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martes, 15 de julio de 2014

Loreta, un nombre entre todos....

He pasado varios meses (9 para ser exactos) pensando que Loreta bien pudo haberse llamado, por lo menos, Lorena; ese nombre, un poco mas cristiano, le acomodaría mucho más a sus 14 años, es más, hasta podría convertirse en amuleto contra la vida atropellada con que la suerte comienza a probarla. Ya sé que no existe manera de que mis deseos se cumplan, porque Loreta se llama como se llama y ese, además, es el último de los asuntos que preocupan su vida; pero, no hay día en que no le de vuelta a ese nombre que tan  poquito me gusta y a las circunstancias a él apañadas.
 Aunque cuesta mucho ponerle tal adjetivo a los muchachos con quienes comparto la aventura de enseñar mientras aprendo, Loreta, posiblemente, sea una de las mejores alumnas que un enseñador quiera tener, básicamente porque, junto a su enorme timidez convive una autentica avidez de cosas nuevas. Loreta quiere aprender, cualquier cosa que alguien venga a enseñarle y eso, suele mostrarse en sus calificaciones. O solía, hay que aclararlo; porque al regreso del largo asueto impuesto por las trincheras, Loreta se ha echado novio de a de veras. 
 Es normal. O al menos lo es en este universo de muchachos que viven las prisas de quienes tienen poco que apostarle a la vida. No deja de ser una pena, pero es lo que  hay. Con frecuencia reparo en ello, tratando de que alguien que no sea yo, se me una en el predicamento: Loreta, sabe Dios porque, escogió, de lo malo, lo peor y para alguno de nosotros es un tema bien difícil que ha causado más de un cisma, muchas lagrimas y un descenso tan preocupante como triste en sus calificaciones y mas allá, en lo que duele: en la vida.
 El novio de Loreta, en principio, es un problema para ella; en final también, pero a ella no le da la gana de darse cuenta. Del mismo modo como no quiere que, los demás, nos demos cuenta que al nacer tuvo la mala suerte de un estigma: alrededor del ojo derecho y en mitad de la frente, su piel tiene el color de la tiña; si dos más dos son cuatro, ese es exactamente el filón que este malandro de siete suelas ha conseguido para lograr que Loreta se haya convertido en una muchacha triste y asustadiza con quien es imposible "entrar en razones".  Loreta no volvió a acompañar a sus amigas al kiosco, Loreta no ha vuelto a los paseos que organizan sus compañeros en las tardes que les dejamos libres, Loreta no ha tenido últimamente tiempo para terminar los proyectos de escuela, a Loreta la han visto salir corriendo a la hora del receso para llevarle a su "novio" su parte del desayuno, Loreta llora con frecuencia en los rincones, acabó casi completamente la ambigua relación que tenía con su madre y ha escogido la soledad como compañera de unos ratos de escuela, que antes eran parecidos a grupos. Todos hemos visto a Loreta sentada a horcajadas en la moto del novio mientras él le revisa el morral y  los apuntes del día. Algunos de nosotros estamos seguros que ciertos moretones en los brazos de Loreta no son extensiones del lunar en el rostro, sino metástasis de un mal amor.
Loreta, enamorada, no entiende de ningún modo que se expone a todo lo oscuro. Hablarle ha probado lo inútil de nuestro verbo enfrentado al “amor”,  Su mamá, comadre de la mamá del "macho" que la mantiene mirando un precipicio, ha amenazado con retirarla de la escuela (y dejarla sin estudios) antes que verla caer por el despeñadero; es decir, antes de la rayita rosada en el casette de la farmacia. A él, ningún castigo le anuncian, tal vez porque lo suyo es cosa de machos, tal vez porque alguien está esperando que la vida se ocupe, si es que la vida – realmente - se entretiene en "hombres" como él;  cosa que a veces se duda.
 Es probable que Loreta en algún momento comience a sentir el dolor que nosotros presumimos empozado; mientras ese día llega, Loreta continuará pisando las piedras de un camino que, a los catorce años, se antoja plagado de lacrimosos sinsabores.
 Esa seguramente es la razón para el gran estupor que nos ha causado su último boletín de calificaciones, aun más, su último reporte de vida. 
 Esa y, probablemente, la pena de haber nacido predestinada al desgarre de un estigma.

jueves, 10 de abril de 2014

Rober y el enseñador

Uno de los grandes placeres de enseñar es aprender. Casi todos los que somos capaces de pararnos frente a una audiencia con la intención de enseñar algo que creemos conocer en profundidad, somos sorprendidos por lo que esa misma audiencia termina regalándole a nuestros conocimientos.
Me sucedió esta mañana, casualmente, en el transcurso de mi clase semanal de Creatividad (solía ser Educación Artística) a estudiantes de Segundo año de Bachillerato, un ameno grupo de muchachos que no llegan a los 14 años de edad en promedio y que distan muchísimo del ideal de estudiantes clase media educada/acomodada,  a los que muchos docentes consideran, erróneamente, el grupo perfecto. Si aprender es una recompensa para el que enseña, hacerlo desde el grupo menos privilegiado es una bendición. Si no lo creen,  inténtenlo con Rober (así, sin T final) un chamo arrolladoramente simpático, capaz de las iniciativas más brillantes después de haber asimilado (volteándolo una y mil veces)  tu discurso, desde el prisma de su curiosidad ilimitada.
Esta mañana nos tocó el difícil tema de escudriñar el  pensamiento; enseñarle a un grupo de muchachos mal portados que hay formas y formas de pensar y que hacerlo puede que los lleve a mejores decisiones en su vida, no es, sople usted y habrán botellas.
Superados los escollos conceptuales con los que logré un primer acercamiento a las diferencias que tiene el acto de pensar, les pedí que hiciéramos un ejercicio para representar acciones que pudiesen ejecutarse mediante pensamientos lineales y mediante pensamientos lógicos. Para prepararlo, tenían 30 minutos, toda la libertad de este mundo y una sola limitación: no podían valerse de la palabra escrita.
Todos lo hicieron muy bien. Llegado su turno, Rober y sus dos compañeros de equipo, tan pilas como él, entraron al aula luciendo elementos de vestuario teatral elaborados a partir de cartulinas y papel. Rober, disfrazado de dueño de abasto con sombrerito chino y bigotico Chu en Lai, se dirigió al colectivo para explicar que su representación sucedería en un imaginario abasto de esquina, en el que ese día solo estarían vendiendo Harina PAN. Lucía y Jhony, los otros dos compañeros de grupo, serían clientes; él, en su papel de dueño, repartió a sus clientes sendas "tarjetas de racionamiento bolivariano" (así mismo las llamaron) que habían preparado utilizando franjas de cartulina amarilla, azul y rojo. Los clientes cabizbajos y casi temerosos, ocuparon los puestos 1117 y 1118 en la fila para la venta de Harina PAN. Rober anunció: "Pensamiento lineal venezolano" y de inmediato comenzó la función: sus compañeros (perfectamente imbuidos del papel de clientes) revelaron llevar 5 horas en la cola y estar cansados. Rober actuaba la atención del expendio, a punto de atender el turno de sus dos “clientes”. Entonces, Rober anunció que solo podrían comprar un paquete por persona, a lo que los dos "clientes" reaccionaron armando una trifulca a la que Rober (“El Chino del Abasto”)  no fue capaz de controlar. El primer acto terminó con el "Chino" malherido, retirado del sitio en ambulancia y clientes corriendo en desbandada sin Harina PAN en la mano.

Unos segundos después, Rober, de nuevo en papel de Chino del Abasto, anunció: "Pensamiento Lógico que deberían tener los venezolanos" y después de volver a repartir la misma tarjeta del primer acto, reveló que esta vez los "clientes" tenían los puestos 224 y 225 en la cola de la Harina PAN. Los “clientes” miraron fijamente la tarjeta y preguntaron al “Chino” cuanto tiempo tendrían que permanecer en la cola para adquirir el producto, a lo que el “Chino” respondió alzando los hombros y soltando una lenguarada en incomprensible dialecto mandarín. Ambos “clientes” decidieron entonces, devolver la tarjeta y retirarse con determinación y cabeza erguida. Al hacerlo, pidieron a toda la cola que los imitaran y, como en el teatro todo es posible, el “Chino” se quedó sin clientes a quien venderles harina. Con sorna feliz, los “clientes” comentaron que al verse con la mercancía parada una y otra y otra vez, tanto al “Chino” como al gobierno, no le quedaría otra que asegurar la venta libre del producto disminuyendo las colas. El salón irrumpió en aplausos. Rober volteó y me preguntó si yo creía que ellos habían comprendido lo importante de actuar con lógica en la vida. No estoy seguro, pero creo que al preguntarlo, Rober dejó salir un tono bastante irónico.
Soy un profesor exigente que casi nunca premia a un alumno con la mejor calificación, pero esta mañana Rober y sus compañeros se ganaron un indiscutible 20 y una respuesta certera: Si, Rober, estoy totalmente seguro que entendieron la importancia de actuar con lógica. Gracias…

martes, 4 de febrero de 2014

Así se hacen los malos (II) El Hijo de Rosa

Cuando salió preñada, a los 16 años, Rosa probó por vez primera unas galletas colombianas que vendían en la bodega del barrio. Eran unas galleticas redondas, dulces, rellenas con una crema de vainilla, de marca Noel. Venían probablemente de Cúcuta y eran realmente muy baratas. Fueron su perdición, Rosa las comió por quintales durante los nueve meses que duró el segundo de sus embarazos, tanto, que recuerda algunos días en los que no lograba consumir ningún otro alimento. Su mamá, que alcahueteaba ese embarazo sin hombre, así como había alcahueteado el anterior y haría con los dos siguientes, se ocupaba de comprárselas rapiñando al diario algún dinerito que mejor uso habría tenido en verduras. Cuando parió, un enclenque varoncito a buen término, no tuvo ninguna duda a la hora de llamarlo Noel, un nombre que había visto hasta el cansancio en los envoltorios de celofán.  Posiblemente por genética paterna, el niño Noel tomó lo suyo en empezar a dar señales de crecimiento, fue un crio taciturno, más o menos melancólico y bastante malcriado. Pero, disfrutó de todas las atenciones que la pobreza “decente” de Rosa y su mamá, pudieron darle del modo ese más bien rustico que se estila en los barrios.
Morenito, demasiado flaco y tan escurridizo como una anguila, Noel creció escapándose de casa a cada minuto, sin hábitos de ningún tipo y con poquísimo interés en algún tipo de disciplina escolar. A marchas forzadas terminó la escuela primaria logrando, a  fuerza de mucha insistencia, aceptar que lo matricularan en una escuela de pobres en donde no atinó a entender ni la O por lo redondo. Literalmente.
Rosa, entre tanto, parió dos hijos mas, trabajó como una poseída, limpió casas, planchó ropa ajena e hizo todas las labores de las que echa mano la gente que no tiene otro recurso para ganar el sustento. Su mamá hacia otro tanto, el hermano mayor empezó a rebuscarse tan pronto como levantó un metro del suelo y a trancas y barrancas, aquella casa de pobres empezó a capotear necesidades que fueron cubriéndose de cualquier modo, la mayor parte de las veces, malamente. Rosa intentaba poner orden; pero, le ganaba la juventud. Había sido madre cuando en realidad tenía que haberse dedicado a ser mujer, de modo que compartía de la mejor forma que podía las aficiones de una mujer con sangre en las venas, con el intenso trabajo y el cuidado escaso de los hijos. Aun así, todos, a excepción de Noel, creían tener de alguna manera una familia de la que ocuparse. Viéndolo bien, la vida transcurría del único modo que puede transcurrir cuando tiene como escenografía un barrio que no es violento, pero tiene sus mañas.
Al cumplir 17 años, después de repetir por segunda vez el tercer año de bachillerato y obtener las peores calificaciones de la escuela, Noel y su madre decidieron sin mucha reflexión, que lo de los estudios no era para él; así que, conminado por la madre, empezó a hacer trabajos con los que ganaba un dinero que entraba a la casa sin justificaciones inútiles. Un día llegó a casa conduciendo una motocicleta, era el último de una serie de regalos inesperados que Rosa y sus hermanos recibían sin decir una palabra. Ya habían llegado celulares de última generación,  una variedad de aparaticos y hasta una pequeña computadora que la madre no sabía para que usar, junto a electrodomésticos que aparecían como por arte de magia. Cuando Rosa comenzó a darse cuenta, los apremios económicos de antes empezaron a ser menos graves. Demasiado curtida en las cosas del barrio como para no entender los mensajes que llegaban con cada regalito, se acercó tímidamente a explicaciones que nadie estaba dispuesto a darle. Alguna vez increpó a Noel más en tono de advertencia que de reprimenda, preocupada por sus constantes “eso no es cosa suya”, por madrugadas en que Noel no aparecía por casa, por amigos que entraban sin saludar mucho y permanecían escasos minutos encerrados en la habitación y por los cada vez más sagrados escondrijos de los que Noel se valía para guardar cosas que la gente “le empeñaba”. Muchos otros cabos sueltos terminaron por convencerla de que su hijo, a pesar de recordarle siempre el dulzor aquel de las galletas, andaba en malos pasos, entonces decidió enfrentarlo, para su desgracia. Noel tuvo un solo ataque de ira en su vida, pero Rosa no olvidó cada grito ni cada insulto o amenaza que salieron de su boca. Tampoco los billetes que dejó encima de la mesa antes de volverse a ir para la calle, ni el relumbrón de acero brillante de algo que se negó realmente a ver de cerca, porque se le pareció demasiado a una pistola. Esa noche, en medio del llanto convulsivo con el que se quedó sola a la salida del hijo, decidió cuidarlo aunque en ello se le fuera la vida.
Eso ha hecho, por eso Noel celebró su cumpleaños número 20 y a ella le parece que han conjurado algunos males peores. Juntos, como en el principio, Rosa y Noel se han convertido en una llave bastante difícil de vencer.  Todo el barrio lo sabe, la policía también y sólo están esperando que se les ponga a tiro. Cansados de disparos de advertencia que no han logrado ni asustar a Noel o a su madre, en  los últimos tiempos se han tomado en serio lo de ir a por todas; poco les importa - a todos - que en el procedimiento, Rosa deje huérfanos a tres hijos más.

lunes, 27 de enero de 2014

Así se hacen los malos (I) / Yuli - Ana

Yuli – Ana (ellos insisten en escribirlo así, con guion intermedio, Dios sabe por qué) llegó al colegio con el año escolar. Venia de otro en el que perdió tanto el año de estudios como la posibilidad de ser considerada, de algún modo, persona decente: si algo exhibía su expediente de promoción era faltas de todo tipo a lo que los educadores se empeñan en llamar “buena conducta”.  Al lado de eso el prontuario no escrito, contado en detalle por la funcionaria de la LOPPNA que nos endilgó la joya: Una mamá que hace rato decidió no ocuparse más, harta de cualquier intento de humanización del personaje, un papá que acogió el bulto cumpliendo las amenazas proferidas desde el primer día y un entorno social, que ni de social ni de entorno tiene otra cosa que ofrecerle a Yuli-Ana que noches moneando poste.
Tiene 15 años de edad y un guion intermedio por todo currículo. Tiene mala fama, mal carácter y enorme desinterés. Tiene lo suyo vivido y aspecto de  no atreverse ni a rayar un plato (mucho menos a quebrarlo) tal vez, algún día, la maldad se le lee en los ojos, pero no tanto. Eso sí: no hace caso de consejos ni acepta reprimendas de nadie. De alguna manera se las ha arreglado para reinar en los  patios y el recreo, a fuerza de atreverse a llegar un poco más lejos de lo que otros llegan: Yuli-Ana cumple sus amenazas; por eso, a estas alturas tiene un boletín de calificaciones en el que no cabe un cero más y un equipo de profesores completamente cansados de tener que repetir su nombre en vano. También tiene una tía, que se ha hecho responsable de no se sabe qué y en la última gran crisis resolvió dar la cara. Por desgracia.
La última gran crisis fue un poco más de lo mismo. Finalizando el 2013, el regalo que Yuli-Ana decidió darle a algunos de sus profesores mando algunos automóviles al taller de latonería. En el ínterin, desaparecieron unos cuantos celulares,  algún par de bolsos, otras cosas sin importancia (para ella) y aparecieron, demasiado cerca de su mala fama, un par de bolsitas de esas que contienen un polvo blanco, llamado por policías de la tele “presunta cocaína” y por la gente de estos lares, todavía, perico, a secas. (Cambiando de manos y plata en el medio para más inri). De gota que colmó el vaso tuvimos bastante sin duda alguna. Por eso la sanción y el revuelo, por eso el chisme en los pasillos, por eso la suspensión y la gran rabieta del papá, expresada vía mensaje de texto con un escueto “a mí no me llamen más nunca y esa que se prepare que lo que va es a llevar coñazo”
No sabemos si los llevó. Sabemos que vino, del brazo de la tía, a exigir explicaciones la tía. Y entonces allí empezamos a perder la esperanza para el guion intermedio de la niña: La tía es funcionaria (de camisa roja y gorra con banderita, roja también) de una prefectura cercana. A medio camino entre “señora de mantenimiento” y “autoridad civil” la tía tiene - y ejerce - un puesto remunerado  en una instancia roja de poder popular.  A la tía, el prontuario de la joven la tiene completamente sin cuidado porque, para empezar, lo considera mentira (a pesar de las evidencias) y ella no tiene idea lo que va a hacer la niña en su casa en caso de ser expulsada, aunque sea por tres días, que la ley no da para más. A eso vinieron, las dos y una tercera – funcionaria también – listas para pedir tantos ojos tuertos como garanticen el final del año escolar de la señorita en problemas (permítaseme aclarar que lo de señorita lo digo por aquello del respeto, pues si acudimos al uso antiguo de la palabra….Dios mío!!) y para pedirlos, en pleno uso del poder que les confieren las leyes de la republica bolivariana a ellos: Con amenazas veladas, con una que otra ironía antioligarca, con su poquito de ustedes allá en su disciplina y nosotros aquí en el poder.
Total, que fue necesario mucho temple: Yuli-Ana fue honrosamente suspendida de todos modos (que a ella eso plim y a la madama dulce de coco) y la tía salió jurando que de esa afrenta habrán de enterarse hasta en las alturas mismas del poder omnímodo.
No terminó allí: a la afrenta recibida por la tía, la acompañante de la tía y la niña suspendida en pleno estado de gracia, siguió una especie de Juicio que, olvídate de Nuremberg. Una reunión bizarra en la que el padre (si, se dejó de SMS y apareció con el rabo entre las piernas) terminó declarándose avergonzado, redobló la amenaza y escondió el rubor producido por el mal rato; pero, se negó a sustituir a la tía como responsable de no se sabe qué y mucho menos acepto ir mas allá de un par de coñazos que, aunque no se atrevió a dárselos frente a la distinguida audiencia, sospechamos Yuli-Ana los recibió de todos modos.  La tía, mientras tanto, amenazó con llevarse a la niña para otra escuela, porque total, escuelas es lo que sobran y amenazó también, que para eso ella es perfecta, con no volver nunca más a permitir que a su sobrina la ninguneen. Unos días después (como en subtitulo de película) supimos que Yuli-Ana, el guion intermedio y todo lo raro que la acompaña, se fueron a vivir con la tía quien a su vez la sacó de la escuela y dictaminó que ya está bueno de estudios.
Yuli-Ana su guión intermedio y el resto de cosas raras que la acompañan, se ha quedado en el medio mismo de la nada y con una tía enchufada en el poder popular, que  no la cree capaz sino de rezos y sollozos. No nos extrañaría para nada que la próxima vez, el nombre de la niña esté puesto en Frontera y allí, con toda seguridad, no habrá guion intermedio ni portadillas.

sábado, 23 de marzo de 2013

Felicidad difícil

Karina tiene 15 años, no es una estudiante que se destaque por motivos distintos a su comportamiento; no tiene buenas relaciones con nadie y en general, es una muchacha rara, muy rara. Hace poco se destapó la olla de sus maltratos; su familia, poco preparada para ayudarla a solucionar lo que para nosotros es su paso por la adolescencia, decidió hace mucho tiempo tratarla peor que a un perro. Karina viene con regularidad a la escuela y en medio de todo eso, algunos días sonríe ante calificaciones que no son del todo malas, considerando el contexto.
Yazmín tiene 16 años. Al contrario de Karina, desborda simpatías. Sus compañeros la quieren, siempre tiene alguna ocurrencia chistosa y es una excelente estudiante. Su mamá, una mujer muy joven, es peluquera, lo que da a Yazmin armas de embellecimiento que ni se cuentan. Yazmin levanta como pocas y vive bien, dentro de lo que cabe. No conoció a su papá (un día me dijo que no sabe si lo tiene) y piensa que su mama es una “tipa calidad, pero tampoco es que seamos tan amigas…”
Marzia tiene 14 años. Su mayor cualidad es su atractivo físico. Pequeñita, con cara de reina de belleza y cuerpo al que le ronca el mambo, su rendimiento escolar es de lo mejorcito. Le cuesta lograrlo pues vive bastante ocupada con tareas que no pertenecen a su edad. A veces, piensa que su papá “bebe demasiado” pero, ella no se da mala vida por eso. El año pasado se hizo novia de un estudiante de años superiores y - para poner de lado las botellas de aguardiente - se fue a vivir a la casa de él, allí ella juega a ser mujer y a lo que salga.
Antonieta es alta, bonita y muy poco dispuesta a ser una buena estudiante. Hace poco cumplió 16 años, aunque parece tener 19 o 20. Algunas veces hemos pensado que realmente tiene dificultades cognitivas, pero por más que intentemos ayudarla, su vida es su mayor obstáculo: Su madre vive en un retirado pueblo del páramo y a ella la mandaron a vivir en Mérida, a casa de un tío. Pues bueno, parece que allí se cumplen todas las malas predicciones imaginables: Antonieta es la mancillada sirvienta de esa familia, a cambio de casa y comida. Lo que sabemos es eso, lo que ella - muchas veces entre lagrimas - ha contado. Creo que sería horrible saber lo que ella aun no se atreve a contar. La esposa del tío jamás ha atendido ninguna de las citaciones recibidas; hace poco dijo que la próxima vez que la citaran, iba a devolver a la muchacha a su casa en el Páramo – e iba a dejarla sin estudios – Nosotros le creemos.
Entre otras coincidencias, las cuatro tienen algo más en común: Están embarazadas. Sólo Marzia tiene a su lado el padre del hijo que espera, aunque sirva de poco o ningún consuelo. Las cuatro están afrontando sus barrigas tan bien como se puede hacer eso en el barrio: asisten a consultas en el hospital y saben que el momento del parto las agarrará solas. Sus madres han aceptado los nietos como si se tratará de un designio inexorable del destino y el único padre que conocemos, (otra vez Marzia) ni quiere saber, ni le interesa. Han obtenido permiso para venir a clases sin uniforme, pues no habría manera de meter esos vientres en el rigor de una franela (azul o beige, según el caso) y ahí van, aceptando el regalo que les da alguna profesora cuyos hijos ya superaron escarpines y baberos.
En algún momento se las ve con cara de nostalgia, sobre todo cuando un evento les hace recordar su edad exacta, sus ganas de vivir lo que sus compañeras viven. Ninguna tiene otro plan que criar a su hijo de la mejor manera que pueda, lo que pasa es que ninguna sabe cuál es esa mejor manera.
Los padres de esos niños no existen. Es probable que se sienten al lado de cualquiera de nosotros, es probable que ni siquiera conozcan la extensión de sí mismos. Es probable que sea el novio del momento. Es probable que sea un primo u otro pariente, es probable que sea el vecino del lado.
Da igual, de todas maneras no existen.

martes, 14 de junio de 2011

La mala hora

A sus diez y seis años, a Keylmar le tocará aprender la única lección que uno no quiere que le enseñen en la vida. Será un aprendizaje difícil, el tema es duro y a él jamás le ha gustado aprender: Su vida, desde ahora hasta el final, transcurrirá en una silla de ruedas. El sábado pasado, una bala que según parece no era para él, lo alcanzó en la espalda, se llevó por delante la médula ósea y lo dejó cuadrapléjico. Ni modo. Salió su número.
Keylmar es alumno de la escuela. No es alumno mío, pero lo conozco. Es el típico estudiante "malandrin" que vive, o presume hacerlo, al borde mismo de todo. Por eso fue el primero, la madrugada del sábado, en el estacionamiento del Colegio de Médicos, cuando al salir de una fiesta de promoción en la que sólo había menores de edad, una banda, armada hasta los dientes, acabó con la fiesta a tiros. Keylmar, que estaba allí y no aguanta dos pedidas, intentó defender algo o hacer ruido lanzando una botella, justo en el momento en que uno de sus compañeros desenfundó la pistola y apretó el gatillo sin saber bien a donde. El que disparó, cayó muerto casi inmediatamente al recibir 8 tiros. Keylmar, herido, había recibido el tiro que su amigo no supo apuntar.
La noticia del tiroteo apenas ocupó un titular casi discreto en la prensa local. Los profesores nos enteramos el domingo por simple transmisión de mensajes de texto y los alumnos de 4to año, han intentado darle ánimos al compañero maltrecho, pero nadie demuestra mayor alarma, ni otra tristeza que trascienda la mala suerte de Keylmar: no volverá a caminar. A medida que pasan las horas, las visitas al hospital disminuyen y algunos comienzan a soltar la lengua.
En claro se obtiene que, disfrazado de delincuente juvenil, que no alcanzaba a serlo, Keylmar tenía la vida vendida; que el cuento de la bala perdida y la mala hora empieza a perder sentido y que, por triste que sea el estado en que ha quedado, Keylmar se buscó cada miligramo de la pólvora que le ha desgraciado la vida a él y a su mamá: una mujer que apostaba a todo por educar a su hijo.
Ella es la única que llora todavía, y Keylmar, por supuesto; no ha parado de hacerlo desde que llegó al pasillo de la emergencia de adultos del Hospital de Mérida, donde permanece con poca variación a pesar de su terrible diagnostico y de donde saldrá a su casa a languidecer de mengua, probablemente.
Entre tanto, algunos nos hacemos preguntas repetidas, mientras lamentamos consternados el futuro de uno de “nuestros muchachos” y nos aterroriza la rápida normalidad con que se asume la tragedia de Keylmar y se cuentan las horas a la espera de un nuevo enfrentamiento y un nuevo herido, o muerto. Ayer, uno de los alumnos de más edad me escuchó cuando comentaba con otro profesor el sin sentido de una fiesta de chamos, en la que circulan libremente armas y municiones. El alumno se detuvo a mi lado escuchando atentamente mi rabia, calibrando cada palabra mía en contra de armas en manos de muchachitos inexpertos. A medida que yo hablaba, él sonreía. De pronto me interrumpió:
- Tú no entiendes Juan Carlos, me dijo el estudiante.
- ¿Qué es lo que no entiendo?
- Nada…no entiendes nada. Si uno tiene una culebra con alguien, tu crees que uno va pa´una promo sin un hierro? ¿Qué quieres tú, que lo maten a uno como un perro?

martes, 3 de mayo de 2011

Yohelys o la vida apresurada

Yohelys tiene 13 años, vive en una casa construida como mejor se pueda en uno de los barrios más complicados de Mérida; con ella, sus tres hermanos mayores, su mamá y el padrastro, algunas veces hacen campo para una tía y dos primos que entran y salen, según les vaya en la vida y en los amores. Como es habitual, en esa casa el trabajo escasea y el dinero aparece como por arte de magia, sin preguntas ni explicaciones.
Simpática y bonitica, Yohelys, conoce bastante bien los intríngulis del amor y de lo que no es amor, pero incluye sus requiebros; es vox populi que Yohelys se vale de su cuerpo adolescente para completar el mes y de la LOPNA para mantener a su mamá alejada de sus oficios. De todos modos, en esa familia, nadie se ocupa de nadie y si los hermanos consienten a la niña, se debe a razones de complicidad que tienen mucho que ver con el padrastro de todos y el novio de Yohelys; un muchacho de otro barrio a quien apodan “Huellero” que hace poco estuvo de visita en nuestra escuela.
No fue, ni mucho menos, una visita de cortesía. Huellero andaba en plan de constatar si lo que cuentan de Cheito es verdad. Corre un chisme, según el cual, Cheito podría estar calentándole la oreja a Yohelys. Cheito es mi alumno, tiene 16 años y cierta galanura que utiliza, junto a las hormonas alborotadas de su edad, para meterse en problemas, sin selectividad y sin reparos. El enfrentamiento ocurrió en la puerta del colegio el viernes en la tarde. Hubo amenazas, cuellos de botella, empujones y un arma. Desde entonces, todos andamos con el credo en la boca; Huellero ha dicho, a quien quiera oírlo, que está dispuesto a “quebrarse” a Cheito y hay que creérselo, muchos dicen que, en otras ocasiones, Huellero ha resultado un hombre de palabra. Yohelys, entre tanto, anda de lo más contenta pues dos chamos de la zona están peleando por ella. Ayer, por intentar hacer algo, estuvimos de conversa con los policías del modulo (panas panitas de Huellero) y con la prefecto, quien propuso mandar a darle una golpiza a Huellero con uno de los sargentos más arriesgados de su jurisdicción. Huellero es menor de edad, Cheito es menor de edad, Yohelys es menor de edad. Salvo golpizas anónimas de uniformados, a ninguno de los tres se les puede hacer más nada. Mientras tanto y para salvarlo del tiro que, posiblemente, reciba de todos modos dentro de algunos años, estamos tratando de esconder a Cheito tanto como él se deje, que es poco. Le cuesta entender que está en peligro y contarnos lo que todos creemos que sigue escondido, para ver si logramos ayudarlo a terminar con vida el bachillerato.
Ayer, Cheito y sus compañeros conversaron conmigo, pero no pude avanzar más allá de ciertos detalles de escabroso contenido íntimo que convierten a Mesalina en una aprendiz de Yohelys. Interrogados sobre la percepción de peligro, todos admiten que el tiro ofrecido a Cheito es una posibilidad auténtica; ninguno, sin embargo, propone una forma de evitarlo. Cheito, me miró con los ojos grandes, amielados y llorosos de sus 16 años y me dijo: No se preocupe, Profe, yo soy un duro…
Me gustaría creerle; pero, así nos va.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Ultrajados...

Regresé de mi almuerzo a las dos de la tarde, lo sé con exactitud pues me sorprendió la hora perfectamente marcada en el reloj de la recepción de la escuela. Lo consideré un logro muy importante en mi novísima carrera de “docente”. Casi de inmediato me arrepentí. A las puertas de la pequeñísima oficina que comparto con el que quiera usarla, me esperaba una profesora (“colega” como dicen ellos aquí) que tiene la pésima suerte de ser a la que le pasa todo lo indeseable el día que está de guardia. Será por excederse en la prédica espiritual del universo repleto de ángeles; pero, a la pobre, parece que la buscan las calamidades; las de tipo moral, sobre todo. Junto a ella y ante mí, tres estudiantes de camisa azul, con cara de su-opinión-me-sabe-a-bola y muy poco dispuestos a empezar por su nombre, intentaban varias versiones de un mismo cuento, nada ligero, por cierto: Descansando del almuerzo, en un pasillo del colegio, los dos varones del grupo habían intentado acorralar a la niña, para meterle mano entre los dos a la vista de todo el que anduviera por allí. Estupro, pues. Escuche con atención, mirándolos a la cara. Me detuve un rato largo en el rostro de la niña recién victimizada. Escudriñé la cara de susto de uno de los dos chamos implicados, revisé cuidadosamente los gestos de quien parecía el victimario monstruoso y enseguida, se me vino a la memoria una afirmación simplista de la que suelo renegar: Aquí a nadie lo obligan a nada. Me bastó un par de minutos y un poquito de presión para enterarme de la verdadera forma en que el frustrado Menagge a Trois aconteció y, para suerte o desgracia de la profesora de guardia, allí no hubo ultraje ni nada parecido. La niña en cuestión habría accedido feliz a mucho más que meterse mano, si hubiera estado en otro lugar. Hormonas alborotadas, que llaman. Incapaces de contención alguna, en un barrio donde la contención no existe, los chamos simplemente se sirvieron lo que les fue ofrecido en bandeja. Claro que fue duro aclarar el entuerto sin dejarlos a todos como irrecuperables; pero mucho más duro fue darme cuenta que ni el provincianismo pacato de la profesora de guardia, ni el descaro profesional de la chama instigadora, ni mi talante “moderno” de profesor comprensivo, sirve para nada distinto a postergar descubrimientos más privados. Al final, y con culpas admitidas, los tres fueron castigados como corresponde; es decir, como nada. Un poco después descubrí que ninguno de los tres ha cumplido 14 años.

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