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jueves, 16 de noviembre de 2017

En efectivo, por favor

Como en la letra de un bolero, la puerta se abrió en mi cara para sorprenderme dejándome paralizado en el medio del pasillo de un edificio en el que no vive casi nadie.  Era el pasillo que comunica el tercero con el segundo piso y yo bajaba las escaleras, en compañía de una joven pareja, después que ellos me convencieron que el ascensor estaba a punto de  pararse para siempre.  Entre los tres llevábamos en nuestras carteras la cantidad de 300 mil bolívares en efectivo. Los tres lo sabíamos. Era viernes a mediodía  y a mí me urgía,  por lo menos,  el salario semanal de la señora que me ayuda en las labores de casa y tener algo más que dos inútiles billetes de cien bolívares como único capital en mi monedero. A esa hora habría hecho cualquier cosa por tener efectivo.
La carencia de efectivo hace que, en los últimos  meses, los merideños hagamos cosas muy extrañas por reunir alguna cantidad de billetes de cualquier denominación; como por ejemplo, completar el efectivo que necesitamos,  sumándole, entre un 10 y un 15% adicional,  que se lo queda el que nos hace el favor de resolvernos el problema. Es el pago de la necesidad en una ciudad en la que los puntos de venta pueden tardar hasta  media hora en procesar cada operación y los cajeros automáticos prácticamente son cosa del pasado o,  cuando funcionan,  solo dispensan un mínimo inútil de 10 mil bolívares.  Acudir al efectivo bachaqueado es una práctica rutinaria de nuestra cotidianidad a la que accedemos resignados, por lo menos, una vez a la semana.
Tengo dos o tres personas de confianza que me consiguen efectivo: los tres manejan negocios que solo reciben billetes, cuyo camino hasta el banco es una congestionada diligencia que se resuelve mediante su venta. Suelen tener una  clientela fija que les pagan el favor mediante una transferencia electrónica y no regatean la comisión que, después de todo, es ganancia. Es lo que se conoce como “avance de efectivo”
Conocí a una de esas personas hace unos seis o siete meses. Su nombre es Miguel Sauz. O al menos eso me ha dicho. Así aparece registrado en mi teléfono y a ese nombre responde cuando le llamo o le hago pagos electrónicos. Suele llevarme el dinero a mi casa y hasta ahora, se comporta con bastante rectitud. Jamás se ha equivocado en el conteo del dinero y jamás me ha presionado para recibir sus depósitos. Hacer negocios con él resultaba, hasta el viernes, una experiencia grata, un acto de confianza.  Recuerdo que en una oportunidad le pedí que me consiguiera 500 mil bolívares y llegó a mi casa a las 8 de la noche de un jueves, empapado por un torrencial aguacero con 500 billetes de mil en una bolsa plástica. Ese día me cobró el 8% en lugar del usual 10 que cobra por cantidades más pequeñas y se quedó en  mi apartamento un rato mientras la lluvia amainaba. Hablamos de las dificultades que entraña vivir en la Venezuela de hoy y nos tomamos un jugo sentados en la sala de mi casa. Ese día, yo pensé que Miguel era mi pana.
Cuando le escribí un WS para pedirle 150 mil bolívares el viernes pasado, Miguel respondió diciéndome que estaba demasiado ocupado como para llevármelos a mi casa. Me explicó que mantenían una oficinita en un edificio del centro de la ciudad y que era mejor que fuera hasta allá a buscarlos. Le dije que no había problema alguno y que pasaría por allá al mediodía.
El edificio está prácticamente deshabitado. Siempre me ha llamado la atención que siendo un edificio relativamente bonito y nuevo, los apartamentos están incluso clausurados por fuera con láminas de MDF.  Pero, más que eso, nada me pareció peligroso. Yo iba a la oficina de un amigo a hacer una diligencia que tomaría 10 o 15 minutos. ¿Qué podría tener eso de particular?
Llegué a la oficina del 4to piso, entré, saludé a Miguel y casi de inmediato me entregó varios paquetes de billetes que sumaban 150 mil bolívares. Decidí no contarlos en homenaje a la confianza ganada durante meses y le pedí su computadora para hacer desde allí la transferencia. Mientras estaba en eso, llegó al sitio una pareja de muchachos  muy jóvenes, de muy buena pinta,  a quienes Miguel entregó la cantidad de 75 mil bolívares a cada uno. Hablamos banalidades, nos despedimos al mismo tiempo y salimos juntos hasta el ascensor.
Mientras esperábamos que el ascensor llegara,  la chica nos sugirió bajar los cuatro pisos a pie.
Lo hicimos porque temíamos que el ascensor nunca terminaría de llegar en buen estado a recogernos. Bajamos al tercer piso,  animados,  conversando tonterías y luego al segundo. La escalera termina en un corto pasillo poco iluminado que enlaza los pisos. Desde mi esquina pude ver la puerta del cuartico de la basura. Fue en ese momento cuando la puerta de ese cuarto se abrió con gran estruendo.
-          Estos vienen cargados de billete -  se oyó la voz que salió a  nuestro encuentro
-          No vale, no estábamos en eso - contestó la muchacha
-          ¿A que te encuentro un poco ´e  plata si te meto mano? replicó el malandro
-          No chamo, en serio, estábamos visitando a un pana -  insistió la muchacha
-          No te pongas comiquita, negra, porque vas a dejar de existir ahora mismo -  levantó la voz el malandro, mientras materializaba una reluciente pistola de color negro que fue a dar exactamente al rostro de la joven.
Detrás de él, otro muchacho, un poco más alto y más robusto hizo lo mismo frente a mi cara.
Estábamos siendo asaltados.
Solo transcurrió un instante hasta que nos metieron a los tres en el cuarto de basura y comenzó el cacheo. Lo primero que hicieron fue quitarme mi reloj y pedirme que entregara el efectivo. Lo llevaba en un pequeño bolso bandolero de cuero negro, que entregué sin decir palabra. A la muchacha le quitaron su cartera y, al otro chico, el teléfono, un par de pulseras de cuero y una cadena de esas que parecen regalo de tu abuelita y seguramente era de oro muy antiguo. A mí me pidieron mi teléfono, que había dejado en casa porque estaba descargado y a ella le quitaron también el suyo: un viejo SAMSUNG descascarado. Luego vinieron a donde estaba yo y me “raquetearon” a gusto: no me creían el cuento del teléfono cargándose en mi escritorio. Después que se convencieron de que decía la verdad, nos obligaron a sentarnos en el piso – sin mirarles las caras – mientras ellos contaban el dinero.  El más robusto se encargó de la tarea. El otro se instaló en el medio de los tres apuntándonos a la cabeza en un espacio en el que escasamente caben tres personas en circunstancias normales. Éramos cinco.  Un solo tiro habría sido suficiente para malograrnos a todos.
Lo que sucedió a continuación escapa de toda comprensión: los asaltantes decidieron que 300 mil bolívares y un poquito más,  que el otro chico llevaba consigo, no era suficiente y fue entonces cuando decidieron complicar las cosas cobrándonos rescate. Necesitaban completar, al menos, 500 mil bolívares en efectivo y la decisión que tomaron fue enviar a uno de los tres a buscarlo a la oficina de Miguel. Me ofrecí a la diligencia sabiendo que podía, por lo menos, salir del encierro por unos minutos; no tenía la menor intención de cometer un desatino.
No hay mejor argumento para convencerte de cualquier cosa, que una pistola cuya potencia desconoces. Por eso – juro que no encuentro ninguna otra explicación – acepté la propuesta que ellos me hicieron: entregar mi tarjeta de débito, mis claves de acceso y  mi cédula al tercero de los secuestrados  para que él fuera,  en compañía de uno de los asaltantes,  a pedir dinero en mi nombre en la oficina de Miguel. Ese absurdo recibió mi aprobación gracias a tener una pistola apuntándome a la cabeza. El muchacho salió del cuartico y,  entonces,  las imágenes de mi reciente musical THE AUDITION y cada una de sus canciones, se convirtieron en la famosa película que todo el mundo asegura ver minutos antes de la muerte. Vi a mis actores ensayando sus pasos de baile, cambiándose para salir a escena, viví el drama de vestir a Lisara en el último minuto porque una costurera incumplida no entregó parte de sus trajes,  el encierro feliz de los camerinos del Cesar, vi a Jhosabanela ponerse pestañas postizas y,  la cara de José Alejandro tratando de que el micrófono le quedará en su sitio,  se me repitió una y mil veces hasta nublarme la conciencia de lo que estaba ocurriendo. Zaira y Temix cantando You Are The Top, borraron la pistola apuntando al medio de mi cerebro.
No sé cuánto tiempo estuve allí. No sé qué estaba pasando con la chica que me acompañaba. No podía ver nada. Un rato después (2 o 30 minutos, ¿qué  más da?) regresó el emisario. Llevaba una paca de billetes de cien. Me entregó la tarjeta y la cédula.
-          Chamo, saqué todo lo que quedaba en tu cuenta, que pena - me dijo devolviéndome mis documentos.
Los malandros agarraron todo el efectivo, lo metieron en la cartera de la muchacha y salieron, cerrando por fuera la puerta del cuarto de basura. Nosotros, encerrados, tardamos algunos  buenos minutos en romper la cerradura y salir a un pasillo solitario y silente desde el que corrimos despavoridos a la calle. Ellos dos en dirección opuesta a la mía y casi sin dirigirme mas palabras.
Solo fue cuando,  dos días después,  trataba de explicarle a una amiga mía lo sucedido,  que comprendí que había sido víctima de una estafa perfectamente planificada y puesta en escena para la cual probablemente había sido perseguido y estudiado desde unos meses atrás. Quizás desde la primera vez que Miguel Sauz me llevó dinero efectivo a mi casa.
Pero ese susto horroroso, esa sensación horrible de burla y ultraje que tomó cuerpo en mi cuerpo después del abatimiento inicial, es otra historia: la de una vileza incomprensible a la que nos estamos acostumbrando a vivir, tanto como nos acostumbramos a pagar por tener en la cartera billetes que no sirven para nada.

sábado, 22 de julio de 2017

Ayer le tocó a mi barrio

El Cotufa es  uno de mis vecinos más famosos. Todavía no he descubierto bien que hace y,  con lo despistado que soy, seguro estoy que no podría identificarlo entre varios. Vive en una de las veredas y,  desde que me mudé aquí,  escucho ese mote sin nombre en todos los lugares. Un amigo me lo presentó el otro día y como a tantos otros vecinos, lo saludo al verlo pasar;  pero, seguro que no sé quién es ni porque le dicen así.  Si es por mí, El Cotufa puede ser un santo o todo lo contrario, yo solo sé que es hijo de una de las primeras familias de aquí y que su padre, de 86 años,  fue víctima de la rabia iracunda de la Guardia Nacional Bolivariana durante el tercer ataque que sufrió mi barrio hoy, en un periodo de 10 horas.
La Urbanización Los Sauzales es,  de verdad, una comunidad modelo.  Construida en 1968 por el desaparecido Banco Obrero “para dar solución a los serios problemas habitacionales de la clase obrera” significó una de las decisiones habitacionales mas atinadas de Mérida (y quizás de Venezuela) muy probablemente porque sus constructores tuvieron el ojo exacto para ver el extraordinario potencial de crecimiento urbano que posee  la zona donde fue construida.  Hoy día, no solo es el punto central de La Otra Banda, sino el paso obligado que une sus dos extremos y, aunque sigue siendo una urbanización “de interés social”,  su devenir ha sido ejemplarizante.
Es una de las colectividades mejor organizadas y con mayor sentido de pertenencia de cuantas forman el entramado social de Mérida. Formada por tres grandes grupos de bloques de apartamentos y unas cuantas veredas de pequeñas casitas unifamiliares, tiene continuidad y complemento en la Urbanización Don Pancho, cuyas dos únicas calles de “casaquintas” adosadas, le otorga particularidades estéticas a un terreno que sobrepasa los 100.000 metros cuadrados, en el que se ha logrado un orden y nivel de mantenimiento y cuidados inusuales en esta urbanidad de emergencia en que se ha convertido el país.  Los Sauzales ha crecido tanto como sus moradores: en sus apartamentos y casas, ampliadas y hermoseadas, se han formado un par de generaciones de profesionales universitarios a quienes sus padres “sacaron adelante” gracias a la tranquilidad que les produjo ese desarrollo habitacional pensado para obreros de la Universidad de los Andes.
Es también una urbanización muy comprometida con la oposición; tanto, que en ocasiones  ha llegado a llamarse,  medio en broma (y medio en  serio) una Republica Independiente. Obedece cada llamado a plantón, cada trancazo y cada marcha, habiendo desarrollado en 113 días de protestas un movimiento de resistencia que, en casi todo, unifica su agenda a la de la Mesa de la Unidad Democrática, aunque posee un punto innegociable: el cierre de sus accesos a la Avenida Los Próceres, cosa que hacen casi diariamente impulsando de esa forma otros cierres importantes en La Otra Banda, territorio de inconformes.
Las trancas siguen siempre el mismo patrón: una inmensa bandera tricolor cierra el paso a la avenida  y luego la urbanización se cierra toda, incluso el paso entre las estrechas veredas, obstaculizando el acceso que lleva, por medio de la Urb. Don Pancho,  a la Avenida Las Américas y por allí a las más emblemáticas zonas residenciales de la resistencia. Ayer no fue distinto.  Aunque el paro nacional convocado por  la MUD  y acatado por el 100% de sus negocios y habitantes debía haber terminado a las 6 de la mañana, la tranca se extendió por  una decisión que tuvo más de protección que de protesta.
El primer ataque ocurrió un poco después de las 7 de la mañana. Rápido, violento y sin víctimas: un numeroso ejercito de colectivos motorizados pasó por la avenida, se encontró con la tranca a la altura de Los Próceres y dispararon, como suelen hacer, intentando una inútil disuasión.  Realmente ocurrió poco más y se creía que ganada la escaramuza a los colectivos, el día iba a transcurrir calmado.
No fue así. Menos de dos horas más tarde, los colectivos regresaron acompañados tanto de la Policía Nacional Bolivariana como de la Guardia Nacional Bolivariana. Entonces atacaron con rudeza. A sus disparos, los Sauzaleños respondieron con piedras e insultos, para evitar el azote de los uniformados a la zona de veredas y a los bloques de apartamentos que están en la parte más interna.  No lo consiguieron por poco. Lanzaron un par de bombas lacrimógenas, detuvieron a un chico de 17 años que fue liberado, sin torturas, un poco después y se esmeraron con el primer bloque de apartamentos: el que está en el lindero exacto de la avenida. Sin embargo, no lograron dañarlo. 
En la madrugada de ayer, los chicos que estaban de guardia para evitar que se quebrantara el paro nacional, movieron un enorme contenedor de basura y lo ubicaron en el medio de la calle principal haciendo más difícil el paso, quizás eso nos salvo a todos de un ataque que pudo ser más grave y que se llevó por delante al CDI más famoso de Mérida, vacio de pacientes a esa hora;  pues, creyendo que su proximidad los pondría a salvo, los chicos intentaron refugiarse en sus predios, siendo repelidos con gas lacrimógeno y una batalla de piedras contra perdigones,  que milagrosamente no arrojó sino heridos leves y cuantiosos robos,  los efectivos de la Policía Bolivariana arrasaron con bolsos, morrales y carteras de todos los que tuvieron a mano. Se fueron con mucho escándalo cerca de las 11:30 de la mañana.
Los vecinos, decididos a elevar la voz de su protesta en venganza por el desproporcionado ataque, se reunieron en uno de los estacionamientos y decidieron fortalecer las trancas.
El tercer ataque sucedió cerca de las 6 de la tarde y fue tan imprevisto como cruento.  Brutalmente, una tanqueta irrumpió a la entrada de la urbanización y un verdadero ejército represor arrasó con todo a su paso: los vidrios de los apartamentos y casas de toda el área externa de la urbanización y la integridad personal de una comunidad que se respeta a sí misma. Desde mi ventana, podía escuchar gritos, detonaciones y pedidos de poner a salvo a las personas vulnerables.  Casi  inmediatamente empezaron, como parece haberse hecho costumbre, a disparar contra los apartamentos; luego apareció el gas lacrimógeno y fue entonces cuando el padre de El Cotufa, entero y con carácter aun a sus 86 años, salió a enfrentar a la Guardia. 
Solo les pidió no arrojar bombas lacrimógenas a las casas de las veredas y  quiso explicar por qué.
Don Homero fue la víctima más sentida de este último ataque. Fue golpeado, cayó al piso frente a su casa y allí tuvo que aguantarse el dolor de una bota militar sobre su rostro; pero, no fue el único: La Sra. Mireya, otra vecina de siempre, fue detenida y llevada a la tanqueta donde la golpearon un rato para dejarla en libertad “aleccionada” (para que aprenda, contaron que dijo el guardia que la liberó) y en algún apartamento, como también parece haberse convertido en costumbre, un chico de 17 años fue atendido de las heridas causadas por perdigones. Una piedra equivocada golpeó el pómulo de uno de los muchachos y tres jóvenes más fueron retenidos por un rato en la tanqueta, aunque solo apresaron a uno.
Se fueron con la misma furia que habían llegado; pero antes, para dejar muy claro que, para la Guardia Nacional Bolivariana, nosotros somos sus enemigos, quemaron la enorme bandera tricolor que ha sido emblema de esta magnífica comunidad desde el inicio de su lucha.
El Cotufa está ocupándose de restablecer la salud física de su padre, a quien según hemos sabido, los golpes no han hecho sino templarle el carácter un poco más y ya fue dado de alta. La Sra. Mireya considera su paso por la tanqueta como una herida menor de esta guerra libertaria y los demás están muy curtidos como para preocuparse por un perdigonazo.
Pero, el sentido de integridad de esta urbanización modelo, formada  por lo mejor de la clase media-media y lo mejor de lo mejor de la clase obrera, ha sido íntimamente herido. La bandera quemada  por la Guardia Nacional Bolivariana en su furioso repliegue se ha convertido en una ofensa mucho más imperdonable que la colección de golpes que hoy,  a sus 86 años, suma Don Homero a su experiencia de vida, pues esos sanarán fortaleciendo su alma de señor decente y honorable; de aquí, de Los Sauzales,  de toda la vida.

martes, 14 de marzo de 2017

Carvallo Cantor, 30 años después

Una de las cosas de ese día que José Luis recuerda con mayor nitidez es el autobús universitario. Era viernes y él acompañaba a su hermano a esperarlo en la residencia masculina, a pesar de no tener edad para hacerlo, con intención de subir al centro a revisar las novedades llegadas a la Discotienda Internacional y comerse un helado. Al pasar por la Avenida Don Tulio vieron como se preparaba la caravana de bachilleres que saldrían a celebrar el fin de sus estudios de Ingeniería. José Luis y su hermano recuerdan haber visto aquello con total normalidad, como seguramente lo hicieron muchos otros merideños que pasaron por allí a la misma hora. Era tan habitual ver a un grupo de estudiantes exaltados y alegres pintarrajeando sus automóviles y los de sus familiares  para salir a celebrar el fin de la escolaridad, que ninguno de los dos reparó siquiera en los autos que la formaban. Siguieron hasta el centro y allí hicieron lo que tenían previsto; en algún momento vieron pasar la caravana en plena efervescencia; como todos, festejaron desde la acera y siguieron su camino sin darle mayor importancia.
Rita lo recuerda como un día horrible.  Salía con su hermana del gimnasio de la avenida 4, se les había hecho tarde. Poco antes de llegar a Glorias Patrias encontraron la revuelta - era un desastre, nos asustamos, nos sorprendía lo  localizado que estaba, no sabíamos lo que había sucedido o porqué, pero esa casa estaba en llamas y había mucha gente alrededor enardecida -  Rita recuerda que su padre fue a buscarlas muy preocupado y las llevó a casa, donde se quedaron en obligado encierro. Mientras, la ciudad empezaba a arder.
Todos los recuentos de ese día horrible no dejan cabo suelto: a las 7 de la noche, más o menos,  Luis Carvallo Cantor, integrante de aquella caravana de Ingenieros sin título, fue asesinado en la esquina de la avenida 4 con calle 31 porque se bajó del auto a orinar contra la pared de la casa del abogado Bernardino Nava. Según la historia, Nava se asomó a la ventana, molesto por lo que consideró una ofensa imperdonable y disparó un par de tiros a Carvallo quien murió en el sitio para estupor y desgracia de todos sus compañeros. La noticia, sin necesidad de redes sociales que no existían para la época, se supo en el ambiente estudiantil en muy poco tiempo y la ciudad de Mérida empezó a vivir los 5 días mas terribles de su historia reciente. Los días en que a la policía estatal se le acabaron las bombas lacrimógenas.
Mireya, entonces empleada de la Alcaldía de Mérida, había dejado su carro a una amiga para que llevara a su hija de 8 años a comerse un perro caliente en La Cremita, un famoso perrero ubicado a pocos metros de la casa donde sucedió la tragedia, mientras ella terminaba de atender una reunión en la Avenida Gonzalo Picón. Hasta allá, gracias a los comentarios de boca en boca, llegaron noticias poco claras de lo que sucedía. Ni ella podía ir a buscar a su hija, ni la joven que la acompañaba podía salir del barullo. Llegaron muy tarde y, por primera vez, Mireya no encontró excusas para regañar a su hija por la demora.
Nada se ha dicho nunca que justifique la reacción de los compañeros de la victima, que casi cobra también la vida del asesino y su familia, ni de la reacción de la ciudadanía devenida en fieras justicieras. Hasta hoy  existe el rumor - jamás confirmado - que Bernardino fue sacado de la casa descalzo, en pijamas, a golpes y que estuvo cerca de ser quemado vivo, mientras su familia intentaba ponerse a resguardo. No lo consiguieron. La casa de Bernardino Nava, su automóvil y todas sus pertenencias ardieron esa misma noche, pocos minutos después de los disparos que cegaron la vida de Carvallo Cantor; quizás fue así como empezó esa guerra en la que no hubo héroes ni explicaciones.
Carlos Alberto regresaba de Caracas en su carro, venía acompañado de dos amigos a una fiesta que se celebraba el sábado 14 en el Country Club. Su casa, a pocas cuadras de la casa de Nava, estaba sitiada. La ciudad había amanecido en llamas después de una larga noche de enfrentamientos entre policía y estudiantes y nada parecía indicar que terminaría pronto. Los tres amigos tuvieron que refugiarse en casa de los familiares de uno de ellos para poder arreglarse para una fiesta a la que, de todos modos, no pudieron llegar.
La noche entre el viernes 13 y el sábado 14 de marzo de 1987 se desdibuja en la memoria de los merideños. Nadie  recuerda bien como escaló la violencia a tales niveles. Todos recuerdan, sin embargo, lo que hacían ese fin de semana. José Luis, por ejemplo, veía las columnas de humo y el desorden ciudadano desde el cerro de “Las Letras” a donde fue de excursión con su grupo Scout ese sábado, para huir del desastre citadino, mientras que a su madre, la señora Carmen Albornoz, le tocó presenciar el desorden en pleno apogeo por haberse ido a una funeraria a darle el pésame a una familia vecina. La funeraria, ubicada a tres cuadras de la casa de Nava, fue repentinamente tomada por la turba estudiantil que huía de la persecución policial, llevándose por delante hasta la tranquilidad del velatorio, Carmen recuerda haber visto con impacto como la urna en que reposaba su vecina era tirada al piso y como los dolientes tuvieron que intervenir enérgicamente para restablecer, con dificultad, la paz de los sepulcros.
Militarizada, la ciudad no tuvo más remedio que aguantar el desorden, cuya violencia crecía con las horas sin parecer calmarse. El presidente Lusinchi cometió el error de relacionar las protestas con actos de narcoterrorismo y el gobierno regional ya no daba abasto. Era imposible contener los destrozos. Mayela lo cuenta con detalles:
-          - En particular recuerdo lo que hicieron con las Tiendas Gina y con la Zapatería Rex. No dejaron nada. Saqueaban y tiraban lo que no podían llevarse, no parecía un saqueo de esos que termina siendo más bien un robo; era una furia enorme, una cosa incontenible, de las tiendas del Viaducto no se salvo ninguna –
El lunes 16 el Alcalde de la Ciudad, Jesús Rondón Nucete,  no pudo llegar a su despacho. Una de sus empleadas de confianza necesitó armarse de mucho valor para enfrentarse a los soldados que tenían completamente resguardado el centro, para explicarle quien era el hombre que venía en su carro. Logró el paso y  lo recuerda sonreída: - Menos mal que lo dejaron pasar, pues venia a una conversación telefónica con el Ministro de la Defensa para convencerlo de no decretar el estado de queda. ¿Te imaginas si no hubiese podido llegar? –
Mérida jamás, a pesar de su larga historia de disturbios violentos y enfrentamientos, ha vivido un toque de queda (con la excepción del que vivió toda Venezuela en los días que siguieron al Caracazo de 1989) esos días pudo haberlo hecho;  a cambio, la orden fue militarizarla y desencadenar la mayor represión que se recuerda. El toque de queda no fue necesario decretarlo: los merideños se encerraron en sus casas a mirar aterrorizados como la ciudad escapaba de sus manos.
Terminó como empezó y dejó no pocas huellas. Para el miércoles 18 solo quedaban pequeños rescoldos de lo que había sido una guerra a muerte ocasionada para exigir justicia por la muerte absurda de alguien a quien seguramente no le habría gustado entrar de esa forma a la historia. Luis Ramón Carvallo Cantor quizás se habría conformado con subir al Aula Magna y recibir el diploma que lo acreditaba como Ingeniero (por cierto, en el acto de grado, con la anuencia de un movimiento estudiantil dispuesto a no volver a armar la grande, su madre subió al estrado a recogerlo) y hacer la vida normal que Bernardino Nava le impidió por un ataque de rabia incontenible y una pistola en mal sitio y peores manos. La casa de Bernardino, hasta hace muy poco, fue un lugar abandonado y en escombros; hoy, sirve como deposito comercial que nadie quiere ver abierto. La fecha del asesinato dio nombre a un movimiento estudiantil con fama de todo lo bueno y malo de este mundo: el Movimiento 13 y, por lo demás, Luis Carvallo Cantor es un nombre que Mérida no olvida: cada cierto tiempo, la lucha estudiantil lo revive y una nueva bomba lacrimógena se lanza en su nombre.
Bien se dice que solo muere aquel que deja de vivir para siempre en el recuerdo de los otros.

martes, 31 de enero de 2017

Hay que protestar aunque cueste perder

Hace seis años, recién egresado de la Universidad de los Andes con un flamante titulo de Politólogo, Oliverio, que nunca fue realmente un estudiante modelo, decidió juntar sus ahorros, aceptar toda la ayuda que su familia pudiera darle e indagar las posibilidades de invertir todo ese dinero en algún negocio que le permitiera mantener a sus dos hijas, sin tener que pedirle nada a nadie. Matatigres por definición, fanático de armar y desarmar todo tipo de automóviles y maestro en el arte de llevar un volante, casi al mismo tiempo  que entró a la facultad empezó a trabajar como “avance” en una buseta que su tío tenia adscrita a una línea interurbana.  Manejar una buseta, para un tipo como él, era como continuar con el juego de camiones que le trajo el Niño Jesús cuando era niño. Lo enfrentó con entusiasmo y se hizo un lugar en la línea con bastante rapidez; no solo es que sea buena persona, es que sabe tanto de los intrincados mecanismos de funcionamiento de un vehículo y le gusta tanto poner a prueba sus conocimientos, que se fue convirtiendo en la elección obligada por sus colegas a la hora de resolver cualquier desperfecto.
-          Yo no sé porque terminé estudiando esa cosa de Ciencias Políticas que no se parece en nada a mí, si yo lo que he debido hacer es estudiar Mecánica  - dice cuando le preguntamos  por su extraña elección profesional – de todas maneras, fíjese, eso yo ni lo he mirado mas nunca, es que como ese fue el cupo que me dieron en el liceo y andaban todos en la bulla universitaria -
Oliverio resume así su desinterés por la carrera que le dio a sus padres el orgullo de acompañarlo al Aula Magna de la Universidad de Los Andes y con increíble franqueza despacha el asunto en un minuto. Ni sabe, ni le interesa saber nada de la Politología. Lo suyo es otra cosa.
Esa otra cosa se le apareció cuando entendió que necesitaba algo para ganarse la vida; un día, surgió la oportunidad de comprar una buseta en la línea en la que trabajaba como avance. Se la vendían con el cupo incluido,  en un traspaso que a ojos de todo el mundo, era un negocio redondo. Su padrino insistió tanto en que pusiera ahí su dinero,  que terminó dándole una parte de lo que necesitaba invertir y fue quien lo puso en contacto con el agiotista que le cuadró el préstamo en cuotas relativamente fáciles de pagar; rentables, al menos. Hace seis años, Oliverio dejó de ser avance para convertirse en propietario de la unidad que el mismo maneja – y cuida – con esmero digno de mejor causa. Cubre una de las rutas más largas y buscadas de Mérida, la que atraviesa la ciudad casi de punta a punta, desde el centro hasta la Urb. La Floresta. No tiene idea de cuantas veces al día recorre el tramo, pero no le importa. A fuerza de subir y bajar por la avenida más transitada de Mérida,  ha desarrollado un gusto aun mayor por el volante y cierta displicente condescendencia hacia los avatares de un oficio que se ha tornado casi imposible y en el que reconoce  algunas  víctimas de lo que llama “este desastre”: los estudiantes, por ejemplo,  inocentes en medio de un conflicto que tiene a la ciudad descuadernada.
Como la mayoría de sus colegas choferes, le toca hacer una salvedad al explicarse  -  Bueno, ellos no tienen la culpa, de verdad;  es más, a lo mejor hasta es verdad que tienen ese derecho; pero, es que “la cosa” está muy en el aire, aquí  alguien tiene que responder por lo que pasa - 
“La cosa”, como bien la llama, es el Boleto Preferencial Estudiantil. En una ciudad que es sede de una de las más grandes universidades públicas del país, 5 Institutos tecnológicos reconocidos, La UNEFA,  una enorme cantidad de institutos públicos y privados, una universidad consagrada al Turismo y la Hotelería,  mas varios centros de enseñanza más o menos formales y tiene una población de casi 250  mil habitantes,   el oficio de estudiar se convierte en un  verdadero quebradero de cabeza para quien se atreve a ganarse la vida batallando con el transporte - subsidiado - de ese contingente interminable de muchachos. Como Oliverio, por ejemplo.
-          Antes, hace unos dos años, era más fácil, ellos (el gobierno estadal) cumplían con los pagos, y las tarjetas funcionaban, uno le hacía arreglos a las maquinitas y podía más o menos llevar un buen control y cobrar su plata, si no mensualmente, por lo  menos, por lo menos (arrastra el por lo menos para aclarar que el incumplimiento era llevadero,  hasta hace poco) cada dos o tres meses. Pero ahora esto es una loquera. Cualquier muchacho, con uniforme o sin uniforme, con carnet o con constancia inventada o correcta, entra y pretende no pagarle nada a uno por el pasaje….
Es la queja de la mayoría de sus colegas: una disposición gubernamental dejó sin efecto la maquina controladora y la tarjeta que servía para abonar el importe del pasaje subsidiado al que los estudiantes tienen derecho y convirtió la vida de los buseteros en un suplicio que se extiende desde mediados del 2016. Un suplicio que ha tenido poquísimas respuestas y que según Oliverio y uno de sus compañeros chóferes, está lleno de rumores, promesas vanas y espejitos.  Si, les han pagado, dice el otro conductor, pero ni por asomo lo que se supone que habían acordado en conflictos previos;  pues, para empezar, matiza, es imposible aceptar como bueno un cálculo de estudiantes transportados, así nada más. Una buseta que va para La Hechicera (el núcleo universitario por excelencia, sede de la mayoría de las facultades consagradas a las Ciencias) no transporta el mismo número de estudiantes que una buseta que vaya para Santa Juana (popular barriada del sur de la ciudad, donde solo se alojan un par de facultades y un enorme liceo técnico industrial)  dice con lógica irrebatible.
-          No van a salir a pagarnos a todos lo mismo –
Es el razonamiento tras el conflicto que les está causando un daño enorme. Un conductor de autobús que no trabaja, no come. Es así de simple. Los conductores de autobús,  en este momento, dados los precios de los repuestos, las limitaciones impuestas para el cobro del pasaje y los riesgos asociados a la inseguridad personal (particularmente ensañada en su contra) trabajan para el diario. A veces, ni eso,  y si para uno de los dos choferes el problema es la leche de su hijo de un año de edad, para el otro, el asunto  es bien distinto; se siente entrampado. El gobierno regional ha desplegado una flota de autobuses de muy superior calidad – “como nuevos, pues” para cubrir todas las rutas que los transportistas de la ciudad, en un justo ejercicio de sus derechos, están dejando desasistidas y no hace nada por resolver el conflicto principal: un mecanismo eficiente de control  para el boleto preferencial estudiantil. Un mecanismo que aclare quién es el que está subsidiando el pasaje de los estudiantes merideños, el gobierno o el conductor
-          Porque hasta ahora,  en los últimos meses, el pasaje de los estudiantes lo subsidia el dueño de la buseta  y eso ni le importa a los estudiantes,  ni le importa al gobierno,  ni le importa a nadie -
El paro de transporte en Mérida lleva ya 5 días, siete si contamos el último fin de semana. Ha sido  silencioso. Empezó con un brote de mucha violencia en el que un grupo de encapuchados (ya nunca se sabe a qué bando pertenecen) incendiaron una unidad el miércoles pasado. Al día siguiente,  las calles de  la ciudad amanecieron con el silencio apacible y las largas colas en el trolebús que hablan  de “problemas de transporte”: ni las rutas urbanas, ni las rutas extraurbanas del Estado Mérida tienen medios de transporte privado a su disposición.  Solo los autobuses -  rojos - del gobierno prestan servicio en condiciones de crisis. Unidades nuevas pero abarrotadas que a precio muy económico, previa espera de una hora y media en promedio, movilizan a los miles de merideños que no disponen de automóvil propio; relentando hasta casi detener la vida productiva de una ciudad que ya está aquejada de muchos problemas.
Oliverio está decepcionado y tiene mucha rabia, pero sigue en pie de lucha. Sospecha – sabe más bien – que el conflicto se resolverá de algún modo turbio y que la presión de sus compañeros, preocupados por el pan nuestro de cada día, hará que vuelvan a rodar por las avenidas en poco tiempo. Resiente la actitud poco solidaria del gremio de los taxistas (que están haciendo su agosto, literalmente) y no quiere ni oír hablar de los mototaxistas. Pero, sobre todo, sabe que el tema del boleto estudiantil así como las otras quejas del sector, irá a parar a un saco roto.
-          Seguiremos subsidiando nosotros el pasaje o dejaremos de montar estudiantes, hasta que se vuelva a armar un zaperoco y los estudiantes vuelvan y quemen otra buseta, esto es así siempre. 
-          ¿Por qué es que no han resuelto el tema del mecanismo de control del pasaje estudiantil?
-          Pues porque dicen que no tienen plata ni material para hacerles las tarjetas a los estudiantes; pero, eso sí, plata pa´l tal carnet de la patria…pa´eso si hay…la que sea.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Se hace camino al andar

Las ciudades, todas, tienen encantos particulares. Suerte de accesorios con los que adornan su personal naturaleza; algunas, y en esto no somos nada democráticos, poseen más que otras; tal es el caso de Coro, en el estado Falcón que, por tener, tiene nuestro único desierto y cercanía a una línea de playa insuperable o Mérida, que decidió hacerse grande a la sombra de una geografía avasallante, una tierra groseramente fértil en la que una pepa de mandarina lanzada al azar de un muchacho apurado, se convierte en mata lo quiera usted o no. Son encantos prácticamente inadvertidos. Los merideños vivimos con ellos y los sentidos, cosa sabida, se acostumbran rápido a ignorar lo que conocen de sobra.
La Sierra Nevada está allí. Algunos días de agosto nos vuelve locos de tanta y tan fría blancura, entonces la vemos con admiración; pero siempre está ahí. El Albarregas, también, aunque este recuerda su presencia solo cuando escuchamos el ruido de su caudal atropellando piedras debajo de nuestros pasos urbanos. Divide la ciudad en dos mitades y hasta hace relativamente poco tiempo, una importante anchura de terrenos y potreros conocido como La Otra Banda, era lugar de excursiones a los que se accedía por tortuosos caminos abiertos por baquianos tratando de no estorbar el transcurso del rio. Nuestro Albarregas, allí, regando una ciudad que despertó tarde a la modernidad, suena sus caudales sin ningún pudor para recordarnos que convivimos pacíficamente. No se le recuerda bravo; en un esfuerzo notable de memoria, solo atino a mencionar un susto de crecidas y aguas desperdigadas hace un largo montón de años. La ciudad, aunque parece que no, pues pocos lo notan, ha crecido a sus riberas tanto como a la falda de una cordillera acunada de mitos y sorpresas.
Esa ciudad, que al expandirse no encontró más espacios que La Otra Banda, nunca ha atinado a pensar que esa otra banda es la otra ribera del Albarregas, nuestra muy gocha Rive Gauche, que, a diferencia de las riberas de ríos integrados a palos a su entorno urbano, no se rodea de selvas de cemento; lo hace mas bien, suerte que tiene uno, de verdores. Pues bien, ese verdor tiene su historia.
En algún momento de los lejanos 80´s mientras los merideños de mi generación fumábamos marihuana y bailábamos en Las Rosas, a alguien se le ocurrió darle un uso ciudadano a las riberas del Albarregas. Ya alguien mas había cometido la tropelía imperdonable de autorizar la construcción de un conjunto residencial casi en sus márgenes y ciertos sectores de la ciudad, abiertas las compuertas por el famoso Viaducto de la 26, estaban utilizándolo, de todos modos, sin mucho orden ni concierto. El gobierno regional de entonces a cargo del inefable Chuy Copey (Jesús Rondón Nucete) decidió acoger la idea de construir un parque y dio luz verde a un proyecto del que muy pocas ciudades del mundo pueden dar cuenta: Conservar el verdor de las riberas de un río, que no es ni pretende ser otra cosa que un rio de aguas frías, limpias y tumultuosas y agregarle espacios para el disfrute de los habitantes entre los que, de paso, se plantaría un jardín de esculturas. Quienes vivimos esa época seguramente fuimos más de una vez al Parque Albarregas a hacer, caminatas tan largas como lo permitía el espacio construido hasta ese momento. Verdaderamente fue un momento feliz para la ciudad porque entre otras cosas que ganaba en ese entonces, estaba ganando un espacio para su gente.  Gente que probablemente en ese momento ni sabía lo que estaba recibiendo, ni estaba lista para apreciarlo; entonces, sucedió lo que tenía que suceder: primero, el parque se convirtió en guarida de amores tan prohibidos como efímeros, luego empezó a amontonarse basura, después los choros lo hicieron su casa y después todos lo convertimos en basurero. Al final vino la maleza y se acabó el sueño, apenas un pedacito tristón y anodino que exhibe la representación escultórica  de algo tan improbable como un encuentro entre García Márquez y Don Tulio, al que solo acuden libreros de ocasión (a vender sus libros) e indigentes a esconder sus miserias.
Hasta hace exactamente once  días. Once, que empezaron en junio de 2016 en medio de unas Jornadas de Responsabilidad Social Empresarial  que se hicieron en FACES-ULA, organizadas por el Grupo de Investigación de Legislación Organizacional y Gerencia (GILOG); allí, unos locos enamorados de Mérida se preguntaron que había sido del Parque de su juventud y al Parque le cambio la suerte: sin bulla, sin aspavientos empezaron a escucharse voces a favor de las riberas del Albarregas y para hacer corto un cuento largo, se organizó la primera sesión de VAMOS AL PARQUE, A LIMPIAR. 
Se aparecieron 48 voluntarios, quienes supervisados por gente que sabe de eso, recogieron  más de 40 bolsas  de 200 litros con desechos sólidos  inorgánicos,  un montón de  cauchos, chatarra, equipos inutilizados de computación, una gran cantidad de cosas insólitas que nadie se imagina que uno bota en la maleza y un buen numero de colchones, cosa que no necesita explicación: la gente, cuando no sabe donde botar sus basuras, le importa poco tirárselas a un rio, con mala puntería. Pero, lo mejor que hicieron fue despejar 150 metros de la camineria adoquinada construida en los ya lejanos 80´s. De algún modo, el 17 de septiembre la ciudad renació junto a la primera vez que sus ciudadanos se fajaron por ella.
-               -   La primera vez que vinimos, escasamente podíamos caminar por un trechito en el que solo podía ponerse un pie delante del otro. No puedes imaginarte el charco de siglos que era esto - dice orgullosa Danitza Suárez, la mujer detrás del éxito del Km Inteligente y de todas las juntas de condominio a las que les ha ido bien, mientras me enseña ese  pedazo de 150 mts que es la nueva génesis.
Es una verdad increíble. Es una verdad, de verdad. Un par de días antes había pasado caminando por La Cruz Verde (allí queda la entrada) y un claro de bondad en el camino me había llamado mucho la atención, removiendo nostalgias. Por eso me fui el sábado a la segunda jornada de limpieza, a pesar de haber advertido que yo no agarro una escoba ni en mi casa. Ese sábado, el parque de nuestra juventud estaba lleno de gente, que hoy tiene la edad que teníamos nosotros cuando lo inauguraron la primera vez, comandados por el loco mayor, Alex Bustamante, el mismo que hizo de un zaguán viejo en la calle 27 el café/librería mas visitado de la ciudad, el loco pelo largo que anda en bicicleta para todas partes en una ciudad en la que las bicicletas, son para el verano,  quien me dijo hace días que ese será "nuestro Camino de Santiago" y que para lograrlo, ha ido reclutando gente de todos los rincones.
-                      - Es que quisiéramos rescatar los valores de la ciudad y ¿qué mejor valor que su naturaleza? Eso es lo único que estamos haciendo aquí. Esto va a ser grandioso porque va a ser un espacio para la naturaleza y para la gente -   esta vez, la voz es la de Enrique Pacheco Graff,  el paisajista con cara de iluminado que está guiando el rescate pues apuesta a mucho mas que un kilómetro de caminerias rodeadas de verde.
Junto a las caminerias, reaparecieron también las esculturas, tratadas como lo que son, han sido despejadas y serán restauradas cuando el trabajo museográfico se haya hecho. (valga la acotación) y algunos interesados en trabajar a un nivel más serio, es decir, reparando la infraestructura dañada o poniéndole luz a la cosa.
-                  -  Esto va a seguir creciendo -  dice Danitza, rodeada de un grupo de voluntarios a los que dirige como un almirante en campaña.  - ¿Sabes por qué? Porque es y será siempre una iniciativa ciudadana. Aquí no hay espacio para políticos a menos que ellos se conviertan en parte de la ciudadanía, hoy, está el alcalde aquí porque el poder municipal tiene que involucrarse, tiene que darnos, por lo menos, protección policial, pero ya se lo dije: esto no es un asunto de plata, sino de pantalones - y ríe abiertamente.
Hoy, después de cuatro jornadas de trabajo, se han abierto 500 metros de camineria y múltiples iniciativas ciudadanas se han sumado al Albarregas. Algunos programan conciertos, otros piensan en grupos de Yoga, algunos más diseñan alternativas para que sea un éxito. Pero, en el tope de todo, un grupo cada vez más grande de muchachos echa pico y pala limpiando el parque; en cada palada, la ciudad hace una genuflexión, dice gracias y recibe encantada el regalo de su gente, a quienes se lo devuelve para que lo disfruten, porque una ciudad de andariegos sabe mejor que nadie que la más grande verdad jamás dicha es que se hace camino al andar… 

lunes, 4 de julio de 2016

Palabra de rector

Puestos a echar un pulso, es posible que el Padre Alexander Rivera termine siendo más viejo de lo que todos piensan; no porque él quiera. Parece de todo, menos un cura en posición de poder; pero, lo es.  Es el rector del Seminario Arquídiocesano San Buenaventura de Mérida. El más antiguo de Venezuela y uno de los más sólidos bastiones de formación sacerdotal con que cuenta este valle de lágrimas. Alexander, a quien no le encanta que lo llamen por sus títulos, es un cura de La Azulita, con tanta pinta de agricultor como cualquiera que haya llegado de esos lares, con la mirada tranquila y el hablar pausado de quienes vienen de ese pueblo andino. Incluso hoy, cuando la institución que dirige es el foco de atención de una ciudad estremecida.  Tal vez por eso, prefiere contarlo todo caminando una y otra vez por el pasillo trasero del edificio que alberga a los muchachos venidos de todos los rincones de Venezuela con la intención de convertirse en sacerdotes o de estudiar bachillerato sin problemas - pues también siendo un buen padre de familia puede predicarse la palabra de Dios, con el ejemplo –  Alexander Rivera no puede despojarse de su condición de sacerdote, ni siquiera cuando sus fuertes manos, de gruesos y largos dedos, intentan evitar señalar culpables o cuando sus pasos apurados me acompañan, hablando de perdón.
Hace tres días que en Mérida no se habla de otra cosa. Cuatro muchachos, dos de 17 años, uno de 16 y otro de 15, fueron agredidos, torturados, heridos, robados, amenazados con gasolina y fuego y luego obligados a correr, completamente desnudos, por la Avenida Don Tulio Febres Cordero de esta ciudad, por haberse cruzado en medio de una revuelta callejera protagonizada por un colectivo oficialista, para impedir un acto convocado por Voluntad Popular que contaría con la presencia de Lilian Tintori. Los jóvenes salían de la casa de la tía de uno de ellos en las inmediaciones del sitio donde se desarrollaban los disturbios y, con la naturalidad de quien está acostumbrado a sortear reyertas, intentaron pasar por el medio de la calle tomada. Algunos de los encapuchados, miembros del colectivo los increparon preguntándoles si ellos eran “chavistas o escuálidos” ellos respondieron, con la mayor simpleza, lo que son: “somos seminaristas”. Así empezó su desgracia.
El Padre Rector estaba preparando la misa del domingo, cuando uno de los diez sacerdotes que le acompañan en la labor de mantener a flote el Seminario, le interrumpió el estudio para anunciarle que algo muy grave había sucedido a  varios de  sus muchachos. El Padre Rivera, haciendo gala de ese sentimiento filial que suele desarrollarse entre el director de un colegio católico y sus alumnos, reaccionó perplejo ante la noticia y se negó a ver las fotografías que en segundos colapsaron las redes sociales.  Quiso saber detalles de lo ocurrido y prepararse para hacer frente a lo que vendría. No acudió inmediatamente en ayuda de los estudiantes, pues sabia que otro de los sacerdotes que forman la jerarquía del Seminario estaba en eso y él tenia que atender diversos frentes en ese mismo momento. Él, necesitaba saber si se trataba de un ataque deliberado a su seminario, a la iglesia. Hoy está seguro que no lo fue.
-          -      Un atacante lleno de odio no pide la  identidad de sus víctimas, arremete contra cualquiera, le tocó a ellos. Ellos se identificaron como seminaristas, porque eso es lo que son; pero eso no hizo que sus atacantes se portaran peor. Un ataque deliberado al seminario habría sido mejor planeado y no habría sido contra cuatro estudiantes de cuarto y quinto año que no llegan a 17 años de edad. Es más, uno ni siquiera es estudiante nuestro. Fue quien llevó la peor parte.
La misma tía que los había despedido minutos antes en el apartamento advirtiéndoles que se fueran con cuidado, fue la primera en atender sus llamados de auxilio. Los vio desde el balcón y los reconoció, con el ojo herido por un dolor imborrable, cuando corrían desnudos en busca de amparo.  Uno de los cuatro, el menor, sangraba abundantemente; había sido golpeado en la cabeza con un candado. Ella se ocupó, los cubrió y diligenció el traslado a la clínica de los cuatro muchachos.  Así, como Dios los trajo al mundo fueron fotografiados y vistos en el mundo entero, gracias a la inefable inmediatez de las redes sociales.
-     -       Lo siguiente que pensé es que ese tipo de tragedias están empezando a parecernos tan normales - retoma la historia mientras camina a mi lado el Padre Rector - que parecemos estar acostumbrándonos. Que ese encarnizamiento es propio de estos tiempos terribles y ya nada  nos sorprende; entonces, claro, uno se asusta.
Los cuatro muchachos, cuya identidad no ha sido revelada tal vez por no ahondar en la vergüenza, llegaron hace menos de dos años procedentes de pueblos del interior de Los Andes. Dos vienen de un caserío de Guaraque llamado Rio Negro y dos de un pueblo trujillano, Capurí.  - Son hijos de gente de fe - dice el padre Rivera - De gente a la que Dios les da paz y serenidad, aunque están pasándolo muy mal. Ellos son muy jóvenes, y están bastante recuperados; fuera de lo anecdótico, ya hasta son capaces de reírse de lo ocurrido y bromear sobre eso; sus padres no, ellos están muy afectados. A esos muchachos han podido matarlos.
El 1ero de Julio, toda Mérida se volcó a proteger su seminario, una institución de la que los merideños están muy orgullosos, pues entre otras cosas, es génesis de su Universidad. Los comunicados de apoyo, las voces exigiendo respeto, las muestras incontables de respaldo emocionan la voz del diminuto Padre Alexander mientras camina a mi lado sin querer detenerse. Trato de ver en sus ojos un rastro de rencor, un poquito de venganza, un rasgo de rabia. El Padre Rivera está curtido en dones de Dios, él ya los perdonó. Solo consigo arrancarle un dejo de ironía cuando le comento la rueda de prensa ofrecida esta mañana por el Gobernador del Estado Mérida, Alexis Ramírez, quien dijo que repudiaba el hecho; pero, aclaró como quien resta importancia al asunto, que los agredidos estaban alborotando, en las canchas de la Federación de Centros Universitarios, lugar donde se realizaría el acto con Lilian Tintori y en cuya esquina sucedió el ataque.
-     -    Bueno, no sé si fue una rueda de prensa, pues no hubo preguntas. Creo más bien que fueron unas  declaraciones.
-      -    Eso fue lo que el gobernador dijo, ¿usted lo sabía? Que los muchachos estaban en las canchas de la     FCU.
-      -    Es normal, desconocer la realidad es normal en los tiempos que estamos. Eso es parte de no decir la verdad, yo lo llamo realidad política, el gobernador tenía que decirlo. Pero, no, ellos iban a su clase de inglés en el CEVAM, iban de prisa porque tenían un examen. Hay registros.
El Padre Alexander se sonríe. Parece no atreverse a decirme lo que, quizás, ambos estemos pensando, entonces se lo suelto, - no está la iglesia para alcahuetear mentiras -  sus  ojos me miran divertido.  Ya llevamos la cuarta vuelta al pasillo. Me asegura que no le consta que hayan metido a uno de los muchachos dentro de una alcantarilla, que otro de ellos salió de la clínica con un collarín – quizás por prevención – y que ayer lo llamó el Padre Alirio Contreras, un cura venezolano que vive en Roma y que protagonizó un momento venezolano durante el Ángelus del domingo pasado en San Pedro;  lo llamó para hacerle llegar los saludos del Papa Francisco. Ya Monseñor Porras lo había hecho. Con humilde orgullo cuenta que el Papa ya está enterado de los detalles, pero le preocupa que Su Santidad tenga una preocupación más; lo agradece, pero me regala lo que ha sido su reflexión permanente desde el viernes, una reflexión que, dado su talante, no me sorprende en absoluto:
-    -     Uno siempre tiene que tener la posibilidad de pensar en el lado bueno de las cosas que suceden. A estos muchachos les tocó vivir eso tan horrible, tan inhumano, porque quizás ellos pueden convertirse en la voz de los que no tienen voz. De los que humillan diariamente en las colas para conseguir comida, de las madres que no pueden llevarle sustento a sus hijos. Estos muchachos son la voz de esas personas que están viviendo tan mal en este país y nadie conoce.
Un seminarista interrumpe nuestro paseo. El padre es requerido en el patio frontal, dentro de poco va a celebrarse una misa en desagravio y a él le toca afinar detalles.  Decido terminar allí la conversación aunque reconozco que me ha subyugado y quisiera pasarme horas hablando con él de muchas cosas. Mi última pregunta parece lógica, esperada,
-     Padre, ¿no le da miedo?
-        -    ¿Por qué?, nosotros vamos a hacer una misa, una misa por la paz, no es un homenaje al Seminario      Yo me encomiendo a la Santísima Trinidad y me paro allí, no estaré solo.
-          -    ¿Usted cree, padre, que vale la pena arriesgar la vida?
-          -     Claro, claro que sí -  me lo dice mirándome a los ojos, rotundamente - Si la causa lo vale, claro que si, y la causa es la paz.
El hombre de 1, 60 de estatura se aleja. Mil cosas lo distraen allá afuera.  La causa es la paz, me repito. Media hora después encabeza la procesión de 46 sacerdotes diocesanos que presiden la misa por la paz en la calle repleta de gente que conduce al seminario y que este comparte plácidamente con la fragata insignia de las obras del gobierno local, el Teleférico de Mérida. Me quedo en la misa. Al terminar, es el padre Rivera el que nos dice, después de una homilía extraordinaria - que merece cuento aparte - palabras que marcan su talante:
-    -      Pertenecemos a la generación que escuchó decir a sus abuelos que al mundo vendría una gran oscuridad, los cálculos estaban mal sacados, no dijeron que esa gran oscuridad ha caído sobre Venezuela; pero, no nos preocupemos, que ya hoy anunciaron que se acabaron los cortes de luz….

jueves, 26 de noviembre de 2015

Nadie se muere en la víspera

El martes 12 de enero de 2010,  316 mil personas, que como usted y como yo se encontraban dedicados a sus labores de cada día, encontraron la muerte en la más grave tragedia que ha azotado Haití en su historia reciente: un terremoto de 7.0° en la escala de Richter, casi borra del mapa el pequeño país caribeño como para sumarle una calamidad más a las muchas con las que ya vive su convulsionada historia.
Al amanecer del día de navidad del año 2004 el archipiélago de las Islas Simeulue en la costa de Sumatra, soportó un terremoto de 9.1° en la escala de Richter, desatando un Tsunami que barrió las costas de Indonesia, Malasia, India, Sri Lanka y Tailandia, afectó lugares tan remotos como Alaska, movió el planeta un centímetro de su eje y produjo caos en todo el continente asiático.  Murieron o desaparecieron - que para el caso es lo mismo – 492.866 personas.
El 29 de julio de 1967, mientras los venezolanos disfrutaban el momento en que una de sus misses casi se alza con el reinado universal de la belleza (hecho que luego se convirtió en costumbre) 236 personas morían sepultadas por un sismo de 6.7° en la escala de Richter, que salió desde el pueblo de Arrecifes en el Litoral Central para dañar buena parte de las muy sifrinas urbanizaciones del este capitalino. Eran las 8.02 minutos de la noche de un sábado cuatricentenario.
¿Qué tenían en común Puerto Príncipe, Las Islas Simeulue y Caracas? Muy poco, nada, para hacer honor a la verdad. Salvo una cosa: sus habitantes no pudieron ser advertidos a tiempo de las tragedias que se avecinaban. Nada, ni el intenso calor, ni el ladrar de los perros, ni el color del firmamento; nada, pudo haber presagiado el sacudón de la tierra que afectó tan gravemente esas ciudades, así como tampoco pudo haberse anunciado un hecho similar en ninguna de las ciudades del planeta donde la historia se divide en antes y después del terremoto. ¿Por qué? Muy simple: aun con toda la sapiencia y acuciosidad que el hombre ha puesto en ganarle una mano a la muerte (y vaya que le ha ganado algunas) predecir una tragedia natural de esa magnitud es imposible. Un terremoto no se puede predecir. Esa es una verdad que no admite réplicas.
Si tal cosa pudiera hacerse, como se puede con los huracanes, por ejemplo, la suerte de los habitantes de Caracas, Indonesia y Puerto Príncipe habría sido muy otra, las personas habrían podido huir a lugares más seguros y ver desde allí como sus ciudades sucumbían a la mano de madre natura viviendo  para contarlo. Pero, no fue posible.  Esas miles de personas lo primero que enfrentaron fue la sorpresa. Tal como parece que - salvando las distancias y con la prudencia del caso - los merideños estamos haciendo hace casi un mes. Si alguien dudaba que esta ciudad esté literalmente atravesada por una "falla geográfica" después de estos días ya debe haberse convencido. Hoy es el primer día desde hace tres semanas en que a nadie lo sobresalta el trepidar de su mesa de trabajo o de la cama en que duerme; no porque haya parado de temblar, sino porque los de las últimas horas han sido movimientos de tan escasa magnitud que son imperceptibles. Según afirmaciones de quienes con toda seriedad se dedican al estudio de los sismos (de todo hay en la villa del señor) Mérida es ni más ni menos, la mamá de las zonas sísmicas de Venezuela: una falla geográfica, la de Boconó la traspasa de esquina a esquina. No obstante eso, el último terremoto ocurrió hace más de 100 años; cosa que nos hace creer el mito de que pequeños temblores sirven para que el planeta "libere energía" evitando un eructo de proporciones épicas. No, ni eso ni ninguna otra cosa, como no sea la santa voluntad de Dios - para los que creemos - nos ha puesto a salvo. Si en Mérida no ha ocurrido una catástrofe es porque no ha ocurrido. Punto.
Ahora bien, ¿podría ocurrir? Sí, claro, como en cualquier otra parte del mundo. Resulta que al planeta tierra le da por sacudirse de cuando en cuando y como es tan grande (y tan maltratado el pobre) uno nunca sabe a cual esquina le da por revolver. Puesto de un modo un poco menos frívolo, la posibilidad de un "movimiento telúrico de mayor intensidad, capaz de generar importantes daños" es más probable en Mérida que en Ciudad Bolívar, por ejemplo, donde se dice que existe la base más sólida y bien cimentada de la tierra - suerte que tienen algunos - pero, nada indica que ese "movimiento telúrico" va a suceder mañana viernes a las 3:32 minutos de la tarde y mucho menos que va a suceder en Mérida. Podría ocurrir, como en efecto reportan que ocurrió, en una zona despoblada entre Perú y Ecuador sin causar daños.
Es lógico, sin embargo, que las alarmas estén encendidas. Nadie se siente cómodo ni tranquilo, si por lo menos 5 veces al día, un ramalazo le indica que la tierra se está moviendo bajo sus pies. Pero, vivir con la preocupación  constante de saber que sucederá una tragedia, pero no cuando ni como, me parece de un satanismo insoportable. Estar medianamente preparados para enfrentar un terremoto, viviendo en Mérida, es igual a tener la obligación de saber dónde quedan las salidas de emergencia  cuando usted aborda un avión. Puede caerse y ser usted el único sobreviviente.
Hemos tenido razones para preocuparnos estos días, como no. Sobre todo después que hace algunos días, un sismo de magnitud 5.1, ocasionó daños materiales comprobables y  cobró la vida de un viajero. Ese temblor y las subsecuentes réplicas se sintieron con fuerza de insomnio. Quien más, quien menos, parapetó cerca de la puerta de su casa algo bastante parecido a un kit de supervivencia (tengo una amiga que en el suyo ha incluido un set para manicure, porque ella asegura que le será útil) y tiene más o menos diseñada una vía de escape. Eso está muy bien. Eso debe hacerse, usted vive en Mérida, por el amor de Dios. La "tormenta sísmica" de estos últimos días no ha debido ser su excusa para pensar en terremotos. No obstante, la vida de una  ciudad no puede supeditarse a "saber que algo ocurrirá pero no sabemos cuándo" pues lo más probable, como siga usted con esa angustia, es que antes muera usted a causa de un infarto, que tapiado por esa pared que estaba medio torcida y nunca terminó de arreglar.
Encomiéndese a Dios, olvídese de eso de dormir con la puerta abierta porque ahí el susto no se lo va a dar la tierra sino el tierruo, prepare su equipo de supervivencia (no se angustie por el atún en lata, eso lo proveerá la Cruz Roja Internacional) y estudie muy bien sus rutas de escape. En caso de emergencia, podrían serle útiles; pero, intente mejor una aproximación destinista y tan frívola como esta descarga mía de hoy: si lo que a usted le toca es un final trágico, no habrá pitonisa que se lo evite. No intente descubrir su hora en las runas vikingas, ni en comunicados apócrifos que FUNVISIS nunca publicó y usted replicó a mansalva. Deje quieto al Dr. Estévez, él tampoco sabe cuándo es la cosa. Prepárese, eso es muy bueno, haga su morral de superviviente, colóquelo al lado de su cama y respire normalmente.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Hablemos de humillaciones...

Su salud, deteriorada por la insidia de la enfermedad que se ceba en la vejez, había empezado a presagiar el final. Sabíamos, porque todos cargamos con la desafortunada experiencia de la despedida, que al último suspiro no le faltaba demasiado tiempo para materializarse. Aun así, la familia, con sus hijos a la cabeza, echaba por tierra el mito de la preparación. Es mentira, nadie se prepara para dejar de ver a su madre para siempre. Por eso, la lucha contra la enfermedad no conoce cansancios. Somos así y probablemente estemos equivocados, está inscrito en nuestro ADN: No nos dejamos arrebatar los nuestros, sin plantarle cara al infortunio con intención de doblarle la mano, cuando el infortunio nos lo permite.
Antes de la enfermedad, Tía Josefa era una mujer de muchos quilates. Divertida, ocurrente, empeñada. Adeca, como muy pocas; católica inquebrantable, buenamoza y entrañable amiga. De las de antes. Tía Josefa, por encima del estrecho vinculo consanguíneo que la unía a mi madre, fue su amiga incondicional. Su compañera de muchas penas y su pana de miles de alegrías. La casa de Tía Josefa era la casa de nuestras Nocheviejas y era, también, la casa de muchas tardes de domingo conversado, de muchas celebraciones improvisadas y de muchas Paraduras de Niño. Tía Josefa tenía manos prodigiosas, ojos expresivos, buen gusto y una risa grande que resonaba sus pasos. Tenía, asimismo, el genio atravesado de las mujeres de mi familia; pero, lo exhibía poco. Prefería reír nuestros cuentos y escuchar alborozada los chistes de mi madre.
Después, fue vejez y desazones y, aunque poco vivimos sus pesares, los de afuera sabíamos de ellos pues encontrábamos mecanismos para no forzarnos a romper el pudor con que las mujeres andinas protegen las miserias de la mala hora. También, y como no, porque para muchos de nosotros, se trataba de revivir un dolor de los que no se repiten. Sin estarlo, estuvimos cerca en una periferia amorosa, hasta que llegó el momento de su destino en esta Venezuela que golpea y fustiga a su gente de bien. En este país desalmado de humillaciones.
La Tía se puso mala, muy mala, en algún momento de la noche del miércoles pasado. Incapaz de identificar por sí misma la índole de sus dolencias, mi tía recibió una primera evaluación médica cuyos resultados fueron muy preocupantes. Sus hijos, entonces, decidieron lo que cualquier persona normal decide ante ese trance: llevarla a una clínica. Nadie pensó en lo mucho que eso tiene de viacrucis. Contratada la ambulancia y preparado el auxilio médico, Josefa fue trasladada a la clínica de siempre, la que escogemos los merideños por simple descarte. Allí se dictaminó que, sin más demora, la enferma requería terapia intensiva, una facilidad que, aunque existente, se encontraba impedida de recibirla. Fue entonces transferida a otra clínica y de esa a otra, y de esa, también, a otra. No era un problema de dinero. Era un problema de carencias, de camas llenas, de medicinas que no nos despacharon, de insumos que se terminaron hace semanas. Era un problema de esto-que-nos-está-pasando.
Pasadas las horas - y sin solución en el horizonte - a una de mis primas le recomendaron acudir al hospital público, debido básicamente a que allí se cuenta con una unidad de cuidados intensivos que ha sido reinaugurada varias veces, con gran fanfarria. Allá llegaron, con su madre moribunda, mis primos. Allá fueron recibidos por el país en emergencia y una funcionaria en plan de proteger el legado.
A mi tía no pasaron de darle engañifas de vida y un peloteo hospitalario que reconocía la urgencia de cuidados intensivos; pero, no terminaba de proceder en consecuencia. Es probable que esos minutos perdidos en burocracia (¿o fueron horas?) hayan sido determinantes. No lo sé. Lo cierto es que en algún momento de la madrugada la funcionaria de bata blanca, seguramente egresada de alguna universidad venezolana, informó a los hijos de mi tía - aquí entre nos - que el ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos sería mucho más expedito si mediaba "una palanca chavista". Si, así, tal cual.
Nadie de la familia podía parir en ese momento (y quizás tampoco más tarde) una palanca del color que la funcionaria de bata blanca exigía. Mi tía, en un pasillo adyacente a la UCI, languidecía mientras se intentaban diligencias vanas.
Casi al amanecer y sin que un poquito de pudor acompañara su tránsito, en ese pasillo en el que habían ido a parar sus huesos, Tía Josefa murió.
Puedo jurar, entonces, que el llanto inconsolable que acompañó a mis primos en las horas siguientes, sin duda, tuvo tanto que ver con el dolor de la perdida como con verificar, con hechos, cuanto nos odian aquellos que están puestos allí para cuidarnos.

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