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jueves, 27 de julio de 2017

Del otro lado, todo es posible



Cuando Jimena nació, el pasado 12 de abril,  a Isis y Diego, sus padres, lo primero que les vino a la mente, como a cualquier pareja de padres primerizos,  fue comprobar su estado de salud. La niña, bonita como no hay dos, llegó a este mundo – sin ninguna dificultad - en un parto programado hasta el último detalle pues provenía de un vientre al que le habían pronosticado, a pesar de su juventud, bastantes dificultades para lograr la proeza de la maternidad. Quizás fue el amor; pero, Jimena  nació perfecta, gracias a Dios, a los bonitos genes de la madre y de la abuela y a la buenamozura del padre.
A los pocos días de nacida los primeros exámenes pediátricos no hicieron sino confirmar la alegría del nacimiento. Jimena crece, gana peso y come;  un niño bien criado no hace otra cosa; come, duerme, llora cuando tiene hambre y, sus padres, la única preocupación que tienen es sortear con buen ánimo la dificultad diaria de conseguir pañales y algunas chucherías para consentirla.
Isis y Diego han sido obsesivamente puntuales en el seguimiento de los primeros días de su hija. Fieles además a tradiciones ancestrales, Isis ha guardado en reposo la cuarentena de las paridas de antes, y su  madre se ha dedicado a alimentarla con buen tino para que le leche con que alimente a la niña sea de la mejor calidad. Diego, por su parte, ha cumplido con creces: es un padre inmejorable a quien se le caen las babas por su niña. Dedica sus mejores horas a atenderla y, por supuesto, lleva el teléfono repleto de sus fotografías para exhibirlas con orgullo, aunque con la cautela propia de estos días.
Hace un par de semanas, Jimena cumplió 3 meses de edad y enfrentó la primera polémica de su vida: todo niño que supera los tres primeros meses de vida debe ser sometido a un proceso de inmunizaciones compuesto por un protocolo de vacunas que lo pone a salvo de enfermedades que pueden resultar fatales.  Aun cuando existe el temor de que,  inocular un bebe con bacterias y virus a tan corta edad, resulte más perjudicial que beneficioso; Isis, profesional de la salud y Diego, ingeniero civil, no apuestan al riesgo; sencillamente creen totalmente en el poder preventivo de unos pinchazos con los que seguramente llorarán ellos junto a su hija.  El asunto es que, salvo la vacuna contra la poliomielitis, en Venezuela no es posible conseguir otras vacunas, ni  en los sistemas de salud pública ni en las clínicas privadas. Peor aún, existen documentadas denuncias acerca de campañas de vacunación a precios exorbitantes con productos cuya procedencia es, por decir lo menos, dudosa. La Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría ha explicado que “en algunos años, nos daremos cuenta de que esas vacunas aplicadas de forma inescrupulosa a precios elevadísimos, pueden ser culpables de un grave problema de salud pública”
Preocupados, los dos muchachos, urgidos por poner su niña a salvo de cualquier problema, intentaron conseguir las vacunas a cualquier costo;  entonces,  comprendieron con disgusto que aun teniendo la posibilidad de pagarlas, conseguir las vacunas para su hija en alguna ciudad de Venezuela, no era posible. Fue ahí cuando les hablaron de Cúcuta.
La primera ciudad importante que se encuentra al cruzar la línea divisoria que separa Venezuela de Colombia se ha convertido para las ciudades andinas, cercanas a la frontera, en una  suerte de patio trasero en el que resolver los apremiantes problemas de abastecimiento de todo tipo con que se enfrentan a diario; a menos de 4 horas de distancia  por carretera, ir de compras a Cúcuta para conseguir, desde medicinas hasta alimentos básicos y artículos de higiene personal es el único “canal humanitario” abierto para los venezolanos, aun cuando el gobierno de Nicolás Maduro no solo lo niega, sino que lo prohíbe expresamente, haciendo que los habitantes de esa zona del país consideren  la ley, que los aleja de la solución de sus problemas,  letra muerta y enterrada. Si bien al tipo de cambio de moneda los precios encarecen sustancialmente,  por lo menos existe la seguridad de que gracias a la subrepticia apertura comercial de la frontera, “del otro lado” todo es posible. Incluso vacunar tus hijos.
-          Yo había hecho todas las averiguaciones, sabía que no era complicado en absoluto y que en cualquier ambulatorio de Cúcuta, El Puerto de Santander o La Parada era posible vacunar a la niña. Me habían dicho además que era gratis, un dato que no es importante, porque nosotros estábamos dispuestos a pagar;  pero igual, llevábamos cierta aprehensión porque no sabíamos si ocurriría algún cambio y perdíamos el viaje -  dice Isis mientras recuerda,  luchando contra sus emociones,  el día que le tocó recorrer un poco mas de 300 kilómetros para poder vacunar a su hija.
No es secreto, el tema de las vacunas ha llegado a oídos de todos los padres que van de pediatra en pediatra buscando una solución. No se trata solo de que las vacunas no existen, es que se puede tener la mala suerte de caer en manos de algún delincuente inescrupuloso que fastidie la vida de tu hijo y acabe con tus menguados ahorros.  Isis y Diego, prevenidos, planificaron hacer el viaje, darle los pinchazos a la niña y regresarse tan pronto como fuera posible.
“Los niños venezolanos solo serán atendidos Lunes, Miércoles y Viernes en el ambulatorio de La Parada” reza el gigantesco cartel con el que se encontraron a su llegada a La Villa Del Rosario, el primero de los pueblos colombianos del camino. Una más de las estaciones de un vía crucis que obliga, por esta nueva disposición, trasladarse a La Parada, el pueblo también colombiano que empieza donde termina el puente Simón Bolívar, considerado la capital del “bachaqueo” colombo –venezolano.  Es cierto que los padres venezolanos podrían ir a una clínica privada colombiana si quisieran;  pero, para ello requerirían una visa colombiana que depende del capricho del guarda fronterizo,  una cita previa, no tan fácil de conseguir en corto tiempo y estar  dispuestos a desembolsar varios sobornos en efectivo y por lo menos, el importe multiplicado por cuatro del ya elevado costo de una cita médica privada en Venezuela.
Siguiendo las instrucciones del cartel pusieron rumbo a La Parada, con deseos de desayunar y resolver lo antes posible su diligencia; a las 7:30 de la mañana lo que encontraron allí los llenó de estupor: una cantidad aproximada de 200 niños y sus familiares, tenían convertido el ambulatorio en un pandemónium. Isis, acostumbrada a llevar un consultorio impecable en cuya sala de espera solo caben las sillas justas para las personas que han confirmado consulta, se sintió superada por el desorden de sus paisanos. Entonces, le asaltó el temor de haber perdido el viaje: las enfermeras, incapaces de controlar lo que ocurría,  amenazaron cuatro veces en 20 minutos con “cerrar el ambulatorio y dejar de atender niños venezolanos” y enérgicamente anunciaron que “nosotras ganamos muy bien, no necesitamos que nos ofrezcan plata para que los adelantemos en sus turnos, aquí eso no vale nada”
Fue Diego, acostumbrado a lidiar con equipos de fútbol y vestidores de gimnasios, el que puso orden.  Bastó un fuerte y enérgico silbido y un rasgo imborrable de su buen talante: - me pareció absurdo, pero tuve que sacar todas mis fuerzas para convencer a los venezolanos allí apelotonados que tenían que tener un poco de orden -  Lo aceptaron, cuenta el joven padre de Jimena, no sin protestas y en pocos minutos, fue él quien se ocupó de asumir la tarea de controlar el proceso de vacunación de más de 200 niños venezolanos en un ambulatorio colombiano.
-          Era como si los venezolanos no entendieran que la vacunación no es responsabilidad del gobierno colombiano, sino del nuestro y es el nuestro el que no cumple –
Su desempeño fue tan hábil, que termino siendo el que controlaba incluso el uso de los baños, organizando hasta la forma y el sitio en que debían desechar  los pañales usados.
-          La espera fue larga, eso me dio tiempo para muchas cosas, pero sobre todo para conversar con una señora colombiana que vive al frente del ambulatorio. Me avergoncé,  ella llegó a decirme que habían enviado una carta a la dirección del ambulatorio pidiendo que suspendieran el servicio a los venezolanos debido a su extremo desorden, la señora me dijo que  los pañales sucios se quedaban por todas partes  y que los venezolanos producían una cantidad de basura increíble; sentí una vergüenza horrible al escucharlo, no pude evitar pensar en lo rayados que estamos en todas partes – relata sonrojada la madre de Jimena –
A mediodía, un sacerdote vecino que suele repartir alimentos a los necesitados, repartió sopas entre los venezolanos que esperaban su turno para la vacuna  de sus hijos. Eso los sorprendió a ambos enormemente; pero, allí tuvieron que tomar cartas en el asunto nuevamente y apoyar al sacerdote en la repartición del almuerzo.
Jimena fue vacunada entre las últimas, a las 4 de la tarde y por suerte no tuvo reacción adversa alguna.  Poco después, extenuados por el duro día de trabajo inesperado, emprendieron camino de regreso a casa.  Isis, con los nervios destrozados por el cansancio hizo acopio de fuerzas para distraer a su marido al volante y asegurarse un viaje de regreso que fuera por lo menos, entretenido. Las imágenes del fuerte día empezaron a convertirse en palabras y ambos, que han convertido sus dos años de convivencia en excusa para estar bien y ser felices por encima de cualquier circunstancia, decidieron no interrumpir el trayecto sino para el café indispensable.
A las 9:30 de la noche llegaron a El Vigía, el punto desde el cual cualquiera que venga por ese camino empieza a sentir que llego a Mérida y se encontraron con el tráfico detenido. Averiguar las causas desató el llanto incontrolable que Isis traía apelotonado en la garganta: un árbol había caído en la carretera, partiendo en dos el vehículo en que viajaban, de regreso de Cúcuta, una joven pareja con su hijita de cuatro años de edad. Ambos padres estaban muertos dentro del auto y la niña gritaba desconsolada el alcance de la mala hora.
-          Pudo ser cualquiera de nosotros; esa pareja, seguramente, había ido a Cúcuta a resolver algún asunto parecido al nuestro. Pudo ser cualquiera de nosotros - es lo último que se le ocurre decir a esta jovencísima madre venezolana, mientras se seca las lágrimas que vuelven a brotar irremediables ante el recuerdo de un accidente y de una vida que ya no se parece en nada a lo que ella suele escarbar de su memoria.
A su lado, con un lazo hermoso tejido por su abuela, Jimena sonríe distraída por el descubrimiento de un sonajero. Ajena, como corresponde. Su madre sabe que apenas empieza el camino y siente que su patria es ella. Que por ella, agarrará su palito de escoba, como El Chavo, y se pondrán a salvo, un día de estos.

domingo, 30 de octubre de 2016

Nosotros y los papeles

El cartel en la puerta de la Prefectura dejaba claramente establecida la norma inviolable: “solo se tramitaran partidas de nacimiento a aquellas personas que pocean (sic) la información de donde la sacaron y en que libro la anotaron” (sic)” aun así, entré a preguntarle a la oficinista,  sentada en una mesa semejante a un puesto de información, si sería posible obtener una partida de nacimiento -  vigente - Obviaré detalles de su aspecto físico, para no ser tildado de desadaptado y no describiré aquí, el realismo mágico de su manicura, para que no me tilden de creativo; pero, créanme, tuve que hacer un esfuerzo para entender que eso eran uñas. Por supuesto, la joven llenó de trabas mi acercamiento,  terminó los dos minutos de tiempo dedicados a atenderme dándome un sano consejo: “pregúntele a su mama donde lo escribió”(sic) (quise contestarle que gustoso le preguntaría eso y diez mil cosas más, si ella me conseguía una forma de hablar con el más allá que no fuera la fallida ouija; pero, me contuve) y me despachó sin miramientos y sin partida de nacimiento -  vigente -
Regresé a casa. En el almuerzo narré divertido la visita a la prefectura; mi hermana, siempre en plan salvador, dijo creer tener una partida vieja guardada en sus archivos. Revisó y la encontró; decía claramente mis datos, los mismos que yo no había vuelto a leer desde que sentí urgencia de hacerme una carta astral: Nacido en Mérida  a las 7:50 de la noche de un 06 de abril de 1961,  Aries, ascendente Escorpión. Nunca más la miré, como no fuera para constatar que era la mía, en uno de esos absurdos momentos en que las leyes venezolanas exigen que uno muestre la partida de nacimiento – vigente - para ciertos trámites, aunque uno tenga cédula de identidad y otros documentos que comprueben que uno, simple mortal, nació en esta ribera. Gracias a esa manía de guardar papeles que tiene mi familia, pude regresar a la oficina de la chica con el realismo mágico en sus uñas y pedir una copia de mi partida de nacimiento - vigente - para acceder de ese  modo a un pasaporte nuevo, que llegó a la oficina de Extranjería (nunca he sabido porque se llama extranjería a una oficina a la que vamos los nativos a obtener un pasaporte, pero así somos) justo en el momento en que tenía que llegar para que  yo pudiera conocer Estambul.
Durante el tiempo en que aguardaba mi pasaporte, murió mi hermano. Estaba enfermo y ese final se esperaba; pero, como suele suceder cuando finalmente llega, nos agarró desprevenidos. Jorge murió en el hospital una madrugada de día feriado. Nosotros nos enteramos, gracias a ciertos amigos médicos ocupados de vigilar su salud, un par de horas después y nos tocó ocuparnos de los trámites. Nuevamente voy a obviar detalles, son demasiado escabrosos; pero, había que poner en marcha un acto exequial, para el que era indispensable un documento que certificara su muerte. Acta de defunción, que llaman. Diligentemente, empleados de la funeraria se mostraron dispuestos a ayudarnos y así lo hicieron; aunque esa diligencia tropezó con el sencillo hecho de que era día feriado. Después de muchas gestiones y para hacer corto un cuento sumamente largo, terminé firmando la hoja en blanco de un gran cuaderno de actas para que la prefecta me entregara un documento provisional que me permitiera sepultar a mi hermano. No obstante, para ello (aunque yo estaba firmando, en una casa desconocida que no era la oficina de la prefectura,  un documento inexistente) hube de presentar la partida de nacimiento - vigente - de mi hermano muerto. La prefecta me lo explicó clarito:
-          Yo necesito saber que estuvo vivo, para poder decir que está muerto y para eso, la partida de nacimiento – vigente -  es lo que se usa, cualquiera inventa una cédula.
(Cualquiera inventa una morgue y un hermano muerto y un corazón destrozado y unos ojos hinchados por el dolor, me provocó decirle; pero, me contuve) por suerte, entre los documentos que llevaba conmigo, había una partida de nacimiento de mi hermano, vieja y no vigente, aunque ese pequeño detalle lo resolvieron algunos billetes de cien, de cuando los billetes de cien valían algo.
Recién llegado de un exilio de más de una década, el tema de la partida de nacimiento se me convirtió en una obsesión. Estos dos eventos (hay un tercero con un número de RIF y un tema sucesoral, pero es demasiado) me pusieron en guardia, enloqueciéndome. Por vez primera, un funcionario gubernamental me explicó – dos veces - que las partidas de nacimiento venezolanas tienen VIGENCIA. Es decir, en este país, una partida de nacimiento vence. Usted nace, es inscrito en el registro civil y a los seis meses de ese trámite, es posible que la prueba “de que usted está vivo” no sea válida.
Excepto, por supuesto, que usted pretenda ser Presidente de la Republica y tenga, como yo tuve en su momento, suficientes billetes de cien para que un tribunal ocioso decida que esa partida de nacimiento - que nos revienta las pelotas a los venezolanos (la necesitamos hasta para comprarle pañales a nuestros hijos) es un papel absolutamente prescindible. Es un aviso que debería alegrarnos, quizás represente cierta modernización de nuestra cotidianidad, ha quedado claro: el máximo tribunal de la republica, desde el pasado 28 de Octubre, ha dejado sin efecto un trámite más en nuestra vida: para ser venezolano no hace falta tener partida de nacimiento, vigente o no. Lo siento mucho, señora prefecta de la parroquia Domingo Peña.
Yo no sé ustedes; pero, viéndolo bien, para el resto de nosotros esa también es una buena noticia.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La Toma, en primera persona...


Quienes más me conocen saben que el mejor regalo que puedo recibir una mañana cualquiera, es un ratico más en la cama. No me gusta levantarme temprano; aunque el peso de los años me impide dormir hasta más allá de las seis de la mañana, ese pedacito de tiempo en que el ronroneo de sabanas y cobijas me arrulla, solo lo sacrifico a dos cosas: la inminencia de un aeropuerto o la de un gran momento. La segunda se correspondía con ayer, 1 de setiembre. Vine a Caracas a estar en la marcha, sabiendo desde el principio que esta vez, en lugar de escuchar la historia, iba a vivirla. Solo esa convicción me sacó de la cama antes del primer timbre del despertador, con el tiempo justo para "acicalarme con calma" como dice, en tono de burla, mi amiga Albor.
Amaneció temprano, una de esas mañanas frescas caraqueñas que seguramente son la causa del remoquete de  "ciudad de la eterna primavera" con que se le llama. Amaneció, además, bonito; amaneció luminoso, probablemente por eso, a las 6 y media de la mañana calzaba mis zapatos "de marcha" y salía de casa a conseguirme con mi "escuadra de seguridad" (causa asombro los nombres con que la logística bautiza a los amigos) Tenia que atravesar Caracas y no tenía idea de cómo hacerlo, acostumbrado a utilizar un servicio de transporte público (Metro) que no estaba disponible. Después de un buen rato de espera logré un autobús en el que conseguí la primera sorpresa, bajando de Baruta y sus barrios aledaños, por lo menos 50 de las 70 personas que Iban a bordo, llevaban camiseta blanca, gorra (muchas tricolor) y botella de agua en la mano. Uniforme indiscutible de marcha.
Después de un buen desayuno en casa de mis amigos, a donde llegue cruzando una ciudad alborozada inusualmente para esa hora, caminamos las tres cuadras que nos separaban de nuestro punto de concentración, el edificio Parque Cristal de Los Palos Grandes. Eran las 9 y 30 de la mañana; la cantidad de gente no cabía en los ojos. Hacia Chacaíto y hacia El Marques, los dos extremos de la Avenida Francisco de Miranda, las personas se amontonaban, en la mejor actitud.  Se amontonaban, también,  las voces, las pancartas y el hartazgo.  Se amontonaba también la indignación, la multiplicidad, lo que somos y nos hace grandes. Se amontonaba la inmensa diversidad que llamamos gentilicio.
Entonces tuve una epifanía, tímida y quizás poco importante, más allá de cualquier resultado, estaba por comenzar el más importante, serio, grave y mayor acto de repudio que la dictadura revolucionaria bolivariana ha tenido que enfrentar desde que existe; eso logró que me diera por bien servido.
No voy a describir la marcha, básicamente porque no es buen ejercicio de objetividad describir emociones; también porque, literalmente, una imagen vale mas que mil palabras, e imágenes han habido millones; pero, además, porque ese acto espontaneo de civismo ciudadano solo pude entenderlo una vez que regresé a casa y tal vez continúe dejando secuelas de comprensión. Mientras caminaba, saludando viejos conocidos, abrazando amigos, buscando agua y chucherías con que mantener el buen ánimo y escudriñando lo que sucedía en esas cuadras bordeadas por la extraña mezcla de estilos arquitectónicos que es Caracas, empecé a darme cuenta que escuchar conversaciones es una de las cosas que mejor sirve a quien siempre va a querer contar el cuento; eso fue lo que hice. Y eso, lo que me dio la seguridad de apreciar lo que estaba viviendo.
-          - No vale, ya ellos tuvieron su oportunidad de hacer las cosas bien hechas - dijo a mi lado una señora de unos 70 años, mientras grababa en video lo que iba pasando a su lado - lo que tienen que hacer ahora es irse…-
-          - ¿Tú crees que habrá revocatorio? respondió una de sus compañeras
-         -  Tiene que haberlo, porque si no, los vamos a sacar de cualquier modo
Ese simple intercambio de frases que sonaban a lugar común, validó mi epifanía. Esa gran concentración, esa gran marcha que a esa hora, pasado el mediodía, copaba por cientos de miles las avenidas emblemáticas de Caracas y de toda Venezuela (fotografías de todos los rincones del país lo demuestran) había superado la exigencia de un proceso formal de revocatorio,  para convertirse en un acto revocatorio en sí misma, que ante la ineficiencia de un poder electoral entrampado en la complacencia infame, necesitaba expresar su repudio a la dictadura, sin darle otra oportunidad.  Ya, a esa hora, ni siquiera un milagro en forma de abastecimiento, una nueva dádiva, un cambio efectivo de rumbo hubiese salvado al régimen. Millones de venezolanos en todo el país, estaban pidiendo, no por acción de un liderazgo - cuya función admirable fue convocar la fuerza preservando la vida – el fin de una era llena de dolor y penurias, el restablecimiento de una ciudadanía perdida. No hacía falta nada más. Aunque no hubiese habido discursos, (que los hubo y fueron buenos) ni momentos de reflexión (que también estuvieron, acompañados de un Gloria al Bravo Pueblo que sonó a canción bonita) esa concentración mayoritaria de venezolanos procedentes de todos los estados del país, logró con creces el propósito que estuvo claro desde el día mismo en que fue convocada: ponernos en evidencia como fuerza mayoritaria. Contarnos, aunque sea solo por encima, como gente dispuesta a echarle un pulso a quienes pretenden ignorarnos. Eso logro se evidenció desde el minuto cero, lo demás, me perdonan el inciso personal, salió sobrando.
Salimos de la Francisco de Miranda cerca de la una y media de la tarde, adoloridos los pies, rebosante de alegría el corazón y nos fuimos a almorzar; entonces empezamos a escudriñar las redes y enfrentar, con estupor,  nuestra infinita capacidad de auto sabotaje: una tendencia creciente de “opositores” maldecían los líderes que los habían convocado a desafiar todo tipo de obstáculos para estar en Caracas el 1 de septiembre. Maldecían la agenda de acciones - claramente explicada - que empezaba a plantearse en ese momento. Maldecía su presencia en el acto más importante contra la dictadura que se ha realizado en Venezuela. Tanta maldición encontró eco en una mitad aproximada de personas que ofrecían la contraparte. Polarizados, perdíamos la oportunidad de celebrar un éxito que nos pertenece a todos y que tuvo un final esplendido en el inmenso cacerolazo que resonó, tal como se había pedido, bajo el aguacero enorme de las 8 de la noche.
Fue allí cuando comprendí que no basta con tener la certeza de estar cerca del fin y sentirse satisfecho de un gentilicio dispuesto a hacer historia (la marcha fue considerada por observadores internacionales la segunda más grande del mundo) que poner deber cumplido donde casi siempre se ponen muertos, no es suficiente. Luché contra el sabor amargo en la boca de mis sobrinos, atropellados en su esperanza por la impaciente juventud, “pues aquí no se logró nada” (espero con fe que hayan comprendido su error pues son mis interlocutores favoritos) y me enfrenté a voces agoreras, irrespetuosas de un discurso de libertad democrática en el que creo firmemente.
Fue así como comprendí, que lo mejor que podemos hacer es empezar a enseñar que ser parte de la solución significa no agrandar el problema, aunque por ahora, y bajo la sombra de un régimen de oprobios, tal simple asentimiento no parece tener cabida en la mente de muchos venezolanos. Me fui a dormir tranquilo, no obstante, porque no estoy dispuesto a permitir que me dañen la alegría de saberme conectado con la íntima certeza de un final cantado por millones de pasos.
Se muy bien que amanecerá y veremos…

miércoles, 25 de mayo de 2016

Dos horas de un día...


Salgo de la panadería mal humorado: Un litro de jugo, un paquete pequeño de pan integral, un refresco y una palmera suman la escandalosa cifra de 2.400 bolívares. Los pago pensando que tendré que empezar a suprimir algunos placeres (la palmera tostadita de Panadería Mallorca, por ejemplo) y pongo la bolsita en el asiento "del copiloto". Allí también he puesto, hace un ratico, una bolsa de lona que contiene toallas y sabanas, limpias gracias a esa especie de cooperativa de servicios con la que mis hermanos y yo enfrentamos la crisis. Voy a mi casa; en el camino hago la ya tradicional exploración de farmacias, buscando algunas medicinas: un antihipertensivo para mi hermano, un oxigenante cerebral para mi tía, otro para la madre de un amigo indispensable, la crema que mantiene a raya mi eczema y analgésicos que no contengan cierta sustancia a la que soy alérgico. Una, dos, tres, cuatro farmacias (de las que sé que son buenas) y poco éxito. El eczema seguirá respondiendo a la sábila y mi hermano, mejor será que cuide su dieta. No hay Diovan. Mi tía y la madre de mi amigo corren con mejor suerte. Un nuevo tarjetazo, un nuevo suspiro contenido, una bolsita más que toma sitio junto a mí en el auto. El reproductor hace mucho que se dañó y repararlo cuesta varios sueldos, no hay música en mi auto, no escucho imposiciones de DJ de radio. Liszt tendrá que esperar. Cerca de mi casa, un motorizado en sus prisas golpea el espejo lateral de mi viejo Tempra y reacciono con susto; no, no quiere robarme, solo desea comerse la calle. Como todos. El semáforo cambia a rojo, me detengo; tras de mí un desagradable rugir de mil cornetas me anuncian que varios choferes ansiosos están en ese momento - de bombillo rojo -  recordando sin cariño a la santa mujer que fue mi madre. A mi lado, una mujer desconocida baja el vidrio para anunciarme, a gritos, que siete médicos han decidido declararse en huelga de hambre "ahora si nos fregamos, profe" (ya me acostumbré, así me llaman) Por un segundo pienso en la inutilidad de una huelga de hambre ante la jauría que nos lleva al precipicio. El semáforo cambia a verde y el segundo más corto de la venezolanidad se materializa: el tiempo, imposible de contar, en que retomo la marcha es asediado por gritos y nuevas cornetas. Decenas (¿o son cientos?) de motorizados inundan de monóxido el escape. Una buseta se detiene, en medio de la vía, para que baje contoneándose la Yudeixys de turno. Yolkar y Robinson intercambian cascos, un extraño paquetico y carcajadas. El sol hiere mi calva dentro del auto sin aire acondicionado. El teléfono repica una y otra vez, lo dejo hacer aunque sé que quizás estoy perdiendo una venta; sería suicida atenderlo. En un momento de atrevimiento "me como" un cruce para abreviar el camino a casa y descubro que se ha ido la luz en la cuadra. El embotellamiento dantesco en la encrucijada de cuatro esquinas que debo sortear para llegar a destino, me obliga a una vuelta que implica un par de kilómetros adicionales. Media hora más tarde llego a la puerta de mi apartamento. Son casi las tres de la tarde. Bajo solo por un minutico para desahogar urgencias y continuar el camino, mis actores me esperan hace algunos minutos para montar una nueva escena. Regreso al auto, emprendo camino al ensayo. Algo extraño atrapa mi ojo, al principio no logro descubrir de que se trata; pero, parece una ausencia. Vuelvo a detenerme en un semáforo y aprovecho para mirar nuevamente: Me han robado. Han abierto mi auto y se han llevado mis logros de la mañana, la bolsa de la panadería, las medicinas, el bolso de la lavandería (Carajo...con lo caras que están las sabanas) una libreta de notas dejada en el asiento al descuido. Todo ha desaparecido, en la puerta de mi casa, durante el breve instante de alivio de esfínteres en que subí al apartamento ¿dejé el auto sin seguro? Es probable. Las puertas cierran de forma automática, yo tuve que utilizar la llave para entrar de nuevo. ¿Fue un acto reflejo? No sé. Incrédulo, de todos modos, me siento horriblemente culpable de haber dado "papaya". Me han robado. Por mi santísima culpa.
Dos minutos después, apago el motor en el estacionamiento del colegio cuyo salón me han prestado para mis ensayos. Bajo con calma. Estoy súbitamente cansado. Súbitamente golpeado por una gran tortícolis, instalada como escudo de lucha desde que un día dejé de entender mí alrededor.
En el salón, uno de mis actores está explicándole a otro sus planes de viaje. Se va tan pronto cumpla un par de compromisos, le ofrecieron "algo" en Santo Domingo, República Dominicana. Lo escucho con atención, no tiene 30 años. Se va en unos meses este tipo talentoso y avispado.
Me siento, unos minutos más tarde estoy listo para empezar a ensayar. Hace mucho calor, muchísimo calor. Mi actor, el emigrante, repasa su escena una y otra y otra y otra vez. Finalmente la hace con perfecta emoción.
En mi silla, solo soy un llanto incontenible.
Es bueno saber que mis actores saben que yo se que ellos saben.

sábado, 26 de marzo de 2016

Por la acera del frente, solo...

Frank vive en un edificio clase media – media. Lleva más de 30 años residenciado allí, todos sus vecinos lo conocen, saben de él, han visto crecer sus hijos y alguna vez han obtenido de él algún favor para resolver emergencias. Frank es un buen vecino. Se supone que el resto de las 21 familias que habitan el edificio también lo son; para ser un edificio merideño, Frank cuenta con la dicha de no tener en el vecindario apartamentos convertidos en “residencia estudiantil”, cosa que no es que sea mala, sino que ocasiona algún problemita, según puede atestiguar la ciudad entera. El edificio de Frank está habitado por familias, o lo que así puede llamarse en estos tiempos de diversidades y amplitud de conceptos.
Hace un par de días, Frank dedicó el día entero a recorrer pueblos merideños con el fin de abastecerse. En alguno consiguió azúcar, en otro consiguió arroz y poco a poco, fue llenando la despensa familiar gracias al vía crucis que todos conocemos y todos realizamos para mantener nuestras familias tan alimentadas como “la crisis” lo permite. Frank regresó a su edificio aproximadamente a las 5 de la tarde, estacionó su vieja camioneta en un lugar cercano a la zona de entrada del ascensor y comenzó a bajar las tres cajas de víveres que había podido conseguir. Hizo el desembarco en la puerta del ascensor sin recordar que, últimamente, el aparato ha estado medio embromado, actuando por la libre la mayoría de las veces. Frank, en un olvido propio de la confianza de estar en casa, metió dentro del ascensor sus compras y se alejó un segundo para cerrar la puerta del garaje. El ascensor  arrancó. Frank no pudo hacer nada  por detenerlo.  Pasaron unos minutos que a él se le antojaron muy largos, tras los cuales, el ascensor regresó a planta baja, vacio. Detenido en algún piso imposible de descubrir pues, entre otros, el problemita del ascensor incluye haber dañado el marcador de pisos, el mercado que tanto esfuerzo y dinero habían significado para Frank, se evaporó en un vecindario que ha sido peinado hasta donde la decencia lo permite. Los vecinos “ho-rro-ri-za-dos” han comentado lo sucedido al buen señor, pero nadie ha permitido que este le eche un vistazo a la nevera o a la despensa de nadie. La compra extraviada en el ascensor, se perdió para siempre en el ascensor. Fin del asunto,
Lina, una profesora universitaria de economía tan menguada como la de cualquier profesor universitario, se dedica entre otras tareas penosas, a cuidar de su madre aquejada de una grave enfermedad mental propia de la edad. Para palear los síntomas, la madre de Lina consume una buena cantidad de medicamentos, cuya presencia en las farmacias locales sería motivo de risa, si no fuera tan grave. Cada cierto tiempo, Lina y su único hermano se ven en verdaderos aprietos para agenciarse las dosis necesarias, lo han logrado hasta ahora, pero cada día se hace mas cuesta arriba y más complicado. Hace una semana llegó el momento – aciago – de realizar inventario y dictaminar que es hora de abastecerse nuevamente. Cuentas sacadas, Lina obtuvo un préstamo de su caja de ahorros (medida in extremis a la que solo ha acudido  una vez al principio de la enfermedad de la madre) y juntó  dineritos guardados con la alcancía del hermano, para comprar los medicamentos necesarios para cuatro meses de tranquilidad. Empezaron las averiguaciones, pues nunca habían tenido que hacerlo de manera tan especial y decidieron acudir a los servicios de una mujer, venezolana, sufrida victima de la crisis, que decidió poner los pies en polvorosa y se dedica, según sus propios anuncios a “ayudar a sus paisanos venezolanos” desde su exilio panameño. Lina la consiguió en una red social, hizo algunas llamadas para verificar su existencia, gustándole lo que encontró, hasta que finalmente la llamó personalmente. Cari, (así se hace llamar la paisana) resulto encantadora, comprensiva, buenísima gente. No hizo otra cosa que ponderar la obligación que “tenemos los que vivimos afuera de ayudar a los que padecen esta horrible dictadura”  Lina le contó de sus problemas con las medicinas de su madre, Cari le aseguró que ese mandado estaba hecho, pues ella contaba con una “red humanitaria” especialmente diseñada para Venezuela y le pidió una lista detallada de medicinas. Lina se la envió de inmediato. Cari respondió dos días después con las buenas nuevas “tengo todo en mis manos, cuatro meses y medio de medicamentos para tu mamíta, mi amor” Lina agradecida, preguntó el precio, Cari se lo dio. A Lina le dio un soponcio. Era bastante más de lo que ella pensaba que sería. Le pidió un par de horas para replantearse la compra, Cari respondió que sí, pero lo hizo de muy mal humor (No vayas a salirme con que no las vas a comprar porque yo ya las compré y te las tengo aquí listas para mandártelas) y en fin, la cosa se empasteló un poquito. Vencida por la necesidad, Lina pagó lo que Cari le dijo muchas veces en sucesivas llamadas perfectamente pensadas para presionar la realización del pago y cinco días más tarde recibió los medicamentos. Vencidos. Con más de un año de vencimiento. TODOS. Marcados como medicamentos regalados por una organización de caridad debido a su condición de poco aptos (la fecha de vencimiento de un medicamento es tema de muchas teorías encontradas, pero de que asusta, asusta) Entonces Lina decidió averiguar un poco más: el precio que ella había pagado por esos medicamentos “poco aptos” era -  en más del 600% - superior al precio de venta del mismo medicamento en una farmacia Internacional que se anuncia por Internet y en otra y en otra. Hace más de una semana, Lina trata infructuosamente de hablar con Cari. El número de la venezolana benefactora de sus pobres paisanos en problemas, ha sido misteriosamente desconectado. Fin del asunto.
Federico tiene 56 años. Por la razón que sea, a esa edad, no ha podido obtener vivienda propia. En realidad, su suerte no ha sido tan buena. Digamos que es muy difícil que un venezolano de bien obtenga lo que hace falta para comprarse una casa, dedicándose como él ha hecho a escribir, pintar y dar clases de literatura en un liceo secundario. Todo con mucho éxito, pero más nada. Hace como un año Federico recibió una herencia (algo que quienes lo han vivido lo celebran tanto como una lotería) que comprendía un pedazo de terreno en una zona muy bonita de Mérida  y algún dinero, suficiente como para construir, sin pretensiones, una modesta casita. Federico se puso a ello. Sabía perfectamente lo que quería hacer y por lo tanto empezó a permitirse el sueño, hasta que descubrió que, para poder hacerlo realidad, necesitaba el auxilio de un arquitecto que, entre otras cosas, pusiera en orden la burocracia con la que debe enfrentar la burocracia. Lo pensó mucho, después de cierto trabajo de “casting” Federico se decidió por un amigo de infancia. No digamos - como los “chamos” de hoy – su mejor amigo, ni mucho menos. Un arquitecto a quien él conoce “desde que estaban chiquitos” y a quien ve con frecuencia en las reuniones de los compañeros de colegio o en las casuales rumbas de la gente de toda la vida. Federico se reunió con él, él le puso por delante unos honorarios muy decentes, (solidarios, de pana, dirían algunos) con los que Federico estuvo muy de acuerdo. La reunión terminó con un cheque extendido a  nombre del arquitecto por aquello de que “entre usted y yo hay confianza”. Unos días después, el arquitecto le entregó a Federico unas hojas, a mano alzada, con bocetos informales de lo que él consideraba una propuesta. Ninguna de esa hojas pintaba ni remotamente lo que Federico había dicho y redicho mil veces en la reunión previa; pero, además, no servían para empezar a tramitar permisos, ni para echar a andar la construcción. Federico le hizo un reclamo de amigos. El arquitecto nunca más respondió sus llamadas, nunca más hizo el menor esfuerzo por cumplir con el trabajo encargado, ni el menor intento de dar una explicación coherente sobre lo que piensa hacer para retribuir el dinero recibido, del cual Federico se olvidó completamente, por cierto. Fin del asunto.
Hace pocos días, el grupo de amigos de ambos, que suele reunirse para celebraciones casuales, decidió no invitar a Federico a una de esas fiestitas, para evitarle tener que encontrarse con el arquitecto, al que, por supuesto, invitaron y celebraron ¿sin recordar? la estafa que había cometido.
Cuanta razón tenía un gran amigo mío, intelectual de verdad, quien solía decir que en este "país" la única forma de vivir, era caminando por la acera del frente...solo

sábado, 23 de mayo de 2015

¿Susceptibilidades?...las justas.

Hace pocos días, muy para mi desconsuelo,  una conocida mía que vive fuera de Venezuela hace muchos años, vino de vacaciones. Yo ni siquiera lo sabia; pero tuve la mala suerte de conseguirla en una oficina bancaria. Me sorprendió mucho verla pues la se exitosa en algún país europeo. Me acerqué a saludarla y con genuina ingenuidad le pregunté, ¿Qué haces tú aquí? Nada más. Eso bastó para que ella montara un escándalo (desmedido, para mi gusto) en el que dejo salir toda la frustración que le produce ser la venezolana condenada por todo el mundo debido a su condición de exiliada. Ninguna otra justificación puedo darle a ese desafortunado desencuentro. Yo no soy de los que critica el exilio, al contrario lo aúpo; pero, ni  por una razón ni por otra, merecía semejante mal rato. Creo yo.
Días mas tarde,  una mujer desconocida, pero de muy buen ver, decidió pegarme la insultada de mi vida porque, sencillamente, no la vi en el estacionamiento de un centro comercial y le obstaculicé por un par de minutos su torpe maniobra de salida. Me puso verde, literalmente; mientras lo hacía, yo no podía parar de mirar su buena pinta, la cartera de firma y las pulseras “tendencia” que retintineaban con cada insulto. Si ella estaba fuera de sí, (sabe Dios porque, lo que yo hice no era para tanto) yo estaba impactado, la guapa del día se había transfigurado en un monstruo tan odioso que daba pesar.
Mudándome, cosa en la que ando por estos días, he tenido que sortear  todo tipo de antipáticas negociaciones para que mi viejo Tempra pase la noche en el mejor estado posible,  pues uno de mis nuevos vecinos encuentra difícil ceder la comodidad con la que él estaciona su motocicleta y se ha ocupado de hacérmelo saber, ofendido por mis intenciones aviesas de compartir con él un espacio que, de todos modos, sirve para cuatro camionetas. He conseguido que lo entienda es cierto, pero, mucha hostilidad me tuve que comer en el intento. 
Podría seguir contando anécdotas, (en los últimos días me han llamado racista, me han gritado durísimo, me han recordado mi mamá e, incontables veces, he sido el viejo XXXX – póngale el insulto que mejor le cuadre – y no soy el único)   Es como si el siglo XXI,  hubiese venido envuelto en  intocable susceptibilidad  o,  que  esta complicación inmensurable que conocemos como país se viviera merced a un gran dolor buscando salida. Razones sobran, indudablemente; aquí, con el perdón de Santa Teresa, todo nos turba, todo nos espanta. No tenemos ninguna razón para entender la guerra del día a día, ni cosa alguna que permita un respiro, ninguna buena noticia en ciernes; entonces, hemos  decidido vivir de espaldas a la naturalidad, esa cualidad estupenda de la Venezuela de antes en la que cierta flexibilidad Caribe  nos permitía resolver con sonrisas y buenas formas, el lado oscuro del otro. No deja de ser una pena, (especialmente para mí que pierde en este arranque de susceptibilidades mucho de su escasa estabilidad) y  lo  más grave es que está alcanzando unos niveles bastante difíciles de relacionar con lo que uno siempre conoció y apreció como propio.
En estos días pasados, una adorable perrita murió en circunstancias muy tristes. Palabras más palabras menos, fue víctima de mala praxis (o de abuso, no lo sé bien) ; lo cierto es que #Cotufa entró a una clínica veterinaria para recibir atención básica o algo por el estilo y salió de allí muerta; alguien lo supo, apeló a una red social (donde si no) y en poco, la triste noticia era viral en las redes sociales y el Hashtag daba vueltas por el mundo. Está muy bien, muy bien, ese tipo de denuncias son indispensables; es posible que al hacerlo se haya librado otra mascota de una suerte similar; pero, en nuestras circunstancias actuales, ¿ese escándalo era necesario? El mismo día, o un par de días después, al llegar a su casa después de un largo y habitual día de trabajo duro, un joven médico oncólogo pediatra fue asesinado a puñaladas, dejando sin seguimiento médico un grupo de 138 niños enfermos de cáncer, una familia devastada, y un hospital - ya bastante calamitoso - en estado de luto estricto. Pues bien, Jesús Reyes, nunca fue trending topic. Tampoco pasó desapercibido, es cierto, pero su muerte (tan trágica e innecesaria como todas las que día a día nos conmocionan pero muchísimo más triste por lo que implica) no logro el rating de #Cotufa. Tan simple como eso. Veámoslo bien: Jesús Reyes salvaba vidas, o por lo menos se ocupaba de hacer que niños enfermos de cáncer estuvieran tan bien atendidos como la situación-actual lo permite. Jesús Reyes, según parece, era un incansable gladiador de hospitales públicos, eso en Venezuela es demasiado difícil de emular. Cotufa, con todo lo linda que era y con todo lo dolorosa que fue su muerte, hacia feliz a una familia a la que le sobraba tiempo para jugar con ella. Ninguna cosa es peor o mejor que otra. Es más, a lo mejor son incomparables, pero nunca me voy a cansar de decir que cada tweet lamentando la muerte de Cotufa, debería haber sido acompañado por cien expresando la indignación que nos tiene que producir la muerte del Doctor Jesús Reyes. Eso no sucedió y yo lo lamento. Debe ser que este batiburrillo emocional que-nos-está-pasando, da para poner el acento en el sitio en que no va. Punto.

sábado, 19 de abril de 2014

¿Todo vale?

Hace algunos años tuve la suerte de frecuentar la amistad de una mujer a quien el adjetivo que mejor le acomodaba era el de "distinguida". Elegante, culta, buena conversadora y con aires de diva italiana de todos los tiempos, Elsa, quien falleció hace unos 3 años, era de verdad una mujer de tantas virtudes que de no haber mediado una gran diferencia de edades y algunos otros inconvenientes, habría sido de seguro mi compañera ideal. Su mayor virtud, cultivada en años de haber vivido las consecuencias de gente que actúa al contrario, era una total incapacidad de levantar falsos testimonios (en realidad era incapaz de comentario alguno, bueno o malo, que implicara el nombre de un ausente). Sin importar lo que estuviera en juego, Elsa jamás pudo hacer gala del mito femenino de la chismoseria. Iba más allá; de no ser absolutamente cierto, ella era incapaz de transmitir una noticia cuya certeza no le constaba fehacientemente.
En una ocasión, mientras cenábamos juntos, alguien nos avisó que un sacerdote de ingrato recuerdo, pues había sido un adversario frontal y peligroso contra cierto proyecto teatral que quisimos emprender en nuestra universidad;  había tenido un accidente mortal en circunstancias poco propias de quien ostenta el ministerio divino. Yo levanté mi teléfono para llamar a otro amigo común a quien yo creía le interesaría muchísimo saber lo ocurrido. Elsa me detuvo en seco:
 
-          ¿Tú estabas en el sitio del accidente? me preguntó.
-          Obviamente no, le respondí.
-          Pues entonces no pongas a rodar la noticia, tú llamas a Ernesto, él llamará a alguien más y dentro de 15 minutos, el nombre de Father Mackenzie estará convertido en un lodazal y nadie se merece eso.
No lo llamé, por supuesto. Un rato después supimos que el accidente había ocurrido en verdad, pero que Father Mackenzie (a quien la casualidad y nada más que la casualidad había situado en el sitio de los hechos) había salido de eso ileso y tan sobrio e incólume como había entrado.
Hace varios días que he sentido la urgencia de conversar con Elsa. Es un poco más que la nostalgia de los amigos muy queridos que se han ido pronto, es la necesidad de alguien que me sirva de cable a tierra en estos tiempos revueltos en los que parece que todo vale, incluso (o sobre todo) el uso desproporcionado del nombre, privacidad y fama (cualquiera que sea) de tirios y troyanos, para hacer valer alguna terrible confidencia que dará al traste, esta vez sí, con la estabilidad de la dictadura, si es que tal cosa existe.
Busco razones para justificar esta cosa lenguaraz de los venezolanos y solo se me ocurre fabularlo pensando que hay alguien, en algún lugar secreto, recopilando todo lo que nosotros, chismosos irredentos, creemos que sucederá en las próximas horas, (o lo que es peor, queremos que suceda para salir a pegar algunos gritos en la esquina) o, lo que cualquiera, de cualquier bando, cree que es la versión oficial (muy dañina siempre, por cierto) de algún suceso "en pleno desarrollo". A partir de eso, ese alguien escribe mensajes y los pone a rodar para que nosotros, rebaño pastoreado por la inconsciencia emocional, llevemos al altar del sacrificio algún cordero cuyo castigo nadie está seguro de haber sentenciado. Es, por ejemplo, lo que hemos hecho ante la falta de explicaciones que acompañan el secuestro de Nairobi Pinto (quien paso de ser la amante de Gaby Arellano a la amante de Ramírez Torres en pocas horas y unas cuantas barbaridades mas) o lo que hacemos diariamente ante los, algunas veces difíciles de explicar, silencios de ciertos líderes de oposición, o ante  los incontables "sapos" que, sin haber abierto la boca, han recibido todo el daño que causa el odio de nuestras lenguas viperinas cuando se unen al incansable trinar del pajarito azul.
Probablemente sea cierto que en esta guerra  todo vale, que no se puede responder balas con flores, que, bueno… el venezolano es así; pero, mucho me temo que lo que sucede en realidad es que sin darnos cuenta hemos caído en un juego de proporciones macabras: el que nos pusieron a jugar los genios comunicacionales del G2 cubano. Gente que si sabe de chismes, desprestigios, daños y despropósitos.

viernes, 21 de febrero de 2014

Cuestión de identidad

En lo más íntimo de su ropa, probablemente en el bolsillo trasero de su pantalón verde olivo, el hombre que humilló a la periodista Patricia Janiot, en Maiquetía, lleva un pequeño pedazo de papel impreso y forrado en plástico duro, que en el encabezado lleva una banda tricolor en la que se lee República Bolivariana de Venezuela.  Ese pequeño papel, convertido en documento por obra y gracia de la necesidad obligante de identidad, reposa  en el bolsillo trasero del pantalón de la bestia que disparó a mansalva contra la humanidad de Génesis Carmona, en el bolsillo trasero del pantalón del Tupamaro que escribe un tuit en el que ordena a sus pares romper todos los vidrios de los automóviles que lleven algún mensaje en contra del gobierno, en el bolsillo trasero del pantalón de Roque Valero y en el bolsillo trasero de mi pantalón.  Yo tengo la vergüenza de compartir gentilicio y nacionalidad con personas que, cumpliendo su trabajo,  defienden un régimen aberrante que cada día enseña más las inmensas garras de su malignidad. Lo defienden y por ello, reciben un sueldo y no pocas prebendas negadas al que, sin postrarse de rodillas ante los delirios de un gobernante errado, intentan construir otra manera de lucir ese pedazo de papel plastificado cuyo encabezado luce una banda amarilla, azul y roja.
Probablemente Adolf Eichmann también tenía un documento de identidad compartido con Frau Herga Vaismann el día que la transportó a ella a Auschwitz.  Es muy probable que incluso se haya detenido un instante a compararlos ambos, quien sabe si porque en ese documento se leía un año de nacimiento compartido por ambos.  Eso no evitó la suerte de Frau Herga Vaismann, porque Adolf Eichman estaba cumpliendo con su deber. Estaba realizando, de la manera más eficiente posible, el trabajo que se le había encomendado y para ello podía, además, echar mano de una ideología nauseabunda.
Dicen que la gran diferencia existente entre las bestias y los humanos es la habilidad para discernir;  para captar,  en segundos,  que el cumplimiento de ciertas órdenes sencillamente altera el orden natural de las cosas.  Como la orden de matar, por ejemplo, o incluso la orden de disparar a mansalva sin revisar antes de hacerlo. Sin embargo, el hombre que, haciendo su trabajo humilla a la Sra. Janiot en el aeropuerto de Maiquetía o el Tupamaro que envuelve su cabeza en un trapo rojo y dispara desde su motocicleta, parecen despreciar esa cualidad que los acerca a cierta forma humana capaz de trascender el simple documento de identidad y  más bien se acercan a los límites, porque piensan que  la red que evitará su caída se sostiene en la banal excusa de cumplir con el deseo de un jefe con las faltriqueras llenas; un jefe que probablemente empuñe su arma en contra suya y cierre el grifo, cuando sea necesario dejar claro que el otro ha cumplido su deber.
Se reduce todo, entonces, a dos terribles verdades: estamos enfrentados a la banal  inconsciencia bien pagada de seres sin capacidad de discernimiento y yo tengo la desgracia de compartir con ellos un documento de identidad que no me protege de nada, porque no me arrodilla.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Secreto a voces

Tres molestas emergencias médicas se han ocupado, en los últimos meses, de ponerme a dar carreras echándome a perder planes más entretenidos. Un par de intoxicaciones alimentarias y una “metida de pata” que me obligó a celebrar navidad enyesado, se cuentan entre mis trofeos médicos del 2013. No está mal, a mi edad, algunos amigos ya cuentan, por ejemplo, con un infarto. No voy a dedicarme  al cuento detallado de mis padeceres (aunque me muera de ganas) porque mi mamá decía que hay cosas que le suceden a uno de las que no está bien hablar en sociedad; así que los dejo en titulares. Permítanme, mejor, el gusto de hablar sobre las horas padecidas con una botella de suero enchufada a mi antebrazo y lo que he descubierto en su transcurso:
¿A qué se debe que este humilde servidor haya tenido que enterarse, con todo lujo de detalles, de los padecimientos de mis compañeros de emergencia? (mucho más estropeados que yo, de paso sea dicho) ¿no cabe suponer qué eso es privado?  La primera vez, mientras un par de bien intencionadas doctoras de guardia intentaban descubrir si la urticaria que cubría cada milímetro de mi cuerpo enrojecido, se debía a los camarones del almuerzo o a un antibiótico auto medicado que es otra historia (ganaron los camarones, para mi desgracia) dos médicos internistas entraron  al cubículo en que me encontraba y, sin tomarse la molestia de saludarme por lo menos, empezaron a discutir el penoso estado de salud de un joven recién ingresado al que identificaron por nombre y apellido quien, para su infortunio, presentaba una fea complicación de su recién adquirido Virus de Inmunodeficiencia Humana. Los doctores se debatían entre hospitalizarlo en esa clínica – una de las prestigiosas – o mandarlo al Hospital Universitario para que, con toda celeridad, ingresara al programa de antirretrovirales en una conversación, al pie de mi camilla, que no omitió detalles.
La segunda vez, atontado por la voraz deshidratación que me produjo una sopa de cebolla en mal estado, viví la historia de Fulanito de Tal contada por dos cardiólogos desparpajados, seguros de que el pobre hombre, ingresado un poco después que yo y en otra sala, no pasaba la noche.  Desde mi cama vi las radiografías, entendí perfectamente lo que es un derrame pleural – la más suave de las dolencias que mantenían al pobre señor entre la vida y la muerte – y conocí de primera mano el historial de dolencias cardio pulmonares que lo habían arrastrado hasta una emergencia que amenazaba con convertirse en extremaunción.
La tercera vez, mientras mi querido traumatólogo de toda la vida llegaba para ponerme yeso en mi tobillo (cosa que tomo un buen par de horas largas) me enteré, sin moverme de mi camilla de emergencias, que la señora Mengana de cual posiblemente pasó navidad desolada ante el diagnostico de un cáncer de riñón y que el señor Perencejo  suele tener esas crisis de no-se-que cosa-que-a-mi-me-sonó-muy-feo porque le encanta excederse con los gin tonic (eso último lo dijeron los doctores entre risas, asegurándose unos a otros que sólo toma gin tonic como si fuera agua). Las tres veces en la misma clínica, en el mismo cubículo y ante la mirada más bien rutinaria de Yelitza, una enfermera que ya casi es mi mejor amiga.
Pensaba que se trataba de una característica de esta clínica en particular, cuando me tocó acompañar a un amigo al Hospital Universitario para resolver algunos asuntos de eso que llaman “Salud Pública”. Pues bien, entré con él a una oficina del hospital que dobla funciones como consultorio y, mientras una enfermera de uñas navideñas intentaba resolver con enorme esfuerzo la tontería que mi amigo necesitaba, dos doctoras (a una la conozco, es médico graduada) discutían divertidísimas el embarazo ectópico de alguien cuyo nombre y apellido salió a relucir dos veces ante mis oídos.
Por pura cosa de decencia, ¿no habrá un cuartico privado en que los médicos puedan reunirse a ver radiografías, revisar resultados de exámenes, comparar opiniones y hasta formular diagnósticos, sin que se entere nadie más que ellos mismos?  Pregunto yo, por no dejar, ¿y si alguno de esos enfermos es mi prima y  no le da su real gana que yo me entere que contrajo VIH, por ejemplo, o tuvo un embarazo ectópico?  Quizás me preocupo en vano y lo que sucede realmente es que me cuesta mucho entender, desde mi cerebro desadaptado que, en realidad, como somos un pueblo de gente tan amigable le estamos haciendo un favor a Doña Mengana cuando publicamos a los cuatro vientos que acaban de diagnosticarle un cáncer de riñón; de modo que, no hay problema, mi amplio prontuario de hipocondriaco con argumentos, porque no está a salvo de médicos deslenguados, será, a la postre, la tarjeta de presentación de alguna gesta que logre convencerme de haber perdido el tiempo guardando con celo excesivo los vaivenes de mi salud: el día que me dé el infarto, primero se va a enterar mi antipática vecina del piso 5, pues ese mismo día la señora descubrirá que ya no está en edad de comer camarones.
Cuanto trabajo pudo haberse ahorrado Hipócrates, digo yo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Elvira, la que no le gusta esto….

Conocí a Elvira hace mil años. Nunca hemos sido realmente amigos, aunque tampoco somos adversarios u otra  cosa. Ella vive su vida como puede y yo la mía, como puedo. Si nos vemos, nos saludamos con esa manera correcta de saludarse que tienen dos personas que se conocen “de toda la vida” y si el tiempo y las prisas lo permiten, hasta montamos animadas conversas. Ayer la vi. Quiso, el tiempo y las prisas, que fuera día para animada conversa (pensándolo bien, mejor habría sido que no) Pues bien, para empezar la conseguí físicamente muy cambiada: un nuevo color de cabello, algunos kilos de menos, una manera distinta de vestir y juraría, por puras ganas de elucubrar, que algunos retoques “estéticos” tienen a Elvira de lo más buenamoza. Su exultante alegría, parece que también.
Elvira, según alcanzó a contarme, compró un apartamento hace relativamente poco con el producto de una herencia que recibió de manera inesperada. Fue un golpe de suerte porque andaba en procesos de divorcio y pleitos de esos de “usted se queda con esto y yo con aquello y usted verá que hace con los muchachos” así que hacerse con el apartaco, significó una tranquilidad que ella agradece a todos los santos. Finalizado el tema del divorcio y prestos los baúles para emprender vida en solitario (sus dos hijos veinteañeros aprovecharon el zaperoco para poner océanos de por medio y les va divinamente) Elvira anda en proceso de “acomodar” su garçonnière de soltera; esos, precisamente, eran los detalles por los que andaba la conversa,  cuando decidió anunciarme – felicísima -  que “de no haber sido por todo lo que el gobierno anda haciendo para tumbar los precios, yo jamás habría podido, por ejemplo, terminar la cocina…has debido verme, haciendo cola desde la madrugada para comprar todos los aparatos de la cocina, con la misma plata con la que habría comprado solo la lavadora;  yo creo que ahora si es verdad…este hombre se puso las pilas y está trabajando para empezar a enderezar las cosas…”
Creo que la expresión de mi rostro habló por mi o no sé. Elvira se detuvo en sus alabanzas para decirme casi apenada que de todos modos, “yo Chavista, tu sabes que nunca he sido” (mentira podrida, se de buena fuente que necesitó unas cuantas elecciones para convencerse de votar por el candidato que adversaba al hoy difunto) pero al Cesar lo que es del Cesar” y me batió su lacia cabellera cobriza. Entonces se me ocurrió un recurso que cualquier persona, relativamente inteligente, podría usar para desenmascarar la mala praxis. Le dije que el problema de esta bajada de precios, es que dejaba a las tiendas sin posibilidad de reponer inventarios, por ejemplo, y que seguramente algunas cerrarían y dejarían mucha gente sin empleo y que, finalmente, si el tema de bajar precios tenía que venir junto a saqueos y todas esas cosas que hemos sabido han pasado en varias tiendas, la verdad yo prefería no saber de eso.
Elvira puso cara de circunstancias y abrió su bocaza pintada de rojo pasión: “aquí no ha habido saqueos Juan Carlos, toda la gente que hemos visto en las puertas de las tiendas, ha pagado por sus compras, lo que pasa es que es igualito a cuando hay esas rebajas fabulosas en los moles de Miami, como nosotros los venezolanos somos así, locotes y desordenados, todo el mundo quiere entrar de primero y se arman los empujones y los tumultos; pero, no te creas el cuento ese de los saqueos y además, mijito, estaban especulando, todo ese poco de turcos lo que querían era volverse millonarios a costa de uno…yo si estoy feliz, y lo de que no van a poder reponer inventarios eso no es verdad, esa gente tiene galpones llenos de mercancía, tú crees que van a quedar sin vender en Diciembre…no mijito…si es que aquí es como una tradición gastarse las utilidades comprando corotos para la casa…no les creas a los que dicen que la cosa se va a poner fea, y si cierran tiendas, que las cierren y si se queda gente desempleada, chévere, porque con esa platica que les van a dar y con la experiencia que tienen en ventas, hasta montan su negocito…..yo creo que ahora si es verdad que las vainas empiezan a mejorar, espera que le caigan a los teléfonos celulares, todos vamos a poder comprar un Samsung…ya verás!”
Con el ultimo hilo de voz, atiné a preguntarle por el futuro (creo que dije algo como libre empresa y competitividad y esas palabrotas de domingo; pero, entre oírla y evitar el ACV no puedo estar tan seguro)
“¿El futuro? mi amor…el futuro viene a precios justos…deja de preocuparte por esa vaina panita mío…así como pudieron meterse con los especuladores y ponerles un parao, así van a poder con todo lo que le joda a uno la vida de ahora en adelante, es que no tienes sino que verlo, todo está baratísimo…y no vayas a creer que es que a mí me gusta esto…pero…”
La escuché sin ganas de replicarle nada, me despedí apresurado - para evitar la desazón de la mala hora -  y me fui andando. En la cabeza se me instaló la esquizoide certeza de que, entender, lo que se dice entender, yo, desde hace años, no entiendo nada y que, además, por las muchas Elviras a las que no les gusta esto y andan sueltas por ahí, el futuro…está muy mal, muchas gracias.

domingo, 20 de octubre de 2013

Venezolanos del siglo XXI


Nunca como ahora para etiquetarnos. Lo empezó el difunto: fue él quien nos dividió en bandos, dos enormes pedazos de territorio, habitados por quienes estaban con él y por quienes lo adversábamos: enemigos mortales de cualquier cosa buena, llamados entre otras cosas, apátridas, escuálidos, majunches, bazofias y algunos otros insultos que eran directamente proporcionales al miedo que le producían nuestras acciones.  Dos especies que lejos de extinguirse con quien las creó, han ido reproduciéndose con el paso de los meses en sub especies de todo tipo con un objetivo común: inventarse una vida que no se parece a la que le ofrecen, a un bando y el otro, los herederos de la patria.  Voy a permitirme entonces, reclasificarnos según sea la vida que buscamos y el medio, que siempre justifica el fin,  para ver si haciendo ese ejercicio empiezo a comprender  la babel tropical que vamos siendo:
Padres huérfanos (de mentira): Es una exageración, porque existen los que de verdad lo son. Pero, Elizabeth Fuentes acuña ese término a partir de aquellos padres y madres que día a día pasan por el mal rato de despedir a sus hijos en los aeropuertos patrios, a donde acuden (los hijos) cargados de sueños y aprehensiones para comenzar el difícil camino de conseguirse un futuro en alguna parte de este ancho y ajeno mundo.  Define a padres que se quedan persiguiendo las nuevas tecnologías comunicacionales, para no sentirse tan desamparados y se ven forzados a entender lo que en Norteamérica se llama el Síndrome del Nido Vacío, nunca mejor dicho: los hijos no solo se fueron de casa, han desplegado sus alas para volar alto y lejos, a veces, demasiado lejos y, aunque causa sufrimiento (sobre todo en culturas como las nuestras, donde un hijo pertenece a sus padres con derechos de uso y abuso) por lo menos otorga dos consuelos:  el muchacho está vivo, bien y buscándose la vida con posibilidades y ahora sí que puedo dormir tranquilo.
Padres huérfanos (de toda orfandad): merecen una consideración especial y no caben en ningún chiste. Tuvieron la desgracia de recibir la llamada que les avisaba que su hijo se encontraba en el momento equivocado a la hora equivocada. Nunca más los verán. La vida, si eso es posible llamarlo vida, se limitará a preguntas sin respuestas y para muchos, casi todos, acaba el día que dejan a sus hijos en el cementerio. Son la mejor prueba de que en Venezuela es mentira aquello de que nadie se muere en la víspera.
Los Expat´s:  Ejecutivos exitosos al que una transnacional (de esas Imperialistas horrendas) les pone un container en la puerta, les paga boletos aéreos en primera clase a la familia entera y los traslada a vivir las maduras en algún destino relativamente idílico, en condiciones relativamente idílicas,  a cambio de su alma y un poquito más. Se convierten en una tribu impenetrable, disfrutan de todos los beneficios de un expatriado (que en el mundo civilizado son numerosos) y solo tienen que preocuparse por mantener el carguito.  Trepan por encima de cualquier obstáculo para no tener que volver JAMÁS y se compran una casa en alguna parte del mundo (Miami, por supuesto) a donde irán a parar cuando la transnacional cierre las negociaciones del merge y el expat se quede listo para recomenzar el ciclo. No regresan ni aunque les canten canciones.
Los enguayabados: lo que dan es un pesar indescriptible, porque para empezar, nadie sabe bien porque se fueron; pero, se fueron.  La gran excusa es haberse ido a estudiar, pues jamás (ni bajo tortura) admitirán que abandonaron la patria amada.  La mayoría tomó por asalto una urbanización de Miami llamada Weston a la que todos conocen como Westonzuela, aunque pueden encontrarse en Canadá, Houston, Panamá y España en cantidades relativamente similares.  Viven en cambote, se disfrazan de jugador Vino Tinto en cualquier fecha patria, hacen asociaciones de venezolanos con cualquier objetivo, comen arepas y pabellón criollo casi a diario, se les salen las lágrimas cuando escuchan Gloria Al Bravo Pueblo por casualidad, oyen toda la música venezolana que jamás escucharon en San Fernando, repiten  cuanto disparate escuchan de este gobierno horroroso, solo se relacionan con venezolanos, respetan las leyes de la ciudad de acogida, pero no entienden porque es such a big deal comerse una luz roja. Se dedican a hacer negocios relacionados con la nostalgia (en algún momento distribuyen tanto sancocho como tequeños exprés) y perpetúan el escándalo venezolano en cualquier  sitio al que lleguen, pues lo único que no aprenden, jamás, es a hablar el idioma que se habla en la ciudad en que viven y a entender que el espacio de uno termina donde empieza el espacio del otro. Algún día volverán, para decirle a todo el mundo que "voz de la experiencia mediante", en ninguna parte se vive como aquí  (o no, pero en el caso de ellos da igual porque es como si nunca se hubieran ido del todo) entre tanto, no perdonan navidad venezolana ni fiesta familiar alguna, a la que vienen a hablar de sus dos únicos temas: lo bien que les está yendo y la falta que les hace el “calor venezolano”.
Ciudadano en tránsito: no paran de hablar del día (maravilloso) en que lleguen a Maiquetía para montarse - sin mirar para atrás - en el próximo vuelo de American.  Se saben todos y cada uno de los requisitos indispensables para emigrar (España y Estados Unidos suelen ser los primeros destinos, pero, Canadá y Panamá está ahí, ahí) tienen el plan perfectamente diseñado, pasan horas en Internet buscando información adicional, establecen redes de apoyo, son los duros de Skype y similares, saben de franquicias internacionales más que todo el mundo y pueden decir con rigurosa exactitud el precio de la “finca raíz” en cualquier ciudad del imperio. Todo el que los conoce, y quiere oírlos, sabe que quizás, algún día, se instalarán en Miami…pero, no tienen plata ni para comprar el boleto aéreo. Si logran irse, esos no van a regresar aunque Capriles se convierta en mandatario continental.
Venezolano resteado: su lema es el optimismo a ultranza. Son tan optimistas que podrían pasar por afectos al gobierno pues, en Venezuela,  se está viviendo bien, a pesar de todo.  No quieren ni escuchar hablar de los que se están yendo, le quitan el habla al sobrino que se fue a estudiar a Canadá y despotrican de él en cuanto evento familiar les dan el chance. No conocen a nadie que le haya ido bien en el extranjero (palabra que pronuncian con desprecio) y primero se mueren antes que renunciar a vivir en el mejor país del mundo.  Tienen dos enemigos fundamentales: el exiliado (de cualquier tipo) y el gobierno y, aunque tienen el remedio exacto para “lo-que-nos-esta-pasando” se niegan a compartirlo con alguien. Van para Chichiriviche y Margarita antes que para Miami y por supuesto, son más Vino Tinto que Chiqui Peña. Entre su talentos se cuenta con honores lo de “raspar tarjetas”, conocer todos los intríngulis del SICAD, emprender negocios de génesis más o menos inexplicable y representar  vívidamente aquello de “a mí que no me den, sino que me pongan donde haiga”
Los tira piedras: antes de levantarse de la cama ya han escrito dos o tres twitter convocando al “estallido social”. Están convencidos de que saldremos de esto, única y exclusivamente, si cogemos la calle. Dicen todo el tiempo que la gente está arrecha - ellos los que más – y están loquitos por prender el avispero. Son más peligrosos que mono con hojilla básicamente porque, casi con absoluta seguridad, no van a ponerle el pecho ni a las balas del gobierno ni a las de la oposición. Francisco Suniaga los llamó los opositores de la oposición y nunca un nombre ha sido tan afortunado. Tienen varios subtipos y dan para gastar mucha tinta en ellos; pero, en realidad no se lo merecen. Son una especie totalmente prescindible.
Los verdaderos NI-NI: hacen silencio, escuchan con atención  cualquier conversación, por fundamental que sea, sobre el gobierno y/o la oposición. Podrían parecer indiferentes, pero saben más que perro e ´ciego.  Participan poquísimo, salen a votar por principismo democrático, aborrecen al gobierno; pero, no lo predican. Rara vez se permiten un chiste o una infidencia. Son monacales. Si en general no les gusta el gentío, cuando se trata de asuntos “de-lo-que-nos-esta-pasando” se esconden tras un millón de excusas para no mezclarse con el soberano.  Puede que escriban alguna cosa para expresar su descontento o colaboren  con las finanzas de la oposición o hagan alguna otra movida bajo la mesa; pero, su nivel de compromiso – público – es mínimo.  Lo que en realidad sucede con ellos es que, sin decirlo a nadie (muchas veces ni siquiera a sus familias) lo que están tramando es la escapada perfecta. Se van a ir y lo harán para siempre; pero, la gente que los rodea, (muy poquitica, por cierto) se va a enterar cuando inauguren el apartamento en una lejana ciudad Europea en la que vivan pocos o ningún paisano.

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