
Pocas cosas hablan tanto y tan alto del caos urbanístico que es nuestra capital, como su centro. Caracas, a pesar de su envidiable sitio geográfico y sus intentos más o menos plausibles de semejar una ciudad moderna y agradable, se convierte cada día más, en una especie de inmenso desaguisado en donde quienes la habitan parecen pagar penitencia permanente. Descontando el atropello cotidiano de quienes la azotan duramente convirtiéndola en escenario de crímenes inexplicables, otros males interminables parecen cebarse en su alma de ciudad: buhonería, urbanismo descontrolado, mal gusto, suciedad e irrespeto definen perfectamente la ciudad menos amable del continente americano. Es una pena; mirándola desde las barreras, Caracas podría ser un espacio maravilloso al que cuidar, si los venezolanos hubiéramos aprendido a cuidar algo con consciencia. Algunos pedazos, sin embargo, devuelven momentáneamente la esperanza. Uno de ellos, de personalísimo significado, tiene, hoy, cara de buena noticia. La esquina de Cipreses, la misma que acoge, entre otros símbolos de la caraqueñidad, al mismismo Nazareno de San Pablo, está de estreno: El Teatro Nacional (que no principal) al celebrar sus primeros 106 años de existencia, ha sido, finalmente, restaurado a plenitud. No lo he visto, pero leer la noticia me ha llenado de justa y espontánea alegría. Entre el Teatro Nacional y el Teatro Teresa Carreño, (y en la línea de metro que enlazaba ambos) transcurrieron lo que posiblemente hayan sido los años más felices de mi vida. Puedo decir, orgullosamente, que conozco ambos edificios como pocos caraqueños y que cerrar los ojos para evocarlos, no es un ejercicio de nostalgia sino de esperanza.
Hacía muchísima falta. No se si la restauración, que según dicen ha sido hecha con apego estricto al diseño original, incluirá planes para su funcionamiento pleno como sala de espectáculos, o si alguno de nuestros mandatarios lo tiene pensado como púlpito de campaña, como ha sucedido con todas las salas públicas de la capital; pero, por ahora, será escenario de un montaje apropiado al furor bicentenario: La obra Joaquina Sánchez, un sainete histórico del venezolano Cesar Rengifo, descorrerá los telones del Nacional para mostrar la cara de la comedia y la tragedia, en un escenario remozado de necesidades y amores fingidos.
Las fotos, único recurso del que dispongo para calibrar la maquillada, no pueden ser más elocuentes. El nuevo look del Teatro Nacional, es entre pocas, la mejor noticia que le han dado al centro de Caracas en no se cuanto tiempo. Ojala hayan podido limpiar la plaza que lo avecina a la Basílica de Santa Teresa y a ella hayan regresado las feas y desvencijadas caminadoras de mis tiempos y los fieles que día a día, pasaban por nuestras taquillas después de la velita al Nazareno. Ojala la Lecuna vuelva a ser un lugar donde dejar estacionado el auto, para disfrutar las mentiras necesarias de un grupete de actores y ojala sus camerinos puedan continuar la historia de amores de utilería que empezaron a contar hace más de 100 años. Permita Dios que la zarzuela encuentre espacio entre su acústica perfecta, que esta aún lo sea, y que algún joven meritorio de alguna compañía teatral, se detenga en el medio de ese escenario, inclinado suavemente hacia el foro, para poder dar de comer a sus sueños de fama. Ojala y el Teatro Nacional que hoy se reabre, no corra la misma suerte de tantos proyectos buenos que han sucumbido al hambre feroz de quienes los han creado. Ojala el señor Horacio vuelva a vestir su traje dominguero para atender vigilante la puerta de los actores.