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martes, 30 de junio de 2015

Eso, pana...normal...


Ayer volví a mis andanzas de profe. Llamado para un encuentro con un grupo de jóvenes como los que hasta Diciembre habían sido mis estudiantes regulares, tuve la oportunidad de pasar un rato escudriñando un tema que usualmente me viene como anillo al dedo: ¿Qué les pasa a ellos, como jóvenes? Es decir, más o menos, ¿en qué andan pensando nuestros muchachos cuando les toca enfrentar la vida? esa misma vida cuesta arriba que nos toca enfrentar a todos, pero que ya a nosotros, hombres de cabellos blancos y cada vez menos fe, nos ha sacado callos. Mi tarea era bien sencilla: utilizando algunas herramientas didácticas, tenía que averiguar, por lo menos, qué cosa les indigna a nuestros muchachos y ponerlo por escrito. Lo hice. Solo que creo que al hacerlo, cometí el pecado capital de asumirlos participes de esto-que-nos-está-pasando.
Pocas cosas son tan aterradoras como sentarse en medio de un grupo de chamos menores de 20 años a tratar de contarles un país desleído. Pocas cosas tan difíciles en esta vida, como tratar de hacerle ver a un adolescente los  mismos obstáculos que uno encuentra en el camino de su propia vida. No se logra con los hijos – el que tiene la dicha o la desgracia de tenerlos – es mucho menos probable lograrlo con quienes están en la vida de uno por razones estrictamente circunstanciales. Es cierto que los adolescentes son unas cosas muy raras, a quienes uno  nunca entiende ni el tono de voz con el que responden los buenos días de cada día; pero, también lo es, o debería serlo, que en el fragor de tratar de establecer una convivencia sana, uno pudiera entender por lo menos, sus motivaciones, uno pudiera lograr, de algún modo, establecer una comunicación relativamente efectiva. Pues bien, lo que yo viví ayer, ni se parece remotamente, ni es esperanzador. Es la confirmación de que este contenedor que los acoge, olímpicamente pasa de ellos como de un mal necesario que algún día se arreglará solo. Lo que yo viví ayer, es la ratificación de que, en los tiempos que corren, el milagro de Fátima es imposible de reeditarse (si es que alguien cree que ese milagro resolverá cosa alguna): Si a los chamos de hoy se les aparece La Santísima Virgen, van a apartarla a un lado pensando que esa luz blanca (dicen que la Virgen se aparece siempre rodeada de una luz blanquísima) es producto de algún nuevo invento químico que se hará viral muy pronto, explicándolo todo.
Lo digo con absoluto convencimiento. Sorprende muchísimo que nuestras universidades estén habitadas por muchachos que de vez en cuando salen a “tirar piedras”, debe ser que esa característica rebelde se inocula en los pasillos de la facultad o la venden en los cafetines. Yo me atrevo a asegurar, sin temores, que el paso de nuestros muchachos por bachillerato, lo único que no logra es despertarles consciencias. Ni de rebeldía ni de ningún tipo. Tampoco logra prepararlos para emprender ningún camino en la vida, pero eso es, literalmente, harina de otro costal. Mi experiencia de ayer con un grupo de 40 muchachos entre 15 y 19 años de edad, me ha dejado agotado y sin recursos para sembrar optimismo en nadie. O sea, normal.
Hace poco una amiga muy querida, preguntaba si cuando un muchacho de hoy dice que algo es normal (una palabra muletilla del nuevo léxico estudiantil) en realidad le está dando a esa palabrita el significado que tiene, el que usted y yo conocemos gracias al DRAE.  Ahora creo finalmente tener la respuesta: si, pero, no.  Si, pues para ellos normal es normal; no, pues para usted es un disparate.   Para mis estudiantes de ayer, todo lo que nos escandaliza hoy día, es normal. La muerte de los estudiantes apostados en trincheras  el año pasado, es normal. Los robos de sus celulares, es normal. Las colas de los supermercados, es normal. La violencia urbana que hoy cuenta por decenas de miles las víctimas del hampa común, es normal. Vivir con miedo, es normal (total, aunque uno viva con miedo nunca pasa nada, dijo una de las niñas que a los 16 años es madre de una cría de dos). Vivir el desasosiego, es normal. Punto. Puede ser que reconozcan que es un fastidio; de hecho, lo reconocen como “requisito académico” – estaban obligados a llenar un formulario que mostrase resultados – pero en la verdad de sus mentes empezándose a formar, “este desastre es normal”. Punto.
Es entonces cuando el tema más álgido de estos tiempos empieza a asomar en la discusión: ¿Podemos hacer algo por cambiar esta realidad que nos atormenta? Muy para mi sorpresa, podemos, por supuesto; pero, ni por asomo la vía se parece a la que, usted y yo, tenemos más o menos trazada: ni  uno de los jóvenes nuevos votantes de ese grupo está dispuesto a inscribirse en el REP, mucho menos ha pensado, ni de lejos, perder su tiempo en votar. Solo dos de ellos piensa que la universidad (De Los Andes) tiene un futuro concreto que ofrecerles. A ninguno le preocupa que el proceso de ingreso a esa universidad esté siendo objeto de tanto escrutinio (hubo quien confesó – no sé si será una bravuconada – tener el negocio listo para traspasar el cupo del que es beneficiario por “asignación territorial” y ganarse unas lucas) mientras que la mayoría de los varones piensan que sería estupendo entrar a la GNB o estudiar para Policía, y así cometer delitos con entera legalidad.
Lo más seguro, dijo uno de los participantes con voz de líder, es que cuando ustedes los viejos salgan a votar ahora en diciembre, les hagan tremendo fraude y entonces se arme la grande y eso si va a ser de pinga, profe….aquí lo que hay que hacer es una tremenda guerra. Normal” y entonces sus ojos púberes se convirtieron en pantallas de Hollywood con proyección en 3D y sonido sensorround.  “Total, la guerra es normal, no es así profe, normal,  y además qué, si yo ahorita no puedo irme de aquí. Normal”
Tras  los aplausos que siguieron a esa intervención,  apareció la verdad que se me rebelaba en esa algarabía ruidosa: esos jóvenes, de extracción social muy baja, si tienen alguna frustración, es la de saber que no podrán emigrar dentro de poco (como todos sus pares de mayor nivel social sueñan hacer o están haciendo) de todo lo demás, es decir del país, a ellos les queda un mapa que saben delinear con ojos cerrados y un desapego que saben contar con crudeza desesperanzadora. El resto, es normal; incluso la mea culpa de sus profesores y la vida atropellada de sus padres. Pero, eso, además de normal, es tema de desvelos que no me provoca desgranar ahorita. Normal.

martes, 30 de septiembre de 2014

¡ Empezamos...!

Con toda la fanfarria acostumbrada y sin que nadie sepa, realmente, a qué atenerse, ha comenzado el año escolar en todos los institutos de educación inicial y media de la Republica Bolivariana (así se llama ahora, chévere, ¿no?) es decir; desde hace poco más de una semana, todos los chamos de este país de canastas vacías, han regresado a las novedades del proceso educativo que habrá de convertirlos - si lo permite Dios -   (literalmente, pues aquí no nos queda sino rogarle al Altísimo) en bachilleres.
Si para los estudiantes el inicio del año estuvo lleno de la emoción del reencuentro, los nuevos profesores, el cambio de color en la franela y las páginas en blanco de sus cuadernos; para los profesores ha estado, sencillamente, lleno de contrariedades. Y no menciono la más obvia de todas (seguimos ganando sueldos de miseria en una economía de guerras) sino la que tiene que ver con la única razón por la que, los que enseñamos, nos atrevemos a continuar intentar enseñando: la sana intención de hacer algo, que deje algo, en la vida de estos muchachos; de hacerlo bien - dentro de lo que cabe - y en libertad - dentro de lo posible -
Cualquier persona que decida ponerse a dar clases como opción de vida, es sospechosa de poseer un alma bonita (no lo digo por mí)  y de algún desorden mental (eso sí lo digo por mí) pero, eso no viene a este caso. Parafraseando a todos los cultores de la cursilería whasapiana, verdaderamente, enseñar es una tarea de héroes. Todo lo demás sobra. Incluso los malos profesores dejan una huella imborrable en sus alumnos (uno pasa el resto de su vida hablando de lo pirata que eran y repitiendo las anécdotas que ilustran su piratería)  de modo que, lo menos que se puede desear, es que las "reglas" que regulan el trabajo de educar, se parezcan a todo lo bueno de este mundo; pero, vivimos la Venezuela del siglo XXI y ciertamente, "todo lo bueno de este mundo”, como tal, es demasiado pedir.
El inicio de actividades ha venido pues, llenecito de opciones para hacer las cosas muy mal hechas y a nosotros no nos ha quedado nada más que aguantar el chaparrón con el estoicismo de quien quiere voltearle la tortilla a la vida.
Resulta, por ejemplo, que según la Batalla contra la repitiencia y el abandono escolar (no me negarán que para ponerle nombre a las cosas, a pesar del lenguaje bélico inaguantable, son unos duros) el siglo XXI le ofrece al muchacho todas las herramientas para perpetuar la irresponsabilidad que viene en sus genes. Si un estudiante decide no venir a clases durante el año a las horas y días que le corresponde, o si prefiere, en lugar de cumplir con sus deberes escolares, ponerse a monear poste, no hay problema: la batalla de marras, tan comprensiva ella, ahora le brinda un chance adicional de clavarse el ansiado 10 que le permitirá convertirse en un mediocre bachiller de la república. La cosa es así, más o menos: en plenas vacaciones escolares (¡ahaja...!) un grupo de docentes "voluntarios" tenia (¿tuvo?) la responsabilidad de repetir, en cápsulas de dos semanas, la materia de todo el año para, luego, en las dos primeras semanas del calendario escolar, repetir los exámenes de reparación (llamados ahora remediales, a falta de remedios) que ya esos mismos estudiantes habían presentado en Julio, sin éxito. (Nota del opinador: muy pocos liceos se enteraron del cuento y muchos menos, lograron entusiasmar a algunos voluntarios para darle cuerpo al invento remediador, de paso sea dicho)
A ver; una de las herramientas más efectivas que un educador tiene para crearle a sus estudiantes algún sentido de responsabilidad es la evaluación. Al margen de todos los problemas que reconocemos en nuestro sistema educativo, (incontables, agudos, dolorosos, inexplicables) la tarea fundamental de un profesor es, superar exitosamente los obstáculos y hacer de su aula un espacio en el que se formen ciudadanos; es decir, se forme gente "decente" con algunos conocimientos. Para eso, hay normas que requieren ser puestas en práctica. Bien, la revisión del cumplimiento de esas normas, de manera que puedan evidenciar crecimiento personal en aquel a quien van dirigidas, es lo que significa evaluar; en otras palabras, si usted tiene un examen de matemáticas el jueves a las 3 de la tarde y a usted le interesa salir del bachillerato, a tiempo de poderse labrar un futuro; entonces, man-que-pongan, su deber es venir el jueves a las 3 de la tarde y tener la regla de tres bien aprendida. Si no, pailas.....se llama responsabilidad desde que el hombre decidió vivir en  comunidad con el hombre. Desde luego los imponderables existen, a usted se le puede morir su abuelita el jueves a las 10 y 26 minutos de la mañana; pero, para enfrentar eso, existe la enorme flexibilidad de los tiempos escolares. De manera pues, que si algunos interpretamos como una debilidad del sistema las famosas reparaciones de final de año, ¿qué nombre podemos ponerle a un sistema de hiperreparacion viciado de desorganizaciones e improvisaciones, diseñado para interrumpir  - sin la menor efectividad - el periodo vacacional de educadores y educandos? ¿Es necesario que haya tanto espacio para validar el incumplimiento de los compromisos más básicos implicados en el deber ser de un adolescente?
Las dos primeras semanas del año escolar se han diluido en una "batalla" en la que la mayoría de los educadores venezolanos no se habían alistado pues, para empezar, se enteraron de su existencia una vez concluidos sus lapsos. Al final, como siempre, el lado bueno de todos esos inventos es que se cumplen solo a medias; no obstante, la mayoría de quienes nos tomamos en serio nuestro oficio, nos hemos visto a vapores para cumplir un mandato que echa por tierra, nuevamente, el sentido fundamental de la educación: o nos ponemos las pilas en la formación de responsabilidades o continuaremos acabando con la decencia.
¿Les hago un dibujito?

sábado, 26 de julio de 2014

Mireya-mi-jefa y yo...

Yo venía caminando por la avenida Los Próceres, Mireya salía de una calle para incorporarse al tráfico, la vi justo en el momento en que manoteaba desde su puesto de conductor como preguntándome a donde iba. Se ofreció a llevarme, yo acepté para escapar de esa cosa  horrible que aquí llaman transporte público. No éramos amigos; yo sabía que ella es cercana amiga de mi hermana y recordaba su presencia solidaria en las brumas de la mala hora; pero, poco más.
 Nunca me percaté – hasta ahora – que ese día empecé a ser mejor persona, una vez más;  así como tampoco me percaté (culpa del argentino que llevo dentro) de que en ese momento, Mireya hacia algo que en pocas ocasiones alguien ha hecho por mí: apostar a mí, poquito - como deben ser las apuestas riesgosas – y con certeza, que es lo que cuenta. Ese día, antes de dejarme en mi casa, habíamos hecho el compromiso formal de sentarnos a conversar el viernes siguiente, a las 3 de la tarde, para explorar las opciones que me permitirían incorporarme al personal de la Escuela Técnica Industrial Padre Madariaga. Llegó el viernes, yo me asomé a la puerta de su oficina, que siempre estuvo y estará abierta, a las 3 en punto de la tarde y ella, con ojos sonreídos, alabó mi puntualidad diciéndome que solo por eso tendría que contratarme, “que en este país alguien se acuerde de una reunión a las tres de la tarde de un viernes, sin que lo hayan llamado para recordárselo, es un milagro, tendría que contratarte solo por eso” Así empezó mi andadura por un mundo desconocido hasta ese momento - voy a decirlo de una vez y advierto que no me causa ni orgullo ni vergüenza – yo soy un tipo muy sifrino y muy complicado, yo nunca había puesto mis pies en un barrio. Mucho menos me había planteado convivir con un barrio. Eso no era para mí. Yo podía tener (juro que las tengo) todas las soluciones para la pobreza, la promiscuidad de la vida de los que nada tienen y varios otros pensamientos a favor de encontrarle soluciones a ese, como uno de los grandes problemas de esto-que-nos-está-pasando, pero, al igual que muchos miles de paisanos, lo hacía desde la comodidad de mi habitación y por las redes sociales; en vivo y en directo, nada. Hasta ese día, en que ella me contó de La Loma y me dijo, como quien no quiere, que tenía unas horas, poquitas, y quería dármelas a mí para ver si yo podía hacer algo por sus muchachos. En principio se trataba de inventar un club de teatro para los alumnos; aunque debo confesar (pronto y sin argucias) que ese es uno de los fracasos más grandes de mi vida, también debo decir, en mi defensa, que es la prueba de que no hay mal que por bien no venga. En menos de un año escolar, me había convertido en profesor de un grupo de adolescentes con más problemas que el país mismo y la vida se me había vuelto un sube y baja de emociones ajenas que desembocaron en un montón de horas académicas, con asignatura propia, consejos docentes, planificaciones que siempre se quedan para otro día y todas esas cosas que se supone son propias de gente que se gana la vida enseñando; pero, se pasa la vida aprendiendo.
Gracias a Mireya comencé otra vez a tener verdades absolutas en mi vida: no importa el mal humor y las ganas que tenga de torcerle el pescuezo a alguien, “mis” alumnos no son ese pescuezo, aunque algunos lo merezcan, pues ellos están allí, con agradecimiento,  esperando que uno llegue a iluminarles la vida, aunque lo haga arrastrando el último suspiro.  Gracias a Mireya yo me enteré que hay adolescentes que se empeñan en sacar lo mejor y lo peor de uno, en un solo “bloque” y que eso se parece mucho a una gran forma de vivir la vida. Gracias a Mireya, en una cauchera de mala muerte, que queda en un vecindario de mala muerte, un muchacho lleno de grasa de pies a cabeza, me recibe como si yo fuera el Rey Fuad y no me cobra la reparación de los cauchos de mi auto porque yo soy su profe y soy un monstro.  Gracias a Mireya, yo he conocido gente a la que nunca me le habría acercado por decisión propia y, poco a poco, he llegado a hermanarlos en el afecto más profundo, a pesar de los taki ti taki, o tal vez porque existen, la vida es así y punto.
Ayer, en una fiesta que nos quedó buenísima, despedimos a Mireya, empeñada en jubilarse cuando nadie le había dicho que se jubilara, para dejarnos en este ayayay de no saber cómo va a ser el año escolar que viene, ni si tendremos las  libertades que Mireya nos dio a todos para que hiciéramos con nuestras clases lo que nos diera la gana, confiada - como siempre ha estado - en que sabremos hacerlo. Tengo que confesar, por eso lo escribo, que la salida de Mireya de la dirección de mi escuela, me produce hasta miedo, quizás por aquello de que uno ya no tiene edad para asimilar cambios y sobre todo, me produce nostalgia adelantada. Voy a echar de menos el espacio para ejercer de mí. Para hacerle chistes al poder, para abrir la puerta e interrumpir reuniones de alto nivel y soltar cuatro cosas bien y mal dichas sin que me manden a callar o estar para  echar una mano a la tarea inconclusa de ponerle buena cara a estos tiempos malos, rémalos.
La suerte, extraordinaria, es que no voy a echar de menos a la amiga. Espero que siga viniendo a almorzar a mi casa con frecuencia, espero que siga estando por allí para solucionarnos la historia, espero que esté al alcance del teléfono para hacernos algún favor mutuo, espero que volvamos a desayunar panquecas y pueda seguir burlándome de Pimienta.  Lo espero y sé que sucederá así. Mireya es ese tipo de mujer que se toma en serio la amistad y la expresa con abrazos mullidos, amplitud de mente y cerebro caraqueño, de los de antes. Eso lo agradece el corazón, porque sirve para entender que no hay otra forma de crear afectos que duren toda la vida. Como la escuela y yo. Como mis alumnos y yo. Como ella y yo.

lunes, 28 de abril de 2014

Escuela, educación y problemas (III)


Cierro aquí mis líneas sobre el tema, sumamente espinoso, de la reforma educativa que pretende imponer el régimen. Digo pretende porque quiero conservar un cierto talante optimista, pero, sea que protestemos o no, ellos terminarán haciendo con la instrucción de nuestros hijos literalmente, "lo que les de la gana¨. Algunas cosas, no obstante no son tan terribles ni tan inminentes, por tanto creo que tenemos unos días antes de que llenemos de "pioneritos" nuestros hogares. Dos aspectos, los dos últimos, no los menos importantes, han venido a mi cabeza para servir de cierre a esta larga disertación. Espero que, por lo menos, sirva para darle argumento a tanta gente desesperada que repite sin detenerse, las letanías en mal tono que ha puesto  a rodar la enfermedad del radicalismo. Veamos:
 El derecho preferente de los padres en la educación de sus hijos (“con mis hijos no te metas”): Lo crean o no, existe y se respeta. En todas las escuelas públicas o privadas de este país, los padres son los primeros consultados a la hora de dilucidar un asunto concerniente a sus hijos. No se ha implementado (podría hacerse en algún momento, pero no está planteado en este momento) mecanismo alguno que busque despojar a un padre o madre, de la patria potestad de su hijo menor de edad. Son los padres los que deciden en que colegio inscribir a sus hijos, son los padres los que deciden cual método de estudio debe seguir sus hijos, son los padres los que deciden hacia donde quieren dirigir la formación profesional de sus hijos (lo cual es, por decir lo menos, paradójico, puesto que ha ocasionado no pocas graves frustraciones en los hijos) y en último caso, no creo que de ningún modo, un muchacho criado en el siglo XXI acepte estudiar otra cosa que no sea aquella a la que su vocación lo ha llevado. Puede que el estado sueñe con ver a Yusbeisis convertida en enfermera, pero si Yusbeisis quiere ser cantante, nadie le va a quitar las ganas, a menos que haya nacido sin cuerdas vocales. Con esto no quiero decir que eso nunca va a suceder. El estado tiene mecanismos que no dudará en poner en práctica, para dirigir los estudios profesionales de los muchachos que egresan de nuestros liceos y colegios. El estado puede restringir el acceso a ciertas carreras mayoritarias y/u oligarcas, el estado puede cerrar facultades determinadas porque le da la gana. El estado puede, valiéndose de engañifas varias, convencer a 30 mil muchachos de estudiar para maestros; pero, un muchacho de hoy, con la cantidad de información que maneja, va a reaccionar en contra de cualquier adoctrinamiento tan pronto como se dé cuenta de que está siendo pastoreado. Y eso, por cierto, pude comprobarlo de buena fuente en una reciente visita a La Habana, donde, dicho sea de paso, el adoctrinamiento escolar es una verdad verdadera y el derecho preferente de los padres sobre la educación de los hijos se lo han pasado por el Arco de Triunfo más de una vez. Sin embargo, si un muchacho cubano quiere estudiar cine o medicina, y no otra cosa, consigue su objetivo, aunque no siempre en los mejores términos – formativos –
La educación privada y la educación católica, (que ya, para el caso, es lo mismo): Mire usted, estamos hablando de un gobierno dictatorial comunista. ¿No se le ha pasado por la cabeza que el Colegio La Salle tiene, más bien, demasiado tiempo en estado de gracia? Una de las cosas fundamentales que definen un gobierno dictatorial comunista, es la eliminación de la educación privada y/o religiosa, pues es vista como un privilegio de clases (que lo es, vamos a estar claros) de modo que yo creo que se han tardado  mucho. Tanto, que durante estos 15 años han continuado casi sin interrupciones, el subsidio a las escuelas católicas privadas. No quiero decir, y no me mal interpreten, que la educación privada debería desaparecer. Yo estoy a favor de los colegios privados como opción que los padres puedan escoger si tienen medios para afrontarla y creo, además, que siendo tan deficiente la educación pública, el colegio privado es una necesidad fundamental; pero, eso es lo que pienso yo y usted, quizás, que tenemos una corriente amplia de pensamiento. Ellos no la tienen. De modo que aunque hagamos marchas de kilómetros y nos inmolemos en su defensa, la educación privada tiene sus días contados. O quizás no. En todo caso, lo que debería tener días contados es el dictador  y una buena excusa para ellos sería la defensa de la educación plural, religiosa, laica y/o privada. Para que esto sea una seguridad, me temo que necesitamos un drástico cambio de sistema de gobierno.
Entonces, y a manera de por ahora, ciertamente la educación de nuestros hijos, tal y como la concebimos en nuestros primeros sueños de formación de una familia plural, capaz de exhibir patrones modernos de pensamiento amplio, está en riesgo; básicamente, porque todo lo que concierne a nuestros sueños de crecimiento y desarrollo lo está. Pero, cualquier intento de oponernos a las macabras intenciones de la dictadura obliga a estar bien informado. Armar un estruendo basados en suposiciones o, peor aún, basado en informaciones que no son completamente ciertas (como hasta ahora parecen serlo las tres o cuatro fotografías de páginas de libros bolivarianos que han circulado por las redes sociales) no es sino jugar el juego perverso de la decepción, a la que nos está llevando el G2 cubano y además, aumenta las radicalización que tanto daño ha hecho al movimiento opositor hasta el momento.  Por ejemplo, y me perdonan la insistencia, negarse a responder la consulta de calidad, argumentando que esta es una herramienta que nos hará cómplices de la adecuación de los contenidos educativos al Plan de la Patria es desaprovechar una oportunidad de decirle al régimen lo descontentos que estamos por sus erráticas políticas educativas y sus pretensiones ideologizantes. Por supuesto que nadie puede garantizar que al decirlo, vamos a ser tomados en cuenta; pero, es una puerta de la que nos están abriendo un mínimo resquicio, nos corresponde aprovechar ese resquicio para explayarla de par en par. Todo lo demás, es diálogo de sordos y aunque sé que una buena parte de la oposición venezolana se niega al dialogo, nunca perderé la oportunidad de decir que solamente un ejercicio de alta política podrá desenredar la madeja.
Negarnos a eso es inmolarnos, literalmente, y a mí me gustaría saber cuántos más de nosotros vamos a ponerle el pecho a las balas del desgobierno.

sábado, 26 de abril de 2014

Escuela, educación y problemas (II)


Definitivamente, es un tema tan largo, tan complicado y de tan grande interés, que dedicarse a hablar de esto a vuelo de pájaro, lo único que lograría es enredar las cosas. Puede que mi visión sea muy ingenua, puede que yo no sea capaz de ver el problema en profundidad y puede que yo esté equivocado (para los radicales es muy seguro que lo estoy) pero, pienso continuar ahondando la mirada que le doy al tema de la reforma educativa. Tres puntos más de la propuesta que tiene a todo el mundo crispado, que espero contribuyan a brindar tanto información como argumentos para defender una posición u otra. Veamos:
 El currículo bolivariano y el Plan de la Patria: Es posiblemente, la arista más difícil y menos complaciente de esta anunciada reforma. Es también, cómo no, la que debe tomarse más en consideración. Ciertamente, parece existir la intención de adecuar el currículo académico de nuestras escuelas básicas a lo que llaman el Plan de la Patria, es decir, el enredo comunista en que se basa la mal llamada revolución.  Doctos análisis han circulado sobre este tema. Yo quiero remitirme a tres aspectos fundamentales: Los libros que, según el decir de los detractores de la medida, servirán de guía a la formación de nuestros muchachos, aparentemente, contienen numerosos llamados a la violencia, numerosas menciones a Fidel Castro, ejercicios de matemáticas que refieren al alumno a compras en Mercal o Misiones y otras inexactitudes varias. Hasta ahora, lo máximo que puedo decir sobre el tema, es que en ninguno de los libros revisados, he conseguido una sola de las páginas cuyas fotografías han llenado las redes sociales.  El libro de matemáticas es muy malo porque, entre otras cosas, no contiene ejercicios de ningún tipo. Pero no por adoctrinador. No es el caso del libro de  Sociales, (Historia, vale decir) que es el más peligroso ya que  contiene una versión muy edulcorada e imprecisa de la historia contemporánea, convirtiendo al difunto en el padre sin mácula y a sus antecesores (cuando los nombra) en personajillos de reparto que no tienen importancia alguna. Según este libro la historia contemporánea de Venezuela empieza en 1999. Ese libro debería quemarse en plaza pública junto a todos los ejemplares de la Constitución Nacional que, devenida en catecismo gráfico del chavismo, forma parte de la colección Bicentenario. Ahora bien, es potestad de la escuela hacer uso, o no, de estas infames colecciones y en ese tema, es preferible no entrar por ahora. Baste decir que en el caso de la Constitución Nacional, lo verdaderamente grotesco son las numerosas imágenes del difunto, casi en trance de ser elevado a los altares; lo demás es el texto simple y puro de la Constitución Nacional. Bien se podría obviar el contenido gráfico.
El currículo en sí mismo: Una de las amenazas, o de los puntos álgidos de esta discusión, es precisamente el referido al diseño de un nuevo currículo educativo que une materias convencionales convirtiéndolas en áreas de enseñanza.  Yo pertenezco a un modelo educativo donde ese sistema se implementó hace 8 o 9 años, con mucho éxito. Es decir, se incorporaron áreas de conocimiento completamente novedosas (como educación para el trabajo, emprendimiento, manejo de conflictos, creatividad) y se replantearon los contenidos que corresponden estrictamente a materias “de toda la vida” (Ciencias incluye física, química y biología, por ejemplo) mientras que se reforzaron áreas como lengua (entendida como la formación en el área de lectura y escritura del idioma castellano, la excelencia en el manejo de las reglas de nuestra lengua y la enseñanza de idiomas) matemáticas y tecnología.  Paradójicamente, y a esto muy poca gente se ha referido, esta es la propuesta curricular propuesta una vez por el Ministerio de Educación. ¿Qué tiene de malo?
El docente: es la base de toda la discusión. Es imposible que un docente enseñe en su clase algo que no es verdad. Si lo hace, merece ser execrado inmediatamente. Es un asunto ético. Si a usted le dicen, como docente, que el ama de cría de Simón Bolívar era cubana (como dicen que dice uno de los libros de historia del siglo XXI) y usted sabe que no es verdad, usted no tiene derecho alguno a enseñarle esa patraña a sus alumnos.  Punto. Lo que quiero decir, es que el adoctrinamiento (si es que esa es la propuesta gubernamental) responderá siempre a la ética del docente. Si un docente cree que no le hace daño a sus estudiantes poniéndolo a hacer planas en las que dice “Yo quiero ser miliciano bolivariano y defender la revolución” entonces ese docente, suceda lo que suceda, no dejará jamás de dañar a sus estudiantes. Tal y como no dejará de hacerlo el profesor depredador o el pederasta. Prestarse a prácticas ideologizantes en el aula de clases, para congraciarse con el régimen, es oprobioso y eso no tiene vuelta de hoja.  Dependerá del alumno aceptar semejante violación a sus derechos fundamentales y dependerá de los padres evitar que eso suceda. Pero, ¿qué pasa con aquellos padres que creen que ideologizar a sus hijos en el credo único del comunismo es lo correcto? ¿Seremos capaces de cambiarles ese paradigma?
Entonces, la implementación de una reforma educativa, como instrumento académico que permita el adoctrinamiento de nuestros hijos es responsabilidad de padres y representantes, quienes tienen, de todos modos, la obligación de velar por la calidad de  la instrucción que sus hijos reciben en la escuela. No hay ley, no hay procedimiento administrativo, no hay protesta o pancarta que valga, si usted, como padre, no se ocupa directamente de la educación de sus hijos. Con o sin gobierno comunista.

miércoles, 23 de abril de 2014

Escuela, educación y problemas...(I)

Seguramente porque se trata de un tema que me toca muy de cerca, la educación, o mejor dicho, la instrucción que reciben los niños venezolanos en los institutos educativos a que asisten, es un asunto que me causa la más profunda preocupación; el por qué casi es obvio, voy a responderlo por si acaso alguien todavía tiene dudas frente a mi afirmación: Porque no sirve para nada. Hecha esta afirmación, que deja muy mal parados, desgraciadamente, a la mayoría de mis colegas y a la educación que yo mismo recibí y de la que estoy muy orgulloso, entro a hacer algunas afirmaciones tan preocupantes como la de arriba, para ver si - en un primer acercamiento - empezamos a entender el espororo que tenemos armado ante las amenazas de un proceso reformador de nuestra educación básica con fines infernalmente ideologizantes y adoctrinadores. Es, a que dudarlo, el tema del momento.
Ciertamente, el peligro más grave que tiene la formulación de una nueva ley de educación en la Venezuela del siglo XXI es, precisamente, la certidumbre histórica de que la educación ha servido a todos los regímenes dictatoriales comunistas para convencer las generaciones que van formando, de las bondades de un sistema de gobierno que en realidad carece al completo de ellas. En Venezuela, además, este riesgo aumenta por varios factores conexos: el hecho de que este régimen dictatorial se sustenta en la existencia de un fantasma que se nombra a diestra y siniestra, el desorden en que se envuelven todas las decisiones que se toman desde el alto gobierno y la incapacidad absoluta de poner en funcionamiento algo que le sirva de algo a la nación venezolana; por lo tanto, si algún riesgo corren nuestros niños, el de convertirse en víctimas de ese desolador panorama, no es como para dejarlo pasar de largo. No obstante, la reacción de un sector nada despreciable de la sociedad ante una amenaza surgida de los institutos en que estudian sus hijos, me parece en esta oportunidad, desproporcionada y hecha, una vez más, a partir del mero impacto emocional que tiene la frase “con mis hijos no te metas”. Por lo tanto, me parece (y esta opinión la mantengo a riesgo de ser tomado por ingenuo u oligofrénico) que se hace imperativo intentar comprender los significados reales de esta crisis, después de un análisis  hecho desde un juicio desmedidamente neutral (que será publicado en tres entregas) de lo que  está sucediendo. Veamos:
La Consulta de la Calidad Educativa: El instrumento que hizo sonar las más rojas alarmas consiste en un cuestionario enviado tanto a docentes, como a alumnos de los diferentes centros educativos de la nación, con el fin de medir (o interpretar) lo que ambos grupos, beneficiarios o padecedores del asunto educativo en primera instancia, piensan del actual modelo educativo.  Bastó y sobró. Fieles a ese extraño credo que predica el desconocimiento total de cuanta iniciativa de consulta surja desde las alturas del poder, un sector importante de la sociedad ha considerado que esta vez, el régimen ha llegado demasiado lejos.  En realidad no es así. Para empezar, las encuestas son anónimas y no contienen ni una sola pregunta de tipo personal, tal como dónde trabaja su padre o cuánto gana, o en qué  tipo de casa vive usted, ni cosa por el estilo. Las preguntas de la encuesta son: para el personal docente, 30 preguntas agrupadas en 10 temas “generadores” que, más bien, brindan al docente una oportunidad de oro para expresar todo lo malo que el actual sistema educativo posee. Yo sé lo que estoy diciendo, yo la respondí gustoso. Es un instrumento para el debate, es una herramienta para enrostrarle claramente al Ministerio de Educación su rampante fracaso en la materia. La única razón para no responderla, y me perdonan, es pertenecer al grupo de los que sostienen que con dictadores no se habla. Igualmente sucede con la encuesta de los alumnos, se trata de un simple cuestionario anónimo, contentivo de 7 preguntas diseñado, no sé si por error, para darle al alumno la posibilidad de expresar todo lo que NO LE GUSTA de la educación que recibe e incluso, de la que recibirá en el futuro. Hice el trabajo de recopilar las respuestas de los 170 alumnos de la escuela en que trabajo y sistematizar sus respuestas y mi sorpresa fue muy grata. Ante mi, tenía un grupo de estudiantes que desde 1ero a 6to año, tuvieron la valentía de decirnos, a sus docentes y al Ministerio de Educación, que la educación venezolana del año 2014, va en barrena.  Nadie les dijo lo que tenían que responder, nadie los aconsejó, ni en una dirección ni en la contraria. Ellos entendieron su oportunidad y la usaron. Eso a mí, como docente y como padre, me alegra muchísimo, me indica que nuestros adolescentes están formándose con criterio crítico a pesar de las adversidades. Entonces, ¿Por qué debo oponerme a que se expresen?
La Resolución 058: Aprobada hace más de dos años por la Asamblea Nacional, es un instrumento legal que sencillamente apuesta a la ineficiencia idiosincrática del venezolano. Yo estoy seguro que tal como está concebida, es imposible de aplicarse. De lo que no puedo estar seguro es que ellos se hayan dado cuenta. Básicamente consiste en una disposición, (ignorada en su  momento) que persigue lo mismo que cualquier otro instrumento legal emanado de las fauces del régimen: crear el mayor caos posible en el proceso de dirección y toma de decisiones de cualquier institución medianamente funcional. Entre sus muchas lindezas, establece por ejemplo, que el manejo de una escuela, desde la contratación del personal obrero, hasta las decisiones en materia de evaluación, disciplina o contenido curricular, se tomarán en común acuerdo entre representantes de los colectivos que hacen vida en una escuela, a saber, padres, representantes, alumnos, docentes, equipo directivo, personal obrero, personal administrativo y comunidad a la que pertenece la escuela, representada en este caso por el consejo comunal respectivo (un factor externo a la escuela, completamente).  Pues bien, solo la idea no ha logrado ser entendida a cabalidad por ninguna escuela de este país. Imagínese usted lo que significa ponerla en práctica: tienen dos años y medio intentándolo. No conozco ninguna institución que haya conseguido hacerlo. Como anécdota debo contar que en Mérida, la oficina correspondiente a la resolución 058 de la Zona Educativa no se encuentra en funcionamiento, como retaliación al tiempo excesivo que muchas escuelas han tomado para “ponerse a derecho”. Aun en toda su peligrosidad, que reconozco, la famosa resolución 058 es tanto una contradicción como un despropósito de proporciones épicas ante el cual lo mejor que podríamos hacer es guardar silencio. Aquellos directores de escuela con suficiente liderazgo – que los hay – y suficiente compromiso ético, se bastarán a sí mismos para detener el alcance de esta medida incomprensible. De todos modos y para tranquilidad de muchos, deberíamos luchar por su derogación, pero con argumentos sólidos tan sencillos como que una escuela, cualquiera que esta sea, no puede manejarse de forma tan díscola.

jueves, 18 de julio de 2013

Historia Patria

Ilse es profesora de Historia de Venezuela en  3ero 4to y 5to año de bachillerato. Hace muchos años se graduó de lo que en ese entonces se llamaba “bachillerato docente” y desde ese día no ha parado de estudiar, es Licenciada en Educación,  tiene dos especializaciones, una grosera cantidad de diplomados y seminarios y recientemente obtuvo un Doctorado en Educación que le costó sangre, sudor,  lágrimas y dos o tres viajes a Panamá para resolver “asuntos de su interés personal” en la sede de una universidad panameña que le ofreció el doctorado y le complicó la vida enterándola,  pocos días antes de la toga, el birrete y la capa doctoral, que el par de años de estudio a distancia no podían validarse en Venezuela por alguna extraña razón burocrática.  Ilse es la madre divorciada de dos hijos universitarios  a quienes atiende tanto como puede,  no sin el remordimiento de saber que no está haciéndolo bien y,  poco tiempo ha tenido para dejar escapar los dolores que le produce haber descubierto, después de un montón de años compartiendo cama y manías con el papá de los muchachos, que tanto estudiar y prepararse no le sirvió sino para que él pusiera sus ojos,  y otras cosas más privadas,  en manos de una gran amiga,  de ella.
Robándole tiempos a los martes para que los lunes se extiendan por más de 24 horas, Ilse ha salido adelante tanto como eso es posible.  A pesar de las ofertas numerosas, ha permanecido como profesora de Historia en un liceo de pobres que ella considera su casa.  Todo el oro de este mundo no la convencería de abandonar el aula de clases. Ese es el único vicio que le queda. No piensa en jubilaciones, no cree que pueda dar el salto a otros niveles de enseñanza ni encuentra razón alguna para abandonar los grupos de adolescentes mal portados a quienes les ha enseñado mucho más que las guerras de independencia.
Ilse gana lo máximo que puede ganar un profesor de escuela. Algo así como 5 mil bolívares mensuales más una cantidad cercana a 1000 bolívares en “cesta tickets” y algunos pobres beneficios adicionales, que escasamente se convierten en el significado real de beneficio. Ilse cubre todos los gastos de su casa, de ella y de sus hijos y mete mano en el desvencijado presupuesto de la escuela, para poder regalarle a sus otros muchachos una forma divertida de conocer la otra historia.
Últimamente, Ilse está comenzando a sentirse muy cansada. No lo achaca a un climaterio mal vivido porque eso fue algo que le tocó capotear en su momento. No es un desorden nervioso porque sabe que sus emociones, contenidas, están donde tienen que estar.  Ilse se ha descubierto, casi a punto de cumplir 60 años,  peleando con la vida unos pleitos, más bien amargos, que suelen empezar en las caratulas de unos libros llenos de logotipos y banderitas. A la hora del té,  Ilse se siente una mujer a quien la vida le dio oportunidades para prepararse a enfrentar un futuro que se quedó en alguna parte del desorden estrafalario al que hoy llaman vida. Últimamente, a Ilse le parece que algún loco le cambió el guión, la escenografía y el vestuario y está amenazándola con dejarla sin banda musical.
Ayer, Ilse se sentó a conversar con uno de sus hijos, tenaz y emblemático abanderado de lo que llaman el conflicto universitario. No necesitó muchas explicaciones, la pena se le instaló en el alma casi al momento de cumplir 10 minutos en el difícil encuentro madre-hijo.  Nicolás, desde un truncado tercer semestre de Ingeniería insistía airadamente en el silencio de otros gremios que podrían considerarse colegas. Ella lo escuchaba preguntándose angustiada qué hacer con la educación en el país de los imposibles. A pesar de estar en la misma acera, no lograron un acuerdo porque, en el mismo idioma, estaban hablando de cosas distintas. Es cierto, la plata no alcanza ni para el principio; pero, todo el amor de madre no logró convencer a Nicolás de que el coraje tampoco, ni las ganas de ser uno solo, ni el grito de basta. Si la ciudad que está dentro de una Universidad no ha conseguido una vida decente, ¿qué cree él que pueda hacer ella con  libros en donde la historia empieza a escribirse en 1999?

sábado, 23 de marzo de 2013

Felicidad difícil

Karina tiene 15 años, no es una estudiante que se destaque por motivos distintos a su comportamiento; no tiene buenas relaciones con nadie y en general, es una muchacha rara, muy rara. Hace poco se destapó la olla de sus maltratos; su familia, poco preparada para ayudarla a solucionar lo que para nosotros es su paso por la adolescencia, decidió hace mucho tiempo tratarla peor que a un perro. Karina viene con regularidad a la escuela y en medio de todo eso, algunos días sonríe ante calificaciones que no son del todo malas, considerando el contexto.
Yazmín tiene 16 años. Al contrario de Karina, desborda simpatías. Sus compañeros la quieren, siempre tiene alguna ocurrencia chistosa y es una excelente estudiante. Su mamá, una mujer muy joven, es peluquera, lo que da a Yazmin armas de embellecimiento que ni se cuentan. Yazmin levanta como pocas y vive bien, dentro de lo que cabe. No conoció a su papá (un día me dijo que no sabe si lo tiene) y piensa que su mama es una “tipa calidad, pero tampoco es que seamos tan amigas…”
Marzia tiene 14 años. Su mayor cualidad es su atractivo físico. Pequeñita, con cara de reina de belleza y cuerpo al que le ronca el mambo, su rendimiento escolar es de lo mejorcito. Le cuesta lograrlo pues vive bastante ocupada con tareas que no pertenecen a su edad. A veces, piensa que su papá “bebe demasiado” pero, ella no se da mala vida por eso. El año pasado se hizo novia de un estudiante de años superiores y - para poner de lado las botellas de aguardiente - se fue a vivir a la casa de él, allí ella juega a ser mujer y a lo que salga.
Antonieta es alta, bonita y muy poco dispuesta a ser una buena estudiante. Hace poco cumplió 16 años, aunque parece tener 19 o 20. Algunas veces hemos pensado que realmente tiene dificultades cognitivas, pero por más que intentemos ayudarla, su vida es su mayor obstáculo: Su madre vive en un retirado pueblo del páramo y a ella la mandaron a vivir en Mérida, a casa de un tío. Pues bueno, parece que allí se cumplen todas las malas predicciones imaginables: Antonieta es la mancillada sirvienta de esa familia, a cambio de casa y comida. Lo que sabemos es eso, lo que ella - muchas veces entre lagrimas - ha contado. Creo que sería horrible saber lo que ella aun no se atreve a contar. La esposa del tío jamás ha atendido ninguna de las citaciones recibidas; hace poco dijo que la próxima vez que la citaran, iba a devolver a la muchacha a su casa en el Páramo – e iba a dejarla sin estudios – Nosotros le creemos.
Entre otras coincidencias, las cuatro tienen algo más en común: Están embarazadas. Sólo Marzia tiene a su lado el padre del hijo que espera, aunque sirva de poco o ningún consuelo. Las cuatro están afrontando sus barrigas tan bien como se puede hacer eso en el barrio: asisten a consultas en el hospital y saben que el momento del parto las agarrará solas. Sus madres han aceptado los nietos como si se tratará de un designio inexorable del destino y el único padre que conocemos, (otra vez Marzia) ni quiere saber, ni le interesa. Han obtenido permiso para venir a clases sin uniforme, pues no habría manera de meter esos vientres en el rigor de una franela (azul o beige, según el caso) y ahí van, aceptando el regalo que les da alguna profesora cuyos hijos ya superaron escarpines y baberos.
En algún momento se las ve con cara de nostalgia, sobre todo cuando un evento les hace recordar su edad exacta, sus ganas de vivir lo que sus compañeras viven. Ninguna tiene otro plan que criar a su hijo de la mejor manera que pueda, lo que pasa es que ninguna sabe cuál es esa mejor manera.
Los padres de esos niños no existen. Es probable que se sienten al lado de cualquiera de nosotros, es probable que ni siquiera conozcan la extensión de sí mismos. Es probable que sea el novio del momento. Es probable que sea un primo u otro pariente, es probable que sea el vecino del lado.
Da igual, de todas maneras no existen.

jueves, 22 de marzo de 2012

Diversidad funcional

Hace mil años, en aquellos tiempos divertidos de la Escuela Infantil Mérida, compartí aula y recesos con un personaje inolvidable. Se llama Sarita Maldonado, es pelirroja, muy pecosa e impredecible. Tiene, además, otra seña de identidad importante: Sarita tiene un retardo mental bien notorio. No es Síndrome de Down, creo yo. Por lo menos no recuerdo que haya tenido las características físicas inocultables del Síndrome de Down; pero, a mi escaso entender, Sarita tiene severas discapacidades mentales. Lo que no deja de ser una lástima, por cierto.
Recuerdo muchas cosas de ese año escolar transcurrido junto a Sarita. Recuerdo, sobre todo, nuestra crueldad. Recuerdo también las vergüenzas que sus hermanos “normales” intentaban ocultar a toda costa y que hoy deben ser parte de sus recuerdos más tristes. Sarita era inmanejable. Bien porque decidiera que no era día de clases y se dedicara a sabotear olímpicamente cualquier intento, por pequeño que fuera, de eso que hoy llaman educación formal, o bien por que resolvía hacer gala de su fuerza alborotada: Sarita brincaba, Sarita reía, Sarita cantaba, Sarita peleaba, volvía a pelear y peleaba de nuevo. Sarita lloraba. Sarita gritaba sin control y sus compañeros – nosotros - éramos, tanto el coro de sus impulsos, como su severos críticos y agresores. En nuestro mundo de niños “que funcionaban” Sarita era, por mucho, la muñeca rota. Me apena decirlo, pero Sarita fue el blanco de todas las maldades, todas las burlas y todos los hartazgos de un grupo de niños a quienes, algunas veces, la fuerza incontrolable de Sarita ponía fuera de quicio.
Tal vez tengamos la disculpa de la ignorancia. Aunque a algunos nos lo explicaron en casa, ningún maestro hizo nunca nada para que durante todo el año escolar, Sarita dejara de ser el bicho raro; quizás por eso, cuando regresamos al año siguiente, Sarita no estaba. Su familia, después de una lucha indescriptible había logrado una escuela especial para niños excepcionales y su alumna estrella era Sarita. Nunca más supe de ella.
Hace poco conseguí a uno de sus hermanos. Hablamos de Sarita por largo rato. Está bien. Es una adulta con necesidades especiales que ha sobrevivido a todos los pronósticos. Recibe atención familiar y tiene el mismo carácter indómito que conocí en su infancia. Por suerte para ella, su familia entendió hace rato que su “diversidad funcional” la hace poco probable candidata a compartir el mundo hostil y cruel de los normales. Que protegerla no significa necesariamente execrarla, sino exponerla suavemente a ambientes donde sea amada y respetada por gente que esté dispuesta a aceptarla. Es decir, por gente que esté preparada para entender ese otro mundo, no por cualquiera que crea que el tema se resuelve con nombres políticamente correctos y un corral donde quepan todos “porque la integración es necesaria”. Sarita, por suerte, está a salvo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

De reivindicaciones y otros asuntos

Desde que en el pasado mes de Diciembre se hizo público el conflicto de los trabajadores de Fe y Alegría, que es el mismo de todos los trabajadores adscritos a la Asociación Venezolana de Educación Católica, y las voces se levantaron, en todas direcciones, primero para exigir el pago de unos aguinaldos que demoraron lo suyo en llegar y luego para exigir el cumplimiento del aumento salarial ofrecido por el Ejecutivo Nacional; he sostenido, en todas las instancias donde he podido expresarlo, que esta lucha, válida y valiosa como pocas, no puede convertirse en un asunto estrictamente “sindical”. Que los centros educativos cuya supervivencia depende del Convenio AVEC, no pueden permitirse una “pelea” en la que la única, o más importante reivindicación, sea de tipo salarial. Que es un deber ineludible de todos los que hacemos vida, de alguna manera, en las cercanías de la Educación Católica Venezolana, trascender una posición expresada en cifras porcentuales sumadas en totales reivindicativos y enarbolar, definitivamente, la bandera de defensa del paradigma conceptual en el que reposa la existencia misma de nuestro derecho a ser compensados cada quince y último de mes.
Esta mañana, con particular asombro, leí una carta que llegó a mi correo, firmada por el Padre Piedra, jefe de AVEC. Siempre me llaman la atención sus misivas, sobre todo por esa firma escueta que dice Piedra, así sin más, después de una despedida llena de católicas esperanzas. La de hoy, más que exigirme relecturas, me obligó a interpretaciones de las que salen estas líneas. Créanme que siento muchísimo aguarle la fiesta a quien esa carta haya alegrado. Es más, me permito aclarar que, tanto como a todos, un aumento de sueldo, el pago de un retroactivo adeudado desde hace meses y algún otro beneficio laboral adicional, no sólo le caerán muy bien a mi maltrecha economía venezolana, si no que pueden ser el acicate definitivo para intentar un acercamiento a cualquier cosa que interprete como excelencia, en mi desempeño profesional. Pero, es muy importante que esos beneficios, ganados a pulso por el conjunto de docentes, administradores, empleados, obreros y trabajadores de AVEC, no incluyan otras entregas. Y mi sensación, después de leer esa carta por tercera vez, sigue siendo que parece que recibiremos la plata, pero tendremos que entregar el corazón.
Es muy difícil hacer un análisis de lo que quiero decir, sin sonar como pretendiente a un liderazgo político de cualquier índole. Mucho más lo es intentar que una opinión, bien intencionada o no, se reciba con oídos imparciales. Voy a intentarlo y lo haré aclarando, sin vergüenza alguna, que no pretendo desligar esta respuesta de su tono político y que, quien habla, un trabajador de una escuela de Fe y Alegría, feliz de tener esa oportunidad diaria de convivencia, lo hace a nombre suyo y de manera estrictamente personal.
En su carta, el Padre Piedra nos comunica que, aun cuando a su parecer las reivindicaciones laborales están a punto de cristalizar, en una ultima reunión se ha acordado, o mejor dicho, le han notificado, que desde el Ministerio del Poder Popular para la Educación y haciendo uso de sus Zonas Educativas y Municipios Escolares, nuestros centros educativos serán supervisados uno a uno. “Quieren que nos quede muy claro que el concepto de supervisión que manejan es el de acompañamiento para ir mejorando los procesos pedagógicos, consonos con la propuesta educativa del Estado Venezolano, y que de ningún modo su actitud es punitiva. Si algo no está de acuerdo a lo normado, harán sugerencias para que sean cumplidas para la próxima oportunidad.”
Nada es más fácil de entender que una propuesta de supervisión llevada adelante por quien pone el dinero. En la mente de todos nosotros, esa figura, la de revisar que hacen los demás con el dinero de uno, es una de las más arraigadas. Lo hacemos con nuestros hijos, lo hacemos con nuestros socios e incluso lo pretendemos hacer, sin el menor éxito con cosas tan poco concretas, como los impuestos que pagamos, cuando los pagamos. Creo que no hay nada de malo, nada de raro en eso. Si el gobierno pone el dinero para que nuestras escuelas funcionen y nosotros cobremos nuestros salarios, el gobierno tiene derecho a exigirnos un cierto comportamiento. Tiene derecho a imponer ciertas condiciones. Tiene derecho a cambiar el paradigma bajo el que Fe y Alegría, por ejemplo, ha funcionado durante 55 años.
Mi pregunta entonces es ¿vale ese cambio, un 48% de aumento en nuestros salarios? ¿Estamos dispuestos a permitir que un 48% de incremento en nuestros cheques mensuales, den al traste con una manera distinta y esperanzadora de construir país, allí donde termina el asfalto?
Lamento mucho sentirme más confundido que al inicio de todo. Lamento muchísimo pensar que es posible que la respuesta a mi pregunta sea un si y que pronto, las escuelas de Fe y Alegría celebren con un acto cívico una nueva fecha patria cada 4 de Febrero. Lo digo además, con propiedad. Hace muy poco asistí, en representación de mi escuela, a una reunión de voceros estudiantiles en la que se explicó detenidamente el plan prioritario de la zona educativa de Mérida y si me disculpan, debo informarles, muy a mi pesar, que en ese plan no existían objetivos culturales, ni el mejoramiento de la enseñanza de las ciencias puras. Que el entramado de ese plan, prioritario para la educación media en el estado Mérida, incluía y mencionaba únicamente la solidificación definitiva del proceso bolivariano.
Ahora bien, somos libres de pensar lo que queramos sobre el proceso bolivariano. Es más, discutir las ventajas y desventajas del proceso bolivariano en materia educativa, puede que nos lleve a una discusión interminable en la que terminaremos aceptando errores, reconociendo aciertos y prometiendo falsedades. Esa no es mi intención. Tampoco lo es censurar a cualquiera de mis compañeros de escuela por su postura ideológica. Hago un esfuerzo diario por convivir en la diferencia y nutrirme de ella. Siempre que suceda fuera de un aula de clases.
Es una obligación del educador enseñar a sus estudiantes a pensar. No podemos hacer hombres y mujeres nuevos de verdad, si no enseñamos a nuestros muchachos a pensar con la cabeza sobre los hombros. Si no enseñamos un poco de equidad, una manera de balancear las cargas. Nada, ni un 48%, ni ningún otro beneficio laboral, sin embargo, nos autoriza a sustituir ese mandato de enseñar a pensar por uno de enseñar aquello en lo que tienen que pensar.
Si, repito; un incremento de sueldo es necesario, es un derecho que tenemos todos y cada uno de nosotros. No tengo duda. Pero, debería ser un crimen obtener un incremento de sueldo, a cambio de libertades indispensables para reír y divertirnos en el aula, para enseñar de la historia lo que la historia exige sea enseñado, para jugar en la diversidad cromática de lo que somos y debemos ser.
Si queremos convertir esta lucha en un asunto meramente sindical que hoy consiga un 48% de incremento salarial y mañana nos arranque la alegría, podemos hacerlo. Pero creo que estaremos abordando el camino equivocado, estaremos renunciando a ese pedacito de asfalto indispensable que hemos puesto nosotros mismos donde, muchas veces, solo crecían malas hierbas. Particularmente me niego a creer que lo haremos, pero me gusta advertirlo: tiene que existir la manera de tenerlo todo, aun cuando tengamos que tener menos. Tiene que haber una balanza en nuestras manos.

martes, 4 de octubre de 2011

Primer día

A sus catorce años recién estrenados, Techi repite, por segunda vez, 1er año de bachillerato y conoce mejor que mucha gente, los enredados pasadizos de todos los peligros de este mundo. Parece sentirse cómodo en un aula donde el más cercano de sus compañeros, apenas empieza a descubrir los sinsabores y las urgencias de la pubertad en cuerpos que no alcanzan, todavía, el metro y medio. Sin aspavientos, pero con seguridad, Techi es el líder del grupo más vulnerable de la escuela: los nuevos alumnos de bachillerato.
El viernes pasado Techi no vino a la última sesión de una jornada especial de tres días diseñada especialmente para los nuevos. Lo noté especialmente. Sentí la calma que genera la ausencia de Techi, pero me pareció mal indicio.
Hoy, al verlo llegar animado a participar en la jornada de inicio del año escolar, le pregunté por su falta del pasado viernes.
- Estaba donde el médico, respondió
- Tú conoces las reglas, ¿tienes el certificado médico? Pregunté a mi vez
- Más tarde hablamos, profe….y se alejó con cara de veterano trasgresor de normas. Me lo contó todo al salir a recreo.
Sucedió en algún momento de las vacaciones; mientras jugaba con sus panas en una de las canchas mal pertrechadas del barrio, alguien le cayó a tiros a la caimanera. Él se salvó de ser herido por puro milagro, pero uno de sus amigos no tuvo la misma suerte. Recibió un balazo en el estómago y desde entonces lucha por superarlo, en una cama de urgencias del Hospital Universitario. Techi logró escapar, pero en la carrera no pudo ocultar su identidad. El padre y la madre de Techi son policías.
Desde entonces, él está amenazado. Sus catorce años y su indisciplina y sus carreras tras el balón y su pésimo comportamiento, tienen un precio que nadie conoce. Por eso no vino ayer, y por eso mismo faltará a algunas clases más: Su madre ha decidido ponerlo a salvo, invocando la protección del más allá. El viernes, en lugar de estar en la escuela, Techi estaba en la consulta de un brujo. Un curandero entre cuyas virtudes más resaltantes figura el arte de proteger a los que andan en malos pasos o tropiezan sin querer. Un collar blanco de dos vueltas y una extraña marca rojiza en su muñeca izquierda son su contra. Faltan algunos “ramazos” y unas cuantas sesiones de rezos después de los cuales, a Techi no habrá amenaza que lo derrumbe.
Debe haber visto mi cara de asombro. Al despedirse me dio la mano y me dijo sonriente:
- Mire profe y mejor será que eso funcione, porque lo que soy yo, no voy a encerrarme en mi casa….
Tu palabra por delante, Techi, fue todo lo que pude pensar. El año escolar pinta de maravillas….

martes, 14 de junio de 2011

La mala hora

A sus diez y seis años, a Keylmar le tocará aprender la única lección que uno no quiere que le enseñen en la vida. Será un aprendizaje difícil, el tema es duro y a él jamás le ha gustado aprender: Su vida, desde ahora hasta el final, transcurrirá en una silla de ruedas. El sábado pasado, una bala que según parece no era para él, lo alcanzó en la espalda, se llevó por delante la médula ósea y lo dejó cuadrapléjico. Ni modo. Salió su número.
Keylmar es alumno de la escuela. No es alumno mío, pero lo conozco. Es el típico estudiante "malandrin" que vive, o presume hacerlo, al borde mismo de todo. Por eso fue el primero, la madrugada del sábado, en el estacionamiento del Colegio de Médicos, cuando al salir de una fiesta de promoción en la que sólo había menores de edad, una banda, armada hasta los dientes, acabó con la fiesta a tiros. Keylmar, que estaba allí y no aguanta dos pedidas, intentó defender algo o hacer ruido lanzando una botella, justo en el momento en que uno de sus compañeros desenfundó la pistola y apretó el gatillo sin saber bien a donde. El que disparó, cayó muerto casi inmediatamente al recibir 8 tiros. Keylmar, herido, había recibido el tiro que su amigo no supo apuntar.
La noticia del tiroteo apenas ocupó un titular casi discreto en la prensa local. Los profesores nos enteramos el domingo por simple transmisión de mensajes de texto y los alumnos de 4to año, han intentado darle ánimos al compañero maltrecho, pero nadie demuestra mayor alarma, ni otra tristeza que trascienda la mala suerte de Keylmar: no volverá a caminar. A medida que pasan las horas, las visitas al hospital disminuyen y algunos comienzan a soltar la lengua.
En claro se obtiene que, disfrazado de delincuente juvenil, que no alcanzaba a serlo, Keylmar tenía la vida vendida; que el cuento de la bala perdida y la mala hora empieza a perder sentido y que, por triste que sea el estado en que ha quedado, Keylmar se buscó cada miligramo de la pólvora que le ha desgraciado la vida a él y a su mamá: una mujer que apostaba a todo por educar a su hijo.
Ella es la única que llora todavía, y Keylmar, por supuesto; no ha parado de hacerlo desde que llegó al pasillo de la emergencia de adultos del Hospital de Mérida, donde permanece con poca variación a pesar de su terrible diagnostico y de donde saldrá a su casa a languidecer de mengua, probablemente.
Entre tanto, algunos nos hacemos preguntas repetidas, mientras lamentamos consternados el futuro de uno de “nuestros muchachos” y nos aterroriza la rápida normalidad con que se asume la tragedia de Keylmar y se cuentan las horas a la espera de un nuevo enfrentamiento y un nuevo herido, o muerto. Ayer, uno de los alumnos de más edad me escuchó cuando comentaba con otro profesor el sin sentido de una fiesta de chamos, en la que circulan libremente armas y municiones. El alumno se detuvo a mi lado escuchando atentamente mi rabia, calibrando cada palabra mía en contra de armas en manos de muchachitos inexpertos. A medida que yo hablaba, él sonreía. De pronto me interrumpió:
- Tú no entiendes Juan Carlos, me dijo el estudiante.
- ¿Qué es lo que no entiendo?
- Nada…no entiendes nada. Si uno tiene una culebra con alguien, tu crees que uno va pa´una promo sin un hierro? ¿Qué quieres tú, que lo maten a uno como un perro?

miércoles, 25 de mayo de 2011

Libros que vuelan

Es un proyecto del que me he convertido en padrino. Lo descubrí el año pasado en alguna parte de Internet y desde entonces se me volvió una asignatura pendiente. Literalmente soñaba con el día que pudiéramos arrancarlo, aunque le dejé dormir hasta conseguir el momento idóneo. Hoy, finalmente ha llegado y estamos contentos por habernos atrevido. “Pon a volar un libro” es una idea sencillísima que en si misma es una buena noticia; se trata de repartir aleatoriamente en sitios públicos de Mérida, libros de todo tipo para que quien los consiga, los disfrute por un tiempo y, si la voluntad está de nuestra parte, los vuelva a “poner a volar” en circunstancias similares.
Esta tarde, gracias al apoyo que el proyecto ha recibido de los directivos de la Escuela Técnica Industrial Padre Madariaga y en especial de una de las profesoras, que decidió retarme a ponerle fecha y hora, salimos con un grupo de estudiantes a repartir libros en el centro de Mérida. 35 libros se han puesto a volar en este primer intento: Historias infantiles, novelas, cuentos, libros de autoayuda, ensayos y textos escolares. Envueltos en bolsas plásticas y acompañados de una pequeña guía de instrucciones, los libros se dejaron “abandonados momentáneamente” en sitios tan disímiles como tiendas, iglesias, restaurantes, centros comerciales y puestos de teléfonos. Tengo que decir que fue un momento feliz, los muchachos estaban realmente emocionados descubriendo lugares donde dejar los libros, y vigilando si despegaban vuelo hasta lectores que les den nueva vida. A partir de ahora, tendremos que esperar que hayan tenido buen viento y que salgan de sus escondites para alegrar la vida de algún lector desprevenido y de buena voluntad que, al terminarlo, lo lance de nuevo al viento.
Así que ya lo saben, si por casualidad se consiguen un librito envuelto en una bolsa ziploc, disfrútelo por un rato; pero tenga presente que ese libro no le pertenece a usted sino a su colectivo, cuando lo haya leído, vuélvalo a meter en la bolsa que venia y déjelo “olvidado” en algún lugar público. Otro lector lo encontrará y será tan feliz como usted.

martes, 3 de mayo de 2011

Yohelys o la vida apresurada

Yohelys tiene 13 años, vive en una casa construida como mejor se pueda en uno de los barrios más complicados de Mérida; con ella, sus tres hermanos mayores, su mamá y el padrastro, algunas veces hacen campo para una tía y dos primos que entran y salen, según les vaya en la vida y en los amores. Como es habitual, en esa casa el trabajo escasea y el dinero aparece como por arte de magia, sin preguntas ni explicaciones.
Simpática y bonitica, Yohelys, conoce bastante bien los intríngulis del amor y de lo que no es amor, pero incluye sus requiebros; es vox populi que Yohelys se vale de su cuerpo adolescente para completar el mes y de la LOPNA para mantener a su mamá alejada de sus oficios. De todos modos, en esa familia, nadie se ocupa de nadie y si los hermanos consienten a la niña, se debe a razones de complicidad que tienen mucho que ver con el padrastro de todos y el novio de Yohelys; un muchacho de otro barrio a quien apodan “Huellero” que hace poco estuvo de visita en nuestra escuela.
No fue, ni mucho menos, una visita de cortesía. Huellero andaba en plan de constatar si lo que cuentan de Cheito es verdad. Corre un chisme, según el cual, Cheito podría estar calentándole la oreja a Yohelys. Cheito es mi alumno, tiene 16 años y cierta galanura que utiliza, junto a las hormonas alborotadas de su edad, para meterse en problemas, sin selectividad y sin reparos. El enfrentamiento ocurrió en la puerta del colegio el viernes en la tarde. Hubo amenazas, cuellos de botella, empujones y un arma. Desde entonces, todos andamos con el credo en la boca; Huellero ha dicho, a quien quiera oírlo, que está dispuesto a “quebrarse” a Cheito y hay que creérselo, muchos dicen que, en otras ocasiones, Huellero ha resultado un hombre de palabra. Yohelys, entre tanto, anda de lo más contenta pues dos chamos de la zona están peleando por ella. Ayer, por intentar hacer algo, estuvimos de conversa con los policías del modulo (panas panitas de Huellero) y con la prefecto, quien propuso mandar a darle una golpiza a Huellero con uno de los sargentos más arriesgados de su jurisdicción. Huellero es menor de edad, Cheito es menor de edad, Yohelys es menor de edad. Salvo golpizas anónimas de uniformados, a ninguno de los tres se les puede hacer más nada. Mientras tanto y para salvarlo del tiro que, posiblemente, reciba de todos modos dentro de algunos años, estamos tratando de esconder a Cheito tanto como él se deje, que es poco. Le cuesta entender que está en peligro y contarnos lo que todos creemos que sigue escondido, para ver si logramos ayudarlo a terminar con vida el bachillerato.
Ayer, Cheito y sus compañeros conversaron conmigo, pero no pude avanzar más allá de ciertos detalles de escabroso contenido íntimo que convierten a Mesalina en una aprendiz de Yohelys. Interrogados sobre la percepción de peligro, todos admiten que el tiro ofrecido a Cheito es una posibilidad auténtica; ninguno, sin embargo, propone una forma de evitarlo. Cheito, me miró con los ojos grandes, amielados y llorosos de sus 16 años y me dijo: No se preocupe, Profe, yo soy un duro…
Me gustaría creerle; pero, así nos va.

martes, 29 de marzo de 2011

Suspendidos...

El almuerzo de hoy, en casa de mi hermana, estuvo aderezado por una noticia preocupante: el temido AH1N1 llegó a la familia y afectó uno de los más nuevos (y más especiales) miembros de la tribu, mi sobrino-primo Miguel Eduardo de sólo tres años de edad. Su papá también parece que está enfermo, pero él ya tiene esa edad en la que sus dolencias significan nada al lado de las de su hijo, y se convierten en simple alimento para la estadística. Como era de esperarse, la conversación en la mesa desandó todos los mitos e historias de una ciudad apestada; desde mi última intoxicación, hasta las migrañas que, con sello genético, equivalen a la hemofília de ciertas familias reales. Entonces reparamos en la inusual presencia de sobrinos sin escuela y, como si hiciera falta excusa, la conversa derivó atropellada y pesimista, hacia el tema de la suspensión de actividades ordenada para todos los institutos educativos de la ciudad. Aunque la razón es inobjetable, entender esta nueva suspensión de clases significa aceptar, con resignado silencio, que tu hijo está técnicamente aplazado en su año escolar y que la astronómica cantidad de tiempo desperdiciado en el lapso escolar 2010-2011, no podrá recuperarse jamás. Un año escolar normal, (heredado de la IV República) tiene 180 horas académicas, de las cuales, según la ley, un alumno debe completar, por lo menos, el 75%. Es decir, un alumno que deje de asistir al 25% de esas horas, es automáticamente reprobado y debe repetir el curso. Pues bien, entre epidemias de Influenza, revueltas tupamaras y saludos a la bandera, este viernes se cumplirán 45 horas académicas a las que nuestros estudiantes han sido impedidos de asistir: el 25%.
"Toda la patria, una escuela” era el slogan que anunciaba el compromiso del régimen con la educación de nuestros hijos, apostando entre otras cosas, a años escolares de 200 horas académicas. El año 2009-2010 terminó con un 19% de tiempo perdido, por órdenes de arriba. El año 2010-2011, lleva hasta ahora un 25% de inasistencias que no se le pueden cobrar a los chamos. Será un disparate entonces pretender que alguien nos diga ¿a quien tendremos que evaluar a final de año? ¿Cómo vamos a hacerlo?

miércoles, 23 de febrero de 2011

Ultrajados...

Regresé de mi almuerzo a las dos de la tarde, lo sé con exactitud pues me sorprendió la hora perfectamente marcada en el reloj de la recepción de la escuela. Lo consideré un logro muy importante en mi novísima carrera de “docente”. Casi de inmediato me arrepentí. A las puertas de la pequeñísima oficina que comparto con el que quiera usarla, me esperaba una profesora (“colega” como dicen ellos aquí) que tiene la pésima suerte de ser a la que le pasa todo lo indeseable el día que está de guardia. Será por excederse en la prédica espiritual del universo repleto de ángeles; pero, a la pobre, parece que la buscan las calamidades; las de tipo moral, sobre todo. Junto a ella y ante mí, tres estudiantes de camisa azul, con cara de su-opinión-me-sabe-a-bola y muy poco dispuestos a empezar por su nombre, intentaban varias versiones de un mismo cuento, nada ligero, por cierto: Descansando del almuerzo, en un pasillo del colegio, los dos varones del grupo habían intentado acorralar a la niña, para meterle mano entre los dos a la vista de todo el que anduviera por allí. Estupro, pues. Escuche con atención, mirándolos a la cara. Me detuve un rato largo en el rostro de la niña recién victimizada. Escudriñé la cara de susto de uno de los dos chamos implicados, revisé cuidadosamente los gestos de quien parecía el victimario monstruoso y enseguida, se me vino a la memoria una afirmación simplista de la que suelo renegar: Aquí a nadie lo obligan a nada. Me bastó un par de minutos y un poquito de presión para enterarme de la verdadera forma en que el frustrado Menagge a Trois aconteció y, para suerte o desgracia de la profesora de guardia, allí no hubo ultraje ni nada parecido. La niña en cuestión habría accedido feliz a mucho más que meterse mano, si hubiera estado en otro lugar. Hormonas alborotadas, que llaman. Incapaces de contención alguna, en un barrio donde la contención no existe, los chamos simplemente se sirvieron lo que les fue ofrecido en bandeja. Claro que fue duro aclarar el entuerto sin dejarlos a todos como irrecuperables; pero mucho más duro fue darme cuenta que ni el provincianismo pacato de la profesora de guardia, ni el descaro profesional de la chama instigadora, ni mi talante “moderno” de profesor comprensivo, sirve para nada distinto a postergar descubrimientos más privados. Al final, y con culpas admitidas, los tres fueron castigados como corresponde; es decir, como nada. Un poco después descubrí que ninguno de los tres ha cumplido 14 años.

viernes, 30 de julio de 2010

Día de grado

Saber que se puede, querer que se pueda Quitarse los miedos, sacarlos afuera Pintarse la cara color de esperanza Tentar al futuro con el corazón
Diego Torres
Estaban allí, con sus vestidos domingueros y su acicalada emoción. Hoy, algunas casas “de bien” se quedaron sin su limpieza de rutina; algunos cafetines sin el auxilio de manos que trabajan en silencio, algunas construcciones sin el sube y baja de bloques y cemento. Hoy, la ciudad tuvo menos taxis y más esperanzas. Hoy se les graduaron sus muchachos y para ellos, el día habría sido luminoso aunque la naturaleza se hubiese opuesto. Protagonistas de lujo, ellos estaban también; haciendo planes para la inmediata celebración, asombrados de sí mismos, jugando a crecer y buscando más fotos y más tiempo para agradecer, para exhibir el cartón de sus triunfos y para abrazar a quien se pusiera a tiro. Hoy, La Loma de los Maitines alquiló mesas y sillas y en un acto de maravillosa honestidad, salió a celebrar con los suyos lo que puede haber sido la primera y única oportunidad para la parafernalia académica. Hubo misa, claro. Hubo medallas, placas de agradecimiento, discursos, indiscreciones, protocolos improvisados, comida y fiesta. Hubo familias enteras que nunca pensaron en este día y otras que llevan meses planeando todo con precisión quirúrgica. Hubo sensación de victoria, como en una final de campeonato. Hoy, alguien apostó por ellos. Por muchachos que hablan una lengua incomprensible, se peinan rarísimo, cometen travesuras imperdonables y se fugan de clase para acercarse al límite de lo que se espera de ellos. Muchachos que nacen con un pan debajo del brazo, que muchas veces es demasiado duro. Muchachos cuyo interés necesita estar en otro lado. Muchachos cuyos “escasos recursos” son la creatividad, el talento y las ganas de vivir plantándole cara a un futuro que nadie auguraba bueno y, de puro espléndido, se convirtió en mil razones para creer que nada se ha perdido. Mañana saldrán, a indagar que se puede hacer con el flamante titulo de Técnicos Medios en Tecnología Gráfica; y es posible que descubran que apenas están comenzando y les caiga la locha; los veremos sonreír para tragársela. Ya ellos ganaron la primera apuesta, hecha a espaldas de un país que se desmorona y no apuesta a nada. De aquí en adelante, estoy seguro que, (como dijo Mireya, recordando la canción mil veces cantada), sabrán que se puede, querrán que se pueda.

jueves, 1 de julio de 2010

Alimentación ¿escolar?

La imagen que acompaña esta entrada, es la imagen de un compromiso incumplido. Es también la imagen de un doloroso problema, que afecta por igual a quienes tenemos la responsabilidad de mantener niños y jóvenes dentro del aula escolar, a sus padres y sobre todo a los que, esperanzados, se creyeron el cuento. El año escolar que está a punto de finalizar, pasará a la historia como el año en que se suspendió, sin explicaciones, el Programa de Alimentación Escolar. Es decir, el programa creado para alimentar, así fuera con lo básico, a nuestros niños y jóvenes. Trabajo en una escuela de barrio. Algunas horas de mí semana transcurren en un salón de clases, rodeado de adolescentes que pertenecen a lo que llaman “sectores de bajos recursos”. Eufemismo galante para decir que se trata de muchachos por quienes nuestra sociedad no apuesta medio. Muchachos cuyos problemas van desde el blackberry que no pueden comprar, pero consiguen, hasta el almuerzo que no pueden pagar, pero merecen. Muchachos que a la hora del almuerzo salen en estampida a la bodega más cercana para comprarse dos panes y una Coca Cola. O escapan de la clase siguiente porque prefieren irse a sus casas a ver que encuentran para comer. Muchas veces no regresan. Supongo que puestos a justificar razones, el ausentismo escolar de los barrios tiene más explicaciones que un almuerzo servido a la hora indicada. Me consta que el plan menos divertido de un muchacho es ir a la escuela; pero, por alguna parte tenemos que comenzar a enamorarlos. Bien sea ofreciéndoles programas educativos que verdaderamente los entretengan, sistemas de aprendizaje que rescaten y potencien sus esfuerzos adolescentes, actividades que canalicen sus talentos naturales, o un plato de comida caliente. Si nuestro gobierno se niega a entender que la educación es el arma más poderosa para salir de abajo, al menos debería tener la inteligencia demagógica de responder a la más básica necesidad de nuestros estudiantes: Con hambre no hay posibilidad alguna de hacer milagros. Sin comida, ¿cual es la apuesta?

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