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martes, 26 de agosto de 2014

¡Qué bello el teatro!, ¿no?

En estos días en que nadie sabe donde termina la información oficial y comienza el entretenimiento (oficial también, como todo) Caracas ofrece una cartelera teatral que nunca antes había visto. No, no se alegren pensando que se trata de algún proyecto revolucionario que intenta “resaltar la bolivariana aureola de libertades culturales” pues, como inicio, ni tal cosa existe, ni está en el interés de los jerarcas de la cultura patria. Más bien digamos que se trata de la mayor expresión del rebusque que nuestros artistas escénicos han conseguido, para enfrentar la cada vez peor oferta laboral que padecen.  Gracias (torcidos agradecimientos hay que decirlo) a la avara mano del que ha decidido cerrar estaciones de televisión y emisoras de radio, los actores y actrices venezolanas y todos los que suelen rodear la escena, están – literalmente – juntando medio para completar un real, cosa que en buen criollo suele llamarse necesidad creativa y han acudido al teatro; para bien y para mal nuestro, curiosos espectadores.
La necesidad creativa, como acabo de bautizar esta repentina fiebre teatrera, da para muchos y muy variados trabajos. Uno que me llama muchísimo la atención es el de “anunciar” cada montaje: antes, (en mis tiempos) bastaba con gastarse algunos de los muy escasos bolívares que se tenían, en pagar dos carteleras imprescindibles: la de El Universal y la de El Nacional, algunos afiches convenientemente ubicados  en los lugares tenidos por “culturosos” y la buena fe de radio bemba atraían, más o menos, gente a la función. Ahora, además de las omnipresentes redes sociales, el este de Caracas es un hervidero de pendones (no tan bonitos, de paso) anunciando las puestas de la temporada que, como todo en este país, no tiene mucho orden que digamos. Caracas es una ciudad en la que suben y bajan espectáculos teatrales de todo tipo durante todo el año. Punto. Esa es la temporada.  Para alojarla, los espacios más disimiles se han convertido en escenarios: así como (todo hay que reconocerlo) se salvaron de la ignominia los vetustos teatros del centro, han ido naciendo iniciativas privadas en centros comerciales y otros lugares, que echan mano del ingenio de algunos buenos comerciantes del espectáculo, para mantener viva la ilusión de los cómicos de la lengua y, junto a tales admirables proyectos, las eternas propuestas “alternativas” que continúan dependiendo de la buena intención de mecenas y gobernantes municipales. Aunque algunas de las salas emblemáticas de la ciudad (la sala Rajatabla y la Anna Julia Rojas, por nombrar un par de ellas y no recordar el largo duelo que estamos haciéndole al Teresa) ya no existen pues se las llevó el huracán rojo, la verdad es que el inventario arroja un saldo bastante positivo a la cabeza del cual figuran, sin duda alguna, el Trasnocho Cultural y el Centro Cultural BOD (o sea, la Torre Consolidada de la Castellana de toda la vida)
Si menciono este par de lugares, en particular, es porque además, quiero mencionar algunas de las propuestas que ofrece la cartelera, yo  no me perdonaría dejar fuera de mi visita a los dominios, la extraordinaria sorpresa que resultó dedicarle horas de esa semana tan particular a sacudirme tristezas viviendo las vidas de otros desde una silla de platea.  No soy crítico, no tengo más que un gusto muy particular, desarrollado en años de hacer y ver teatro, de la mano de personas que me enseñaron a ser muy exigente y muy respetuoso. Por eso, en mi andadura por los teclados, nunca se me ha ocurrido hablar de una obra de teatro (lo he hecho de varias) desde otro lugar que no sea la emoción de un mirón que no es de palo. Una emoción que en esta oportunidad anduvo de montaña rusa, por cierto.
Estuve en La Caja de Fósforos, un excelente espacio creado por Orlando Arocha y su gente, en la Concha Acústica de Bello Monte, para disfrutar dos singulares montajes que hacían parte de un Festival de Teatro Estadounidense que, a juzgar por lo visto, debe ser de lo mejorcito que hay en este momento en Caracas. Si bien “BUENA GENTE” no pasó de parecerme una correctísima interpretación de un texto complicado por su extraordinaria simpleza dramatúrgica, a la que le restó interés un grupo de actores muy desigual; fue viendo “PTERODACTILOS” cuando entendí cuanto echo de menos, el teatro que se hace con las manos y la cabeza en su sitio. Qué cosa tan buena ese par de horas extraordinariamente divertidas e inteligentes, en las que se pone de manera estupenda un texto fabuloso, en bocas de actores cuyos trabajos irrefutables tienen la buena calidad del talento verdadero en el que además, lo mejor del score musical más tradicional de Broadway, es el aporte más divertido que se le haya dado alguna vez a un texto difícil de tragar. Salí de allí tan contento que decidí explorar un poco más en lo que la cartelera podía depararme; entonces me fui al Trasnocho.
Hay una cosa que no entiendo, ¿por qué se le hace tan difícil a los que se dedican a este oficio conocer sus limitaciones? A ver, el teatro es el placer de un buen actor en el escenario, incluso cuando dicen un mal texto;  entonces, si el texto que tienen delante es lo mejor del barroquismo Cabrujiano, ¿por qué hicieron eso que hicieron?  ¡Dios mío! uno no se atreve a Cabrujas si no está totalmente seguro de poder hacerlo impecablemente;  El Americano Ilustrado que firma Héctor Manrique (y en el que está involucrado el nombre de ese gran creador que es Diego Risquez)  sencillamente debería bajar de cartelera hoy mismo, previo comunicado de disculpas de sus puestistas ya que no tiene nada que sea rescatable. Si a ese fiasco le sumamos la presentación previa de una versión - muy decente - pero muy mal actuada de Ha Llegado un Inspector, que no merece mayores comentarios, la verdad es que, esta vez, Trasnocho Cultural fue una gran decepción usada por mis acompañantes como excusa, para no venir conmigo al día siguiente a ver Otelo, un montaje de Javier Moreno, de la obra de Shakespeare, que venía en mi agenda desde mi salida de Mérida.
Pues, de lo que se han perdido. Si yo tuviera que ponerle sello de magnífica a una de las  noches vividas en esos días, haber ido a Otelo (en la Torre Consolidada, porque yo no puedo con tanto cambio de nombre) lo recibía con honores. Es uno de los grandes montajes de este momento, listo. Muy poco más habría que decir, de no ser porque (el deseo de escribir esta nota me lo dieron ellos) yo estoy viendo a estos actores desde que ellos eran chiquitos.  Antonio Delli, un Yago construido milimétricamente, saca lágrimas en la composición de esa pobre y  miserable maldad dándole, a ese tipo despreciable, un hálito de humanidad que casi hace cuestionar la necesidad de odiarlo; eso se le debe a un Antonio, crecido en su oficio, del que yo - debo confesar públicamente - he estado profesionalmente enamorado toda la vida. Junto a él, William Cuao, un actor seguramente sub utilizado que convierte a Otelo en un ser atormentado por un amor mal llevado por las perfidias de otro, interpretándolo maravillosamente bien; creo que cada paso que William da en ese escenario es para reafirmar que él puede con todo, incluso en su excepcional guapura.  Tengo que decir que, desafortunadamente, eché de menos a una mejor Desdémona, un rol que cualquier actriz joven mataría por hacer y que en esta oportunidad lo hizo una niña que no estaba lista para eso a la que, para colmo de su mal momento, le toca actuar al lado de una de esas actrices indispensables en el engranaje del buen teatro de una ciudad: Norma Monasterios, la actriz de reparto por excelencia que tiene Caracas en estos tiempos. Un excelente elenco redondeado por Joan Manuel Larrad  (un Cassio muy correcto al que le sobra pinta y le falta oficio) y Francisco Obando, la guinda del postre en su estupenda interpretación de un Rodrigo al que le caen todas las transgresiones resueltas con un hacer inigualable. Todo lo demás, es una verdadera delicia que por supuesto tiene nombre y apellido: Javier Moreno, un director de esos que ya no quedan.
Salí reconfortado, por constatar que mientras tengamos teatro y esté bien hecho (que no toda la extensa oferta lo está, lamentablemente) a lo mejor terminamos salvándonos. Nunca se sabe, pero no lo digo yo, es que lo llevas en el cuerpo hasta el día del gusano….

jueves, 21 de noviembre de 2013

Ah malaya...una adafina!!

La primera vez en mi vida que comí Adafina, lo hice por meras ganas de comer algo nuevo. Un día cualquiera, Isaac Chocrón, que por esos años decidía una buena parte de las cosas que yo hacia fuera y dentro de la oficina, me anunció que el domingo siguiente tenía que acompañarlo a casa de su prima, Alegría Benguigui para una adafina en familia. Había conocido a Alegría, a quien llegué a tenerle mucho afecto, porque era la señora que vendía telas de lujo en Selecta Telas, uno de los grandes proveedores de la Compañía Nacional. La recuerdo porque era una mujer vivaz, ocurrente y muy jewish mamma que, para colmo de mis alegrías,  vivía (o vive, pues no he vuelto a saber de ella) en uno de esos edificios históricos situado en una de las calles transversales que dan al Boulevard de Sabana Grande lo cual ha tenido, desde siempre, la magia de todo lo muy deseado.
El domingo, entonces, llegamos puntuales a una invitación en la que, extasiado, presencié rituales desempeñados con la naturalidad de quien lleva siglos en eso.  Algo así como lo que debían pensar aquellos que llegaban a mi casa y me escuchaban pedirle la bendición a mi mamá. Fortunato, el marido de Alegría llevaba Kippah; por lo tanto, Isaac sacó uno de su bolso y se lo puso en la cabeza, mientras yo me pasaba de entrépito pidiendo uno para mí, que el mismo Fortunato se ocupó de ajustarme entre risas y amenazas de convertirme. Fue una ocasión memorable, básicamente, porque sentados a la amplia mesa del pequeño apartamento de Alegría, descubrí no solo un plato exquisito, sino una manera increíble de vivir alrededor de una mesa: la manera judía; más bien, la manera sefardita de celebrar la vida en torno a una sopa deliciosa que, para mí, tiene más que ver con el puchero canario que con el cocido madrileño, pero eso probablemente se debe a que el Puchero Canario me pertenece mucho más pues se parece al amor, tanto como la adafina se parece a la familia.
Es una sopa, sabrosísima, que se cocina a fuego lentísimo por espacio de doce horas, las mismas durante los cuales, los judíos de Marruecos han estado observando el Sabbath (día de descanso de la religión judía, durante el cual no se debe trabajar, ni encender artefactos eléctricos o cocinas) que contiene chorizos, papas, garbanzos, cerdo, un pastel de carne especiado y algunas hierbas aromáticas, entre otras muchas cosas.  Es una sopa que se come por partes y es el secreto sobre el que reposa la fortaleza de un pueblo que seguramente estaría, de no tenerla, diezmado. Ese secreto, con toda su carga de historia lo encontró Edwin Erminy al crear su excelente espectáculo teatral, RONDÓ ADAFINA que se `está presentado en la Capilla de la Escuela de Enfermería de la UCV, en Sebucán, hasta los primeros días de diciembre.
Así como aquel lejano mediodía en la casa de Alegría Benguigui, este viernes pasado en el estupendo espacio de Sebucán, me reencontré con cosas tan valiosas como  amistades “de cuando éramos chiquitos”;  actores que no han renunciado, de ningún modo, al saber decir los requiebros de un texto emocionalmente comprometido y una música, que se ha ido quedando en mi memoria, para recordarme que aquello de “polvo eres y en polvo te convertirás” tiene mucho que ver con los remotos orígenes de un gentilicio que lleva más de 500 años tratando de mantener viva la fuerza de Moisés en un desierto tan estéril y tan nuestro como Coro, la ciudad con más historia y menos cosas que agradecer de este país de locos.
Hay obras de teatro que son buenas porque, fundamentalmente, están bien hechas. Hay otras que son buenas porque pueden cerrarse los ojos y escuchar la belleza de sus palabras. Hay otras que lo son,  porque solo pueden percibirse con la emoción nostálgica de tiempos buenos. Esas son las que voy prefiriendo; las prefiero porque en casos como este,  escuchar a Gladys Secco repetir los dichos de Alegría y hacerlos suyos, o a Pancho Salazar cantar el Kadish con resonancia de Sinagoga y verlo todo alrededor de una gran mesa que igual es barco, como hogar, como pedazo de tierra prometida, mientras nos paseamos por todo lo que somos, y hemos sido, desde que un accidentado marino genovés llegó a estas tierras para enredarnos las costumbres,  es una dicha en mayúsculas.
Además, y también vale, porque creo muy improbable que algún día me siente de nuevo en la mesa sefardita de esa gente buena que una vez me adoptó sin preguntas y es aún más improbable que Mery Taurel me llame para dejarme probar su adafina (tenida por la mejor de este mundo). Por todo eso;  por lo que dice pero quizás más por lo que calla, es que Rondó Adafina es un espectáculo sin desperdicios, sin errores; de una producción impecable, dirigido con artes de filigrana y dicho con maestría de buen teatro en el que se recuerdan tonos y maneras de actuar que ahora parecen “no estilarse”. (Es memorable todo lo que Carolina Leandro dice con solo un gesto de su cara o el tour de force al que Oswaldo Maccio se obliga, sometido por Hahim Benatar y el magnífico desdoblamiento de un actor – Pastor Oviedo - en todos los personajes que hacen falta para redondear el cuento de amor que Rebeca se niega a dejar inconcluso en la piel – insuperable -  de Mónica Quintero). Un musical nostálgico y hermoso, con la fuerza de unas voces nacidas para el deleite (inolvidable Vera Linares) en donde los sonidos se incorporan, sin estorbo, a la escena de una historia tejida con el ADN de las cosas que se cuentan sin dificultad porque son ciertas.
Rondó Adafina, una de esas cosas tan raras en la Caracas de hoy, como una olla de adafina para quien sólo busca la belleza...

martes, 20 de marzo de 2012

Preámbulos virtuales

Ayer en la tarde estuve un par de horas intentando comprar, vía Internet, entradas para algunos espectáculos del Festival Internacional de Teatro. Según escuché hace poco en un programa de TV, las facilidades para obtener tickets a larga distancia, está garantizada por los organizadores de un evento que, según palabras de su presidenta “es el preámbulo del país que queremos construir”. No voy a entrar en consideraciones respecto a eso, todo preámbulo necesita pagar el noviciado del ensayo y el error; asumiré que el Festival, como su nombre lo indica, es el Festival “de Caracas” y por tanto es, para “los caraqueños” (se lo merecen, nadie sufre tanto como ellos) y muy probablemente me quede encerrado en mi casa de Mérida evitándome los disgustos (y los sustos) de una estadía en la capital. Sencillamente, las complicaciones por las que hay que pasar para finalizar la compra de las entradas, son superiores a todo lo que yo soy capaz de soportar con mi escaso margen de tolerancia.
Ya sé, las comparaciones son horribles; pero como soy un desadaptado, a veces me las permito: En el verano del año pasado, me fui a patear Europa del este. Ese viaje lo organicé personalmente, valiéndome de páginas que ofrecen servicios de reservación de hoteles, boletos de tren y/o autobuses, entradas a museos y todo lo que un turista necesita para pasarla bien. Todo, absolutamente todo, sin excepción, lo adquirí con una tarjeta de debito gringa, en pocos minutos y sin errores. Mi viaje, gracias a que soy suficientemente organizado como para llevar conmigo cuanto papelito confirmaba las compras realizadas, no tuvo ningún tropiezo. ¿Por qué? Muy sencillo: yo hice negociaciones con empresas proveedoras de servicios que ponen por delante la confianza en sus clientes, no matter what. Empresas virtuales que desafían diariamente uno de los crímenes más feos de la era moderna, el robo de identidad, y lo superan con éxito, brindando un servicio muchas veces impecable que, además, protege la identidad del cliente “de bien”.
No es el caso de las páginas web que venden servicios en nuestra patria convulsionada. El proceso es tan engorroso y tan incomodo que mejor es no intentarlo. Allí donde la complicación abunda, una simple tarjeta debería ser suficiente y, lo es; pero, sólo en aquellos países donde, contrario a nosotros, nadie empieza un negocio desconfiando del cliente o diseñando sistemas para hacerle difícil la vida. Comprar y vender por Internet TIENE que ser algo que se pueda completar en pocos pasos: Escoja lo que quiere, escriba sus datos, los de su tarjeta y retire el producto. Nada de taquillas posteriores, ni depósitos bancarios, ni comprobaciones molestas. Usted confía en el proveedor que aparece en su pantalla. Ellos tendrían que confiar en usted, también.
Es difícil. Basar la convivencia ciudadana en la desconfianza del otro, es muy difícil. Sobre todo, porque lo aceptamos con la naturalidad de las cosas que “aquí son así” y quejarnos parece cosa de locos. Sencillamente, no creemos que nadie hará las cosas de manera correcta y eso se magnifica en todo lo que tiene que ver con dinero. Mientras tanto, el desarrollo que tanto ansiamos, sigue borroneado en la puerta de atrás.
Claro que hay mil motivos adicionales, pero si queremos empezar a ver preámbulos, bien podríamos comenzar a entender, realmente, el valor de las comunicaciones globales. Es así de sencillo.

martes, 25 de octubre de 2011

Carmen

Hace algunos años, un músico amigo mío definió la opera como “una cosa rarísima, llena de alaridos, en donde a una señora gorda le entierran un puñal y canta como un ruiseñor”. Es una definición que me encanta y que explica perfectamente por qué soy operático. No crea nadie que me siento feliz por eso. Ser operático implica conductas sospechosas. Somos gente medio rara, llena de resabios, que se disipan sólo con la ayuda de esas terribles tragedias que se cuentan a punta de gritos imposibles, en idiomas que nadie entiende, acompañadas por partituras de insólita belleza. Ni modo, en mi particular relación con la música, mi opción, era ser operático. Tuve además la inmensa suerte de pasar una buena (magnifica) parte de mi vida entre vestuarios rebuscados, paredes de cartón piedra, pelucas de rafia y señoras (gordas, casi siempre) que se convertían en ruiseñores o en cuervos, según fuera la necesidad de la historia. No lo digo mucho porque me da pánico que me crean culto, pero es la verdad: no, no soy culto, soy operático a muerte.
No es sencillo. Ser operático en un país que dejó de tomar la opera en serio, justo cuando empezaba a darnos argumentos para fanatizarnos y convertirnos, tal vez, en Ferreristas y Palacistas, es muy complicado. Hemos tenido que amar la opera a distancia, con el recurso engañistico de discos y videos, aceptando que allá afuera los tiempos cambian, y la tecnología da paso a “propuestas” que en nada se parecen a lo que alguna vez hizo, por ejemplo Zefirelli, con la desafortunada Violeta Valery. Por eso, y por negarme a otras nostalgias, adoré haber estado cerca de Carmen, la producción que La ULA y la Alianza Francesa, pusieron en escena este fin de semana en el Teatro Tulio Febres Cordero de Mérida. Carmen, nada menos. Una de las guatacas de la opera; el papel que convirtió a Ana Maria Kalogeropuolou en LA CALLAS y que ahora nos devuelve a Armando Holzer a Mérida para que nos gocemos una tremenda puesta en escena que, tropezada una y mil veces con absurdos obstáculos, se mantuvo a flote y alcanzó victoriosa la orilla.
Bastaron sólo dos noches para que Temix Albornoz, un bajo de limitadas facultades vocales y extraordinario talento escénico, sedujera la audiencia hasta rendirla, en su estupenda creación del guapo Escamillo; o Gregory Pino, un tenor a quien no le fue fácil mantener su exigente rol deviniera en presencia escénica inolvidable, gracias a un Don José bordado en filigranas. También para que Karen Rodriguez, una soprano merideña a la que habíamos escuchado en contadas ocasiones, nos arrancara lágrimas de emoción en su impecable Micaela o Mairin Rodriguez, a pesar de un horrible vestuario y otras cosas en su contra, se convirtiera por gracia de su voz portentosa, en una Carmen que nos rindió a sus pies de fascinación.
Fue un milagro de personas; allí donde no hubo otro talento que buscar, hubo gente extraordinaria que le puso brillo a un montaje que de otra forma, habría tenido la opacidad de las cosas hechas por quien quiere, pero no puede. Fue tan importante la colaboración de cantores, pintores, obreros, toreros, músicos, utileros, maquilladores, coros (los mejores de Mérida) y bailarines, que conjuraron dos de los peores obstáculos con que puede tropezar una ópera de gran formato: una orquesta tradicionalmente pobretona y un trabajo humano de producción tradicionalmente equivocado. En el caso de la orquesta, Christophe Talmont (director invitado) obró el milagro: La orquesta Sinfónica de Mérida sonó como jamás, ni remotamente, lo ha hecho. En lo segundo, es preferible no abundar. Carmen se estrenó sola, gracias al trabajo de todos los que no estaban llamados para organizar la producción.
Es el teatro. Al final, la mayoría de las veces, a pesar de todos los duendes que se ensañan en su contra, el telón se descorre para mostrarnos lo que verdaderamente vale. Todo lo demás se borra, por suerte, en ese instante perfecto en que nos acordamos que después de lo escuchado, hay que ponerse de pie y gritar BRAVO per il signor, BRAVA per la signora e BRAVI per tutti….

viernes, 15 de julio de 2011

La esquina de Cipreses

Pocas cosas hablan tanto y tan alto del caos urbanístico que es nuestra capital, como su centro. Caracas, a pesar de su envidiable sitio geográfico y sus intentos más o menos plausibles de semejar una ciudad moderna y agradable, se convierte cada día más, en una especie de inmenso desaguisado en donde quienes la habitan parecen pagar penitencia permanente. Descontando el atropello cotidiano de quienes la azotan duramente convirtiéndola en escenario de crímenes inexplicables, otros males interminables parecen cebarse en su alma de ciudad: buhonería, urbanismo descontrolado, mal gusto, suciedad e irrespeto definen perfectamente la ciudad menos amable del continente americano. Es una pena; mirándola desde las barreras, Caracas podría ser un espacio maravilloso al que cuidar, si los venezolanos hubiéramos aprendido a cuidar algo con consciencia.
Algunos pedazos, sin embargo, devuelven momentáneamente la esperanza. Uno de ellos, de personalísimo significado, tiene, hoy, cara de buena noticia. La esquina de Cipreses, la misma que acoge, entre otros símbolos de la caraqueñidad, al mismismo Nazareno de San Pablo, está de estreno: El Teatro Nacional (que no principal) al celebrar sus primeros 106 años de existencia, ha sido, finalmente, restaurado a plenitud. No lo he visto, pero leer la noticia me ha llenado de justa y espontánea alegría. Entre el Teatro Nacional y el Teatro Teresa Carreño, (y en la línea de metro que enlazaba ambos) transcurrieron lo que posiblemente hayan sido los años más felices de mi vida. Puedo decir, orgullosamente, que conozco ambos edificios como pocos caraqueños y que cerrar los ojos para evocarlos, no es un ejercicio de nostalgia sino de esperanza.
Hacía muchísima falta. No se si la restauración, que según dicen ha sido hecha con apego estricto al diseño original, incluirá planes para su funcionamiento pleno como sala de espectáculos, o si alguno de nuestros mandatarios lo tiene pensado como púlpito de campaña, como ha sucedido con todas las salas públicas de la capital; pero, por ahora, será escenario de un montaje apropiado al furor bicentenario: La obra Joaquina Sánchez, un sainete histórico del venezolano Cesar Rengifo, descorrerá los telones del Nacional para mostrar la cara de la comedia y la tragedia, en un escenario remozado de necesidades y amores fingidos.
Las fotos, único recurso del que dispongo para calibrar la maquillada, no pueden ser más elocuentes. El nuevo look del Teatro Nacional, es entre pocas, la mejor noticia que le han dado al centro de Caracas en no se cuanto tiempo. Ojala hayan podido limpiar la plaza que lo avecina a la Basílica de Santa Teresa y a ella hayan regresado las feas y desvencijadas caminadoras de mis tiempos y los fieles que día a día, pasaban por nuestras taquillas después de la velita al Nazareno. Ojala la Lecuna vuelva a ser un lugar donde dejar estacionado el auto, para disfrutar las mentiras necesarias de un grupete de actores y ojala sus camerinos puedan continuar la historia de amores de utilería que empezaron a contar hace más de 100 años. Permita Dios que la zarzuela encuentre espacio entre su acústica perfecta, que esta aún lo sea, y que algún joven meritorio de alguna compañía teatral, se detenga en el medio de ese escenario, inclinado suavemente hacia el foro, para poder dar de comer a sus sueños de fama. Ojala y el Teatro Nacional que hoy se reabre, no corra la misma suerte de tantos proyectos buenos que han sucumbido al hambre feroz de quienes los han creado. Ojala el señor Horacio vuelva a vestir su traje dominguero para atender vigilante la puerta de los actores.

martes, 19 de octubre de 2010

Yo me bajo en la próxima, y usted?

Las misivas de ALIARTS, el foro de teatreros venezolanos que no se guarda nada, han dado cuenta de dos sucesos recientes que han revelado las horrendas costuras del teatro venezolano del siglo XXI y que habrían pasado bajo la mesa de no haber sido por su diligencia. Los hechos, harto comentados, hablan del horror profesional por el que tuvo que pasar un querido actor criollo, al retirarse de la temporada de “Esperando al italiano” para ir a enterrar a su madre y también, de la humillación sufrida por los actores que representaban la obra “El Eco de los ciruelos” en la sala Ríos Reyna del TTC, cuando alguien que “obedecía ordenes de arriba” apagó las luces y cerró el telón antes de que la obra finalizara. En ambos casos las explicaciones no abundan y suman ofensas a la cadena de oprobios que padecemos día a día los venezolanos. Peor aun, según toda opinión, nombres de reconocidos teatreros de “toda la vida”, por actuación o por omisión, hacen parte del pecado y no expían culpas. Soy uno de los primeros empleados que tuvo la CNT al momento de su fundación. Terminé de crecer bajo sus luces. Desde allí tuve la suerte de conocer con diferentes grados de cercanía, a todos los que para bien y para mal tenían algo que ver con el teatro venezolano de los años 80 y 90. Por eso mi desconcierto. Que dos profesionales como Moisés Guevara y Eduardo Gil tengan algo que ver con semejante ignominia me resulta aterrador. Que Moisés, el mismo Moisés que se batía a duelo, junto a Iraida Tapias, por conseguir reivindicaciones sociales para los profesionales de teatro; sea el que imponga las normas inhumanas e indignas que dejaron sin empleo a Hernan Marcano por despedir a su madre muerta, y que encima digan que pretendía hacerlo “en silencio” es sencillamente pavoroso y me resisto a creerlo. Pero, que un hombre como Eduardo Gil, teatrero desprovisto (creía yo) de cualquier interés distinto al de la verdad del escenario, permita que un montaje de SU CNT sea suspendido en escena antes de que finalice, irrespetando a sus actores y a su público de forma nunca antes vista y hasta hoy no se haya pronunciado, es una patada en la cara. Es el momento para detener el carro y preguntarse si vale la pena seguir creyendo en “los poderes creadores del hombre”. ¿Han entendido, los nuevos teatreros de Venezuela, que sus acciones y, sobre todo sus omisiones, ponen en peligro lo que generaciones enteras de creadores lucharon arduamente por conseguir? ¿Han calibrado el daño que hacen? ¿Es indispensable acabar para siempre con la CNT que nuestros maestros soñaron? ¿Es demasiado difícil, en este país de opinadores que los señalados cuenten su versión de los hechos? No entiendo nada. En el fondo de un corazón devastado por vivir lo incomprensible, tengo la esperanza y el deseo fervoroso de estar equivocado. Después de todo, en el caso de Hernan Marcano aparecen otros personajes a los que no quiero nombrar pues tendría que fingir sorpresa. ¿Donde está la verdad, Tulio? En el caso de la CNT, ya sabemos como son de pesadas las botas que patean las caras de los ciudadanos; tal vez el director de la CNT ha decidido calzarlas.

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