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jueves, 16 de noviembre de 2017

En efectivo, por favor

Como en la letra de un bolero, la puerta se abrió en mi cara para sorprenderme dejándome paralizado en el medio del pasillo de un edificio en el que no vive casi nadie.  Era el pasillo que comunica el tercero con el segundo piso y yo bajaba las escaleras, en compañía de una joven pareja, después que ellos me convencieron que el ascensor estaba a punto de  pararse para siempre.  Entre los tres llevábamos en nuestras carteras la cantidad de 300 mil bolívares en efectivo. Los tres lo sabíamos. Era viernes a mediodía  y a mí me urgía,  por lo menos,  el salario semanal de la señora que me ayuda en las labores de casa y tener algo más que dos inútiles billetes de cien bolívares como único capital en mi monedero. A esa hora habría hecho cualquier cosa por tener efectivo.
La carencia de efectivo hace que, en los últimos  meses, los merideños hagamos cosas muy extrañas por reunir alguna cantidad de billetes de cualquier denominación; como por ejemplo, completar el efectivo que necesitamos,  sumándole, entre un 10 y un 15% adicional,  que se lo queda el que nos hace el favor de resolvernos el problema. Es el pago de la necesidad en una ciudad en la que los puntos de venta pueden tardar hasta  media hora en procesar cada operación y los cajeros automáticos prácticamente son cosa del pasado o,  cuando funcionan,  solo dispensan un mínimo inútil de 10 mil bolívares.  Acudir al efectivo bachaqueado es una práctica rutinaria de nuestra cotidianidad a la que accedemos resignados, por lo menos, una vez a la semana.
Tengo dos o tres personas de confianza que me consiguen efectivo: los tres manejan negocios que solo reciben billetes, cuyo camino hasta el banco es una congestionada diligencia que se resuelve mediante su venta. Suelen tener una  clientela fija que les pagan el favor mediante una transferencia electrónica y no regatean la comisión que, después de todo, es ganancia. Es lo que se conoce como “avance de efectivo”
Conocí a una de esas personas hace unos seis o siete meses. Su nombre es Miguel Sauz. O al menos eso me ha dicho. Así aparece registrado en mi teléfono y a ese nombre responde cuando le llamo o le hago pagos electrónicos. Suele llevarme el dinero a mi casa y hasta ahora, se comporta con bastante rectitud. Jamás se ha equivocado en el conteo del dinero y jamás me ha presionado para recibir sus depósitos. Hacer negocios con él resultaba, hasta el viernes, una experiencia grata, un acto de confianza.  Recuerdo que en una oportunidad le pedí que me consiguiera 500 mil bolívares y llegó a mi casa a las 8 de la noche de un jueves, empapado por un torrencial aguacero con 500 billetes de mil en una bolsa plástica. Ese día me cobró el 8% en lugar del usual 10 que cobra por cantidades más pequeñas y se quedó en  mi apartamento un rato mientras la lluvia amainaba. Hablamos de las dificultades que entraña vivir en la Venezuela de hoy y nos tomamos un jugo sentados en la sala de mi casa. Ese día, yo pensé que Miguel era mi pana.
Cuando le escribí un WS para pedirle 150 mil bolívares el viernes pasado, Miguel respondió diciéndome que estaba demasiado ocupado como para llevármelos a mi casa. Me explicó que mantenían una oficinita en un edificio del centro de la ciudad y que era mejor que fuera hasta allá a buscarlos. Le dije que no había problema alguno y que pasaría por allá al mediodía.
El edificio está prácticamente deshabitado. Siempre me ha llamado la atención que siendo un edificio relativamente bonito y nuevo, los apartamentos están incluso clausurados por fuera con láminas de MDF.  Pero, más que eso, nada me pareció peligroso. Yo iba a la oficina de un amigo a hacer una diligencia que tomaría 10 o 15 minutos. ¿Qué podría tener eso de particular?
Llegué a la oficina del 4to piso, entré, saludé a Miguel y casi de inmediato me entregó varios paquetes de billetes que sumaban 150 mil bolívares. Decidí no contarlos en homenaje a la confianza ganada durante meses y le pedí su computadora para hacer desde allí la transferencia. Mientras estaba en eso, llegó al sitio una pareja de muchachos  muy jóvenes, de muy buena pinta,  a quienes Miguel entregó la cantidad de 75 mil bolívares a cada uno. Hablamos banalidades, nos despedimos al mismo tiempo y salimos juntos hasta el ascensor.
Mientras esperábamos que el ascensor llegara,  la chica nos sugirió bajar los cuatro pisos a pie.
Lo hicimos porque temíamos que el ascensor nunca terminaría de llegar en buen estado a recogernos. Bajamos al tercer piso,  animados,  conversando tonterías y luego al segundo. La escalera termina en un corto pasillo poco iluminado que enlaza los pisos. Desde mi esquina pude ver la puerta del cuartico de la basura. Fue en ese momento cuando la puerta de ese cuarto se abrió con gran estruendo.
-          Estos vienen cargados de billete -  se oyó la voz que salió a  nuestro encuentro
-          No vale, no estábamos en eso - contestó la muchacha
-          ¿A que te encuentro un poco ´e  plata si te meto mano? replicó el malandro
-          No chamo, en serio, estábamos visitando a un pana -  insistió la muchacha
-          No te pongas comiquita, negra, porque vas a dejar de existir ahora mismo -  levantó la voz el malandro, mientras materializaba una reluciente pistola de color negro que fue a dar exactamente al rostro de la joven.
Detrás de él, otro muchacho, un poco más alto y más robusto hizo lo mismo frente a mi cara.
Estábamos siendo asaltados.
Solo transcurrió un instante hasta que nos metieron a los tres en el cuarto de basura y comenzó el cacheo. Lo primero que hicieron fue quitarme mi reloj y pedirme que entregara el efectivo. Lo llevaba en un pequeño bolso bandolero de cuero negro, que entregué sin decir palabra. A la muchacha le quitaron su cartera y, al otro chico, el teléfono, un par de pulseras de cuero y una cadena de esas que parecen regalo de tu abuelita y seguramente era de oro muy antiguo. A mí me pidieron mi teléfono, que había dejado en casa porque estaba descargado y a ella le quitaron también el suyo: un viejo SAMSUNG descascarado. Luego vinieron a donde estaba yo y me “raquetearon” a gusto: no me creían el cuento del teléfono cargándose en mi escritorio. Después que se convencieron de que decía la verdad, nos obligaron a sentarnos en el piso – sin mirarles las caras – mientras ellos contaban el dinero.  El más robusto se encargó de la tarea. El otro se instaló en el medio de los tres apuntándonos a la cabeza en un espacio en el que escasamente caben tres personas en circunstancias normales. Éramos cinco.  Un solo tiro habría sido suficiente para malograrnos a todos.
Lo que sucedió a continuación escapa de toda comprensión: los asaltantes decidieron que 300 mil bolívares y un poquito más,  que el otro chico llevaba consigo, no era suficiente y fue entonces cuando decidieron complicar las cosas cobrándonos rescate. Necesitaban completar, al menos, 500 mil bolívares en efectivo y la decisión que tomaron fue enviar a uno de los tres a buscarlo a la oficina de Miguel. Me ofrecí a la diligencia sabiendo que podía, por lo menos, salir del encierro por unos minutos; no tenía la menor intención de cometer un desatino.
No hay mejor argumento para convencerte de cualquier cosa, que una pistola cuya potencia desconoces. Por eso – juro que no encuentro ninguna otra explicación – acepté la propuesta que ellos me hicieron: entregar mi tarjeta de débito, mis claves de acceso y  mi cédula al tercero de los secuestrados  para que él fuera,  en compañía de uno de los asaltantes,  a pedir dinero en mi nombre en la oficina de Miguel. Ese absurdo recibió mi aprobación gracias a tener una pistola apuntándome a la cabeza. El muchacho salió del cuartico y,  entonces,  las imágenes de mi reciente musical THE AUDITION y cada una de sus canciones, se convirtieron en la famosa película que todo el mundo asegura ver minutos antes de la muerte. Vi a mis actores ensayando sus pasos de baile, cambiándose para salir a escena, viví el drama de vestir a Lisara en el último minuto porque una costurera incumplida no entregó parte de sus trajes,  el encierro feliz de los camerinos del Cesar, vi a Jhosabanela ponerse pestañas postizas y,  la cara de José Alejandro tratando de que el micrófono le quedará en su sitio,  se me repitió una y mil veces hasta nublarme la conciencia de lo que estaba ocurriendo. Zaira y Temix cantando You Are The Top, borraron la pistola apuntando al medio de mi cerebro.
No sé cuánto tiempo estuve allí. No sé qué estaba pasando con la chica que me acompañaba. No podía ver nada. Un rato después (2 o 30 minutos, ¿qué  más da?) regresó el emisario. Llevaba una paca de billetes de cien. Me entregó la tarjeta y la cédula.
-          Chamo, saqué todo lo que quedaba en tu cuenta, que pena - me dijo devolviéndome mis documentos.
Los malandros agarraron todo el efectivo, lo metieron en la cartera de la muchacha y salieron, cerrando por fuera la puerta del cuarto de basura. Nosotros, encerrados, tardamos algunos  buenos minutos en romper la cerradura y salir a un pasillo solitario y silente desde el que corrimos despavoridos a la calle. Ellos dos en dirección opuesta a la mía y casi sin dirigirme mas palabras.
Solo fue cuando,  dos días después,  trataba de explicarle a una amiga mía lo sucedido,  que comprendí que había sido víctima de una estafa perfectamente planificada y puesta en escena para la cual probablemente había sido perseguido y estudiado desde unos meses atrás. Quizás desde la primera vez que Miguel Sauz me llevó dinero efectivo a mi casa.
Pero ese susto horroroso, esa sensación horrible de burla y ultraje que tomó cuerpo en mi cuerpo después del abatimiento inicial, es otra historia: la de una vileza incomprensible a la que nos estamos acostumbrando a vivir, tanto como nos acostumbramos a pagar por tener en la cartera billetes que no sirven para nada.

jueves, 27 de julio de 2017

Del otro lado, todo es posible



Cuando Jimena nació, el pasado 12 de abril,  a Isis y Diego, sus padres, lo primero que les vino a la mente, como a cualquier pareja de padres primerizos,  fue comprobar su estado de salud. La niña, bonita como no hay dos, llegó a este mundo – sin ninguna dificultad - en un parto programado hasta el último detalle pues provenía de un vientre al que le habían pronosticado, a pesar de su juventud, bastantes dificultades para lograr la proeza de la maternidad. Quizás fue el amor; pero, Jimena  nació perfecta, gracias a Dios, a los bonitos genes de la madre y de la abuela y a la buenamozura del padre.
A los pocos días de nacida los primeros exámenes pediátricos no hicieron sino confirmar la alegría del nacimiento. Jimena crece, gana peso y come;  un niño bien criado no hace otra cosa; come, duerme, llora cuando tiene hambre y, sus padres, la única preocupación que tienen es sortear con buen ánimo la dificultad diaria de conseguir pañales y algunas chucherías para consentirla.
Isis y Diego han sido obsesivamente puntuales en el seguimiento de los primeros días de su hija. Fieles además a tradiciones ancestrales, Isis ha guardado en reposo la cuarentena de las paridas de antes, y su  madre se ha dedicado a alimentarla con buen tino para que le leche con que alimente a la niña sea de la mejor calidad. Diego, por su parte, ha cumplido con creces: es un padre inmejorable a quien se le caen las babas por su niña. Dedica sus mejores horas a atenderla y, por supuesto, lleva el teléfono repleto de sus fotografías para exhibirlas con orgullo, aunque con la cautela propia de estos días.
Hace un par de semanas, Jimena cumplió 3 meses de edad y enfrentó la primera polémica de su vida: todo niño que supera los tres primeros meses de vida debe ser sometido a un proceso de inmunizaciones compuesto por un protocolo de vacunas que lo pone a salvo de enfermedades que pueden resultar fatales.  Aun cuando existe el temor de que,  inocular un bebe con bacterias y virus a tan corta edad, resulte más perjudicial que beneficioso; Isis, profesional de la salud y Diego, ingeniero civil, no apuestan al riesgo; sencillamente creen totalmente en el poder preventivo de unos pinchazos con los que seguramente llorarán ellos junto a su hija.  El asunto es que, salvo la vacuna contra la poliomielitis, en Venezuela no es posible conseguir otras vacunas, ni  en los sistemas de salud pública ni en las clínicas privadas. Peor aún, existen documentadas denuncias acerca de campañas de vacunación a precios exorbitantes con productos cuya procedencia es, por decir lo menos, dudosa. La Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría ha explicado que “en algunos años, nos daremos cuenta de que esas vacunas aplicadas de forma inescrupulosa a precios elevadísimos, pueden ser culpables de un grave problema de salud pública”
Preocupados, los dos muchachos, urgidos por poner su niña a salvo de cualquier problema, intentaron conseguir las vacunas a cualquier costo;  entonces,  comprendieron con disgusto que aun teniendo la posibilidad de pagarlas, conseguir las vacunas para su hija en alguna ciudad de Venezuela, no era posible. Fue ahí cuando les hablaron de Cúcuta.
La primera ciudad importante que se encuentra al cruzar la línea divisoria que separa Venezuela de Colombia se ha convertido para las ciudades andinas, cercanas a la frontera, en una  suerte de patio trasero en el que resolver los apremiantes problemas de abastecimiento de todo tipo con que se enfrentan a diario; a menos de 4 horas de distancia  por carretera, ir de compras a Cúcuta para conseguir, desde medicinas hasta alimentos básicos y artículos de higiene personal es el único “canal humanitario” abierto para los venezolanos, aun cuando el gobierno de Nicolás Maduro no solo lo niega, sino que lo prohíbe expresamente, haciendo que los habitantes de esa zona del país consideren  la ley, que los aleja de la solución de sus problemas,  letra muerta y enterrada. Si bien al tipo de cambio de moneda los precios encarecen sustancialmente,  por lo menos existe la seguridad de que gracias a la subrepticia apertura comercial de la frontera, “del otro lado” todo es posible. Incluso vacunar tus hijos.
-          Yo había hecho todas las averiguaciones, sabía que no era complicado en absoluto y que en cualquier ambulatorio de Cúcuta, El Puerto de Santander o La Parada era posible vacunar a la niña. Me habían dicho además que era gratis, un dato que no es importante, porque nosotros estábamos dispuestos a pagar;  pero igual, llevábamos cierta aprehensión porque no sabíamos si ocurriría algún cambio y perdíamos el viaje -  dice Isis mientras recuerda,  luchando contra sus emociones,  el día que le tocó recorrer un poco mas de 300 kilómetros para poder vacunar a su hija.
No es secreto, el tema de las vacunas ha llegado a oídos de todos los padres que van de pediatra en pediatra buscando una solución. No se trata solo de que las vacunas no existen, es que se puede tener la mala suerte de caer en manos de algún delincuente inescrupuloso que fastidie la vida de tu hijo y acabe con tus menguados ahorros.  Isis y Diego, prevenidos, planificaron hacer el viaje, darle los pinchazos a la niña y regresarse tan pronto como fuera posible.
“Los niños venezolanos solo serán atendidos Lunes, Miércoles y Viernes en el ambulatorio de La Parada” reza el gigantesco cartel con el que se encontraron a su llegada a La Villa Del Rosario, el primero de los pueblos colombianos del camino. Una más de las estaciones de un vía crucis que obliga, por esta nueva disposición, trasladarse a La Parada, el pueblo también colombiano que empieza donde termina el puente Simón Bolívar, considerado la capital del “bachaqueo” colombo –venezolano.  Es cierto que los padres venezolanos podrían ir a una clínica privada colombiana si quisieran;  pero, para ello requerirían una visa colombiana que depende del capricho del guarda fronterizo,  una cita previa, no tan fácil de conseguir en corto tiempo y estar  dispuestos a desembolsar varios sobornos en efectivo y por lo menos, el importe multiplicado por cuatro del ya elevado costo de una cita médica privada en Venezuela.
Siguiendo las instrucciones del cartel pusieron rumbo a La Parada, con deseos de desayunar y resolver lo antes posible su diligencia; a las 7:30 de la mañana lo que encontraron allí los llenó de estupor: una cantidad aproximada de 200 niños y sus familiares, tenían convertido el ambulatorio en un pandemónium. Isis, acostumbrada a llevar un consultorio impecable en cuya sala de espera solo caben las sillas justas para las personas que han confirmado consulta, se sintió superada por el desorden de sus paisanos. Entonces, le asaltó el temor de haber perdido el viaje: las enfermeras, incapaces de controlar lo que ocurría,  amenazaron cuatro veces en 20 minutos con “cerrar el ambulatorio y dejar de atender niños venezolanos” y enérgicamente anunciaron que “nosotras ganamos muy bien, no necesitamos que nos ofrezcan plata para que los adelantemos en sus turnos, aquí eso no vale nada”
Fue Diego, acostumbrado a lidiar con equipos de fútbol y vestidores de gimnasios, el que puso orden.  Bastó un fuerte y enérgico silbido y un rasgo imborrable de su buen talante: - me pareció absurdo, pero tuve que sacar todas mis fuerzas para convencer a los venezolanos allí apelotonados que tenían que tener un poco de orden -  Lo aceptaron, cuenta el joven padre de Jimena, no sin protestas y en pocos minutos, fue él quien se ocupó de asumir la tarea de controlar el proceso de vacunación de más de 200 niños venezolanos en un ambulatorio colombiano.
-          Era como si los venezolanos no entendieran que la vacunación no es responsabilidad del gobierno colombiano, sino del nuestro y es el nuestro el que no cumple –
Su desempeño fue tan hábil, que termino siendo el que controlaba incluso el uso de los baños, organizando hasta la forma y el sitio en que debían desechar  los pañales usados.
-          La espera fue larga, eso me dio tiempo para muchas cosas, pero sobre todo para conversar con una señora colombiana que vive al frente del ambulatorio. Me avergoncé,  ella llegó a decirme que habían enviado una carta a la dirección del ambulatorio pidiendo que suspendieran el servicio a los venezolanos debido a su extremo desorden, la señora me dijo que  los pañales sucios se quedaban por todas partes  y que los venezolanos producían una cantidad de basura increíble; sentí una vergüenza horrible al escucharlo, no pude evitar pensar en lo rayados que estamos en todas partes – relata sonrojada la madre de Jimena –
A mediodía, un sacerdote vecino que suele repartir alimentos a los necesitados, repartió sopas entre los venezolanos que esperaban su turno para la vacuna  de sus hijos. Eso los sorprendió a ambos enormemente; pero, allí tuvieron que tomar cartas en el asunto nuevamente y apoyar al sacerdote en la repartición del almuerzo.
Jimena fue vacunada entre las últimas, a las 4 de la tarde y por suerte no tuvo reacción adversa alguna.  Poco después, extenuados por el duro día de trabajo inesperado, emprendieron camino de regreso a casa.  Isis, con los nervios destrozados por el cansancio hizo acopio de fuerzas para distraer a su marido al volante y asegurarse un viaje de regreso que fuera por lo menos, entretenido. Las imágenes del fuerte día empezaron a convertirse en palabras y ambos, que han convertido sus dos años de convivencia en excusa para estar bien y ser felices por encima de cualquier circunstancia, decidieron no interrumpir el trayecto sino para el café indispensable.
A las 9:30 de la noche llegaron a El Vigía, el punto desde el cual cualquiera que venga por ese camino empieza a sentir que llego a Mérida y se encontraron con el tráfico detenido. Averiguar las causas desató el llanto incontrolable que Isis traía apelotonado en la garganta: un árbol había caído en la carretera, partiendo en dos el vehículo en que viajaban, de regreso de Cúcuta, una joven pareja con su hijita de cuatro años de edad. Ambos padres estaban muertos dentro del auto y la niña gritaba desconsolada el alcance de la mala hora.
-          Pudo ser cualquiera de nosotros; esa pareja, seguramente, había ido a Cúcuta a resolver algún asunto parecido al nuestro. Pudo ser cualquiera de nosotros - es lo último que se le ocurre decir a esta jovencísima madre venezolana, mientras se seca las lágrimas que vuelven a brotar irremediables ante el recuerdo de un accidente y de una vida que ya no se parece en nada a lo que ella suele escarbar de su memoria.
A su lado, con un lazo hermoso tejido por su abuela, Jimena sonríe distraída por el descubrimiento de un sonajero. Ajena, como corresponde. Su madre sabe que apenas empieza el camino y siente que su patria es ella. Que por ella, agarrará su palito de escoba, como El Chavo, y se pondrán a salvo, un día de estos.

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