día se cansó y se negó a abrir los ojos. Siempre digo que Mamá murió de miedo. Si; es más, puesto un poco a indagar termino admitiendo, muy a mi pesar, que en buena medida, Mamá vivió con miedo. O mejor dicho, con miedos, en plural. Miedos que fueron minando su resistencia hasta que borraron su cordura y su extraordinario buen humor. Hasta que la borraron a ella.
Conozco el miedo. Le temo al miedo. A pesar de no ser valiente, me da miedo tener miedos. Me da miedo haber heredado ese gen. Le temo a la cobardía, le temo a equivocar prioridades. Le temo, he de repetirlo, al miedo. Al miedo que paraliza. Al miedo que se come la esperanza. Al miedo que se lleva vidas. Al miedo que nos impide querer hacer alguna cosa para evitar enfrentar sus consecuencias.
Es tal vez el peor de todos los miedos: el miedo a querer hacer. El miedo a vivir para no tener que enfrentar las muchas muertes de las que se compone la vida.
En medio de su enfermedad, en los poquísimos espacios en que reinaba alguna especie de cordura, Mamá me dio una de las grandes lecciones de mi vida. La soltó cuando caminábamos un día por un parque. Sin que viniera a cuento, me invitó a orar. La madurez me ha hecho comprender el valor de la oración, a pesar de la mala fama que tiene la iglesia y todo lo que puede significar ser tenido por chupacirios; me gusta hacerlo. Ese día, animado por lo que parecía ser un mantra que mantenía la calma de mi enferma adorada, acepté gustoso la invitación y le respondí pidiéndole que enunciara alguna de las muchas oraciones que ella conocía de memoria. Me contestó diciendo en voz muy baja: “El miedo es lo contrario de la Fe, no hay que tener miedo, hay que tener Fe”. Lo dijo una segunda y una tercera vez. Luego se agarró a mi brazo y, en silencio, continuamos nuestro paseo.
Había repetido una de las expresiones favoritas de su Papa preferido: Juan Pablo II, un hombre que, aun a pesar de ciertas dolorosas equivocaciones, cambió para siempre la forma en que muchos admitimos el catolicismo. Hay que tener Fe. Es decir, hay que creer en algo. Hay que tener esperanza, hay que saber que somos autores de nuestro propio destino. Hay que tener Fe. Hay que tener futuro. Y para ello, no es necesario ser religioso ni hacen falta grandes búsquedas espirituales. Ni siquiera hace falta valor; lo único que hace falta es desterrar el miedo, el que otros han instilado. El que no nos pertenece, el que inventa calamidades allí donde nosotros queremos inventar futuro.
No es fácil; como todo lo posible, es aterrador. Pero se puede y se debe, ahora mismo y sin demora. Sería horrible que, por miedo, tengamos luego que entender que le pasamos de lado al futuro.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Para votar (IV)

La mamá de Agustina no ha querido salir de Cuba. Por mucho que mi querida Tina le ha insistido en lo bien que podrían vivir ambas en el bonito apartamento que ella se compró en Maracaibo, Josefa prefiere tener a su hija yendo y viniendo a la tierra de la que salió hace 22 años, detrás de un enamorado criollo que hizo honor a su condición de macho vernáculo y le armó una historia de esas que no se cuentan sin lagrimeos. Instalada aquí y consciente de que sabores y olores de “allá” eran mas o menos reproducibles, Agustina sacó provecho a su dominio casi absoluto del lenguaje y a sus dotes insuperables de cocinera para construir, en el agobiante calor maracucho, un sitio impregnado de todo lo bueno que había venido en su equipaje. Después de mucho esfuerzo acabó comprando el apartamento, más por su amplia terraza que mira al lago que por razones pragmáticas, y se convirtió en una maracucha a la que fascinan los cepillados y la mandoca. Jamás renunció a su nacionalidad cubana y sabe que no lo hará nunca; ni entonces ni ahora alguien ha logrado arrancarle un comentario “feo” sobre su país y sus amigos de aquí (que nos contamos por decenas) amamos su honestidad. Tina nos ha hecho querer a Cuba tanto, que todos, más de una vez la hemos acompañado en sus incontables regresos. Es siempre el mismo ritual. Llenamos nuestras maletas de cuanta tontería inútil podría cubrir alguna carencia de allá; nos arreglamos para conseguir más dólares de los que verdaderamente necesitamos por si hay que afrontar alguna emergencia ajena y nos preparamos para asombrarnos, hasta el lamento, de lo que vemos en cada paso que damos. Sabemos que a cinco minutos de nuestra llegada, habrá caído la mascara de paraíso turístico. De la mano de ambas, descubrimos un país que sobrevive convirtiendo su dignidad en moneda de cambio. Josefa, una costurera que no tiene rival, hace ruedos, pega botones y altera extraordinariamente vestidos mil veces remendados, a cambio de algunos kilos de azúcar y poco más. Aun con el auxilio salvador de los dólares que Tina envía mensualmente, tiene que hacerse la loca para comprar a un vecino eventuales cortes de carne que nadie sabe de donde vienen. Sin acceso a trabajos formales, sin saber a ciencia cierta en que consiste la moda nueva del cuentapropismo y con la tarjeta de racionamiento en ristre, cada día nuevo de Josefa trae expectativas que su edad suponía superadas Hace algunos meses la vi. Como siempre, no fue capaz de hablar de política, ni de mencionarlo a “él”. Me recibió con el amor de cada vez y me atiborró de comidas deliciosas. Pero una noche, después del tercer trago de un roncito cubano que yo había comprado en una tienda en la que ella no pudo comprar nada por ser cubana, me confesó el único deseo que tiene desde que se dio cuenta (hace mucho tiempo) que los barbudos no eran lo que parecían. - Ay mijo, dejar de pasar estas penurias para conseguir cualquier cosa, dejar de sentirme ladrona…alabao….dejar de creer que aquí uno, todo tiene que conseguirlo luchao…

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