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sábado, 26 de marzo de 2016

Por la acera del frente, solo...

Frank vive en un edificio clase media – media. Lleva más de 30 años residenciado allí, todos sus vecinos lo conocen, saben de él, han visto crecer sus hijos y alguna vez han obtenido de él algún favor para resolver emergencias. Frank es un buen vecino. Se supone que el resto de las 21 familias que habitan el edificio también lo son; para ser un edificio merideño, Frank cuenta con la dicha de no tener en el vecindario apartamentos convertidos en “residencia estudiantil”, cosa que no es que sea mala, sino que ocasiona algún problemita, según puede atestiguar la ciudad entera. El edificio de Frank está habitado por familias, o lo que así puede llamarse en estos tiempos de diversidades y amplitud de conceptos.
Hace un par de días, Frank dedicó el día entero a recorrer pueblos merideños con el fin de abastecerse. En alguno consiguió azúcar, en otro consiguió arroz y poco a poco, fue llenando la despensa familiar gracias al vía crucis que todos conocemos y todos realizamos para mantener nuestras familias tan alimentadas como “la crisis” lo permite. Frank regresó a su edificio aproximadamente a las 5 de la tarde, estacionó su vieja camioneta en un lugar cercano a la zona de entrada del ascensor y comenzó a bajar las tres cajas de víveres que había podido conseguir. Hizo el desembarco en la puerta del ascensor sin recordar que, últimamente, el aparato ha estado medio embromado, actuando por la libre la mayoría de las veces. Frank, en un olvido propio de la confianza de estar en casa, metió dentro del ascensor sus compras y se alejó un segundo para cerrar la puerta del garaje. El ascensor  arrancó. Frank no pudo hacer nada  por detenerlo.  Pasaron unos minutos que a él se le antojaron muy largos, tras los cuales, el ascensor regresó a planta baja, vacio. Detenido en algún piso imposible de descubrir pues, entre otros, el problemita del ascensor incluye haber dañado el marcador de pisos, el mercado que tanto esfuerzo y dinero habían significado para Frank, se evaporó en un vecindario que ha sido peinado hasta donde la decencia lo permite. Los vecinos “ho-rro-ri-za-dos” han comentado lo sucedido al buen señor, pero nadie ha permitido que este le eche un vistazo a la nevera o a la despensa de nadie. La compra extraviada en el ascensor, se perdió para siempre en el ascensor. Fin del asunto,
Lina, una profesora universitaria de economía tan menguada como la de cualquier profesor universitario, se dedica entre otras tareas penosas, a cuidar de su madre aquejada de una grave enfermedad mental propia de la edad. Para palear los síntomas, la madre de Lina consume una buena cantidad de medicamentos, cuya presencia en las farmacias locales sería motivo de risa, si no fuera tan grave. Cada cierto tiempo, Lina y su único hermano se ven en verdaderos aprietos para agenciarse las dosis necesarias, lo han logrado hasta ahora, pero cada día se hace mas cuesta arriba y más complicado. Hace una semana llegó el momento – aciago – de realizar inventario y dictaminar que es hora de abastecerse nuevamente. Cuentas sacadas, Lina obtuvo un préstamo de su caja de ahorros (medida in extremis a la que solo ha acudido  una vez al principio de la enfermedad de la madre) y juntó  dineritos guardados con la alcancía del hermano, para comprar los medicamentos necesarios para cuatro meses de tranquilidad. Empezaron las averiguaciones, pues nunca habían tenido que hacerlo de manera tan especial y decidieron acudir a los servicios de una mujer, venezolana, sufrida victima de la crisis, que decidió poner los pies en polvorosa y se dedica, según sus propios anuncios a “ayudar a sus paisanos venezolanos” desde su exilio panameño. Lina la consiguió en una red social, hizo algunas llamadas para verificar su existencia, gustándole lo que encontró, hasta que finalmente la llamó personalmente. Cari, (así se hace llamar la paisana) resulto encantadora, comprensiva, buenísima gente. No hizo otra cosa que ponderar la obligación que “tenemos los que vivimos afuera de ayudar a los que padecen esta horrible dictadura”  Lina le contó de sus problemas con las medicinas de su madre, Cari le aseguró que ese mandado estaba hecho, pues ella contaba con una “red humanitaria” especialmente diseñada para Venezuela y le pidió una lista detallada de medicinas. Lina se la envió de inmediato. Cari respondió dos días después con las buenas nuevas “tengo todo en mis manos, cuatro meses y medio de medicamentos para tu mamíta, mi amor” Lina agradecida, preguntó el precio, Cari se lo dio. A Lina le dio un soponcio. Era bastante más de lo que ella pensaba que sería. Le pidió un par de horas para replantearse la compra, Cari respondió que sí, pero lo hizo de muy mal humor (No vayas a salirme con que no las vas a comprar porque yo ya las compré y te las tengo aquí listas para mandártelas) y en fin, la cosa se empasteló un poquito. Vencida por la necesidad, Lina pagó lo que Cari le dijo muchas veces en sucesivas llamadas perfectamente pensadas para presionar la realización del pago y cinco días más tarde recibió los medicamentos. Vencidos. Con más de un año de vencimiento. TODOS. Marcados como medicamentos regalados por una organización de caridad debido a su condición de poco aptos (la fecha de vencimiento de un medicamento es tema de muchas teorías encontradas, pero de que asusta, asusta) Entonces Lina decidió averiguar un poco más: el precio que ella había pagado por esos medicamentos “poco aptos” era -  en más del 600% - superior al precio de venta del mismo medicamento en una farmacia Internacional que se anuncia por Internet y en otra y en otra. Hace más de una semana, Lina trata infructuosamente de hablar con Cari. El número de la venezolana benefactora de sus pobres paisanos en problemas, ha sido misteriosamente desconectado. Fin del asunto.
Federico tiene 56 años. Por la razón que sea, a esa edad, no ha podido obtener vivienda propia. En realidad, su suerte no ha sido tan buena. Digamos que es muy difícil que un venezolano de bien obtenga lo que hace falta para comprarse una casa, dedicándose como él ha hecho a escribir, pintar y dar clases de literatura en un liceo secundario. Todo con mucho éxito, pero más nada. Hace como un año Federico recibió una herencia (algo que quienes lo han vivido lo celebran tanto como una lotería) que comprendía un pedazo de terreno en una zona muy bonita de Mérida  y algún dinero, suficiente como para construir, sin pretensiones, una modesta casita. Federico se puso a ello. Sabía perfectamente lo que quería hacer y por lo tanto empezó a permitirse el sueño, hasta que descubrió que, para poder hacerlo realidad, necesitaba el auxilio de un arquitecto que, entre otras cosas, pusiera en orden la burocracia con la que debe enfrentar la burocracia. Lo pensó mucho, después de cierto trabajo de “casting” Federico se decidió por un amigo de infancia. No digamos - como los “chamos” de hoy – su mejor amigo, ni mucho menos. Un arquitecto a quien él conoce “desde que estaban chiquitos” y a quien ve con frecuencia en las reuniones de los compañeros de colegio o en las casuales rumbas de la gente de toda la vida. Federico se reunió con él, él le puso por delante unos honorarios muy decentes, (solidarios, de pana, dirían algunos) con los que Federico estuvo muy de acuerdo. La reunión terminó con un cheque extendido a  nombre del arquitecto por aquello de que “entre usted y yo hay confianza”. Unos días después, el arquitecto le entregó a Federico unas hojas, a mano alzada, con bocetos informales de lo que él consideraba una propuesta. Ninguna de esa hojas pintaba ni remotamente lo que Federico había dicho y redicho mil veces en la reunión previa; pero, además, no servían para empezar a tramitar permisos, ni para echar a andar la construcción. Federico le hizo un reclamo de amigos. El arquitecto nunca más respondió sus llamadas, nunca más hizo el menor esfuerzo por cumplir con el trabajo encargado, ni el menor intento de dar una explicación coherente sobre lo que piensa hacer para retribuir el dinero recibido, del cual Federico se olvidó completamente, por cierto. Fin del asunto.
Hace pocos días, el grupo de amigos de ambos, que suele reunirse para celebraciones casuales, decidió no invitar a Federico a una de esas fiestitas, para evitarle tener que encontrarse con el arquitecto, al que, por supuesto, invitaron y celebraron ¿sin recordar? la estafa que había cometido.
Cuanta razón tenía un gran amigo mío, intelectual de verdad, quien solía decir que en este "país" la única forma de vivir, era caminando por la acera del frente...solo

sábado, 23 de mayo de 2015

¿Susceptibilidades?...las justas.

Hace pocos días, muy para mi desconsuelo,  una conocida mía que vive fuera de Venezuela hace muchos años, vino de vacaciones. Yo ni siquiera lo sabia; pero tuve la mala suerte de conseguirla en una oficina bancaria. Me sorprendió mucho verla pues la se exitosa en algún país europeo. Me acerqué a saludarla y con genuina ingenuidad le pregunté, ¿Qué haces tú aquí? Nada más. Eso bastó para que ella montara un escándalo (desmedido, para mi gusto) en el que dejo salir toda la frustración que le produce ser la venezolana condenada por todo el mundo debido a su condición de exiliada. Ninguna otra justificación puedo darle a ese desafortunado desencuentro. Yo no soy de los que critica el exilio, al contrario lo aúpo; pero, ni  por una razón ni por otra, merecía semejante mal rato. Creo yo.
Días mas tarde,  una mujer desconocida, pero de muy buen ver, decidió pegarme la insultada de mi vida porque, sencillamente, no la vi en el estacionamiento de un centro comercial y le obstaculicé por un par de minutos su torpe maniobra de salida. Me puso verde, literalmente; mientras lo hacía, yo no podía parar de mirar su buena pinta, la cartera de firma y las pulseras “tendencia” que retintineaban con cada insulto. Si ella estaba fuera de sí, (sabe Dios porque, lo que yo hice no era para tanto) yo estaba impactado, la guapa del día se había transfigurado en un monstruo tan odioso que daba pesar.
Mudándome, cosa en la que ando por estos días, he tenido que sortear  todo tipo de antipáticas negociaciones para que mi viejo Tempra pase la noche en el mejor estado posible,  pues uno de mis nuevos vecinos encuentra difícil ceder la comodidad con la que él estaciona su motocicleta y se ha ocupado de hacérmelo saber, ofendido por mis intenciones aviesas de compartir con él un espacio que, de todos modos, sirve para cuatro camionetas. He conseguido que lo entienda es cierto, pero, mucha hostilidad me tuve que comer en el intento. 
Podría seguir contando anécdotas, (en los últimos días me han llamado racista, me han gritado durísimo, me han recordado mi mamá e, incontables veces, he sido el viejo XXXX – póngale el insulto que mejor le cuadre – y no soy el único)   Es como si el siglo XXI,  hubiese venido envuelto en  intocable susceptibilidad  o,  que  esta complicación inmensurable que conocemos como país se viviera merced a un gran dolor buscando salida. Razones sobran, indudablemente; aquí, con el perdón de Santa Teresa, todo nos turba, todo nos espanta. No tenemos ninguna razón para entender la guerra del día a día, ni cosa alguna que permita un respiro, ninguna buena noticia en ciernes; entonces, hemos  decidido vivir de espaldas a la naturalidad, esa cualidad estupenda de la Venezuela de antes en la que cierta flexibilidad Caribe  nos permitía resolver con sonrisas y buenas formas, el lado oscuro del otro. No deja de ser una pena, (especialmente para mí que pierde en este arranque de susceptibilidades mucho de su escasa estabilidad) y  lo  más grave es que está alcanzando unos niveles bastante difíciles de relacionar con lo que uno siempre conoció y apreció como propio.
En estos días pasados, una adorable perrita murió en circunstancias muy tristes. Palabras más palabras menos, fue víctima de mala praxis (o de abuso, no lo sé bien) ; lo cierto es que #Cotufa entró a una clínica veterinaria para recibir atención básica o algo por el estilo y salió de allí muerta; alguien lo supo, apeló a una red social (donde si no) y en poco, la triste noticia era viral en las redes sociales y el Hashtag daba vueltas por el mundo. Está muy bien, muy bien, ese tipo de denuncias son indispensables; es posible que al hacerlo se haya librado otra mascota de una suerte similar; pero, en nuestras circunstancias actuales, ¿ese escándalo era necesario? El mismo día, o un par de días después, al llegar a su casa después de un largo y habitual día de trabajo duro, un joven médico oncólogo pediatra fue asesinado a puñaladas, dejando sin seguimiento médico un grupo de 138 niños enfermos de cáncer, una familia devastada, y un hospital - ya bastante calamitoso - en estado de luto estricto. Pues bien, Jesús Reyes, nunca fue trending topic. Tampoco pasó desapercibido, es cierto, pero su muerte (tan trágica e innecesaria como todas las que día a día nos conmocionan pero muchísimo más triste por lo que implica) no logro el rating de #Cotufa. Tan simple como eso. Veámoslo bien: Jesús Reyes salvaba vidas, o por lo menos se ocupaba de hacer que niños enfermos de cáncer estuvieran tan bien atendidos como la situación-actual lo permite. Jesús Reyes, según parece, era un incansable gladiador de hospitales públicos, eso en Venezuela es demasiado difícil de emular. Cotufa, con todo lo linda que era y con todo lo dolorosa que fue su muerte, hacia feliz a una familia a la que le sobraba tiempo para jugar con ella. Ninguna cosa es peor o mejor que otra. Es más, a lo mejor son incomparables, pero nunca me voy a cansar de decir que cada tweet lamentando la muerte de Cotufa, debería haber sido acompañado por cien expresando la indignación que nos tiene que producir la muerte del Doctor Jesús Reyes. Eso no sucedió y yo lo lamento. Debe ser que este batiburrillo emocional que-nos-está-pasando, da para poner el acento en el sitio en que no va. Punto.

viernes, 23 de mayo de 2014

Entre vecinos no te veas...

Mérida, territorio gocho donde los haya (tal vez, medio grado menos que San Cristóbal, discutible) aun saca cuentas del resultado de las jornadas de protesta que, entre el 12 de febrero y más o menos finales de abril, pusieron al país a pensar en la conveniencia de seguir brindando apoyo (incomprensible) al régimen comunista heredado del difunto. Esas cuentas, desafortunadamente, incluyen lo que a la vida de los merideños de bien, le quitó o le dio, vivir un par de meses entre escombros, morteros y perdigonazos; así como vivir con el susto de una repentina encanada, la nueva afición de los camaradas defensores de la patria, aunque para ello haga falta dejar de lado la manía de comportarse con decencia.
Hoy le tocó a Erasmo y Malala, una pareja de esas de toda la vida, profesores universitarios, depositarios de buenos y malos momentos de vida (alguno muy malo que no viene a cuento) cuyos apellidos son conocidos porque, junto a otros muchos, definen lo que de merideño tiene la merideñidad. Hace algunos años, cuando todavía la familia era un proyecto al que había que ponerle empeño, un poco antes de que nos voltearan el calcetín, Erasmo y Malala se anotaron en un "proyecto habitacional" que les garantizaba una casa bonita y sin pretensiones, en una zona chévere de esta ciudad que enloquece a dentelladas. La urbanización, que ha conocido todas los tropiezos de los asuntos comunitarios venezolanos, llegó a buen fin hace por lo menos 17 años en un esfuerzo, no exento de autoridad reprobable, al mando de Fernando, un abogado, profesor universitario, como todos los 38 cabezas de familia que integran la comunidad de marras. Allí, Erasmo, Malala, Fernando y todos los demás crecieron junto con sus vidas en un holgado espacio de convivencias amables. Hasta que llegó el señor de Sabaneta a convertirnos el país en una cancha de bolas criollas y Fernando transmutó en ciego admirador, enemigo de la plusvalía, la propiedad privada y la buena vida, para desgracia de Malala - sobre todo - y los pocos metros de grama que la separan de ese ideal comunista.
No ha habido paz ni sosiego. Una día sí y otro también, quítame tu estas pajas, es suficiente motivo para que los antepasados pueblerinamente ilustres de Malala, incomoden hasta la esquizofrenia el talante "igualitario" de Fernando. Tanto que, llegada la mala (malísima) hora a casa de Malala, Fernando dictaminó, palabras más palabras menos, que se lo tenía buscado.
Sin solución, los vecinos distanciaron sus tratos hasta hacerlos inexistentes y cada uno desde sus silencios, defendió su vida y su derecho a vivirla como bien le plazca, hasta que las guarimbas cambiaron para siempre la faz de lo que somos.
Malala nunca tomó mayor parte en una trinchera. Para empezar, no había una que estuviera tan cerca de su casa como para ella haberse dedicado a, por ejemplo, hacerle desayuno a los muchachos que la cuidaban. Pero, alguna estaba a distancia caminable y como cientos de otras personas, alguna vez Malala le acercó unas latas de Coca Cola a los guarimberos de su barrio. No fue ella la única, repito. Tampoco era la única enfrentada a Fernando por afiches del muerto en lugares inconvenientes, o medidas (comunales) que a la comunidad le parecían, por lo menos, indebidas. Es, eso sí, la más cercana y quizás la que revuelve todos los temores de Fernando, a la hora de intentar convencer al colectivo de las bondades (inexistentes) del "legado"
El lunes pasado Malala despertó con la mala nueva de entender hasta dónde puede llegar un vecino guapo y apoyado: una citación de la Fiscalía, debido a una denuncia puesta por "un grupo de vecinos" en su contra, la acusa de "intentos de desestabilización" y otras perlas legales que no se entienden (de guarimbera, pues). Desde entonces, la vida de Malala y Erasmo, en el umbral de la jubilación-tranquila-para-vivir-la-vida, está volteada al revés. No es un chiste pensar que en algún momento, aparezcan antecedentes penales o algo mucho peor en la vida de un par de profesores de idiomas que lo único que quieren es que la vida se parezca de nuevo a una cosa que ambos conocieron, es perfectible y se llama democracia.
Para eso sirve la ley de quienes la hacen…

domingo, 27 de octubre de 2013

La curita...

De pronto, en la puerta de mi edificio me golpeó el ojo: Bluyines - una talla menos de lo que le toca - cotica fucsia, cabello amarillo mal pintado, maquillaje espeso, color en los ojos y boca, color en las mejillas, delineador negro aplicado con destreza, bufanda de líneas coloridas en la que - por supuesto - abundaban el fucsia y el azul; entre varios mas, un inmenso anillo de estrellitas de plástico brillante que combinaba perfectamente con la gargantilla amenazante,  las incontables pulseras, y los zarcillos. Zapatos cerrados de altísimo tacón color de rosa, lógicamente. Al hombro, un bolso de calidad artesanal, seguramente fabricado en algún curso de manualidades, que a mí me pareció combinaba perfectamente con la bufanda. En el talón, sin timidez ni vergüenza estética, la curita de rigor.
Entonces entendí parte de eso que ando buscando desde hace años. Que los chistes de la Venezolanidad se hacían verdad en mi cara. Sin pudor, sin clemencia. Ahí, en el talón de una vecina que aun no debe haber cumplido 24 años, la tirita de plástico antiséptico resumía en un instante 50 años de mal gusto e improvisaciones. 50 años de yo-me-pongo-tacones-porque-soy-arrecha, 50 años de ponernos encima lo que nos provoque, lo que nos quede bien, lo que nos quede mal; lo que sea, con tal que se parezca a lo que todos usan. 50 años de ser las mujeres (y los hombres y las niñas y los niños y los transfors) más hermosos del continente, creído a fuerza de oírselo decir a quien quiera que nos  haya regalado la fantasía interminable de la noche tan linda como esta, el plumaje, el panque y las lentejuelas boreales; como para tener algo más en que pensar cuando el mediatismo exagerado en que vivimos nos ahoga. Si es que nos ahoga.
Tan sencillo como la curita en el talón. Un prodigio de los tacones altísimos, el sueldo que no alcanza nunca para buenas calidades y la piel que sufre de nuestras mujeres. Mejor evitar la ampolla y ofender la estética, mejor creer que caminando rapidito no se nota, antes que renunciar a ese derecho libérrimo de nuestras mujeres a expresar la escurridiza libertad de hacer con su cuerpos lo que, realmente,  les dé la gana. Un sentido de libertad chiquitito, que existe entre otros tantos que perdemos casi sin notarlo. Una libertad que se agradece, que se antoja inviolable y eterna.
Respiré aliviado. Entre tantas cosas que han cambiado en la ciudad que fue mía, alguna cosa se mantiene imperturbable: desafía el calor que ahora nos agobia, desafía el color que ahora nos enloquece, se enfrenta con certeza al tráfico imposible, a las prisas universitarias, al tema diario del rebusque y  la venta de esquina.
Entonces me sentí feliz de verla. Le sonreí, me sonrió. Desde entonces me saluda a diario, desde entonces escudriño sinceramente sus atuendos; tengo la certeza que bajo su colección de bufandas coloridas, sus coticas de tiros, sus sostenes push up, sus jeans de todos colores apretados y desleídos, su joyería exagerada y sus tetas de concurso, (operadas con lo que logró ahorrar de las misiones) está la explicación que no consigo en ninguna otra parte. Anoche, cuando la vi caminar apurada hacia el puesto de alquiler de teléfonos, empecé a entender que su curita del talón es un símbolo de épocas ahora aborrecidas.
Por eso me ha dado por volver a tener esperanzas.

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