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lunes, 13 de junio de 2016

Madrugada de odio

Quienes más me conocen, opinan que soy nocturno-fóbico; en cierto modo es verdad. Fue tanto lo que salí de noche en la juventud que comienza a ser lejana que, hoy día, he optado por  encerrarme en casa para no exponerme a las rudezas de una noche que no entiendo. Eso, sin embargo, no quiere decir que desconozco la nocturnidad o que no estoy al día en las opciones que ofrece el underground rumbero de mis ciudades. Yo, si es por estar al día, estoy al día con todo. Incluso - o sobre todo - con las nostalgias de sitios idos con mis memorias intactas. Los “bares de ambiente", por ejemplo.
Reflejos de las sociedades y ciudades que los alojan, los “bares de ambiente” existen desde que la moderna humanidad acuñó la mala costumbre de dividirse en parcelas, relegando cada una a un espacio en teoría exclusivo: los bares de solteros (para que los casados no profanen su auto impuesta santidad) los bares de parejas (para que los solteros ídem) los bares para ejecutivos exitosos, los que acogen la bohemia, los preferidos por los jóvenes (en donde tener 32 años es delito imperdonable) los de los tukis, los de los ricos, aquellos a los que van los negros,  aquellos a los que van los blancos (y bonitos) los de los pobres o los de los maricos. Quizás pensando que, así, cada uno en su sitio, evitará cometer el crimen de acercarse a una parte de la humanidad que, aunque existe, ni se nota, ni se toma en cuenta porque siendo la otredad, se diferencia de mi y no puede ser determinada.
No hay responsabilidad definitiva. Las tribus sociales - y sus templos - posiblemente nacen por generación espontanea. Las maldades que engendran, quizás también. Lo que si puede y debe señalarse de manera clara e inequívoca es que, afortunadamente, hay un  error de concepto; muy para suerte de lo poco bueno que le queda a la humanidad, las tribus sociales están llenas de transgresores y de aquellos que permiten - y aplauden - la transgresión.
Hace mucho tiempo que no frecuento bares gay (ni de otro tipo) por decisión propia - lo dicho, ya no soy hombre de bares - pero, en mi querida Mérida, por ejemplo, un tour por la nocturnidad probablemente termina, aun sin uno quererlo, en un sitio ruidoso y extraño al que toda la ciudad conoce como La Maricoteca (en realidad figura bajo el chistoso nombre de ENIGMA) pues, entre otras cosas, es el único rumbeadero que permanece abierto hasta las tantas. Siendo un lugar mayoritariamente frecuentado por miembros (uniformados, valga decirse) de lo que ahora llaman la Comunidad LGBT, a ENIGMA entra (y sale) todo bicho de uña. Después de muchos meses sin caer por allí, estuve un rato hace un par de meses en ocasión de la celebración de un espectáculo; llegué pasadas las dos de la madrugada y me dediqué a mirar los toros desde la barrera ya que, entre otras manías de viejo, casi no consumo alcohol. Si, es cierto, en la pista de baile se agitaban los cuerpos sudorosos de hombres de todo tipo y descripción; pero, el espacio era democráticamente compartido por toda clase de gente: muchachas que se divertían en compañía de amigos, cuasi adolescentes tímidos a la caza del requiebro de esas muchachas, machos desprejuiciados apurando todo el cocuy del semestre, maestros de escuela, conspicuos intelectuales, turistas alemanes mal bañados y en chancletas,  buscando cerveza fría, artistas, hippies, mal pensantes, cometas y suicidas (cantaría Amaury). Sometido a un test de exclusividad, esa noche (estoy seguro que todas las otras también) ENIGMA habría salido muy mal parado como sitio de ambiente,  aunque con honores relumbrantes que lo catalogan como santuario de nuestra escasa tolerancia; quizás,  porque lo mejor de ese tipo de lugares es que nadie-se-mete-con-nadie y el que lo hace se-atiene-a-las-consecuencias.
ENIGMA en Mérida, IMPACT en París,  COPA´S en Caracas, SPLASH en New York o PULSE en Orlando, pretender que un sitio de ambiente es reducto exclusivo de inmorales y desviados, es muestra de una estupidez tan grande y bochornosa, como la de practicar una religión que te obliga a odiar al prójimo más de lo que odias tu maldita vida. Eso va a descubrirse cuando empiecen a saberse las historias de las 49 víctimas del atentado terrorista de la discoteca PULSE en Orlando, Florida.
Quizás esa sea una de las principales razones por las que, en particular, este crimen espantoso deba ser repudiado por toda la gente de bien del mundo: fue cometido en contra de la humanidad y fue cometido en nombre de un odio irracional que apuntó al lado equivocado. No es ni más triste ni más horrible que otro. Tan solo más cuantioso, si es que la estadística importa. No es peor que Cerezal, más fuerte que Columbine o más grave que Bataclan. No es - como algunos malditos descerebrados insisten en decir vía hashtag - menos delito que otro, porque se trató de matar gays. A la gente de bien - una mayoría, por fortuna - tiene que dolerle en su propia carne, cada bala disparada en cualquier parte del mundo, así esa bala se aloje en la humanidad de quienes creemos se la merece.
El sábado, en PULSE, murieron 49 personas inocentes. Ninguna otra consideración tiene lugar. Ni el hecho - a favor o en contra - de que hayan sido o no homosexuales.
La humanidad se divide en buenos y malos. Cualquier otra etiqueta es tan dañina como la absurda manía de no querer ejercer control sobre el armamento libre que rueda por el mundo. Si los malos necesitan un freno, que empiece alguien a ponérselo. Los buenos, que somos más, lo pedimos a gritos, a ver si dejamos de encerrarnos en sótanos y ponernos etiquetas de colores.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Yo rezo también...

En el año 2001 yo llevaba una poblada barba,  todavía oscura, que  junto a lo que en ese tiempo era una cabellera abundante  (identificada en mi pasaporte como de color castaño) me hacían parecer - rasgos engañadores que uno tiene - algunas veces,  un árabe que ni Mustafá y algunas otras, un judío recién salido del New York Fashion District. De esa facha tengo muchas anécdotas, en su mayoría muy divertidas; como el día que me persiguieron en NY un par de ortodoxos para "ponerme los Tefilines" y tuve que desprenderme de ellos en verdadero ataque de grosería; o las miradas de asombro de casi todo el mundo, cuando revelaba mis verdaderos orígenes, suramericanos hasta la decima generación ascendente. Ya sabemos que "los gringos son así" les encanta un estereotipo, una etiqueta y esas monsergas variadas. Lo comprobé en el aciago despertar del 11 de septiembre. Vivía en Houston, una prima a la que adoro estaba en New York y Daniel, el compañero irrepetible, en Afganistán o por ahí cerca. El país estaba sumido en una tristeza infinita, explicada millones de veces a lo largo de estos años en los que han surgido una inenarrable cantidad de teorías justificando, en sucesión de disparates, lo que pasó a la humanidad ese día en que fuimos  menos humanos que de costumbre. Yo estaba muy aturdido. Angustiado por la suerte de quienes debían estar a mi lado, y no estaban, y preocupado - cada minuto más - por la suerte que correríamos todos,  sobre todo después de haber visto como George Bush había logrado ponerse a la altura de las circunstancias y lanzar un discurso notable en el Memorial Service de la Catedral de Washington con el que abrió las compuertas de la tercera guerra mundial. Iba a trabajar sin saber a lo que me exponía al salir de casa y dejaba morir las horas restantes embrutecido, en silencio, frente al televisor, para volver a ver, una y mil veces, imágenes del horror.
El primer domingo posterior a los ataques, decidí salir a almorzar, solo, en plan "airearme un poco”. Escogí un restaurantico muy rico al  que acostumbraba ir, llamado Epicure que quedaba en uno de mis barrios favoritos de Houston, dentro de un antiguo centro comercial muy grato. Hacía calor - como siempre - y vestí, a pesar de la fecha, una camisa de lino blanco muy suelta que bien parecía una chilaba. No era consciente de mi apariencia mas allá del par de veces que me había mirado al espejo antes de salir para constatar que todo estaba en su lugar. Llegué al restaurant, saludé al dueño con amabilidad, pero sin darle tiempo a que me hiciera conversación porque no quería más una lluvia de lamentos. Cerca de mi estaban sentadas dos mujeres, tomando una botella de vino tinto y desgranando detalles de lo ocurrido menos de una semana antes. De pronto noté que hablaban de mí. No lograba escuchar lo que decían, pero era obvio que hacían comentarios acerca de mí. Iba por la mitad de mi comida cuando percibí que el humor de las dos señoras empezaba a enrarecerse, poblando el restaurant del ambiente triste y como de rabia contenida con que se estaban viviendo esos días. De pronto, una de las señoras llenó su copa con lo que parecía ser el último trago de la botella, se levantó de su asiento, caminó resuelta hasta mi mesa, se detuvo frente a mí y, arrojando la copa sobre mi cara y cuerpo, soltó llena de ira lo siguiente:
 - You...fucking arab go back to your fucking country....bastard... (Tú...árabe de porquería, regrésate a tu maldito país, bastardo)
Estupefacto, intente aclararle que yo no era árabe. El dueño del local acudió rápidamente a mi lado para tratar de aclararles quien era yo. Un cliente conocido mío intento mediar a mi favor, sin ningún éxito. La señora estaba fuera de sí, repitiendo sin parar, la línea anterior. La palabra que más alcanzaba escuchar era "arabic" o "arab"....y luego go back to your country. El ataque no se alargó por más de un par de minutos que a mí me parecieron eternos. Con un gesto de mis manos pedí a mis defensores que se callaran. Puse un billete sobre la mesa y salí del restaurante, pasando con la cabeza baja por delante de la mesa en que las dos mujeres terminaban con satisfacción su botella de vino. Llegué a mi auto, lo encendí y puse camino a mi casa. Unas cuadras más adelante empecé a llorar el dolor acumulado durante toda la semana del espanto terrorista. Lloré mucho rato. Lloré en el camino, seguí llorando al llegar a casa y estuve llorando sin parar hasta que finalmente me quedé dormido. Cuando desperté un par de horas más tarde, me di cuenta que había llorado más, por las dos mujeres que me habían atacado, que por las mas de tres mil víctimas de las Torres Gemelas.
¿Qué me pasó? Entendí el porqué de una guerra que será muy difícil de ganar, si es que alguna vez se termina. Los occidentales, aunque tengamos todo el derecho de este mundo a  existir con nuestros valores así sea a sangre y fuego, estamos enfrentados a una civilización que no conocemos. Occidente, un espacio que – más que geográfico – debe ser político, contar con una democracia que garantice libertad de poderes, derechos humanos y sujeción a la  norma democrática, está enfrentado a un mundo que en general no contribuye a ser entendido y por tanto, no facilita la construcción de una gramática en la cual todos podamos convivir en orden.
En nuestra obstinada carrera hacia la venganza de nuestros muertos, hemos optado por revolver, en un solo licuado, una raza compuesta por musulmanes, árabes, sirios, persas, suníes, ibadíes, maronitas, ismaelitas, drusos, coptos e incluso católicos, entre los que una minoría son yihadistas. No estamos hablando de gente que es árabe / musulmán y más nada. Aun así, nosotros, los de a pie,  en nuestra rabia - comprensible y justa - hemos decidido emprenderla contra los árabes. Incluso en este rincón del mundo, donde ya no hay mujeres altivas ni vino tinto que derramar sobre quienes nos parecen objeto de nuestra xenofobia facial.
Quizás hayan razones, cada nuevo atentado terrorista, anoche en Paris por ejemplo, el hombre deja de ser un poco más humano. No solo porque mata con el pretexto de invocar el nombre de un Dios que, en realidad, es la esperanza después de la muerte, sino porque nos convertimos de inmediato en verdugos de nuestra ignorancia yendo en contra de un error doblemente  cometido. El nuestro, al trocar esta horrible tragedia en una  competencia absurda de muertos de primera o segunda categoría y el de ellos al cumplir sus amenazas largamente vociferadas.
Lo lamento. Yo sé lo que siente un árabe – musulmán o no -  cuando es ofendido por su cara de árabe. Se lo que significa ser víctima por equivocación. He estado cerca del terrorismo y sé lo que causa. Yo rezo por Paris. Yo tengo miedo. Yo no quiero perder una persona más por estar en el sitio equivocado a la hora equivocada. Yo no quiero perder la Torre Eiffel, ni el Big Ben, yo no quiero que exista una hora equivocada o un sitio equivocado, ni en Paris, ni en Caracas, ni en Alepo, ni en Laos.
Yo rezo por Paris, y rezo también por Venezuela, y rezo también por el mundo árabe desconocido; ninguno de los tres vale anteponer un pero. La humanidad tendría que acabar por causas naturales. El odio no es una de ellas.

martes, 13 de enero de 2015

Incorrectamente religioso

Hace algunos años, mientras esperaba un vuelo que me llevaría de Paris a Estonia, tuve que pasar largas horas de espera en el aeropuerto de Orly sorteando dificultades propias de quien no puede permitirse un vuelo regular en una aerolínea regular a full cost. Si mal no recuerdo, creo que pasé una noche entera caminando por los pasillos de uno de los aeropuertos más incómodos del mundo hasta que, vencido por el cansancio, me senté en una hilera de sillas tratando de cabecear un poco. Al frente de mí, un colombiano que intentaba, como yo, cumplir el mismo itinerario estaba tirado en el piso, concentrado en la lectura de una revista que, a primera vista, se me antojó un suplemento - de esos que en mi infancia llamaba “de comiquitas“ - de algún periódico francés. Lógicamente era imposible dormir, de modo que saqué un libro (en esa época todavía andaba persiguiendo a Bryce Echenique) y me dispuse a leer, cuando escuché la voz de mi vecino preguntando si yo era “latino” listo para una de esas cosas “latinas” que no me gustan ni un poquito: hacer conversación con desconocidos. Pudo haber sido el infortunio compartido, pero, en pocos minutos, el colombiano (se llama Nicolás, oh-la-la) y este servidor teníamos montada una cháchara divertidísima que se convirtió luego en amistad de Facebook, previo par de cenas compartidas en Tallin.
Ese día conocí a Charlie Hedbo, también. Una revista de la que mi recién adquirido amigo era, más o menos, tan fanático como del futbol colombiano. Nicolás llevaba su revista a cualquier sitio e incluso me aseguró haber aterrizado con ella en la mano, en el aeropuerto de Marrakech (no será tan grave, imagino) Yo no hablo francés, de modo que asimilar los giros graciosos de la revista me costó  muchísimo y apreciar lo que significa, en su justa dimensión, no habría sido posible sin la intervención de mi pana. No obstante, hubo algo en Charlie Hebdo que me gustó, quizás porque de algún modo me recordó a The New Yorker (esa revista de culto para cualquiera que aprecie la ciudad de New York). Me tropecé con la revista en algunos viajes posteriores e incluso alguna vez llegue a comprarla; me gusta, pero, sigo sin entenderla del todo por razones estrictamente idiomáticas.
El día del atentado tardé un poco en darme cuenta que se trataba de la misma publicación que Nicolás (profesor en un colegio Parisino hace 20 años) coleccionaba con esmero.  Cuando lo comprendí, le escribí un mensaje vía FB que él respondió desolado. Entonces, coincidimos en el chat para hablar de lo ocurrido, y de los musulmanes, por supuesto.
Días más tarde, intoxicado de lecturas alusivas al tema fundamentalista, mahometano, islamista, yihadista y etcétera,  tuve una interesante conversación familiar acerca del suceso. Poco antes, un par de tías que viven en Paris, nos habían relatado con mucho dolor detalles de las manifestaciones y eventos que desencadenaron el asesinato de las doce personas relacionadas con Charlie Hebdo el pasado 7 de enero. Una y otra y otra vez, el tema musulmán ha sido puesto en bandeja. Un tema que, sin que medie el horrible crimen contra un grupo de periodistas en pleno ejercicio de su derecho más fundamental, siempre me deja la sensación de ser una asignatura pendiente que se revive, cada vez que en nombre de Allah, deciden dejar al mundo occidental como capilla sin santo.
Viví el 11 de septiembre, una fecha fatídica de la historia de la humanidad. He seguido de cerca las atrocidades de Boko Haram en Nigeria, he llorado varias veces leyendo los detalles de la historia de Malala Yousafzai, me horroricé con los videos de las decapitaciones de los periodistas ingleses y norteamericanos. En fin, creo estar relativamente enterado de las barbaridades que se cometen en nombre de un Dios, que no es el mío, por supuesto, ni tampoco el de otros millones de creyentes que conviven con nosotros en el planeta, negándonos toda posibilidad de aceptar que en el mundo musulmán, como en la viña del señor, hay de todo. Sin embargo, no deja de darme vueltas en la cabeza una pregunta: ¿Por qué nos resulta fácil, asumir, como muchos lo hacen erradamente, que la Yihad es una tarea de TODOS los musulmanes? cuando en realidad se trata de una cruzada política disfrazada de religión, que no difiere en nada de las cruzadas cristianas de la edad media de las que descendemos todos los cristianos. ¿Por qué nos resulta tan sencillo poner el dedo en la llaga ignominiosa de una mujer tapada con burka?, cuando la verdad es que solo quien viste según el mandato del Hiyab, es quien debe renunciar a hacerlo.  La verdad, no lo sé. Probablemente, al igual que millones de personas de este lado del mundo, entender una religión cuyos preceptos culturales se basan en la discriminación y el maltrato al otro, es un asunto demasiado cuesta arriba. Probablemente, no posea suficiente información. Nada más.
En todo caso, una vez más, puesto ante el horror de lo sucedido en Paris, y pendiente de donde será el próximo golpe, resuelvo  poner a prueba mi tolerancia. Yo no puedo rechazar a TODOS los musulmanes, como algunas personas predican debe hacerse. No puedo culparlos a TODOS. No puedo hacerlo por las mismas razones por las que no puedo culpar a TODOS los curas católicos de pedofilia. Ni a TODOS los pastores evangélicos de estafadores. Ni a TODOS los santeros de brujos. Sin embargo, creo que una sociedad construida en función de, por ejemplo, el maltrato sistemático a sus mujeres, no puede ser sana; lo que sucede es que eso lo creo desde mi óptica de hombre occidental formado en una sociedad matriarcal, que defiende con su vida el respeto a la mujer y no obstante admite pertenecer a una sociedad que tampoco es sana.  Por eso, fundamentalmente, siento que el esfuerzo de comprensión debe hacerse desde el conocimiento. No de comprensión de los asesinos que en nombre de Allah están dispuestos a acabar con la humanidad si esta decide continuar descalificando a Mahoma (que visto lo visto, tiene el rating bajísimo) no, a esos no, ellos merecen el castigo más abyecto; ellos merecen algo peor que la muerte pues como base y principio, a ellos su propia vida les importa un bledo, si no del resto ¿Qué hacemos con el resto? ¿Cómo hacer para comprender – y aceptar – que en gran medida el asunto religioso de los musulmanes es cultural? ¿Cómo hacer para comprender que, en estos tiempos globales, el Corán ha penetrado todos los estratos de nuestro mundo occidental, preocupado por lo que percibe como amenaza?
No es tarea fácil y es el gran logro de la guerra que en nombre de un Dios desconocido y sanguinario -  y en contra de ellos mismos - se libra día tras día. Sus alcances políticos y su carácter medieval son quizás lo que necesitamos tener claramente objetivizado. A partir de ahí, tal vez Mahoma, Allah y el mismo Dios al que veneramos todos los cristianos, dejen de tener el velo de misterio que ha impedido su correcta cercanía desde hace miles de años.  Tal vez a partir de algo parecido al entendimiento, empecemos a conocer las diferencias que nos alejan de una religión que no se nos parece, pero debe tener un punto por donde se pueda empezar a practicar de alguna forma el respeto a lo que predica para desde allí comenzar a armar el gran, indispensable, rompecabezas de la PAZ. Si es que eso es posible, al lado de lo que dice Mahoma.

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