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lunes, 21 de septiembre de 2015

Y esto, ¿qué fue?

En general, los aeropuertos son unos lugares horribles. Unos espacios hostiles en los que es imposible hacer un poco de humanidad.  Fríos, hechos para que uno recuerde la inseguridad de vivir de paso en cualquier lugar del mundo, me producen espanto. A pesar de ser un viajero empedernido,  pasar por un  aeropuerto es una cosa que no logro superar, si  los aguanto, es solo por la feliz expectativa que me produce salir de viaje; pero, los obviaría, si pudiera.
No estoy refiriéndome a ningún aeropuerto en particular.  Aunque entre los peores del mundo figure el de Maiquetía (un sitio que sencillamente aborrezco) yo me he sentido igual de mal en el aeropuerto Kennedy que en el Charles de Gaulle o  Lidosta. Una vez, estuve tan turbado al aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt, que entré tres veces al país y necesité ayuda policial para comprender lo que seguía a continuación. Sin embargo, creo que pocas cosas igualan lo que me produce pasar por un aeropuerto venezolano de provincia; la razón he de nombrarla como si fuera, yo,  un discípulo iluminado: La ley de la atracción. Si para alguien existe ese enunciado de calamidades, no hay duda que,  para mí, parece haber sido creada. Mis anécdotas aeroportuarias llenarían páginas y páginas de cuentos maniáticos. No obstante, pocas pueden que igualen la confusión que todavía resuena en mi cerebro, después que hace unas tres semanas, tuve que pasarme una tarde en la terminal del Aeropuerto “Juan Pablo Pérez Alfonzo” que sirve a la ¿ciudad? de El Vigía. (Por cierto, no puedo ni empezar  a imaginar lo que sentirá el alma del conspicuo Dr. Pérez Alfonzo al enterarse de que semejante cosa lleva su nombre) No, no pienso aburrirlos desgranando los horrores de ese lugar, convertido en mercadillo de ordinarieces por obra y gracia de lo mismo que tiene al país – todo - en ese ayayay. No. Voy a narrarles una conversación y sus circunstancias, con la sana intención de que alguien me ayude a encontrarle explicación a semejante locura:
Llegué muy temprano al aeropuerto, porque quería evitarme que algunas de las cosas insólitas que me suceden a mí y solo a mí, arruinaran mi salida a Caracas para lo que significó (oh pobreza de bolsillo) mis cortas y muy agradables vacaciones de Agosto. Cumplidos los trámites de registro, consignación de equipaje y pago de impuesto - cosas que suelo hacer con automatismo de robot y cara de pocos amigos - decidí instalarme en el restaurante con la intención de hacer un poco más llevadera la espera. Resulta que,  poco antes, una amiga me había encargado escribirle un par de cuartillas sobre el problema fronterizo venezolano, (entonces “en pleno desarrollo”)  para remitirlas a un medio independiente con el que ella trabaja en Londres;  ergo, las cuartillas en cuestión debían ser escritas en Inglés. No había adelantado ni el título y consideré ese, el momento apropiado para cumplir el encargo. Me senté en una mesa, abrí mi tablet y coloqué a un lado el teléfono también abierto, en el que había archivado algunos artículos que me servirían de consulta. Empecé a escribir abstrayéndome de toda distracción (debo dar gracias al altísimo, pues yo para escribir y leer lo único que necesito es tener los ojos abiertos) consultando cada cierto tiempo los archivos de mi teléfono y  avanzando en mi borrador, sin notar la presencia de personas o el intenso tráfico del incómodo aeropuerto en esa época del año. Creo que habían pasado dos horas cuando, de pronto, más por molestia visual que por otra cosa, me di cuenta que dos trabajadores del Instituto de Aeropuertos (eso decía la identificación que más tarde pude leer en el bolsillo de sus camisas) rodeaban mi mesa  como dos moscardones empeñados en molestar,  pero,  con poca intención – eso creí al principio – de enterrar la ponzoña. Pasaban muy cerca de mi mesa, caminaban en círculo y volvían a retirarse,  sin otra cosa que aumentarme la angustia producida por mi aeropuertofobia.
Unos quince minutos de esa danza y la voz clarísima de uno de los esmerados funcionarios interrumpió mi trabajo:
-          Buenas tardes, profesor, (eso es normal, no sé por qué, a mi todo el mundo me dice profesor)
-          Buenas tardes, dígame…
-          ¿Trabajandito?
-          Aprovechando el tiempo
-          Está dándose duro con la escritura… ¿no?
-          Si…un poco…
-          ¿y…qué tanto escribe?
-          ¿Quiere ver?
-          No…no se preocupe (miran de soslayo la pantalla de la tablet y descubren algo que les cambia la expresión simpática de la cara)
-          Ahhh…pero es que eso no es español… ¿verdad?
-          No…no es español
-          Y usted… ¿Por qué escribe en inglés? …¿para que no lo entiendan?
-          No…escribo en inglés…porque tengo una novia en Estados Unidos (mentir, a veces,  se me da muy bien)
-          ¿Y usted se buscó una novia gringa habiendo tanta mujer aquí?
-          Pues si…
-          ¿Me muestra su pasaporte? 
-          No lo tengo aquí
-          Pero… ¿y usted no va a viajar?
-          Si….pero para Caracas….
-          Raro eso ¿no?... (se dicen el uno al otro con cara de quien descubre la guarida del Chapo Guzmán)…muéstreme la cédula, entonces, pues…
 
(En pleno modo aeropuerto, saco mi cédula de identidad y se las entrego)
(En pleno modo funcionarios públicos / autoridades, revisan la cédula como si ese papelito tuviera alguna revelación encriptada)
-          Ahh…bueno…tenga cuidado con la vista, no se le echen a perder los ojos con la escribidera…buen viaje….
 
El par de gorilas, rigurosamente vestidos de rojo, se alejaron tal como habían venido. Yo cerré mi tablet. Cerré mi teléfono, pagué mi cuenta (517 bolívares por un batido de fresas y un pastel rancio de higos) y caminé despacio, con el corazón amotinado en el esófago,  hasta la sala de espera. Allí busque el rincón más escondido que pude hallar entre la muchedumbre que esperaba la salida de dos vuelos simultáneos a Maiquetía y me fundí en el anonimato.
Hasta el día de hoy intento encontrarle significado al celo de los trabajadores del Instituto Autónomo de Aeropuertos destacados en El Vigía;  pero, las aproximaciones conseguidas, en conversaciones con amigos y ratos largos de reflexión, son tan aterradoras,  que he preferido recordarlo como una más de las cosas que le suceden al Pato Lucas y a mi. Después de todo, estaba en un aeropuerto de Venezuela, el país de los asombros enmudecedores.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Y gritaron sobre su tumba...

Ayer murió Doña Yolanda. Combatió los horrores de la enfermedad por largo tiempo, hasta que ayer, en su casa de toda la vida, ajustó sus últimas cuentas con el de arriba y cerró sus ojos para siempre. Correspondería, aquí, decir que lo hizo tranquila y rodeada de los suyos, cosa que es cierta; solo que el paso a la eternidad ocurrió en esta Venezuela de casualidades asombrosas.
A media mañana empezaron a aparecer las señales del día fijado. Doña Yolanda respondía muy débilmente a las artes de supervivencia con las que habían logrado engañar la muerte en los últimos meses; a la casa de El Cafetal, empezaron a llegar hijos y nietos dispuestos a enfrentar la despedida, algunos de los amigos de toda la vida también. 85 años de vivir entre nosotros no se borran de un plumazo; por lo menos, no sin que ello implique ritos a los que somos tan afectos los andinos. Puede ser que el reloj marcara las 2 y 15 de la tarde, puede haber sido poco después, o antes, no es ese momento de certezas. En algún instante cercano a la primera hora de la tarde, Doña Yolanda murió.
El Cafetal, esa urbanización caraqueña inventada por el Banco Obrero en los años de Leoni, tiene particularidades entrañables, la más notoria: es un barrio clase media-media en cuyas quintas – remozadas con lo mejor de la estética adeca -  aun reside una mayoría de quienes allí se mudaron por vez primera,  con fe en el futuro. Doña Yolanda y su marido, vinieron de Mérida para engrosar esas filas y allí, en su casa grata y bien montada de la Avenida El Limón, vieron crecer a sus hijos y darle forma a la vida. Sortearon dificultades y celebraron lo que hay que celebrar. Vivieron pues, sin mayores cuentos que contar, hasta ayer un poco después de las 2 de la tarde.
Cuenta una hija que la primera detonación la agarró en el momento en que empezaba a asimilar la despedida con dolor de certeza. Que todavía estaba tibio el cuerpo de su madre, cuando escucharon algo parecido a una ráfaga de disparos que provenían del amplio patio de la residencia. Dice también que,  demasiado aturdidos por el estupor de esos primeros minutos de duelo, no captaron en su exactitud el significado de esos ruidos que alteraban las oraciones del buen morir entonadas en la habitación materna. Fue unos minutos más tarde, cuando salió de ese cuarto a enfrentar la vida, que pudo darse cuenta,  más o menos, de lo acontecido a su alrededor. Estaba en el teléfono notificando a la agencia de servicios funerarios la mala hora, cuando, provenientes del patio y con armas en la mano, la abordaron los malandros.
-          Dame lo de valor y quédate quieta (no habría estado de mas un “dame lo de valor y te acompaño en la pena”,  pero, todavía,  nadie había abierto el pesamario)
Entonces ella reaccionó con desgano. Era más importante la funeraria. No respondió. Los malandros, sorprendidos con su renuencia – involuntaria, por demás -  le dieron “un chance” para que, parsimoniosamente, terminara la llamada. A su lado, escucharon todo, entendiendo las circunstancias.  Ella se atreve a decir que le pareció que en algún momento los tipos bajaron la mirada, guardaron las armas y se descubrieron la cabeza; pero puede ser que eso lo haya inventado su memoria de Clemente de la Cerda. Lo que si vio, lo que si no es invento alguno, fue la retirada de los delincuentes, su esfumarse en el cerro que bordea por detrás a la Avenida El Limón,  en el momento justo en que sonó el timbre de la casa.
Uno de los hermanos acudió a la puerta. Eran los correctos empleados de la Funeraria prestos a cumplir con el deber. En un lado de la cama, los atuendos apropiados esperaban su turno para convertirse en mortaja. Los hijos, uno a uno, besaron a la madre por última vez y empezaron a salir de la habitación, cuando fueron sorprendidos por una nueva ráfaga de disparos y un contingente de policía militar en la puerta de la casa, abierta de par en par, como acostumbramos hacer los andinos cuando empezamos la preparación de un luto. Los deudos, aturdidos, corrieron de regreso a la habitación como pensando que el cuerpo exánime de la madre iba a protegerlos. Fue en ese momento  cuando escucharon a los policías ordenar a la funeraria retirarse de inmediato - tan vacios como habían llegado – y a gritos - llenar la casa de pisadas y ruido de botas para perseguir, a tiros, la carrera que, hacia el cerro, habían emprendido los asaltantes. Lo siguiente es confusión y  Venezuela. Desde algún lugar indescifrable,  los malandros respondieron con disparos a los disparos de los tombos y estos,  decidieron revisar la amplia casa en búsqueda de algo que no se les había perdido. Nadie supo exactamente el tiempo que tomó el procedimiento. Los amigos nos enteramos, porque junto a la mala noticia difundida minutos antes por la inmediatez de Whatsapp, empezamos a recibir reportes del increíble suceso. Un mensaje final  resumió el lance:

-          No sabemos nada mas, estamos con mamá en su cuarto encerrados, esperando que acaben los tiros, después avisamos…

Después fue,  más o menos,  las 7 de la tarde. El carro fúnebre regresó a la casa cuando los militares (¿policías?, da lo mismo)  habían partido con el fracaso en las manos y sin señal de condolencia. Los trámites en la congestionada funeraria,  se reiniciaron bajo el amparo de un silencio inexplicable que nadie se atrevía a romper y que duró varias horas.
Mañana entierran a Doña Yolanda.
Pasado mañana, la vida de todos, incluso la de los hijos de Doña Yolanda, tendrá que seguir andando. Al menos, dijo por whatsapp un conocido, habrá bastante de que hablar en el velorio.

lunes, 7 de mayo de 2012

Dixon, uno más...

Se llama Dixon, tiene 17 años y patea, sin compañía, un mundo que hasta ahora le ha dado sólo problemas.  Es flaquito, pequeño y tiene tanta cara de malo como es frecuente en estos lares.  Por lo demás, no tiene ninguna otra cosa.
El año pasado se inscribió en la escuela.  Su inscripción tropezó con las líneas de una planilla incompleta en la burocracia de nuestros flamantes planes educativos,  hasta que alguien se identificó como hermano suyo; entonces, el año escolar empezó, no sin dificultades, para una más de las historias de vida desgarrada que habitan estos  pasillos.  Un día, de los primeros, se enfrentó a las normas y resolvió dejarse de  misterios. Dixon es jibaro. Jibaro de barrio, pequeño distribuidor de “lo que llegue”. Ultimo eslabón de una cadena de mando donde los que son como él, llevan la peor paga y la peor parte. 
Sus jefes son uniformados rasos de un cuerpo de seguridad local que se ocupa, entre otras cosas,  de proteger al brazo terrorista de la revolución en Mérida,  verdaderos dueños del negocio en que Dixon ocupa un mínimo espacio: tiene zonas de distribución, armas, algún liderazgo y una amenaza constante: como se le ocurra desertar, puede empezar a contar sus últimas horas.
Hace unos días cayó preso. Según parece, las cosas entre el grupo con que trabaja Dixón y algunos de sus rivales,  estaba dándole dolores de cabeza a quienes gobiernan las  Residencias Domingo Salazar.  Parece, además, que para tratar de acallar la creciente fama de narco que se está ganando el régimen,  se decidió, al más alto nivel,  cierto ejercicio de limpieza de cara a la galería.  Hacía poco que a Dixon lo habían guardado en las Domingo; ahora, lo han trasladado a la cárcel. Un escondite un poco más seguro  de donde él piensa que podrá salir en poco tiempo. Si mueve bien sus fichas.
Por lo pronto, aún está vivo. A su jefe inmediato, llevado a la cárcel en el mismo bus, lo mataron a las pocas horas de llegar, como estaba previsto. Ahora, Dixon no sabe a quién debe obedecer y eso le preocupa un poco, pero lo pone a salvo. Supone que le tendrá que rendir cuentas a alguno de los tombos que le hacen un poco más llevadera la vida en prisión. Poco más.  Aun no le han encomendado ningún trabajo especifico ahí dentro y cuando mencionó que deberían llevarlo a un sitio de reclusión juvenil, lo callaron a patadas, literalmente.
Su vida, y la de muchos otros, depende de la autoridad. Es decir, del tombo a cargo del negocio y de ciertos Tupas. Los mismos que lo llevaron a las Domingo, los mismos que le marcaron el negocio y los mismos que lo llevaron a la cárcel, para acallar rumores y dar sensación de limpieza.
Dixon, mientras tanto, está jugando a supervivencia lo mejor que puede. De todas formas él sabe (me lo dijo un día) que la bala que resolverá su soledad está en el arma de reglamento de un efectivo de seguridad ciudadana. Cualquiera que se quede con el pedazo de negocio que dejó el finado jefe.

lunes, 30 de enero de 2012

EL GATOPARDO

De poder hacerlo, digo, si yo fuera un tipo más dispuesto a salir de casa por las noches e instalarme bajo el bombillo que apenas permite distinguir el borde del vaso, hace rato que habría comprado una silla en EL GATOPARDO. No, una silla no. EL taburete que está al principio de la barra, unos centímetros antes del vinilo estampado con dibujos de piel de vaca, el que siempre está vacío, justo debajo de la lámpara esa medio chinoise que nunca se sabe si está encendida o que. Pero, no, Hace mucho tiempo que no me arriesgo a nada, que me vencen los miedos o el fastidio.
De vez en cuando, sin embargo, voy al GATOPARDO. Es divertido. Con ese nombre de “sitio para gente culta”, GATOPARDO es un reducto de la vida que no parece haber conocido tiempos mejores. O no sé. Puede que el vinilo animal print, sea más una concesión a la moda furibunda que una manera de disimular cicatrices. En todo caso, está allí. Y cubre casi toda la enorme barra que culebrea tres de las cuatro paredes del lugar. Lo demás no importa. GATOPARDO es el lugar en el que, en algún momento de la noche, recala todo a lo que todavía le queda algo de vida y un par de billetes de diez en la cartera, para pagar los 20 bolívares de una entrada que no da derecho a nada. 20 bolívares por dejar que el negro de la puerta te toquetee a su antojo para certificar que no estás armado y por traspasar una puerta tras la cual, Laizio intenta un poquito de buen vivir atendiendo su gente: seres apretujados, sudorosos, medio vestidos, arrastrados, orgullosos, drogados, sobrios, borrachos, hambrientos, cachondos, deseosos, cachuos. Gente. Lo bueno, lo malo, lo feo, lo limpio y lo sucio de lo que somos y de lo que queremos ser.
Gente que circula, saluda, habla, mira y esculca, sin que se dé cuenta el esculcado o a todo descaro. Sin norma alguna. En GATOPARDO, el que quiere perpetuar su soledad lo tiene difícil. El que quiere disfrutar de la suya en compañía de alguien, paga 20 bolívares y entra. Como hice yo el viernes. Como me pidió Erasmo que hiciera yo el viernes después del matrimonio aquel aburridísimo, cuando ambos soltábamos el nudo de la corbata, la rigidez del paltó, el encierro del último botón que obstaculiza el transito feliz de la tiroides. Cuando recordaba con nostalgia el pitillo que no estaba en el bolsillo interno del saco; finalmente, todos hemos llegado a la correcta politesse de 5 o 6 tragos de escocés con soda y asalto decente a la mesa de quesos; ahora todos doble besamos a la salida y sabemos que la madrugada es cómplice de los malos pasos.
Entramos como a las 2 y media, Erasmo saludó alguna gente y yo fui hasta el rincón de la entrada, ansioso por el anonimato de mi taburete. Desde allí me dediqué a mirar, como para acostumbrarme a la oscuridad que siluetea personas y como para predecirme las sorpresas de la noche. Todas, sin excepción, daban directamente a una mujer hermosa, trigueña y alta, vestida de negro de pies a cabeza y adornada por cuenta bisutería barata, dorada, había encontrado en el armario. Reinaba desde un rincón equidistante al mío; fumaba y bebía, bebía y fumaba. Sin contarnos a Erasmo y a mí, los visitantes de esa noche estaban encandilados por la presencia de la tipa. Desde su rincón, sin mover un dedo como no fuera para llevar el cigarrillo a la boca, la trigueña parecía decidir el rumbo del GATOPARDO en ese viernes necesitado.
Nunca sabré si me vio y si al hacerlo me incluyó entre los elegidos. Si lo hizo no tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Cuando quise averiguarlo, fue cuando se encendieron las luces abruptamente y se apagó la música. Erasmo vino inmediatamente a mi lado. Me preguntó si estaba “decentemente sobrio”. Lo vi hacer un esfuerzo enorme para disimular que él no lo estaba. Le dije que se calmara, que estábamos seguros en nuestro rincón.
Los 7 policías entraron con gran estruendo de sus botas, una mano en el arma de reglamento y otra en el paquete. Fueron hasta el fondo del bar, mandaron a todo el mundo a ponerse en fila y empezaron la requisa, selectivamente aplicada a los que no podían (o no querían) disimular sus preferencias: jovencitos andróginos pobladores de la noche. Ignoraban a los malandros, a los fisicones y, por supuesto, a los que ya habíamos cruzado el umbral del mal aspecto. Dos de ellos se plantaron frente a la trigueña. Ella los miró, despreciándolos desde su altura y apuró un trago de su vaso. Uno se acercó demasiado y ella puso una mano como escudo. Él le bajó la mano con insolencia. Ella la volvió a subir amenazante hasta su cara. Él le sujetó la muñeca, ella lo odió con su mirada. El otro, puso una mano entre sus senos, en el escote. Ella, temblando sus mandíbulas, retiró esa mano con brusquedad, apagó el cigarrillo con la punta del estileto, se zafó del encierro que empezaba a ahogarla y caminó resuelta hasta el medio de la pista de baile. Por primera vez en la noche, el silencio pobló cada rincón de GATOPARDO.
La mujer se quitó los zapatos, se plantó en el medio de la pista y comenzó a desvestirse sin ninguna maña. No era un strip tease. A pesar de sus numerosos encantos, esa noche, ella no estaba para femme fatale. Simplemente se desvistió. Completamente. Desnuda, se aproximó a los dos oficiales que antes habían intentado manosearla. Uno de ellos recogió alguna pieza de la ropa de ella e intentó dársela. Ella la rechazó de un manotazo. Furiosa, tomó la mano del otro policía y la condujo hasta su seno derecho; con fuerza lo forzó a recorrer su cuerpo hasta su sexo, diminuto y dolorosamente erguido. Lo obligó a tocarla. Allí fue cuando estallaron los aplausos y la primera estrofa, cantada a todo volumen por cientos de voces, de “En una noche tan linda como esta”. Allí fue cuando sonó el disparo y mil gritos de espanto. Allí fue cuando Erasmo corrió a esconderse bajo mi taburete y el ruido apurado de las botas marcó la retirada.
Cuando regresé la mirada a la pista de baile, la mujer seguía desnuda y rabiosa, en medio del espacio, bañada por la luz de muchas lámparas desiguales. Un poco más allá, algunos recogían lo poco que les había quedado de humor entre las cédulas regadas por el piso. Dos empleados atendían a Laizio, en plena crisis de nervios, y el negro de la puerta revisaba el enorme daño que había hecho la bala en el techo de la pista.
Abandoné mi taburete justo en el momento en que la trigueña volteó a mirarme. Por unos segundos su cuerpo de mujer, desnudo y altanero, se tropezó con mi vergüenza, pero no pude bajar los ojos. La mire una, y otra, y otra vez, sin poder quitarle los ojos de encima. Entonces, dije la única cosa que nunca tenía que haber dicho:
- Mija por favor, cúbrase….

miércoles, 16 de junio de 2010

El Morocho

Era un tipo conocido, querido. Uno de esos personajes anónimos de nuestros pueblos. Trabajaba en un liceo y según el decir de todos, “no se metía con nadie”. Tenía 54 años y muy poco se ha dicho de su vida personal, cosa que se agradece, porque eso a nadie le importa. Hace un par de días, en una visita de rutina, su madre lo encontró apuñalado y desnudo, frente a la cocina de su casa. Muerto. Se llamaba Francisco Javier Rivas. Por saberse algo más, sólo se sabe que le apodaban “El Morocho” y vivía en una urbanización clase media de la ciudad de Ejido, la misma que Cabrujas hizo famosa en una de sus obras teatrales. La misma que parece haber sido hecha por un cojo y un tuerto. La misma en la que el “índice de criminalidad” es conversación de vecinos. Convertido en uno más de los muchos nombres que llenan las páginas de sucesos de los diarios locales, sobre la muerte del morocho inmediatamente ha caído el lamentable silencio resignado de una comunidad que, acostumbrándose a la violencia, se recoge temprano y duerme, con un ojo abierto, protegida por rejas y candados. Una comunidad que no espera nada más, pues lo poco que los “cuerpos de seguridad ciudadana” podría ofrecerle se disipó en la certeza de que este descontrol ya no es, ni siquiera, culpa de policías mal entrenados. La cosa es mucho más simple: Cuando las comisiones del flamante CICPC llegaron al sitio a hacer el levantamiento del cadáver – unas cuantas horas después del hallazgo - lo único que pudo hacerse fue eso precisamente, llevarse el muerto. La policía de Mérida se excusó por no poder recopilar evidencias físicas que permitieran la probable identificación de los criminales, pues no tenían reactivos para procesarlas. Al Morocho lo enterraron al día siguiente. Su familia debe estar tratando de entender ese golpe de la vida. Quien quiera que lo haya matado, está felizmente suelto por esas calles de Dios; de él, ni siquiera habrá el consuelo de una huella dactilar. Cosas que pasan en los pueblos de este siglo XXI.

lunes, 19 de abril de 2010

Inevitable?

Confieso que esta mañana, al levantarme y enterarme del suicidio del Inca Valero, no pude evitar otra cosa que una lejana simpatía, mezcla de conmiseración y aflicción, hacia el destino trágico de una familia que se dejó encandilar, literalmente, por la vida de triunfos de un hombre que no estaba preparado para vivirlos. Claro que la muerte de Jennifer se hubiera podido evitar, tanto como el suicidio posterior del asesino. Eso lo sabemos todos; en este caso solamente se han cometido errores. Pero, pocos pueden atribuírsele a alguien más que al entorno de este pobre hombre, y a la ineficiencia asombrosa de nuestra policía. La muerte de la pareja Valero, la de los dos, tiene responsables perfectamente identificados a quienes la ley nunca impondrá castigo alguno: los que se beneficiaron de su talento boxístico, los que disculparon su violencia, los que no supieron evitar que Jennifer continuara al lado de quien iba con seguridad a matarla y los que alabaron su conducta violenta y pendenciera, como rasgos de hombría y valerosidad. Ellos hicieron al hombre; el destino trágico de él, hizo el resto. Pensar que al Inca lo mataron en la cárcel es un desatino, pensar que indujeron su suicidio es una simpleza imperdonable; convertir ese crimen horrendo en bandera política es una imbecilidad. El terrible final de esta historia; la de un hombre que sentía un desprecio irremediable por su propia vida, no tiene nada que ver con política. Tiene mucho que ver con lo que somos y eso, lamentablemente, lo veremos en los capítulos que aún no se escriben en esta serie de desaciertos: los más dolorosos; los que tienen que ver con nuestra humanidad y que probablemente no lleguemos jamás a conocer. Tal vez mañana, un crimen nuevo, peor en su atrocidad, borre para siempre el recuerdo de esta pareja desventurada. Ciertamente, suicidarse fue la mejor opción para el INCA. No enterarnos del resto, puede que sea la mejor opción para los espectadores morbosos del último round.

domingo, 28 de marzo de 2010

Hechos de un Domingo de Ramos

Mientras escribo esto, en la entrada principal del, ahora famoso por las razones más erradas, Conjunto Residencial Las Marías, se está haciendo la reconstrucción policial de los hechos que condujeron a la muerte del joven Yorsinis Carrillo (a) El Calsi, el pasado 25 de enero de 2010. Hechos que, como todos sabemos, desencadenaron los actos de violencia más terribles que esta ciudad universitaria ha visto en muchos años. Con eficiencia digna de quien ansia resolver con rapidez la muerte, lamentable y terrible del joven liceísta, la policía merideña insiste en dejar de lado lo que realmente sucedió la noche del 25 de enero e imputa, aun sin pruebas suficientemente válidas, como responsable del hecho a un vecino llamado Freddy Orta. Quienes conocemos a Freddy, apostamos por la inocencia de Freddy; pero, y esto es quizás lo más importante, quienes no lo conocen, también piensan que él no es otra cosa que un chivo expiatorio. Sin embargo, allí está: reconstruyendo hechos en los que probablemente él no sea más que un testigo excepcional. Mientras tanto, el asalto terrorista del que fuimos víctimas; los autos destruidos, el apartamento incendiado y la zozobra de haber vivido, en unas horas, un siglo de terror, no han merecido de las mismas autoridades ni una revisión de consuelo. Estamos, otra vez, presos en nuestras casas. No podemos acercarnos a la entrada principal por orden de la policía y algunos vecinos han comenzado a exigir la liberación del señor Orta a viva voz. Son signos de los tiempos que corren: Residencias tomadas por la policía un tranquilo Domingo de Ramos y angustia por el futuro. No están haciendo justicia, eso lo sabemos todos; pero el show tiene que seguir. Nunca podremos lamentarlo demasiado.

martes, 26 de enero de 2010

EL Campito, hoy

Parece el mismo cuento de todos los días, cuesta un poco decirlo de algún modo que suene a novedoso y serio. En medio de los rumores más disparatados que pueda uno escuchar, la ciudad esta otra vez en pie de guerra. Hay, no tan sutiles, diferencias respecto a lo sucedido anoche. Hoy le toca a otro complejo residencial habitado mayormente por estudiantes y algunas familias, ubicado en las inmediaciones de sitios neurálgicos de la ciudad, tradicionalmente punto de mira de los desordenes estudiantiles. Desde las 7 de la tarde la confrontación está servida y, según parece, no amaina ni da señales de suavizarse. En este momento, la policía es la que está llevando la delantera sobre encapuchados y presuntos Tupamaros. Han entrado a la fuerza a los edificios, disparando perdigones que ya han causado, al menos, dos personas con heridas que han necesitado traslado al hospital. En el 5to piso de las residencias San Eduardo se encuentra atrapada una familia en medio de una nube irrespirable de gases lacrimógenos; que por cierto, han sido disparados con exceso hacia los HABITANTES de los edificios. Han traído dos veces “la ballena” sin mayores resultados, pues la turba nuevamente liderizada por terroristas afectos al régimen, insiste en la violencia. Las escenas de pánico se suceden interminablemente; pero por suerte, no ha habido mayores daños al patrimonio personal de los residentes de los numerosos edificios que conforman esta populosa área de la ciudad. Incendiaron y derribaron las casetas de vigilancia de los edificios San Eduardo y Cardenal Quintero; el tráfico está interrumpido por la zona, el rector de la Universidad reiteró la paralización total de actividades en la ULA, hasta nuevo aviso, y la zona educativa hizo otro tanto. Mañana miércoles se esperan, lamentablemente, nuevos disturbios; el problema más grave es que ya nadie sabe cual es la causa de tanto desorden, ya no hay motivos claros ni responsables definidos. Hoy, la policía del estado es la que comete mayores abusos en contra de la comunidad. Mañana no sabemos con que saldrán ni quienes lo harán. Pero empezamos a sentirnos satisfechos de poder contar con 24 horas para intentar vivir.

lunes, 25 de enero de 2010

Estado de sitio

Aunque la calma se había perdido completamente desde las primeras horas de la mañana, en protesta por la absurda medida de cierre de RCTV Internacional y los continuos apagones, no fue sino hasta las 7 de la noche cuando, quienes habitamos en una zona muy poblada de la ciudad de Mérida, cercana a instalaciones de la ULA, comprendimos cabalmente el sin sentido de la violencia. Después de dejar ardiendo algunos de los sectores más importantes de la vida ciudadana; arremetieron, sin justificación alguna, contra el edificio donde tenemos un modesto apartamento mis hermanos y yo: Residencias Las Marías, un emblemático conjunto residencial de la ciudad, habitado mayormente por estudiantes universitarios y familias clase media. Llegaron en bandadas, a bordo de un autobús secuestrado poco antes, y abrieron fuego indiscriminado hacia el interior de los edificios, luego quemaron la caseta de vigilancia y derribaron el portón de acceso. Nosotros no respondimos más que con gritos y un fuerte cacerolazo. Ellos se fueron. Un rato más tarde, la radio dio los primeros informes acerca de la muerte de un joven estudiante de bachillerato de 15 años de edad en el ataque previo a Las Marías. Mientras, se escuchaban disparos aislados y veíamos, con preocupación, como los efectivos policiales se retiraban del lugar. Poco después los sentimos llegar de nuevo, dispuestos a todo. En segundos, su violencia nos regaló horas de profunda angustia: estacionaron el autobús, en que se mueven por toda la ciudad a sus anchas, e intentaron derribar una puerta lateral que da a la avenida Las Américas; como no lo consiguieron, procedieron a derribar la pared perimetral del complejo, y entraron a dos de los seis edificios. En poco menos de media hora, destruyeron 46 automóviles, quemaron tres, prendieron fuego al estacionamiento del edificio María Virginia, dañando considerablemente el apartamento de nuestra conserje, incendiaron el depósito de basura y el tablero eléctrico del edificio María Alejandra y lanzaron varias bombas molotov que, al estallar, aumentaban la destrucción y avivaban las llamas. Mientras lo hacían, gritaban consignas en contra “de los ricos” y robaban equipos de sonido de los autos, más todo lo que encontraban a su paso. 45 minutos más tarde, los bomberos llegaron y pudieron controlar las llamas. Abajo, en los rostros de 80 familias, solo se dibujaba incredulidad. En medio del caos, nos enteramos que el joven asesinado era militante del PSUV y ficha de la revolución. También, que su muerte se le había endilgado a un misterioso y desconocido habitante de un complejo residencial en el que nadie respondió con disparos. Preferimos irnos. Tememos las represalias de un gobierno acorralado en su violencia, pero, sobre todo, tememos un nuevo ataque. Lo tememos porque sabemos de quien proviene: Se llaman LOS TUPAMAROS y hoy, 26 de enero de 2010, son la única autoridad y la única cabeza visible de la revolución socialista en Mérida, su patrocinante. Marcos Díaz Orellana, el gobernador “socialista” del estado ya tiene explicaciones para todo lo que sucedió hoy, tanto en Las Marías como en el resto de la ciudad. Mañana los nuevos enemigos de Mérida serán la Universidad, la Alcaldía y el Conjunto Residencial Las Marías. Nada se ha dicho de quienes desataron la violencia. Mérida, hoy, está sitiada por LOS TUPAMAROS. Ni modo; de la patria y el socialismo, sólo nos va quedando la muerte.

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