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sábado, 27 de febrero de 2016

Efemérides de un arrebato

Eran casi las 8 de la mañana cuando estaba entrando a la estación Altamira del Metro de Caracas, mi ruta habitual de todos los días, con la pequeña excepción de que, ese día, mi camino hacia el Teresa  se interrumpiría por una parada en la Estación Chacaíto para tomar un café con William Niño Araque y conversar sobre dos cosas que a ambos nos apasionaban: el teatro que hacíamos en la Compañía Nacional y, cómo el arte, en todas sus manifestaciones, podía formar parte de ese casi nuevo paisaje urbano que conocíamos como “EL METRO”,  al que William, arquitecto irrepetible, le estaba poniendo toda la gracia que salía de su bien amoblada cabeza. La cita era en una oficina ubicada en un pasillo de la Estación Chacaíto, donde nos saludamos con el cariño de viejos conocidos que no son amigos no se sabe por qué, para ir juntos a  recorrer espacios que bien podrían servir de escenario a mis actores de la CNT. Antes, una secretaria simpatiquísima sirvió sendas tazas de té e intervino un poco en la banal conversación de quien empieza el día. La estación, usualmente muy congestionada de pasajeros, lucia extrañamente vacía para ser lunes antes de las 9 de la mañana y ambos comentamos que esa sensación de “ausentismo” rondaba desde mucho más temprano en otras estaciones también. La joven secretaria intervino informándonos de una noticia que extrañamente era ajena a estos dos desangelados culturosos: en diferentes zonas de la ciudad capital había “disturbios”. Sonreí con sorna. Se me salió el andino:
-          Como se nota que nunca has vivido en Mérida, esos si son disturbios serios….aquí no pasará de ser unos bochinchitos sin importancia….
Ella me miro con cara de “estos gochos tan creídos” se sonrió y no se atrevió a replicármelo. William y yo montamos una sabrosísima conversa sobre planes futuros y cerca de las 10 am, él tuvo la gentileza de abrirme una de las compuertas por las que se pasa sin pagar y acompañarme hasta el andén para embarcarme en el próximo tren. Nos despedimos al abrirse las puertas de un vagón, desacostumbradamente desprovisto de pasajeros. Por la ventanilla vi como William se alejaba caminando por el andén y como era súbitamente escoltado por un militar uniformado. A bordo del vagón, los pasajeros insistían en decir que “la cosa está que arde”…
Salí del tren en la Estación Bellas Artes, de allí tenía que caminar un par de cuadras hasta alcanzar el Teresa Carreño; habitualmente, ese trayecto lo hacía saliendo por la boca que conducía hacia la Plaza Morelos para caminar bordeando el Caracas Hilton. Eso hice, como costumbre. No obstante, al salir a la Avenida México, me encontré con una ciudad sitiada. De La Candelaria, venían en veloz carrera hordas de personas cargando a sus espaldas todo tipo de cosas, estos eran repelidos por efectivos militares, quienes a su vez intentaban custodiar con sus cuerpos a las pocas personas que alcanzamos la acera en medio de la marabunta. Me pareció exagerado, aunque me resultaba imposible mantenerme en esa esquina, no solo porque, tras de mí,  los empleados del metro cerraban las puertas de acceso a la estación. Mi única alternativa era llegar al Teresa Carreño; eso fue lo que hice. Creo que protegido por los mismos soldados que estaban en el camino, logré llegar al Teatro. Era la primera vez que veía semejante desorden en Caracas. Peor, era la primera vez que al entrar al Teatro, me encontré con todos mis amigos en estado de franca preocupación por lo que estaba pasando. Los cuentos eran horribles. Alguien nos dijo que la Avenida Lecuna se había convertido en campo de guerra. Los pocos obreros que habían logrado salir de Guarenas traían el rostro desencajado del susto, los que habíamos logrado llegar a la oficina estábamos conversando reunidos en el cafetín, tratando de descubrir lo que acontecía fuera de aquel espacio de protección que era nuestro teatro. En todo caso, lo único que no lográbamos ni empezar a entender (como decía Elías) eran las motivaciones de esa revuelta.
Pasado el mediodía, el jefe de seguridad del Teatro se las arreglo para que saliéramos de allí rumbo a nuestras casas. Nadie sabía con que se iba a encontrar, pero habíamos escuchado que el Este estaba más o menos tranquilo. Eso servía para no temer el regreso. Puedo recordar con toda exactitud que llegué a la Plaza Altamira (dos cuadras de mi edificio) en un automóvil militar cuyo conductor desconocía. En los alrededores del Obelisco la “calma chicha” de un mediodía luminoso cargado de malas noticias, me estremeció de miedo. Caminé a toda velocidad hasta mi apartamento y entré con desesperadas ansias por hablar con mi padre en Mérida; al tercer intento, lo conseguí. Su alma comunista, exaltada por los acontecimientos, me recomendó inmediatamente pertrecharme de comida y no salir, él, más que nadie esperaba, de un momento a otro, un toque de queda. Me reí de sus advertencias.
-          Papá, por Dios, en este país ni ha habido ni habrá nunca más un toque de queda, esto es una revuelta como las de Mérida, a las seis de la tarde se acaba. Los revoltosos tienen que cenar….
A las seis de la tarde, más o menos, Italo del Valle Aliegro anunció al país su primer toque de queda de la era democrática, la consecuente suspensión de garantías y algo que nos sonó a todos como un estado de guerra. De pronto, habíamos alcanzado una madurez  sangrienta. Poco después, mi vecina del piso 7 tocó el timbre para avisarme que el portu de la panadería de abajo (sí, yo tenía una panadería de un portu en la planta baja del edificio, como corresponde) había decidido abrir el acceso del garaje para que los vecinos del conjunto residencial pudiéramos comprar alimentos, sin tener que entrar por el frente, lo que habría sido una violación peligrosa al toque de queda. Bajé, como hicieron la mayoría de los vecinos y compré lo que pude encontrar: algo de charcutería, quesos, cosas raras y seis bandejas de tequeños congelados que fueron mi salvación en la ansiedad de los días siguientes. El teléfono reventaba con las llamadas de amigos preguntando “como se vivía eso” (algunos se instalaron en mi casa al amanecer del día siguiente y no regresaron a sus hogares hasta transcurrido el susto) y la zozobra de un hecho inédito en nuestras vidas ciudadanas, se instaló para amargarnos la vida por varios días sucesivos. Esa noche, asomado al balcón, entendí lo que estábamos viviendo: el hijo de una de las vecinas, típico chamo de 18 o 19 años, medio rebelde y súper inconsciente, salió a la calle pasadas las diez de la noche a gritar solitarias consignas contra el gobierno (de Pérez, en ese entonces) y fue barrido por la ametralladora de uno de los soldados que custodiaban  nuestra calle. Gracias a nuestros gritos ese chico logró sobrevivir – maltrecho - a varias balas incrustadas en sus piernas (hubo que amputarle un pie) y una gravísima herida intercostal que lo mantuvo entre la vida y la muerte por espacio de tres semanas. El edificio casi al completo se volcó a prestarle ayuda, y mientras algunas de las mujeres suplicaban un poco de humanidad a soldados entrenados para no tenerla, los hombres logramos que el chamo fuera trasladado a la cercana Clínica Ávila. (Regresó un par de meses después, con la mirada perdida y la cara de adolescente tardío azotada por el rigor de la sobrevivencia. Poco después abandonó junto a sus padres el país convulsionado en que se fraguaba el horror futuro). 
Quienes no nos habíamos atrevido a desobedecer la normalidad militar impuesta, vivimos 24 horas de terrible angustia que se alargaron por diez días mas para grabarnos a sangre y fuego las huellas de un día por el que hubiésemos dado nuestra primogenitura para no vivirlo.
Ese día, el calendario marcaba  27 de febrero de 1989: el día en que este país, al que yo creía mío, dejó - para siempre - de pertenecerme.

domingo, 14 de febrero de 2016

Caracas, tierra de excluidos

A mí me encantaría saber qué me pasa con Caracas. Me encantaría descubrir por qué esa ciudad, tan absolutamente caótica y desordenada,  me produce sensaciones tan sabrosas. Yo no sé si es nostalgia - no lo creo – pero,  Caracas es la única ciudad, el único territorio de este ancho y ajeno mundo (con su permiso maestro Prieto) que a mí se me parece a lo que la gente llama patria. Nací y viví mis años más jóvenes en Mérida, un lugar que si, está bien, tiene cierto encanto; pero,  jamás me produce lo que la capital de esta república del desastre. Conozco Caracas a pie. Me la sé de ojos cerrados. Reconozco su olor, sé de sus rincones públicos y privados, soy capaz de contar con lujo de detalles su cerro Ávila tan cantado. Debe ser esa, la única razón por la que tener la oportunidad de algunas horas a su vera me parece un regalo irrenunciable. Mi hermano, que la teme y le rehúye dijo hace poco que  “Juan con tal de pasar una noche en Caracas es capaz hasta de ofrecerse a hacerle diligencias a uno" (todo el que conoce Caracas sabe lo que "hacer diligencias" allá significa). Es cierto y se lo he comprobado otra vez. Estuve un poco más de escasas 24 horas entre el 5 y el 6 de enero acompañándolo a salir de viaje desde Maiquetía, antes de emprender regreso a mis rutinas. Aproveché de vivir el 5E (jamás la olvidaré Doña Consuelo) y tuve que volver al centro - lugar que adoro - muy temprano la mañana del 6E,  para acompañar a un amigo. 
Fue un impactante shock. El Día de Reyes había amanecido en presagio de tempestad, gracias al famosísimo video de Ramos Allup y los retratos - que mi opinión resume en una sola palabra: innecesario- la alegre bullaranga del día anterior,  probablemente,  estaba durmiendo la mona y las premoniciones de Doña Consuelo empezaban a ser verdad  tal vez demasiado pronto. Apenas ayer estas mismas aceras mostraban otra cara; hoy,  a pocas horas del fin de fiesta habría sido una temeridad imbécil exhibir un símbolo de nuestra oposición.  Asombra (y asusta) la rapidez con que lo peor del lumpen revolucionario se reagrupa para, continuar sus orgias de sueños violentos sin destino y darnos, a nosotros, razones para temer todos los días y siempre,  la matazón y el sangrero.
Cada una de las esquinas del Palacio Legislativo -ahora desprovisto de su excesiva custodia- estaba tomada por un pequeño grupo de lo peor del hombre nuevo, 20 o 30 radicales vestidos de rojo sin otro oficio (ni beneficio) que el de  dar su vida por el comandante,  aunque antes de hacerlo tengan que llevarse las vidas de alguien más. Así de simple. En los cuatro grupos, carteles improvisados trocaban consignas en amenazas y,  en cada uno,  un agitador de oficio animaba la jornada con lo peor del léxico revolucionario. En los bajos del antiguo Edificio La Francia, expoliado por el difunto en un alarde de exprópieses a los que todavía nadie - ni de un bando ni del otro - le encuentra justificativo, un inmenso toldo rojo hacia las veces de comando de campaña flanqueado por una gran pancarta que proclamaba, sin el menor sonrojo, la obligación que tienen los seguidores del difunto de exterminar las ratas de la AN (expresión, por cierto, que en un país serio desembocaría en investigación y castigo). Pasear, en las primeras horas del 6 de enero por esas calles tan auténticamente caraqueñas,  en las que me convertí en eficiente productor de teatro,  se había convertido, por obra y gracia de una aplastante derrota, en un peligro tan innecesario como incomprensible.
Hay algo completamente cierto en el frívolo predicar de las masas patrioteras: este país no era así. Nuestra capital, muchísimo menos. Soy uno de los que reconoce sin apasionamientos lo malo de su gentilicio; al hacerlo lo contrapongo a todo lo que hace a Caracas victoriosa. Los andinos no somos simpáticos; no, de la manera que a los venezolanos nos gusta admitir esa virtud. Los andinos somos montañeros, eso nos hace desconfiados, poco abiertos, cerreros. Los capitalinos por el contrario, son un encanto, han (¿habían?) logrado combinar los buenos modales del pueblo con el desparpajo Caribe y los aires de la gran ciudad. Caracas, siempre, fue una ciudad en la que cabíamos todos; sobre todo en ese pedazo adorable conocido como El Centro. ¡Por Dios!...si no hace mucho, en una esquina de la Plaza El Venezolano,  un restaurante bien puesto hacía que cualquier venezolano (que pudiera permitírselo) compartiera mantel y condumio con la mismísima Pierina Spagna, (trocada en dama de alcurnia después de habernos maravillado sufriendo amores de utilería dentro de las pantallas de nuestros televisores) después de haberse pateado el centro en busca de miriñaques, primores de mercería o zapatos de cabritilla. Detenerse por un instante a dejar una plegaria en San Francisco era asunto de pasar por ahí, e incluso sentarse a "tomar el fresco" por unos ricos minutos era privilegio de quien se acercara a una de sus plazas (la Bolívar incluida). Vivir el centro era obra desprejuiciada de quien bajara en La Hoyada o Capitolio, después de un corto trayecto en metro.
Hasta que aparecieron los camaradas en plan de carpa, toldo improvisado y esquina caliente,  a creer promesas que nunca se cumplieron porque nunca fueron hechas con deseos de cumplirlas; entonces, nacimos los excluidos. Los ajenos a espacios que nos pertenecen. Los expulsados. Y por cada puntapié recibido, los resignados perdedores de un pedazo de mosaico llamado Venezuela, entregado al grito desagradable de patria, la más mala de todas las malas palabras rojas.
Nacimos los excluidos, paridos por excluidos que tienen un solo mérito: saben meter miedo. Un miedo aceptado a fuerza de la mala saña con la que,  a sangre y fuego, nos han secuestrado en nuestros hogares. Nacimos los excluidos cobijados en el odio de aquellos que poco antes habían sido incluidos en el desastre.
Asusta saberlo. Asusta mucho más sentirlo. Caracas ya no es de todos. Una buena parte de esa culpa la tienen las arengas que nos cambiaron la faz, otra aun no ha sido bien explicada.  No sabemos lo que necesitaremos hacer para volver a patear calles ensangrentadas de odio y desconsuelo. Tal vez, tengamos que responder con triunfos cada golpe.
Asusta, por mil razones, incluso decirlo; pero,  Caracas anda por ahí pidiendo ayuda,  a pesar del  5 de enero y Doña Consuelo.

domingo, 17 de enero de 2016

Doña Consuelo y un día histórico

Nunca la había visto antes y no sé si alguna vez volveré a verla; pero, el 5 de enero, en la brevísima oportunidad que me di para "estar" cuando la bancada opositora tomara las riendas del poder legislativo venezolano, Doña Consuelo fue la mejor, más esperanzada, fugaz compañía que pude tener en el centro de Caracas.
La conseguí confundida entre el gentío que salía atropellándose de la estación La Hoyada, vistiendo el uniforme del día: jeans, blusa blanca y gorra tricolor; solo que Doña Consuelo exhibía sutiles diferencias de clase: hilo de perlas al cuello, bolso de buena piel al hombro (sin etiquetas ostensibles) y coquetería que empezaba en la dosis justa de buen perfume, prolongándose en el maquillaje correcto de quien sabe estar porque siempre ha estado. Contenta, agitando una banderita, Doña Consuelo reclutaba gente a la salida del metro para volver a caminar el centro sin miedo en un alarde de entusiasta esperanza difícil de apreciar en el montón de veinteañeros que no lograron hacerle sombra. Me encantó su simpatía, su caraqueño acento, su buena pinta de vieja copeyana. Me encantó su buen talante o lo que haya sido, tal vez caí en la trampa de mis nostalgias; lo cierto es, que me uní al grupo de Doña Consuelo como quien sigue a un profeta de nuevos tiempos. Con ella me asomé a las puertas de una Casa Amarilla inusualmente apagada (ella señaló el histórico balcón y recordó con carcajadas al Padre Madariaga yo-tampoco-quiero-mando) recorrí los pasillos mancillados de la Plaza Bolívar, recé un Padre Nuestro verdadero (Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo) en la abarrotada Catedral y seguí, en muchos televisores encendidos, parte de las incidencias del día histórico. La auto proclamación de Ramos Allup nos sorprendió, de manitas agarradas, ante la vidriera de la tienda de telas que fue toda la vida de mi amigo “el judío” Humberto y, aun con su respingo de rareza, nos aguó el guarapo. Doña Consuelo, en inesperada confesión declaró (Como lo hiciera Elvira Ancizar ante la presencia de Gardel) que bien había valido la pena vivir 79 años para ver con sus propios ojos, como van a empezar a irse estos grandes carajos. Ni una pizca de sonrojo ante la palabrota proferida delante de un grupo de desconocidos que bien hemos podido ser sus hijos y nietos; ella estaba de celebración y alegría, ese día se valía todo.
En un momento del jolgorio, me retiré del grupo para traerle a Doña Consuelo un refresco. No era que me lo había pedido, era que se le notaba la sed y el cansancio. Vine hasta ella con una botella de Té helado y la invité a sentarse un rato. A nuestra espalda, la algarabía multicolor propia de esos actos, resonaba un ruido impensable: el centro de Caracas, desde hace 17 años groseramente despojado de su anchura de siempre, volvía a ser - por un día -  territorio de todos, aunque es justicia aclarar que "de todos" significaba ausencia de franelas y banderas rojas. Doña Consuelo se compuso el maquillaje limpiando con destreza el sudor de su cara. Se tomó a pequeños sorbos el té helado que le había traído e hizo un par de llamadas para asegurar a sus hijas que aquello estaba buenísimo; entonces me agarró una mano cubriéndola con la suya, me miró a los ojos, puso su mejor sonrisa y rodeó con su otro brazo a un muchacho que quizás no llegaba a tener ni 23 años; su acento caraqueño aun resuena en mis oídos...:
-          Miren bien esto que está pasando hoy, hijitos...mírenlo bien, porque hasta yo,  que toda mi vida he dicho que ese Ramos Allup es un bicho, hoy estoy que bailo por verlo allí montado...miren bien esto que está pasando, porque seguramente no vuelven a verlo en muchos años...lo que se nos viene encima, mis hijos, es muy feo; muy feo, pero  créanme: valdrá la pena....
 
En ese momento un grupo de muchachos de Voluntad Popular nos rodearon de pitos y consignas. Doña Consuelo sacó de nuevo su banderita y empezó nuevamente con su agite, el jovencito que unos minutos antes había escuchado, con seriedad, su anuncio premonitorio, pareció alzarla en hombros y, cual ráfaga de buenas nuevas, arrancaron a caminar, cantando coros de esperanza, hacia el Palacio Legislativo.
Yo decidí que había tenido suficiente. Me replegué con franca intención de regresar a casa. Creía haber visto suficiente y, la verdad, el exceso de entusiasmo de esta buena señora de la edad de mi mamá, me había removido el ánimo. Entonces me detuve frente a un televisor encendido (ese día, todas las tiendas de Caracas tenían un televisor encendido al público, como si fuera la final del Mundial de Futbol) para seguir un poco más las incidencias de un día, a todas luces, trascendental. Desde la vidriera, todo empezó a parecer lejano. Todo empezó a parecer remedo de otras horas. En el Hemiciclo, un señor desconocido pronunciaba un discurso imposible de entender, debido a su enredada dicción y pésima lectura. Desde las barras y las bancadas, los asistentes al acto solemne de Instalación de la Asamblea Nacional, empezaban a gritar bromas de muy mal gusto para acallar al orador y el ambiente, a chispear una andanada de malas costumbres escudadas en el “buen humor del venezolano”
Fue allí cuando comprendí cabalmente lo que había dicho la simpática Doña Consuelo. Sí, lo que viene es muy feo: ni ellos van a aceptar que podemos ser parte, ni nosotros vamos a entender el poquito de respeto con el que ellos deben ser parte y, resulta, que una sociedad nueva no se construye a gritos, ni se sustenta en amenazas o chistecitos pesados. Un país nuevo no se erige "cobrando" ni riéndose de sus desgracias; mucho menos se hace volviendo a excluir a los excluidos que nos excluyeron...

lunes, 10 de agosto de 2015

Lo que eramos...


Debo admitir que entre mis numerosas manías, las relacionadas con el arte de la mesa, ocupan un lugar bastante destacado. En parte porque padezco de algunas intolerancias, en parte porque verdaderamente soy muy exigente, a mí, lo de comer, cualquier cosita, no se me da. Entre mis amigos soy tenido por bicho raro pues, entre otras cosas, no me gusta la pizza (tengo una razón importantísima para ello que no voy a contar por decente) no soy fanático del chocolate (puesto ante una carta de postres, impepinablemente, voy a pedir el que no contenga cacao) no me gusta el café y soy experto en desmontarle a cualquier chef, por muy cinco estrellas que sea,  su más famosa propuesta gastronómica. He tenido momentos de gloria en eso: memorable es la noche en que sentado ante la mesa de uno de los más famosos sushi bar de Manhattan, me dediqué a exigir combinaciones para mis rolls que no estaban en el menú (o si estaban, pero no como yo las quería) muy para desconsuelo (y disgusto) de los encargados de la cocina, quienes me complacieron por pura suerte de principiante. Es una de mis tantas peculiaridades: me encanta comer, pero a mi modo. A lo mejor se lo debo a mi mamá, quien después de escuchar varias veces las explicaciones del Maître en cualquier restaurant en que se sentaba, pedía algún platillo que no figuraba en la carta.
Ir a restaurantes, conmigo, puede no ser la mejor experiencia del mundo. No soporto al comensal snob que pide el plato más caro de la carta por dárselas de sofisticado (sobre todo si no ha de pagarlo) para no saber luego cómo se come y, mucho menos, aguanto callado un mal servicio o un plato desangelado, ambas por cierto, calamidades del yantar diario de esta tierra de gracias. Sin embargo, me encanta un restaurante. Desde siempre. Me encanta el rito de ir a comer con gente querida y convertir la ocasión en una fiesta. He llegado, además, a una edad en que eso es lo que mejor se me da. Me siento fuera de lugar en un bar de copas (tomo muy poco alcohol) y creo que fingiría un virus mortal contagioso antes de entrar a una discoteca “de las de ahora”. Supongo que es la edad; no hace mucho era yo, quien bajaba la santamaría del ICE PALACE cada fin de semana.  Ya no dudo que, como bien lo escribió García Márquez, la nostalgia es una trampa; por eso le he agradecido tanto a mi querido Alberto Veloz, que me haya llamado la atención sobre su impecable serie de artículos publicados en la revista Bienmesabe sobre los “comederos” que engalanaban la ciudad que dejamos perder pues, ante el desaguisado, es un auténtico privilegio saber que,  haber aprendido a comer visitando los  lugares que dieron forma a la Caracas perdida, es una de las tantas maravillas que me acompañarán en el cajón de la eternidad.
“No es tomar champagne, que cualquiera toma, es el dedo, la cultura….” Dice Cabrujas en la voz de Herminia Briceño viuda de Petit, en uno de los memorables monólogos de esa oda a la venezolanidad bien contada que es ACTO CULTURAL.  Los lugares se graban en la memoria no solo porque sirven buena comida, sino porque - Brillat Savarín mediante - se hacen cargo de nuestra felicidad durante todo el tiempo en que permanecemos bajo su techo. Y eso, por ejemplo, hizo que algunos lugares de los mencionados por Alberto en sus magnificas crónicas, revolvieran mis mejores recuerdos: El Parque, por mencionar uno, un restaurante que hizo por la vida cultural de Caracas, mucho más de lo que hicimos los que nos tocaba,  por cualquier razón, dedicarnos a darle vida a la cultura que se hacía (mucha, por cierto) en una ciudad que permitimos se fuera despedazando en el tiempo y convirtiéndose en territorio de hostilidades incomprensibles.
Estaba situado en lo que una gran amiga mía llamó una vez, “el punto desde donde se abre el compas para darle forma al círculo que es Caracas”: el centro de ese magnífico entorno urbano llamado Parque Central. Era un jardín tropical, poblado de mesas decoradas en tonos beige y marrón, algunas bajo un esplendido toldo amarillo, con mucha formal informalidad, una excelente carta que no decepcionaba cuando se materializaba en tu mesa y gente, toda la gente culturosa de este mundo. Amigos que brincaban de mesa en mesa para tomar un trago contigo, meter la cuchara en tu postre o hacerte reír por un buen rato mientras se convertían en parte del inventario. Era habitual ver a Sofía Imber (creo que ese era su comedor personal) robándole horas a su museo para hacerlo más museo,  o a José Antonio Abreu agilizar su frugalidad de monasterio mientras pergeñaba las primeras notas de su Sistema, o a Elías Pérez Borjas fruncir el ceño en una mesa muy bien atendida mientras hacía del Teresa aquello que ya no existe. Tuve la suerte de sentarme (por orden de Isaac Chocrón)  en una mesa con Gloria Zea de Uribe y Patty Cisneros para sonreírles amable, mientras las dos se ponían de acuerdo en lo que fue el patrocinio de uno de los más ambiciosos proyectos de intercambio artístico - cultural latinoamericano, cuya firma finalmente se celebró con una gran comilona presidida por Sergio Renan en la terraza del Parque. Incontables veces, un viernes,  mudé mi oficina a una mesa del Restaurante El Parque, en Parque Central, para desde allí sentir que pertenecía a un mundo que se formaba ante mis ojos sin otro presentimiento que un futuro brillante.
De entre miles, rescato una anécdota premonitoria que se me ha instalado en la mente desde que el recuerdo de ese magnífico restaurante revivió mis morriñas. Un día, Isaac Chocrón me pidió que me uniera a un almuerzo que ofrecía para un pequeño grupo de personas en homenaje a Enrique Iglesias, entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (no el cantante famoso hijo de Isabel Presyler) a celebrarse - donde más -  en El Parque. En realidad, como siempre lo exigió mi trabajo a su lado, mi presencia en ese almuerzo se debía más bien a su interés en que todo saliera de manera impecable, como merecía el ilustre visitante.  Sentados a la mesa, un buen grupo de pesos pesados de las finanzas y las artes de entonces (materias ambas que el anfitrión dominaba con éxito) las horas transcurrían sin que nadie diera ninguna señal de que el condumio llegaba a su fin. Postres, cafés y bajativos más tarde, los invitados seguían llenando sus vasos de whisky y hablando a todo pulmón de cosas cada  vez más estridentes; de pronto, el Dr. Iglesias se volteó y le dijo a Isaac (su amigo desde hacía muchos años)
 
-          Chocrón, esto es increíble, un país no puede paralizarse un viernes completo por causa de un buen restaurante, esto no va a durarles mucho tiempo;  aunque sea viernes….la gente tiene que trabajar!!!
 
Entonces se levantó de la mesa, se despidió con toda amabilidad y dio por terminado el convite.
Ha sido ahora, unos 25 años después que he entendido su vaticinio lapidario: “La gente tiene que trabajar”….es cierto, Dr. Iglesias; la gente tendría que trabajar….

lunes, 20 de octubre de 2014

Que vivan los novios o yo amo mi patria...

Conozco a Sonia desde los tiempos felices del Teresa, cuando fuimos, realmente, cercanos amigos; Sonia, una morena muy apuesta que tenía todo para ser la envidia de cualquier miss a la que se le añade el extraño plus de la inteligencia y el humor extraordinario, un buen día logró un matrimonio  muy opinado,  con un muchacho buenmocísimo y pela bolas que se enamoró de ella hasta las trancas, es decir, hasta la prefectura de Sabana Grande, conmigo y otros tres panas de entonces como testigos, para que ella pudiera anunciarle a su padre (de Valle de la Pascua), que estaba con 4 meses de embarazo; pero, que el “daño” había sido subsanado en una ceremonia llena de arrumacos inolvidables a la que los grandes ausentes (los padres de la pareja) tardaron siglos en perdonar.
Sonia y Vicente, a pesar de los augurios, los años dificilísimos en que no pegaban un palo al agua y las estrecheces, se han mantenido juntos por más de 25 años, a punta de amor.  Dos hijos han puesto salero al cuento y una vida que se enderezó en algún momento en el que yo no estuve,  se ha ocupado del resto. Aunque les perdí la pista por un buen tiempo, hace unos pocos años nos reencontramos gracias a la estupenda omnipresencia del FACEBOOK y a la necesidad que yo tenía de negociar unos dólares. No sé cómo se enteró, pero Sonia me contactó, me compró los dólares y desde entonces hemos tratado de volver a “lo que éramos”. En homenaje a esos tiempos, nos mensajeamos con relativa frecuencia y alguna vez nos hemos visto en Caracas. Vicente, con la cabeza lustrosa como bola de billar, suele invitarme a unas cenas bastante rocambolescas en restaurantes de esos ca-ri-si-mos-y-de-mo-da cada vez que digo que sí y Sonia, un par de veces, ha tenido la gentileza de abrir su casa en el Alto Hatillo para que (en la moda de la gastronomía novata caraqueña) piquemos alguna cosa y nos tomemos un par de vinos que siempre se convierten en whisky dada mi cuasi aversión al néctar de la uva. Todo muy civilizado y muy elegante. Sin preguntar, porque eso no se hace, ese reencuentro con Sonia me ha dejado una certeza muy curiosa: a ambos le ha ido demasiado bien en esta vida. Cosa que me alegra mucho, por ellos.
Hace poco, Sonia me llamó para notificarme que esa niña que estaba en su vientre el día de la prefectura y de la que pude haber sido padrino, de no haber mediado circunstancias geográficas, contraía matrimonio con su noviecito de toda la vida; nada las haría más feliz a ambas que hacerlo, conmigo sentado en algún banco de la iglesia. Dije que si, reservé un boleto aéreo y esperé la tarjeta de invitación. Una semana más tarde, un mensajero de MRW depositaba la formalísima cartulina en la puerta de mi casa: Victoria se estaba casando en un evento de gran tra-la-la.  Me pareció que a estas alturas del juego, una boda de esas ya no las hacia nadie y como soy tan bocón, llamé a Sonia para confirmarle que iría y comentarle mi sorpresa. La respuesta de Sonia fue aun más sorprendente:
-          No mi amor, no es una boda de gran tra la la, solo invitamos 200 personas, pero vamos a botar la casa por la ventana….
Lo hicieron. Vaya que sí. Entre otras finezas, se trajeron un chef español de esos que uno ve a veces pontificando en los canales internacionales, quien trajo un equipo de tres ayudantes y un cargamento de ingredientes (esas cosas, como el buen aceite de oliva que nosotros no podemos conseguir aquí) para preparar una “cena servida” que agradara el paladar de sus 200 escogidos. Un grupo, por cierto, de lo mas vario pinto en donde había algunos apellidos de prosapia, algunos próceres de la cultura y algunos que, como yo, tuvieron su cuarto de hora y se dedican a ver los toros desde la barrera. Si algo tuvo la boda de Victoria, (supongo que los cronistas sociales lo dirán mejor que yo) fue un montón de detalles bonitos de esos que solo compra el dinero. El dinero abundante quiero decir; las divisas, ósea.
Desde que regresé a casa ese día en la alta madrugada (transportado por esbirros en camioneta blindada gentileza de mis anfitriones) hay una cosa que no deja de darme vueltas en la cabeza: si algo es notorio en estos 15 años de padecimientos criollos, la construcción del hombre nuevo ocupa posiblemente el primer puesto, solo que eso lo notan dos clases de personas: los que como yo, le metemos el ojo a todo y los que representan esa escasa porción de benditos por la gloria que forman, en sí mismos, la cofradía ínclita del hombre nuevo. Una lustrosa y poco abultada nueva clase social que está donde hay, recoge lo que cae y es ciega, sorda y muda, aunque no le gusta lo-que-nos-esta-pasando. No votan; por supuesto, y toman en consideración el único indicador que les importa para afirmar, sin que les quede nada por dentro, que nunca antes en Venezuela se había vivido tan bien, con tanta plata en la calle.
Vicente y un par de primos suyos, construyen. Lo han hecho desde que no tenían como ni con que hacerlo, ahora, según contaron un par de malas lenguas que me caen muy bien, construyen solo si el encargo esta hecho por una guayabera roja.  Esa seguramente es la explicación que me hacía falta para entender como la boda de la única hija de una pareja inteligente y millonaria, de nuevo cuño, haya sido tan lujosa; pero, tan bonita.
Eran casi las tres de la madrugada, cuando una zarataca y buenamoza Sonia, vestida en un traje rojo  diseñado por Ángel Sánchez que la hacía lucir like a million bucks, se me acercó -  copa de Le Veuve Clicquot en mano - a rememorar tiempos pasados. Abrazados, frente a la piscina decorada con profusión de antorchas y otras linduras, Sonia confesó leerme asiduamente. Divertida se preguntó (me preguntó, más bien) si tantas finuras no terminarían en estas páginas (ya lo ves querida Sonia, no pude – no quise -  evitarlo) y trató de explicar, sin éxito, su prosperidad asombrosa, entonces pronunció las más temidas palabras del siglo XXI: qué más vamos a hacer si de otro modo no podríamos vivir así  y  por eso vivimos completamente apartados de la política. En silencio, pues.
Yo le di el beso de amigo que siempre le he dado al verla y opté por escucharla.  Al otro lado de la piscina, Vicente y sus dos primos coreaban fascinados la canción venezolana que un famoso cantante del género criollo entonaba para deleite de los escogidos. Sonia, en un alarde de champagne y felicidad bien pagada, levantó su copa y me miró a los ojos. Yo levante mi vaso de Chivas Regal 18 años y escuché su brindis:

-          Por este país, hermano, de mi cualquier cosa podrán decir; pero, yo adoro mi patria, hermano.
-          Por este país, hermana, y a tu salud, hermana, repliqué chocando cristales.

Entonces, entendí la creación del hombre nuevo y decidí retirarme de la fiesta. Todo lo que he pensado después, lo he pensado en silencio, la mejor forma de vivir en Venezuela, como me dijo Vicente al acercarse a mi mesa a jurarme amistad eterna…al oído.

viernes, 5 de septiembre de 2014

La Quinta MAMA

Un post publicado en un excelente blog dedicado al diseño y la arquitectura, me sirve  como excusa para repetir, sobre lo que somos hoy,  un pronóstico desahuciado, muchas veces advertido. Una larga perorata virtual ha puesto sobre el tapete intimidades de una parte de la familia extendida de quien fue el penúltimo dictador venezolano - único que se reconoce como tal en nuestra historia contemporánea (escrita, ya lo sabemos, a trancas y barrancas) y lo hace, casualidades de esta vida, hablando de una casa caraqueña, tenida por muchos (el autor del post,  entre otros) como residencia personal del dictador.
Se trata de la Quinta MAMÁ, ubicada en la calle Mohedano del prestigioso Caracas Country Club; una casa francamente insólita perteneciente al hermano de Pérez Jiménez, Francisco, en la que el habitó hasta su muerte en compañía de su esposa y su mamá.  Hablar de esa casa tomaría páginas de una excesiva especialidad que no poseo;  lo que se me antoja indispensable es, hablar de lo que hablamos, quienes leímos lo publicado sobre la casa. No sé exactamente cuando fue; pero, en algún momento de los 90´s conocí esa casa por puro accidente. Llegué hasta allá en uno de mis peregrinajes de productor buscando algún mueble indispensable para el éxito de una puesta en escena, y quedé absolutamente maravillado.  La casa, construida con la intención de asemejar un barco, tiene todos los detalles que hicieron de la década del 50 un hito en la arquitectura criolla y además, tenía  una carga histórica realmente estupenda. Francisco Pérez Jiménez, me recibió en la puerta de la mansión para servirme de guía por los recovecos de la casa que, entre otros encantos, tenía el de ser la residencia personal del hermano de un dictador cuyas historias de horror se repetían en mi mesa familiar desde siempre.  Francisco, amable y buen conversador, me mostró el rocambolesco oleo de Doña Adela Jiménez de Pérez que presidia el salón y desde allí, se ocupó de guiarme orgulloso por todos los rincones de la fastuosa residencia, para ese momento en franco deterioro de venta de garaje. Durante toda mi visita, una señora obviamente enferma, atestiguaba la escena como si no le perteneciera.
Me impactó. Tanto que le conté a mi amiga Lupe Gherembeck mi hallazgo y,  a cuatro manos,  escribimos el guion de 50 – 90  era jugando, un cortometraje que más tarde hicimos bajo la dirección de Carlos Castillo. La casa era, con expresión de sifrino bocabierta, in-cre-i-ble.  Tres pisos en los que nada se había quedado sin intentar. Un elevador de esos de película italiana, pisos de mármol en diferentes tonos, un salón de techos policromados en los que había un escudo de Venezuela, una capilla encomendada a la Virgen del Valle, un cuarto en el que se almacenaba una inmensa colección de estampillas y monedas y un observatorio con esplendidas vistas a los campos de golf y un telescopio, montado con todos los hierros, para observar las estrellas.  La guinda del postre: una piscina con forma de guitarra (cuerdas y todo lo demás, pintadas en el fondo) que presidia un jardín en cuyos muros se acumulaban frescos de lo que se conoce como “paisajismo venezolano”.  Nunca la pude olvidar, sobre todo porque la visité muchas veces, hasta que un día cualquiera, un seguroso con pinta de matón de barrio impidió, para siempre, mi acceso.
Han pasado muchos años.  Hace pocos días, el santo Facebook que todo lo sabe, me invitó a leer una publicación en un blog que versaba sobre la casa. El artículo, acompañado de algunas líneas alertadoras de nostalgias, es más bien gráfico: contiene una excelente galería de fotografías de la casa. Entonces, me fue imposible dejar de contar mi experiencia con la mansión para contribuir a esclarecer un asunto vital: la casa, en contra de lo que afirmaba el autor del blog, nunca fue de Marcos Pérez Jiménez, ni tenía mazmorras o calabozos aterradores.  Fue la casa de su hermano. Nada más.
Es entonces cuando fui absorbido en un foro virtual supremamente interesante, que poco a poco fue revelando su venezolanidad: en poquísimos comentarios más adelante, la discusión se había tornado casi exclusivamente política. Peor aún,  casi exclusivamente, pro Pérez Jiménez. No hace falta ser demasiado inteligente para deducir una primera cosa: un blog dedicado a la arquitectura y el diseño grafico, tiene un público muy especial: imagino que joven, culto y relativamente conocedor de “exquisiteces”, pues bien,  en un poco más de 40 comentarios, la mayoría habla con nostalgia de la vida bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Un capítulo horrendo de nuestra historia, al que quizás, de acuerdo a lo leído, estamos empezando a  romantizar peligrosamente.
¿Qué Pérez Jiménez llenó de edificaciones y obras de infraestructura la capital de Venezuela? Si, es cierto. Mussolini en Italia también lo hizo. Hitler en Berlín, concibió el aeropuerto más moderno del mundo, hoy día convertido (como por ejemplo, el Helicoide) en una mole de cemento al que nadie sabe que uso darle definitivamente.  ¿Que con Pérez Jiménez podía uno dormir con las puertas abiertas? Es verdad, parece que se podía. Porque los que se atrevían al indecoroso asunto de abusar, eran exterminados junto a los disidentes de la dictadura. ¿Que con Pérez Jiménez todo alcanzaba? Si, es posible,  La abundancia de esos años, cerraba las puertas de las mazmorras de la Seguridad Nacional.  ¿Seguimos?
Si la vida en los tiempos de Pérez Jiménez hubiera sido tan buena, ¿Por qué estamos tan fascinados con la idea de que, en esa casa en particular, estaban ocultas una serie de mazmorras y calabozos, que daban pie, en las noches de soledad, a ruidos de fantasmas y aparecidos? Me ha sorprendido un mundo constatar que, toda discusión que se forme en torno a esa casa, es una prueba más de los tiempos actuales: estoy seguro que en un futuro, no muy lejano, hablaremos de las viviendas dignas o pent-houses de súper lujo, con la misma morbosa fascinación.
Es lo que tiene el anonimato de las redes sociales: aguanta tanto como el papel que ya no existe o la Quinta Mamá, con la que no hacen, todavía, nada útil.  Venezuela, pues, en cinco mil metros cuadrados y 64 posts.

martes, 26 de agosto de 2014

¡Qué bello el teatro!, ¿no?

En estos días en que nadie sabe donde termina la información oficial y comienza el entretenimiento (oficial también, como todo) Caracas ofrece una cartelera teatral que nunca antes había visto. No, no se alegren pensando que se trata de algún proyecto revolucionario que intenta “resaltar la bolivariana aureola de libertades culturales” pues, como inicio, ni tal cosa existe, ni está en el interés de los jerarcas de la cultura patria. Más bien digamos que se trata de la mayor expresión del rebusque que nuestros artistas escénicos han conseguido, para enfrentar la cada vez peor oferta laboral que padecen.  Gracias (torcidos agradecimientos hay que decirlo) a la avara mano del que ha decidido cerrar estaciones de televisión y emisoras de radio, los actores y actrices venezolanas y todos los que suelen rodear la escena, están – literalmente – juntando medio para completar un real, cosa que en buen criollo suele llamarse necesidad creativa y han acudido al teatro; para bien y para mal nuestro, curiosos espectadores.
La necesidad creativa, como acabo de bautizar esta repentina fiebre teatrera, da para muchos y muy variados trabajos. Uno que me llama muchísimo la atención es el de “anunciar” cada montaje: antes, (en mis tiempos) bastaba con gastarse algunos de los muy escasos bolívares que se tenían, en pagar dos carteleras imprescindibles: la de El Universal y la de El Nacional, algunos afiches convenientemente ubicados  en los lugares tenidos por “culturosos” y la buena fe de radio bemba atraían, más o menos, gente a la función. Ahora, además de las omnipresentes redes sociales, el este de Caracas es un hervidero de pendones (no tan bonitos, de paso) anunciando las puestas de la temporada que, como todo en este país, no tiene mucho orden que digamos. Caracas es una ciudad en la que suben y bajan espectáculos teatrales de todo tipo durante todo el año. Punto. Esa es la temporada.  Para alojarla, los espacios más disimiles se han convertido en escenarios: así como (todo hay que reconocerlo) se salvaron de la ignominia los vetustos teatros del centro, han ido naciendo iniciativas privadas en centros comerciales y otros lugares, que echan mano del ingenio de algunos buenos comerciantes del espectáculo, para mantener viva la ilusión de los cómicos de la lengua y, junto a tales admirables proyectos, las eternas propuestas “alternativas” que continúan dependiendo de la buena intención de mecenas y gobernantes municipales. Aunque algunas de las salas emblemáticas de la ciudad (la sala Rajatabla y la Anna Julia Rojas, por nombrar un par de ellas y no recordar el largo duelo que estamos haciéndole al Teresa) ya no existen pues se las llevó el huracán rojo, la verdad es que el inventario arroja un saldo bastante positivo a la cabeza del cual figuran, sin duda alguna, el Trasnocho Cultural y el Centro Cultural BOD (o sea, la Torre Consolidada de la Castellana de toda la vida)
Si menciono este par de lugares, en particular, es porque además, quiero mencionar algunas de las propuestas que ofrece la cartelera, yo  no me perdonaría dejar fuera de mi visita a los dominios, la extraordinaria sorpresa que resultó dedicarle horas de esa semana tan particular a sacudirme tristezas viviendo las vidas de otros desde una silla de platea.  No soy crítico, no tengo más que un gusto muy particular, desarrollado en años de hacer y ver teatro, de la mano de personas que me enseñaron a ser muy exigente y muy respetuoso. Por eso, en mi andadura por los teclados, nunca se me ha ocurrido hablar de una obra de teatro (lo he hecho de varias) desde otro lugar que no sea la emoción de un mirón que no es de palo. Una emoción que en esta oportunidad anduvo de montaña rusa, por cierto.
Estuve en La Caja de Fósforos, un excelente espacio creado por Orlando Arocha y su gente, en la Concha Acústica de Bello Monte, para disfrutar dos singulares montajes que hacían parte de un Festival de Teatro Estadounidense que, a juzgar por lo visto, debe ser de lo mejorcito que hay en este momento en Caracas. Si bien “BUENA GENTE” no pasó de parecerme una correctísima interpretación de un texto complicado por su extraordinaria simpleza dramatúrgica, a la que le restó interés un grupo de actores muy desigual; fue viendo “PTERODACTILOS” cuando entendí cuanto echo de menos, el teatro que se hace con las manos y la cabeza en su sitio. Qué cosa tan buena ese par de horas extraordinariamente divertidas e inteligentes, en las que se pone de manera estupenda un texto fabuloso, en bocas de actores cuyos trabajos irrefutables tienen la buena calidad del talento verdadero en el que además, lo mejor del score musical más tradicional de Broadway, es el aporte más divertido que se le haya dado alguna vez a un texto difícil de tragar. Salí de allí tan contento que decidí explorar un poco más en lo que la cartelera podía depararme; entonces me fui al Trasnocho.
Hay una cosa que no entiendo, ¿por qué se le hace tan difícil a los que se dedican a este oficio conocer sus limitaciones? A ver, el teatro es el placer de un buen actor en el escenario, incluso cuando dicen un mal texto;  entonces, si el texto que tienen delante es lo mejor del barroquismo Cabrujiano, ¿por qué hicieron eso que hicieron?  ¡Dios mío! uno no se atreve a Cabrujas si no está totalmente seguro de poder hacerlo impecablemente;  El Americano Ilustrado que firma Héctor Manrique (y en el que está involucrado el nombre de ese gran creador que es Diego Risquez)  sencillamente debería bajar de cartelera hoy mismo, previo comunicado de disculpas de sus puestistas ya que no tiene nada que sea rescatable. Si a ese fiasco le sumamos la presentación previa de una versión - muy decente - pero muy mal actuada de Ha Llegado un Inspector, que no merece mayores comentarios, la verdad es que, esta vez, Trasnocho Cultural fue una gran decepción usada por mis acompañantes como excusa, para no venir conmigo al día siguiente a ver Otelo, un montaje de Javier Moreno, de la obra de Shakespeare, que venía en mi agenda desde mi salida de Mérida.
Pues, de lo que se han perdido. Si yo tuviera que ponerle sello de magnífica a una de las  noches vividas en esos días, haber ido a Otelo (en la Torre Consolidada, porque yo no puedo con tanto cambio de nombre) lo recibía con honores. Es uno de los grandes montajes de este momento, listo. Muy poco más habría que decir, de no ser porque (el deseo de escribir esta nota me lo dieron ellos) yo estoy viendo a estos actores desde que ellos eran chiquitos.  Antonio Delli, un Yago construido milimétricamente, saca lágrimas en la composición de esa pobre y  miserable maldad dándole, a ese tipo despreciable, un hálito de humanidad que casi hace cuestionar la necesidad de odiarlo; eso se le debe a un Antonio, crecido en su oficio, del que yo - debo confesar públicamente - he estado profesionalmente enamorado toda la vida. Junto a él, William Cuao, un actor seguramente sub utilizado que convierte a Otelo en un ser atormentado por un amor mal llevado por las perfidias de otro, interpretándolo maravillosamente bien; creo que cada paso que William da en ese escenario es para reafirmar que él puede con todo, incluso en su excepcional guapura.  Tengo que decir que, desafortunadamente, eché de menos a una mejor Desdémona, un rol que cualquier actriz joven mataría por hacer y que en esta oportunidad lo hizo una niña que no estaba lista para eso a la que, para colmo de su mal momento, le toca actuar al lado de una de esas actrices indispensables en el engranaje del buen teatro de una ciudad: Norma Monasterios, la actriz de reparto por excelencia que tiene Caracas en estos tiempos. Un excelente elenco redondeado por Joan Manuel Larrad  (un Cassio muy correcto al que le sobra pinta y le falta oficio) y Francisco Obando, la guinda del postre en su estupenda interpretación de un Rodrigo al que le caen todas las transgresiones resueltas con un hacer inigualable. Todo lo demás, es una verdadera delicia que por supuesto tiene nombre y apellido: Javier Moreno, un director de esos que ya no quedan.
Salí reconfortado, por constatar que mientras tengamos teatro y esté bien hecho (que no toda la extensa oferta lo está, lamentablemente) a lo mejor terminamos salvándonos. Nunca se sabe, pero no lo digo yo, es que lo llevas en el cuerpo hasta el día del gusano….

domingo, 24 de agosto de 2014

Bella Caracas

Luces gloriosa con tus guirnaldas de cerros a tu alrededor
Caracas, ciudad hermosa
Tú eres bella, Caracas, la cuna del Libertador
(Billo Frómeta)

Por increíble que parezca, yo adoro Caracas. No tiene absolutamente nada que ver con ese patrioterismo ligado al pabellón criollo o al tricolor nacional que esta de moda. No. A mí me encanta Caracas desde mucho antes que “este es el mejor país del mundo” (pero con cuanto gusto me mudaría para Panamá) se convirtiera en respuesta al dilema de subsistencia que nos sirven los rojos a la mesa todos los días. Es probable que la buena opinión que tengo de nuestra ciudad capital esté permeada: Yo viví la ciudad feliz, la que aun en medio del caos más terrible tenía cosas que ofrecer a sus habitantes,  la que estaba llamada a convertirse en la gran capital latinoamericana. La de antes, la que no se había enfermado. De modo que no es necesario ser la reencarnación de Sigmund Freud para diagnosticarme algún caso de nostalgia mal resuelto con la ciudad en la que viví mucho tiempo. Lo acepto, pero de forma muy simple.  Una de las pocas cosas de las que alardeo en mi vida, es de no ser un hombre nostálgico de Patria. Esa palabra, para mí, no tiene significado alguno. A favor de la corriente que me acusa de descastado, defiendo el derecho a no comprender cabalmente que cosa es esa de patria. Es decir, no sé si  los 900 y pico mil kilómetros cuadrados que (me enseñaron en la escuela) son Venezuela, esconden entre sus límites el significado de patria. O si patria es una colección de símbolos, ahora bastante alterados, que significan un gentilicio desahuciado, si es un sabor o incluso un olor. No lo sé. Cuando me exprimo el cerebro buscándole explicación a esa repentina fiebre de amor por lo criollo que se pregona a todo volumen desde cualquier rincón dentro, pero sobre todo, fuera del país, lo que más consigo descubrir es mi relación particular de amor con Caracas. La capital del desaguisado.
Es bastante probable, (lo pongo así, porque en este asunto no hay verdades reveladas) que siendo un tipo tan absolutamente urbano, adorador de los semáforos, la contaminación y el gentío (siempre que no lo molesten directamente a él) sienta que Caracas es lo más parecido a una ciudad en mayúsculas que uno puede encontrar en este valle de lagrimas. Mi relación con Caracas se fraguó a bordo de un autobús de Expresos Alianza en los tiempos de El Cafetal de las vacaciones de mi infancia, después de un viaje que duraba, exactamente, 12 horas y cuatro paradas, hasta un Nuevo Circo que a mí se me antojaba la puerta del paraíso. Ni modo, si alguna tarea impostergable me asigné siendo apenas un niñito, enamorarme de Caracas fue, sin duda,  una de las más fáciles e importantes.  En mi adolescencia, El Cafetal de mi tía se alternaba con la Santa Mónica de mi papá y, poco a poco, empecé a entender el enramado de urbanizaciones que poblaban la ciudad de pequeñas ciudades parecidas a sí misma. Santa Mónica me acercó a Bello Monte y Bello Monte me regaló mi primera salida de hombre grande: una escapada “ilegal” al Hawai Kay para escuchar a una Blanca Rosa Gil evangélica que alternaba la palabra de Dios, con su hambre de besar con ansias locas y que me muerdan en la boca hasta hacérmela sangrar. Nada, fue definitivo; convertir a Caracas en el patio de todos mis pecados o pudrirme en el limbo facilón, sin horizontes, de la Ciudad de los Caballeros.
Un día de mis 23 años aterricé a vivirla con dos logros exagerados: entraba a trabajar en el Teresa Carreño y tenía  alquilada una habitación en un apartamento de Parque Central. ¿Más caraqueño que eso? Imposible.  Fue en ese momento cuando dediqué todos los días que siguieron, a revelar los secretos de la ciudad que me acogía. Lo que descubrí en ese entonces pertenece al lado bueno de mis memorias, como el restaurantico de Rita y Paola en Bello Monte, el árabe de Catia, los zapatos hechos a mano de La Candelaria, el Tocinillo de Cielo de una pastelería que estaba casi al lado de la Iglesia de la Chiquinquirá, las rumbas interminables del Ice Palace en la Torre Británica, la Ensaimada que hacían detrás de la Plaza Morelos, el primer Grafitti (La Trinidad, ¿se acuerdan?)  Las chaquetas de kaki que hacia La Negra en el Pedregal, los primeros zapatos Neutroni, las camisas de AREA en el CCCT, las noches de ópera en el Teresa, el Vitel Tone de Da Sandra y el Picasso que colgaba en una esquina preferente de la mejor sala del Museo de Sofía.  Di muchos tumbos, viví en un anexo de la Alta Florida, de donde me  mudé desesperado a un hotel, la noche que uno de mis vecinos tocó mi puerta, con una pistola en la mano, después de golpear a su esposa, para pedirme un cigarrillo (no pasó mayor cosa, por cierto, ni a la esposa ni a mí) tuve una pequeña “pasantía” en un extraño cuarto de Montecristo, pasé algunas semanas en un apartamento prestado en la Avenida Libertador, frente a un famoso bar gay en el que actuaban las mejores transformistas de Caracas y un buen día, para siempre, llegué a Los Palos Grandes, el barrio por excelencia y mi alternativa de vida: si no puedo encerrarme en un pequeño apartamento de Paris a escribir la novela que venderá más ejemplares que Harry Potter, entonces me transo por los Palos Grandes. Así de demasiado me gusta ese barrio.
Esta larga lista de lugares que ya no existen, solo sirve para justificar una nostalgia inútil y tramposa que insiste en aparecer cada vez que vuelvo a pisar sus calles nuevamente con el despecho de quien ve en su novia de juventud, las marcas del maltrato. No la he dejado de amar, en absoluto, pero Caracas no se parece a la ciudad que busca mi memoria escudriñando sus rincones.  Si es verdad que tiene algunos encantos nuevos, cada vez más destruidos, de paso sea dicho; pero, la ciudad a la que fui la semana pasada, almacena violencia, maldad, basura y amenazas. Ahora, los teatros abren a las 5 de la tarde un sábado porque de otro modo la taquilla sufrirá el embate de la inseguridad, las bodas se celebran con discretos almuerzos a media mañana porque es un poco más seguro bailar a la luz del sol y los amigos invitan a brunch porque todos le tenemos pánico a la noche; aunque igual nos asaltan de día. A todo lo demás parecemos irnos acostumbrando: los escandalosos precios de la comida, la escasez que empieza a notarse cuando ya en el resto del país es noticia vieja, el trafico indescriptible de toda la vida, ahora enviciado de motorizados sin orden ni concierto y ese estado de deterioro físico en el que empieza a esfumarse la ciudad que era,  mientras desesperados capitalinos se ahorcan en sus esquinas,  sin merecer siquiera una oración de misericordia.
Los Palos Grandes, sin embargo, sigue teniendo calor de barrio entrañable y un excelente restaurante árabe, aunque Paris y su raclet de 10 euros en Montmartre parece más cercana. No sé si escribiré la novela que venda más ejemplares que alguna de Harry Potter  y por los vientos que soplan,  un día de estos,  Caracas se convertirá una vez más en un recuerdo.  Por ahora, sigue siendo un lugar al que algunos provincianos ansiosos de vida nos enfrentamos con miedo, para recibir cálidos abrazos de amigos muy queridos y ver teatro, la excusa frívola que conseguí para justificarme la nostalgia.

martes, 8 de mayo de 2012

Me iria demasiado

Si, yo también lo vi. Claro que lo vi. Lo vi una vez y otra y otra. Lo vi en una versión larga que encontré antes de que se armara el escándalo absurdo y lo he visto en varias versiones distintas. Sobre todo, he visto las versiones que los parodian. Quiero decir, perdón, que los agreden.
Es el video del momento: Caracas, ciudad de despedidas. Lo vi y me gustó. Mucho.  Si hubiera tenido hijos me encantaría que todos se parecieran a cualquiera de ellos. Al que sea.
No sólo lo vi. He leído mil cosas sobre el video. Lo bueno, lo malo y lo feo: Los doctos y cultos análisis de siempre, la profundidad que ha salido de un ejercicio que no buscaba esa fama y los ataques. Los innecesarios, absurdos y desproporcionados ataques que dibujan perfectamente el país enfermo,  bocetado en los testimonios de un grupo de chamos que se muestran como son y listo: Venezuela. El país donde nada es normal. Donde nadie vive con perspectivas claras. Donde sí hay que optar por algo, optamos por la mala leche. Es una lástima. Hace mucho tiempo que necesitábamos a alguien que nos contara en alta voz, la magnifica descripción de Caracas convertida en cubo de origami. O nos explicara,  sin hacerlo, qué es eso de sentirse ciudadano del este del este, hablando de este desastre sin que nadie le escribiera un guión, sin que nadie le dijera como parecer joven y culto, o como sonar vanguardia pero parecer comprometido.
Hacia mucho tiempo qué no me describían el país con tanta exactitud. Por eso entiendo las reacciones, un poco. No entiendo las ofensas ni las idioteces que casi todo el mundo ha escrito para atacarlos,  porque esas cosas no merecen ser entendidas. Entiendo algo más y me da grima. En el fondo, lo que estamos es aterrados  ante la posibilidad de descubrir que es verdad lo que sospechamos de nosotros mismos.
En alguna parte leí a alguien, que se las da de experto, diciendo que ellos tenían la obligación de contrastar sus opiniones para darle “diversidad” a sus denuncias. En otro sitio alguien dice que aunque se trata de un discurso profundo y revelador, esta desestructurado. Más allá, otro experto dice que ellos tenían la “obligación” de incluir estadísticas y estudios que validaran sus puntos de vista.  Estupideces más, estupideces menos, Caracas, ciudad de despedidas ha sido escrutado con la lupa que siempre tienen a la mano los venezolanos intolerantes, tontos, mal educados y “expertos analistas del género humano” para multiplicarse por los rincones, alzando una voz nacionalista de arepas y así pedir la lapidación de un grupo de muchachos que se atreven a llamar las cosas por su nombre. Pues bien, lean un poco más. Ni se trata de una denuncia, ni se trata de un documental, ni se trata de una provocación, ni se trata de un estudio para la posteridad. Ellos no tenían mas obligación que la de ser honestos consigo mismos. Lo lamentable, entonces, es que haya tanto venezolano sensiblero que se ofende cuando le muestran un lado de su verdad.
¿De qué hablan los muchachos sifrinos del video?: en primer lugar de eso,  de su condición de sifrinos; no lo dicen, pero puestos a interiorizarse puede que se reconozcan como tal. Y desde allí, desde sus mandíbulas trancadas, también hablan de inseguridad, de incivilidad ciudadana, de hampa desatada y de relaciones rotas por la distancia. De lo mismo que hablamos todos, con mayor o menor dominio de un léxico inteligente.  De ahí, la  Diáspora. Esa dolorosa diáspora que nos está dejando sin la mejor gente de nuestra gente y además,  se atreven a acercarse a darle origen a todos nuestros padecimientos. Claro, lo hacen desde el privilegio de su entorno y eso es mucho mostrar en esta sociedad dañada por la violencia de lo feo.
Pasa que es posible pensar que esos chamos no creen que vivir,  es comerse una hamburguesa asquerosa en la esquina de un callejón maloliente; ni piensan que Zurda Conducta es un modelo de algo, ni están dispuestos a dejarse matar por un blackberry. Si la decisión de ellos es irse, porque pueden ¿donde está el problema? ¿Por qué en lugar de caerles encima, no empezamos a intentar darnos - a todos - alguna razón para seguir viviendo aquí, a pesar de la política, de la dictadura, de los rumores, de los escándalos, de las elecciones, de los militares y de la gente que nos provoca sacudir la ciudad, para ver si caen? ¿Por qué no les decimos que se puede vivir de espaldas al horror, no solamente politico, del siglo XXI y construir ciudades donde podamos compartir gentilezas? ¿Será que podemos? ¿O será que de verdad no somos capaces sino de agredir?
Ese video, convertido en documental por quienes necesitan agrandar el daño para perpetuar la ofensa, es una fuerte voz. Una voz que suena tal y como nosotros les hemos enseñado. Pero, también, ese video es futuro. Ellos son el futuro. Ellos nos han demostrado que somos capaces de mucha violencia y mucha intolerancia. De muchas mentiras, también.  Ese es el gran merito de los creadores de Caracas, ciudad de despedidas. No estoy de acuerdo con quienes quieren convertirlo en una pieza antropológica, ni con quienes creen que sus realizadores estaban obligados a producir una obra maestra o un discurso profundo. Tampoco creo que sean frívolos o banales. Son jóvenes y se atrevieron a decir lo qué les tiene ahogada la vida en este país de locos.
Por eso los atacaron. Como a los genios.

martes, 20 de marzo de 2012

Preámbulos virtuales

Ayer en la tarde estuve un par de horas intentando comprar, vía Internet, entradas para algunos espectáculos del Festival Internacional de Teatro. Según escuché hace poco en un programa de TV, las facilidades para obtener tickets a larga distancia, está garantizada por los organizadores de un evento que, según palabras de su presidenta “es el preámbulo del país que queremos construir”. No voy a entrar en consideraciones respecto a eso, todo preámbulo necesita pagar el noviciado del ensayo y el error; asumiré que el Festival, como su nombre lo indica, es el Festival “de Caracas” y por tanto es, para “los caraqueños” (se lo merecen, nadie sufre tanto como ellos) y muy probablemente me quede encerrado en mi casa de Mérida evitándome los disgustos (y los sustos) de una estadía en la capital. Sencillamente, las complicaciones por las que hay que pasar para finalizar la compra de las entradas, son superiores a todo lo que yo soy capaz de soportar con mi escaso margen de tolerancia.
Ya sé, las comparaciones son horribles; pero como soy un desadaptado, a veces me las permito: En el verano del año pasado, me fui a patear Europa del este. Ese viaje lo organicé personalmente, valiéndome de páginas que ofrecen servicios de reservación de hoteles, boletos de tren y/o autobuses, entradas a museos y todo lo que un turista necesita para pasarla bien. Todo, absolutamente todo, sin excepción, lo adquirí con una tarjeta de debito gringa, en pocos minutos y sin errores. Mi viaje, gracias a que soy suficientemente organizado como para llevar conmigo cuanto papelito confirmaba las compras realizadas, no tuvo ningún tropiezo. ¿Por qué? Muy sencillo: yo hice negociaciones con empresas proveedoras de servicios que ponen por delante la confianza en sus clientes, no matter what. Empresas virtuales que desafían diariamente uno de los crímenes más feos de la era moderna, el robo de identidad, y lo superan con éxito, brindando un servicio muchas veces impecable que, además, protege la identidad del cliente “de bien”.
No es el caso de las páginas web que venden servicios en nuestra patria convulsionada. El proceso es tan engorroso y tan incomodo que mejor es no intentarlo. Allí donde la complicación abunda, una simple tarjeta debería ser suficiente y, lo es; pero, sólo en aquellos países donde, contrario a nosotros, nadie empieza un negocio desconfiando del cliente o diseñando sistemas para hacerle difícil la vida. Comprar y vender por Internet TIENE que ser algo que se pueda completar en pocos pasos: Escoja lo que quiere, escriba sus datos, los de su tarjeta y retire el producto. Nada de taquillas posteriores, ni depósitos bancarios, ni comprobaciones molestas. Usted confía en el proveedor que aparece en su pantalla. Ellos tendrían que confiar en usted, también.
Es difícil. Basar la convivencia ciudadana en la desconfianza del otro, es muy difícil. Sobre todo, porque lo aceptamos con la naturalidad de las cosas que “aquí son así” y quejarnos parece cosa de locos. Sencillamente, no creemos que nadie hará las cosas de manera correcta y eso se magnifica en todo lo que tiene que ver con dinero. Mientras tanto, el desarrollo que tanto ansiamos, sigue borroneado en la puerta de atrás.
Claro que hay mil motivos adicionales, pero si queremos empezar a ver preámbulos, bien podríamos comenzar a entender, realmente, el valor de las comunicaciones globales. Es así de sencillo.

domingo, 9 de octubre de 2011

Nostalgias indebidas

Cuentan que durante su primer gobierno, un grupo de apasionados mecenas del ballet clásico, preocupados porque Venezuela no tenía una compañía estable de Ballet con nivel profesional, a pesar de tener toda una tradición de buenos bailarines y algún famoso coreógrafo, se reunieron con Carlos Andrés Pérez, para pedirle apoyo en la consolidación del Ballet Nacional de Caracas. Pérez los recibió con su ya famosa generosidad y avaló el proyecto. Ultimados los detalles, surgió el tema del nombre; unos opinaban que debería llamarse Ballet Nacional de Caracas, otros que lo de Nacional lo limitaba y así, otras opiniones, impedían que la compañía finalmente irrumpíera en la escena patria.
Un día, una de las más entusiastas impulsoras de la idea, esposa de un famoso industrial de la Venezuela de entonces, recibió una llamada personal de Pérez, preguntando interesado por el destino de un proyecto que consideraba hecho, por obra de su palabra. La señora, sorprendida por el interés presidencial, le dijo con honestidad que todo estaba bien; pero, no lograban ponerse de acuerdo en un nombre y eso demoraba el estreno. Pérez que no recibió la excusa con agrado, le respondió:
- Pues, pónganle Ballet de la Virgen de Coromoto y salgan a bailar ya!
Es una de las miles de anécdotas verdaderas, que ilustran el inmenso apoyo que el ex presidente Pérez brindó a todas las iniciativas culturales que surgieron, como monte, durante sus gobiernos. Daba la impresión que todo el dinero petrolero que nos convirtió en un país de mote “saudita” realmente servía para culturizar un país que no tenía demasiado arte que exhibirle al mundo, aunque producía cosas extraordinarias. Es también, una de las nostalgias que se han alborotado en estos días en que, finalizado el bochornoso escándalo familiar de un cadáver con dos viudas, la Venezuela adeca que resiste, participó entusiasmadísima en el entierro del ex presidente. Nostalgias que sirven, entre otras cosas, para recordar lo mal que andamos.
Es fácil entender que un hombre con la estatura histórica de CAP, necesita una reinterpretación a la luz de los terribles derroteros que lleva la democracia que él contribuyó a construir; pero, es menester que se haga con prudencia. Como en todo, ni es oro todo lo que brilla, ni es verdad que no hay muerto malo. Asomarnos a la posibilidad de revivir el partido del pueblo para que reinstale su manera de gobernar, antes o después de la “transición”, seria no sólo un retroceso alarmante, sino una vía para seguir en lo mismo, pero en democracia.
Es verdad que, justamente, lo que más echamos de menos es la democracia. Pero, eso no puede excusar que Pérez sea una nostalgia. Pérez terminó hace años, para fortuna de todos; dejó un sitio enorme en la historia que debe ser releído, es verdad; pero no puede ser una nostalgia. Venezuela, merece otra cosa. Algo mejor. Algo, al menos, un poco más decente.

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