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domingo, 24 de noviembre de 2013

Esto no es juego

Tengo una nueva mala costumbre: todos los días al abrir los ojos, antes de levantarme de la cama e incluso, antes de darme cuenta plenamente del comienzo de un nuevo día, agarro mi teléfono y reviso Twitter. Usualmente leo los primeros 60 o 70 “mensajes” y con ello, me doy por enterado del estado de las cosas, en esto-que-nos-está-pasando.  Ayer hice el firme juramento – no es nuevo, solo que creo el de ayer fue más firme – de intentar romper con ese habito malsano, del mismo modo como un día me arranqué el cigarrillo de mis manos, (cosa que considero la mayor proeza de tipo personal que he logrado en los años que me quedan por vivir) pues, si no lo hago, un día alguien culpará a Twitter de mi muerte y tampoco los que inventaron el pajarito, tienen culpa de que seamos tan obstinados (y a veces tan brutos).
¿Por qué el juramento de ayer fue más firme que el de otros días? Quizás eso solo me interesa a mí,  pero voy a contarlo: ayer, el amanecer estuvo plagado de desalentadores zarpazos y,  por más que intenté superar la cuesta aciaga de las malas noticias, me fui a dormir (en la alta madrugada) convencido de que esto-que-nos-está-pasando no es juego. Para nada. Entonces, sentí que una gripe irremediable me mandaría a la cama a, sencillamente, esperar la muerte y,  la verdad, no es para tanto. Es decir, si es, pero tampoco se trata de entregarle la vida a los rojos. Ni más faltaba. Yo ya estuve suficientemente enfermo una vez por enfrentarme, sin herramientas, al daño que hacen las tropelías de ellos y conozco el sentimiento. Yo no puedo permitir que suceda de nuevo. Aun cuando lo de ayer fue una más de las muchas gotas que han colmado el vaso.
¿Qué pasó ayer? Nada que no haya sucedido antes: el régimen sacó sus garras, con un poco mas de saña - si es que eso es posible - para demostrarnos, sin que nos quede el menor espacio para la duda que, ellos, para mantenerse en el poder, están dispuestos a arrasar con todo lo bueno, lo malo y lo feo que no se parezca a lo que ellos han pensado es el poder: Secuestros legales, quiebras de empresas, amenazas, cinismo, militarcitos alzados y mucho más, estuvo todo el día rodando por lo que queda de un país que, lamentablemente, se parece más a 140 caracteres escritos de cualquier forma, que a 912 050 Kms. cuadrados de decencia. Entonces me abatió la sensación de que el horror está ganando la partida y, eso,  es una certeza que duele porque es compartida, aunque se sostenga en los hilos de optimismo que algunos se atreven a continuar moviendo. Ayer, mientras el país se desangraba un poquito más, quienes no estamos de acuerdo con esto, tuvimos la oportunidad de salir a gritarles que nos dejen seguir viviendo en algún tipo de paz y una gran mayoría tuvo excusas para no hacerlo. Algunos, incluso, estaban haciendo cola en alguna tienda de electrodomésticos para ver si pueden comprar un televisor -  que no les hace falta -  a precio de gallina flaca; mientras en su despensa hace rato que no hay leche ni mantequilla, urgencias ahora convertidas en necesidades de tercera mano.
Un amigo muy querido, resteado  defensor a ultranza de la cosa “venezolana” y del sentido de pertenencia, que suele autodefinirse como “más venezolano que la Plaza Bolívar” se me acercó afectuoso en la paupérrima marcha de los auto convocados (o lo que sea que sea). En la conversación me reveló haber abierto “operaciones” para salir del país con toda su familia, en algún momento de los próximos seis meses y no es el único. Otros conocidos o amigos con quienes hablé en algún momento del día, tuvieron cualquier buena excusa para no ser parte de la protesta, aunque viven horrorizados por todo. Alguien más me dijo que está cansado de “marchas inútiles” y que volverá a la calle cuando la orden (¿de quién?, nunca se supo) sea permanecer hasta el fin sin regresar a la casa (acampada mortal, lo llamo yo) y uno más, escribió en Twiter que lo bueno de esto-que-nos-esta-pasando es que nos hemos dado cuenta que cualquier cosa, incluso Barranquilla (con el perdón de los señores Barranquilleros)  es mejor que esto.
Entonces, se me instaló el pensamiento de que hasta razón tienen. Que lo que sucede es que, de nuevo, parece que en este juego - que no es juego - van ganando ellos: a costa de nuestras libertades, de nuestra salud y de nuestra codicia sin límites. A costa viva de nuestro silencio asustado y nuestras pocas ganas de pensar en el otro. A costa del nosotros de nosotros mismos. 

martes, 5 de noviembre de 2013

El "mejor" país del mundo

Daniela es la hija de 19 años de uno de mis mejores amigos, le gusta la moda, no le gusta estudiar, pero, sabe que le toca hacerlo y adora la rumba. Si por ella fuera, convertiría el arte de rumbear en un modus vivendi y sería millonaria. En realidad Daniela es como cualquier muchacha de su edad, pero con un papá que la consiente demasiado, porque tiene con qué hacerlo.  Hace poco Daniela se fue a vivir a Barquisimeto pues allá hay una universidad en la que es posible que consiga un cupo, después de haber luchado a brazo partido con las iniquidades de la ULA.  Le bastaron horas para convertirse en la muchacha más popular de Barquisimeto. La invitada “by choice” de cuanto guateque inventan los universitarios que la persiguen. 
El viernes en la noche, el papá de Daniela me llamó para invitarme a comer. En homenaje a esa amistad que peina canas, nuestra  cena se convirtió en la  conversación insomne y amena que ya es costumbre. A las 3 y  media de la madrugada, sonó su teléfono. En la pantalla ambos vimos un número desconocido y a los dos, el corazón se nos detuvo por un instante.  Los latidos se reiniciaron, cuando escuchamos la voz calmada de Daniela buscando consuelo en su padre: ella, su novio del momento y 4 amigos más, acababan de ser víctimas de un secuestro exprés cometido al salir de una discoteca en Barquisimeto. Entrompados por 6 malandros armados  “con unas pistolas enormes papá…” los dos automóviles en que viajaban Daniela y sus amigos, fueron obligados a dar vueltas por toda la ciudad, hasta que un par de policías que patrullaban un centro comercial lograron, por pura suerte de quien no le toca, detener a los delincuentes en una operación más o menos limpia, en la que - por gracia de Dios - a nadie le dio tiempo de disparar un tiro. De todos modos Daniela perdió el teléfono, los documentos, las tarjetas, las prendas que llevaba – bisutería barata – y la tranquilidad. No perdió las ganas de rumba, porque eso no se pierde cuando se tienen 19 años.
Su padre y yo (a quien ella llama tío) tuvimos la necesidad de un whisky doble cuando la niña colgó el teléfono. Pero, le dimos gracias a Dios de saberla viva, en manos de ángeles que la protegen. Nos fuimos a dormir asustados, con ganas de salir corriendo a buscarla y protegerla, frustrados de saber que eso, en esta emboscada que llamamos país, no es posible.
El sábado desperté con el susto en el cuerpo y recordé que tenía que salir a “hacer mercado”. Después de almorzar, revise la despensa y salí decidido a comprar algunas cosas básicas para enfrentar la semana pues, me niego a hacer filas de damnificado, cambiando mi dieta de semana a semana, de acuerdo a lo que haya aparecido en los supermercados que, me niego también, a recorrer con la desesperación de mis paisanos. Sorteando largas filas, apretujamientos y el pésimo humor de quienes como yo, salieron a mercar con metas un poco más urgentes (un pote de leche que no existe le amarga el sábado a cualquier padre) terminé haciendo una compra pavorosamente alta (en unos bolívares que no sirven para nada) de chucherías que realmente no son alimentos. Monté las bolsas al auto para hacerme la idea de tener la despensa llena de nada y me fui a la carnicería de toda la vida. Por suerte allí el desabastecimiento no es tan grave, aunque los precios son muy altos, como en todas partes. Mientras ordenaba la carne para la semana, el carnicero me ofreció aceite (MAZEITE, lo crean o no) que me apresuré a aceptar porque me da miedo llegar a diciembre y no poder hacer hallacas por no tener aceite de verdad para ello (yo no hago hallacas con aceite de soya ni por todo el oro del mundo, el buen nombre de mis hallacas no se lo va a tirar el desgobierno) Junto con el aceite, terminé comprando leche, Harina PAN, Papel higiénico, crema dental y jabón (Palmolive que me parece horrible, pero peor es ,en mi piel, el jabón azul) Fue la primera vez que me arriesgué con tal seriedad al mercado negro, y aunque me gasté un dineral que no me sobra, armé despensa para varios días. Pensé que ese, el de comprar subrepticiamente productos que deben llegar  a la maleta del auto en bolsas negras, es un placer nuevo, digno de eso que llaman la revolución.
Entonces me fui a visitar a una amiga que hace un par de años “emprendió”  un negocio de dulces de frutas. Realmente destaca, en medio del gentío que hace dulces en Merida, porque su producto es delicioso. Fui con la intención de traerme un par de frascos de Dulce de Higo (mi perdición) y en el proceso de compra montamos té y conversa. Zulay acaba de participar con sus productos en FITVEN, es más, Zulay tuvo la “suerte” de darle a probar sus postres al mismísimo Ministro Izarra,  momento que aprovechó para decirle que tenía una gran cantidad de proposiciones para empezar a exportar su producto; pero, el tema de las divisas le tenía esa posibilidad cerrada. Zulay todavía tiene la respuesta de Izarra grabada en la mente: “Exportar no es la alternativa de crecimiento para ustedes, hagan sus dulcitos para venderlos aquí, a la gente de Mérida, cuando mucho a Los Andes, pero eso de exportar no es la solución que usted busca…olvídese de exportar”. La escuché con la misma estupefacción que me asalta cada vez que  les oigo hablar de economía, el gran sinsentido de la patria nueva.
Salí de visitar a Zulay y, camino a  casa, paré un momento en el laboratorio de una compañera de estudios a quien había prometido llevarle unos libros. Al entrar, la encontré llorando desconsolada: 10 minutos después de abrir las puertas de su pequeño local (ubicado en un centro profesional privado), mientras buscaba algunas cosas detrás de la recepción, alguien entró sin ser visto y se robó las dos laptops con las que lleva adelante el negocio. Reponerlas puede llegar a costarle 80 o 90 mil bolívares (de esos que no sirven para nada, pero cuesta horrores ganarlos) La consolé como pude, sabiendo que esa violación flagrante al sustento de Laura y su familia, no se repara con palabras, porque las palabras decentes dejaron de existir en esta equivocación de la historia que algunos llaman país.
Me fui a casa. Sin más. Dispuesto a encerrarme sin salir ni a la puerta aunque con eso no consiga nada. En mi edificio no había agua. Justo en ese momento un timbre anunciaba la llegada de un mensaje telefónico que hablaba de las bondades de este, "el  mejor país del mundo…"
No se imaginan la mentada de madre que salió de mis labios en ese preciso instante.

domingo, 20 de octubre de 2013

Venezolanos del siglo XXI


Nunca como ahora para etiquetarnos. Lo empezó el difunto: fue él quien nos dividió en bandos, dos enormes pedazos de territorio, habitados por quienes estaban con él y por quienes lo adversábamos: enemigos mortales de cualquier cosa buena, llamados entre otras cosas, apátridas, escuálidos, majunches, bazofias y algunos otros insultos que eran directamente proporcionales al miedo que le producían nuestras acciones.  Dos especies que lejos de extinguirse con quien las creó, han ido reproduciéndose con el paso de los meses en sub especies de todo tipo con un objetivo común: inventarse una vida que no se parece a la que le ofrecen, a un bando y el otro, los herederos de la patria.  Voy a permitirme entonces, reclasificarnos según sea la vida que buscamos y el medio, que siempre justifica el fin,  para ver si haciendo ese ejercicio empiezo a comprender  la babel tropical que vamos siendo:
Padres huérfanos (de mentira): Es una exageración, porque existen los que de verdad lo son. Pero, Elizabeth Fuentes acuña ese término a partir de aquellos padres y madres que día a día pasan por el mal rato de despedir a sus hijos en los aeropuertos patrios, a donde acuden (los hijos) cargados de sueños y aprehensiones para comenzar el difícil camino de conseguirse un futuro en alguna parte de este ancho y ajeno mundo.  Define a padres que se quedan persiguiendo las nuevas tecnologías comunicacionales, para no sentirse tan desamparados y se ven forzados a entender lo que en Norteamérica se llama el Síndrome del Nido Vacío, nunca mejor dicho: los hijos no solo se fueron de casa, han desplegado sus alas para volar alto y lejos, a veces, demasiado lejos y, aunque causa sufrimiento (sobre todo en culturas como las nuestras, donde un hijo pertenece a sus padres con derechos de uso y abuso) por lo menos otorga dos consuelos:  el muchacho está vivo, bien y buscándose la vida con posibilidades y ahora sí que puedo dormir tranquilo.
Padres huérfanos (de toda orfandad): merecen una consideración especial y no caben en ningún chiste. Tuvieron la desgracia de recibir la llamada que les avisaba que su hijo se encontraba en el momento equivocado a la hora equivocada. Nunca más los verán. La vida, si eso es posible llamarlo vida, se limitará a preguntas sin respuestas y para muchos, casi todos, acaba el día que dejan a sus hijos en el cementerio. Son la mejor prueba de que en Venezuela es mentira aquello de que nadie se muere en la víspera.
Los Expat´s:  Ejecutivos exitosos al que una transnacional (de esas Imperialistas horrendas) les pone un container en la puerta, les paga boletos aéreos en primera clase a la familia entera y los traslada a vivir las maduras en algún destino relativamente idílico, en condiciones relativamente idílicas,  a cambio de su alma y un poquito más. Se convierten en una tribu impenetrable, disfrutan de todos los beneficios de un expatriado (que en el mundo civilizado son numerosos) y solo tienen que preocuparse por mantener el carguito.  Trepan por encima de cualquier obstáculo para no tener que volver JAMÁS y se compran una casa en alguna parte del mundo (Miami, por supuesto) a donde irán a parar cuando la transnacional cierre las negociaciones del merge y el expat se quede listo para recomenzar el ciclo. No regresan ni aunque les canten canciones.
Los enguayabados: lo que dan es un pesar indescriptible, porque para empezar, nadie sabe bien porque se fueron; pero, se fueron.  La gran excusa es haberse ido a estudiar, pues jamás (ni bajo tortura) admitirán que abandonaron la patria amada.  La mayoría tomó por asalto una urbanización de Miami llamada Weston a la que todos conocen como Westonzuela, aunque pueden encontrarse en Canadá, Houston, Panamá y España en cantidades relativamente similares.  Viven en cambote, se disfrazan de jugador Vino Tinto en cualquier fecha patria, hacen asociaciones de venezolanos con cualquier objetivo, comen arepas y pabellón criollo casi a diario, se les salen las lágrimas cuando escuchan Gloria Al Bravo Pueblo por casualidad, oyen toda la música venezolana que jamás escucharon en San Fernando, repiten  cuanto disparate escuchan de este gobierno horroroso, solo se relacionan con venezolanos, respetan las leyes de la ciudad de acogida, pero no entienden porque es such a big deal comerse una luz roja. Se dedican a hacer negocios relacionados con la nostalgia (en algún momento distribuyen tanto sancocho como tequeños exprés) y perpetúan el escándalo venezolano en cualquier  sitio al que lleguen, pues lo único que no aprenden, jamás, es a hablar el idioma que se habla en la ciudad en que viven y a entender que el espacio de uno termina donde empieza el espacio del otro. Algún día volverán, para decirle a todo el mundo que "voz de la experiencia mediante", en ninguna parte se vive como aquí  (o no, pero en el caso de ellos da igual porque es como si nunca se hubieran ido del todo) entre tanto, no perdonan navidad venezolana ni fiesta familiar alguna, a la que vienen a hablar de sus dos únicos temas: lo bien que les está yendo y la falta que les hace el “calor venezolano”.
Ciudadano en tránsito: no paran de hablar del día (maravilloso) en que lleguen a Maiquetía para montarse - sin mirar para atrás - en el próximo vuelo de American.  Se saben todos y cada uno de los requisitos indispensables para emigrar (España y Estados Unidos suelen ser los primeros destinos, pero, Canadá y Panamá está ahí, ahí) tienen el plan perfectamente diseñado, pasan horas en Internet buscando información adicional, establecen redes de apoyo, son los duros de Skype y similares, saben de franquicias internacionales más que todo el mundo y pueden decir con rigurosa exactitud el precio de la “finca raíz” en cualquier ciudad del imperio. Todo el que los conoce, y quiere oírlos, sabe que quizás, algún día, se instalarán en Miami…pero, no tienen plata ni para comprar el boleto aéreo. Si logran irse, esos no van a regresar aunque Capriles se convierta en mandatario continental.
Venezolano resteado: su lema es el optimismo a ultranza. Son tan optimistas que podrían pasar por afectos al gobierno pues, en Venezuela,  se está viviendo bien, a pesar de todo.  No quieren ni escuchar hablar de los que se están yendo, le quitan el habla al sobrino que se fue a estudiar a Canadá y despotrican de él en cuanto evento familiar les dan el chance. No conocen a nadie que le haya ido bien en el extranjero (palabra que pronuncian con desprecio) y primero se mueren antes que renunciar a vivir en el mejor país del mundo.  Tienen dos enemigos fundamentales: el exiliado (de cualquier tipo) y el gobierno y, aunque tienen el remedio exacto para “lo-que-nos-esta-pasando” se niegan a compartirlo con alguien. Van para Chichiriviche y Margarita antes que para Miami y por supuesto, son más Vino Tinto que Chiqui Peña. Entre su talentos se cuenta con honores lo de “raspar tarjetas”, conocer todos los intríngulis del SICAD, emprender negocios de génesis más o menos inexplicable y representar  vívidamente aquello de “a mí que no me den, sino que me pongan donde haiga”
Los tira piedras: antes de levantarse de la cama ya han escrito dos o tres twitter convocando al “estallido social”. Están convencidos de que saldremos de esto, única y exclusivamente, si cogemos la calle. Dicen todo el tiempo que la gente está arrecha - ellos los que más – y están loquitos por prender el avispero. Son más peligrosos que mono con hojilla básicamente porque, casi con absoluta seguridad, no van a ponerle el pecho ni a las balas del gobierno ni a las de la oposición. Francisco Suniaga los llamó los opositores de la oposición y nunca un nombre ha sido tan afortunado. Tienen varios subtipos y dan para gastar mucha tinta en ellos; pero, en realidad no se lo merecen. Son una especie totalmente prescindible.
Los verdaderos NI-NI: hacen silencio, escuchan con atención  cualquier conversación, por fundamental que sea, sobre el gobierno y/o la oposición. Podrían parecer indiferentes, pero saben más que perro e ´ciego.  Participan poquísimo, salen a votar por principismo democrático, aborrecen al gobierno; pero, no lo predican. Rara vez se permiten un chiste o una infidencia. Son monacales. Si en general no les gusta el gentío, cuando se trata de asuntos “de-lo-que-nos-esta-pasando” se esconden tras un millón de excusas para no mezclarse con el soberano.  Puede que escriban alguna cosa para expresar su descontento o colaboren  con las finanzas de la oposición o hagan alguna otra movida bajo la mesa; pero, su nivel de compromiso – público – es mínimo.  Lo que en realidad sucede con ellos es que, sin decirlo a nadie (muchas veces ni siquiera a sus familias) lo que están tramando es la escapada perfecta. Se van a ir y lo harán para siempre; pero, la gente que los rodea, (muy poquitica, por cierto) se va a enterar cuando inauguren el apartamento en una lejana ciudad Europea en la que vivan pocos o ningún paisano.

lunes, 12 de abril de 2010

Es asunto tuyo...también

Esta mañana, después de mil años, me conseguí a Felipe y, la verdad, casi me dio gusto. Fe, como le decíamos en los tiempos de Caracas, hizo por varios años, un trabajo excepcionalmente exitoso en FUNDACOMUN. A la caída de Pérez, y posteriores replanteamientos del Instituto, se dedicó a sus clases en la UCV y a varios trabajos interesantes con la empresa privada. Ganó dinero y lo aprovechó viajando por el mundo y viviendo temporadas fuera del país. Atraído por el cuento de la tranquilidad y el buen clima, recaló en Mérida, donde vive de jubilaciones y asesorías bien remuneradas. Nos instalamos a conversar y rápidamente el tema enfiló hacia “la situación actual”, para la cual, según dijo, nada lo había preparado. Desde la rabia y la decepción más grande, Fe amontonó quejas sobre quejas. Aprovechando su desaliento, le propuse que pusiera a trabajar su vasta experiencia y apoyara concretamente una labor de cambio. Fue allí, cuando el encuentro con el viejo conocido dejó de ser feliz. Aduciendo razones de todo tipo, ninguna realmente importante, por cierto; Fe se excusó de participar en algo. Parecía como si un compromiso de cualquier tipo frente al expais, fuera una carga muy pesada para su ánimo o una iniciativa muy molesta para su tranquilidad de jubilado. Nos despedimos con afecto y eché a andar. A pocos metros, una carpa roja acogía una cantidad inusual de “custodios” dedicados a sus labores de camiseta roja y proselitismo grosero, aguantando lluvia y frío, resistiendo uso y abuso. Seguí mi camino imaginando a Fe en su acogedora casita, rodeado de libros y objetos muy amados, calentándose un café bien servido, mientras espera al hada madrina. Entonces entendí por qué, la partida la llevan ganada ellos.

martes, 16 de febrero de 2010

Estimado Sr. Zuloaga

A ver, empecemos por el principio: usted es dueño de hacer con su canal de Televisión lo que le de su realísima gana; del mismo modo que es dueño de hacer con su plata lo que a usted se le antoje de acuerdo con el ánimo que se levantó ese día. Usted es tan dueño de sus asuntos como yo soy, por ejemplo, dueño de mis relojes. Pero, fíjese señor Zuloaga, resulta que parte de sus asuntos tienen mucho que ver con la exposición mediática, porque usted mismo ha querido que así sea. ¿Usted se acuerda cuando le allanaron la casa esa llena de carros que usted tiene en Los Chorros? Debe acordarse porque cositas como esas no se olvidan; pues bien, aquí abajo, en el expais, nos íbamos volviendo locos con el montón de noticias que usted permitió que se colaran. Aquí abajo, en el expais, los que no lo conocíamos, nos pusimos a su lado, lo protegimos, estandartizamos el derecho a la libre empresa en el derecho que usted tiene a hacer con su plata y sus acciones y sus carros y sus negocios lo que usted quiera. Cerramos filas a su lado pues, y lo creíamos merecedor de eso. Y entonces, la semana pasada explotó el bombo en Globovisión (su canal de TV) y se desataron rumores aterradores, que empezaron a confirmarse con la renuncia obligada de Ravell a la dirección del canal y… BINGO, al día siguiente, el gobierno lo declara a USTED santo en las alturas, cuando pocos días antes usted era una pesadilla para el sabanetero. Dígame una cosa: ¿usted piensa que alguien le creyó el cuento que usted contó en su rueda de prensa? ¿Usted cree que nadie se fijó en la mochila de gatos? Francamente yo no fui uno de esos y créame que me duele, que ruego a todos los santos que yo esté injuriándolo en este momento; porque si lo que cuentan en la calle es verdad, usted se convertiría en el Judas de las libertades venezolanas y, a mi personalmente, ese es un título que no me gustaría llevar puesto.

viernes, 12 de febrero de 2010

¿Qué nos pasó?

( Imagen gráfica de Agustina Cosulich, Argentina)
Hace días que estoy empecinado en la búsqueda de una buena noticia. Algo que se salga del ámbito familiar donde, a pesar de los pesares, estamos vivos, saludables y alimentados. Algo que me indique, sin necesidad de hurgar demasiado en mis neuronas que, después de todo, han valido de algo las privaciones; sin embargo, mi empecinamiento se torna vano cada día, sobre todo al finalizar la revisión diaria de periódicos que leo sólo por no perder la costumbre, en un acto irremediable de esperanzas que empiezan a pintarse inútiles. Asesinatos, atentados a la propiedad privada, secuestros, robos y furia desbandada en contra de todo, parece ser la fuerza que mueve al expaís. Una inmensa creatividad para agredirnos unos a otros y una fuerza indetenible en manos de quienes tienen armas, y suficiente desprecio por su propia vida, copa sin señal alguna de STOP, la vida de los venezolanos. Esta semana, por ejemplo, leí con verdadero asombro en un diario nacional el último invento de los malandros caraqueños, en trance de sepultar alguno de sus caídos: paralizan una autopista a punta de disparos y cometen tantos robos como les es posible, en el corto tiempo del que disponen. Todo se vale. A la hora de agredir e incluso de matar, todo está probado e inventado y no hay policía que logre enfrentarlo. Vivimos la violencia por la violencia y no hay manera de explicarlo; desde alguna parte, aquí llego un loco que nos extravió a todos. Sería bueno detenerse un poco, sólo por un sano ejercicio de tranquilidad, y comenzar lentamente a reconstruir algo, por pequeño que sea, de lo mucho que hemos destruido. Sería bueno olvidarnos un poco de lo que no han hecho los que tenían que hacerlo y empezar por hacer algo nosotros mismos. A lo mejor, lo que sucede, no es que se acabaron las buenas noticias; a lo mejor es que nosotros perdimos la posibilidad de fabricarlas.

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