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lunes, 10 de agosto de 2015

Lo que eramos...


Debo admitir que entre mis numerosas manías, las relacionadas con el arte de la mesa, ocupan un lugar bastante destacado. En parte porque padezco de algunas intolerancias, en parte porque verdaderamente soy muy exigente, a mí, lo de comer, cualquier cosita, no se me da. Entre mis amigos soy tenido por bicho raro pues, entre otras cosas, no me gusta la pizza (tengo una razón importantísima para ello que no voy a contar por decente) no soy fanático del chocolate (puesto ante una carta de postres, impepinablemente, voy a pedir el que no contenga cacao) no me gusta el café y soy experto en desmontarle a cualquier chef, por muy cinco estrellas que sea,  su más famosa propuesta gastronómica. He tenido momentos de gloria en eso: memorable es la noche en que sentado ante la mesa de uno de los más famosos sushi bar de Manhattan, me dediqué a exigir combinaciones para mis rolls que no estaban en el menú (o si estaban, pero no como yo las quería) muy para desconsuelo (y disgusto) de los encargados de la cocina, quienes me complacieron por pura suerte de principiante. Es una de mis tantas peculiaridades: me encanta comer, pero a mi modo. A lo mejor se lo debo a mi mamá, quien después de escuchar varias veces las explicaciones del Maître en cualquier restaurant en que se sentaba, pedía algún platillo que no figuraba en la carta.
Ir a restaurantes, conmigo, puede no ser la mejor experiencia del mundo. No soporto al comensal snob que pide el plato más caro de la carta por dárselas de sofisticado (sobre todo si no ha de pagarlo) para no saber luego cómo se come y, mucho menos, aguanto callado un mal servicio o un plato desangelado, ambas por cierto, calamidades del yantar diario de esta tierra de gracias. Sin embargo, me encanta un restaurante. Desde siempre. Me encanta el rito de ir a comer con gente querida y convertir la ocasión en una fiesta. He llegado, además, a una edad en que eso es lo que mejor se me da. Me siento fuera de lugar en un bar de copas (tomo muy poco alcohol) y creo que fingiría un virus mortal contagioso antes de entrar a una discoteca “de las de ahora”. Supongo que es la edad; no hace mucho era yo, quien bajaba la santamaría del ICE PALACE cada fin de semana.  Ya no dudo que, como bien lo escribió García Márquez, la nostalgia es una trampa; por eso le he agradecido tanto a mi querido Alberto Veloz, que me haya llamado la atención sobre su impecable serie de artículos publicados en la revista Bienmesabe sobre los “comederos” que engalanaban la ciudad que dejamos perder pues, ante el desaguisado, es un auténtico privilegio saber que,  haber aprendido a comer visitando los  lugares que dieron forma a la Caracas perdida, es una de las tantas maravillas que me acompañarán en el cajón de la eternidad.
“No es tomar champagne, que cualquiera toma, es el dedo, la cultura….” Dice Cabrujas en la voz de Herminia Briceño viuda de Petit, en uno de los memorables monólogos de esa oda a la venezolanidad bien contada que es ACTO CULTURAL.  Los lugares se graban en la memoria no solo porque sirven buena comida, sino porque - Brillat Savarín mediante - se hacen cargo de nuestra felicidad durante todo el tiempo en que permanecemos bajo su techo. Y eso, por ejemplo, hizo que algunos lugares de los mencionados por Alberto en sus magnificas crónicas, revolvieran mis mejores recuerdos: El Parque, por mencionar uno, un restaurante que hizo por la vida cultural de Caracas, mucho más de lo que hicimos los que nos tocaba,  por cualquier razón, dedicarnos a darle vida a la cultura que se hacía (mucha, por cierto) en una ciudad que permitimos se fuera despedazando en el tiempo y convirtiéndose en territorio de hostilidades incomprensibles.
Estaba situado en lo que una gran amiga mía llamó una vez, “el punto desde donde se abre el compas para darle forma al círculo que es Caracas”: el centro de ese magnífico entorno urbano llamado Parque Central. Era un jardín tropical, poblado de mesas decoradas en tonos beige y marrón, algunas bajo un esplendido toldo amarillo, con mucha formal informalidad, una excelente carta que no decepcionaba cuando se materializaba en tu mesa y gente, toda la gente culturosa de este mundo. Amigos que brincaban de mesa en mesa para tomar un trago contigo, meter la cuchara en tu postre o hacerte reír por un buen rato mientras se convertían en parte del inventario. Era habitual ver a Sofía Imber (creo que ese era su comedor personal) robándole horas a su museo para hacerlo más museo,  o a José Antonio Abreu agilizar su frugalidad de monasterio mientras pergeñaba las primeras notas de su Sistema, o a Elías Pérez Borjas fruncir el ceño en una mesa muy bien atendida mientras hacía del Teresa aquello que ya no existe. Tuve la suerte de sentarme (por orden de Isaac Chocrón)  en una mesa con Gloria Zea de Uribe y Patty Cisneros para sonreírles amable, mientras las dos se ponían de acuerdo en lo que fue el patrocinio de uno de los más ambiciosos proyectos de intercambio artístico - cultural latinoamericano, cuya firma finalmente se celebró con una gran comilona presidida por Sergio Renan en la terraza del Parque. Incontables veces, un viernes,  mudé mi oficina a una mesa del Restaurante El Parque, en Parque Central, para desde allí sentir que pertenecía a un mundo que se formaba ante mis ojos sin otro presentimiento que un futuro brillante.
De entre miles, rescato una anécdota premonitoria que se me ha instalado en la mente desde que el recuerdo de ese magnífico restaurante revivió mis morriñas. Un día, Isaac Chocrón me pidió que me uniera a un almuerzo que ofrecía para un pequeño grupo de personas en homenaje a Enrique Iglesias, entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (no el cantante famoso hijo de Isabel Presyler) a celebrarse - donde más -  en El Parque. En realidad, como siempre lo exigió mi trabajo a su lado, mi presencia en ese almuerzo se debía más bien a su interés en que todo saliera de manera impecable, como merecía el ilustre visitante.  Sentados a la mesa, un buen grupo de pesos pesados de las finanzas y las artes de entonces (materias ambas que el anfitrión dominaba con éxito) las horas transcurrían sin que nadie diera ninguna señal de que el condumio llegaba a su fin. Postres, cafés y bajativos más tarde, los invitados seguían llenando sus vasos de whisky y hablando a todo pulmón de cosas cada  vez más estridentes; de pronto, el Dr. Iglesias se volteó y le dijo a Isaac (su amigo desde hacía muchos años)
 
-          Chocrón, esto es increíble, un país no puede paralizarse un viernes completo por causa de un buen restaurante, esto no va a durarles mucho tiempo;  aunque sea viernes….la gente tiene que trabajar!!!
 
Entonces se levantó de la mesa, se despidió con toda amabilidad y dio por terminado el convite.
Ha sido ahora, unos 25 años después que he entendido su vaticinio lapidario: “La gente tiene que trabajar”….es cierto, Dr. Iglesias; la gente tendría que trabajar….

domingo, 24 de agosto de 2014

Bella Caracas

Luces gloriosa con tus guirnaldas de cerros a tu alrededor
Caracas, ciudad hermosa
Tú eres bella, Caracas, la cuna del Libertador
(Billo Frómeta)

Por increíble que parezca, yo adoro Caracas. No tiene absolutamente nada que ver con ese patrioterismo ligado al pabellón criollo o al tricolor nacional que esta de moda. No. A mí me encanta Caracas desde mucho antes que “este es el mejor país del mundo” (pero con cuanto gusto me mudaría para Panamá) se convirtiera en respuesta al dilema de subsistencia que nos sirven los rojos a la mesa todos los días. Es probable que la buena opinión que tengo de nuestra ciudad capital esté permeada: Yo viví la ciudad feliz, la que aun en medio del caos más terrible tenía cosas que ofrecer a sus habitantes,  la que estaba llamada a convertirse en la gran capital latinoamericana. La de antes, la que no se había enfermado. De modo que no es necesario ser la reencarnación de Sigmund Freud para diagnosticarme algún caso de nostalgia mal resuelto con la ciudad en la que viví mucho tiempo. Lo acepto, pero de forma muy simple.  Una de las pocas cosas de las que alardeo en mi vida, es de no ser un hombre nostálgico de Patria. Esa palabra, para mí, no tiene significado alguno. A favor de la corriente que me acusa de descastado, defiendo el derecho a no comprender cabalmente que cosa es esa de patria. Es decir, no sé si  los 900 y pico mil kilómetros cuadrados que (me enseñaron en la escuela) son Venezuela, esconden entre sus límites el significado de patria. O si patria es una colección de símbolos, ahora bastante alterados, que significan un gentilicio desahuciado, si es un sabor o incluso un olor. No lo sé. Cuando me exprimo el cerebro buscándole explicación a esa repentina fiebre de amor por lo criollo que se pregona a todo volumen desde cualquier rincón dentro, pero sobre todo, fuera del país, lo que más consigo descubrir es mi relación particular de amor con Caracas. La capital del desaguisado.
Es bastante probable, (lo pongo así, porque en este asunto no hay verdades reveladas) que siendo un tipo tan absolutamente urbano, adorador de los semáforos, la contaminación y el gentío (siempre que no lo molesten directamente a él) sienta que Caracas es lo más parecido a una ciudad en mayúsculas que uno puede encontrar en este valle de lagrimas. Mi relación con Caracas se fraguó a bordo de un autobús de Expresos Alianza en los tiempos de El Cafetal de las vacaciones de mi infancia, después de un viaje que duraba, exactamente, 12 horas y cuatro paradas, hasta un Nuevo Circo que a mí se me antojaba la puerta del paraíso. Ni modo, si alguna tarea impostergable me asigné siendo apenas un niñito, enamorarme de Caracas fue, sin duda,  una de las más fáciles e importantes.  En mi adolescencia, El Cafetal de mi tía se alternaba con la Santa Mónica de mi papá y, poco a poco, empecé a entender el enramado de urbanizaciones que poblaban la ciudad de pequeñas ciudades parecidas a sí misma. Santa Mónica me acercó a Bello Monte y Bello Monte me regaló mi primera salida de hombre grande: una escapada “ilegal” al Hawai Kay para escuchar a una Blanca Rosa Gil evangélica que alternaba la palabra de Dios, con su hambre de besar con ansias locas y que me muerdan en la boca hasta hacérmela sangrar. Nada, fue definitivo; convertir a Caracas en el patio de todos mis pecados o pudrirme en el limbo facilón, sin horizontes, de la Ciudad de los Caballeros.
Un día de mis 23 años aterricé a vivirla con dos logros exagerados: entraba a trabajar en el Teresa Carreño y tenía  alquilada una habitación en un apartamento de Parque Central. ¿Más caraqueño que eso? Imposible.  Fue en ese momento cuando dediqué todos los días que siguieron, a revelar los secretos de la ciudad que me acogía. Lo que descubrí en ese entonces pertenece al lado bueno de mis memorias, como el restaurantico de Rita y Paola en Bello Monte, el árabe de Catia, los zapatos hechos a mano de La Candelaria, el Tocinillo de Cielo de una pastelería que estaba casi al lado de la Iglesia de la Chiquinquirá, las rumbas interminables del Ice Palace en la Torre Británica, la Ensaimada que hacían detrás de la Plaza Morelos, el primer Grafitti (La Trinidad, ¿se acuerdan?)  Las chaquetas de kaki que hacia La Negra en el Pedregal, los primeros zapatos Neutroni, las camisas de AREA en el CCCT, las noches de ópera en el Teresa, el Vitel Tone de Da Sandra y el Picasso que colgaba en una esquina preferente de la mejor sala del Museo de Sofía.  Di muchos tumbos, viví en un anexo de la Alta Florida, de donde me  mudé desesperado a un hotel, la noche que uno de mis vecinos tocó mi puerta, con una pistola en la mano, después de golpear a su esposa, para pedirme un cigarrillo (no pasó mayor cosa, por cierto, ni a la esposa ni a mí) tuve una pequeña “pasantía” en un extraño cuarto de Montecristo, pasé algunas semanas en un apartamento prestado en la Avenida Libertador, frente a un famoso bar gay en el que actuaban las mejores transformistas de Caracas y un buen día, para siempre, llegué a Los Palos Grandes, el barrio por excelencia y mi alternativa de vida: si no puedo encerrarme en un pequeño apartamento de Paris a escribir la novela que venderá más ejemplares que Harry Potter, entonces me transo por los Palos Grandes. Así de demasiado me gusta ese barrio.
Esta larga lista de lugares que ya no existen, solo sirve para justificar una nostalgia inútil y tramposa que insiste en aparecer cada vez que vuelvo a pisar sus calles nuevamente con el despecho de quien ve en su novia de juventud, las marcas del maltrato. No la he dejado de amar, en absoluto, pero Caracas no se parece a la ciudad que busca mi memoria escudriñando sus rincones.  Si es verdad que tiene algunos encantos nuevos, cada vez más destruidos, de paso sea dicho; pero, la ciudad a la que fui la semana pasada, almacena violencia, maldad, basura y amenazas. Ahora, los teatros abren a las 5 de la tarde un sábado porque de otro modo la taquilla sufrirá el embate de la inseguridad, las bodas se celebran con discretos almuerzos a media mañana porque es un poco más seguro bailar a la luz del sol y los amigos invitan a brunch porque todos le tenemos pánico a la noche; aunque igual nos asaltan de día. A todo lo demás parecemos irnos acostumbrando: los escandalosos precios de la comida, la escasez que empieza a notarse cuando ya en el resto del país es noticia vieja, el trafico indescriptible de toda la vida, ahora enviciado de motorizados sin orden ni concierto y ese estado de deterioro físico en el que empieza a esfumarse la ciudad que era,  mientras desesperados capitalinos se ahorcan en sus esquinas,  sin merecer siquiera una oración de misericordia.
Los Palos Grandes, sin embargo, sigue teniendo calor de barrio entrañable y un excelente restaurante árabe, aunque Paris y su raclet de 10 euros en Montmartre parece más cercana. No sé si escribiré la novela que venda más ejemplares que alguna de Harry Potter  y por los vientos que soplan,  un día de estos,  Caracas se convertirá una vez más en un recuerdo.  Por ahora, sigue siendo un lugar al que algunos provincianos ansiosos de vida nos enfrentamos con miedo, para recibir cálidos abrazos de amigos muy queridos y ver teatro, la excusa frívola que conseguí para justificarme la nostalgia.

martes, 7 de mayo de 2013

Otras horas, las de ayer

otras horasCuando desperté, esta mañana, el ruido de la lluvia golpeaba mi ventana. Había llovido toda la noche un concierto estremecedor de aguas que arrastran lo que encuentren a su paso. De fríos, de cobijas que nos llevan a otros techos, a otras horas, a otras lluvias.
Era muy temprano. Ahora no puedo dormir hasta que me dé la gana, despierto irremediablemente a primerísima hora. Me quedé un rato en la cama enredado en las pesadas mantas sin las que me costaría muchísimo conseguir esas horas suaves de descanso. La habitación comenzó a llenarse de nostalgias, trampas que me fueron recordando lo mucho que hemos perdido todos. Lo mucho que he perdido yo; un sabor, por ejemplo, el de un tazón de majarete reposando en el cimiento de la vieja cocina de la casa de mi abuela en la calle 19.
Mi abuela murió hace más de 40 años. Era una mujer joven, divertida y altanera. Era la mejor abuela del mundo. Una abuela que cocinaba como nadie, una abuela que tomó una única equivocada decisión: llevarse con ella los sabores a su tumba. Dejarnos nostalgias. Abrirnos las trampas.
Llovía torrencialmente en Mérida y el sol estuvo negado a salir hasta casi las once de la mañana; entonces, el tazón de majarete dio paso a una calle por la que bajaban las aguas de la lluvia convertidas en rio, una casa modesta que siempre olía a comidas sabrosas y telas recién compradas, un enorme frasco lleno de botones y algunas agujas sueltas, que nunca nos enseñaron nada más sofisticado que remendar una camisa desprovista de cerrojos, y a una ciudad que ya no existe. Que fuimos borrando lentamente en el paso de los años para no permitirle crecer.
La calle sigue siendo la misma, las tapias de los vecinos siguen siendo las mismas. La casa de Doña Edicta, la ventana de Doña Amanda y la esquina de Delia Castillo están intactas, Ni Edicta, ni Amanda, ni Delia Castillo están allí para responder los buenos días. Mérida tampoco. La sierra sigue allí, y algunos días responde los buenos días. Aquel buen caballero que barría las calles, aquel marchante que tomaba café en nuestro porche y saludaba, la mujer del romantón y la mantilla en la mano, ya no están. La decencia de ellos y otros más, tampoco, y yo, por más que me esfuerce en cocinar con esmero, no logro reinventar el majarete de mi abuela.
Será el progreso, que se disfraza de infierno para no permitirnos llorar.

domingo, 8 de mayo de 2011

Según se mire, serán nostalgias...

Mi familia, tan disfuncional como cualquiera, enfrentaba el segundo domingo de mayo con la angustia de sentir que ese día se homenajeaba una cursilería hecha de palomitas de cristal y flores repujadas. Creativos a la hora de convencernos para honrar la fecha, nos montábamos en el tren de una celebración que, aunque no dudábamos necesaria, se diseñaba para no torcer el deseo de hacerlo como gente normal y civilizada. Mamá, que podía tener el mejor humor del mundo si quería, se anotaba de primera y nos acompañaba en el intento, recitando poemas tontos y cantando canciones de Libertad Lamarque como prueba de buen talante. Pronto, sin embargo, retomaba las riendas del Día en su honor y nos conducía suavemente al mundo de las cosas bien hechas; es decir, a la misa dominical, los claveles rojos en la tumba de las abuelas y el almuerzo familiar, que dejó de hacerse en un restaurante cuando yo empecé a demostrar buena mano con ollas y sartenes. Rodeados de tías y primos que brindaban algo más que compañía era, además, una ocasión perfecta para ponernos al día en historias de una familia macondiana que cada año develaba sus secretos al calor del jolgorio.
Fue un Día de Las Madres que mamá anunció, gravemente, las diferencias insalvables entre mi hermano y su primera esposa y fue un Día de Las Madres el escogido por la vida, para confirmar terribles noticias de salud para mi hermano mayor. Pintado de ocasión inmejorable, el Día de Las Madres servía, entre muchas cosas, para que todos viviéramos un poco más de cerca la suerte de pertenecer a una familia de disparates, en la que cada quien tenía su propio mundo al revés mientras intentaba componer el del otro, guiados por una mamá divertida y solidaria.
Esa mama ya no está, la misa dominical es asunto de cada uno y los planes de almuerzo se resuelven tan en familia como se puede y con quien se puede; sólo permanecen los claveles rojos y cierta manera dolorosamente nostálgica de buscar a esa señora bonita que nos reunía en una mesa y adoraba mi comida: un rito al que le tengo miedo, si he de ser honesto. Tal vez por eso, desde hace algunos años, cada segundo domingo de mayo que amanece, me da por recordar el verso cursi e indispensable que tanto recité para reírme al lado de mamá: si tienes una madre todavía da gracias al señor que te ama tanto; lo malo es que ya no lo hago para reírme. Será la madurez, digo yo.

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