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jueves, 17 de septiembre de 2015

Y gritaron sobre su tumba...

Ayer murió Doña Yolanda. Combatió los horrores de la enfermedad por largo tiempo, hasta que ayer, en su casa de toda la vida, ajustó sus últimas cuentas con el de arriba y cerró sus ojos para siempre. Correspondería, aquí, decir que lo hizo tranquila y rodeada de los suyos, cosa que es cierta; solo que el paso a la eternidad ocurrió en esta Venezuela de casualidades asombrosas.
A media mañana empezaron a aparecer las señales del día fijado. Doña Yolanda respondía muy débilmente a las artes de supervivencia con las que habían logrado engañar la muerte en los últimos meses; a la casa de El Cafetal, empezaron a llegar hijos y nietos dispuestos a enfrentar la despedida, algunos de los amigos de toda la vida también. 85 años de vivir entre nosotros no se borran de un plumazo; por lo menos, no sin que ello implique ritos a los que somos tan afectos los andinos. Puede ser que el reloj marcara las 2 y 15 de la tarde, puede haber sido poco después, o antes, no es ese momento de certezas. En algún instante cercano a la primera hora de la tarde, Doña Yolanda murió.
El Cafetal, esa urbanización caraqueña inventada por el Banco Obrero en los años de Leoni, tiene particularidades entrañables, la más notoria: es un barrio clase media-media en cuyas quintas – remozadas con lo mejor de la estética adeca -  aun reside una mayoría de quienes allí se mudaron por vez primera,  con fe en el futuro. Doña Yolanda y su marido, vinieron de Mérida para engrosar esas filas y allí, en su casa grata y bien montada de la Avenida El Limón, vieron crecer a sus hijos y darle forma a la vida. Sortearon dificultades y celebraron lo que hay que celebrar. Vivieron pues, sin mayores cuentos que contar, hasta ayer un poco después de las 2 de la tarde.
Cuenta una hija que la primera detonación la agarró en el momento en que empezaba a asimilar la despedida con dolor de certeza. Que todavía estaba tibio el cuerpo de su madre, cuando escucharon algo parecido a una ráfaga de disparos que provenían del amplio patio de la residencia. Dice también que,  demasiado aturdidos por el estupor de esos primeros minutos de duelo, no captaron en su exactitud el significado de esos ruidos que alteraban las oraciones del buen morir entonadas en la habitación materna. Fue unos minutos más tarde, cuando salió de ese cuarto a enfrentar la vida, que pudo darse cuenta,  más o menos, de lo acontecido a su alrededor. Estaba en el teléfono notificando a la agencia de servicios funerarios la mala hora, cuando, provenientes del patio y con armas en la mano, la abordaron los malandros.
-          Dame lo de valor y quédate quieta (no habría estado de mas un “dame lo de valor y te acompaño en la pena”,  pero, todavía,  nadie había abierto el pesamario)
Entonces ella reaccionó con desgano. Era más importante la funeraria. No respondió. Los malandros, sorprendidos con su renuencia – involuntaria, por demás -  le dieron “un chance” para que, parsimoniosamente, terminara la llamada. A su lado, escucharon todo, entendiendo las circunstancias.  Ella se atreve a decir que le pareció que en algún momento los tipos bajaron la mirada, guardaron las armas y se descubrieron la cabeza; pero puede ser que eso lo haya inventado su memoria de Clemente de la Cerda. Lo que si vio, lo que si no es invento alguno, fue la retirada de los delincuentes, su esfumarse en el cerro que bordea por detrás a la Avenida El Limón,  en el momento justo en que sonó el timbre de la casa.
Uno de los hermanos acudió a la puerta. Eran los correctos empleados de la Funeraria prestos a cumplir con el deber. En un lado de la cama, los atuendos apropiados esperaban su turno para convertirse en mortaja. Los hijos, uno a uno, besaron a la madre por última vez y empezaron a salir de la habitación, cuando fueron sorprendidos por una nueva ráfaga de disparos y un contingente de policía militar en la puerta de la casa, abierta de par en par, como acostumbramos hacer los andinos cuando empezamos la preparación de un luto. Los deudos, aturdidos, corrieron de regreso a la habitación como pensando que el cuerpo exánime de la madre iba a protegerlos. Fue en ese momento  cuando escucharon a los policías ordenar a la funeraria retirarse de inmediato - tan vacios como habían llegado – y a gritos - llenar la casa de pisadas y ruido de botas para perseguir, a tiros, la carrera que, hacia el cerro, habían emprendido los asaltantes. Lo siguiente es confusión y  Venezuela. Desde algún lugar indescifrable,  los malandros respondieron con disparos a los disparos de los tombos y estos,  decidieron revisar la amplia casa en búsqueda de algo que no se les había perdido. Nadie supo exactamente el tiempo que tomó el procedimiento. Los amigos nos enteramos, porque junto a la mala noticia difundida minutos antes por la inmediatez de Whatsapp, empezamos a recibir reportes del increíble suceso. Un mensaje final  resumió el lance:

-          No sabemos nada mas, estamos con mamá en su cuarto encerrados, esperando que acaben los tiros, después avisamos…

Después fue,  más o menos,  las 7 de la tarde. El carro fúnebre regresó a la casa cuando los militares (¿policías?, da lo mismo)  habían partido con el fracaso en las manos y sin señal de condolencia. Los trámites en la congestionada funeraria,  se reiniciaron bajo el amparo de un silencio inexplicable que nadie se atrevía a romper y que duró varias horas.
Mañana entierran a Doña Yolanda.
Pasado mañana, la vida de todos, incluso la de los hijos de Doña Yolanda, tendrá que seguir andando. Al menos, dijo por whatsapp un conocido, habrá bastante de que hablar en el velorio.

sábado, 6 de abril de 2013

Penumbras, que no son nuestras…


penumbrasAyer se cumplió un mes de la mala noticia. Algunos actos evocaron las efemérides en medio de un fervor que, más que luctuoso, es oscuro. Algunas personas, no tantas en realidad, se acercaron a la tumba, estampada en la eterna provisionalidad de nuestros genes, para recordar que una vez, hubo un líder en el que creyeron y que este cometió el error de dejarlos solos, cuando empezaban a mascullar algo parecido a un credo ideológico que descifraba claves y palabras de oculta temeridad. Hubo algunas flores, tan frescas como el calor de abril permite y, en los barrocos altares de casas que siguen siendo del mismo cartón que cantaba Ali Primera, velas encendidas a la imagen comprada con el escaso dinero de los espaguetis del mediodía. Más acá, en ese espacio que alguna vez llamamos país, un hombre con voz de lastima, rompe crespones de luto para imitar, sin éxito, la arenga del “hoy occiso”.
No ha podido. De designado delfín a inconsolable viuda, vistiendo ha estado todos los atuendos de una oportunidad que, en su momento, nadie se ha atrevido a pintar calva. Sudando la tinta de discursos que no le pertenecen, pisando las calles que no ha calentado, subiendo a tarimas que nunca fueron contenedores de su desmesura. Mostrándose, en fin, como el heredero que pierde toda reclamación ante la madre astuta que regresa a su origen o la amante infeliz que no ha olvidado agravios. Enseñando pesadeces que, aquí, no han logrado otro final que algunas lágrimas de cocodrilica especie. Tratando de exigir una mansedumbre que, dijera ese grande llamado Padrón, no estamos dispuestos a darle.
Entre tanto, seguimos en la esquina de nuestros desasosiegos, echando candados a toda hora pues ya la noche no parece suficiente excusa para el proyectil perdido; buscando como llevar a la mesa, comida que se escurre huidiza de los anaqueles; tratando de no enfermarnos para no tener que sumar dolencias a la indolencia de un oficialismo extranjero que nos llena de rabias innecesarias…llorando por él, si, en algunos casos, y llorando ante la idea de tener al otro, dirigiendo millones de vidas que cree suyas y no conoce ni por asomo.
Ha pasado un mes de la mala noticia. Nuestras lastimas ya no son cortejo fúnebre. Nuestro estupor ya no desgrana las cuentas de la camándula y la luz perpetua. Nuestro temor no descansa en el horror de una guerra anunciada, nunca perpetrada. Nuestra sorpresa parece más un desfogue, ajeno de pudores, que una lucha cruenta de titanes. Un nombre se empieza a borrar de nuestros labios.
En algunos rincones de esos donde, a decir de quienes no logran comprobarlo, se escucha triste la lluvia, una pena se convierte en pan de cambio y un ¿hasta cuándo? sonríe detrás de la vana promesa de una tarjeta de débito.
De pronto, la alarma de un despertador podría borrar algún concierto de horrores. Podría instalarse sobre la lástima que nos produce, a todos, el ungido de un testamento de fracasos. De venganzas, de facturas vencidas, de amenazas. De penumbras, pues, que no son nuestras. 

sábado, 16 de marzo de 2013

De herencias y mortandades…

duelo Cuando mis padres murieron, hace algunos años, viví mi primer gran duelo. Yo no sabía realmente cómo era eso, qué podía hacer para mantener viva su memoria. Me daba muchísimo miedo pensar que un día, como suele suceder con los amores perdidos, iba a levantarme y el nombre de mis viejos no iba a ser el primer recuerdo del día. Me daba miedo olvidarlos.
Me comporté como yo creo que se comportan los huérfanos. Un día estaba inconsolable, otro día sentía que había hecho lo posible por darles una muerte digna. De muchos modos, los había acompañado y les había dado amor y tanta comodidad como sus enfermedades lo permitieron. Enfrentado al tema funerario, estuve junto a mis hermanos en un triste y socorrido duelo, que se extendió de acuerdo a las tradiciones católicas (y sociales) de esta ciudad nuestra, por dos días de velatorio y sepelio, más nueve de misas y rosarios; terminados los cuales, las visitas se despidieron, las llamadas de amigos se espaciaron y la vida siguió su rumbo. Todos retomamos el trabajo y las diarias ocupaciones. Yo me hice el propósito de visitar sus tumbas tan frecuentemente como podía y por lo demás, vivía; con vagos y muy difusos recuerdos de los días aciagos, con esperanzas de futuro y alegrías habituales.
Mis padres fueron personas “conocidas”. En especial mi madre, quien nos dejó, por toda herencia, un “buen nombre” gigantesco. Yo no me di cuenta de eso hasta que empecé a sentirlo en directo. Llevaba muchos años viviendo en Estados Unidos y no conocía sino a la vieja guardia, los que había dejado de ver cuando eran muchísimo más jóvenes y guapos. Entonces, adopté la extraña costumbre de, antes de decir mi nombre completo, informar que yo era “el hijo de Celina”. Era una especie de santo y seña que abrió más de una puerta, en los días difíciles de los trámites a que la ley obliga a los que quedamos en este valle de lágrimas. Un día, una persona conocida me preguntó si yo no tenía nombre. Dijo exactamente: “¿Y el hijo de Celina, no tiene nombre propio?" Fue un momento muy embarazoso, puesto que yo sabía perfectamente que la señora que me hacia esa pregunta, había frecuentado, como muchas otras, la amistad solidaria y exquisita de mi mamá. Dije mi nombre y terminé la conversación tan rápido como pude.
Llegué a mi casa con la pregunta, que tomé por impertinente en ese momento, dándome vueltas en la cabeza. A los días comprendí que me habían dado una gran lección: Mi madre, a pesar de su buena fama, su generoso corazón, la huella que dejó en muchísima gente que tuvo la suerte de tratarla; formaba parte del rincón indescifrable de los buenos y malos recuerdos; estaba muerta. No era más una cédula de identidad, un nombre que hiciera diligencias, una persona tras la cual escudarme como cuando tenía 12 años. Ese día mi mamá subió al cielo y yo puse los pies sobre la tierra, no sin dolor. Ese día mi duelo empezó a finalizar y comprendí que su memoria era una de las cosas más bonitas y más íntimas que tenía YO. Que era mía y no se convertía en moneda de cambio, ni de broma. Ese día, yo me hice hombre y empecé a vivir mi vida en solitario, a despecho de cualquier circunstancia.
Entonces, los éxitos y los fracasos de mi orfandad, me llenaron de orgullo. 

miércoles, 6 de marzo de 2013

Q.E.P.D

luto qepd Espero que no se me olvide recordar que estaba en la escuela, que eran casi las 5 de la tarde cuando escuché el llamado de la directora avisándome que había cadena nacional. Espero recordar, siempre, que me enteré de su muerte de esa forma, y que me dio un susto tremendo, una preocupación tenaz; que mandé a los muchachos para sus casas y regañe a varios que empezaron con los chistes y las inconveniencias. Espero que no se me olvide que fue imposible llamar a mis hermanos o a alguien más, que no había Twitter, ni Internet, ni telefonía celular o de la otra. Que no tenía televisor y ansiaba llegar rápido a mi casa.
Espero también que no se me pase la preocupación ni se me acabe el susto. Pero, sobre todo, espero no convertirme en un hereje. Espero no tener que bailar sobre su tumba, ni alegrarme por su muerte o su sufrimiento; espero, como dijo mi amiga Carolina, tener fe de que estará rindiendo cuentas ante el único tribunal que no pudo comprar. Espero comprender a los que lo lloran, a los que se sienten huérfanos y a los que lo adversan. Sin embargo, no quiero comprender a los que desde el exilio, dan muestra de una venezolanidad que no me pertenece.
Construir un futuro sobre el cadáver de un hombre, seguramente es pavoso. Sentirse feliz por la muerte de un hombre no es nuestro. Los venezolanos de bien no reaccionamos así. No bailamos los funerales de nadie, no irrespetamos. Prefiero creer que no hemos cambiado tanto. Sencillamente, no me parece necesario guardarle rencor a un muerto, no me parece apropiado. Es una energía dañina, es agua sucia que se empoza en alguno de los desagües del alma y nos corroe sin remedio.
Sí, yo sí creo que haya que pedir por el descanso de su alma. Yo sí creo que debemos pedir que descanse en paz, yo sí creo que debemos, cómo me enseño mi madre, esperar que Dios lo saque de penas y lo lleve a descansar. Sé que muchos venezolanos no han tenido ni tienen paz en sus almas y en sus cuerpos, por su culpa. Sé que nos dividió, nos partió en dos una historia que ahora nadie conoce; sé que nos hizo daño a cuenta de su fría crueldad inconmensurable. Todo eso lo sé y lo siento muy dentro de mí. Pero, ya no podré cobrárselo, ya nadie podrá cobrárselo.
Ni modo, se nos adelantó Dios. Fue su destino inexorable. Que se ocupe Dios de ajustar cuentas; yo no puedo, lo siento; mi religión no me lo permite. Yo creo en el perdón, yo trataré de aprender a extender la mano, cosa a la que tampoco me atrevo hoy – todo hay que decirlo - y aprenderé a vivir con las malas noticias que vienen y a cuidarme, de mí y de mis demonios.
Los que celebran su muerte, los que bailan sobre su féretro, nos llenan de vergüenza y oprobio. Están equivocados y no tienen derecho a estarlo. Nosotros, aun desde el odio, se supone que no somos así, que no somos eso, que no fuimos criados de ese modo.
Soy de los que creo que ha llegado la hora del recogimiento y la reflexión. Posiblemente, ha llegado el futuro. Vamos a salir a saludarlo con humildad y decencia.

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