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lunes, 10 de agosto de 2015

Lo que eramos...


Debo admitir que entre mis numerosas manías, las relacionadas con el arte de la mesa, ocupan un lugar bastante destacado. En parte porque padezco de algunas intolerancias, en parte porque verdaderamente soy muy exigente, a mí, lo de comer, cualquier cosita, no se me da. Entre mis amigos soy tenido por bicho raro pues, entre otras cosas, no me gusta la pizza (tengo una razón importantísima para ello que no voy a contar por decente) no soy fanático del chocolate (puesto ante una carta de postres, impepinablemente, voy a pedir el que no contenga cacao) no me gusta el café y soy experto en desmontarle a cualquier chef, por muy cinco estrellas que sea,  su más famosa propuesta gastronómica. He tenido momentos de gloria en eso: memorable es la noche en que sentado ante la mesa de uno de los más famosos sushi bar de Manhattan, me dediqué a exigir combinaciones para mis rolls que no estaban en el menú (o si estaban, pero no como yo las quería) muy para desconsuelo (y disgusto) de los encargados de la cocina, quienes me complacieron por pura suerte de principiante. Es una de mis tantas peculiaridades: me encanta comer, pero a mi modo. A lo mejor se lo debo a mi mamá, quien después de escuchar varias veces las explicaciones del Maître en cualquier restaurant en que se sentaba, pedía algún platillo que no figuraba en la carta.
Ir a restaurantes, conmigo, puede no ser la mejor experiencia del mundo. No soporto al comensal snob que pide el plato más caro de la carta por dárselas de sofisticado (sobre todo si no ha de pagarlo) para no saber luego cómo se come y, mucho menos, aguanto callado un mal servicio o un plato desangelado, ambas por cierto, calamidades del yantar diario de esta tierra de gracias. Sin embargo, me encanta un restaurante. Desde siempre. Me encanta el rito de ir a comer con gente querida y convertir la ocasión en una fiesta. He llegado, además, a una edad en que eso es lo que mejor se me da. Me siento fuera de lugar en un bar de copas (tomo muy poco alcohol) y creo que fingiría un virus mortal contagioso antes de entrar a una discoteca “de las de ahora”. Supongo que es la edad; no hace mucho era yo, quien bajaba la santamaría del ICE PALACE cada fin de semana.  Ya no dudo que, como bien lo escribió García Márquez, la nostalgia es una trampa; por eso le he agradecido tanto a mi querido Alberto Veloz, que me haya llamado la atención sobre su impecable serie de artículos publicados en la revista Bienmesabe sobre los “comederos” que engalanaban la ciudad que dejamos perder pues, ante el desaguisado, es un auténtico privilegio saber que,  haber aprendido a comer visitando los  lugares que dieron forma a la Caracas perdida, es una de las tantas maravillas que me acompañarán en el cajón de la eternidad.
“No es tomar champagne, que cualquiera toma, es el dedo, la cultura….” Dice Cabrujas en la voz de Herminia Briceño viuda de Petit, en uno de los memorables monólogos de esa oda a la venezolanidad bien contada que es ACTO CULTURAL.  Los lugares se graban en la memoria no solo porque sirven buena comida, sino porque - Brillat Savarín mediante - se hacen cargo de nuestra felicidad durante todo el tiempo en que permanecemos bajo su techo. Y eso, por ejemplo, hizo que algunos lugares de los mencionados por Alberto en sus magnificas crónicas, revolvieran mis mejores recuerdos: El Parque, por mencionar uno, un restaurante que hizo por la vida cultural de Caracas, mucho más de lo que hicimos los que nos tocaba,  por cualquier razón, dedicarnos a darle vida a la cultura que se hacía (mucha, por cierto) en una ciudad que permitimos se fuera despedazando en el tiempo y convirtiéndose en territorio de hostilidades incomprensibles.
Estaba situado en lo que una gran amiga mía llamó una vez, “el punto desde donde se abre el compas para darle forma al círculo que es Caracas”: el centro de ese magnífico entorno urbano llamado Parque Central. Era un jardín tropical, poblado de mesas decoradas en tonos beige y marrón, algunas bajo un esplendido toldo amarillo, con mucha formal informalidad, una excelente carta que no decepcionaba cuando se materializaba en tu mesa y gente, toda la gente culturosa de este mundo. Amigos que brincaban de mesa en mesa para tomar un trago contigo, meter la cuchara en tu postre o hacerte reír por un buen rato mientras se convertían en parte del inventario. Era habitual ver a Sofía Imber (creo que ese era su comedor personal) robándole horas a su museo para hacerlo más museo,  o a José Antonio Abreu agilizar su frugalidad de monasterio mientras pergeñaba las primeras notas de su Sistema, o a Elías Pérez Borjas fruncir el ceño en una mesa muy bien atendida mientras hacía del Teresa aquello que ya no existe. Tuve la suerte de sentarme (por orden de Isaac Chocrón)  en una mesa con Gloria Zea de Uribe y Patty Cisneros para sonreírles amable, mientras las dos se ponían de acuerdo en lo que fue el patrocinio de uno de los más ambiciosos proyectos de intercambio artístico - cultural latinoamericano, cuya firma finalmente se celebró con una gran comilona presidida por Sergio Renan en la terraza del Parque. Incontables veces, un viernes,  mudé mi oficina a una mesa del Restaurante El Parque, en Parque Central, para desde allí sentir que pertenecía a un mundo que se formaba ante mis ojos sin otro presentimiento que un futuro brillante.
De entre miles, rescato una anécdota premonitoria que se me ha instalado en la mente desde que el recuerdo de ese magnífico restaurante revivió mis morriñas. Un día, Isaac Chocrón me pidió que me uniera a un almuerzo que ofrecía para un pequeño grupo de personas en homenaje a Enrique Iglesias, entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (no el cantante famoso hijo de Isabel Presyler) a celebrarse - donde más -  en El Parque. En realidad, como siempre lo exigió mi trabajo a su lado, mi presencia en ese almuerzo se debía más bien a su interés en que todo saliera de manera impecable, como merecía el ilustre visitante.  Sentados a la mesa, un buen grupo de pesos pesados de las finanzas y las artes de entonces (materias ambas que el anfitrión dominaba con éxito) las horas transcurrían sin que nadie diera ninguna señal de que el condumio llegaba a su fin. Postres, cafés y bajativos más tarde, los invitados seguían llenando sus vasos de whisky y hablando a todo pulmón de cosas cada  vez más estridentes; de pronto, el Dr. Iglesias se volteó y le dijo a Isaac (su amigo desde hacía muchos años)
 
-          Chocrón, esto es increíble, un país no puede paralizarse un viernes completo por causa de un buen restaurante, esto no va a durarles mucho tiempo;  aunque sea viernes….la gente tiene que trabajar!!!
 
Entonces se levantó de la mesa, se despidió con toda amabilidad y dio por terminado el convite.
Ha sido ahora, unos 25 años después que he entendido su vaticinio lapidario: “La gente tiene que trabajar”….es cierto, Dr. Iglesias; la gente tendría que trabajar….

martes, 8 de abril de 2014

Es la educación...

Para ganarle a George Bush, Padre (candidato con un record histórico de 90% de aceptación)  en una campaña electoral que parecía imposible, Bill Clinton, o sus estrategas vale decir, acuñó la frase “La economía, estúpido”.  Aunque se trataba de un comentario casi privado, la frase se convirtió en eslogan de campaña y terminó dándole el triunfo a Clinton quien, para muchos, fue un presidente de no pocos aciertos y mucha tela. La anécdota y la sentencia han pasado a la historia como una de las grandes ocurrencias de este hombre legendario y probablemente, han pasado a la historia, también, por ser el consejo menos escuchado - a pesar de su destemplanza - por cualquier otro gobierno del mundo. O, debo decir, de este lado del mundo. No hace falta tener avanzados estudios de nada para darse uno cuenta de que es precisamente la economía, lo que amenaza con mandar a nuestros gobiernos "del sur" al mismísimo infierno. No es un eufemismo, todos sabemos que, por lo que nos concierne, la grave crisis económica de nuestro país (injustificable dados sus cuantiosos recursos) tiene al rojo gobierno dictatorial caminando al borde del precipicio. Si el régimen comunista implantado por el difunto cae, no habrá nadie en este mundo que no salga a echarle la culpa a la economía. Será la economía la gran culpable de la caída del régimen. No hay ni que decirlo.
Sin embargo, ¿alguna vez nos habremos detenido a pensar que no es la economía el peor (o más urgente) de nuestros problemas? Voy a decirlo nuevamente, un poco para ver si me convenzo: la economía, estúpido, será lo que finalmente dé al traste con tus sueños mesiánicos; pero, entre tanto, ¿no vamos a reparar nunca que es la educación (o la falta de ella) lo que hace mucho tiempo dio al traste con el proyecto de sociedad que alguna vez se disfrazó de país en esta "equivocación de la historia" que se llama Venezuela?
En medio de la más grave crisis institucional, social, política y ciudadana de nuestra historia republicana, es un gigantesco error continuar pensando que el problema de Venezuela (o de los venezolanos, que para este caso es lo mismo) es la escasez de papel higiénico o los anaqueles vacios de casi todos los supermercados locales o el increíble desorden con que nuestra "situación" se frivoliza minuto a minuto. Es un increíble error, porque precisamente es un problema de "saberes" lo que nos ha llevado a este callejón sin salida. Es un problema INMENSO de eso que los mayores suelen identificar con el elusivo (y cursi) nombre de valores y, ante eso, no hay economía boyante que valga.
Si nosotros no somos capaces de reconocer al otro en nuestra más insignificante cotidianidad, nunca vamos a ser capaces de entender que "la economía, estúpido..." es una fuerza que puede sacarnos del profundo hueco, si no la anteponemos a la educación.
No hablo de educación como el compendio de conocimientos que convierten a una persona en especie cultivada. Me libre Dios de pertenecer a una sociedad de cultores de lo culto. No. A mí, ni a nadie, le interesa que usted se sepa al dedillo las sinfonías de Mahler o pueda repetir palabra por palabra las últimas líneas del Fausto de Goethe o que sea capaz de manejar con admirable precisión los enunciados del bueno de Einstein. No. A mí y a todo el mundo, le interesa que usted sepa convivir en sociedad respetando al otro. Sencillo: a mí y a todo el mundo, le interesa que usted sepa comer con cuchara, cuchillo y tenedor y hablar con sujeto, verbo y predicado. Si de paso, usted es capaz de respetar a su vecino, BINGO, todo lo demás es innecesario.

Escribo estas líneas mientras espero que cierta empleada bancaria resuelva uno de esos rocambolescos problemas tangencialmente económicos a los que de cuando en cuando nos exponemos los venezolanos. Pues bien, mi inspiración para esta sarta de cavilaciones innecesarias esta dando vueltas alrededor de la silla donde transcurre mi espera: un par de padres inconscientes han decidido darle a su pequeño hijo una papelera (a la que han vaciado su contenido en otra cercana) para que se distraiga mientras ellos también esperan. No pidieron permiso a nadie, no pensaron ni por un minuto que el querubín iba a convertir la papelera en bongó digno de Tito Puentes, (los niños todos, sin excepción, aman darle golpes a lo que uno les ponga en frente, Dios sabe por qué) y mucho menos pensaron en que la oficina atiborrada de un banco local no es escenario digno de la grandeza musical de la creatura. Simplemente, nosotros tenemos que soportar que el santo bebe nos aturda a mansalva, porque ellos no tienen idea de cómo mantenerlo agradado.
Es mínimo, lo sé y en realidad es una solemne tontería de viejo solitario, poco amigo de las malcriadeces de los portadores del futuro; pero, no puedo evitar decirlo. La misma grosera indiferencia con la que este par de neófitos padres aplauden las proezas musicales de su crio, es la que exhiben la mayoría de los venezolanos en cualquier ocasión en la que sus intereses necesitan ser contrastados con los intereses del otro. Por eso, casi con absoluta seguridad, este país llegó al caos insoluble en el que vive. Esa es la indiferencia con la que usamos la corneta en lugar del freno al conducir y es la que esgrimimos cuando decidimos que, solo con gritos de sordo es como debemos comunicarnos. Cuando nos comunicamos.
Entonces, es posible que sí, que sea la economía, estúpido; pero,  muy poco vamos a ganar cuando a la economía no logre acompañarla la educación. ¿Me entiendes, estúpido?

viernes, 21 de marzo de 2014

De la barricada...¿a?

Para darle cierta "normalidad" a la vida de estos días imposibles de entender, hemos decidido movilizarnos en grupo para atravesar la ciudad entera, hasta alcanzar los predios de nuestra escuela. Aquel a quien todavía le resulta fácil sacar su auto, llega en él hasta algún punto del camino que nos resulte equidistante a algunos de nosotros y - muy tempranito - nos vamos, en cambote, a trabajar. Otro tanto hemos hecho con los horarios de clase: reducidos a la mitad, cada profesor dispone de un rato para avanzar, a trancas y barrancas, en el contenido que debe intentar enseñar a sus alumnos. En realidad, la mayoría de nosotros gastamos ese rato indagando cómo va la vida de los muchachos en medio del desaguisado, sin lograr conclusiones que trasciendan la cotorra del receso. A mediodía, o un poco después, emprendemos un camino de regreso que más bien parece un vía crucis, bajo el inclemente sol de la sierra.
Es la vida entre barricadas. Cada día que pasa, lo mas inconveniente de esa experiencia, inédita hasta hace 34 días, se hace más y más palpable: estamos acostumbrándonos a vivir entre escombros desplazados al medio de las avenidas más residenciales de Mérida, convertidos ahora en trincheras que más sirven de protección que de protesta. Saltamos alambres de púas, miramos el suelo con atención en busca de "miguelitos" que evitar  e intercambiamos partes diarios de guerra. Algunas zonas, convertidas en áreas de conflicto no han sido visitadas nunca más. La normalidad de media ciudad conmocionada nos permite, sin embargo, asistir, no sin asombro, a la otra media ciudad en la cual no sucede nada.
La pregunta, que ya me he hecho millones de veces en otras descargas, termina por instalarse en cada conversación: ¿A dónde va a parar esto? Una respuesta, que me niego a aceptar sin réplica, escapa con un dejo, no muy amable, de resignación: a nada. Muy poca gente, que no sea la que cuida, defiende o mantiene encendida la trinchera, realmente cree que la posibilidad de un cambio está a la vuelta de la esquina. Por suerte, muy poca gente – igualmente -  se atreve a aplaudir (públicamente al menos) los atropellos del día a día; pero, eso quizás se deba a cierto optimismo difícil de entender del todo. Solo ellos, los defensores de un régimen dictatorial que, según rumores, ha echado mano de ingentes sumas de dinero para mantener lealtades, se atreven a enfrentar las barricadas tratando de destruirlas a sangre y fuego. Literalmente.
Día a día, el ruido de los morteros anuncia batalla en algún punto de esta larga geografía. Mi barrio, protegido o por la mano de Dios, o por vecinos de los que nadie puede sentirse orgulloso en los tiempos actuales, ha sufrido casi nada. Contaminación sónica, poco más. Otros barrios de amigos muy queridos, han tenido largas noches de zozobra lacrimógena y disparos a mansalva. El régimen, dispuesto a acabar con cualquier voz disonante que ponga en entredicho -  incluso en la clandestinidad del tinajero y la conversa familiar - la gestión de "gobierno" no ha escatimado esfuerzos para demostrar su talante camorrero. Día a día, muchachos que "estaban allí" encapuchados o no, van a parar – mas secuestrados que detenidos -  a algún lugar convertido en celda. Día a día, muchachos que "estaban allí" interrumpen su cotidianidad para atender heridas de mayor o menor gravedad, casi siempre causadas por los perdigones o las balas de los colectivos armados;  entonces, la solidaridad expresada en el buen hacer de los vecinos, reivindica la esperanza: centros de atención medica surgidos al amparo del terror que causa el Hospital Universitario (tenido por reducto final de todas las perversidades Tupas) o espacios para un rápido tentempié, preparado con la precariedad de nuestros anaqueles vacíos, dan fe de la buena fe de iguales horrorizados por el ensañamiento. Todo lo demás es silencio y rarezas. El ambiente general de esta universidad que tiene una ciudad adentro, según el decir de Picón Salas, tiene mucho de lúgubre y mucho de mala sorpresa. Nuestros estudiantes ya no meten el ruido del botellón, porque ni hay botellas ni hay ánimos. Algún viernes más que otro, las licorerías del lado "sano" de Mérida, han sido business as usual, pero, no es la norma. Las redes sociales, convertidas en cable a tierra, mantienen a todo el mundo con la información a la mano y el alma en un hilo. Nada es verdad, nada es mentira; ningún rumor termina de hacerse realidad tal como lo contaron. La mayoría de las veces nos quedamos dormidos, esperando el ataque que cambiará para siempre lo que somos y/o la revelación de la verdad guardada que hará lo mismo. Ningún camino conduce a Roma.
Entre tanto, los días se amontonan con una pesada sensación de rutina incompleta, el gimnasio ha sido sustituido parciamente por el supermercado en que no hay nada y la iglesia ha devenido confesionario de soledades asustadas. Un poco más allá de la barricada, una ciudad insiste en ponerle normalidad a la vida, sin mucho éxito.
¿A dónde va a parar esto? La pregunta que cierra y abre todas las conversaciones se estrella con la sin respuesta. Algunos nos atrevemos a pergeñar tímidamente soluciones honrosas al tema espinoso de la trinchera. Soluciones que nos permitan seguir en pie, sin la frustración horrorosa de creer que claudicamos. Soluciones que nos permitan poner a buen resguardo el futuro, convertido en un yo-no-se-que-va-a-pasar-con-mi-vida-cuando-caiga-la-trinchera. Soluciones que permitan ensayar un atisbo básico de ciudadanía. Es una pena que todas esas soluciones se den de frente con la necesidad de astucia política y cabeza fría que, en los tiempos que corren, no existen, ni en la barricada, ni en ese sitio al que uno podría acudir a exigir respeto.
 

viernes, 14 de marzo de 2014

Dias de oprobio

Horas más, horas menos, ya hace un mes que, desbordados por nuestro particular rosario de calamidades, los estudiantes – primero - y una buena parte de la sociedad después, está lanzada a la calle en una jornada de protesta que ha evidenciado, para empezar,  lo poco que el pueblo opositor de Venezuela es parte del pueblo de Venezuela. Contar lo sucedido en estos días es un ejercicio innecesario de llover sobre mojado,  fundamentalmente porque se vive en el día a día de quienes están y no están de acuerdo con esta vida al revés que llamamos protesta. Polarizados, divididos hasta por infranqueables fronteras existenciales (que no existencialistas) y agobiados ante la avalancha de noticias que nadie puede confirmar, porque en Venezuela la posibilidad de confirmar una noticia es señal de tiempos muy remotos, los ciudadanos de este país sacudimos todas nuestras horas en discusiones interminables sobre la validez de las trincheras, la necesidad de la barricada, la justificación de lo que sectores oficialistas han dado en llamar “guarimba” y las formas un poco más creativas de pedirle al régimen que contenga lo  mucho que nos odia y nos devuelva un pedazo de un país que sabemos merecer tanto como el que más.
No me gusta la guarimba. No me siento cómodo viviendo en una ciudad cuya mitad más residencial está permanentemente alterada en su cotidianidad debido, no solo a trincheras que parecen tener vida propia, sino a los diarios enfrentamientos con “los colectivos” que han dejado ya un buen saldo de heridos y víctimas fatales.  Es cierto que ante eso, una importante cantidad de merideños sentimos una ambigua sensación de basta ya; pero, también ante eso, nos asalta una pregunta ineludible: ¿Qué sucede para qué, en lugar de ofrecernos una alternativa que nos haga sentir parte de la solución, el poder nos aterrorice con el uso desmedido de sus bandas  armadas? ¿Por qué en lugar de invitarnos a conversar para ofrecernos la opción de arrimarle el hombro al futuro, el poder nos amenaza diariamente cercándonos toda posibilidad de expresarnos libremente?
Los problemas de Venezuela son muy puntuales. Existen, son muy concretos. Puestos a enumerarlos podrías tocarlos con las manos: ausencia de productos tan básicos para el confort hogareño como el papel higiénico, escasez insoportable de alimentos fundamentales de nuestra dieta,  extraordinaria inseguridad personal, censura a los medios de comunicación, violencia urbana,  exclusión, segregación, poderes públicos secuestrados, impunidad criminal y la que probablemente sea la corrupción “oficial” más alta de país alguno, hacen de uno de los países más ricos del mundo, un polvorín de atraso y mendicidad -  impuesta por el régimen que lleva 15 años en el poder – en el que vivir es una proeza descomunal de resistencia. Entonces, ¿Nos van a permitir solucionar estos asuntos entre todos, o nos van a forzar a continuar en esta guarimba de vida? ¿Está el gobierno venezolano dispuesto a permitir que seamos parte de la solución, o va a continuar hundiéndonos en el pozo oscuro de la descalificación grosera, reduciendo nuestra existencia a la de simples “héroes quema cauchos”? ¿Cuál es el plan en manos de quienes detentan el poder (y aquí vale la pena hacer una digresión basada en el cuento que ellos cuentan: un poder que les dimos nosotros, según nos dicen diariamente, al haber votado por ellos en una elecciones que ellos califican de libres) ¿cuál es el plan, repito, que tienen para responderle a quienes, impactados por el cariz que han tomado los acontecimientos, se preguntan diariamente que es lo qué nos está pasando? Hasta ahora, la respuesta a esas preguntas ha sido muy claramente dicha en cadena nacional de radio y televisión: “candelita que se prende, candelita que me apagan (los colectivos armados)” y/o “a cualquier periodista internacional que se pase de la raya lo saco del país ahora mismo” con la consabida andanada de insultos al que se le ha acuñado el desagradable nuevo epíteto de fascista.  Si, resulta que los fascistas somos lo que exigimos un espacio para convivir en la diferencia.  ¿Cuál es el plan que tiene el poder para respondernos? ¿Prisión? ¿Asaltos de madrugada? ¿Oprobio? ¿O es que el proyecto de país que nos ofrecen, está reflejado en el espejo que refleja con precisión la triste realidad de un legado que algunos defienden con su vida y no es otro que las colas interminables y los graves pleitos que se producen en las tiendas de alimentos?
Si es así, vale la pena que pensemos un poco más y antes de preguntarnos, escandalizados, ¿qué nos está pasando?, ¿por qué nos estamos matando sin remordimiento alguno? nos preguntemos ¿por qué somos capaces de cualquier comportamiento inhumano (ya se han dado dos casos de saqueos a camiones accidentados de alimentos, en los que el conductor ha muerto por no recibir el debido auxilio de sus vecinos) por conseguir un simple kilo de leche? ¿Qué nos está pasando que podemos gastar 5 o 6 horas de nuestra vida diaria en una fila, bajo el inclemente sol de este trópico brutal, ante la puerta de un supermercado para comprar cualquier cosa que tengan a bien vendernos y sentirnos felices de haberlo conseguido? ¿Es que acaso, como escuché recientemente, la solución – que agradeceremos -  será instalar toldos a las puertas de los abastos  para protegernos del sol? ¿De qué estamos hablando? ¿Es simple escasez o una muestra vergonzosa del verdadero estado de nuestra economía? Puede que haya mil razones para justificar tal sin sentido, pero, aquella repetida hasta la saciedad por los cínicos voceros del desgobierno según la cual, compramos más porque comemos más, no puede ser la respuesta. Sencillamente, porque es mentira.
Si, es cierto que queremos un cambio de rumbo, un gobierno que responda a nuestras exigencias. Es cierto, como dijo alguien por ahí en demostración de una burla hiriente, que queremos un presidente nuestro; pero, no podemos ganarlo en elecciones porque la maquinaria estatal que se ocupa de permitirlo, nos ha llevado de fraude en fraude a la ilegalidad mas cochambrosa. Entonces, ¿esperamos que la sangre cubra cada centímetro cuadrado del millón de kilómetros que forma nuestro gentilicio o nos sentamos a ver qué hacemos con esto, sin Gabriela en la Defensoría del Pueblo, sin Luisa en la Fiscalía,  sin Tibisay en el CNE, ni Leopoldo e Iván en la cárcel?. Nosotros queremos  medirnos en unas elecciones, queremos incluso ganarlas; mejor será que nos permitan demostrar que podemos o la guarimba va a tener que empezar a tener sentido. Y me perdonan los pacifistas. 

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Navidad en tiempos revueltos

Mi relación con la navidad y sus significados, es lo que mejor demuestra que, como la mayoría de las personas que conozco, yo no soy del todo “normal” y no me esfuerzo en serlo. Desde lo más básico de mis sentimientos, puedo decir que algunas cosas fundamentales de la navidad me gustan. Es más, me gustan tanto que donde quiera que estoy trato de procurármelas. Por ejemplo, no entiendo Diciembre sin hallacas. Punto. No acepto discusión alguna sobre el tema, uno come hallacas en esta época al menos tres veces a la semana; es así y así se queda. Me gusta también el nacimiento. Creo que es un resabio de mis épocas más católicas y una especie de homenaje a mi abuela, de cuyos pesebres aun tengo memoria y a mi mamá, que exigía nacimiento en casa los primeros días de Diciembre, pero se esmeraba poco en hacerlo. A partir de allí, pocas cosas navideñas me conmueven. Me alegra que, al menos, existan dos tradiciones que reconozco válidas; siento que con eso me ubico a tres cuartos de camino entre los que odian la navidad (tuve un hermano entre esos) y los que la adoran (tengo una hermana entre esos).
Listo, resuelto el tema sin reflexiones demasiado rebuscadas, necesito auto-aguarme la fiesta: no estamos para celebraciones demasiado rimbombantes. Si acaso, la carita bien lavada y afeitada y alguna ropa decente para no perder la costumbre. Si algo podemos decir de nuestras últimas navidades es que cada año llegan con mas carga. Cada año cuesta mas convertirse en luz de bengala y bailarse una gaita.
Hasta ahora, han sido los días más calamitosos del año y por lo que vamos viendo, la cosa se pone color de hormiga con el paso de los minutos: despenalizado el delito de robar tierras, premiado el embarazo adolescente en dinero contante y sonante, aumentado el número de víctimas de la violencia urbana, despojada la ULA de terrenos donde se levantarían edificios fundamentales para su crecimiento y violentada, una vez más, la digna aplicación de justicia, Venezuela se encamina (como hace cada navidad un poco más) al precipicio electoral. Parece que al sabanetero, la navidad lo llena de terribles fantasmas y la aprovecha para recordarnos que mejor vamos acabando con eso lentamente.
Tal vez lo que sucede es que realmente, “se largó la partida” y la campaña electoral, que todos suponíamos prevista para un poco más allá de enero (la formal, la otra tiene 13 años) abrió su chorro de iniquidades. Es una pena; por dificil que pareciera, realmente todos teníamos un poco de ganas de tomarnos un Ponche. Uno de verdad, uno que parezca país, que suene a chin-chin y a Billo´s.
No se va a poder poder, por lo que estoy viendo. A menos que abramos los ojos y los balcones, y a pesar de los pesares, saquemos la botella comprada a Eliodoro González P, vistamos las mejores galas y mirándonos en la cara del vecino, brindemos por empezar mañana a construir el futuro, sin espacio para el ratón, ni para la duda.
A lo mejor salvamos la Navidad. Es decir, el nacimiento.

domingo, 28 de marzo de 2010

Hechos de un Domingo de Ramos

Mientras escribo esto, en la entrada principal del, ahora famoso por las razones más erradas, Conjunto Residencial Las Marías, se está haciendo la reconstrucción policial de los hechos que condujeron a la muerte del joven Yorsinis Carrillo (a) El Calsi, el pasado 25 de enero de 2010. Hechos que, como todos sabemos, desencadenaron los actos de violencia más terribles que esta ciudad universitaria ha visto en muchos años. Con eficiencia digna de quien ansia resolver con rapidez la muerte, lamentable y terrible del joven liceísta, la policía merideña insiste en dejar de lado lo que realmente sucedió la noche del 25 de enero e imputa, aun sin pruebas suficientemente válidas, como responsable del hecho a un vecino llamado Freddy Orta. Quienes conocemos a Freddy, apostamos por la inocencia de Freddy; pero, y esto es quizás lo más importante, quienes no lo conocen, también piensan que él no es otra cosa que un chivo expiatorio. Sin embargo, allí está: reconstruyendo hechos en los que probablemente él no sea más que un testigo excepcional. Mientras tanto, el asalto terrorista del que fuimos víctimas; los autos destruidos, el apartamento incendiado y la zozobra de haber vivido, en unas horas, un siglo de terror, no han merecido de las mismas autoridades ni una revisión de consuelo. Estamos, otra vez, presos en nuestras casas. No podemos acercarnos a la entrada principal por orden de la policía y algunos vecinos han comenzado a exigir la liberación del señor Orta a viva voz. Son signos de los tiempos que corren: Residencias tomadas por la policía un tranquilo Domingo de Ramos y angustia por el futuro. No están haciendo justicia, eso lo sabemos todos; pero el show tiene que seguir. Nunca podremos lamentarlo demasiado.

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