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domingo, 17 de enero de 2016

Doña Consuelo y un día histórico

Nunca la había visto antes y no sé si alguna vez volveré a verla; pero, el 5 de enero, en la brevísima oportunidad que me di para "estar" cuando la bancada opositora tomara las riendas del poder legislativo venezolano, Doña Consuelo fue la mejor, más esperanzada, fugaz compañía que pude tener en el centro de Caracas.
La conseguí confundida entre el gentío que salía atropellándose de la estación La Hoyada, vistiendo el uniforme del día: jeans, blusa blanca y gorra tricolor; solo que Doña Consuelo exhibía sutiles diferencias de clase: hilo de perlas al cuello, bolso de buena piel al hombro (sin etiquetas ostensibles) y coquetería que empezaba en la dosis justa de buen perfume, prolongándose en el maquillaje correcto de quien sabe estar porque siempre ha estado. Contenta, agitando una banderita, Doña Consuelo reclutaba gente a la salida del metro para volver a caminar el centro sin miedo en un alarde de entusiasta esperanza difícil de apreciar en el montón de veinteañeros que no lograron hacerle sombra. Me encantó su simpatía, su caraqueño acento, su buena pinta de vieja copeyana. Me encantó su buen talante o lo que haya sido, tal vez caí en la trampa de mis nostalgias; lo cierto es, que me uní al grupo de Doña Consuelo como quien sigue a un profeta de nuevos tiempos. Con ella me asomé a las puertas de una Casa Amarilla inusualmente apagada (ella señaló el histórico balcón y recordó con carcajadas al Padre Madariaga yo-tampoco-quiero-mando) recorrí los pasillos mancillados de la Plaza Bolívar, recé un Padre Nuestro verdadero (Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo) en la abarrotada Catedral y seguí, en muchos televisores encendidos, parte de las incidencias del día histórico. La auto proclamación de Ramos Allup nos sorprendió, de manitas agarradas, ante la vidriera de la tienda de telas que fue toda la vida de mi amigo “el judío” Humberto y, aun con su respingo de rareza, nos aguó el guarapo. Doña Consuelo, en inesperada confesión declaró (Como lo hiciera Elvira Ancizar ante la presencia de Gardel) que bien había valido la pena vivir 79 años para ver con sus propios ojos, como van a empezar a irse estos grandes carajos. Ni una pizca de sonrojo ante la palabrota proferida delante de un grupo de desconocidos que bien hemos podido ser sus hijos y nietos; ella estaba de celebración y alegría, ese día se valía todo.
En un momento del jolgorio, me retiré del grupo para traerle a Doña Consuelo un refresco. No era que me lo había pedido, era que se le notaba la sed y el cansancio. Vine hasta ella con una botella de Té helado y la invité a sentarse un rato. A nuestra espalda, la algarabía multicolor propia de esos actos, resonaba un ruido impensable: el centro de Caracas, desde hace 17 años groseramente despojado de su anchura de siempre, volvía a ser - por un día -  territorio de todos, aunque es justicia aclarar que "de todos" significaba ausencia de franelas y banderas rojas. Doña Consuelo se compuso el maquillaje limpiando con destreza el sudor de su cara. Se tomó a pequeños sorbos el té helado que le había traído e hizo un par de llamadas para asegurar a sus hijas que aquello estaba buenísimo; entonces me agarró una mano cubriéndola con la suya, me miró a los ojos, puso su mejor sonrisa y rodeó con su otro brazo a un muchacho que quizás no llegaba a tener ni 23 años; su acento caraqueño aun resuena en mis oídos...:
-          Miren bien esto que está pasando hoy, hijitos...mírenlo bien, porque hasta yo,  que toda mi vida he dicho que ese Ramos Allup es un bicho, hoy estoy que bailo por verlo allí montado...miren bien esto que está pasando, porque seguramente no vuelven a verlo en muchos años...lo que se nos viene encima, mis hijos, es muy feo; muy feo, pero  créanme: valdrá la pena....
 
En ese momento un grupo de muchachos de Voluntad Popular nos rodearon de pitos y consignas. Doña Consuelo sacó de nuevo su banderita y empezó nuevamente con su agite, el jovencito que unos minutos antes había escuchado, con seriedad, su anuncio premonitorio, pareció alzarla en hombros y, cual ráfaga de buenas nuevas, arrancaron a caminar, cantando coros de esperanza, hacia el Palacio Legislativo.
Yo decidí que había tenido suficiente. Me replegué con franca intención de regresar a casa. Creía haber visto suficiente y, la verdad, el exceso de entusiasmo de esta buena señora de la edad de mi mamá, me había removido el ánimo. Entonces me detuve frente a un televisor encendido (ese día, todas las tiendas de Caracas tenían un televisor encendido al público, como si fuera la final del Mundial de Futbol) para seguir un poco más las incidencias de un día, a todas luces, trascendental. Desde la vidriera, todo empezó a parecer lejano. Todo empezó a parecer remedo de otras horas. En el Hemiciclo, un señor desconocido pronunciaba un discurso imposible de entender, debido a su enredada dicción y pésima lectura. Desde las barras y las bancadas, los asistentes al acto solemne de Instalación de la Asamblea Nacional, empezaban a gritar bromas de muy mal gusto para acallar al orador y el ambiente, a chispear una andanada de malas costumbres escudadas en el “buen humor del venezolano”
Fue allí cuando comprendí cabalmente lo que había dicho la simpática Doña Consuelo. Sí, lo que viene es muy feo: ni ellos van a aceptar que podemos ser parte, ni nosotros vamos a entender el poquito de respeto con el que ellos deben ser parte y, resulta, que una sociedad nueva no se construye a gritos, ni se sustenta en amenazas o chistecitos pesados. Un país nuevo no se erige "cobrando" ni riéndose de sus desgracias; mucho menos se hace volviendo a excluir a los excluidos que nos excluyeron...

jueves, 28 de agosto de 2014

Todavia está buena...

Hay una imagen que tengo grabada a fuego en la memoria. Andábamos por el  año 1984 u 85 cuando en un programa especial de la extinta Radio Caracas Televisión se recibía, con estruendo, a Lila Morillo, regresando a la que había sido la casa de sus inicios profesionales después de uno de sus sonados atajaperros con Sábado Sensacional, Ricardo Peña y esa cosa rarísima que llaman Venevision, en la que Lila había obtenido estatus de diva.  Fue una de las cosas más exageradas que he visto alguna vez en mi vida; Lila, convaleciente de uno de sus muchos males, vestía un ceñidísimo traje de palletes azul marino y lloraba emocionada repartiendo besos y morisquetas a un público enardecido que la recibía como a una resurrecta, mientras caminaba un sendero que, a duras penas, lograba mantener despejado un grupo de monstruos musculosos forrados en camisetas de licra negra que llevaban en la espalda el nombre de la cantante, escrito en escarcha dorada, a quien en un momento de locura levantaron en andas para entregarla en una caribeña versión de Cleopatra en palio. La verdad es que, entre otros excesos, aquel derroche de brillos, luces de colores, lentejuelas y ornamentos, ligados a tanta musculatura apretada, tanta mueca extasiada y tanta lagrima del reencuentro, convirtió la Esquina de Bárcenas en sucursal de Hollywood Boulevard por una sola noche en su vida, para satisfacer la idea de quienes produjeron esa noche especial en la vida de la maracucha. Sin embargo, la emoción no duró mucho tiempo.  Desconozco las circunstancias, pero, poco tiempo después, Lila regresó a Venevision, su canal de siempre y Joaquín Riviera la metió en un Miss Venezuela en el que ella pronunció la sentencia que la puso para siempre fuera del magno evento de la belleza venezolana: “ya era hora de que Lila estuviera en un Miss Venezuela”
El país vivía momentos de gloria. Jaime Lusinchi había ganado las elecciones con comodidad, jugando la carta del mesías salvador que venía a redimirnos de todos nuestros pecados y la esperanza, entonces bastante mermada, de que renaceríamos a la bonanza desguañangada por el gris periodo de Herrera Campins y su inolvidable viernes negro.  De la mano de Lusinchi - los venezolanos estábamos seguros - Venezuela volvería a ser la gran promesa, volverían (volvieron por un rato) los grandes saraos e iríamos, mesías mediante,  a salir de la crisis. Entonces, Lila reapareció en una pantalla nueva, exhibiendo su oropel voluptuoso para refrendar en el inconsciente colectivo la certeza de que, sí renacía el país, era porque ella renacía a su lado, tan buenota como siempre, recuperada de alguno de sus extraños problemas de salud. Entonces, la fiesta  volvió a ponerse buena para quienes tuvieron la posibilidad de sepultar toda decencia.  Lila, poco después de ese evento inolvidable, anunció oficialmente la ruptura de su matrimonio y se dedicó a cantarle a José Luis canciones de despecho, él sentaba casa en Miami quemando  naves, mientras que Doña Gladys Castillo de Lusinchi era despojada de toda investidura por la avaricia de una secretaria amiga de la farándula,  las ropas costosas y el poder.
La carrera de Lila Morillo había empezado unos veinte años antes,  de la mano de Mario Suarez. Eran los primeros años de la democracia y Venezuela, a pesar del esplendor Pérezjimenista, no pasaba de ser un espacio de ruralidades extensas en las que el recato y buen hacer se medían en metros de percal y música criolla. Lila Morillo, una linda mujer maracucha, casi goajira, pobre de toda solemnidad y muy digna, irrumpía con fuerza mostrando con cierto decoro, carnes turgentes de blancura imposible y una cancioncita que forma parte del sound track de dos o más generaciones: “una piedra tiré al cocotero…tero tero….” En fila, un buen grupo de prohombres de la generación triunfadora del 58 se alistaban para tirarle, ellos, piedras a su cocotero.  A algunos les fue mejor que a otros, Venezuela empezó su andadura. Rómulo Betancourt perseguía comunistas, Mario Suarez convertía en estrella todo lo que tocaba. Lila estaba allí, lista para la partida.
El ejercicio bastante inédito de republicanidad se iba improvisando a medida que partidos y lideres establecían acuerdos de convivencia, de lo más bien intencionados, permitiéndole a algunos comenzar a  crear un cierto aire de cónchale vale, que no dejaba dudas a la hora de pensar en lo chévere que estaba esto. Lila Morillo se abría paso entre un grupo más bien pequeño de cantantes y cada cierto tiempo se anotaba un éxito. Las demás iban y venían, se arropaban con ropajes de dignidad, escondían sus vidas privadas, intentaban incluso europeizarse un poco. Lila al contrario, hacia públicos hasta sus dolores de muela. El pueblo, el mismo soberano que siempre decide todo lo que nos pasa, empezó a rendirse a sus encantos. El resto, debatiéndose entre aceptar como suyo el cocotero, los trajes de costurera (siempre muy ceñidos a un cuerpo de curvas inauditas) y el lagrimeo constante de sus múltiples calamidades, pasaba de considerarla un monumento a lo peor de nosotros a un engendro de venezolanidad absoluta. Leoni y Doña Menca exaltaban el terruño. Lila competía con éxito en el rescate de la tradición musical del patio. Caldera y Doña Alicia en sus primeros intentos por darnos un poco de lo mantuano que tenían las artes interpretativas del arpa clásica de la Señora Pietri Montemayor de Caldera Rodríguez (sus guantes blancos y sus carteras de asa) dieron oportunidad a señoras más conspicuas. Lila fue relegada por primera vez a la rockola, que sea como se entienda, es éxito u ostracismo. Pero es vida.
Llegó la familia, las telenovelas de Inés Rodena y Delia Fiallo. Apareció el apellido Cisneros y los negocios no del todo claros del policía de Miraflores, Carlos Andrés Pérez, nuestro primer presidente con nombre de pila, cubrió de chistes la majestad de la Primera Dama, una diminuta señora de la más gocha estirpe a quien La Casona convirtió en Emperatriz. Lila, feliz con el Puma, se mudó para El Cafetal y mostró la quinta “Nosotros” en las revistas del corazón. Nada más y nada menos: El Cafetal, paradero y destino de la clase media emergente que aplaudía los desmanes forjados  en Punto Fijo y cantaba a coro un Gracias a ti, incomprensible. Venezuela se internacionalizó, la capital se llenó de brillos sauditas y Miami se convirtió en nuestro patio de atrás. Lila y su prole, hacían reportajes (muy bien pagados) para enseñar sus propiedades en Miami (ella aseguraba que comían “cow with coconut”) y exhibir sus hombreras, sus canutillos y sus primeros retoques.  Éramos felices todos, pero Lila la que más. Se había impuesto a toda calamidad y estaba nadando en la cresta de una ola en la que viajaban también sus desdichas, sus soledades y una burbuja impensable que nos reventó a todos en la cara. Un día cualquiera se apagó La Jaula de Oro, dejaron de sonar sus afinadas canciones de despecho. Manuel Alejandro cesó de permitirle reediciones de los éxitos de la Jurado y se hizo día el 4 de febrero de 1992. Lila Morillo, se decía, convalecía en clínicas extranjeras de sospechosas dolencias. Venezuela intentaba comprender lo que se venía encima. Algunos, El Puma entre otros, abandonaron el barco. Lila, calló su voz de acordes perfectos para entregarse a Dios. Venezuela, estaba (lo dijo varias veces) pagando penitencia. Ella, tenía a Dios de su lado y si Dios está conmigo, quien contra mí, cantaba en su conversación.
Hace un par de semanas cumplió 74 años. Un programa de esa televisión un tanto marginal en que se ha convertido el entertainment  local la invitó a festejarlos.  Fue una ocasión discreta, no hubo palletes (ella vistió una discreta versión de la manta goajira que tanto la favorece en estos días de amor a la patria, pero se cuidó de que fuera blanca, pese a la costumbre televisiva) ni musculosos cargadores de palio y, probablemente, no hubo el rating de aquel lejano regreso a las pantallas de RCTV.  A las afueras de ese canal de televisión, no había público ansioso de diva. Estaban en sus rutinas, salvando el día, consiguiendo alimentos, evidenciando el dolor de ya no ser.  Lila discretamente celebró con guiños y morisquetas el botox que no le permite mayores aspavientos, apagó las velas de una torta tricolor - con ocho estrellas - y un adorno sospechosamente idéntico a la cúpula del Congreso de la Republica; pero,  demostró que todavía, mal que nos pese, la esperanza está viva, Lila Morillo, señores, todavía está buena.

martes, 27 de mayo de 2014

Una Giornata particolare

La sociedad, es decir nosotros, esa especie de entelequia que según quien la nombre es, a veces pueblo, a veces colectivo y a veces, simple gentío, parece estar muy harta. Peligrosamente harta de pedirle, a quien debe hacerlo, que se ocupe de sus necesidades básicas: seguridad personal, cobijo y vida decente. Atrás parecen haber quedado los días en que institucionalidad y oportunidades de enriquecimiento, por ejemplo, entraban en ese pote. Con tener una vida en la que los sobresaltos no abunden, estamos empezando a darnos por bien servidos; y para ello, nos guste o no, estamos -  cada vez mas - echando mano de elecciones como instrumentos de castigo.
La gran utopía de todos los tiempos, por ahora, empieza a aparecer, más y más frecuentemente, como víctima del cepo. Cansados de la ineficiencia que significa y, tal vez, de la violencia que engendra, las tendencias izquierdosas del mundo comienzan a dar muestra de un desgaste, digno de mayores estudios, seguramente, que debería tener a los de por aquí en franco proceso de replanteos, si los de aquí sustentaran sus desmanes en ideologías argumentadas; cosa que, ya sabemos bien, no es posible pedir porque para eso hace falta inteligencia, asunto trivial que no abunda a la hora de, por ejemplo, sacar algo en claro de la jornada electorera que este fin de semana sacudió los establishments de una buena parte del mundo. Incluyéndonos.
Los Colombianos, para empezar con el vecino, pueden estar resintiendo tanta agua turbia proveniente de La Habana, tanta conchupancia silente proveniente de Caracas y tanto guabineo filosófico proveniente de Nariño y amenaza con dos armas tan peligrosas para Santos como para los planes expansionistas de los comunistas de al lado: una abstención mayor al 60% y una inclinación demasiado conservadora en la escogencia de gobierno que, entre muchas otras cosas, tiene que tener muy preocupado (por su significado real de derrota) a los que están en Miraflores sacando cuentas continentales.
Un poco más allá, en las lejanas Uropas o en la más lejana y convulsionada Ucrania ejemplarizante, los múltiples desaciertos del autoritario populismo con que se entiende el "socialismo de palacio" amenaza con mandar al traste el enorme esfuerzo europeísta, entronizando gobiernos de tendencia ultrosa (háblame tu de fascismo) que, si fuera yo el que pasea su porte por el Salón Ayacucho, estaría acusando el golpe rascándome la cabeza.
En suelo patrio, por no continuar revisando los efectos dañinos de una globalización en tiempos de crisis que a los de aquí no preocupa porque no entienden del todo; las cosas no pudieron estar peor: un par de inofensivos municipios convertidos en peñasco irreductible gracias al voto. Mas del 75% de reprobación a las tropelías que pusieron en la cárcel a dos alcaldes inocentes informa al gobierno que, si debe cuidarse de algo, que se cuide de unas elecciones a las que se acuda con sentido de unidad y ganas de revancha.
Los palazos recibidos por las izquierdas, urbi et orbi, mientras Su Santidad Francisco se abrazaba emocionado con musulmanes y judíos en el Muro de los Lamentos, no son de los que se curan con árnica. El mundo parece estar cambiando para dejarnos ver, probablemente, una nueva camada de errores y/o una nueva forma de construirse en tiempos donde cada vecino se aleja, a medida que lo acercamos. No, no son tiempos fáciles para encerronas comunales, ni intentos totalitarios: demasiados fracasos, a pie de urna, amenazan seriamente la sobrevivencia de la utopía constructora de un hombre nuevo y empezará más temprano que tarde a poner en entredicho apoyos fundamentales en un mundo que no acepta soledades bravuconas de poder.
Solo nos queda esperar que los señores de Miraflores hayan copiado el mensaje. Perdieron, aun cuando no todo fue derrota en su búsqueda de respaldos: su homófobo candidato a la mariquera más grande de este mundo se alzó con la corona de una noche tan linda como esta, vistiendo una fantasía moradita francamente imperdonable. El guapetón de turno hará compañía a otros faranduleros del disfraz en el andar revolucionario y tendrá su cuarto de hora. Tal vez hay una señal oculta en el oropel de los anabolizantes y las ceras depilatorias, ya sabemos que arrasan con todo lo bueno que de hombre, tiene el hombre.
Lo dicho, si yo fuera ellos, estaría asustadísimo.

jueves, 29 de agosto de 2013

I Have a Dream


Marcharon desde muchos lugares, pero sobre todo desde los estados del sur, esos estados donde el color de su piel era presencia constante y, tal vez por eso, temida u odiada. Vinieron con ellos algunos blancos que entendían el horror de lo que estaban viviendo y también tenían un sueño. Estaban allí los que habían convertido esa lucha indispensable, en una razón importante para mantenerse vivos. 
Desde la barrera, desde la orilla incomoda del poder, los poderosos miraban. Incrédulos, incapaces de entender que un puñado de negros estaba poniendo en riesgo sus privilegios de casta, los blancos que se creían dueños del mundo sintieron  como ese mundo tambaleaba bajo sus pies.
A la cabeza de quienes marchaban amenazantes, un hombre. Un negro que había hecho suya la causa de todos. El reverendo Martin Luther King, un negro que probablemente no estaba pensando en ese momento que se convertiría en icono de la historia y modelo de varias generaciones. Un hombre de fe que tenía un sueño:
De alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.
Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño "americano".
Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales".
Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.
Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.
Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.
¡Hoy tengo un sueño!
Era el 28 de agosto de 1963; el día en que los derechos fundamentales del hombre, en Norteamérica comenzaron a convertirse en tema de conversación y motivo de profundos cambios.  Ayer, emotivos discursos, titulares de prensa alrededor del mundo, analistas, artistas y gente como usted y como yo, tomamos un minuto para recordar ese sueño que tantas veces nos ha descrito la voz ronca y conmovedora del reverendo King.
Entonces nos dimos cuenta  que ese sueño sigue vivo. Que poco de él se ha convertido en realidad y que algunos, lamentablemente, estamos mucho peor ahora, porque le permitimos a un poderoso que, no por el color de la piel si no por el de la camiseta, asesinara nuestro sueño.
 
 

viernes, 1 de julio de 2011

Lista de Viernes XV - Antecedentes históricos

La política, ese gran monstruo que enreda nuestras vidas, le ha dado a los pueblos de este pedazo del mundo, no pocos sustos. Sustos que no siempre se envolvieron en el ropaje ingrato de explosivos o accidentes “per natura” (aunque alguno ha habido) sino que mandaron al traste aspiraciones mesiánicas, o estuvieron a punto de, gracias al desgaste de cuerpos que mal cuidados y mal vividos, enfrentaron el terrible designio de Dios. La enfermedad, ese suceso imprevisto que hoy tiene de cabeza nuestras cúpulas de poder, se ha cebado con saña en algunos de los más conspicuos héroes del continente y ha frenado sus ímpetus, haciéndolos maestros en el arte de esconder la verdad. Este viernes, mi lista va de paseo por la historia, para recordar enfermos de postín, sus mentiras y estrategias para ocultar cuerpos derrotados y su inevitable encuentro con la cara más ingrata de la vida. Mintieron hasta el final y ese final se escenificó con gran boato, pocos deudos y un sinfín de interrogantes para la historia. Veamos.
El sastrecillo valiente: Acusado de enormes corruptelas y harto de defenderse de quienes veían en él al comunista que nos llevaría por el peor de los caminos, Rómulo Betancourt, haciendo gala del histrionismo que le era propio, sentenció su mala hora al pronunciar aquel célebre “que se me quemen las manos si he tocado el tesoro nacional”. Destino mediante, el 24 de Junio de 1960 cuando llegaba al paseo Los Próceres para presidir los actos con motivo del nacimiento del Libertador, un atentado (financiado y organizado por Rafael Leónidas Trujillo) hizo volar en pedazos el auto en que viajaba el Presidente. Betancourt fue trasladado de inmediato al hospital Militar donde se constató que había sufrido severas quemaduras en rostro, espalda, torso y…manos. Cundió el pánico. La recién estrenada democracia no podía permitirse el lujo de un presidente convaleciendo en silencio y ganó fuerza la idea de minimizar el efecto del atentado, mediante una aparición televisada del mismo presidente que calmara los ánimos de la nación. Betancourt, herido seriamente, enfrentaba uno de los peores momentos de su historia sorteando una frívola decisión: Qué vestir para la alocución presidencial salvadora. Calibradas varias opciones, uno de sus ministros, propuso invitar a un oscuro sastre portugués, recién afincado en estos lares, para que resolviera el problema del estilismo presidencial; este sastre ingenioso, confeccionó en pocas horas un traje de perfecta factura que causaba las menores molestias al cuerpo quemado del mandatario. La alocución fue un éxito, el presidente – con sus manos vendadas – exhibió toda su majestad tranquilizadora y el sastre salvador, se convirtió en el millonario vestidor By appointment de los adecos que siempre tuvieron algo que esconder. La democracia siguió su curso.
Volveré y seré millones: En realidad, nunca pronunció esa frase que igual se le atribuye como suerte de testamento político. María Eva Duarte de Perón, Evita, La Jefa Espiritual de La Nación Argentina despierta pasiones inigualables 59 años después de su muerte. Su leyenda, sin rival, ha sido escrita, televisada, cantada y novelada en todas las formas posibles y su rostro sonreído y elegante distingue de muchas formas a Argentina. Posiblemente, nada de eso habría sucedido si, en enero de 1950, no hubiera enfrentado el diagnóstico doloroso de un cáncer de cuello uterino, estando en la cumbre del poder y a punto de empezar una imparable carrera hacia la presidencia de su país, gracias a prácticas populistas no del todo ortodoxas. Si fue un duro golpe para una mujer ambiciosa y en la flor de sus 31 años, no fue menos duro para un movimiento político que en buena medida se sustentaba en su grandiosa popularidad y capacidad de trabajo. Disminuida en sus fuerzas, su enfermedad se mantuvo en secreto, fue disfrazada, maquillada o minimizada casi hasta el momento mismo del final. En 1951, consciente del avance de su mal, fue forzada a declinar su candidatura a la vicepresidencia de la República, exigida por sus descamisados, en una comparecencia pública que se guarda (como casi todo lo suyo) para la historia. Débil, delgada hasta lo imposible y muy cerca del final, fue sujetada por correas a una estructura de hierro que mantenía erguido el cuerpo enfermo, imposibilitado de sostenerse por sí mismo y cubierta por un vistoso abrigo de pieles, para que dirigiera su postrer anuncio de renuncia. Murió, “en aroma de santidad” el 26 de Julio de 1952 a las 8:25 de la noche, después de haber desafiado, sin éxito, un cáncer inimaginable.
El generalísimo: Sangriento, omnipotente y poderoso, Francisco Franco Baamonde gobernó sin consentir oposición alguna, los 40 años más negros que España pueda recordar y, de sus desmanes incomprensibles, aun se cuentan secuelas. Sobrevivió atentados, intentos de asesinato y conspiraciones varias – parecía protegido por fuerzas invencibles - y su nombre está asociado al de los más infames dictadores Europeos. Sólo pudo ser vencido por la enfermedad, aunque esto también trató de impedirse. En 1969, a la edad de 77 años se le diagnosticó la Enfermedad de Parkinson, cosa que jamás fue hecha pública. Sus facultades comenzaron entonces a disminuir y con ellos sus apariciones y discursos. Sin embargo, el franquismo se mantenía al margen de la verdad y el caudillo seguía considerándose eterno. En 1975, una fuerte gripe amenazó la frágil salud del anciano dictador que comenzó una agonía pavorosa. En coma desde el 14 de Octubre de ese mismo año, fue mantenido con vida artificial mientras se negociaban los detalles más precisos de la transición, en manos del Príncipe Juan Carlos de Borbón, su elegido. Las noticias ciertas escaseaban y los numerosos reporteros destacados en el Hospital de La Paz, sólo podían esperar la noticia de su fin, que sería anunciado por el silencio revelador de una bandera que dejaría de ondear. El 20 de noviembre de 1975, a las 5:20 de la mañana entregó cuentas, no sin antes firmar sus últimas ocho sentencias de muerte contra miembros de ETA. Comenzaba así la transición a un siglo XX que estaba dando dejar.
El doctor: Es uno de los casos más curiosos de ambición personal desmedida: Joaquín Balaguer, el nombre más importante de la política dominicana y uno de los gobernantes más longevos de todos los tiempos, ilustra perfectamente que en este lado del mundo, “hasta que el cuerpo aguante” es una verdad que se conjuga sin medias tintas. Fue presidente electo de Republica Dominicana durante tres periodos - el último con más de 80 años de edad y casi ciego - y se presentó a elecciones en nueve oportunidades. Discípulo y útil servidor del dictador Rafael Leónidas Trujillo, a quien despidió emocionado en su féretro, Balaguer estaba convencido que el futuro de su país estaba íntimamente ligado al suyo propio y convirtió esa creencia en un motivo para insistir en vivir, austeramente, bajo la protección del poder. Caudillo como pocos otros, manejó los hilos de la política, apadrinó importantes hechos de corrupción y escondió sus habilidades para quitarse de encima enemigos molestos, con la misma eficacia con la que disimuló sus enfermedades varias y su ceguera absoluta. Su último intento, por increíble que parezca, de obtener la presidencia de su país se registró en el año 2000, cuando a pesar de su ceguera y sus 94 años, obtuvo más del 20% de los votos. La larguísima era Balaguer, culminó el 14 de julio de 2002 por un paro cardiaco. Ninguna otra cosa había podido ponerlo fuera de juego.
El marido: Tal vez por el tango, o por la tristeza congénita de su tierra, pocos vecinos pueden exhibir tanta desgracia. Argentina, la patria del populismo y las corruptelas más tenebrosas del continente, podría ufanarse, si eso fuera posible, de haberle puesto remoquete a la muerte. Sus líderes se la han tenido que jugar en circunstancias que no por dolorosas, dejan de ser curiosas. Cuando se preparaba para arrasar en sus estrategias de penetración política, al lado de la mujer a quien había convertido en presidenta de sí mismo, Néstor Kirchner sucumbió a un infarto fulminante que, en el alma de todos sus compatriotas, no podía ser para él. La noticia, impactante, se supo en el mundo a los pocos minutos de haber sucedido, el 27 de Octubre de 2010 y convirtió a Cristina en viuda solemne, dejó a Latinoamérica sin un estorboso aspirante a líder continental y desató una guerra de poderes cuyos resultados, todavía son difíciles de calibrar. Al sui-generis funeral de estado asistieron, llorosos, insignes representantes del antiimperialismo del siglo XXI y miles de seguidores que echaban mano de consignas y arengas consoladoras, ante la mujer vestida de negro estricto que desafió sin desfallecer el designio de su destino. Posiblemente sea pronto para saber lo que ambos significan en la vida de América Latina; pero, no hay duda que sin el indiscreto zarpazo de la muerte, esta historia se podría escribir de manera muy distinta.
ÉL: Aun vive, aunque parezca que no. Peor, aun gobierna, aunque también parezca que no. Seguramente por la protección de santos y magia negra, Fidel Castro, el dictador más longevo de nuestro tiempo, ha plantado cara a la muerte, ha jugado con graves dolencias, ha silenciado enfermedades de otros y mantiene una batalla diaria contra un destino que parece escurrirse de las manos de todos los que lo odian, que no son pocos. Sin embargo, maneja con notable lucidez el futuro de una nación que, desafortunadamente, cada día se parece más a un laboratorio de infamias continentales. Separado del poder formal desde 2008, por razones de salud que no están del todo claras, el colectivo lo asume sobreviviente de un cáncer estomacal que habría sido conjurado por efectos de células madre, trasplantadas mediante procedimientos nada edificantes. Puesto a escoger entre la vida y el poder, optó por la primera, pero no fue capaz de abandonar totalmente el segundo y escogió a su hermano para que firme papeles donde parece existir su impronta. A su alrededor todo se mantiene en el secreto más firme y se asegura que en el instante final, las histerias serán extranjeras. Sus súbditos le temen, lo aman, lo detestan o lo soportan con frialdad. Su legado, seguramente se está escribiendo en las balsas que día a día intentan cruzar los 80 kilómetros que separan Cuba de la libertad. Él no es eterno, aunque eso parezca.

viernes, 10 de junio de 2011

Lista de viernes XIII - Hablar para la historia

Si pensáramos un poco más que la mejor palabra es la que no se dice, la historia estaría menos llena de metidas de pata y algunos famosos habrían tenido menos oportunidad de develar sus auténticos sentimientos, los que se escapan cuando no pensamos bien en lo que decimos y lo estamos diciendo todo, en realidad. Es viernes, día de listas y de revisiones a la historia frívola y descuidada que han ido escribiendo los bocones – o los indiscretos – de oficio. Trece es un buen número para recordar lo que posiblemente sean las frases más famosas (y en algunos casos, las más inconvenientes o divertidas) de lenguas afiladas con espacios en la historia.
Dinero, para algo más que vivir: Se llamaba Anna Nicole Smith aunque nació siendo Vickie Lynn y se habría quedado bailando en los tubos de varios bares nudistas de Texas, de no haber sido la conejita de Playboy que se levantó un millonario de 80 y pico, se casó con él, lo consintió por 14 meses y enviudó, tristemente. Casi en ese instante, comenzó una de las historias legales más rocambolescas de todos los tiempos: un juicio para repartir la millonaria herencia, que fue visto y comentado por media humanidad, teniendo uno de sus momentos cumbres el día que “la sucesora de Marilyn Monroe” subió al estrado. Vestía de negro riguroso, llevaba poco maquillaje e hizo gala de mohines, morisquetas y frases inolvidables que alcanzaron el zenit, cuando al ser interrogada por el juez sobre los motivos de su demanda a la familia Marshall, ella miró a la audiencia, puso cara de circunstancias y respondió, con toda seriedad: “se necesita dinero para ser yo”. Nadie lo puso en duda, sobre todo cuando lo obtuvo, pocos años antes de morir en un hotel de Florida, víctima de una sobredosis.
Frases del destino: El 22 de noviembre de 1963, un poco después del mediodía, moría asesinado John Fitzgerald Kennedy, el 35to presidente de los Estados Unidos de América y uno de los nombres más importantes de la historia del siglo XX. El crimen, que los gringos conocen como el día que USA perdió su inocencia, removió el mundo y ha sido estudiado, revisado, anecdotizado, filmado y publicado millones de veces. Sucedió en Dallas, al inicio de una visita de campaña para la reelección, a bordo de un automóvil descapotable en el que viajaba acompañado de su esposa Jackie, el gobernador de Texas, Jhon Connally y la esposa de este Nellie, la bocona del momento: En el transcurso de la caravana, ella se volteó a mirar al presidente y para congraciarse le dijo “no podrá usted negar que la gente de Dallas le quiere”. Segundos después una bala atravesaba el cuello del presidente y una segunda hería a Jhon Connally. No hay duda que la mano negra del destino tuvo mucho que ver con esa frase.
En ella, normalito: Nadie en su sano juicio podría suponer en Victoria Beckham un átomo de inteligencia. No es fea, le encanta una foto y la mayoría de las veces se viste bonitico, pero de ella poco más puede decirse, salvo que la suma de sus talentos la han hecho millonaria y la han dejado igualita de bruta. No lo digo yo: “Jamás en mi vida me he leído un libro, no me da tiempo, prefiero comprar discos”. Ya sabemos que Barnes & Noble, nunca le ofrecerá un contrato.
La inolvidable de “La doctora”: Fue protagonista de la política nacional durante el quinquenio Lusinchista (1984-1989) y aprovechó sus artes más íntimas para enriquecerse groseramente y permanecer en el trono como una verdadera Pompadour, a quien se le parecía en muchos frentes, aunque ella soñaba con la modestia e impecabilidad de su más cercana Evita. Intentó todo, y en todo, por suerte, tuvo poco éxito; tanto, que el día que quiso explicar públicamente su molestia al ser tildada una y mil veces de corrupta, la Doctora Blanca Ibañez fue traicionada por su innegable falta de ignorancia y afirmó rotunda: “vivo de mi salario, yo con eso, tengo todos mis gastos cubridos” No sé si por algo más, pero por esa perla, se quedó para siempre en la historia patria.
Entre músicos te veas: En 1982, Ana Teresa Oropeza, una muchacha bastante corriente pero muy adinerada, se alzó con la corona de Miss Venezuela para desconsuelo de todos los que, ya en ese entonces, defendían el poco chance que las niñas ricas de La Lagunita merecian, en un concurso de niñas ricas que empezaba a necesitar historias de superación personal y morenitas bellas. Además de servir arepitas con caviar en la celebración del triunfo y no lograr ponerlas de moda, Ana Teresa entró a la historia gracias a una pequeña confusión de nombres: en una entrevista, realizada por el famoso periodista Nelson Hypollite Ortega, la miss confesó impávida: “me encanta la música de Shakespeare” y obtuvo titular. Días después y para asestarle el toque de gracia, Isabel Palacios publicó un inteligentísimo artículo en El Nacional, en el que despepitaba con su extraordinario conocimiento del tema, todos los detalles de la vida oscura y casi desconocida de un antiquisimo músico ingles de apellido Shakespeare. ¿Sabía de él Ana Teresa? Jamás fué aclarado.
Revancha inteligente: Se hizo famosa en el mundo entero gracias a un cruce de piernas inolvidable, en medio de una secuencia de esas que se diseñan especialmente para aumentar ingresos de taquilla: Sharon Stone, desde entonces ha hecho pocas películas y ha mantenido la fama de Instintos Básicos. También se casó, con el millonario editor de un periódico de San Francisco con el que le fue francamente mal, (accidente cerebro-vascular incluido). Recuperada y radiante, fue entrevistada sobre una ruptura cuyos detalles eran secretos y casi desconocidos, pero que pasaban hasta por las torcidas preferencias sexuales del marido. Inteligente y mordaz, la actriz zanjó el asunto explicándole al mundo que “las mujeres sabrán fingir un orgasmo, pero los hombres saben fingir una relación entera”. Nada, versión gringa de varón no es gente.
Premonición absoluta: Barbara Walters, la periodista de farándula más famosa de Estados Unidos, después de Oprah Winfrey, hizo un programa especial sobre la incombustible y eterna sobreviviente CHER, cantante, ícono pop, actriz, mamá de una que se cambió de sexo para convertirse en hombre y extravagante ex – esposa viuda del cantante y político Sonny Bono. En la introducción del programa, la Walters, famosa también por sus ocurrencias, presentó a la estrella diciendo que “al día siguiente de la guerra nuclear, en el mundo solo quedarán las cucarachas y Cher”. Pocos recuerdan el programa entero, pero nadie olvidará jamás una premonición tan acertada.
La gran bocona: Tenia talento, tenía curvas provocativas, escribía, diseñaba y montaba sus propias escenografías y además escogía sus compañeros de reparto en una época en la que las actrices actuaban mal y listo. Además, o mejor dicho, por sobre todo, Mae West pasó a la historia por su interminable colección de frases mordaces y de doble sentido cuya vigencia se mantiene intacta. “Yo no he descubierto las curvas, sólo las he destapado” posiblemente sea una de las menos conocidas, pero sin duda, podría ser el título de su auto- biografía.
La Pantoja y yo: No acapara titulares por lo que dice, sino por lo que hace o deja de hacer. Viuda de España, tonadillera, presunta corrupta, favorita de la prensa del corazón y protagonista de todos los escándalos del género humano, Isabel Pantoja, se cruzó en mi camino en aquellos días felices de conciertos en el Teresa, con entradas vendidas hasta la bandera y sin discursos. Preparábamos la primera noche de una serie de espectáculos en los que la Pantoja, representada en Venezuela por María Gómez, estrenaba repertorio y abandonaba crespones de viuda. En el ensayo general, Isabel entró al escenario conversando con su asistente y sin ánimos de práctica; pasaban los minutos y el personal, paralizado, empezaba a reclamar algo de acción. María, conocida en todo el mundo por su pésimo carácter, la conminó a comenzar el ensayo, sin éxito alguno; una, dos, tres llamadas y el ensayo naufragando en la nada. María, impaciente y furiosa agarró una silla y la lanzó a la cantante. No llegó a pegarle, pero logró un estruendo digno de emergencias. La Pantoja, altiva como una duquesa, miró a María Gómez, le dijo “ay, por favor, María, que modales…” y se fue a los camerinos. No hubo ensayo, tampoco disculpas, ni otras menudencias; de lo demás recuerdo el concierto, sin sillas en el escenario, como una de las grandes noches de un país que ya no existe.

viernes, 22 de abril de 2011

Lección de la historia

Me cuesta creer que haya sucedido así como lo cuentan los libros de historia. A mi, que soy esencialmente incrédulo, el cuento de Vicente Emparan en el balcón de la Casa Amarilla preguntando si querían que siguiera en el gobierno y el Padre Madariaga haciendo señas por detrás, para que todos dijeran que no, me ha parecido siempre un cuento mal contado; básicamente porque, aunque fuera el siglo XIX, era Venezuela y a los venezolanos, de entonces y de ahora, nos encanta meter la pata en lides plebiscitarias y, genéticamente, nos cuesta mucho seguir consejos y hacer caso de madariagas. Si una madre no logra que una “torcida de ojos” evite la indiscreción imperdonable de su hijo mal educado, ¿cómo es que un cura moviendo un dedo, que bien pudo no haberse visto bien, acabó con un gobierno? Además, ¿cómo es que, entre el gentío de la plaza, nadie gritó "epale, apártate que no me dejas ver el dedo del cura pa’ver que está diciendo"… y le torció el destino al curita?
Es por lo menos extraño, que encima de todo, en esa pacifica escenita de balcón y plaza Bolívar, el mismo Emparan haya salido después a decir tan tranquilo, Pues yo tampoco quiero mando, y renuncíara como si tal cosa; sin milicias, ni pueblo enardecido, ni gobiernos amigos y se haya casi borrado de la historia, después del bochorno causado por un dedo con sotana.
Pues bien, doscientos un años después de tanta sabrosura, cabría preguntarse si fue que, por andar de zafriscos haciéndole caso a un curita entrépito, se nos arruinó el talento para entender las madariagas; o si es que, sencillamente, hemos dejado todo en manos de los abajo firmantes.
En todo caso, desde el libro de Moral y Cívica de la primaria, (que tenia la pintura del 19 de abril en la tapa) hasta nuestros días; por más doctos esfuerzos que hago en enterarme de la parte más sustanciosa del chisme, no consigo nada distinto y doy por buena la información oficial, con gran beneplácito por cierto: La historia (que no miente) ya demostró que salir de tiranos corruptos no es tan difícil. Sólo falta encontrar al Madariaga, ya que si es por balcones, esos abundan.

viernes, 8 de abril de 2011

Lista de los viernes V - Así lo viví yo

En la onda reflexiva de quien celebra 50 años de rodar por el mundo; en mi lista de hoy, recuerdo momentos universales que adquieren importancia vital de acuerdo a como se hayan vivido. Tal vez, recordar lo que yo hacia mientras allá afuera sucedía un evento estremecedor, sirva no sólo para ejercitar la memoria, sino para saber que lo bueno de vivir, es que uno quiere ver la historia, cuando por ahí, hay gente que prefiere oírla.
Ojos color azul bondad: Fue una tarde de enero de 1985, estaba en Mérida aprovechando el feriado obligatorio que nos había impuesto la visita de Su Santidad Juan Pablo II, ese día de paso por Mérida para una misa multitudinaria en la Hechicera a la que yo había decidido no ir. Regresando de visitar a un amigo, fui advertido que las calles del centro estaban colapsadas por el inminente paso de la caravana papal. Seguí caminando tranquilamente abriéndome paso entre la expectante multitud y de pronto, al llegar a la esquina de la Farmacia San José, en la avenida cuatro, levanté la mirada para encontrarme, casi por milagro, con los ojos de Juan Pablo II, quien desde la burbuja climatizada de su papamóvil, miraba en dirección a donde yo estaba. Es el azul más intenso y hermoso que vi en mi vida. Su piel infinitamente rosada, sin duda abochornada por este trópico incandescente, parecía luminosa; pero fueron esos ojos increíbles lo que se me quedó para siempre en la memoria; era la mirada de un hombre bueno.
Disturbios diferentes: Ese día tenía una reunión en las oficinas del Metro que estaban en Chacaito. Llegué, como planeado, a las 8 de la mañana usando como transporte el mismo subterráneo de todos los días. A las puertas de su oficina, William Niño Araque me cortó el paso hablándome de graves disturbios. Le respondí que yo era de Mérida y estaba acostumbrado a bombas lacrimógenas y gente en las calles; subí al próximo tren y avance hasta la Estación Bellas Artes. Cuando salí a la superficie, el mundo había cambiado para siempre. Era el 27 de febrero de 1989 y nunca imaginé que ese día viviría mi primer toque de queda y perdería buena parte de la fe en el hombre.
La otra cara de una pandemia: En mi oficina del teatro de Repertorio Español de New York, el teléfono por el que me comunicaban las necesidades de mis horas de voluntariado en una importante organización de lucha contra el SIDA, urgía mi presencia en las oficinas para ayudar con la súbita avalancha de llamadas. Como pude, di una excusa y me ausenté. Caminando hacia las oficinas del GMHC, sentí que un duelo asustado lo cubría todo. Me bastó con mirar uno de los televisores encendidos en las tiendas que encontraba a mi paso; la noticia había paralizado la ciudad: Earvin “Magic” Johnson, el jugador más importante de la NBA anunciaba al mundo su retirada por dar positivo al virus que causa el Síndrome de Inmunodeficiencia Humana. Ese 7 de Noviembre de 1991, la enfermedad más terrible del siglo descubrió otra cara y llenó de pánico a los hombres y mujeres que pensaban estar a salvo, por tener costumbres sexuales “normales”. Ese día la ciudad se llenó de miedo, el SIDA había penetrado hogares santos.
Un cónsul en apuros: Sin acceso a otra información rápida que el Fax recién instalado en mi apartamento neoyorquino, tuve las primeras noticias del golpe al regresar del cine. Mi madre escribía apuradas e interminables listas de sucesos y me urgía mesura y tranquilidad. Después de ciertos esfuerzos, logré comunicarme con mi familia en Venezuela, para constatar que ellos estaban tan poco enterados de la verdad como yo. Entonces llame al cónsul venezolano, a quien conocía personalmente. Él me invitó a unirme al grupo de venezolanos que esperaban noticias en la sede del consulado. Cuando llegué allí, el gobierno de CAP había sido, oficialmente, derrocado. En medio del pandemónium que la noticia inspiraba, el cónsul repartía vagas informaciones y algo de güisqui. Fue sólo hasta bien entrada la madrugada que pudimos respirar en paz. 19 años más tarde aun me pregunto lo que verdaderamente aconteció la noche del 4 de febrero de 1992. Sigo sin creerme ni un capitulo de la historia oficial.
La partida de un genio: De regreso a Venezuela, encontré la pésima noticia de que la enfermedad que había conocido en New York muy de cerca, estaba haciendo estragos. El 28 de Marzo de 1993, después de varios días de rumores contradictorios y encierros inexpugnables de sus más leales compañeros, Carlos Giménez, el más genial de los directores de escena que Caracas había conocido, sucumbía a los estragos de la peste. Lo supe a las 11 de la mañana en mi oficina del TTC caraqueño y necesité un buen rato para adquirir algo de compostura. No habíamos sido amigos, pero tenía el honroso privilegio de haber tenido con él una relación absolutamente respetuosa. La verdad es que admiraba su trabajo como un loco. Ese día, el teatro venezolano perdió la mejor parte de su mascara de tragedias.
Habría preferido otra muerte: Fue José Antonio Abreu el que sugirió a mi jefe de entonces ir a La Casona esa noche. Cuando ambos repararon en mi presencia, era tarde. Yo estaba camino al mismo automóvil que nos llevaría a “estar” en lo que probablemente haya sido el momento político más importante del siglo XX: La defenestración de Pérez. Discretamente hice mi espacio para mirar el velorio sin muerto en que se había convertido esa noche la residencia presidencial, presidido por una llorosa Doña Blanca que no alcanzaba a comprender “lo que le habían hecho a Carlos Andrés”. Unas horas después, demudado, entró “el presidente”. No lo escuché decir palabra alguna, recibió algunos saludos y entró a una sala privada de donde no volvió a salir. Luego, se empezó a correr el ruego de que abandonáramos la lustrosa residencia. Me acerqué a Doña Blanca para despedirme y tuve la sensación palpable de que algo llegaba al final. ¿El país?
La noticia impensable: El 31 de agosto de 1997, hablaba por teléfono desde mi casa de Caracas y tenía el televisor encendido a cierta distancia y sin volumen; de pronto, empezaron a aparecer imágenes de un terrible accidente en un lugar que se parecía mucho a la avenida Libertador. Interrumpí la llamada para acercarme al televisor. Al colgar, el timbre repicó de inmediato, cuando respondí, la voz grave de mi hermano me daba la noticia. Sólo alcanzó a decir que Diana de Gales había muerto en París, antes de desmoronarse en una crisis de llanto. Incrédulo me senté frente a la tele, donde estuve pegado, sin moverme, por los siguientes tres días. Esa noticia imposible tardó varios días en adquirir verdadero significado y cuando lo hizo, enterró para siempre una manera distinta de vivir con dignidad.
Han caído las torres: Estaba entrando a la ducha. Mi amiga Ligimax Melchor, de visita en mi casa de Houston, estaba viendo la televisión cuando le escuché algo que sonaba a ciencia ficción: un avión había impactado una de las torres gemelas de NY. Sin prestarle atención, abrí las llaves de la ducha y me asomé a la pantalla. En ese momento caía la primera torre. Sentí la certeza aterradora de vivir en un país que se aprestaba a la guerra y no pude evitar horrorizarme de mi suerte. Tuve algo de razón, pero en ese momento además, me urgía comunicarme con Daniel, compañero de muchas cosas, destacado en un campo petrolero americano en la frontera de Afganistán. Cuando lo logré, los muertos se contaban por miles, las calles de Estados Unidos estaban pobladas de dolor y rabia y la guerra se les había instalado como opción de revancha. El mundo, el que yo conocía, empezaba a desmoronarse frente a los ojos cómodos del sueño americano, ahora inalcanzable.
Katrina es el nombre mexicano de la muerte: Pisó las costas de New Orleáns el 29 de agosto de 2005 y por poco borra la ciudad del mapa mundial. Las primeras imágenes que recibíamos en la televisión local, hablaban de una devastación sin igual. Cuando en las primeras horas de la tarde empezaron a ceder los diques que bordeaban la ciudad, supimos que nuestra ciudad vecina estaba en serios problemas. En Houston lo vivimos como nuestro, fuimos los primeros en abrir nuestras casas y nuestras despensas para socorrer desplazados y damnificados y todos los días veíamos llegar autobuses de gente que lo había perdido todo, menos la esperanza de un nuevo comenzar. En medio del calor agotador de Agosto y sin pensarlo, las horas se nos iban en idear nuevas maneras de colaborar con lo que fuera posible. La metrópolis gigantesca, habíase tornado pueblo para entender ese golpe del destino. Yo vivía por primera y única vez, la verdad de la naturaleza enfurecida. Nunca pude olvidar ese miedo.

viernes, 18 de marzo de 2011

Lista de viernes II - 10 momentos indelebles

Continuando con mis Listas de los viernes, hoy pongo la memoria a trabajar para revivir 10 eventos que, en mi opinión, debieron haber servido de freno. Diez momentos de la historia no oficial, que empezaron a dibujar con tinta indeleble, lo mal que estábamos entonces.
De tarde, té con masitas: Sucedió en 1982. La bellísima esposa del entonces Canciller de la República, Leonor García de Zambrano Velasco, imaginándose dueña de superioridades, invitó lo mas granado y florido del jet set caraqueño, algunas colegas diplomáticas y una que otra funcionaria de alto rango, a su fiesta de cumple. Trascendidos los detalles del evento, los conspicuos custodios de la memoria bolivariana de entonces pusieron el grito en el cielo: El convite había sido servido con bombos y platillos, nada más y nada menos que en la casa natal del Libertador Simón Bolívar. Si, allí mismo, en la esquina de Gradillas y con agencia Mar por medio. El canciller se limitó a decir que su despacho lo había autorizado por tratarse de un asunto relativo a la diplomacia patria y Doña Leonor, bellísima, alzó los hombros.
Juan Pablo II y el besamanos: En 1985, Venezuela recibió exaltada la visita del Papa Amigo. Protocolo mediante, una figura de tal santidad tenia que ser saludada a pie de pista, por una familia presidencial inexistente. En Venezuela, todos sabíamos que la Primera Dama, había sido despojada de sus funciones y, según crueles rumores, vivía bajo tratamiento médico. El día de la llegada de Juan Pablo II, ante nuestros ojos sorprendidos, una señora gorda a quien le habían puesto un horrible sombrero azul, caminaba al lado del presidente Lusinchi hasta la escalerilla del avión papal. Posiblemente esa fue la última vez que los venezolanos vimos a la Sra. Gladys Castillo en acto público alguno. Ese día comenzó la fiesta, de la otra.
La doctora cumple años: En 1986, otra fiesta de cumpleaños y otra mujer protagonizan el cumpleaños del año. La “doctora” Blanca Ibáñez, barragana oficial del régimen, recibió un desagravio, sin precedentes, en forma de fiestita de cumpleaños organizada por la esposa del adeco más influyente del momento: Muñeca Aragó de Morales Bello botó la casa por la ventana, en un sarao al que no faltó ninguna mujer caraqueña que presintiera, o tuviera, méritos para figurar. Un par de años después, las redacciones de los diarios recibieron amenazas, ofertas y regalos de todo tipo, para hacer desaparecer las fotos y nadie recordó haber ido, jamás, a una fiesta de cumpleaños en casa de La Muñeca.
El disfraz de Coronela: Prodiga en historias increíbles, esta es quizás, la que todos recordamos sin abrir los ojos. Atendiendo los damnificados de las terribles inundaciones del Municipio El Limón del estado Aragua, en septiembre de 1987, la “doctora” Ibáñez, se encaramó un traje de camuflaje , se batió el pelo y se montó en un convoy militar a repartir regalitos. Las fotos, que dieron la vuelta al mundo, desataron una polémica que no logró evitar males mucho peores y disfraces mucho más feos.
La coronación: Posiblemente no sea necesario recordar los fastos que acompañaron la segunda ascensión al poder, en febrero de 1989, de Carlos Andrés Pérez. Fueron tres días en los que no se escatimaron esfuerzos para celebrar a Pérez y su “nueva Venezuela”, con la presencia de todo lo que valía y brillaba en la política internacional.. Sin embargo, la presencia de Fidel Castro, por primera vez en traje azul marino de impecable corte, casi manda al diablo el protagonismo de Carlos Andrés y Blanquita; este de Clement y aquella de Ángel Sánchez.
La boda aquella: Nada hizo pensar a Mariela Cisneros Fontanals y Gonzalo Fernández Tinoco que su ostentosa boda, celebrada a todo vapor en febrero de 1989, sería la excusa utilizada por Tirios y Troyanos para justificar el terrible Caracazo. Es posible que la boda, a la que asistieron 5000 invitados, no hubiera significado nada, de no ser por las nueve paginas centrales que el Diario de Caracas publicó con los detalles, las langostas y el caviar. Después de eso, nunca más volvimos a ser los mismos.
Los Arcos o el tiempo perdido: Era sin duda alguna, una de las casas más hermosas de Caracas, una de las mas historiadas, también. Un poquitín más arriba de la casona del Country, presidía con elegancia los recovecos de una Caracas que empezaba a desaparecer. Un buen día, para pesar de muchos, desapareció para siempre. En su lugar, una casa horrible, anodina y gigantesca dio posada a una de las fortunas más grandes de la capital. Lamentablemente, no trajo consigo, ni un ápice de la elegancia de siglos que se respiraba al pasar frente a la Quinta Los Arcos.
La Alcaldesa: Sin otras credenciales que su larga cabellera, su sonrisa de virgen buena y su titulo de Miss Universo, Irene Sáez Conde, se presentó en 1993 a las elecciones de alcalde por el municipio Chacao y ganó con los votos de todos lo que creyeron que manejar un municipio era lo mismo que exhibir una corona. Los rumores que empezaron el mismo día de su triunfo electoral, pusieron el poder en manos de banqueros, hoy prófugos, y eternos aspirantes con peor suerte. No lo hizo mal, pero no sabemos por qué.
El Latino, pionero de muchas caídas: Todavía recuerdo con claridad aquel día de enero de 1994 en que llegué a la sucursal Chacaito del Banco Latino y lo encontré cerrado a cal y canto. Nadie explicaba nada, hasta que se supo lo que se supo. Desde ese día, siento pánico financiero cada vez que llego a un banco y lo encuentro cerrado, sin que sea Lunes Bancario.
El otro indulto: Antes de que se concediera el indulto que todos los venezolanos recordamos diariamente, otro indulto puso en entredicho al venezolano más decente de todos los tiempos. El Dr. Ramón J Velásquez, estrenando presidencia interina, firmó, el 27 de octubre de 1993 (sin darse cuenta, jura hasta nuestros días) un perdón que puso en libertad al más temido capo de estos lares, Larry Tovar Acuña. En el desastre judicial se manchó para siempre el nombre de una secretaria gocha y muy ambiciosa, el del hijo del presidente y, según las peores lenguas, el del mismísimo presidente defenestrado, quien seguía moviendo hilos desde la vagancia.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Destemplado y sin sorpresas

No sorprende el llamado a guerra del sabanetero. Se parece a otros, que en circunstancias distintas, tampoco justifican el sonar de los fusiles. Llama la atención, tal vez; pero no sorprende. Nos hace pensar si estamos preparados para otra guerra más, cuando en la nuestra, las bajas se empiezan a contar por miles. Pero no sorprende. Una guerra con Colombia parece poco probable, pero eventos de la historia reciente demuestran que un gobernante enceguecido, necesitado de un golpe de proporciones descomunales y rodeado de perros hambrientos de plata y poder, puede hacer estallar volcanes. Como Bush, por ejemplo, quien se valió de una tragedia espantosa para emprender una guerra que contó hasta con el auxilio de Dios y dejó al mundo tratando de remendar un capote demasiado roto. La guerra, como es costumbre, ha demostrado su inutilidad total. Y lo volverá a demostrar en el caso de una eventual guerra nuestra, que podría pasar a la historia como el hecho bélico más bochornoso de todos los tiempos; no sólo porque los venezolanos no estamos ni entrenados, ni dispuestos a morir por razón alguna; es básicamente porque una guerra cualquiera (en el caso improbable de que se asuma con seriedad) nos va a enfrentar con el dilema inédito de tener que defender una entelequia, a la que todos dejamos de llamar patria desde el centro de nuestras emociones. No sorprende ese grito de guerra. Mucho menos viniendo de quien no ha logrado parar la guerra que el mismo inició hace once insoportables años. No sorprende porque ese grito es el destemplado grito de un traidor. Ese grito está dirigido a quienes siguen su juego y cuentan monedas. Los demás son malandros que convirtieron el odio de clases en una razón para vivir, y perpetúan la saga de los grandes absolutistas de la historia. Todos han muerto solos y con la mayor cobardía.

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